El teléfono de la esperanza

La desgracia se había cebado despiadadamente en Leonardo. Toda su vida había trascurrido entre enfermedades y contratiempos de distintos calibres. Con toda propiedad podía clasificársele como un supermercado de la catástrofe.

De niño experimentó todas las dolencias infantiles y de adolescente padeció las correspondientes a aquel periodo de su existencia.

Cuando ya no era adolescente, ni tampoco adulto, en el momento en que el único problema capilar de los de su generación radicaba en el costo que suponía la frecuente poda de tupidas cabelleras, él se libraba de tan oneroso gasto a cambio de una calvicie prematura que le iba dejando tan lampiño como la puerta de una nevera.

Días después de celebrar el decimoctavo aniversario de su venida a un mundo que le reservaba tantas y tantas funestas oportunidades, estaba en la terraza de su casa, piso tercero A, cuando un súbito ataque de vértigo le precipitó a la calle, naturalmente sin paracaídas.

Fue aquel un “vertiginoso” descenso que le proporcionó la inopinada oportunidad de trabar conocimiento con un fornido sacerdote navarro que, ocasionalmente y ajeno a lo que se le venía encima, despertó del golpe en una cama del hospital asegurando formalmente que había sido objeto de un atentado.

Aquella brusca e imprevista toma de contacto originó la fractura de ambas clavículas y cuatro costillas en el improvisado campo de aterrizaje sacerdotal.

El involuntario imitador de Icaro fue más afortunado y sólo se rompió ambas piernas y el tabique nasal.

Tres meses de estancia después, curado del vértigo, ingresó en Caja y fue tallado.

Tan pronto como se incorporó a filas, la piorrea tomó posesión de su dentadura y la entrega de licencia coincidió con la colocación de un nuevo equipo dental que sustituía  al que hubo necesidad de desahuciar por el procedimiento de urgencia.

La flamante herramienta desgarradora, trituradora y masticadora era soberbia. Blanca como la nieve y deslumbrante como ésta. Sin embargo el mecánico dentista que la ensambló tomaba las medidas más bien a ojo, consiguiendo de esta forma que la dentadura entrechocara tan ruidosamente que le obligaba a descender escaleras con enorme parsimonia para no causar la errónea impresión de encontrarse interpretando un solo de castañuelas.

Entre incorporación y licencia soportó los ataques, unas veces combinados, y otras por libre, de conjuntivitis, colitis, rinitis y otitis y, para colmo de indignidad, orquitis.

Cuando comenzaba a tomar gusto por la vida civil, o dicho de otro modo, diez minutos después de abandonar el cuartel, conoció a Jimena. Tres meses después consiguió trabajo y seis meses más tarde, se casó con ella.

Ya sé que esto parece hoy excesivamente precipitado, incluso imposible, pero debe tenerse en cuenta que todo sucedía hace muchos años. Los empleos no eran pepitas de oro y las mujeres soñaban con casarse.

Leonardo, en vista de que en el transcurso de los seis meses posteriores al casual conocimiento de Jimena únicamente había padecido de los callos, una afonía que le obligaba a hablar por señas y dos hemorragias nasales, creyó que su prolongada racha de mala suerte había finalizado. Consideró que Jimena, además de estar muy buena, se había convertido en su talismán.

Así que, como queda escrito más arriba, se casó.

Después de mucho pensar, decidieron realizar el viaje de novios en tren para no tentar innecesariamente a la suerte con un vuelo a Sevilla.

Llegados al hotel y después de curar dos dedos que se había aplastado con al bajar la ventanilla de su departamento, Leonardo, seguro ya de que Jimena estaba buena pero no era, de ninguna manera el amuleto supuesto, decidió consumar el matrimonio a todo gas, antes de que se incendiara el edificio, se desbordara el Guadalquivir o, lo que sería más grave, la poliomielitis tuviera la repentina ocurrencia de dejarle incapacitado.

A la mañana siguiente, bien temprano, despertó a causa de unos intensos picores en la pantorrilla izquierda. Alarmado, se levantó y, encerrándose en el cuarto de baño, pudo comprobar que en aquella parte de su anatomía se estaba formando una enorme roncha de muy mal aspecto.

Volvió al dormitorio y, no sabiendo qué hacer, pero no deseando despertar a su dormida esposa, se sentó en la butaca a oscuras. “Después de desayunar, iremos a un especialista de la piel”, se dijo.

Tan pronto como el doctor Turcios vio aquello, diagnosticó eczema seco. Extendió siete recetas, se embolsó 7.500 pesetas, y les acompañó amablemente a la puerta.

Desde aquel momento, además de alimentarse, contemplar la maravillosa perspectiva de la Plaza de España, el Parque de María Luisa, distintos monumentos y hacer aquello, podían divertirse colocando sobre el eczema una amplia variedad de pomadas que conferían a aquella porquería delicadas tonalidades del ámbar, violeta y marrón oscuro.

Sevilla, Plaza de España

Plaza de España de Sevilla

Las curas eran laboriosas y comenzaban siempre con la aplicación de un maloliente líquido, para lo cual utilizaban, de acuerdo con las instrucciones grandes pedazos de algodón en rama.

Encontrar el lugar adecuado donde ocultar aquellos pingajos húmedos constituía una verdadera pesadilla para el reciente matrimonio. Tirarlos por la ventana no era higiénico ni recomendable. En la papelera, tampoco. ¿Qué pensaría el servicio de limpieza?

Creyeron encontrar una solución cuando Jimena, con gesto resuelto, levantó la tapa del WC y, después de dejar caer en su interior aquella inmundicia, tiró de la cadena.

Hasta las 3,30 de la madrugada del cuarto día, el sistema funcionó. A hora tan intempestiva, dejó de hacerlo.

El vigilante nocturno, deshaciéndose en excusas, les suplicó que cambiaran de habitación para proceder ipso facto a arreglar todo el sistema de cañerías pues la habitación del piso inferior se encontraba inundada por el agua que caía en cascada desde la que ocupaban.

A partir de aquel momento, por San Lucas de Barrameda, no solo desembocaba el Guadalquivir, sino también los paquetes, cuidadosamente envueltos en plástico, que Jimena y Leonardo botaban, sin solemnidad ni botella de champagne, cada anochecer.

Como todo, también el viaje de novios llegó a termino y la pareja volvió a sus lares.

A los dos meses Leonardo, que únicamente había experimentado una ligera tortícolis, por cuya razón se encontraba sumamente satisfecho, comenzó a sufrir una rebelión delas masas en edición unipersonal.

Jimena parecía estar harta de tanta dentadura postiza, de la calvicie y, en fin, de las múltiples secuelas que aquel enfermo recalcitrante coleccionaba. Daba señales de desazón y descontento.

Una mañana en que a Leonardo se le pegaron las sábanas, se encontró encima de la mesilla de noche una nota que decía escuetamente:

“Adiós, convaleciente perpetuo”

En circunstancias distintas lo más probable hubiera sido que Leonardo admirase el lacónico estilo de su esposa, pero en aquel momento no se encontraba en las condiciones más propicias para otra cosa que para maldecir la hora en que se le ocurriría casarse, la perra suerte que le deparó tan puercas jugadas, la hora en que nació y, ya puestos a ello, el Día de la Raza.

A pesar de que su ya duro y cotidiano entrenamiento debería haberle abroquelado contra las consecuencias de cualquier catástrofe, ante aquella se sintió totalmente indefenso. El abandono de su recién estrenada esposa le sumió en una negra sima de dolor. Tan honda, que decidió dejar caer el telón y hacer un mutis definitivo.

Leonardo era calvo, lo cual no le impedía ser persona de decisiones rápidas: así pues, inmediatamente, comenzó a pensar en las ventajas e inconvenientes que reunían diferentes métodos de embarque para la eternidad.

Descartó al instante la defenestración, pues aún recordaba su caída desde la terraza y no deseaba verse obligado a realizar el último viaje en compañía de clérigos o seglares.

Del gas ciudad, ni hablar. Tenía un olor insoportable y, además, podía ser detectado por los vecinos que quizás le impidieran la excursión.

Revolver o pistola no tenía y, aunque dispusiera de armas, no las utilizaría, pues le sobresaltaba demasiado el antipático ruido que producían al ser disparadas.

Repentinamente, recordó las medicinas que se almacenaban en la despensa. Restos de innumerables tratamientos que su mala salud y un rosario de accidentes le habían hecho seguir. Representaban varios quilos de material aprovechable.

“Ahora vais a servir, de verdad, para algo”, se dijo imaginando el cocktail especial e irrepetible que iba a preparar sin necesidad de receta alguna.

Cuidadosamente, eligió cuantos fármacos llevaban la indicación de “solo uso externo” y reforzó el surtido con un par de limpiametales.

El resultado de la mezcla del medio cubo de agua y el contenido de los frasquitos, botellas, tubos y polvos seleccionados, presentaba un color que ni el divino Dalí hubiera soñado en sus delirios más audaces.

Después de agitar concienzudamente aquel mejunje infernal, digno del aquelarre más distinguido, Leonardo decidió irse a lo snob y buscó en la cristalera fina, regalada por su tía Victoria, una hermosa copa para champagne, que llenó hasta el borde. Se sentó cómodamente en una butaca, que por cierto estaba sin pagar en su totalidad, y levantó la burbuja cristalina disponiéndose a vaciarla de un trago.

Antes de hacerlo, paseo su mirada por la habitación en muda despedida de aquel lugar en el que tanto había amado y sufrido y que, en breves instantes se convertiría en su mausoleo.

Sobre la mesita baja se encontraba un periódico del día anterior, abierto por las páginas centrales, de cuyo texto destacaba un conciso titular que decía “Teléfono de la Esperanza”.

Involuntariamente, Leonardo vio el título y pensó: ” Esperanza para quienes aún disponen de capacidad para albergarla. No para mí, que ya llegué al límite de la desesperanza”.

Contra sus deseos, o por lo menos sin la intervención de su albedrío, depositó la copa sobre la mesita y con una mano, aparentemente dotada de vida propia e independiente, cogió el diario.

Asombrado, leyó el parco aviso que figuraba bajo aquellas palabras extrañas. Decía: “No tome una decisión precipitada. Todo problema tiene su solución. Cuando crea que ya nada importa y que la vida no merece la pena ser vivida, aplace su determinación unos minutos. Póngase en contacto con nosotros llamando al teléfono…”.

Leonardo arrojó el periódico al suelo y volvió a coger la copa, dispuesto a terminar de una vez. Sin embargo, la colocó sobre la mesa nuevamente.

Una tenue llama de ilusión había nacido en su interior y, aunque no quería admitirlo, pensar en la ingestión de aquella maloliente porquería le causaba un asco imponente.

“Bueno -se dijo- En realidad, esto no va a adquirir peor aspecto dentro de cinco minutos. Y, además, la mía no tiene porqué ser una muerte repentina”.

Con un gesto indeciso, Leonardo asió el teléfono y, sin levantarse de la butaca donde aún se encontraba, leyó el número de teléfono de la esperanza, marcó y esperó unos instantes antes de conseguir respuesta.

Una agradable voz de mujer dio fin a su nerviosa espera diciendo: “Buenos días”.

Leonardo en tono de duda, preguntó: “¿Es la esperanza?”. La respuesta en la que se traducía un deje jovial, le extrañó un tanto: “Pues claro, ¿quién iba a ser, hombre?, ¿qué tripa se te rompió?”.

“Pues  verá -contestó- ; no se me rompió ninguna tripa, todavía, pero es probable que se me rompa todo de una vez. Estoy a punto de suicidarme”.

“¡Qué burro eres, pero qué burro eres! ¿Cómo se te ha ocurrido semejante estupidez? Mira, déjate de pamplinas y piensa que por muy desgraciado que te sientas hoy, mañana será otro día. ¿Por qué no me cuentas tus penas? Verás cuanto mejor te sientes cuando desembuches”.

Leonardo, sin comprender la razón, comenzó a notar como si le quitasen de encima una pesadísima losa y, poco a poco, tímidamente al principio, y con toda sinceridad luego, fue recitando su patético catálogo de contratiempos, enfermedades y tristezas, terminando por confesar el reciente abandono de  su esposa.

Al otro lado del hilo telefónico que le unía a la esperanza, la voz de su interlocutora solo interrumpía para pronunciar breves palabras de asentimiento como: “Ya”, “Bueno”, “Vaya”, que no hacían otra cosa que alimentar el anhelo de simpatía y comprensión experimentada por Leonardo.

Cuando terminó la larga letanía y confirmó su propósito de quitarse la vida, aquella voz se limitó a decir: “Bueno, no es posible que hayas aguantado a pie firme todo lo que me has contado y te arrugues ahora con la espantada de tu mujer. Si te deja una, piensa que te ha hecho un favor. Desde este momento tienes la oportunidad de disponer de las que quieras”.

“Pero, ¿qué dices? -exclamó Leonardo-. No lo entiendo. O estás loca, o no sabes lo que dices”.

“Claro que lo sé, hombre, claro que lo sé. Tengo mucha experiencia en estas cosas. El ambiente que me rodea y mi oficio me han enseñado mucho”, dijo la voz amable.

“Nada, nada, tengo que tomar alguna medida”, confesó Leonardo.

“Bueno, pues si se trata de tomar medidas -fue cortado- toma las mías; ahí van: 90-60-90. He de confesarte -continuó- que no soy la Esperanza. Esa salió ayer con un argentino que la trae tarumba y no volvió todavía. Yo soy la Manuela”.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

El jardín de doña Luz

Decididamente, no comprendía la razón de aquel precipitado cambio de domicilio. Tampoco veía muy clara la súbita desaparición de sus sobrinas Eva y Ana que siempre, desde pequeñitas, habían vivido con ella en la enorme casa de Barcelona.

Echaba de menos a sus criadas, especialmente a Jacinta, la paciente ama de llaves heredada de sus padres tanto años antes que, por muy atrás que hiciera retroceder sus pensamientos en el recuerdo, era incapaz de contemplarse a sí misma sin atisbar, al fondo y como tratando de pasar desapercibida, la figura protectora y el rostro amable de la omnipresente Cinta.

Cinta, como la llamaba cariñosamente, fue el sempiterno paño de lágrimas. Primero, cuando era una mocosuela de caminar vacilante, sus acogedores brazos estaban prestos a recibirla para prodigarle los maternales cuidados que la fría y distante madre no sabía o no quería dispensar. Luego, ya de adolescente, se convirtió en la incansable caja de resonancia de interminables confidencias y, por fin, cuando Lucita pasó a ser doña Luz, Cinta representó un baluarte contra las horas de desánimo, dolor y amargura causadas por la muerte del novio desaparecido en la guerra.

Y ahora, no sólo se había esfumado Cinta. Las demás, vestidas de la mañana a la noche con severos y elegantes trajes negros, la habían dejado en poder de los nuevos criados, todos hombres, enfundados en sus ridículos uniformes constituidos por pantalones azules y chaquetas blancas. No podía evitarlo; el personal de su flamante domicilio le producía la misma impresión que los atareados camareros de un hotel de no muy elevada categoría.

No, no era que los criados hicieran alarde de mala educación, que se comportaran con brusquedad o que sus modales dejaran algo que desear. Nada de eso. Sin embargo, no le agradaban. Detrás de su cortesía superficial, se ocultaba alguna malévola intención que, por el momento, era incapaz de determinar.

Y, ¿qué decir de los invitados? El hecho de que sus sobrinas hubieran brindado la oportunidad de pasar una temporada en su casa -al fin y al cabo, no les pertenecía a ellas- a un grupo de desconocidos, era una muestra de frescura. Y, encima, ¡se habían ido dejándola a solas con toda aquella gente!

El proceder, la falta de consideración de Ana y Eva, no tenía perdón. Tan pronto como les echara la vista encima iba a cantarles las verdades del barquero. Además exigiría que se deshicieran del servicio y repusieran en sus puestos a Cinta y al resto de su antiguo personal. Y, por supuesto, que se largaran todos los gorrones que andaban por la casa como Pedro por la suya, muchos de ellos sin tomarse siquiera la molestia de darle los buenos días.

Había algo, no obstante, que aunque a regañadientes, no tenía más remedio que reconocer. Su actual residencia podía tener inconvenientes, pero contaba con un jardín -más que jardín merecía el nombre de parque- muy superior al de la antigua casa, en realidad unos pocos metros cuadrados de césped no muy bien cuidado.

Pasear por el parque, aún con la seguridad de encontrarse con algunos de los extraños convidados, representaba un auténtico gozo que doña Luz se regalaba a diario, soportando sol, agua, frío o calor.

Su lento deambular por las amplias avenidas, bajo la frondosa arboleda, a dos pasos de los espléndidos macizos de flores, le deparaban la ocasión de tropezar con un señor, muy anciano y correcto, que, invariablemente, se descubría ante ella y, con el sombrero en la mano, la cumplimentaba con una frase -todos los días la misma- en algún idioma extranjero que doña Luz no entendía pero que se aprendió de memoria.

Sonaba algo así como: “Jaben si gut gueschlafen?”

¿De dónde habrían sacado sus endemoniadas sobrinas aquel estafermo? ¿De qué lo conocían si no hablaba español?

A pesar del malestar que le causaba el extraño individuo, su presencia llegó a resultarle tan familiar que los paseos parecían incompletos hasta que se producía su aparición, habitualmente de manera repentina.

Por el contrario, no acaba de resignarse a que el mayordomo -o lo que fuese aquel individuo joven, vestido completamente de azul oscuro que trataba autoritariamente al resto del servicio- no consultara con ella, como había hecho cada día Cinta, en qué consistirían los menús para el almuerzo y la cena.

Allí parecía darse todo por sentado. Como si su opinión no contara lo más mínimo. En aquella cuestión comenzaba a sentirse más que harta. El consuelo que, en un principio, suponía estar preparada para responder con un rotundo no a la solicitud de dinero para el sostenimiento de la casa, había empezado a difuminarse. Según sus cálculos, había llegado a su nuevo hogar hacía más de tres meses y nada; el mayordomo -o lo que fuera aquel tipo de azul oscuro- no le había hablado de la cuestión económica ni una sola vez.

Y, desde luego, no por falta de oportunidad pues, cada dos o tres días se hacía el encontradizo y con gran cortesía, esos sí, se interesaba por su salud con tanta insistencia que llegaba a resultar un poco pesado e indiscreto.

“¿Cómo se encuentra la señora?” “¿Ha dormido usted bien?” “¿Tiene buen apetito?” “¿Echa de menos alguna cosa?” “¿Necesita algo?”

Pero las preguntas que estuvieron a punto de sacar de sus casillas a doña Luz fueron las siguientes:

-¿Hace usted de vientre? ¿Cómo marcha ese intestino?

En aquella ocasión, doña Luz demostró de una vez y para siempre, que una señora es una señora. Realizando un esfuerzo sobrehumano y tragándose la indignación que pugnaba por exteriorizarse, lanzó al indiscreto preguntón una mirada que debió producirle ronchas, y respondió:

-Las señoras como yo, carecemos de vientre e intestinos.

La tía de las irresponsables Eva y Ana confiaba en que, a partir de entonces, aquel maleducado mayordomo -o lo que fuese- encontraría a forma de mantenerse en su lugar; el que le correspondiera de acuerdo a su posición en la casa y en el servicio de la misma. Pues no faltaría más.

“Pase por que se interese por el estado de mi apetito, si me mantengo o no desvelada, si necesito alguna cosa; al fin y al cabo es una muestra de buena educación. Pero, pero lo otro ha sido de una indecencia inaudita. Me van a oír mis sobrinas, esas locas de atar que me han colocado en semejante situación.”

Tanta cólera produjo este incidente a la desgraciada doña Luz, que las lágrimas incontenibles, acudieron a sus ojos. Para ocultarlas de las miradas de los invitados, subió rauda a su habitación. Lloró un rato y, cuando se calmó un poquito, paso al cuarto de baño para enjugar el llanto. Después de hacerlo, al colocar la toalla en el soporte, reparó en las grandes letras azules esparcidas sobre la felpa.

“Clínica Mental El Sosiego”, decían las despiadadas palabras no vistas hasta entonces.

Por si en su confusa mente quedara alguna duda, aquella noche, coincidiendo con las campanadas de las diez, pudo escuchar el cauteloso clic indicativo de que la puerta de su dormitorio había sido cerrada desde fuera.

La celda

El lugar al que, finalmente, he venido a parar es una verdadera porquería. Más parecido a un ataúd que a ninguna otra cosa, me produce invencible claustrofobia imposible de combatir utilizando los recursos de la no muy fértil imaginación que conservo.

Puesto en pie, con la espalda apoyada en la puerta, puedo caminar tres pasos y medio hasta la pared opuesta. En ésta, situado como a un metro ochenta del suelo y casi tocando con su borde superior en el techo, se encuentra el ventanuco para la entrada del aire desde el que se vislumbra el sombrío panorama de una estrecha chimenea de ventilación. Se trata de una especie de tubo de cemento de no más de treinta centímetros de diámetro. Nadie en su sano juicio pensaría en utilizarlo como vía de escape.

La distancia que separa los otros dos muros no debe de ser superior al metro setenta, aunque, la verdad, no la he medido nunca; ¿para qué? Carezco de instrumento adecuado y ya poseo la certidumbre de que si se produce el más leve movimiento sísmico, por poco que se acerquen, me convertirán en una oblea.

El suelo, de terrazo casi negro, formado por grandes losas separadas o unidas -vaya usted a saber- por finas láminas metálicas, probablemente me mantendrá los pies a temperatura cercana a la congelación. Esto, durante los inviernos benignos. Será mejor que no me devane los sesos suponiendo lo que sucederá cuando lleguen los grandes fríos.

Del techo, no muy alto, cuelga una bombilla desprovista de pantalla que derrama, de pésima gana, sus cuarenta vatios sobre aquel calabozo inmundo, negación de cuanto representa el aire libre y los espacios abiertos.

La puerta, quizás por una ironía del destino o, más verosímilmente, a causa de la influencia de que gozaba alguien que me precedió en el disfrute del alojamiento, está pintada de un feo color marrón, con vetas que intentan, sin mucho éxito, por cierto, imitar las estrías propias de un castaño. De todos, he de reconocer que la contemplación de la cancela, me permite forjarme la ilusión de que no me hallo en una mazmorra o en un féretro.

Desde un enorme poster clavado con chinchetas en el tabique de la izquierda, el rostro de Marconi parece contemplarme con sarcasmo. A su derecha, adivino los colores italianos de una pequeña banderola de tela bastante deslucida por el paso del tiempo. En la esquina, al lado de la puerta, una percha de las llamadas de rinconera, parece formular una petición para que me despoje de la chaqueta.

Bajo el respiradero, instalados sobre sólidas palomillas metálicas, reposan tres estantes de madera basta, sin pulimentar. Ellos fueron los causantes de una campaña de intoxicación que emprendí ante la directora del establecimiento, seguramente harta de que la importunara tan pronto como tenía la oportunidad de echarle la vista encima, terminara por alcanzar el triunfo.

-Si las estanterías están ahí, ¿qué inconveniente existe para que yo las aproveche? En ellas, puedo colocar alguno  de mis libros; los más necesarios; por lo menos, los imprescindibles. No trato de coaccionar ni de chantajear pero, si se me permite hacer uso de esas tres tablas, prometo solemnemente que no daré motivos de queja. Seré un recluso modelo.

Me consta que miles de ciudadanos en mi situación, en un alarde de entereza, demostrando la firmeza de su carácter, no se arrastrarían abyectamente despojándose sin pudor de la escasa dignidad que aún conservan pese a la crueldad del sistema que los oprime.

Pero,  yo no soy como ellos. Por el contrario, soy un ser débil que, en vez de crecerse ante los contratiempos, capitula desvergonzadamente.

La mandamás permaneció unos instantes en silencio, mirándome al fondo de los ojos, como tratando de adivinar un oculto designio en mis humildes palabras. Por último, encogiéndose de hombros, pronunció la frase que yo ansiaba escuchar.

-Concedido. Y, ¿de qué libros se trata? ¿No serán pornográficos, eh?

-De ninguna manera. Son, simplemente, varios diccionarios y una enciclopedia. Ah, me olvidaba; también me interesan “Crónica de la humanidad” y “Crónica de un siglo”, todos libros de consulta.

-Y, ¿para qué son necesarios tantos libros de consulta?

-Naturalmente, para escribir, porque supongo que mi traslado no significará, además, que he de cesar de hacerlo. No existe ninguna ley que me impida emborronar cuartillas. Estoy bien informado.

-Efectivamente, en ningún código se prohíbe escribir, si bien se fijan algunas limitaciones.

-Mientras no esté penado escribir peor que Cervantes, yo, con permiso, continuaré haciéndolo.

-De acuerdo, de acuerdo. En cuestiones de este tipo, yo no entro ni salgo.

Así fue como, a base de perseverancia, obtuve lo que pretendía y, ahora, tengo frente a mí, bien ordenados sobre los modestos tableros, doce diccionarios -de distintos idiomas- y un diccionario enciclopédico español en tres tomos, además de las crónicas mencionadas.

Sin embargo, me asalta la duda; mucho me temo que no puedo escribir cuatro líneas seguidas; cuatro líneas que posean cierto mérito, que tengan la virtud de llegar al ánimo de quien las lea, aunque, en realidad, escribir es sumamente fácil. Escribir mal, quiero decir. Cualquiera es capaz de hacerlo.

Pero aquí encerrado, ¿qué demonios puedo encontrar con un mínimo de interés? Esta especie de caja mortuoria en la que estoy encerrado carece de perspectivas. Cuatro paredes, un techo y un suelo, no dan mucho de sí; tan poco, que apenas logro moverme para intentar que el ajetreo físico realice el milagro de despertar mi dormida fantasía.

Recuerdo que, hace algún tiempo, cuando trabajaba y disponía de la libertad de circular a mi antojo, las ideas se me agolpaban en el cerebro; eran tan abundantes, que me colocaban en un aprieto, pues ignoraba cuál era la más digna de ser convertida en un relato breve, una novela corta o un cuento.

Desde hace muchos años, prácticamente desde que sólo era un muchacho, he vivido animado por el deseo de escribir. Dejar constancia sobre el papel de cuantas imágenes surgían en mi mente, constituía una obsesión que no me abandonaba ni de día ni  de noche.

Elegir uno de los personajes que se me aparecían pugnando con otros que, forzosamente, debían aguardar su turno para materializarse, enfrentarlo con la vida, relacionarlo con los sucesos reales o imaginarios pasados, presentes o futuros, me proporcionaba un placer inefable.

Entonces, me sentía un poco dueño y señor de vidas y haciendas, divinidad poderosa adornada con la potestad de otorgar felicidad o castigar con desgracias y calamidades.

En aquella época, sentado en un cómodo sillón, situaba sobre las rodillas un diccionario de sinónimos y encima de éste una libreta de papel cuadriculado. Luego, tan pronto como retiraba la tapa del bolígrafo, las quimeras manaban con fluidez y mi única tarea consistía en convertirlas en frases escritas.

En cambio, ahora todo ha cambiado. La sustancia gris que albergaba mi cráneo parece haberse convertido en humo, dejándome sumido en un mundo absolutamente vacío de imágenes y conceptos.

Hace pocos minutos, tras una minuciosa búsqueda, encontré entre las páginas del diccionario árabe-español, media docena de hojas solamente escritas por una cara. Deseando realizar una prueba, adopté la misma postura que en otros tiempos más felices en lo que se refiere a la producción literaria, coloqué los papeles como solía hacerlo, destapé el bolígrafo y esperé ilusionado, anhelante.

Transcurrió cerca de una hora y mi mente no dio señales de vida. Finalmente, con calambres en ambas piernas, y una tremenda molestia en el cuello, hube de rendirme a la evidencia: mi magín se había declarado en huelga o, peor aún, negándose a acompañarme en mi encierro, había permanecido al otro lado de la puerta, acaso para siempre.

Intenté que mi intelecto, si no se había extinguido definitivamente, saliera de aquel mutismo enloquecedor y puse en práctica un tratamiento de choque, algo así como un electroshock casero.

Tomé de la repisa que la albergaba la “Crónica del siglo XX” y la abrí al azar, por una página cualquiera. Las hojas se separaron por la ciento setenta que correspondía a sucesos más o menos importantes, acaecidos en el año 1915. Bajo el titular de “Alemania hacia el racionamiento”, y, a continuación de la fecha (31 de enero), decía:

“En Alemania los alimentos son cada vez más caros y escasos, y los graneros no cubren las necesidades del país. En enero aparece el “pan de guerra”, elaborado con centeno y harina de patata. Los mataderos no sólo han de abastecer a la población civil, sino también a los soldados que se hallan en el frente, por lo que gran parte de las reses sacrificadas, así como espárragos, judías y guisantes, se destinan a la industria conservera. El contenido de una lata de conservas constituye la ración diaria para dos soldados.”

Leí el suelto periodístico con parsimonia, mastiqué con fervor cada una de las palabras, frases y oraciones; medité profundamente y aguardé el milagro. Abrigaba la esperanza de que, ante mis ojos atónitos y agradecidos, se produjesen el prodigio. Recordaba que, en otros tiempos, algo semejante a lo que acababa de realizar desencadenaba un alud de sensaciones, percepciones y sugerencias. Una ínfima noción tiraba de la siguiente, esta de otra y, como los eslabones de una cadena, me inspiraba no una, sino infinitas tramas acerca de las cuales era capaz de escribir cuanto deseara, sin darme punto de reposo.

Pero, ahora, nada. Continuaba en blanco. Antiguamente, la lectura de aquel breve artículo me hubiera sugerido varios argumentos. Por ejemplo, que si los graneros alemanes no bastaban para cubrir las necesidades del país, ya habían encontrado la solución desvalijando los que hallaron en las tierras ocupadas. O también, que, en vez de envasar espárragos podían haberse dedicado a freírlos. Incluso, que aquello de “el contenido  de una lata de conserva constituye la ración diaria para dos soldados”, no quería decir absolutamente nada. Omitía el comentario acerca del peso de la lata. Evidentemente no es lo mismo que dos hombres deban conformarse con una lata de cien gramos o se vean obligados a efectuar tremendos esfuerzos para dar cuenta de una lata que pese ocho o diez kilos.

Al comprender la diferencia existente entre mi capacidad especulativa anterior a la entrada en la celda y mi estado actual, al que había llegado a partir de aquel momento, sollocé amargamente. ¿Cómo es posible -me pregunté- que las facultades de un hombre experimenten tan radicales cambios?

Cogí la “Crónica de la humanidad”, y repetí el fracasado experimento. Para permitir que la suerte -favorable o contraria- actuase como tuviera por conveniente, abrí el grueso volumen con los ojos cerrados.

Cuando miré, tenía ante la vista la página 276; concernía al año 995. El tembloroso dedo índice de la mano izquierda se detuvo sobre una corta gacetilla que informaba así:

“Los regentes de la familia Fujiwara consiguen con Michinaga Fujiwara el momento cumbre de su poder. Cuatro yernos y tres nietos de Michinaga serán emperadores japoneses. Para la realización de medidas forzosas para el estado, Michinaga se ve obligado a recurrir a tropas domésticas de las familias guerreras, quienes alcanzan cada vez más poder e influencia.”

Procedí a leer las breves líneas sin saltarme una sílaba. Las releí cuatro veces más… Nada. Era como si estuviese contemplando la piedra Rosetta. En aquella ocasión, acaeció algo mucho pero que en la precedente: ni siquiera se me ocurrió un poquito de lo mucho que “no” se me ocurría.

Aparté el librote y las hojas cuadriculadas, y permanecí mucho tiempo con la cabeza entre las manos; los codos en las rodillas. Me sentí completamente abatido.

Tengo la certeza de que esta situación causará hilaridad entre quienes no hayan experimentado jamás el prurito de escribir. Pero, estoy igualmente seguro de que aquellos que sufren o han sufrido la comezón de la literatura activa compartirán mi angustia.

Además, me constaba que, antes de ocupar el indigno espacio a que había sido relegado, había estado a punto de comunicar a mis semejantes algo de suma importancia de lo que, ahora, no conservaba ni el más ligero atisbo. Mi desconcierto llegaba a su punto más elevado. ¿Qué me sucedía? ¿Sería posible que un cambio en las condiciones de vida, el simple trueque de la circunstancia externa, posea tamaña influencia en la coyuntura interna?

Pues sí, me dije, incorporándome; he de admitir que mi reclusión en este lúgubre espacio ha actuado igual que una esponja húmeda y ha borrado mis ideas como si se tratase de ecuaciones anotadas en un encerado.

Cuando quise perseverar en la cuenta -ya archisabida- de los tres pasos y medio que mide la pared más larga de mi encierro, al adelantar la pierna derecha, un dolor agudo, insidioso, me atenazó a la altura de los riñones.

Soy bastante pesimista y, habitualmente, lo veo todo negro, pero, a pesar de esta faceta negativa de mi carácter, no pensé ni por un momento en el cáncer. Todo lo más, un inoportuno ataque de lumbago que venía a sumarse a mi desgracia personal.

Afortunadamente, el tormento había sido causado por un muelle. No mío, claro sino de la yacija en una de cuyas esquinas permanecí sentado más de cuatro horas en un vano intento de recuperar las aptitudes perdidas acaso para siempre.

¿De qué manera saber si cuando saliera de allí volvería a discurrir como antes? Fundadamente, sospechaba que las ideas no crecen como el cabello, ni pueden colocarse en la cabeza como un sombrero.

El único método para comprobar si la libertad de sentarme a escribir donde me apetezca influye positivamente en el rendimiento imaginativo, radica lisa y llanamente en el abandono de este agujero infamante.

Y, ¿cómo salir de aquí? En el estado actual de mi cacumen va a ser imposible que dé con un plan ingenioso y atrevido que me permita olvidar el recuerdo de hoy y recordar el olvido del ayer.

El pudridero únicamente ofrece dos aberturas al exterior. El ventanillo de aireación y la puerta. El primero, no resiste el análisis más somero. Hasta el humo, nacido de los innumerables cigarrillos que he fumado, tropieza con dificultades para disiparse, y forma, durante un buen rato, una espesa niebla que flota perezosamente en el enrarecido ambiente, contribuyendo a prestar a la minúscula catacumba cierto regusto a fumadero de opio.

Queda únicamente la puerta. Por ella ha de ser, entonces. Si no hay otro remedio, utilizaré la puerta. Todo antes de permanecer sumido en este Nirvana inhóspito, ayuno de todo estímulo para la razón, que terminará por convertir mi cabeza en una excrecencia maciza, compacta e inservible.

Tomada esta decisión, no conviene que actúe precipitadamente. Es preciso que elija con precaución el momento más adecuado; aquel en que la acción que voy a realizar cuente con menores probabilidades de acarrearme represalias. ¿De día o de noche?

Tendré que actuar discretamente pero con audacia y decisión. Lo que tengo perfectamente asumido es que nunca volveré a poner los pies en esta celda. Abandonaré los libros, ¡qué remedio!, ya que es imposible que me los lleve todos de una vez; pesan demasiado. Sólo falta fijar el momento. Así que, ¿cuándo me voy?

El debate interno que realicé conmigo mismo, me dejó exhausto y no aportó solución alguna. ¿Qué demonios hago?

De pronto, caí en la cuenta de que si continuaba por el mismo camino, devorado por la duda y la incertidumbre, jamás me vería fuera de aquella deshumanizada trampa y, en el mismo instante, resolví jugarme el todo por el todo y hacer mutis inmediatamente, sin aplazamientos cobardes.

Entonces, volví a ponerme en pie -trabajosamente, pues sentía nuevamente la punzada lumbar-, y me encaminé a la puerta. Frente a ella, me detuve, hice una profunda inhalación y, dispuesto a todo, así con fuerza el tirador, lo hice girar y salí al pasillo de casa.

Mi esposa debía suponer que no soportaría durante mucho tiempo el ostracismo de aquella despensa transformada en despacho de la noche a la mañana, pues rondaba muy cerca; me espiaba.

-Querida- le dije sin contemplaciones- escribiré en cualquier sitio menos ahí. El argumento de que nuestro hijo se pasó dentro muchas noches utilizando el equipo de radioaficionado para hablar con medio mundo, no me vale. Una cosa es hablar y otra, escribir. Si insistes en tus pretensiones, aunque no poseo facilidad de palabra, hablaremos de divorcio. Alegaré crueldad mental.

 

Los vecinos de arriba

“Esto no puede continuar así”, se dijo Julián cuando, a poco de acostarse, en el preciso momento en que el sueño comenzaba a invadirle, se inició el ruidoso golpeteo de la pata de palo justamente en la parte del techo situada sobre su cabeza.

“Si no fuera porque he visto al inquilino del tercero arrastrando trabajosamente escaleras arriba su extremidad de madera, juraría que está aprendiendo a bailar sevillanas. Debería darle vergüenza a su edad.”

Julián estaba verdaderamente indignado. A su llegada a Londres, había alquilado un apartamento en el segundo piso de una de las casitas, exactamente iguales, construidas a principios del siglo en Crescent Road por un arquitecto desprovisto por completo de imaginación.

En la delegación del oloroso superior, de Jerez, cuya regencia desempeñaba, le habían asegurado que la zona recomendada era de las más tranquilas de toda Inglaterra y que, como no se fuera a residir en el campo, no encontraría nada mejor.

“Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Ahora, las cabriolas del cojo; antes, las carreras estrepitosas del niño que parecía calzar zuecos y, primero aún, coincidiendo con su llegada a la vivienda, la estruendosa rotura de platos y objetos de cristal arrojados violentamente al suelo.”

“Y lo curioso, es que cuando los fui encontrando sucesivamente en el portal o la escalera, me parecieron gente normal, aunque, como todos los ingleses, excesivamente reservados. Ninguno de ellos me ha dirigido la palabra jamás; ni siquiera para responder a mi saludo.”

“Mañana, sin falta, hablaré con la portera. Que se enfrente al cojo y lo mande a ensayar frente al número diez de Downing Street.”

A pesar de que el zapateado arreciaba con un vigor totalmente impropio de la edad del ejecutante, y el enfado del involuntario oyente subía de punto, Julián terminó por dormirse profundamente.

Al otro día, la portera se encontraba en su puesto habitual. La vería por la tarde. Tenía el tiempo justo para alcanzar el autobús que lo dejaría a dos pasos de la oficina. En ésta, cuando hizo mención a la juerga flamenca celebrada en el piso superior, hubo de soportar las bromas de sus compañeros, cosa que afianzó aún más su resolución de poner remedio a las francachelas nocturnas del renco vejete.

Durante toda la mañana, Julián, con perseverancia y honradez dignas de encomio, intentó obstinadamente realizar su trabajo con eficacia, aunque sin resultado. Las ideas se le escapaban siguiendo derroteros que, indefectiblemente iban a desembocar en Crescent Road.

Su enojo y la situación anímica producto de aquel resultaban comprensibles. Pensar que en un plazo de tiempo inferior a los seis meses había tenido la desgracia de soportar bajo su techo a tres diferentes familias de energúmenos, chiflados e ineducados, era demasiado duro. Cualquiera perdería la ecuanimidad en un caso como el suyo.

Almorzó de mala gana, sin apetito alguno. No deseaba otra cosa que abandonar aquel lugar para regresar sin tardanza al que, nunca mejor dicho, le quitaba el sueño.

Por fin llegó la ansiada hora y Julián, con un farfullado “hasta mañana”, se lanzó a la calle. Ahora vería el cojitranco émulo de Antonio Gades. En cuanto azuzase a la señora Merrywater, verdadero perro de presa que no se andaba con chiquitas en lo tocante a la moral y buenas costumbres de los inquilinos, milagro sería si el bailarín no terminaba en una silla de ruedas por falta de su única pierna original.

La Merrywater escuchó cuanto le dijo, en larga y vehemente tirada, sin interrumpir ni una sola vez, con una flema auténticamente británica. Después, cuando Julián, rojo como un pimiento de la lejana Rioja, se quedó callado, extrajo de un bolsillo de su hombruna chaqueta un manojo de llaves, y se limitó a inquirir:

-¿Está usted seguro?

-Naturalmente que estoy seguro; no me iba a inventar todas estas historias.

Entonces, la señora Merrywater, como si se hubiera transformado en una furgoneta de aeropuerto, dijo:

-Follow me.

Y Julián, obedientemente, la siguió escaleras arriba, si bien, temeroso de las represalias que probablemente pondría en práctica el danzarín noctámbulo, pueso buen cuidado ocultando su cuerpo tras la voluminosa densidad de la portera.

Llagados al tercer piso, la señora Merrywater, con un sentido del drama digno del más afamado escenógrafo, introdujo la lleve en la cerradura, empujó la puerta, dio un paso atrás y exclamó:

-Observe usted mismo.

La indignación de Julián se esfumó repentinamente siendo sustituida por la incredulidad y el asombro. Trató de hablar pero las palabras se negaron a acudir a sus labios. Tras un perceptible tartamudeo, logró musitar algo semejante a:

-Esto no puede ser. Todavía esta noche, aquí, debajo de esta habitación, he tenido que aguantar un ruido de todos los diablos…

-No, está usted en un error. Este piso y el de abajo llevan desalquilados más de treinta años. Fíjese bien. No hay un solo mueble; la vivienda está completamente vacía. Bueno, se ha convertido en un yacimiento de polvo. El polvo que se ha ido acumulando en treinta años. Y con el de abajo, sucede lo mismo.

-Eso sí que no, señora Merrywater. Yo mismo hago la limpieza a diario. Un poco por encima, es cierto, pero, por lo menos, quito el polvo. Me da la sensación de que quiere usted volverme loco.

-Nada de eso, señor Julián. Vayamos por partes. En primer lugar, yo no soy la señora Merrywater. Soy la señora Sadwater, hermana gemela de su portera. Usted vive en la casa de enfrente.

-Imposible; son demasiadas coincidencias y…

-Está bien; bajemos al segundo.

En el piso inferior, el desconcierto de Julián comenzó a convertirse en pánico. La vivienda estaba abandonada, y cantidades ingentes de polvo se habían adueñado por completo de las habitaciones.

-Pero entonces,  ¿cómo se explica usted los ruidos que vengo oyendo sobre mi cabeza desde la primera noche, hace ya seis meses?

-Pues existe una justificación sencilla y complicada al propio tiempo. A poco de ser construidas todas las viviendas de esta calle -ya se habrá dado cuenta de que son exactamente iguales- la inquilina del tercero de ésta fue asesinada cuando se encontraba fregando la vajilla; meses más tarde, un niño, el hijo de los inquilinos, que se había quedado sólo, fue perseguido por todo el piso hasta se alcanzado y estrangulado; un año después del primer suceso, un viejo que llevaba una pierna artificial, encontró la muerte al ser golpeado en la cabeza con su propia pata de palo. El o los asesinos, jamás fueron detenidos aunque se hicieron larguísimas investigaciones. Parece ser que, de tiempo en tiempo, en alguno de los pisos de esta zona se escuchan ruidos extraños. Es como si las víctimas de los crímenes reclamasen venganza o, por lo menos, que no se las olvide.

-Desde luego, señora Sadwater, yo no los olvidaré nunca, después de lo que me ha contado, sería imposible. He tenido mucho gusto en conocerla. Ah, ¿sería mucho atrevimiento por mi parte que le pidiera dos favores?

-Dígame lo que sea, señor Julián.

-Presente mis respetos a su hermana y dígale que he recibido un telegrama de España. Tengo que regresar inmediatamente. Enviaré a recoger mis cosas.

Julián se alejó presuroso jurándose que, en el futuro, se cercioraría de que sus nuevos vecinos de arriba residían realmente arriba y no enfrente.

Ya decía yo

!Esto no puede estar sucediéndome a mí!

Por enésima vez aquel hombre reflexionaba apesadumbrado sobre la serie de hechos extraños que venía padeciendo.

Se trataba de un cúmulo de circunstancias anormales, no podía decir desgraciadas porque en realidad no eran desventuradas, para las que no encontraba explicación admisible.

Él siempre había sido una persona sumamente ordenada, metódica y precavida. Calibraba, medía y pesaba los resultados de sus actos. Incluso de los que, aparentemente, parecieran más intrascendentes.

Este hecho y lo sensato de su forma de actuar a lo largo de su vida, le habían dejado inerme ante los actuales acontecimientos que tomaban, de pronto, un sesgo molesto.

Antes no precisaba preguntarse con qué se encontraría una vez llevada a la práctica cualquier decisión. Sabía perfectamente que, de igual modo que el día sigue a la noche, a una de sus acciones sucedería una reacción dada. Era una sucesión inmutable, una cadena irrompible de eslabones fundidos en materiales indeformables e indestructibles entre los que la mayor proporción estaba constituida por la lógica, lo razonable y lo racional.

Ahora, desde hacía un par de semanas, no daba pie con bola. Ni a tiros encontraba en su sitio nada de lo que buscaba. Si deseaba cambiarse de calcetines, era inútil que revolviese aquel cajón del armario donde antes, estaba seguro, conservaba un abundante surtido. En aquellos momentos, lo único que podía verse en el cajón tercero, comenzando por arriba, eran varias camisas horribles, que no recordaban fueran de su propiedad.

En cuanto a los calcetines, se encontraban en el segundo cajón de la cómoda. ¿Cómo habían ido a parar allí?

Detalles como estos se repetían con tanta frecuencia que le estaban haciendo temer por la integridad de su salud mental.

Hacía años que experimentaba un acuciante deseo de dejar de fumar. Pero, precisamente a causa de ese carácter reflexivo no lo había hecho todavía porque no poseía la absoluta seguridad de haber encontrado un método infalible que le permitiera abandonar de raíz el vicio sin el peligro de una o más ridículas recaídas.

Entre sus amigos figuraba más de uno que un buen día había anunciado orgullosamente: “He dejado de fumar”, solo para volver a hacerlo al día siguiente o a las dos semanas.

Él no actuaría así. Cuando anunciase que, por fin, no fumaba, sería porque el tabaco ya no contaría en absoluto.

Pues nada de eso. De pronto, siguiendo la  absurda pauta de los últimos tiempos, una noche, cuando TV anunciaba a sus adictos que no se apenaran, pues si bien daban por terminada la sesión, al día siguiente continuaría la paliza, él abrió la ventana y arrojó a la calle el paquete de cigarrillos  que tenía en la mano.

Fue un impulso repentino e irresistible lo que le hizo tomar aquella determinación que sería seguida instantes más tarde por la defenestración de la caja de cerillas.

Diez minutos después, ya con la simiente de la duda alicortando sus intenciones, se acostó. Trató de leer un rato para apartar de su mente el tabaco que deseaba olvidar, pero las letras, como poseídas de diabólico frenesí, emprendieron una trepidante danza.

Una hora transcurrió entre sudores y revolcones y,  finalmente, incapaz de resistir el acuciante anhelo, se tiró de la cama y, sin detenerse a calzar las zapatillas y a echarse encima el batín, inició un minucioso registro de todo el piso.

Ni un solo rincón de la casa quedó sin escudriñar. Incluso en aquellos lugares en que su razón le gritaba: “No, ahí no puedes tener cigarrillos”, buscó, afanoso. Volvió del revés los bolsillos de todos sus trajes, chalecos, abrigos, gabardinas e impermeables.

Tenía la boca seca y, al pasar frente al espejo del lavabo observó espantado su mirada extraviada. Experimentaba un auténtico “mono nicotínico”.

Lo que le producía casi incontrolables deseos de golpearse la cabeza contra la pared era el recuerdo de que nadie, salvo él mismo, tenía la culpa de lo que le estaba sucediendo. “¿Por qué arrojaste por la ventana los últimos cigarrillos, pedazo de bestia? Un gesto tan dramático como ese no debe realizarse sin contar con la seguridad de dos o tres cartones de repuesto.”

En su caletre cegado por la falta de tabaco, se hizo una lucecita. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?. Algún cenicero tenía que rebosar de colillas. Con ellas se arreglaría hasta que abrieran los estancos o las cafeterías.

Efectivamente, su falta de limpieza pagaba dividendos y tuvo la inmensa fortuna de encontrar los restos de media docena de pitillos. Olían fatal y todos ellos eran de tamaño reducidísimo, pues observaba la insana costumbre de apurarlos hasta que se quemaba los dedos. Pero al fin y al cabo, era tabaco.

Impaciente, eliminó los restos de ceniza y se quedó solo con el tabaco. ¿Y ahora con qué iba a liar el cigarrillo? Con aquello de fumar emboquillado, el papel de fumar era ya una rareza.

“Ya está”, se dijo. “El papel higiénico es un aceptable sustituto. ”

Una vez preparada aquella especie de petardo se presentaba el problema del encendido. Las cerillas habían seguido el ejemplo del paquete de cigarrillos siendo arrojadas por la ventana.

También para esta emergencia encontró solución. Por algún sitio debería tener varios mecheros. Los encontró. Pero ninguno funcionaba. A uno le faltaba la piedra, a otro la gasolina y a un tercero el gas. No hubo forma de hacer de dos o tres, uno.

Entonces, recordó la cocina de gas y el encendedor piezo-eléctrico. Parecía que su cerebro iniciaba, de nuevo una marcha normal, como antes del extraño cambio.

Situado ante la alegre llama del quemador, felicitándose interiormente, se acercó con el artesano cigarrillo entre los dientes, aspiró ansiosamente y el bigote desapareció de su labio superior dejando en este una dolorosa sensación y en el recinto un desagradable tufo a plumas de pollo chamuscado.

Por si la catástrofe no fuera denigrante, el papel higiénico, recordando sin duda que su misión era muy distinta, abandonó la forzada y provisional forma cilíndrica, se abrió, el fragante tabaco cayó sobre la llama y se consumió en un instante.

El desconsuelo del apurado aspirante a fumador alcanzó niveles de serial radiofónico. Impotente y rabioso se sentó en una incómoda silla de formica, allí mismo, en la cocina. Apoyó los codos en las rodilla, sepultó la cara entre las manos y, extenuado, se quedó dormido.

Despertó al amanecer, cuando la primera claridad del nuevo día invadió aquel lugar testigo de su fracaso. Pero, lo que más le dolió no era el descalabrado experimento. Lo peor era el tormento causado por una espantosa tortícolis consecuencia de la anormal postura nocturna.

Los pensamientos que le embargaban cuando decidió hacer borrón y cuenta nueva de la triste jornada que acababa de vivir no eran, precisamente, los más indicados para saltar de júbilo pero, sobreponiéndose al infortunio, se introdujo en la bañera.

Una ducha, intermitentemente con agua fría y caliente, seguro que haría más para desentumecer sus dolidos músculos que todas las lamentaciones de un coro griego.

Efectivamente, cinco minutos después se encontraba bastante mejor y sus ideas negras comenzaron a teñirse de un tono grisáceo. Volvieron a ennegrecer cuando advirtió que en la percha no se hallaba la toalla como era su obligación.

Descalzo, desnudo, y goteando agua que dejaba un rastro a su paso, se encaminó al armario en que se suponía jugaba al escondite el necesario adminículo. No llegó a abrir la puerta del mueble. El reluciente pavimento de cerámica no debió de encontrar de su gusto al gordo que se paseaba por su superficie tal como se había incorporado al mundo y lo hizo caer.

Realmente, el incidente pudo haber sido mucho más grave. Sólo se rompió una pierna. Total, treinta días arrastrando una pesada escayola tampoco era para soltar los tacos que el accidentado profirió.

Con el paso de los días, fue habituándose a la situación y el acto de eliminar aquella blanca excrecencia fue una triste experiencia. Le había tomado cariño.

De todos modos, la relativa inmovilidad de aquellos días y la forzada lentitud con la que hubo de desplazarse en aquel periodo de su existencia le permitieron realizar un singular examen de conciencia. Simplemente, porque deseaba llegar al fondo del misterio.

Ansiaba desentrañar el secreto oculto tras el inexplicable cambio de conducta que le infligía. ¿En virtud de qué mágico encanto había llegado a convertirse en una persona totalmente diferente a la que fue toda su vida?

Jamás había creído en poderes ocultos, bebedizos, brujas y otras monsergas, pero tenía que admitir que lo que le estaba sucediendo carecía de justificación.

¿A dónde habían ido a parar sus dotes de discernimiento? ¿A dónde su capacidad especulativa? ¿Por qué desaparecieron sus facultades mentales y su acertado criterio?

Advertía con tristeza que esas mismas argumentaciones le costaban un tremendo esfuerzo mental que le dejaban exhausto.

Poco tiempo después de quitarse la escayola tuvo que hacer un viaje a Madrid. No le agradaba el transporte aéreo pero, deseando estar de vuelta lo antes posible, eligió el avión.

La hora del vuelo estaba señalada para las once y cuarto. Esto suponía que tenía que tomar el autobús hacia el aeropuerto a las nueve y levantarse a las siete y cuarto.

Antes de que su personalidad experimentase los cambios que le transformaron en un ser tan distinto, hubiera preparado dos despertadores que, previamente, comprobaría cuidadosamente.

Ahora, con optimismo admirable pero nada práctico, se dijo: “Siempre despierto a la hora que deseo. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Mañana, estaré en pie en el momento oportuno.”

Acertó en cuanto a la realidad de su despertar, pero se equivocó en lo que se refería a la conyuntura, pues salió del mundo de los sueños a las dos de la tarde, justo a la hora de almorzar. Precisamente entonces, el reloj de cuco de la sala de estar, que se escuchaba nítidamente desde su lecho, vino a añadir dos nuevas notas discordantes a su malestar.

Pero, ¿qué demonios me está pasando? ¿Por qué no hice uso del despertador, o mejor aún, de dos aparatos? ¿Qué genio burlón me está tomando el pelo?

Y todo esto no fue nada ante el quebradero de cabeza que supuso el regalo de las zapatillas.

No, no se trataba de un problema planteado por la ineludible obligación de regalar unas zapatillas. Por el contrario, quien recibió el obsequio fue él.

Afortunadamente, el trivial hecho, tan complicado al principio que estuvo a punto de terminar con su deteriorada cordura, finalizó por aportar la solución a tan ridícula charada.

Todo comenzó con el viaje de estudios de su hija Mari Carmen a Benidorm.

Benidorm

Benidorm, 2008. Foto Ángel Bravo Torre

Tampoco yo me explico cómo hay nadie que emprenda un viaje de esas características a dicho punto geográfico.

Benidorm es un sitio adecuado para divertirse en invierno y ahogarse de calor en verano, pero para estudiar… Quizás, admitiendo que corría el mes de noviembre, lo que deseaba Mari Carmen era contemplar, tomando buena nota para dentro de algunos años, el comportamiento desinhibido de los jubilados de ambos sexos que, en aquella época, parecen ser los únicos pobladores del lugar.

Benidorm

Benidorm, 2008. Foto Ángel Bravo Torre

Cualquiera que sea la razón que llevó a Mari Carmen tan lejos, el caso es que, a su vuelta, en su equipaje traía unas zapatillas de piel de borrego como presente para su padre.

Se trataba de unas pantuflas hermosísimas color café con leche, corto de café. Sin suela ni tacón, carecían de toda costura o cosido interior, origen de innecesarias mortificaciones en los pies más delicados.

Causaban la notoria impresión de ser el calzado confortable por excelencia. Parecían el Rolls-Royce de las pantuflas.

Sin embargo, contaban con un inconveniente nada despreciable. Carecían de toda indicación acerca de cuál era la derecha y cuál la izquierda. Indudablemente, poseían la rara virtud de confundir al potencial usuario de manera que unas veces simulaban pertenecer, las dos, a la extremidad inferior diestra, y otras a la siniestra.

Pero cuando, de verdad, resultaban absolutamente desconcertantes era cuando se las calzaba.

Cuando el atribulado propietario de las turbadoras babuchas se las puso, su misma confusión le sumió en un mar de dudas.

Siempre creyó que disponía de un pie derecho y otro izquierdo. Pero, a juzgar por lo que estaba viendo, en aquel momento, por el simple hecho de calzarse, tenía dos pies siniestros. Sí; no cabía duda.

Y, ahora no le quedaba otro remedio que operarse porque, ¿cómo iba a andar por la calle con aquella facha? ¡Menudo pitorreo que se iban a gastar sus enemigos, y sobre todo, sus amigos!

No obstante, antes de salir disparado como una bala en dirección a la Seguridad Social -donde Dios sabía cómo lo iban a dejar- haría una prueba. Cambiaría las pantuflas de un pie a otro.

De momento, el trueque le satisfizo, pero su alegría no duró mucho tiempo. Casi de inmediato observó que la artimaña no había dado resultado. ¡Ahora tenía dos pies derechos!

No puede estar sucediéndome esto: ¿por qué a mí precisamente?, pensó con la misma amargura e incredulidad con que un espectador en el Santiago Bernabeu resulta agraciado por el desprendimiento de una generosa golondrina.

No podía ser, pero era. Había que aceptarlo, pero no sin lucha. De un humos de perros, llevó a la práctica una idea que se le vino a la mente.

Sin levantarse de la silla en la que estaba sentado, extendió las piernas hacia delante y las cruzó.

La visión que se ofreció a sus ojos era horripilante. La zapatilla que cubría su pie izquierdo -ahora colocado a la derecha- tenía la puntera apuntando hacia la izquierda y la del pie derecho -situado a la izquierda- apuntaba también a la izquierda.

Desesperado, se levantó, manteniendo las piernas cruzadas, y trató de caminar. Como era de esperar, se vino al suelo víctima de su propia zancadilla.

Entonces, hizo lo único que podía hacer en aquellas trágicas circunstancias. Lloró copiosamente, lágrimas amargas de derrota e impotencia.

De pronto, un sentimiento de orgullo vino a sacarle de tanta ignorancia. ¿Y si te viera tu hija Mari Carmen así, qué diría?

Permaneció unos instantes callado, sin ánimos para tomar iniciativa alguna hasta que repentinamente una certidumbre, más que sospecha, se abrió paso a través de su atormentado cerebro.

“Pero, ¡qué Mari Carmen ni que niño muero! ¡Si yo estoy soltero y no tengo ninguna hija!, gritó con júbilo.

Y terminó deleitándose en sus propias palabras:

“Ya decía yo que esto no podía sucederme a mí”

Fracaso escolar

Desde hace demasiado tiempo  viene hablándose del fracaso escolar sin que, a juzgar por la contumacia con que continúa prodigándose, se vislumbre su eventual desaparición. Hoy por hoy goza de una envidiable salud.

Cuando, con avisos previos o de sopetón, se materializa el espectro de un “no apto”, la angustia es su inevitable compañera y propina jaque mate a la esperanza, alimentada durante todo el curso, de repetir aquel verano delicioso del año anterior.

¿Cómo es posible que la enseñanza, y los que se dedican a ella, no hayan caído en la cuenta de que la solución a tan aterrador problema es sencillísima?

Por supuesto, no voy a permitir al inmodestia de ofrecer consejos para el aprendizaje de la música, pues soy bastante más ignorante en este tema que en los demás. Lo que sí me decido a proponer a reglón seguido es el método de ahuyentar el coco del suspenso, dejando, para personas dotadas de más cacumen, la explicación de sistemas aplicables a la interpretación de esa especie de piedra Rosetta que constituye el conjunto de moscas atrapadas en el pentagrama.

Pero antes de dar a conocer al país lo que ya se debería haber descubierto sin mi ayuda, pondré de manifiesto el plan de trabajo que me condujo al gran hallazgo.

Se imponía, en primer lugar, localizar y aislar las posibles causas de que un elevado número de estudiantes fueran premiados a final de curso con denigrantes calabazas. Las que encontré fueron las siguientes:

Del cuerpo docente:

  • Padecía de mudez incurable
  • Constituía la suma de la ignorancia de sus miembros individuales.
  • Obedeciendo torvas consignas de una negra conjura, se expresaba en un idioma desconocido.
  • Hablaba español, pero en un tono absolutamente inaudible
  • Haciendo gala de un cinismo increíble explicaban, en español, con voz que llegaba al último rincón de las aulas y en términos fácilmente comprensibles, conceptos que en nada se parecen a lo que se tiene por verdad científica.

De los alumnos:

  • Imbéciles congénitos
  • Sordos como tapias
  • Indiferentes a lo que sucede en las clases
  • Confabulados para hacer el vacío al cuerpo docente
  • Se entrenaban para parados

Enfrenté, después, las supuestas causas atribuidas a verdugos y víctimas al objeto de eliminar aquellas de imposible aceptación por resultar inverosímiles.

Si los alumnos fuesen sordos como tapias, carecería de importancia que sus profesores padecieran de mudez, se expresaran en un idioma u otro, hablaran nuestro idioma pero en voz excesivamente baja, o asegurasen que la luna era la esposa del sol.

Llegado a este punto de mi investigación pude comprobar que, de los supuestos achacados inicialmente al ente profesional, únicamente quedaba “vivo” el segundo, el referente a la ignorancia.

Por lo que se refiere a los alumnos, salvo la “sordera como tapias”, sobrevivían el resto de razones.

Venía ahora lo más difícil. Era imposible comparar los conceptos restantes por resultar heterogéneos. Se imponía, pues, el mayor cuidado, pues estaba manejando nociones más inestables y peligrosas que la nitroglicerina.

La primera debía de ser eliminada ipto facto por ser matemáticamente imposible que todos los estudiantes se encontrasen aquejados de imbecilidad congénita. Fuera con ella.

La cuarta, suprimida sin contemplaciones, pues sería mucho suponer una confabulación estudiantil generalizada para hacer vacíos. Si se tratara de hacer ruido, la decisión habría de ser tomada con mayor cautela.

A estas alturas de la investigación, solo permanecían en el candelero, para la enseñanza la segunda (ignorancia) y para el aprendizaje la indiferencia y el entrenamiento para el paro.

Aunque los elementos constitutivos del caldo de cultivo sometido a estudio se habían reducido considerablemente, todavía resultaba comprometido determinar la causa última del fracaso escolar. No obstante, había que decidirse de una vez. Así pues, para acortarlo un poco más, resolví, creo que con razón, fundir en uno solo los componentes atribuidos a los alumnos, denominando al cóctel resultante: “indiferencia ante la inevitabilidad del paro”.

Frente a frente quedaban ahora la ignorancia de los preceptores y lo ya citado en el párrafo anterior.

Ante la imposibilidad de admitir, por muchos razonamientos favorables que pudieran ser aducidos, que el fracaso escolar se debe a la falta de conocimientos de los maestros o a la apatía de los discípulos, pues ambas conclusiones serían injustas, necias y embusteras, hube de admitir que la existencia del problema aludido se debe, como el cáncer, a algo que está ahí, que no vemos hasta que nos hace polvo y del que solamente palpamos las consecuencias.

Sin embargo, este cáncer de las aulas, tiene cura y ésta es la que, modestamente, ofrezco a las atribuladas familias que lo padecen. Y, como curandero temeroso de ser acusado de intrusismo por un Colegio Oficial de Médicos cualquiera, absolutamente gratis.

Reconozco que el remedio es un tanto radical pero, qué le vamos a hacer. A grandes males, grandes remedios.

Puesto que, como ha quedado demostrado, la enseñanza no vale para otra cosa que para producir calabazas, propongo una suspensión inmediata de todo núcleo de instrucción: los enseñantes dedicarán sus esfuerzos a la agricultura, actividad en la que podrán obtener satisfacciones sin cuento cultivando gordísimas cucurbitáceas.

En cuanto a los estudiantes, se les señalará únicamente como obligación ineludible la de divertirse. Por desgracia, no tendrán mucho tiempo para realizar tan agradable deber. La juventud se nos va a una velocidad endiablada.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

 

Los temblores del señor Gómez

Su propia esposa se lo había dicho varias veces y él, desapasionado y sincero, tenía que reconocer lo justo de los reproches.
“En algunas ocasiones, estás insoportable. Has cambiado tanto que no te reconozco. No me explico qué te ocurre. Deberías ir al médico.”
Era cierto. De cuando en cuando y por motivos que no estaban nada claros se ponía fuera de sí. No sentía dolores ni molestias concretas pero, en su fuero interno, debía admitir que algo no marchaba bien.
Lo impreciso de los síntomas le impedía tomar una determinación al respecto. Porque, ¿a qué médico acudir? No era como si le doliera el estómago, los riñones o los oídos.
En realidad, se trataba de algo indefinible que, como partiendo de la mente, fuera extendiéndose por todo su cuerpo. Como un anhelo insidioso de no sabía qué.
Pero la mente no duele, se decía después de cada uno de aquellos extraños y esporádicos ataques que le dejaban exhausto, acobardado y con la incómoda sensación de impotencia que impone la confrontación con un deseo insatisfecho.
Y, bien, ¿qué es lo que ansío tanto que la imposibilidad de su consecución me tiene maltrecho, y tan poco evidente que ignoro de qué se trata?
Recordaba con claridad meridiana la última ocasión en que se había visto atacado por el insidioso mal.
Era una noche calurosa del mes de agosto tras un día en que el menor movimiento costaba un esfuerzo de voluntad.
Después de cenar, su mujer le propuso salir a la terraza en busca de un soplo de aire fresco. Accedió desganadamente y se sentaron en silencio. El bochorno parecía disponer de presencia física; pesaba como una losa.
Frente a su casa, asomando por detrás del bosque cercano, la luna iluminaba el paisaje con su luz prestada con tanta claridad como si fuera propia.
Era una luna llena, enorme, que recordaba la faz burlona de una mujer desprovista de cabello.
Gómez, que contemplaba sin despegar los labios la irreal escena, dejó de percibir el canto de los grillos, que parecía añadir algún grado más al sofoco reinante. De pronto, comenzó a temblar como sacudido por una ráfaga de viento helado.
“¿Qué te sucede?, inquirió su esposa al advertir la conmoción y los sonidos inarticulados que la siguieron.
“No lo sé …”, respondió Gómez sin dejar de estremecerse. Y se disponía a continuar hablando pero su acompañante le interrumpió.
“Mañana, sin falta, vas a ir al médico”.
“Bueno -accedió cansado de luchar contra aquello- pero, ¿a qué médico?”
“Primero, al de cabecera; luego ya veremos”, dictaminó la mujer.
Poco más tarde, la pareja decidió retirarse a descansar. Entró ella la primera y, por último, Gómez, arrancándose violentamente a la fascinación en que se encontraba sumido, apartó la mirada de la brillante luna, cerró la puerta de la terraza y se retiró con lentos pasos.
A la mañana siguiente, Gómez soportó una serie de análisis , reconocimientos y pruebas que pusieron de manifiesto el excelente estado de su salud física.
El doctor que le atendió le aseguró que no localizaba ningún desorden corporal. Si acaso, para mayor tranquilidad de todos, convendría visitar a un psicólogo o psiquiatra. Tras aquellas inexplicables ansiedades pudiera ocultarse algún problema psicosomático.
La primera reacción de Gómez al escuchar estas palabras fue la normal o, mejor dicho, la esperada por los médicos de cabecera. “¿Cree Vd. que me estoy volviendo loco?”
Después de asegurarle repetidas veces que no; que si estuviera volviéndose loco él sería el último en sospecharlo, el doctor le recomendó dos o tres especialistas excelentes.
Ya en la calle, la esposa de Gómez preguntó a éste:”¿Por cuál de ellos te decides?”, recibiendo la respuesta de: “Por ninguno. Si no estoy loco, ¿para qué vamos a dar más vueltas?”
Claro que Gómez conocía perfectamente a su media naranja y respondió así sólo para cubrir el expediente. Sabía, sin embargo, que, como un cordero, visitaría a quien ella decidiera.
El edificio donde tenía su consulta el émulo de Freud, no le agradó. El ascensor, empotrado en la pared y lleno de espejos que reflejaban sus ojos atemorizados, tampoco.
La enfermera que le recibió con almibaradas palabras y que, con falso paternalismo, cubrió su ficha médica, le desagradó profundamente.
El despacho del especialista despertó en él una aversión sin límites y la frase con que el galeno comenzó la entrevista hizo nacer en el ánimo del preocupado Gómez un odio irracional.
“¿Qué tenemos aquí?”, dijo tan pronto como le puso la vista encima. El interrogado prefirió abstenerse de abrir la boca para responder. Si, dejándose llevar por sus impulsos naturales, hubiera contestado, la consulta hubiera finalizado antes de empezar.
Pues si que había caído en buenas manos. ¿Era tan tarugo que no podía darse cuenta de que en su presencia se encontraba un ser asustado, deseoso de ser tranquilizado?
Siguiendo indicaciones de aquel despistado cubierto con bata blanca, Gómez se acomodó en el diván corno si se dispusiera a echar una siestecita.
Entretanto, el Dr. Lupescu había tomado asiento en una butaca situada en la cabecera del lecho, fuera del ángulo de visión del paciente; estaba dispuesto a grabar en un pequeño magnetofón cuanto se dijese en aquella primera sesión.
“Comenzaremos -dijo el que en su fuero interno Gómez llamaba ya matasanos- por una cosa sumamente sencilla. Se llama asociación de ideas o, también, palabras asociadas. Consiste esta técnica, muy usada desde hace tiempo, en algo muy simple. Yo digo una palabra y Vd. pronuncia el primer vocablo que acuda a su mente. Empecemos ya.”
– “Blanco” … “Imbécil”
Lupescu se removió inquieto en su asiento. No le pareció un inicio demasiado prometedor. Sin embargo, no hizo ninguna observación y continuó:
– “Calor” … “Muerte”
El doctor no pudo evitar una ruidosa aspiración. Aquella asociación le daba frío.
– “Hambre” … “Cadáver”
Aquello era demasiado. Intentaría poner coto a tanto disparate antes de que la entrevista se le fuera de las manos. No obstante, resolvió hacer un nuevo intento:
– “Madre” … “Asesinato”
“Oiga, Sr. Gómez, ¿está Vd. seguro de haber comprendido mis instrucciones?” “Sí, sí, doctor. He entendido perfectamente lo que tengo que hacer. Vd. dice una palabra y yo respondo con lo primero que me venga a la cabeza.”
“Eso es -respondió desconcertado el Dr. Lupescu. Está bien; vamos a continuar.”
– “Vacío” … “Fiambre”
– “Amor” … “Linchamiento”
A partir de este momento el médico fue apretando el acelerador verbal y en rápida sucesión lanzó vertiginosamente palabras contestadas velozmente y sin inmutarse por Gómez.
A la palabra remoto, respondió con sepultura; a latrocinio con calavera; a lejano, con tortura; a inodoro con restos; a carnada con difunto, y a benigno con occiso.
Lupescu estaba más que harto. “Este tío tiene que estar fingiendo. Es materialmente imposible que esté padeciendo tan agudo síndrome de agresividad”, se dijo.
Y, en vista de que por aquel camino no llegaría a ninguna parte, con rostro impenetrable que no permitía hacerse idea de sus sentimientos, ordenó al paciente incorporarse y tomar asiento frente al lugar que él ocupó tras la mesa.
Aunque en la ficha cubierta por la enfermera momentos antes ya figuraba un completo historial, deseaba ahondar profundamente en aquel carácter nada frecuente en sus amplios archivos. El doctor no lo hubiera confesado ni a su padre espiritual, pero tenía conciencia de que se hallaba perplejo.
Así pues, procurando dar a su voz una entonación tranquilizadora, inició el interrogatorio que, no confiaba mucho, le permitiría llegar al fondo del caso.
– “Hábleme de su infancia. ¿Ha sido un niño feliz?.”
– “He tenido una niñez desgraciadísima. Mis padres y mis maestros me pegaban y castigaban diciendo que no me esforzaba en ser como los demás. Mis compañeros de estudios me conocían por el mote de ‘El Felpudo”. Sostuve conmigo mismo una tremenda lucha hasta que, por fin, pude aceptarme como soy. Me casé, ya muy mayor, con una mujer hecha de recuelos femeninos, la única que se me puso a tiro. Cuando ya me había resignado a convivir con mi carácter excesivamente sentimental y bonachón, incapaz de hacer daño a una mosca, comienzo a experimentar accesos de mal carácter que me aterrorizan y que ignoro a dónde me llevarán … ”
– “¿Hace mucho tiempo que ha comenzado a advertir los síntomas que tanto le alarman?.”
– “Hará unos seis meses, aproximadamente.”
– “Recuerda en qué momento y en qué circunstancias se presentaron los primeros?.”
– “La primera vez fue por la noche. Yo estaba a punto de irme a la cama.”
– “¿Ha experimentado esas molestias durante el día?.”
– “No, nunca. Siempre me dan alrededor de medianoche.”
– “Ha dicho Vd. que hace unos seis meses que han comenzado a manifestarse las desazones. Bien, ¿cuántas veces las ha sufrido en ese tiempo?.”
– “Pues, unas seis veces.”
– ” O sea, que una vez por mes.”
– “Ahora que lo dice Vd., doctor, sí. Es cierto. Viene a ser eso.”
– “¿Cuándo ha sido el último, diremos, ataque?.”
– “Fue exactamente el día doce, o sea hace tres días.”
El doctor Lupescu trató de ocultar un gesto de satisfacción, pero fue incapaz de impedir el brillo de alegría que asomó a sus ojos.
– “Creo que …, permítame un momento …”, dijo atropelladamente, mientras, con mano trémula, volvía las hojas del calendario de mesa.
– “Bien, bien. Ahora, si no tiene inconveniente, va a volver a describirme con todo detalle los síntomas, las pequeñas molestias, esas extrañas ansias de origen desconocido. Manténgase tranquilo y procure no omitir nada. Algunas veces, en un pequeño pormenor olvidado se encuentra la clave de todo. Comience Vd. cuando quiera.”
– “Pues, verá, doctor. Ya le he dicho que no siento dolor alguno. Sin embargo, -y le ruego que no se ría Vd. de mí- noto como si la dentadura tratara de disminuir de tamaño. Es como si hubiera iniciado un crecimiento hacia dentro. En realidad, mis piezas dentales han alcanzado menor volumen. He acudido a la consulta de un estomatólogo que, después de observarme detenidamente, me ha asegurado que poseo las herramientas desgarradoras, trituradoras y masticadoras más fuertes que ha visto en su vida. Dijo que era un caso increíble. Luego, está lo del pelo. Yo he sido siempre muy peludo. Tanto, que no me he bañado en público nunca. Siempre he tenido que afeitarme cuatro veces al día y cortarme el pelo lunes, miércoles y viernes -cosa que supone una elevada renta-. Coincidiendo con los ataques o lo que sea, el cabello ha empezado a caerse, la frente se ha vuelto más espaciosa y de las orejas han cesado de brotar aquellas matas de vello que mermaban mis facultades auditivas.”
– “Siga, siga”, pidió el doctor al observar que Gómez, por primera vez desde el principio de su confesión, daba muestras de incertidumbre.
– “Con las uñas también me sucede algo extraño. Desde que nací mis uñas fueron muy fuertes y puntiagudas. Ahora, véalas Vd., apenas crecen y son mucho más frágiles …”
– “Bueno, Sr. Gómez. Si no tiene nada que agregar acerca del aspecto físico de la cuestión, hableme ahora de la vertiente psíquica. Cuénteme sus pensamientos, sus temores, deseos íntimos. Dñigame qué cree Vd. que le está sucediendo.”
– “Pues, no sé qué voy a contarle. Estoy hecho un lío. Confieso que, por un lado, me encuentro más feliz. He comprobado con alegría que mi presencia repentina en una cafetería no causa entre los presentes el sobresalto que originaba hace algún tiempo. Ignoro a qué se debe esta nueva actitud pero resulta agradable. En la oficina, hasta el jefe de personal parece mirarme menos atravesadamente. Por la calle, son menos los niños que me señalan con el dedo. No lo entiendo … Por el contrario, he notado que mis antiguos hábitos alimenticios están cambiando. Cosas que antes comía con verdadero gusto, ahora me causan una repugnancia invencible … Actualmente, lo que más me agrada es la fabada asturiana, la paella valenciana, el caldo gallego, los gambas al ajillo… Antes, no quiera saber…”
– “Basta, Sr Gómez. No es preciso que continúe. Su caso está perfectamente claro. No padece Vd. ninguna enfermedad contagiosa. Tampoco se trata de algo que figure en los libros de medicina. Lo que Vd. tiene es muy sencillo aunque infrecuente, por no decir único. Le recomiendo que se tome con tranquilidad lo que voy a decirle. Las fechas en que tienen lugar lo que, a falta de un término más apropiado, llamaremos ataques, me han dado la pista. ¿No se ha fijado en que éstos coinciden exactamente con los plenilunios? Pues bien, la verdad, Sr. Gómez, es que Vd. es un hombre lobo -científicamente un licántropo- que se está convirtiendo en un hombre a secas. De ahí sus repentinos ataques de furor y sus deseos asesinos. Está Vd. pagando el precio que todos hemos de satisfacer por el ‘privilegio’ de pertenecer al género humano.”