Adventure in London

Que todas las mujeres tienen algo es un hecho que no requiere demostración. Es axiomático. Que algunas lo tienen todo, tampoco puede ponerse en tela de juicio. Es evidente.

El caso de Katy era tan notable que, no haberla incluido en el catálogo de monumentos merecedores de ser admirados en el Reino Unido, constituía una prueba inequívoca de la flema británica.

Un país como aquel, que muestra con semejante desfachatez tan apabullante combinación de “corpus delicti” producto de la rapiña sistemática realizada durante siglos en todo el globo y, al propio tiempo, que trata de ocultar semejante monumento nacional, no merece el perdón de los amantes del arte.

Katy era algo increíble. Sus ojos, de un azul purísimo, miraban con tal muestra de inocencia y provocación que paralizaban.

Sus cabellos, largos y rubios, recordaban al trigo maduro y listo para cortar. Los labios, un tanto gordonzuelos, sonreían con ternura infantil.

Cuando se movía, lo hacía con naturalidad, sin envaramiento y como si ignorase que se estaba produciendo el traslado de una obra de arte.

Y, en fin, del resto de su cuerpo, de sus líneas semicurvas y curvas, no es preciso hablar. Hubiera sido un auténtico pecado que no hiciese juego con la perfección descrita.

Cuando Ramón y Arturo la vieron por primera vez, Katy, camarera en un pequeño salón de té situado en Fleet Street, realizaba verdaderos juegos malabares con bandeja, tetera y bollitos, deslizándose entre las mesas sin esfuerzo aparente.

Ramón, que conocía un poco de inglés, fue el encargado de solicitar la consumición y, como hubiera sido demasiado pedir lo que, de verás, se les apetecía, requirió té con bollos.

Tan pronto como tuvieron delante su encargo, Ramón le dijo a su amigo: “Mira Arturo, yo entiendo algo de esto y tengo la seguridad de que le gustas. Cuanto pase de nuevo por aquí, vamos a tirarle el picado. No sé cómo me voy a arreglar en inglés, pero ya se me ocurrirá algo.”

Arturo, más realista que su amigo, respondió: “Déjate de cuentos y no me metas en líos. Si te gusta a ti, intenta lo que quieras.”

Ramón insistió, “pero no seas majadero, ¿es que lo la encuentras guapa?”

“Pues claro que la encuentro guapa, o ¿crees que estoy ciego?” -contestó Arturo. Pero no se trata de eso. Es que tu todo lo ves de color de rosa. A ver, ¿de dónde sacas tú que le gusto? Es la primera vez que me ve -añadió con acento apenado”. Y, tras un momento de silencio, apostilló: “Y si me viera más veces, sería mucho peor.”

“Amigo, eres un cenizo -porfió Ramón. Con ese temperamento, no vas a ninguna parte y, claro, no te comerás una rosca en tu vida.”

“Bueno -concedió Arturo- haz lo que te parezca, pero verás como vamos a hacer el ridículo, especialmente yo.”

Ramón, investido ya de la dudosa categoría de intérprete celestinesco, espero una oportunidad y, tan pronto como Katy pasó cerca de su mesa, le pidió que se aproximase.

Cuando la tuvo a su lado, pidió la nota y, al pagarla, manteniendo bien a la vista un billete de cinco libras, como dando a entender que podía tratarse de la propina, preguntó: “Por favor, ¿quiere decirme como se llama?

Naturalmente no formuló la pregunta así, sino en inglés, ya que Ramón ducho en estas lides, no ignoraba que en cualquier país del mundo debe hablase el idioma oficial si se desea ser comprendido, y de manera especialísima en el Reino Unido.

Katy, con una sonrisa que encerraba un montón de promesas, dijo: “My name is Katy”, ya que, aparentemente, no conocía ni palabra de español.

Tanto Arturo como Ramón, quedaron extasiados ante aquel nombre tan británico y hermoso, hasta aquel momento desconocido para ellos.

A mí, que estoy escribiendo esto, no me produjo la menor impresión porque ya se lo adjudiqué en el segundo párrafo. Compruébelo si no se fía.

Entonces, Ramón se despidió para siempre del billete, que pasó a manos de Katy y, ya lanzado, dio un paso más en el camino de la perdición que trataba de pavimentar para Arturo.

“¿A qué hora se cierra el establecimiento?”

“A las ocho”, respondió Katy, prescindiendo de intérprete y acariciando con la mirada al incrédulo Arturo.

Este, haciendo un esfuerzo sobrehumano, recurriendo a las más recónditas células del intelecto, soltó un desesperado bramido que podía pasar por: “I´ll be awaiting you? (Te estaré esperando).

Ramón, estupefacto, boquiabierto, comprendió que aquello era, a la vez, una cita en toda regla y el final de su misión como intérprete. Para cuanto sucediera a partir de las ocho de aquella tarde, su presencia sería innecesaria, indiscreta e inoportuna.

Salieron a la calle, Arturo prácticamente remolcado por su exintérprete, pues aún no se había recuperado del shock producido por su evidente buena estrella.

En cuanto se encontraron rodeados de la bruma londinense, Ramón palmeó enérgicamente la espalda de su aún asombrado amigo y le dijo, echando una ojeada al reloj: “Bueno, hasta las ocho tenemos tiempo para dar un paseo. Vamos.”

“Quiá. De aquí no me muevo hasta que salga Katy. Este asunto es demasiado serio para andar con bromas”, contradijo Arturo, añadiendo después de una pausa. “Ya nos veremos en el hotel.”

Desembarazado de su compañero de viaje, Arturo, ya más tranquilo, estuvo de plantón más de dos horas en inconsciente imitación de los inmóviles guardias de Buckingham Palace. Su quietud pareció un tanto sospechosa al bobby de servicio, estudiante de medicina en la facultad nocturna, que dudaba entre una detención inmediata por sospecha de preparación de robo, o ingreso en el hospital más próximo por presunción de catatonia.

El bobby que, evidentemente, no era un discípulo del  infalible Holmes, se absdtubvo y su falta de acción permitió el nacimiento de lo que podía llegar a ser la pasión del siglo.

Cuando, por fin, Katy salió cerrando la puerta suavemente, Arturo tuvo que realizar una pugna heroica. No era timidez lo que le impedía moverse para acudir a su encuentro. Un calambre espantoso, producto de su prolongada inactividad, le había dejado tan soldado al suelo como una farola.

Finalmente lo consiguió, viendo premiado su ánimo por unas palabras en español, con fortísimo acento inglés, que venían a disipar las dudas que le habían atormentado durante su dilatada vigilancia.

Aquello de ¿cómo me arreglo yo ahora sin saber prácticamente nada de su idioma?, carecía de importancia. Todo se había solucionado gracias a las ofertas de los “tours operators” que venden vacaciones en España a precios de saldo.

Más contento que unas pascuas, tomó la mano que se le ofrecía como saludos y se quedó con ella.

Como soy persona discreta, y estoy seguro de que usted también lo es,l no trataré de referir  detalladamente todo lo que aconteció durante los diez días en que Arturo, con una perseverancia digna de la mejor causa, procuró afanosamente la consecución de sus inconfesables fines.

Le aseguro, sin embargo, que dos veces consecutivas hubo de solicitar a sus padres, con urgencia, pues el caso apremiaba, nuevas remesas de fondos para reponer el dinero invertido en cenas, teatros, un juego de sortija, collar y pendientes en carísima bisurería fina y un chaquetón de pieles.

Entre tanto, Katy ponía en práctica la táctica dilatoria que tantos éxitos había deparado a sus compatriotas a los largo de los siglos. Buenas palabras, sinceras promesas, llamadas a la caballerosidad y al sentido común, todo ello con la expresión de auténtico pesar de que aquello que es imposible hoy, alegrémonos, será una gozosa realidad el jueves próximo.

Pasaron los días y llegó el último, el señalado en el billete de avión como fecha tope para volar a España, sin que Arturo hubiera logrado nada positivo y, por ello, se sentía como un burro sometido al tratamiento de la zanahoria.

Su estado de finanzas era absolutamente ruinoso. El de Ramón aún permitiría la adquisición de un par de bocadillos, una cerveza a repartir y sufragar el traslado hasta el aeropuerto, pero nada más.

El avión, que iba a cortar como un cuchillo el cordón umbilical que unía frágilmente el amor entre Katy y Arturo, despegaba a las 5, 05.

Katy había prometido que acudiría a Heathrow a tiempo para despedir a su enamorado.

A las cuatro menos cuarto, los dos amigos entregaron sus maletas y recogieron las tarjetas de embarque. De Katy, ni rastro.

A punto de pasar a la sala reservada a quienes se aprestaban a realizar el vuelo 643 de Iberia, alguien les llamó por sus nombres. Era un joven, elegantemente vestido, rubio, de unos ojos azules que irradiaban bondad y simpatía. Desentonaba un poquito la voz, de tono un poco bronco.

Se trataba de Edward, hermano de Katy, cuya existencia Arturo ya conocía, aunque solo por las frecuentes alusiones de su hermana.

En un inglés muy sencillo y, hablando lentamente, explicó que había surgido un imponderable que impedía a Katy cumplir con su deseo de venir a decirles good-by. Su tía Jane se cayó por las escaleras aquella mañana y tuvo que ser ingresada urgentemente en el hospital. En aquellas circunstancias era mejor que otra mujer la acompañara.

Muy pocas palabras más y con el disgusto consiguiente, los dos viajeros se despidieron de Edward y cruzaron el umbral de la puerta de entrada a la sala de embarque.

Apenas lo hubieron hecho, Edward, que les había acompañado hasta allí, llamó a Arturo, como si hubiera olvidado decirle algo importante.

Esperando escuchar algunas palabras que atenuaran su disgusto, el cariacontecido Arturo se volvió y, efectivamente, tuvo la oportunidad de oír un último mensaje.

Fue éste, dicho con la voz acariciadora de Katy:

“Anda que te zurzan, babayu. Cuando llegues a Oviedo, dái recuerdos a la Escandalera de parte de Tino, el de Sotrondio”.

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones con sordina, Oviedo, 1986

 

 

 

 

La Puerta

Margarita y Juan habían conseguido, partiendo de cero y a base de sudor y lágrimas, la escritura del piso en que habitaban desde hacía diez años.

Mientras la vivienda no fue suya, ni una sola vez había pasado por sus mentes la posibilidad de un robo. Luego, con la posesión tan trabajosamente lograda, las cosas cambiaron.

La transformación comenzó una noche en que, ya acostados, ambos se levantaron y, sin mediar palabra, fueron a comprobar si la puerta estaba bien cerrada.

Aquello fue como abrir los aliviaderos de un embalse. Su, hasta entonces, callada preocupación se convirtió en un torrente de proyectos relacionados con la seguridad ciudadana, en general, y con su hogar en particular, de modo especialísimo.

A partir de entonces, experimentaron, sin ser conscientes de ello, la sensación de que sus enseres, el mobiliario y los electrodomésticos habían sido revalorizados hasta alcanzar un valor incalculable.

Su acuciante necesidad de protección tenía que materializarse en algo concreto y, por fin, cayeron en la cuenta de que si en la puerta se habían iniciado sus temores, debía de ser porque en ella, precisamente, se encontraba el punto débil a través del cual podría llegar el eventual peligro.

Aunque, hasta aquel momento, nunca habían leído las páginas de sucesos, con el paso de los días se convirtieron en dos auténticos conocedores de cuanto se relacionaba con el allanamiento de morada. En sus conversaciones era frecuente el uso de palabras como pata de cabra, palanqueta, ganzúa, gato hidráudico, reventador, etc.

Temerosamente, lamentaban el virtuosismo con que los cacos eran capaces de acceder a los lugares mejor protegidos, y se calentaban el cerebro tratando de encontrar un medio seguro de hacer fracasar en sus intentos a los amantes de lo ajeno.

Por fin, decidieron pasar de los dichos a los hechos, considerando las características que debían adornar a la barrera que contendría la codicia de los delincuentes.

Su puerta no se parecería en nada a la de Bisagra, en Toledo que, por muy del siglo IX y muy árabe que fuera, carecería de condiciones para ejercer como tal.

Tampoco tendría que ver con las del Sol, de estilo mudejar, también en Toledo, ni con la Brandeburgo, en Berlín, Alcalá, en Madrid, la de Santa María, en Burgos, la Gran Puerta del Sur, en Seúl, la del Carmen, en Zaragoza y, ni siquiera, con la Puerta Santa de Santiago de Compostela.

No, aquella puerta, su puerta, sería la barrera por antonomasia, el obstáculo superlativo, la cancela infranqueable, el portón inatacable. En realidad, habría de ser, no una puerta, sino “la puerta”.

Este impedimento ideal, suma y compendio de todas las virtudes, formaba parte de un sueño recurrente que la pareja sufría y gozaba casi cada noche.

Por la mañana, mezclando ilusión y realidad, fingían responder a la llamada del portero, perdón, del administrador de fincas urbanas, que les decía:

“Los inquilinos del 3º A dicen que, con semejante fusilada, es imposible dormir. Así que, o colocan sordina a las metralletas o se firma con los chorizos una tregua inmediatamente”.

Esta imaginaria conversación bastaba para situar las cosas en su verdadera dimensión y, entonces, comentaban las características con que su puerta debería contar.

Ella, un poco más lanzada, decía: “Desde luego, con mirilla panorámica en panavisión y cristal antibala”.

El, aun más técnico y exigente, añadía: “¿Y por qué no con un analizador de ondas electromagnéticas incorporado, capaz de detectar y reflejar en una pantalla el índice de agresividad de nuestros visitantes?

“En el visor -agregaba- podrían aparecer ordenadamente, de menor a mayor, de acuerdo a su capacidad de violencia, pobres, cobradores de recibos, Testigos de Jehová, inspectores de Hacienda, ladronzuelos, navajeros, atracadores y maníacos homicidas”.

“Es más -seguía entusiasmado- se podría aplicar al analizador un aparato que, automáticamente, lanzara un gas al rostro del inoportuno para persuadirle de sus, seguramente, malévolas intenciones”.

“Por ejemplo, a los pobres se les rociaría con un gas eufórico-nutriente. Para los cobradores, se destinaría un gas que estimularía la aparición de una amnesia fulminante. A los Testigos de Jehová, se les trataría con gas gélido que causaría una súbita afonía. Para el hombre de Hacienda se reservaría un gas que despertaría su repentino anhelo de tomar el primer avión a Nueva Zelanda. A ladronzuelos y navajeros, se les curaría con el gas del arrepentimiento. Para los atracadores, uno que provocaría el incoercible afán de depositar un donativo en nuestro buzón y, por último, los homicidas se convertirían en mansos corderos, merced al Ciklon II, gas utilizado con clamoroso éxito en Bergen Welsen, Dachau y lugares de esparcimiento semejantes”.

Al fin, porque las ideas encuentran su final cuando comienzan a ser realidad palpable, adquirieron la puerta con más garantía del mercado, ganadora de varias medallas de oro en distintos certámenes internacionales.

Contaba el dichoso chirimbolo con dieciséis bisagras soldada a marco y puerta; marco y bastidor eran de acero laminado, con solapa. Tenía veinticinco pivotes fijos de encastración marco-puerta, pletina de umbral, de acero inoxidable, antigato hidráulico, cuarenta y dos pivotes de anclaje al suelo, cerradura de alta seguridad antipalanqueta y antiganzúa, y llave de borjas frontales.

Aquello era una verdadera obra de arte, pero, se gastaron una pequeña fortuna en acoplarle todas las mejoras que su imaginación y su miedo les habían sugerido y, como era de espera, comenzaron a respirar tranquilos.

Hasta se atrevieron a pasar, juntos, un día en la playa, algo que, hasta entonces, no habían tenido la osadía de concebir.

El día elegido para hacer uso de la libertad que les confería el recién estrenado cancerbero era domingo y, aunque no ignoraban que en esa fecha los desvalijadores de pisos se sienten especialmente activos, se fueron temprano y muy confiados sabiéndose inexpugnables.

A su vuelta, por la noche, a medio camino entre el ascensor y la vivienda pudieron ver que la puerta, aquel mirlo blanco, se encontraba entreabierta.

Con dos gritos desgarradores, un por barba, Margarita y Juan soltaron lo que traían en las manos y bastaron dos pasos y un empujón a la falsaria para comprobar que su hogar había sido despojado cuidadosamente de cuanto no era suelo y paredes.

Sosteniéndose mutuamente para no caer al suelo, vencidos por la desgracia, la pareja, mirándose a los ojos, recitó a coro:

“Creí que habías cerrado tú”.

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones con sordina, Oviedo, 1986

El teléfono de la esperanza

La desgracia se había cebado despiadadamente en Leonardo. Toda su vida había trascurrido entre enfermedades y contratiempos de distintos calibres. Con toda propiedad podía clasificársele como un supermercado de la catástrofe.

De niño experimentó todas las dolencias infantiles y de adolescente padeció las correspondientes a aquel periodo de su existencia.

Cuando ya no era adolescente, ni tampoco adulto, en el momento en que el único problema capilar de los de su generación radicaba en el costo que suponía la frecuente poda de tupidas cabelleras, él se libraba de tan oneroso gasto a cambio de una calvicie prematura que le iba dejando tan lampiño como la puerta de una nevera.

Días después de celebrar el decimoctavo aniversario de su venida a un mundo que le reservaba tantas y tantas funestas oportunidades, estaba en la terraza de su casa, piso tercero A, cuando un súbito ataque de vértigo le precipitó a la calle, naturalmente sin paracaídas.

Fue aquel un “vertiginoso” descenso que le proporcionó la inopinada oportunidad de trabar conocimiento con un fornido sacerdote navarro que, ocasionalmente y ajeno a lo que se le venía encima, despertó del golpe en una cama del hospital asegurando formalmente que había sido objeto de un atentado.

Aquella brusca e imprevista toma de contacto originó la fractura de ambas clavículas y cuatro costillas en el improvisado campo de aterrizaje sacerdotal.

El involuntario imitador de Icaro fue más afortunado y sólo se rompió ambas piernas y el tabique nasal.

Tres meses de estancia después, curado del vértigo, ingresó en Caja y fue tallado.

Tan pronto como se incorporó a filas, la piorrea tomó posesión de su dentadura y la entrega de licencia coincidió con la colocación de un nuevo equipo dental que sustituía  al que hubo necesidad de desahuciar por el procedimiento de urgencia.

La flamante herramienta desgarradora, trituradora y masticadora era soberbia. Blanca como la nieve y deslumbrante como ésta. Sin embargo el mecánico dentista que la ensambló tomaba las medidas más bien a ojo, consiguiendo de esta forma que la dentadura entrechocara tan ruidosamente que le obligaba a descender escaleras con enorme parsimonia para no causar la errónea impresión de encontrarse interpretando un solo de castañuelas.

Entre incorporación y licencia soportó los ataques, unas veces combinados, y otras por libre, de conjuntivitis, colitis, rinitis y otitis y, para colmo de indignidad, orquitis.

Cuando comenzaba a tomar gusto por la vida civil, o dicho de otro modo, diez minutos después de abandonar el cuartel, conoció a Jimena. Tres meses después consiguió trabajo y seis meses más tarde, se casó con ella.

Ya sé que esto parece hoy excesivamente precipitado, incluso imposible, pero debe tenerse en cuenta que todo sucedía hace muchos años. Los empleos no eran pepitas de oro y las mujeres soñaban con casarse.

Leonardo, en vista de que en el transcurso de los seis meses posteriores al casual conocimiento de Jimena únicamente había padecido de los callos, una afonía que le obligaba a hablar por señas y dos hemorragias nasales, creyó que su prolongada racha de mala suerte había finalizado. Consideró que Jimena, además de estar muy buena, se había convertido en su talismán.

Así que, como queda escrito más arriba, se casó.

Después de mucho pensar, decidieron realizar el viaje de novios en tren para no tentar innecesariamente a la suerte con un vuelo a Sevilla.

Llegados al hotel y después de curar dos dedos que se había aplastado con al bajar la ventanilla de su departamento, Leonardo, seguro ya de que Jimena estaba buena pero no era, de ninguna manera el amuleto supuesto, decidió consumar el matrimonio a todo gas, antes de que se incendiara el edificio, se desbordara el Guadalquivir o, lo que sería más grave, la poliomielitis tuviera la repentina ocurrencia de dejarle incapacitado.

A la mañana siguiente, bien temprano, despertó a causa de unos intensos picores en la pantorrilla izquierda. Alarmado, se levantó y, encerrándose en el cuarto de baño, pudo comprobar que en aquella parte de su anatomía se estaba formando una enorme roncha de muy mal aspecto.

Volvió al dormitorio y, no sabiendo qué hacer, pero no deseando despertar a su dormida esposa, se sentó en la butaca a oscuras. “Después de desayunar, iremos a un especialista de la piel”, se dijo.

Tan pronto como el doctor Turcios vio aquello, diagnosticó eczema seco. Extendió siete recetas, se embolsó 7.500 pesetas, y les acompañó amablemente a la puerta.

Desde aquel momento, además de alimentarse, contemplar la maravillosa perspectiva de la Plaza de España, el Parque de María Luisa, distintos monumentos y hacer aquello, podían divertirse colocando sobre el eczema una amplia variedad de pomadas que conferían a aquella porquería delicadas tonalidades del ámbar, violeta y marrón oscuro.

Sevilla, Plaza de España

Plaza de España de Sevilla

Las curas eran laboriosas y comenzaban siempre con la aplicación de un maloliente líquido, para lo cual utilizaban, de acuerdo con las instrucciones grandes pedazos de algodón en rama.

Encontrar el lugar adecuado donde ocultar aquellos pingajos húmedos constituía una verdadera pesadilla para el reciente matrimonio. Tirarlos por la ventana no era higiénico ni recomendable. En la papelera, tampoco. ¿Qué pensaría el servicio de limpieza?

Creyeron encontrar una solución cuando Jimena, con gesto resuelto, levantó la tapa del WC y, después de dejar caer en su interior aquella inmundicia, tiró de la cadena.

Hasta las 3,30 de la madrugada del cuarto día, el sistema funcionó. A hora tan intempestiva, dejó de hacerlo.

El vigilante nocturno, deshaciéndose en excusas, les suplicó que cambiaran de habitación para proceder ipso facto a arreglar todo el sistema de cañerías pues la habitación del piso inferior se encontraba inundada por el agua que caía en cascada desde la que ocupaban.

A partir de aquel momento, por San Lucas de Barrameda, no solo desembocaba el Guadalquivir, sino también los paquetes, cuidadosamente envueltos en plástico, que Jimena y Leonardo botaban, sin solemnidad ni botella de champagne, cada anochecer.

Como todo, también el viaje de novios llegó a termino y la pareja volvió a sus lares.

A los dos meses Leonardo, que únicamente había experimentado una ligera tortícolis, por cuya razón se encontraba sumamente satisfecho, comenzó a sufrir una rebelión delas masas en edición unipersonal.

Jimena parecía estar harta de tanta dentadura postiza, de la calvicie y, en fin, de las múltiples secuelas que aquel enfermo recalcitrante coleccionaba. Daba señales de desazón y descontento.

Una mañana en que a Leonardo se le pegaron las sábanas, se encontró encima de la mesilla de noche una nota que decía escuetamente:

“Adiós, convaleciente perpetuo”

En circunstancias distintas lo más probable hubiera sido que Leonardo admirase el lacónico estilo de su esposa, pero en aquel momento no se encontraba en las condiciones más propicias para otra cosa que para maldecir la hora en que se le ocurriría casarse, la perra suerte que le deparó tan puercas jugadas, la hora en que nació y, ya puestos a ello, el Día de la Raza.

A pesar de que su ya duro y cotidiano entrenamiento debería haberle abroquelado contra las consecuencias de cualquier catástrofe, ante aquella se sintió totalmente indefenso. El abandono de su recién estrenada esposa le sumió en una negra sima de dolor. Tan honda, que decidió dejar caer el telón y hacer un mutis definitivo.

Leonardo era calvo, lo cual no le impedía ser persona de decisiones rápidas: así pues, inmediatamente, comenzó a pensar en las ventajas e inconvenientes que reunían diferentes métodos de embarque para la eternidad.

Descartó al instante la defenestración, pues aún recordaba su caída desde la terraza y no deseaba verse obligado a realizar el último viaje en compañía de clérigos o seglares.

Del gas ciudad, ni hablar. Tenía un olor insoportable y, además, podía ser detectado por los vecinos que quizás le impidieran la excursión.

Revolver o pistola no tenía y, aunque dispusiera de armas, no las utilizaría, pues le sobresaltaba demasiado el antipático ruido que producían al ser disparadas.

Repentinamente, recordó las medicinas que se almacenaban en la despensa. Restos de innumerables tratamientos que su mala salud y un rosario de accidentes le habían hecho seguir. Representaban varios quilos de material aprovechable.

“Ahora vais a servir, de verdad, para algo”, se dijo imaginando el cocktail especial e irrepetible que iba a preparar sin necesidad de receta alguna.

Cuidadosamente, eligió cuantos fármacos llevaban la indicación de “solo uso externo” y reforzó el surtido con un par de limpiametales.

El resultado de la mezcla del medio cubo de agua y el contenido de los frasquitos, botellas, tubos y polvos seleccionados, presentaba un color que ni el divino Dalí hubiera soñado en sus delirios más audaces.

Después de agitar concienzudamente aquel mejunje infernal, digno del aquelarre más distinguido, Leonardo decidió irse a lo snob y buscó en la cristalera fina, regalada por su tía Victoria, una hermosa copa para champagne, que llenó hasta el borde. Se sentó cómodamente en una butaca, que por cierto estaba sin pagar en su totalidad, y levantó la burbuja cristalina disponiéndose a vaciarla de un trago.

Antes de hacerlo, paseo su mirada por la habitación en muda despedida de aquel lugar en el que tanto había amado y sufrido y que, en breves instantes se convertiría en su mausoleo.

Sobre la mesita baja se encontraba un periódico del día anterior, abierto por las páginas centrales, de cuyo texto destacaba un conciso titular que decía “Teléfono de la Esperanza”.

Involuntariamente, Leonardo vio el título y pensó: ” Esperanza para quienes aún disponen de capacidad para albergarla. No para mí, que ya llegué al límite de la desesperanza”.

Contra sus deseos, o por lo menos sin la intervención de su albedrío, depositó la copa sobre la mesita y con una mano, aparentemente dotada de vida propia e independiente, cogió el diario.

Asombrado, leyó el parco aviso que figuraba bajo aquellas palabras extrañas. Decía: “No tome una decisión precipitada. Todo problema tiene su solución. Cuando crea que ya nada importa y que la vida no merece la pena ser vivida, aplace su determinación unos minutos. Póngase en contacto con nosotros llamando al teléfono…”.

Leonardo arrojó el periódico al suelo y volvió a coger la copa, dispuesto a terminar de una vez. Sin embargo, la colocó sobre la mesa nuevamente.

Una tenue llama de ilusión había nacido en su interior y, aunque no quería admitirlo, pensar en la ingestión de aquella maloliente porquería le causaba un asco imponente.

“Bueno -se dijo- En realidad, esto no va a adquirir peor aspecto dentro de cinco minutos. Y, además, la mía no tiene porqué ser una muerte repentina”.

Con un gesto indeciso, Leonardo asió el teléfono y, sin levantarse de la butaca donde aún se encontraba, leyó el número de teléfono de la esperanza, marcó y esperó unos instantes antes de conseguir respuesta.

Una agradable voz de mujer dio fin a su nerviosa espera diciendo: “Buenos días”.

Leonardo en tono de duda, preguntó: “¿Es la esperanza?”. La respuesta en la que se traducía un deje jovial, le extrañó un tanto: “Pues claro, ¿quién iba a ser, hombre?, ¿qué tripa se te rompió?”.

“Pues  verá -contestó- ; no se me rompió ninguna tripa, todavía, pero es probable que se me rompa todo de una vez. Estoy a punto de suicidarme”.

“¡Qué burro eres, pero qué burro eres! ¿Cómo se te ha ocurrido semejante estupidez? Mira, déjate de pamplinas y piensa que por muy desgraciado que te sientas hoy, mañana será otro día. ¿Por qué no me cuentas tus penas? Verás cuanto mejor te sientes cuando desembuches”.

Leonardo, sin comprender la razón, comenzó a notar como si le quitasen de encima una pesadísima losa y, poco a poco, tímidamente al principio, y con toda sinceridad luego, fue recitando su patético catálogo de contratiempos, enfermedades y tristezas, terminando por confesar el reciente abandono de  su esposa.

Al otro lado del hilo telefónico que le unía a la esperanza, la voz de su interlocutora solo interrumpía para pronunciar breves palabras de asentimiento como: “Ya”, “Bueno”, “Vaya”, que no hacían otra cosa que alimentar el anhelo de simpatía y comprensión experimentada por Leonardo.

Cuando terminó la larga letanía y confirmó su propósito de quitarse la vida, aquella voz se limitó a decir: “Bueno, no es posible que hayas aguantado a pie firme todo lo que me has contado y te arrugues ahora con la espantada de tu mujer. Si te deja una, piensa que te ha hecho un favor. Desde este momento tienes la oportunidad de disponer de las que quieras”.

“Pero, ¿qué dices? -exclamó Leonardo-. No lo entiendo. O estás loca, o no sabes lo que dices”.

“Claro que lo sé, hombre, claro que lo sé. Tengo mucha experiencia en estas cosas. El ambiente que me rodea y mi oficio me han enseñado mucho”, dijo la voz amable.

“Nada, nada, tengo que tomar alguna medida”, confesó Leonardo.

“Bueno, pues si se trata de tomar medidas -fue cortado- toma las mías; ahí van: 90-60-90. He de confesarte -continuó- que no soy la Esperanza. Esa salió ayer con un argentino que la trae tarumba y no volvió todavía. Yo soy la Manuela”.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

El jardín de doña Luz

Decididamente, no comprendía la razón de aquel precipitado cambio de domicilio. Tampoco veía muy clara la súbita desaparición de sus sobrinas Eva y Ana que siempre, desde pequeñitas, habían vivido con ella en la enorme casa de Barcelona.

Echaba de menos a sus criadas, especialmente a Jacinta, la paciente ama de llaves heredada de sus padres tanto años antes que, por muy atrás que hiciera retroceder sus pensamientos en el recuerdo, era incapaz de contemplarse a sí misma sin atisbar, al fondo y como tratando de pasar desapercibida, la figura protectora y el rostro amable de la omnipresente Cinta.

Cinta, como la llamaba cariñosamente, fue el sempiterno paño de lágrimas. Primero, cuando era una mocosuela de caminar vacilante, sus acogedores brazos estaban prestos a recibirla para prodigarle los maternales cuidados que la fría y distante madre no sabía o no quería dispensar. Luego, ya de adolescente, se convirtió en la incansable caja de resonancia de interminables confidencias y, por fin, cuando Lucita pasó a ser doña Luz, Cinta representó un baluarte contra las horas de desánimo, dolor y amargura causadas por la muerte del novio desaparecido en la guerra.

Y ahora, no sólo se había esfumado Cinta. Las demás, vestidas de la mañana a la noche con severos y elegantes trajes negros, la habían dejado en poder de los nuevos criados, todos hombres, enfundados en sus ridículos uniformes constituidos por pantalones azules y chaquetas blancas. No podía evitarlo; el personal de su flamante domicilio le producía la misma impresión que los atareados camareros de un hotel de no muy elevada categoría.

No, no era que los criados hicieran alarde de mala educación, que se comportaran con brusquedad o que sus modales dejaran algo que desear. Nada de eso. Sin embargo, no le agradaban. Detrás de su cortesía superficial, se ocultaba alguna malévola intención que, por el momento, era incapaz de determinar.

Y, ¿qué decir de los invitados? El hecho de que sus sobrinas hubieran brindado la oportunidad de pasar una temporada en su casa -al fin y al cabo, no les pertenecía a ellas- a un grupo de desconocidos, era una muestra de frescura. Y, encima, ¡se habían ido dejándola a solas con toda aquella gente!

El proceder, la falta de consideración de Ana y Eva, no tenía perdón. Tan pronto como les echara la vista encima iba a cantarles las verdades del barquero. Además exigiría que se deshicieran del servicio y repusieran en sus puestos a Cinta y al resto de su antiguo personal. Y, por supuesto, que se largaran todos los gorrones que andaban por la casa como Pedro por la suya, muchos de ellos sin tomarse siquiera la molestia de darle los buenos días.

Había algo, no obstante, que aunque a regañadientes, no tenía más remedio que reconocer. Su actual residencia podía tener inconvenientes, pero contaba con un jardín -más que jardín merecía el nombre de parque- muy superior al de la antigua casa, en realidad unos pocos metros cuadrados de césped no muy bien cuidado.

Pasear por el parque, aún con la seguridad de encontrarse con algunos de los extraños convidados, representaba un auténtico gozo que doña Luz se regalaba a diario, soportando sol, agua, frío o calor.

Su lento deambular por las amplias avenidas, bajo la frondosa arboleda, a dos pasos de los espléndidos macizos de flores, le deparaban la ocasión de tropezar con un señor, muy anciano y correcto, que, invariablemente, se descubría ante ella y, con el sombrero en la mano, la cumplimentaba con una frase -todos los días la misma- en algún idioma extranjero que doña Luz no entendía pero que se aprendió de memoria.

Sonaba algo así como: “Jaben si gut gueschlafen?”

¿De dónde habrían sacado sus endemoniadas sobrinas aquel estafermo? ¿De qué lo conocían si no hablaba español?

A pesar del malestar que le causaba el extraño individuo, su presencia llegó a resultarle tan familiar que los paseos parecían incompletos hasta que se producía su aparición, habitualmente de manera repentina.

Por el contrario, no acaba de resignarse a que el mayordomo -o lo que fuese aquel individuo joven, vestido completamente de azul oscuro que trataba autoritariamente al resto del servicio- no consultara con ella, como había hecho cada día Cinta, en qué consistirían los menús para el almuerzo y la cena.

Allí parecía darse todo por sentado. Como si su opinión no contara lo más mínimo. En aquella cuestión comenzaba a sentirse más que harta. El consuelo que, en un principio, suponía estar preparada para responder con un rotundo no a la solicitud de dinero para el sostenimiento de la casa, había empezado a difuminarse. Según sus cálculos, había llegado a su nuevo hogar hacía más de tres meses y nada; el mayordomo -o lo que fuera aquel tipo de azul oscuro- no le había hablado de la cuestión económica ni una sola vez.

Y, desde luego, no por falta de oportunidad pues, cada dos o tres días se hacía el encontradizo y con gran cortesía, esos sí, se interesaba por su salud con tanta insistencia que llegaba a resultar un poco pesado e indiscreto.

“¿Cómo se encuentra la señora?” “¿Ha dormido usted bien?” “¿Tiene buen apetito?” “¿Echa de menos alguna cosa?” “¿Necesita algo?”

Pero las preguntas que estuvieron a punto de sacar de sus casillas a doña Luz fueron las siguientes:

-¿Hace usted de vientre? ¿Cómo marcha ese intestino?

En aquella ocasión, doña Luz demostró de una vez y para siempre, que una señora es una señora. Realizando un esfuerzo sobrehumano y tragándose la indignación que pugnaba por exteriorizarse, lanzó al indiscreto preguntón una mirada que debió producirle ronchas, y respondió:

-Las señoras como yo, carecemos de vientre e intestinos.

La tía de las irresponsables Eva y Ana confiaba en que, a partir de entonces, aquel maleducado mayordomo -o lo que fuese- encontraría a forma de mantenerse en su lugar; el que le correspondiera de acuerdo a su posición en la casa y en el servicio de la misma. Pues no faltaría más.

“Pase por que se interese por el estado de mi apetito, si me mantengo o no desvelada, si necesito alguna cosa; al fin y al cabo es una muestra de buena educación. Pero, pero lo otro ha sido de una indecencia inaudita. Me van a oír mis sobrinas, esas locas de atar que me han colocado en semejante situación.”

Tanta cólera produjo este incidente a la desgraciada doña Luz, que las lágrimas incontenibles, acudieron a sus ojos. Para ocultarlas de las miradas de los invitados, subió rauda a su habitación. Lloró un rato y, cuando se calmó un poquito, paso al cuarto de baño para enjugar el llanto. Después de hacerlo, al colocar la toalla en el soporte, reparó en las grandes letras azules esparcidas sobre la felpa.

“Clínica Mental El Sosiego”, decían las despiadadas palabras no vistas hasta entonces.

Por si en su confusa mente quedara alguna duda, aquella noche, coincidiendo con las campanadas de las diez, pudo escuchar el cauteloso clic indicativo de que la puerta de su dormitorio había sido cerrada desde fuera.

La celda

El lugar al que, finalmente, he venido a parar es una verdadera porquería. Más parecido a un ataúd que a ninguna otra cosa, me produce invencible claustrofobia imposible de combatir utilizando los recursos de la no muy fértil imaginación que conservo.

Puesto en pie, con la espalda apoyada en la puerta, puedo caminar tres pasos y medio hasta la pared opuesta. En ésta, situado como a un metro ochenta del suelo y casi tocando con su borde superior en el techo, se encuentra el ventanuco para la entrada del aire desde el que se vislumbra el sombrío panorama de una estrecha chimenea de ventilación. Se trata de una especie de tubo de cemento de no más de treinta centímetros de diámetro. Nadie en su sano juicio pensaría en utilizarlo como vía de escape.

La distancia que separa los otros dos muros no debe de ser superior al metro setenta, aunque, la verdad, no la he medido nunca; ¿para qué? Carezco de instrumento adecuado y ya poseo la certidumbre de que si se produce el más leve movimiento sísmico, por poco que se acerquen, me convertirán en una oblea.

El suelo, de terrazo casi negro, formado por grandes losas separadas o unidas -vaya usted a saber- por finas láminas metálicas, probablemente me mantendrá los pies a temperatura cercana a la congelación. Esto, durante los inviernos benignos. Será mejor que no me devane los sesos suponiendo lo que sucederá cuando lleguen los grandes fríos.

Del techo, no muy alto, cuelga una bombilla desprovista de pantalla que derrama, de pésima gana, sus cuarenta vatios sobre aquel calabozo inmundo, negación de cuanto representa el aire libre y los espacios abiertos.

La puerta, quizás por una ironía del destino o, más verosímilmente, a causa de la influencia de que gozaba alguien que me precedió en el disfrute del alojamiento, está pintada de un feo color marrón, con vetas que intentan, sin mucho éxito, por cierto, imitar las estrías propias de un castaño. De todos, he de reconocer que la contemplación de la cancela, me permite forjarme la ilusión de que no me hallo en una mazmorra o en un féretro.

Desde un enorme poster clavado con chinchetas en el tabique de la izquierda, el rostro de Marconi parece contemplarme con sarcasmo. A su derecha, adivino los colores italianos de una pequeña banderola de tela bastante deslucida por el paso del tiempo. En la esquina, al lado de la puerta, una percha de las llamadas de rinconera, parece formular una petición para que me despoje de la chaqueta.

Bajo el respiradero, instalados sobre sólidas palomillas metálicas, reposan tres estantes de madera basta, sin pulimentar. Ellos fueron los causantes de una campaña de intoxicación que emprendí ante la directora del establecimiento, seguramente harta de que la importunara tan pronto como tenía la oportunidad de echarle la vista encima, terminara por alcanzar el triunfo.

-Si las estanterías están ahí, ¿qué inconveniente existe para que yo las aproveche? En ellas, puedo colocar alguno  de mis libros; los más necesarios; por lo menos, los imprescindibles. No trato de coaccionar ni de chantajear pero, si se me permite hacer uso de esas tres tablas, prometo solemnemente que no daré motivos de queja. Seré un recluso modelo.

Me consta que miles de ciudadanos en mi situación, en un alarde de entereza, demostrando la firmeza de su carácter, no se arrastrarían abyectamente despojándose sin pudor de la escasa dignidad que aún conservan pese a la crueldad del sistema que los oprime.

Pero,  yo no soy como ellos. Por el contrario, soy un ser débil que, en vez de crecerse ante los contratiempos, capitula desvergonzadamente.

La mandamás permaneció unos instantes en silencio, mirándome al fondo de los ojos, como tratando de adivinar un oculto designio en mis humildes palabras. Por último, encogiéndose de hombros, pronunció la frase que yo ansiaba escuchar.

-Concedido. Y, ¿de qué libros se trata? ¿No serán pornográficos, eh?

-De ninguna manera. Son, simplemente, varios diccionarios y una enciclopedia. Ah, me olvidaba; también me interesan “Crónica de la humanidad” y “Crónica de un siglo”, todos libros de consulta.

-Y, ¿para qué son necesarios tantos libros de consulta?

-Naturalmente, para escribir, porque supongo que mi traslado no significará, además, que he de cesar de hacerlo. No existe ninguna ley que me impida emborronar cuartillas. Estoy bien informado.

-Efectivamente, en ningún código se prohíbe escribir, si bien se fijan algunas limitaciones.

-Mientras no esté penado escribir peor que Cervantes, yo, con permiso, continuaré haciéndolo.

-De acuerdo, de acuerdo. En cuestiones de este tipo, yo no entro ni salgo.

Así fue como, a base de perseverancia, obtuve lo que pretendía y, ahora, tengo frente a mí, bien ordenados sobre los modestos tableros, doce diccionarios -de distintos idiomas- y un diccionario enciclopédico español en tres tomos, además de las crónicas mencionadas.

Sin embargo, me asalta la duda; mucho me temo que no puedo escribir cuatro líneas seguidas; cuatro líneas que posean cierto mérito, que tengan la virtud de llegar al ánimo de quien las lea, aunque, en realidad, escribir es sumamente fácil. Escribir mal, quiero decir. Cualquiera es capaz de hacerlo.

Pero aquí encerrado, ¿qué demonios puedo encontrar con un mínimo de interés? Esta especie de caja mortuoria en la que estoy encerrado carece de perspectivas. Cuatro paredes, un techo y un suelo, no dan mucho de sí; tan poco, que apenas logro moverme para intentar que el ajetreo físico realice el milagro de despertar mi dormida fantasía.

Recuerdo que, hace algún tiempo, cuando trabajaba y disponía de la libertad de circular a mi antojo, las ideas se me agolpaban en el cerebro; eran tan abundantes, que me colocaban en un aprieto, pues ignoraba cuál era la más digna de ser convertida en un relato breve, una novela corta o un cuento.

Desde hace muchos años, prácticamente desde que sólo era un muchacho, he vivido animado por el deseo de escribir. Dejar constancia sobre el papel de cuantas imágenes surgían en mi mente, constituía una obsesión que no me abandonaba ni de día ni  de noche.

Elegir uno de los personajes que se me aparecían pugnando con otros que, forzosamente, debían aguardar su turno para materializarse, enfrentarlo con la vida, relacionarlo con los sucesos reales o imaginarios pasados, presentes o futuros, me proporcionaba un placer inefable.

Entonces, me sentía un poco dueño y señor de vidas y haciendas, divinidad poderosa adornada con la potestad de otorgar felicidad o castigar con desgracias y calamidades.

En aquella época, sentado en un cómodo sillón, situaba sobre las rodillas un diccionario de sinónimos y encima de éste una libreta de papel cuadriculado. Luego, tan pronto como retiraba la tapa del bolígrafo, las quimeras manaban con fluidez y mi única tarea consistía en convertirlas en frases escritas.

En cambio, ahora todo ha cambiado. La sustancia gris que albergaba mi cráneo parece haberse convertido en humo, dejándome sumido en un mundo absolutamente vacío de imágenes y conceptos.

Hace pocos minutos, tras una minuciosa búsqueda, encontré entre las páginas del diccionario árabe-español, media docena de hojas solamente escritas por una cara. Deseando realizar una prueba, adopté la misma postura que en otros tiempos más felices en lo que se refiere a la producción literaria, coloqué los papeles como solía hacerlo, destapé el bolígrafo y esperé ilusionado, anhelante.

Transcurrió cerca de una hora y mi mente no dio señales de vida. Finalmente, con calambres en ambas piernas, y una tremenda molestia en el cuello, hube de rendirme a la evidencia: mi magín se había declarado en huelga o, peor aún, negándose a acompañarme en mi encierro, había permanecido al otro lado de la puerta, acaso para siempre.

Intenté que mi intelecto, si no se había extinguido definitivamente, saliera de aquel mutismo enloquecedor y puse en práctica un tratamiento de choque, algo así como un electroshock casero.

Tomé de la repisa que la albergaba la “Crónica del siglo XX” y la abrí al azar, por una página cualquiera. Las hojas se separaron por la ciento setenta que correspondía a sucesos más o menos importantes, acaecidos en el año 1915. Bajo el titular de “Alemania hacia el racionamiento”, y, a continuación de la fecha (31 de enero), decía:

“En Alemania los alimentos son cada vez más caros y escasos, y los graneros no cubren las necesidades del país. En enero aparece el “pan de guerra”, elaborado con centeno y harina de patata. Los mataderos no sólo han de abastecer a la población civil, sino también a los soldados que se hallan en el frente, por lo que gran parte de las reses sacrificadas, así como espárragos, judías y guisantes, se destinan a la industria conservera. El contenido de una lata de conservas constituye la ración diaria para dos soldados.”

Leí el suelto periodístico con parsimonia, mastiqué con fervor cada una de las palabras, frases y oraciones; medité profundamente y aguardé el milagro. Abrigaba la esperanza de que, ante mis ojos atónitos y agradecidos, se produjesen el prodigio. Recordaba que, en otros tiempos, algo semejante a lo que acababa de realizar desencadenaba un alud de sensaciones, percepciones y sugerencias. Una ínfima noción tiraba de la siguiente, esta de otra y, como los eslabones de una cadena, me inspiraba no una, sino infinitas tramas acerca de las cuales era capaz de escribir cuanto deseara, sin darme punto de reposo.

Pero, ahora, nada. Continuaba en blanco. Antiguamente, la lectura de aquel breve artículo me hubiera sugerido varios argumentos. Por ejemplo, que si los graneros alemanes no bastaban para cubrir las necesidades del país, ya habían encontrado la solución desvalijando los que hallaron en las tierras ocupadas. O también, que, en vez de envasar espárragos podían haberse dedicado a freírlos. Incluso, que aquello de “el contenido  de una lata de conserva constituye la ración diaria para dos soldados”, no quería decir absolutamente nada. Omitía el comentario acerca del peso de la lata. Evidentemente no es lo mismo que dos hombres deban conformarse con una lata de cien gramos o se vean obligados a efectuar tremendos esfuerzos para dar cuenta de una lata que pese ocho o diez kilos.

Al comprender la diferencia existente entre mi capacidad especulativa anterior a la entrada en la celda y mi estado actual, al que había llegado a partir de aquel momento, sollocé amargamente. ¿Cómo es posible -me pregunté- que las facultades de un hombre experimenten tan radicales cambios?

Cogí la “Crónica de la humanidad”, y repetí el fracasado experimento. Para permitir que la suerte -favorable o contraria- actuase como tuviera por conveniente, abrí el grueso volumen con los ojos cerrados.

Cuando miré, tenía ante la vista la página 276; concernía al año 995. El tembloroso dedo índice de la mano izquierda se detuvo sobre una corta gacetilla que informaba así:

“Los regentes de la familia Fujiwara consiguen con Michinaga Fujiwara el momento cumbre de su poder. Cuatro yernos y tres nietos de Michinaga serán emperadores japoneses. Para la realización de medidas forzosas para el estado, Michinaga se ve obligado a recurrir a tropas domésticas de las familias guerreras, quienes alcanzan cada vez más poder e influencia.”

Procedí a leer las breves líneas sin saltarme una sílaba. Las releí cuatro veces más… Nada. Era como si estuviese contemplando la piedra Rosetta. En aquella ocasión, acaeció algo mucho pero que en la precedente: ni siquiera se me ocurrió un poquito de lo mucho que “no” se me ocurría.

Aparté el librote y las hojas cuadriculadas, y permanecí mucho tiempo con la cabeza entre las manos; los codos en las rodillas. Me sentí completamente abatido.

Tengo la certeza de que esta situación causará hilaridad entre quienes no hayan experimentado jamás el prurito de escribir. Pero, estoy igualmente seguro de que aquellos que sufren o han sufrido la comezón de la literatura activa compartirán mi angustia.

Además, me constaba que, antes de ocupar el indigno espacio a que había sido relegado, había estado a punto de comunicar a mis semejantes algo de suma importancia de lo que, ahora, no conservaba ni el más ligero atisbo. Mi desconcierto llegaba a su punto más elevado. ¿Qué me sucedía? ¿Sería posible que un cambio en las condiciones de vida, el simple trueque de la circunstancia externa, posea tamaña influencia en la coyuntura interna?

Pues sí, me dije, incorporándome; he de admitir que mi reclusión en este lúgubre espacio ha actuado igual que una esponja húmeda y ha borrado mis ideas como si se tratase de ecuaciones anotadas en un encerado.

Cuando quise perseverar en la cuenta -ya archisabida- de los tres pasos y medio que mide la pared más larga de mi encierro, al adelantar la pierna derecha, un dolor agudo, insidioso, me atenazó a la altura de los riñones.

Soy bastante pesimista y, habitualmente, lo veo todo negro, pero, a pesar de esta faceta negativa de mi carácter, no pensé ni por un momento en el cáncer. Todo lo más, un inoportuno ataque de lumbago que venía a sumarse a mi desgracia personal.

Afortunadamente, el tormento había sido causado por un muelle. No mío, claro sino de la yacija en una de cuyas esquinas permanecí sentado más de cuatro horas en un vano intento de recuperar las aptitudes perdidas acaso para siempre.

¿De qué manera saber si cuando saliera de allí volvería a discurrir como antes? Fundadamente, sospechaba que las ideas no crecen como el cabello, ni pueden colocarse en la cabeza como un sombrero.

El único método para comprobar si la libertad de sentarme a escribir donde me apetezca influye positivamente en el rendimiento imaginativo, radica lisa y llanamente en el abandono de este agujero infamante.

Y, ¿cómo salir de aquí? En el estado actual de mi cacumen va a ser imposible que dé con un plan ingenioso y atrevido que me permita olvidar el recuerdo de hoy y recordar el olvido del ayer.

El pudridero únicamente ofrece dos aberturas al exterior. El ventanillo de aireación y la puerta. El primero, no resiste el análisis más somero. Hasta el humo, nacido de los innumerables cigarrillos que he fumado, tropieza con dificultades para disiparse, y forma, durante un buen rato, una espesa niebla que flota perezosamente en el enrarecido ambiente, contribuyendo a prestar a la minúscula catacumba cierto regusto a fumadero de opio.

Queda únicamente la puerta. Por ella ha de ser, entonces. Si no hay otro remedio, utilizaré la puerta. Todo antes de permanecer sumido en este Nirvana inhóspito, ayuno de todo estímulo para la razón, que terminará por convertir mi cabeza en una excrecencia maciza, compacta e inservible.

Tomada esta decisión, no conviene que actúe precipitadamente. Es preciso que elija con precaución el momento más adecuado; aquel en que la acción que voy a realizar cuente con menores probabilidades de acarrearme represalias. ¿De día o de noche?

Tendré que actuar discretamente pero con audacia y decisión. Lo que tengo perfectamente asumido es que nunca volveré a poner los pies en esta celda. Abandonaré los libros, ¡qué remedio!, ya que es imposible que me los lleve todos de una vez; pesan demasiado. Sólo falta fijar el momento. Así que, ¿cuándo me voy?

El debate interno que realicé conmigo mismo, me dejó exhausto y no aportó solución alguna. ¿Qué demonios hago?

De pronto, caí en la cuenta de que si continuaba por el mismo camino, devorado por la duda y la incertidumbre, jamás me vería fuera de aquella deshumanizada trampa y, en el mismo instante, resolví jugarme el todo por el todo y hacer mutis inmediatamente, sin aplazamientos cobardes.

Entonces, volví a ponerme en pie -trabajosamente, pues sentía nuevamente la punzada lumbar-, y me encaminé a la puerta. Frente a ella, me detuve, hice una profunda inhalación y, dispuesto a todo, así con fuerza el tirador, lo hice girar y salí al pasillo de casa.

Mi esposa debía suponer que no soportaría durante mucho tiempo el ostracismo de aquella despensa transformada en despacho de la noche a la mañana, pues rondaba muy cerca; me espiaba.

-Querida- le dije sin contemplaciones- escribiré en cualquier sitio menos ahí. El argumento de que nuestro hijo se pasó dentro muchas noches utilizando el equipo de radioaficionado para hablar con medio mundo, no me vale. Una cosa es hablar y otra, escribir. Si insistes en tus pretensiones, aunque no poseo facilidad de palabra, hablaremos de divorcio. Alegaré crueldad mental.