¡Qué solo es un juego!

La violencia es una característica del ser humano que, más o menos aparentemente, se pone de manifiesto en todas las circunstancias de la existencia.

Tanto el nacimiento como la muerte, hechos naturales, se producen violentamente. Son pugnas contradictorias. Una para acceder a este mundo, y otra para abandonarlo. La agonía, del griego lucha, es una auténtica pelea en la que nos oponemos ferozmente al final señalado desde nuestra primera refriega.

La vida está presidida por la violencia e incluso los actos más pacíficos se ejecutan bajo el signo de la agresividad.

La sociedad, el progreso colectivo y personal, se mueven ante los achuchones constantes de la competencia y la acometividad.

Bueno, perdone usted, que ésto se me ha ido de la mano, adquiriendo tintes melodramáticos, pero a la vez reflejo de la verdad pura.

La escuela, la universidad, los centros de trabajo y la propia familia se han convertido en campos de batalla donde se brega sin tregua ni cuartel. Los condiscípulos, compañeros, colegas y parientes, se han transformado en rivales.

No debe extrañarnos, pues, que el deporte en general hay ido olvidando aquellos hermosos lemas de antaño como “mens sana in corpore sano”, “fair play” y “lo importante es participar”, sustituidos hoy en día por el universal “ganar, caiga quien caiga”.

El fútbol, en especial, goza merecidamente de unos índices de violencia inadmisibles en cualquier colectividad medianamente civilizada.

En vista de la situación, alzo mi voz para proponer al lector las siguientes consideraciones.

Si el fútbol ha de continuar su actual trayectoria, deberían hacerse las cosas con lógica y nada más adecuado, entonces, que la supresión de la Escuela Oficial de Preparadores, haciendo éstos los cursos necesarios para la obtención del título en las Academias Militares en las que sería obligatorio el estudio de los textos y memorias de Clausewitz y Napoleón. Consecuentemente, los entrenamientos habrían de denominarse maniobras y los clubs cesarían de depender de la Federación, pasando a hacerlo del Ministerio de Defensa.

Si, por el contrario, se impone la cordura y se opta por enterrar el hacha, procedería a adoptar las siguientes medidas.

En las puertas de los estadios, además de la entrada, se exigirán: certificado de penales, de buena conducta expedido por el señor cura párroco, y otro del mismo tenor, cursado por el comandante de puesto de la Guardia Civil.

Estos tres certificados, así como el de salud mental, firmado por una comisión tripartita (psicólogo, psiquiatra y sociólogo), llevarán la fecha del día inmediatamente anterior al evento deportivo.

Antes de ocupar sus localidades, todos los asistentes al acto, sin excepción alguna, realizarán una prueba de alcoholemia.

Previamente al sonoro pitido que señala el comienzo del partido, jugadores, público y personal de servicio realizarán quince minutos de meditación trascendental.

Luego, por los sistemas de megafonía se hará escuchar a la concurrencia la sinfonía Pastoral de Beethoven.

Sólo entonces se iniciará el juego. Trascurridos los cuarenta y cinco primeros minutos, y finalizado el periodo de descanso, un nuevo cuarto de hora dedicado a la general meditación, y los altavoces dejando oír el concierto nº 23, opus 488, de Mozart, jugándose, a partir de ese momento, los tres cuartos de hora finales.

Terminado el encuentro, el equipo vencedor será conducido a los vestuarios a hombros de los perdedores que, de esta forma, reconocerán publicamente la superioridad momentánea de quienes han ganado.

Tengo la certeza de que quienes asistan a un partido de fútbol serán auténticos aficionados, ciudadanos sosegados, seguros de encontrar allí donde van, la ocasión de alimentar su amor al deporte, la introspección, y la buena música.

Recomiendo, no obstante, omitir en estas sesiones músico-deportivas, las composiciones de Wagner y de Verdi, que predisponen el ánimo, más hacia un ataque frontal con bayoneta calada que al éxtasis contemplativo.

Habrá observado usted que no he dicho nada de los árbitros. Pues, sí. He preferido no mencionarlos, porque deseo, a toda costa, mantener la ecuanimidad.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Oviedo, 1986

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