Viaje para viejos. Solo para sordos

El barullo resultaba insoportable. Era imposible entender nada de lo que más de cincuenta altavoces pregonaban simultáneamente. Pero no era necesario oír. Ver era suficiente.

Todo lo que la muchedumbre de curiosos y  compradores pudiera desear estaba allí, a su alcance. Expuestos en centenares de tenderetes de quita y pon confeccionados con cuatro tablas, un par de cajones y un trozo de lona como sombrajo, podían contemplarse miles de artículos.

Calzado, vestido, libros nuevos y viejos, discos, cassettes, transistores, estaban bien representados.

Tampoco faltaban los productos del campo; quesos, higos, almendras y aceitunas en picudos montones esperaban que el capricho de los indiferentes o interesados paseantes se decidiera por algo en particular.

Mientras tanto, los vendedores más humildes, sin ayuda técnica alguna, enronquecían gritando que lo suyo era lo más fresco lo más moderno o lo de mayor garantía.

A su lado, los situados en la cima de la escala jerárquica, por lo general delante de la abierta puerta trasera de abolladas furgonetas, haciendo uso de micrófonos y gangosos altavoces, se sumaban al estrépito.

Sin dejarse apabullar por el estruendo ni por el calor que apretaba de firme, el gentío circulaba lentamente entre las ordenadas filas de puestos de venta.

El piso, de gravilla menuda que permitía la visión de la arena sobre la que había sido derramada, tampoco añadía ninguna comodidad.

No obstante, el público, de manera especial el femenino, persistía en su incesante búsqueda de la ganga que, orgullosamente, mostraría a sus amistades de la península.

“Pues la verdad es que, buscando un poco, podían encontrarse cosas muy monas”, dirían. “Y muy bien de precio”, añadirían para hacer morir de envidia a quienes no hubieran tenido la fortuna de realizar el viaje a Mallorca, con excursión al mercadillo de Soller.

Sí, aquello era un mercadillo, pero qué mercadillo. Debería concedérsele el nombre de mercadote en atención a su tamaño e importancia.

Despreciando las transacciones comerciales más o menos honestas, algún carterista haría su agosto en aquel caluroso mes de mayo.

Domiciano y Rafaela, que formaban parte de la expedición de jubilados, contemplaban con mirada codiciosa cuanto se ofrecía a su vista.

Se les apetecía todo. El, de manera especial, no podía apartar los ojos de un tenderete más grande que los demás en el que se mostraban, en mezcolanza impresionante, toda clase de aparatos relacionados con la música.

Tímidamente, se acercó al tablero que hacía las veces de mostrador. Rafaela, como a remolque, siguió sus pasos.

“¿Qué vas a hacer, Domi? Ten cuidado; no te timen. Ya sabes que en estos sitios…”

“No empieces, Rafa. Sé muy bien lo que quiero. He pensado que si encontrara un aparato para Adrián, que está como una tapia, quedaríamos como los ángeles. Se enteraría todo el pueblo”.

“Oye, no está mal pensado. Pero, la verdad, Domi, no te dejes convencer enseguida. Eres demasiado inocente”.

“Descuida, mujer. Ya sé cómo se llama el chirimbolo ese. Es el Sonotone”.

“De todas maneras no te fíes, Domi”.

Rafaela conocía sobradamente la candidez que, como enfermedad crónica, aquejaba a su marido, siempre deseoso de aparentar unos conocimientos muy por encima de los que poseía realmente.

La verdad era que, nacidos los dos en Becilla de Valderaduey, la población más importante que conocían hasta aquel momento era Astorga, donde habían vivido desde su matrimonio, él como empleado de una pescadería y ella como cocinera en una fonda.

Fuera del trabajo, sus diversiones preferidas eran el ahorro y los seriales de la televisión y radio, por este orden precisamente.

Una vez al mes, adquirían “Marca” y “El Caso”, con cuya lectura encontraban satisfechas ampliamente sus ansias culturales.

Nada tenía de particular, por tanto, que Rafaela, conocedora de la maldad humana gracias a los estremecedores casos de El Caso, temiera justificadamente la candidez de su marido.

Por su parte, Domiciano, que era capaz de recitar de memoria las alineaciones del Betis y el Atlético de Madrid en el memorable partido jugado el 26 de febrero de 1951, estaba absolutamente in albis con referencia a otras verdades de la existencia.

El estado de su intelecto debía reflejarse claramente en el rostro de Domi, pues el propietario de tantos tesoros musicales, habituado a sacar partido de situaciones semejantes, le dejó “cocerse en su jugo” un buen rato antes de preguntarle, naturalmente sin manifestar más que un superficial interés, si deseaba alguna cosa.

El ex-pescadero, tratando de aparentar mayor aplomo del que sentía, quiso saber si, entre todo aquello -aquí, Domiciano se apuntó un tanto al conseguir introducir un tono netamente despectivo- había algún aparato para sordos.

Aunque la multitud no era consciente del hecho, allí estaba a punto de acaecer algo muy gordo. Ante la magnitud del inminente suceso, el vocerío debería haber decrecido de inmediato. Pero no fue así. Cosas parecidas debían ser moneda corriente y, por ello, la muda declaración de guerra entre el avispado vendedor de útiles para melómanos y el ex‑detallista de peces muertos pasó desapercibida.

El feriante, mostrando todos los dientes en amplia sonrisa que hubiera bastado para persuadir a personas más cautas que Domi de la conveniencia de salir de estampida, se inclinó ocultando las manos bajo el tablero que le separaba del público.

Cuando se enderezó de nuevo, con la soltura de un prestidigitador, enseñó un reluciente aparatito.

“Juego de manos, juego de villanos”, cuchicheó nerviosamente Rafaela al oído de su media naranja.

“Aquí tiene usted lo más moderno para minusválidos de las entendederas”, exclamó el mercachifle, exhibiendo otra vez la deslumbrante dentadura.

“Y lo más barato. Es un articulo Made in Japan. Ya se sabe; los japoneses fabrican mejor y a menos costo… como sólo comen arroz…”, añadió resumiendo en breve frase todo un tratado de economía dietética.

“Oiga -respondió Domiciano, dejando sentado de una vez por todas que a él no se le daba con queso-, eso no es un Sonotone. Es un Sony”.

“Claro. Ya le he dicho que es japonés. El Sonotone es de patente americana. El que tiene en la mano es un Sonytone. Démelo un momento. Moviendo esta palanquita, se enciende. Tome; ¿ve usted la luz roja?; pues ya está en funcionamiento”.

“Pero, si no se oye nada”, se quejó Domi.

“Naturalmente”, corroboró el de la blanca dentadura. “Primero hay que ponerse en un oído este pequeñísimo auricular que va conectado por este cable casi invisible. Luego, se mete el aparato, así, en el bolso superior de la chaqueta. De esta manera, prácticamente no se ve ni una cosa ni otra”.

“A ver, a ver”, contemporizó el de Becilla de Valderaduey. “Sigo sin oír nada de nada”.

“Pues claro. Para oír con este aparato hay que estar sordo como una pared. Emite en una frecuencia que los afortunados que oímos bien no percibimos. Si no fuese así, podría venderle a usted una caja de betún, acercársela al oído y oiría perfectamente, pero no gracias a la caja de betún”.

“Anda, pues es verdad”.

“Además, esta obra de arte está dotada de algo que no tiene el Sonotone. Cuando el desgraciado sordo está hasta el gorro de escuchar las memeces que se dicen a su alrededor -siguió con un rostro como piedra berroqueña el convincente charlatán- oprime este interruptor y cierra el auto-parlante primario. Simultáneamente, el ultramonitor sensoauditivo secundario capta las ondas trifásicas comburentes y, separándolas de las argónicas, pone en marcha la cinta magnetofónica incorporada. De esta forma, comienza a escuchar la música de su elección”.

“¿Hay que enchufarlo a la corriente?”, quiso enterarse Domiciano, a quien, por lo visto, no se le escapaba nada.

“¡Qué va, hombre, qué va! Ese estilo ya no se lleva. Ahora todo funciona a pilas. Este Sonytone utiliza dos de 1,5 voltios, cada una. Está demostrado que cada pila tiene chicha, quiero decir, corriente, para escuchar 150.000 palabras trisilábicas. O sea, que con las dos alcanza 300.000. Muchísimas más de las que diría en unos dos meses cualquiera que no sea predicador, político o feriante como yo”.

“Bueno, el cacharro me gusta pero, ¿qué me dice del precio?”.

“Sin ofenderme por lo de cacharro, que supongo será una broma, como creo que va a ser para un regalo, puesto que usted no lo necesita, le haré un precio especial. Se lo dejaré en 15.500 pesetas”.

“Pero, ¿qué dice, hombre de Dios? Eso es un robo. ¿Quiere tomarme el pelo? Va que arde con 10.000”.

“Oiga, oiga. De robo, nada, y de arder, tampoco. Si quiere, partimos la diferencia. 12.500, y es suyo”.

“De acuerdo, si añade un par de pilas de repuesto y una cassette de Manolo Escobar”.

“Vale, vale. Es usted intratable. Por curiosidad, ¿es usted comerciante?”.

“Lo fui antes de jubilarme, sí”.

“Ya decía yo. Eso se ve enseguida. Bueno, pues como es usted de la profesión, voy a envolvérselo en un papel para regalos y atarlo con una cinta. Tome, mire qué bien ha quedado”.

El paquetito resultaba una preciosidad, así que Domiciano sacó la cartera, eligió las 12.500 pesetas en los billetes más viejos que encontró en su abultado contenido, se hizo cargo de la compra y, seguido de Rafa, que aún no las tenía todas consigo, se alejó del lugar del crimen.

A Rafa le molestaban los zapatos. Había tenido la desdichada ocurrencia de estrenar unos de charol que le oprimían los pies de manera intolerable y la suma de la estrechez del calzado, el calor y el piso desigual estaba convirtiendo lo que podía haber sido un delicioso paseo en un verdadero suplicio.

No podía dar un paso más. Por suerte, vieron allá al final de una de las hileras de puestos un recinto cercado con cuerdas, habilitado como bar, con cierto número de sillas y mesas de madera.

Cuando se acercaron al lugar, advirtieron que desde uno de los rincones, alguien les hacía señas. Eran Ramón, Juan y Paco, sentados confortablemente a la sombra de un espeso techado de ramaje.

Sin hacerse de rogar, se acomodaron al lado de sus compañeros. Domi pidió un vaso de vino y Rafa, tras despojarse de las charoladas botas malayas, un refresco.

La última, sentada muy tiesa en la silla, con el pelo blanco recogido en un apretado moño sobre la nuca, observaba impasible, a través de los gruesos cristales de las gafas de concha, el ir y venir de la gente. Mantenía el bolso sujeto con las dos manos ante el desarrollado torso, pareciendo desafiar a que un mundo de desequilibrados intentase desposeerla de su tesoro. Era la personificación de la sensatez, la encarnación del sentido común.

Por el contrario, su consorte -bastante más bajito- a primera vista causaba la impresión de un gallito presumido y ufano dispuesto a soltar en cualquier momento un estentóreo quiquiriquí. Pero si se le observaba con mayor atención, no se conseguía otra cosa que perder el tiempo y ratificarse en la opinión ya formada.

De cabeza voluminosa y manos y pies diminutos, sugería la idea de disponer de una voz atiplada en consonancia con su frágil aspecto y aniñada expresión. La sorpresa era general cuando se le escuchaba por primera vez, pues de aquella boquita infantil surgía, como de insondable sima, un sonido bronco y cavernoso que espantaba a los pasmados oyentes.

Tan pronto como, con ásperos sones, hacía uso de la palabra, todo callaba a su alrededor. Aníbal, en el paso de los Alpes, debió hacerse obedecer por los elefantes con bocinazos semejantes a los proferidos por Domiciano, ya un tanto marcado por su nombre de tribuno romano.

Los reunidos alrededor de la mesa, hablaron de todo y de nada. Terminado el breve parlamento de Domi, dos señoras sentadas en una mesa próxima, se levantaron apresuradamente asegurando que se acercaba la tormenta. Habían oído truenos.

Paco comentó, con buen humor, cómo habían tratado de venderle un jersey con una sola manga.

Juan relató socarronamente el follón que se armó cuando un comprador advirtió que le habían vendido dos zapatos de distinto número.

Ramón, después de lamentar que allí no se vendiese sidra, trató de finalizar el tema que estaban comentando diciendo: “Mirad, a mí me parece que si en estos sitios engañan a alguien es porque está pidiendo a gritos que le estafen”.

Domi fue del mismo parecer. Su asentimiento fue el causante de que una bandada de gorriones, posados a unos veinte metros, levantase el vuelo precipitadamente, desapareciendo en la lejanía.

“Lo que sucede, aseguró categórico el castellano, es que la gente compra sin conocer exactamente las características de lo que adquiere. Nosotros hemos comprado…”

“Tú has comprado”, interrumpió fríamente Rafaela. “Ya te he dicho que yo no me fiaba ni un pelo de aquel bocazas. Así que a mí no me mezcles. Si luego resulta que te ha colocado una plancha eléctrica por un Sonotone y tu amigo Adrián tiene que oír con la oreja sobre la tabla de planchar o planchar con la oreja, no…”

“Basta ya, Rafa”, cortó enfadado el rugiente Becillense. “No nació todavía el feriante que me pueda engatusar. Sabía perfectamente lo que hacía”.

“Pero bueno”, terció Paco en un intento de restaurar la paz. “¿Se puede saber qué os ha pasado?”.

“En realidad, no ha pasado nada. He comprado un Sonytone para un amigo de Astorga que está más sordo que una tapia, pero antes…”

“Perdona, Domiciano”, interrumpió Ramón. “Dices que has comprado un Sonytone. Yo he oído hablar del Sonotone, pero ni una sola vez del Sonytone. ¿No te habrán dado gato por liebre?”.

“De eso nada. Se trata de un aparato para sordos fabricado en Japón por la casa Sony. El Sonotone es norteamericano. Estoy bien enterado, pero esta mujer siempre está lo mismo; es más desconfiada que una lagartija”.

“Yo no tengo idea de quién fabrica el Sonotone, ni si es americano o chino. Me da igual” -dijo Paco. “Lo que me extraña muchísimo es que en un lugar como éste se vendan artículos especializados”.

“En una ocasión tuve en la mano un Sonotone”, intervino una vez más Juan. “Supongo que serán todos parecidos. Si quieres que lo veamos…”

“Me da no sé qué deshacer el paquete. Luego no quedará igual, pero en fin. Si va a servir para tranquilizar a mi señora, vamos allá”, concedió de evidente mala gana Domi.

Con delicados tironcitos por aquí y allá, procedió a desenvolver el artefacto origen del disgusto surgido entre la pareja de astorganos.

Cuando el elegante papel que ocultaba el Sonytone fue cuidadosamente retirado para no arrugarlo, los ojos de los asistentes a la operación permanecieron clavados unos instantes en Juan. Nadie se atrevía a pronunciar palabra. Esperaban el veredicto.

La situación se prolongaba más de lo normal y, por fin, Domiciano no pudo dominar su ansiedad.

“¿Qué?”, preguntó roncamente.

Juan, consciente de que su respuesta iba a originar una trifulca de incalculables consecuencias, no se animaba a contestar. Pero no tuvo más remedio que hacerlo.

“Esto -dijo, tomando el aparato con mano insegura- no es un útil para sordos. Es un Walkman. Pueden adaptársele unos cascos ligeros o un auricular como este que trae conectado”.

En el pesado silencio que se hizo en torno a la mesa, pudo escucharse con mayor intensidad el estrépito que reinaba en el espacio ocupado por el mercadillo.

“Ladrón, condenado chorizo, -exclamó el timado maragato- ésta me la paga, como me llamo Domiciano”.

Iracundo, se levantó de un salto y, tratando de apoderarse del aparato, aún en poder de Juan, lo tiró al suelo.

Entonces se produjo un hecho que llenó de consternación a los presentes. Con el golpe recibido al caer al suelo, el endemoniado trasto se abrió en dos mitades y, en su interior, allí donde deberían aparecer condensadores, transistores y otras zarandajas por el estilo, únicamente se veían unas bolsitas de plástico transparente conteniendo polvo blanco parecido a la harina.

“Encima, con recochineo -rugió Domiciano, hecho un basilisco. No tiene más que contrapeso. A este tío lo mato”.

“Qué contrapeso ni qué niño muerto -contradijo Rafaela. Eso es droga. Lo menos, cocaína. Lo explica muy bien El Caso. El hombre de los dientes como fichas de dominó que te vendió ese chirimbolo es un traficante que se equivocó dándote un cacharro por otro. Así que nada de golpes. Esto es un asunto para la Brigada Antidroga”.

La cuestión estaba bajo control; en buenas manos. Las esporádicas lecturas de El Caso habían producido sus frutos y ahora Rafa, desaprovechando elegantemente la ocasión de lanzar ese desagradable colofón de “ya te lo decía yo”, cosa que ponía en evidencia su espíritu superior, se limitó a recoger del suelo el corpus delicti y, con su esposo y amigos, se fue serenamente a la busca de un agente del orden, cuidando muy mucho de no volver a pasar ante el puesto expendedor de estupefacientes.

No les llevó mucho tiempo dar con un representante de la ley que, sin excesivas palabras, les condujo a una Comisaría Móvil. Allí, en pocos minutos se organizó la operación captura del vendedor de Sonytones de quien, al parecer, venía sospechándose sin disponer de pruebas materiales.

Rodear el tenderete con agentes de paisano y sorprender al propietario de la deslumbrante dentadura, tan falsa como él mismo, con las manos en la masa, fue juego de niños.

Entre las existencias se encontró un elevado número de aparatos cargados con el mortífero polvillo tan fácilmente reconocido por Rafa.

El embaucador resultó ser el traficante más buscado de Baleares y su detención, un verdadero éxito.

Cuando el Jefe de la Brigada Antidroga felicitó calurosamente a la excocinera por su presencia de ánimo y rapidez de reflejos, Domiciano dijo algo que llenó de perplejidad a todos los presentes y a Rafa de un comprensible gozo.

“En cuanto lleguemos a Astorga, te voy a suscribir a El Caso por diez años”.

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