Si se muere, usted tranquilo

No se haga ilusiones. Cuando usted se muera, no ocurrirá nada especial. Su traslado al otro mundo no irá acompañado de ningún cataclismo. El mar continuará rompiendo contra los acantilados para producir espuma. Las estrellas seguirán brillando en el firmamento, aunque algunas veces las nubes impidan su visión.

Las carreteras dispondrán de un número cada vez más amplio de baches por kilómetro y los atascos serán cada vez más exasperantes.

La televisión perseverará en su tenaz tarea de embrutecer a los teleadictos.

Los británicos, haciendo honor a su sempiterna perficia, no se negarán a mantener conversaciones acerca del futuro de Gibraltar, pero ya se hablará de la devolución la próxima vez.

Los franceses aumentarán en otras 200 variedades la tabla nacional de quesos.

Los italianos, testarudamente, producirán pasta y tenores como si a éste mundo no hubieran venido a otra cosa que a comer o a cantar.

Los suizos insistirán en mantener el silencio bancario pues de romperlo se verían obligados a comerse todas sus vacas y relojes.

Los chinos, pese a sus porfiados esfuerzos, nacerán, como ahora, con los ojos rasgados y la piel amarilla.

La República de San Marino, se volverá loca para encontrar un motivo, no utilizado ya, para sus nuevas emisiones de sellos de Correos.

Arafat, por fin, decidirá entre lavar la toalla a cuadros o sustituirla por un rodillo de cocina a lunares.

Los portugueses, persistirán en sus espeluznantes adelantamientos en cambios de rasante y sintiéndose “muito obrigados” por los malabarismos que el resto de los automovilistas, menos seguros de su buena estrella, y con los pelos de punta, se ven obligados a realizar para evitar la catástrofe.

Los japoneses, merced al proceso de miniaturización, lograrán reducir el Everest a un tamaño asequible hasta para los nonagenarios.

¿Y los de Estados Unidos y la URSS, qué?

Pues nada; los he dejado para el final por aquello de que “los últimos serán los primeros”, porque les tengo miedo y porque he preferido hacerlo así.

Pero algo hay que decir de ambos gigantones, ahí va.

Los dos países seguirán espiándose, invirtiendo sumas monstruosas en armas de guerra en nombre de la paz.

Y un mal día, uno de esos amos de los botones siniestros oprimirá por error, por hastío, o por demencia, un botoncito que bajará el telón para todos, haciendo innecesaria la colocación de las palabras THE END/KONIETS, puesto que nadie vivirá para leerlas.

Todo ésto si antes el Creador, harto de contemplar el mal uso que hacemos de cuanto nos concedió y de tolerar tanta estupided, no decide, con gesto imperceptible, una inmediata creación a la inversa devolviéndonos, ipso facto, a la nada.

Por eso, querido amigo, si se muere, no se lo tome a la tremenda. Piense que va a disponer de mucho tiempo para habituarse a su nuevo estado aunque, al principio, quizás le resulte incómoda la interminable rigidez.

Trate de ver el lado positivo. Reconozca que ya no necesitará buscar sitio para aparcar, no tendrá que confesarse con Hacienda. Nunca más le arderá el estómago, no pasará otra noche sin dormir, ni deberá citarse con el dentista.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Foz, 1986

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