Más allá de los barrotes

A mis ojos aquellas gentes, enfundadas en telas de distintos colores, resultaban francamente ridículas. Especialmente, ciertos miembros del grupo que caminaban sobre canutos puntiagudos colocados bajo los pies, y otros que llevaban encasquetada en la cabeza una especie de medio coco con alero, me producían una risa incontenible.

¿Cómo podrían encontrarse cómodos llevando semejante indumentaria?

En una ocasión había podido ver cómo desenvolvían uno de sus cachorros para limpiarlo y experimenté una aguda sensación de disgusto. ¡Aquello era un asqueroso gusano blancuzco sin un solo pelo!

Debía tratarse de una especie de simio en extinción.

Pensar que a juzgar por su aspecto general -dos piernas, dos brazos, dos ojos sobre la nariz y una boca bajo este último apéndice- podríamos pertenecer a la misma familia, me llenaba de espanto.

¿Serían, por casualidad, descendientes de aquel lejano tatarabuelo que, entre los míos, tenía fama de degenerado? Pudiera ser porque, aunque muy parecida físicamente, aquella raza no tenía media bofetada.

Además, seguía reflexionando nuestro gorila… -Vaya, ahora que lo pienso, no les he presentado. Bueno, perdonen y háganse la cuenta de que el trámite ha sido realizado-…además, si físicamente son una birria, de la sesera no deben andar muy allá. Los síntomas son concluyentes y es suficiente que me fije en algunos para admitir el hecho de su irremediable endeblez mental.

Por ejemplo, cuando llueve, colocan sobre la cabeza, sosteniéndola con un palito, una variedad de seta que me resulta totalmente desconocida. Parece que disfrutan impidiendo que el agua caída del cielo les refresque.

Llueva o abrase el sol, son legión los machos y hembras que se colocan entre los labios un pequeño  cilindro encendido del que chupan ansiosamente para extraer el humo que luego devuelven al aire por boca y fosas nasales, en espesas bocanadas.

Otros pasean sin detenerse un instante y discuten con grandes voces, acaloradamente, sobre algo trascendental cuyo significado se me escapa, pero creo que se llama política.

Cierto número de ejemplares de esta extraña tribu, debe padecer insomnio pues, apenas amanecido el día, acuden en tropel y comienzan a correr de acá para allá adoptando posturas atléticas que no les van. No comprendo esta manía, cada vez más extendida, pues si no van a ningún sitio, ¿por qué se mueven? y si no tienen prisa, ¿por qué corren? Para hacer el hecho más misterioso e incomprensible, les oí decir algo así como: “No puedo con mi alma, voy a quitarme el mono”.

¿Sería alguna alusión a nuestra común familia? Yo, por si no había mala intención, fingí que no me había enterado de nada.

He invertido mucho tiempo, inútilmente, debo confesarlo, en la tarea de desentrañar el secreto que se oculta tras la evidente contradicción de unos letrerito colocados profusamente en las orillas de los jardines en los que puede leerse: prohibido dar de comer a los animales. Sin embargo, ellos comen a dos carrillos. Una comida poco apetecible y de raro aspecto, pero comida al fin y al cabo. ¿Es que estos monos enclenques y esmirriados no son animales?

Es una lástima y me duele reconocerlo, pero he de aceptar que, aún siendo de la misma familia, no consigo penetrar en su chocante personalidad (¿o debo decir animalidad?).

Su peregrina idiosincrasia les lleva a cometer las acciones más reprobables y mostruosas. Hace poco tiempo, me encontraba contemplando, íntimamente complacido, cómo una hembra despiojaba amorosamente, con infinita pacienciia, a uno de sus cachorros cuando, de pronto, se armó un barullo monumental. Hembras y machos, pocas veces de acuerdo, se concertaron entonces para gritar a coro: “puerca, sucia gitana; vete a hacer porquerías a otro sitio”.

Me quedé a sombrado. Lo de gitana, no lo entendí pero, por la forma de decirlo, debe tratarse de un insulto especialmente reservado para casos extremos. En cuanto a considerar puerco y sucio a un simio que despioja a otro, es una auténtica estupidez. En realidad supone una operación de limpieza, un acto dotado de elevada significación social y, además, una muestra de cortesía propia de seres civilizados.

Decididamente, no comprendo a mis primos. Son gente muy rara. Pero, a pesar de ello, por inconcebible que me resulte su forma de vivir, ellos no tienen ninguna culpa de ser diferentes. Creo que todo ser vivo tiene el inalienable derecho a vivir su propia vida como le plazca o pueda.

Y, por pensar así, siento una pena inmensa ante la tragedia de estos lamentables individuos de mi familia.

¡Qué horrible delito habrán cometido para haber sido condenados a pasar su existencia tras los barrotes de una enorme jaula!

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

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