Viaje para viejos. El jefe de la expedición

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“Y usted, Pablo, deberá ser consciente en todo momento de que lo que confiamos a su cuidado es, dejémonos de eufemismos, un grupo de personas más aptas para el arrastre que para otra cosa”.

“Eso de la tercera edad es un término muy apropiado para las estadísticas, pero todos sabemos qué son las estadísticas. La cruel realidad es que se hace usted cargo de cuarenta seres ignorantes de que este viaje seguramente se convertirá en su último paseo antes de ir al desguace”.

“Mejor será, Pablo, que acepte usted lo innegable y ándese con cien ojos. No les consienta cometer excesos de ninguna clase. Cuídelos como si fueran sus hijos. Y, mucho ojo, no se le vaya a perder alguno.”

Ahora, cuando estaba acodado en la barandilla de la amplia terraza de la habitación 350 del hotel que, durante quince días, había sido cuartel general del grupo de jubilados de ambos sexos en su estancia en Palma de Mallorca, aquella conversación parecía formar parte de un mundo irreal, del reino de lo imposible.

La belleza del espectáculo que se ofrecía ante sus ojos -el sol ocultándose lentamente tras el horizonte marino- no lograba apartar de su mente las palabras del responsable superior de la entidad organizadora del viaje para viejos que tanto le había preocupado antes de su iniciación.

Tres días antes de la fecha de salida comenzó a sentirse asustado ante lo comprometido de su situación. Por las noches, el sueño se negaba a acudir y se veía obligado a escuchar las campanadas del reloj que, para su mente ofuscada, encerraban un eco fúnebre que no presagiaba nada bueno.

¿Por qué se habría metido en este berenjenal?, se preguntaba repasando mentalmente todo el catálogo de desgracias que podrían presentarse en un viaje tan largo como aquél.

El desplazamiento ya era, de por sí, demasiado extenso. De una tirada, Oviedo-Barcelona, parando únicamente para comer en Alfaro, en La Rioja. Luego, el mismo día, Barcelona-Palma. Primero en autobús y luego la travesía en barco.

¿Cuántos llegarían ilesos a su destino, el hotel de C´an Pastilla? Puede que tuviesen que ir deteniéndose por el camino para proceder al entierro de las bajas. Y si los fallecimientos se producen en el mar, ¿qué?

Pablo se figuraba en cubierta, luciendo una corbata que un camarero tendría que prestarle -pues él no llevaría ninguna en su equipaje- acompañado de la oficialidad y de aquellos expedicionarios confiados a su cuidado aún con vida, presidiendo el penoso acto de arrojar al agua los restos mortales del jubilado extinto.

Horrorizado veía, sobre una tabla apoyada en la obra muerta del barco -vaya léxico que se utiliza en la marina- el bulto inmóvil envuelto en una lona y lastrado con una pesada cadena para evitar que aquel ser, que jamás volvería a percibir su pensión, sintiera tentaciones de abandonar las profundidades del mar a las que estaba a punto de estar consignado.

Escuchaba con recogimiento las palabras que el capitán, con la gorra de plato elegantemente colocada bajo el brazo izquierdo y una Biblia abierta en la mano derecha, pronunciaría instantes antes de que se percibiese el chapoteo producido en el agua al recibir el cuerpo de aquel desgraciado miembro de la tercera edad a quien la mala suerte había negado el dudoso beneficio de reposar en el camposanto de su pueblo.

El jefe de expedición contemplaba, con la percepción mental que el insomnio presta a quienes ataca, la cabizbaja procesión formada por el resto de los excursionistas apenados por el acto de que acababan de ser testigos pero con evidentes indicios de sentirse muy aliviados por no haber sido ellos los protagonistas.

Por su mente calenturienta desfilaba la amenazadora serie de desastres que podían sobrevenir al desvalido cuerpo expedicionario. El autobús podía salirse de la carretera y rodar por un barranco, chocar con otro vehículo o estrellarse contra un árbol, incendiarse o equivocar el camino yendo a parar a un lugar lejos de su punto de destino. Y si llegaban sin novedad a Barcelona, a tiempo para tomar el barco, ¿estaría el mar tranquilo o se toparían con una marejada de fondo de las que, de vez en cuando, convierten el Mediterráneo en una caldera hirviente?

¿Serían suficientes las seis cajas de Biodramina, tamaño familiar, que había tenido la previsión de adquirir? ¿Qué ocurriría si todos sus pupilos se mareaban a la vez? Y, peor aún, ¿qué haría si el único que se marease fuera él?

Ahora Pablo, minutos antes de la hora en que un autobús vendría a recogerles para conducirles a la Estación Marítima de Palma, desde donde iniciarían el regreso, sentía unos incontenibles deseos de reír a carcajadas.

¡Con que los excursionistas estaban para el arrastre y eran sólo dignos del más innoble desguace!

Pues sí que estabas bien informado, pensó, sin pizca de respeto hacia su jefe superior.

Debería haber estado en su compañía cuando, de recepción, vinieron a avisarle de que uno de los componentes del grupo a su cuidado había sido sacado de la piscina cuando se encontraba a punto de ahogarse.

Recordaba cómo, con una descortesía vergonzosa, había interrumpido la conversación que mantenía con el director de una agencia de viajes empeñado en conseguir la presencia de sus patrocinados en la cena espectáculo “Es Fogueró”, y salió a la carrera en dirección a la piscina climatizada del hotel.

No olvidaría la impresión recibida cuando ya antes de llegar al amplio recinto rodeado de cristales vio a través de éstos la figura postrada de Samuel. A su lado, en pie, un joven alto, rubio y fuerte, con ademanes tranquilos y pausados de sus brazos, trataba de mantener alejados a los pocos testigos del drama. Arrodillado prácticamente sobre el rescatado del agua, otro bañista le hacía la respiración artificial por el sistema boca a boca.

Tras unos momentos de actividad en los que el tiempo parecía haberse detenido, Samuel estornudó débilmente como pidiendo permiso para reintegrarse al mundo de los vivos.

El arrodillado se levantó y, después de propinar un par de palmadas afectuosas en el hombre del caído, dijo dirigiéndose al mantenedor del orden:

“Es klappt alles jetzt. Gehen wir”. (Es decir: “Ahora no hay problema. Vámonos”).

Samuel, que ofrecía un aspecto lamentable, se puso en pie. Estaba pálido como un muerto y su escaso pelo, cortado de forma que peinado meticulosamente podía semiocultar el cráneo, le caía sobre los ojos. Se encontraba en calzoncillos.

Aquella prenda, que, a causa del remojón, no conseguía disimular lo que se ocultaba debajo, era una pieza de museo y bastaba, por sí sola, para proclamar las ideas ultraconservadoras de su propietario.

Poniéndole por encima de los hombros el albornoz que un alma caritativa les prestó, le acompañó a su habitación y, después de asegurarse de que el rescatado no necesitaba nada -ni siquiera la visita de un médico- le dejó que se aseara para bajar al comedor.

Más tarde, Samuel, con palabra reposada, le contó lo sucedido. El, que nunca se había bañado en una piscina, desconocía el traidor talud de que estaban dotadas y no sabía nadar, andaba curioseando y contemplaba atentamente los chapoteos de los escasos bañistas que en aquellos momentos se encontraban a remojo cuando, asustado, pudo ver que una chiquilla perdía el flotador de colorines y desaparecía bajo el agua.

No lo dudó un segundo. Rápidamente, se despojó de camisa y pantalones, zambulléndose en el líquido elemento. Al hacerlo, cayó de barriga y recibió un tremendo batacazo que le cortó el resuello. Inmediatamente, también él se fue al fondo.

Dos alemanes, los que enseguida le sacarían, habían observado la acción y, afortunadamente, supusieron que el estilo del improvisado salvavidas no vaticinaba nada bueno. Acertaron plenamente. A no ser por su rápida intervención, Samuel hubiera perecido víctima de su poco razonable generosidad.

Al día siguiente se supo que la chiquita cuyo rescate casi cuesta la vida al valiente Samuel era campeona de 1500 metros braza por la Federación de Baleares, había batido recientemente el récord nacional y estaba seleccionada para acudir a la próxima Olimpiada.

Todo esto, naturalmente, no rebajaba lo más mínimo la arrojada acción. Cuando la campeona, agradecida ante el gesto del desconocido le ofreció enseñarle a nadar allí mismo, en el escenario de su gesta, Samuel declinó prestamente la oferta y añadió que, a partir de aquel momento, sus contactos con el agua se realizarían con una esponja de por medio.

Pablo, poco a poco, fue conociendo las circunstancias personales de tan original individuo. Era natural de un pueblo diminuto situado entre Cangas de Narcea y Tineo. En el dilatado tiempo de setenta y cuatro años, su edad, sólo había salido tres veces de su rincón natal.

La primera, para ir al África cuando hizo el servicio militar. Resultaba curioso escuchar aquellos nombres en sus labios, Larache, Tetuán, Melilla y otros que aún recordaba pronunciándolos con fruición como si masticara algo con sabor especial y agradabilísimo aún no olvidado.

La segunda vez, para realizar un viaje en autobús que le llevó a lugares muy lejanos. Ante sus ojos pasaban nuevamente, en terrible mezcolanza, Francia, Italia, la Costa Azul, Grecia. El viaje había sido tan rápido que, confuso ante tanta novedad, ciudades, paisajes e idiomas distintos, no sabía muy bien si los canales de Venecia se encontraban en Italia o en Grecia.

La tercera salida, la última por ahora, como decía sonriendo, era el viaje a Mallorca. Era la que más le agradaba porque las cosas se hacían con más calma. Lo estaba pasando muy bien y todo el mundo era enormemente amable. Hasta aquellos alemanes que no le conocían de nada se habían portado formidablemente con él. Se hicieron muy amigos y, más que nada por señas, sostenían largas “conversaciones” durante las cuales bebían innumerables jarras de cerveza y se propinaban fuertes palmadas en la espalda.

El no precisaba hablar mucho. Su vida solitaria en el monte, cuidando vacas y cabras, le habían preparado para una existencia en que las palabras ocupaban escaso lugar. La acción era lo que contaba. A pesar de todo, estaba satisfechísimo con la gente del grupo. Se había convertido en un personaje popular entre los residentes del hotel e incluso ingleses, italianos y franceses que se encontraban en mayoría, lo saludaban con afecto.

“Y todo por una metedura de pata”, decía Samuel meneando la cabeza. “¡Anda, que si la llego a sacar!”, añadía con una mueca burlona en los labios.

Luego, poniendo cara de extrañeza, observaba: “¡Si hasta los camareros en el comedor están empeñados en hacerme comer dos postres!”.

La mayor parte de quienes acompañaban a Pablo en aquel viaje eran personajes dignos de un novelista. Debido a que, con una sola excepción, todos rebasaban los sesenta años y en tanto tiempo es difícil no contar con un cúmulo de experiencias, oírles hablar constituía una verdadera delicia.

Había un hombre, viudo, de unas setenta primaveras, alto, de pelo abundante y blanquísimo, procedente de Luarca, siempre tomavistas en ristre, cuya conversación resultaba amenísima.

En su juventud residió en Cuba. Conocía la isla palmo a palmo y contaba con una colección muy amplia de anécdotas, canciones y romances de aquella época. Había vuelto a La Habana hacía un par de años y sus vívidas comparaciones entre la vida de antaño y la actual no tenían desperdicio.

A lo largo de su dilatada existencia viajó a Japón, Rusia, Venezuela, Méjico; conocía perfectamente casi toda Europa y estaba dotado de una memoria prodigiosa.

Sentarse en un cómodo sillón a escuchar a Silverio era mejor que leer un libro de aventuras y, si bien, inicialmente, causaba la impresión de ser una persona parca en palabras y poco sociable, pronto comprendió todo el mundo que no había tal cosa.

El fue quien sugirió y puso en práctica el procedimiento que les permitió bajar de los pisos tercero y cuarto, en los que se encontraban las habitaciones ocupadas por el grupo, más de sesenta maletas, un montón de cajas de ensaimadas y otros recuerdos destinados a la península.

La operación se realizó en diez minutos y únicamente precisó la colaboración de tres hombres en cada piso.

Silverio confesó momentos más tarde, cuando se trasladaban a Palma en autobús, que dos o tres veces estuvo a punto de quedar colgado en el ascensor que descendía dando saltitos seguramente como protesta ante el excesivo peso que, en cada viaje, se veía obligado a transportar.

Pablo tampoco olvidaría fácilmente a Serafín y Otilia, matrimonio residente en Avilés, cuya afición a las cosas del campo les había animado a adquirir un terreno cerca de la playa de Santa María del Mar. Allí instalaron una casita prefabricada en el que pasaban largas temporadas, ella dedicada a las plantas y flores, él a la huerta, cuidada primorosamente, que producía hermosas lechugas, patatas, tomates, pimientos y unas alcachofas dignas de la mesa de un cardenal.

Cuando el grupo visitó las Cuevas del Drach, coincidieron con cientos de turistas extranjeros y nacionales que penetraban un tanto sobrecogidos en el gran recinto fantasmagórico. La iluminación indirecta  colocada sabiamente para conseguir juegos de luz y sombra ponía de relieve mil formas caprichosas que imitaban castillos, bosques, siluetas humanas y de fantásticos animales.

Llegados a la enorme explanada ante el lago subterráneo en la que una extraordinaria cantidad de bancos dispuestos en ordenadas filas esperaban a quienes iban a asistir al concierto con música de Chopin, las luces comenzaron a parpadear y, por los micrófonos, se escuchó en varios idiomas la petición de que el público tomara asiento, guardara silencio y se abstuviera de tomar fotografías.

Otilia, mujer sumamente disciplinada, obedeció la primera orden tan precipitadamente que resbaló sobre la superficie escurridiza del banco y cayó hacia atrás. Este hecho impidió cumplimentar los otros dos consejos pues ya cuando iba por el aire expresó su descontento con la frase emitida a toda potencia: “Caray con el asiento éste”, que resonó en la gigantesca estancia como si hubiese utilizada un megáfono.

En cuanto a lo de “no tomar fotografías” fue involuntariamente olvidado pero no se le tomó en cuenta ya que nada pudo hacer por evitar lo sucedido.

La mañana en que la firma de alta costura organizó un pase especial de modelos para el grupo, amaneció nublada. Luego, a medida que transcurría el tiempo, las nubes fueron desapareciendo y lucía un hermoso sol cuando, a las diez., pasaron por la dársena donde dos submarinos franceses hacían maniobra; uno atracaba y el otro se hacía a la mar; allí, tuvieron la oportunidad de contemplar a los marinos galos que, en traje de faena, en el que no faltaba el tradicional y ridículo gorro con pompón, se dedicaban a sus tareas.

La sala de exhibición, instalada con gusto exquisito, sirvió, como ocurre siempre en estos casos, para que media docena de jovencitas monísimas favorecidas por la suerte con tipos que oscilaban entre los de las sílfides y las sirenas sin cola pero con admirables miembros inferiores, despertaran la envidia de las señoras metiditas en carnes y en años que, más tarde, ya en las salas de prueba, no eran capaces de encontrar explicación válida al hecho de que los mismos modelos no les quedaran igualmente bien a ellas. ¡Aquello era increíble!.

Otilia probó un abrigo de piel de foca, que no había sido pasado en el desfile, y le quedaba imponente.

“Cómpralo, Otilia”, dijo Serafín tan pronto como la vio.

“Es muy caro; carísimo”, respondió Otilia con una expresión mezcla de pena y alegría.

“Lo mismo da. Te lo regalo yo”.

“Serafín, eres un ángel”.

“¿En qué quedamos? ¿Soy un ángel o un serafín?”.

“Las dos cosas, chato”, concluyó Otilia muy lejos del batacazo de las Cuevas del Drach.

Y cómo olvidar a Hernando y su esposa Zeni. Ellos, como Pablo, habían viajado mucho y esto era algo que les unía. Durante varios años residieron en Francia, Alemania y Bélgica, donde reunieron algún dinero. Más tarde, de vuelta en España, se afincaron en Torremolinos y tomaron el traspaso de un comercio de calzado.

Pasados cuatro años, hartos de soportar clientes exigentes y, especialmente, señoras que luego de hacerse mostrar todas las existencias se iban sin adquirir ni unos cordones, abandonaron aquello y volvieron a Gijón, que les tiraba mucho.

Últimamente, daban largos paseos por el Muro aspirando profundamente el aire yodado y recordando con cierta nostalgia lejanos paisajes y gentes distintas.

Pablo observó el reloj y comprobó con sorpresa que casi eran las diez de la noche y muy pronto vendrían a buscarles para llevarles a la Estación Marítima de Palma.

Suspendería la sesión ahora, pero aquella noche en el barco y mañana, en el largo viaje hasta Oviedo, seguiría contemplando en el recuerdo aquellas personas que durante una quincena habían sido su mundo y su familia.

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