Archivos Mensuales: julio 2015

Retroevolución

Si Chesterton escribió, “Soy demasiado escéptico como para no tomar en serio la leyenda”, yo, no tan conocido como el autor inglés, pero con la inmensa ventaja de encontrarme, aunque sólo sea provisionalmente, entre los vivos, afirmo seriamente que soy excesivamente crédulo para admitir lo evidente.

Por supuesto, existen casos en que la repetición de los hechos, la naturaleza con que se producen y lo improbable de su misma probabilidad, me imponen su aceptación.

No me cabe la menor duda acerca de lo correcto de la teoría de Darwin. Basta con observar imparcialmente y sin prejuicios, algunos ejemplares humanos que circulan libremente por las calles, sin ser importunados por celadores del Zoo o laceros municipales, para comprender que el genial científico dió en el clavo.

Es cierto; el hombre desciende de otro animal. Y no estoy aludiendo al padre real, humano e inmediato, sino, literalmente, a otro irracional de distinta familia.

En ciertas ocasiones la progenie es innegable y, así, tenemos el privilegio de contemplar bípedos implumes con rostro de chimpancé, cara de besugo, fisonomía de bull-dog, semblante de zorro, rasgos de ardilla, figura de elefante.

En ocasiones, el linaje natural se hace patente en la forma de andar, resultanto divertido observar los saltitos nerviosos, como de canario, de una formidable matrona que daría en la báscula los cien kilos, o el paso receloso y precavido propio de un bambi puesto en fuga, de un gigantón con cara y melena de león, o el caminar bamboleante y perezoso, peculiar de un oso panda, de un hombrecillo cuya faz es el calco de una ardilla.

Hasta la voz delata nuestro origen animal. Que levante el dedo quien no haya escuchado nunca un rugido estremecedor demandando: “¿Cómo, aún está sin terminar lo que ya ordené hace veinte segundos?”

Hay quienes causan la sensación de emitir gruñidos, en vez de palabras y, en fin, otros cuya elocución más se asemeja a concurso de ladridos que a comunicación humana.

Incluso cuando éramos unos inofensivos animalitos, es decir, de niños, hemos sobresaltado al vecindario con nuestra tosferina.

Por contra, existe la voz amorosa, la que arrulla, también de procedencia animal, la de la paloma.

Cuando decimos que fulanita tiene mirada perruna, no estamos exagerando. Pero casi siempre que hacemos esta afirmación aludimos a una mirada triste, resignada y fiel.

Quizás para equilibrar la balanza, en ocasiones, el hombre avizora con ojos de can asilvestrado, de animal de presa dispuesto a liarse a dentelladas con su propia sombra. Se trata del revés de la mirada del cordero degollado.

En el transcurso del ineludible acto de alimentación, algunos humanos son incapaces de disimular la bestial avidez que les sojuzga. Como lobos, cebándose en su presa palpitante, observan de reojo a quienes se encuentran próximos y devoran codiciosamente la pitanza, temerosos de que se la arrebaten.

Efectivamente, la evolución es un hecho, pero, además de continuar manifestándose la que ya nos es familiar, ¿no se habrá iniciado una retroevolución?

Me formulo esta pregunta porque me encuentro profundamente desconcertado. Ignoro si los prototipos comentados son los últimos coletazos de la evolución que comenzó en el momento mismo en que apareció la vida o, por el contrario, se trata de las primeras criaturas que van a gozar del dudoso honor de iniciar la cadena de la retroevolución.

Me asalta la fundada sospecha de que la segunda hipótesis es la única aceptable.

El comportamiento colectivo es suficiente para confirmar la verosimilitud de la conjetura. El “modus operandi” que hoy aplica el hombre a sus semejantes es tan despiadado como, cuando en la infancia del mundo, únicamente se conocía la ley del más fuerte. Por supuesto, ahora, la cosa es mucho más grave ya que, desde la aparición del Código de Hammurabi (1730 años antes de Cristo), el catálogo legislativo no ha cesado de crecer.

Ya sé que Darwin es inocente, pero no es menos cierto que la evolución de las características físicas debería haber sido paralela a la mutación moral; pero ésta, si se ha producido, únicamente fue en detrimento de la ética primitiva.

Al menos, en defensa de nuestros cascarrabias predecesores puede decirse que los únicos alegatos legislativos que les sonaban eran los redactados a base de una descomunal cachiporra sobre los cráneos de los litigantes.

Sí, me inclino a creer que hemos alcanzado el punto más alto de la pirámide evolutiva y comenzamos a rodar por otra vertiente en cuyo fondo quizás nos aguarde el germen de otra humanidada menos bestia.

Los signos son transparentes y no dejan lugar a dudas. La vida tuvo su cuna en el mar, y si los seres humanos somos capaces de  prestar un oído tan sordo como una tapia a la ancestral llamada de nuestras raíces y continuamos acudiendo en tropel, como una enorme manada, por algo será.

Desde luego, no creo que por las tentadoras ofertas de las agencias de viaje.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina, Oviedo, 1986

Memorias de un ex-perro

Si, aunque ahora cueste trabajo creerlo, hubo un tiempo en que fuí un perro. Un perro con todas las de la ley; a veces, con pulgas que rascar y, en múltiples de ocasiones, con verdaderos problemas para conseguir la necesaria pitanza.

Diana frecuente de pedradas disparadas por gamberros y paradero de inmerecidas patadas de insensibles especímenes humanoides. Más de una vez, tras lo que parecía mi última carrera, he burlado la persecución del temido lacero. ¡Qué me hablen a mí de la soledad del corredor de fondo! Por lo menos, a ellos no les siguen con “las del beri”.

En cierta ocasión, me escapé del mismísimo camión donde me llevaban a lo que supongo sería un Dachau canino.

La vida no transcurría entonces de rositas, no. Sin embargo, tenía sus alicientes y, al menos, uno se “realizaba” como perro.

Nunca más volveré a sentir la gozosa anticipación que experimentaba al empujar con el hocico la tapa de un cubo de basura. Solía hacerlo de madrugada, antes de que los hombres del servicio de recogida realizasen su trabajo. A aquellas horas, las calles solitarias, sin el ruido y barullo que las pueblan durante el día, son nuestro campo de operaciones, compartido sólo con los serenos y los borrachos, los primeros por obligación y, los últimos, por devoción.

A unos y otros les resulta indiferente nuestro merodeo, aunque en honor a la verdad he de decir que algún amanecer he visto, tratando de averiguar, sin éxito, por cierto, el significado de ciertos vocablos proferidos por un habitual del morapio que me había elegido como auditorio.

También es verdad que nunca estos trataron de propinarme patada alguna, pienso que quizás por temor a verse anclados a tierra con una sola pierna.

Pero, tornando a lo de los cubos, ¡qué delicia cuando, entre la mezcla de olores que emanaba de uno de esos artefactos, distinguía el producido por un hueso o una piltrafa de carne!

Mi imaginación corría a mayor velocidad que las patas dedicadas a escarbar con ahínco en busca de la presa y, mentalmente, calculaba, basándome en lo céntrico o apartado de la calle, si el hallazgo sería rico en proteínas o por el contrarío resultaría una mera raspa. En la incertidumbre encontraba un placer únicamente comparable, me atrevo a asegurar, con el de quien ignora qué le servirán a la hora del almuerzo.

Y, ¿qué decir de las horas pasadas al sol? Tumbado indolentemente en cualquier sitio, sin temor a la suciedad, al acecho de una pulga lo bastante descuidada para situarse al alcance de mis dientes, dejaba pasar las horas en un perfecto relax del que solo podía apartarme la proximidad de un congénere del sexo contrario.

Cádiz. Medina Sidonia. Perros a la sombra

Nuestro protagonista con un amigo

¡Qué lejos está todo aquello! Hasta el inocente juego de perseguir ladrando a pleno pulmón a los ruidosos camiones de reparto, me ha sido prohibido.

Indudablemente, durante el invierno he pasado frío y mi contento no conocía límites cuando conseguía acercarme sin oposición a una de esas hogueras que encienden en los edificios en construcción..

Por otra parte, siempre quedaba el recurso de darse una carrerita para entrar en calor.

Ahora mi vida ha cambiado tanto que casi no merece la pena ser vivida.

Desde aquel aciago día en que doña Regina se hizo cargo de mi “protección”, ni yo mismo me reconozco.

Con palabras zalameras y engañosas hizo que subiese a su piso, donde trabé inmediato y desagradable conocimiento con la bañera y un detergente cuyo olor disminuyó para siempre en un 50% mi capacidad olfatoria.

A continuación, y sin duda para desagraviarme, me sirvió una ración muy abundante de algo que ya no recuerdo, seguida de dos o tres pitisus o petisus; no estoy seguro del nombre exacto.

De momento, con la excepción de la indignidad del baño, no iba mal la aventura. Peor serían las ofensas a que me ví obligado a someterme y que, en rápida sucesión, llovieron sobre mí.

Mentira parece que una viejecita como doña Regina, con su aspecto inofensivo y manso, posea una imaginación tan fértil en ideas, junto con tan implacable energía para llevarlas a la práctica.

Aquella noche dormí como nunca lo había hecho, esta es la verdad, en un gran cajón relleno de serrín y tapado por un trozo de alfombra vieja, muy cerca de la cocina que aún calentaba.

Antes de irse a la cama, doña Regina acarició suavemente mi cabeza, y como hablando para si misma, dijó:

“Mañana hay que arreglar esto”.

Hubiera deseado contestar que por mi no se molestara, pero no me pareció muy fino y, por tanto, no abrí la boca.

Al día siguiente, aún adormilado, oí a la dueña de la casa llamar a alguien por el nombre de Chuchín. Abrí los ojos con curiosidad y comprobé horrorizado que Chuchín era yo, SI, YO.

Mi primer amo, un hojalatero de las afueras, me había bautizado, siendo un cachorrillo, con el apelativo de Kaiser. No es por nada, pero llamándose Kaiser, uno puede darse aires de grandeza y adoptar un continente hosco y amenazador. En cambio, ¿a qué se puede aspirar si se atiende por Chuchín?

Instantánemente, decidí que nunca perdonaría aquella injuría y que jamás me daría por enterado cuando me llamaran por aquella forma insultante.

Sin embargo, y sin duda por aquello de que las desgracias acuden en rebaño, las indignidades no habían hecho más que empezar.

Después de darme el desayuno, doña Regina me colocó un collar provisto de la correspondiente correa y, pese a mi oposición, me llevó a casa del veterinario, un vejete sin pizca de gracia, domiciliado en la misma calle, a quien, por lo que pude oir, conocía de antiguo.

“¿Qué va a ser esta vez, doña Regina?”, preguntó el veterinario, con frase que, a mi entender, era más propia de un peluquero.

“La polivalente, don Mariano, por si acaso”.

Aquella fue la primera vez que escuché la palabreja, pero no la olvidaré mientras viva, pues tras ciertos preparativos y una vez sujeto como un paquete, me soltaron un banderillazo de tomo y lomo.

Ya en la calle, con la moral por los suelos, fuí conducido al “Coiffeur des chiens” a manos del cual iba a sufrir una nueva afrenta.

Monsieur Levalier, un hombrecito afectado, con andares de gorrión, haciendo gala de un acento francés más falso que un duro de plomo y llevándose un dedo al bigotillo recortado, me pareció tan inofensivo que, de momento, recobré un tanto el ánimo.

“¿Por donde cortamos, Madame?”, dijo el coiffeur a doña Regina, mientras aparecía en su rostro una meliflua sonrisa.

Al oir semejante barbaridad, temí desmayarme, pues pensé se trataba de descuartizarme para embutidos. Intenté escapar, pero doña Regina estaba al quite y no se dejó sorprender.

Muy intranquilo asistí involuntariamente a un conciliábulo del que no entendí nada y, muy pronto, de las palabras pasaron a los hechos.

Fuí sometido a la tijera, el champú de huevo, la loción, el peine y el secador.

Finalmente, cuando ya en el portal, de un humor de todos los diablos, me vi ante otro perro, me arrojé contra él con todas mis fuerzas.

No soy un camorrista, pero mi sangre hervía y necesitaba vengarme hundiendo mis dientes en cualquier cosa.

Sin embargo, no llegué a tocarlo, pues estaba detrás de un cristal. Comencé a ladrar desafiante hasta que la realidad, la vergonzosa realidad se hizo paso hasta mi cerebro.

Aquella caricatura, aquel escuerzo, aquel ser estrafalario, a trozos oveja, y a trozos ratón, era lo que quedaba del Kaiser. Era yo. Con profundo desaliento recordé la frase pronunciada no hacía mucho tiempo por doña Regina: “MAÑANA ARREGLAREMOS ESTO”, y pensé luego que si los humanos llamaban a lo que hicieron conmigo “arreglar”, ¿qué resultados obtendrían cuando lo que se proponen es “estropear”?

Doña Regina trató de calmarme prodigando sus caricias y, al escuchar de sus labios mi nuevo nombre, Chuchín, comprendí que venía como anillo al dedo. Si, yo era un auténtico CHUCHÍN.

Cuando doña Regina, la viejecita incansable y terrible tiró de la correa, la seguí dócilmente. Mi espíritu de lucha se había esfumado. En aquellos momentos comprendía la razón del hara-kiri.

La última estación de aquella vía dolorosa tuvo lugar en un establecimiento especializado en artículos para perros.

Comenzaron probándome una especie de zamarra o abriguito que abrochaba bajo la barriga. A continuación, lacitos de seda con cascabeles. Por fin, eligió dos zamarritas, tipo escocés, una para los domingos y festivos, y otra, más de trote, para diario. También se llevó, además de los lacitos, unas latas de comida canina (que sabe a rayos), de oferta.

Cuando llegamos a casa, creo que hubiera accedido sin el menor gesto de rebeldía, a tomar el “five o´clock tea”,  o a limpiarme los dientes con cepillo y dentífrico.

Me encontraba totalmente demoralizado y a merced de cuantas peregrinas ideas acudieran a la mente de mi dueña.

No estaba, sin embargo, preparado para asistir a la espantosa tremolina que se organizó cuando fue descubierto que Pepito, el hijo menor de Ramona, la asistenta, se había comido uno de los infernales petisus o pitisus que habían sido reservados para mi postre.

El escándalo fue mayúsculo y entre los denuestos de doña Regina, los lloros de Pepito y los morros de Ramona, la confusión mental en que me vi llegó a ser de órdago.

Este mundo humano en que ahora vivo, está lleno de contradicciones y no alcanzo a comprender de qué manera compagina mi dueña la asistencia al Ropero de San Vicente y a la Novena de Santa Rita, con su actuación de ángel vengador o furia del Averno ante la infantil sustracción de un miserable pastel.

Desde aquellos primeros días en que fuí adoptado por esta incomprensible señora, han pasado dos años. Durante ese tiempo he adquirido una virtud cuya existencia desconocía: la resignación.

No soy feliz, ni desgraciado; ahora soy un animal (no me atrevo a decir perro), doméstico, burgués y conformista. He engordado y tengo las digestiones pesadas. Ni la farola de imitación que doña Regina hizo instalar en el WC de servicio, me hace tilín.

Dormito la mayor parte del tiempo y, sólo de tarde en tarde, recuerdo mi época de vagabundo ágil y despreocupado, los días pasados en absoluta libertad bajo la lluvia, el sol y las estrellas

He cambiado tanto que, incluso cuando doña Regina me dice “Ven Chuchín”, acudo meneando el rabo.

Lo hago, sí, pero interiormente sólo siento indiferencia y una gran añoranza por algo perdido que jamás podré recuperar.

Pedro Martínez Rayón. Anacronismo para Usted, Oviedo, 1974

Más allá de los barrotes

A mis ojos aquellas gentes, enfundadas en telas de distintos colores, resultaban francamente ridículas. Especialmente, ciertos miembros del grupo que caminaban sobre canutos puntiagudos colocados bajo los pies, y otros que llevaban encasquetada en la cabeza una especie de medio coco con alero, me producían una risa incontenible.

¿Cómo podrían encontrarse cómodos llevando semejante indumentaria?

En una ocasión había podido ver cómo desenvolvían uno de sus cachorros para limpiarlo y experimenté una aguda sensación de disgusto. ¡Aquello era un asqueroso gusano blancuzco sin un solo pelo!

Debía tratarse de una especie de simio en extinción.

Pensar que a juzgar por su aspecto general -dos piernas, dos brazos, dos ojos sobre la nariz y una boca bajo este último apéndice- podríamos pertenecer a la misma familia, me llenaba de espanto.

¿Serían, por casualidad, descendientes de aquel lejano tatarabuelo que, entre los míos, tenía fama de degenerado? Pudiera ser porque, aunque muy parecida físicamente, aquella raza no tenía media bofetada.

Además, seguía reflexionando nuestro gorila… -Vaya, ahora que lo pienso, no les he presentado. Bueno, perdonen y háganse la cuenta de que el trámite ha sido realizado-…además, si físicamente son una birria, de la sesera no deben andar muy allá. Los síntomas son concluyentes y es suficiente que me fije en algunos para admitir el hecho de su irremediable endeblez mental.

Por ejemplo, cuando llueve, colocan sobre la cabeza, sosteniéndola con un palito, una variedad de seta que me resulta totalmente desconocida. Parece que disfrutan impidiendo que el agua caída del cielo les refresque.

Llueva o abrase el sol, son legión los machos y hembras que se colocan entre los labios un pequeño  cilindro encendido del que chupan ansiosamente para extraer el humo que luego devuelven al aire por boca y fosas nasales, en espesas bocanadas.

Otros pasean sin detenerse un instante y discuten con grandes voces, acaloradamente, sobre algo trascendental cuyo significado se me escapa, pero creo que se llama política.

Cierto número de ejemplares de esta extraña tribu, debe padecer insomnio pues, apenas amanecido el día, acuden en tropel y comienzan a correr de acá para allá adoptando posturas atléticas que no les van. No comprendo esta manía, cada vez más extendida, pues si no van a ningún sitio, ¿por qué se mueven? y si no tienen prisa, ¿por qué corren? Para hacer el hecho más misterioso e incomprensible, les oí decir algo así como: “No puedo con mi alma, voy a quitarme el mono”.

¿Sería alguna alusión a nuestra común familia? Yo, por si no había mala intención, fingí que no me había enterado de nada.

He invertido mucho tiempo, inútilmente, debo confesarlo, en la tarea de desentrañar el secreto que se oculta tras la evidente contradicción de unos letrerito colocados profusamente en las orillas de los jardines en los que puede leerse: prohibido dar de comer a los animales. Sin embargo, ellos comen a dos carrillos. Una comida poco apetecible y de raro aspecto, pero comida al fin y al cabo. ¿Es que estos monos enclenques y esmirriados no son animales?

Es una lástima y me duele reconocerlo, pero he de aceptar que, aún siendo de la misma familia, no consigo penetrar en su chocante personalidad (¿o debo decir animalidad?).

Su peregrina idiosincrasia les lleva a cometer las acciones más reprobables y mostruosas. Hace poco tiempo, me encontraba contemplando, íntimamente complacido, cómo una hembra despiojaba amorosamente, con infinita pacienciia, a uno de sus cachorros cuando, de pronto, se armó un barullo monumental. Hembras y machos, pocas veces de acuerdo, se concertaron entonces para gritar a coro: “puerca, sucia gitana; vete a hacer porquerías a otro sitio”.

Me quedé a sombrado. Lo de gitana, no lo entendí pero, por la forma de decirlo, debe tratarse de un insulto especialmente reservado para casos extremos. En cuanto a considerar puerco y sucio a un simio que despioja a otro, es una auténtica estupidez. En realidad supone una operación de limpieza, un acto dotado de elevada significación social y, además, una muestra de cortesía propia de seres civilizados.

Decididamente, no comprendo a mis primos. Son gente muy rara. Pero, a pesar de ello, por inconcebible que me resulte su forma de vivir, ellos no tienen ninguna culpa de ser diferentes. Creo que todo ser vivo tiene el inalienable derecho a vivir su propia vida como le plazca o pueda.

Y, por pensar así, siento una pena inmensa ante la tragedia de estos lamentables individuos de mi familia.

¡Qué horrible delito habrán cometido para haber sido condenados a pasar su existencia tras los barrotes de una enorme jaula!

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

¿Dónde están los brazos de la Venus?

La acusada indefensión en que se encuentra la Venus de Milo, siempre me ha causado una enorme desazón. Siendo niño, la primera vez que tuve ante mis ojos asombrados e inocentes un grabado que la representaba, me pregunté cómo era posible se tolerase semejante falta de caridad. Mi desconcierto aumentó al escuchar la respuesta del abuelo a quien pregunté por qué no le colocaban brazos ortopédicos.

“No seas majadero, niño”, se limitó a decirme, antes de irse con un portazo que pudo oirse en la calle.

Pasaron los años, pero no mi curiosidad acerca de la doblemente manca deidad marmórea. Y, aunque nadie volvió a tacharme de necio, sin duda por no haber repetido nunca la desdichada pregunta, el interés que la obra de arte y las circunstancias que la rodean despiertan en mí no ha decrecido. Por el contrario, ha aumentado de tal manera que he decidido hacer cuanto pueda para saciar mi sed de conocimiento sobre el tema.

Comencé a leer cuanto, relacionado con la Venus, caía en mis manos. Sin embargo, la notable parquedad de la información contenida en diccionarios y enciclopedias no hizo otra cosa que exacerbar la fisgona pasión que me aquejaba.

En mi mente se amontonaban de manera insistente y machacona -superponiéndose velozmente, como cabalgando en incesante carrusel- una serie de interrogantes para los que no encontraba respuesta.

¿Cómo se llamaba su artífice? ¿Existió un modelo de carne y hueso o fue producto de la imaginación incorpórea? La falta de brazos, ¿se debía a olvido involuntario? ¿El escultor quedó de pronto sin marmol suficiente para terminar su obra? ¿Por qué tan desigual tratamiento del brazo derecho y el izquierdo? (Al primero le falta del codo para abajo; en el otro comienza la carencia en el mismo hombro). ¿Será ésta una oscura alusión política? ¿Al autor no se le daba bien el esculpido de manos y pretendió ocultarlo?

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A estas y más preguntas que no formulo, contestan otros -no yo- con descabelladas hipótesis de las que, naturalmente, no me responsabilizo.

No falta quien asegura que la Venus estuvo completa pero, aburrida, comenzó a comerse las uñas y no supo detenerse a tiempo. Ridículo, ¿verdad?

Tan absurda como ésta resulta la versión que afirma que el genial escultor, contemplando su hermosísima labor, llegó a sentir por ella tan morbosa pasión que osó hacerle claras proposiciones deshonestas. La fría escultura, al escuchar aquellas impúdicas palabras, se calló pero cuando el del cincel se le aproximó, creyendo, equivocado, que quien calla otorga -práctica evidentemente desconocida entre los seres inanimados- le propinó dos tremendas bofetadas (una con cada mano), que lo derribaron al suelo privado de conocimiento. Cuando el enamorado recobró el sentido, en un rapto de furor, tomó un martillo y, frenético, dejó a su amada como la conocemos en la actualidad.

A mí, éstas explicaciones me parecían absolutamente ajenas a la realidad y, desesperado ya de encontrar una que -de veras- pudiera stisfacerme, resolví hacer lo único que me sacaría de dudas para siempre.

Tomé el primer avión con destino a París y, llegado a la capital de Francia, me encaminé al Louvre. Afortunadamente, a la hora en que me vi ante las puertas del Museo, éste estaba cerrado. ¡Menudo papelito hubiera hecho si, por no haber planificado cuidadosamente la operación, comienzo a dirigirle preguntas a la Venus con el público como testigo! Probablemente, se me hubiera encerrado como a un pobre loco, pues la incomprensión humana no conoce límites.

Así que encaminé nuevamente mis pasos al modesto hotel en que me alojaba, aplazando la entrevista hasta el día siguiente.

Pasé una noche bastante agitada, sobre un incómodo lecho que no parecía acogerme con más simpatía que la dispensada por sus compatriotas bípedos a cuanto despide el más leve tufillo hispano.

Y eso que, razonaba yo, la cama -por el simple hecho de tener cuatro patas- debería ser doblemente sensible y tolerante.

El caso fue que, al amanecer ya había encontrado el procedimiento, sencillo y factible, para lograr un tête a tête con la Venus sin la molesta presencia de espectadores. Entraría en el Museo a última hora, poco antes de que se fuera a producir su cierre, para ocultarme, seguidamente, en uno de los cuartitos en cuyas puertas se indica, “toilettes-hommes”, en el que permanecería hasta la noche. Con un poco de suerte y si ninguno de los vigilantes parecía de incontinencia, podría hacer realidad mi sueño de hablar con la diosa de alabastro.

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Llegado el momento, cruce el umbral de la gran puerta que facilita el acceso a la pinacoteca. Ascendí la escalera echando una indiferente ojeada a la Victoria de Samocracia -aquella que, en otras ocasiones, me había producido una grata sensación estética- colocada entre las dos alas de la amplia escalinata, y, apresurando el paso, sin correr para no llamar la atención, llegué a mi destino.

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En cuanto comprobé que no estaba siendo observado, me introduje silenciosamente en uno de los servicios y esperé.

No tuve que aguardar mucho tiempo. Pronto puede escuchar la voz de uno de los vigilantes que con tono profundamente nasal, incluso para un galo, pregonaba: “Allons, mesieurs. On va fermer. Allons.” Debía padecer un catarro imponente.

Los amantes del arte, obedientes, comenzaron a retirarse. Se oyó el rumor causado por unos pocos rezagados. Después, nada. Sólo el silencio interrumpido por el fragor de las puertas que se cerraban. Finalmente, la sosegada calma que me anunciaba mi absoluta soledad. Aún dejé pasar un buen rato hasta que me atreví a salir de mi escondite. Temía darme de bruces con alguna mujer del servicio de limpieza que, al verme, pondría el grito en el cielo. Tras ciertas vacilaciones en el curso de las cuales me repetía: “Vamos, no seas cobarde; ¿has venido desde España para no atreverte a hacer lo que siempre has deseado?, salí de mi escondrijo y me encaminé con paso cauteloso a la sala en que se encontraba el objeto de mi obsesión.

La enorme habitación se hallaba a oscuras pero la plateada luz de la luna que se colaba a través de las amplias cristaleras permitía ver perfectamente el elevado estrado sobre el cual, sola, la Venus parecía dispuesta a conceder audiencia a quienes, como yo, acudían sumisos a su muda llamada.

Me acerqué tembloroso. La emoción nublaba mi cerebro y atenazaba mi garganta. Con enorme esfuerzo, conseguí musitar unas palabras que pretendí resultaran respetuosas e inteligentes. Lo único que logré articular fue: “Goog night”. La estatua no dió muestras de haber oído.

Entonces, temiendo que no pudieramos comunicarnos por falta de un idioma común, fuí diciendo en rápida sucesión: “buenas noches”, “buona notte”, “guten aben”, “spokoinoi nochi”, “boas noites”. Tampoco así obtuve respuesta alguna. Recurrí después al esperanto, hablando lentamente y pronunciando con toda claridad. “Bonan vesperon”, le dije, sin que saliera de su mutismo.

Frenéticamente, rebusqué en la mente y creí encontrar la solución al recordar que el saludo incomprendido en los idiomas utilizados hasta el momento era, en su propia lengua, “Kalós nicta”. No bien lo hube dicho, se me vino encima un alud, en griego, del que no entendí ni una sola palabra.

Cuánto lamenté  entonces el tiempo perdido durante el Bachillerato. En aquella lejana época, el griego figuraba en el plan de estudios, pero las cosas funcionaban de tal modo que poco más que el conocimiento era necesario para aprobar la asignatura.

¿Qué podía hacer? Súbitamente, sin duda por hallarme en eso que, en España llamamos “más allá del Bidasoa”, comencé a hablar  en fránces y, ante mi asombro, la Venus me respondió en el mismo idioma.

“No te extrañe que conozco este bárbaro lenguaje -me dijo. Llevo mucho tiempo aquí y, como puedes suponer, es el que con mayor frecuencia escucho. Lo que más difícil me resulta es pronunciar la u. Ya sabes -añadió- que para hacerlo es preciso colocar los labios en forma de canuto y el material del que estoy hecha no es de los más dúctiles.”

“Pero bueno -prosiguió la diosa-, ¿Quién eres, de dónde vienes, y que deseas de mí?”

Cuando escuchó mi nombre y que procedía de España, preguntó, “¿Y por donde cae eso?”

Con ciertas dificultades, logre hacerle comprender el emplazamiento geográfico de mi patria. Luego quiso saber qué sistema político teníamos establecido. Le dije que España, en la actualidad -pues anteriormente no había sido lo mismo- contábamos con un régimen de monarquía parlamentaria, cámaras de diputados y senadores, que dictaban leyes poniéndolas antes a estudio y votación.

“Eso -me interrumpió nerviosamente- es la democracia, inventada por mi pueblo hace ya muchos siglos. ¿Y funciona bien?”, quiso saber.

“Bastante bien”, concedí. “En realidad, aún no se ha encontrado nada menos malo. Pero perdóname -corté, un poco groseramente. He viajado desde muy lejos buscando respuesta a las preguntas que vengo planteándome ya durante demasiado tiempo.”

“Tienes razón, dispensa y dime cuanto quieras -accedió graciosamente.”

Entonces, le conté apresuradamente todo lo que, años y años, había excitado mi curiosidad y privado mi reposo.

Ella no truncó mi relato ni una sola vez. Escuchaba atentamente, ahora iluminada lateralmente por la luz de la luna que había ido desplazándose lentamente. La escena tenía algo de irreal y fantasmal pero yo, dejando aparte un leve temor a ser sorprendido antes de dar fin a mi interrogatorio, me sentía radiante.

Cuando hube terminado, fue ella la que comenzó a hablarme con una voz tan dulce y afectuosa que me creí hechizado. Me contó que había perdido la cuenta de los años que se llevaba cautiva. Lo que habían hecho con ella no tenía otro nombre que secuestro. Nadie había contado con su opinión para sacarla, dentro de una incómoda caja de madera, de su tierra y traerla a ésta, tan lejana y distinta.

“Aún antes de ser descubierta en 1820 -continuó hablando- cuando me hallaba enterrada bajo más de tres metros de arena, en Milo, nunca había pasado frío. Claro que en Grecia se disfruta de un delicioso clima soleado. Por el contrario, aquí hace un frío insoportable. Cada vez que deja de funcionar el aire acondicionado, me constipo. Y ni siquiera me queda el consuelo de estornudar, porque, ¿cuando se ha visto hacer semejante cosa a una estatua?”

En un arranque de galantería, me despojé de la chaqueta y se la coloqué sobre los hombros. La Venus agradeció el gesto con afectuosas palabras, añadiendo “¡qué diferente eres al malnacido mozo de cuerda que me sacó del embalaje! Aquel hombrón, gordo y grasiento, con un bigote igual que un cepillo, rascándose el cogote con dedos como morcillas se atrevió a decirme: “Pues, ¡está buena la tía!”

“En cuanto a la razón de mi incompleta anatomía, nada tiene que ver con la serie de sandeces que se rumorean entre los muchos cabezas huecas y desocupados que pueblan el planeta. La única y triste verdad es que, en el momento de retirarme del lugar en que me encontraba oculta, tan fuerte y desmañadamente tiraron de mí, que me dejaron así.”

“Pero, no te aflijas -agregó rápidamente al ver mi gesto de espanto-, no me hicieron daño; ni siquiera sangré un poquito. El manazas que cometió el desaguisado, enterró profundamente mis miembros e hizo correr la voz de que me faltaban las extremidades superiores. Te aseguro, no obstante, que mis manos eran un dechado de perfeccción y por una sóla de mis caricias, cualquier mortal habría perdido su alma.”

“No puedo decirte el nombre de mi creador, pues nunca lo supe. Carecía de fama y era un chambón totalmente desconocido que no daba una a derechas. Obtuvo un pleno conmigo, pero ni antes ni después de mí hizo algo que valiera la pena.”

“Sin embargo -siguio, después de reflexionar unos instantes-, nada de cuanto te he revelad me produce tanta tristeza como el hecho de sentirme rebajada, año tras año, por las mujeres que vienen al Museo adornadas con sus mejores galas. Estamos en Francia, y Dior, Balmain, Saint Laurent, Cardin y otros compiten cada estación para que las parisinas parezcan siempre más jóvenes y elegantes. En cambio, yo siempre con el mismo trapo pétreo a punto de deslizarse caderas abajo. ¡Pensar que he de escuchar impávida cómo se quejan de no tener nada que ponerse!”

“En la esencia de lo femenino se encuentra profundamente implantado el deseo de la variación. Ser hoy rubia y mañana morena; llevar ahora el pelo muy corto y otro día larga la melena, debe ser un placer inigualable que me ha sido denegado. Mira mi peinado. He nacido con él y seguiré luciéndolo hasta el fin de mis días, sirviendo de chacota a quienes, sin el menor empacho, comentan en voz alta, y entre risas irónicas qu eme encuentro un poco pasada de moda.”

“Debiera consolarme con el pensamiento de que los gustos cambian. Es cierto que los cánones de la hermosura son tornadizos y, si hoy no estoy a la última, quizás dentro de trescientos años pueda considerárseme una vanguardistas, pero eso no me hace feliz.”

Al escuchar aquellas amargas quejas, todo mi ser se rebeló contra lo injusto de la situación soportada con admirable dignidad y sin protestas, hasta ahora, por la que siempre había sido mi ídolo y, deseando decir algo que aliviase, aunque sólo fuese mínimamente, su dolor, me atreví a decir:

“Después de lo que me has confiado, comprendo tu angustia. Para mí, toda mujer tiene mucho de diosa, cada estatua tiene algo de mujer, y las diosas tienen tanto de mujeres como de estatuas.”

“Te ha salido una frase muy bonita, aunque algo enrevesada pero, -me interrumpió- con ella has demostrado tu candidez. La diosa, la mujer y la estatua son proposiciones conceptuales intratables y, por ello, incomprensibles. Esto, consideradas separadamente. Pero, si las examinas como un terceto indivisible, de la forma en que debe hacerse en mi caso, entonces, te das de bruces con algo inaccesible al entendimiento humano.”

“De todos modos, -prosiguió- no creas que dejo de agradecer el esfuero que haces. Aprecio en cuanto valen tus sentimientos, pero me asalta el temor de que te atraigan la desgracia.”

Hacía rato que yo había advertido un cambio en el cielo visible más allá de la vidriera. El día había comenzado a despuntar y debía irme antes de que alguien me sorprendiese. La Venus, con una perspicacia digna de cuanto era, comprendió lo que sucedía y me dijo: “Ha llegado la hora. Vete. Pero antes de irte, bésame.”

Asombrado, obedecí. Me acerqué y, tímidamente, la besé en la mejilla.

“Te he dicho que me beses. Hazlo como si fuese sólo una mujer.”

Entonces, como empujado por una fuerza desconocida, hice realidad lo que tantas noches había soñado. La besé en los labios, larga y apasionadamemente.

Al principio sentí un frío espantoso. Luego, poco a poco, aquella sensación gélida fue tornándose en otra más cálida hasta convertirse en ardiente caricia. Durante breves instantes, noté unos inexistentes brazos rodeando mi cuello y unos larguísimos dedos acariciándome los cabellos.

Como en trance, me encaminé a la puerta y, cuando estaba a punto de salir por ella, escuché la voz de la Venus que me decía: “¡La chaqueta, llévate la chaqueta!”

Con la prenda en mi poder, salí apresuradamente de la sala y volví a ocultarme en el servicio.

Transcurrió el tiempo y, cuando ya me consideraba seguro de no ser descubierto, alguien entró, y algo sospechoso debío advertir pues, de muy malos modos, dijo, “¿Quién anda ahí? Salga inmediatamente.”

Como no podía hacer otra cosa, acaté la orden y me presenté ante el airado vigilante que, visiblemente desconcertado, preguntó: “¿Por dónde ha entrado usted? Todavía no hemos abierto las puertas.”

Satisfecho porque había conseguido realizar mi propósito y seguro de que nada malo podría sucederme, dije la verdad, o por lo menos, parte de ella: “He entrado por la puerta, pero lo he hecho ayer por la tarde. Pasé toda la noche en el Museo. Me he dormido en el servicio.”

Mirándome fijamente, me ordenó que le acompañase al despacho de su jefe. Le seguí en silencio. Allí me pidieron la documentación y, tras tomar nota de los datos que figuraban en el pasaporte, solicitaron mi conformidad para registrarme. Como no tenía nada que ocultar, les dije que sí. Lo hicieron concienzudamente y, después de una breve conversación en voz baja, me acompañaron a la puerta, que abrieron para mí, y me despidieron cortesmente.

Respirando a pleno pulmón el embriagador perfume delas avenidas parisinas, caminé al azar en aquella mañana de primavera. Cuando llegué a los Campos Elíseos, eran cerca de las doce. Las terrazas de bares y cafeterías eran un muestrario multicolor de razas y gentes distintas. Me senté en el exterior de un bistrot y, mientras tomaba lentamente el café y croisants que me sirvió un simpático camarero español, acudió a mi mente el recuerdo de una de las confidencias que hacía pocas horas había desgranado para mí la desgraciada Venus.

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Un turista, puede que uno de aquellos sentados cerca de mí, había entrado en su sala. Iba calzado con unas polvorientas sandalias, llevaba pantalón corto y una horrible camisa floreada. En su cabeza cabalgaba una absurda visera de base-balle. Masticaba chicle rítmicamente, sin darse instantes de reposo y repetía continuamente “O.K., O.K.”. Cuando se detuvo ante ella, con fuerte acento americano, dijo al guía que le acompañaba: “Qué desencanto; si no es negra, ¿por qué la llaman la Venus del Nilo?”

¡Pobre diosa griega!; ¡a cuántas vejaciones se ha visto sometida!

Cuando me sentí cansado del incesante ajetreo y empecé a advertir que el olor a gasolina y aceite quemado iba ganando la partida a los efluvios primaverales, tomé un taxi, hice que me aguardara en la puerta del hotel mientras recogía la maleta y abonaba la cuenta, y me trasladé al aeropuerto.

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Dos horas más tarde, el avión que me devolvía a España sobrevolaba París. Contorsionándome un poco, podía ver la Plaza de la Concordia, Trocadero, el Sena, algunos puentes que cruzan el femenino río, el herrumbroso andamio del que tan orgullosos se sienten los frnceses, y muchos otros lugares que figuran en cualquier guía que se precie de serlo.

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Lo que no pude ver, aunque me disloqué el cuello en el intento, fue el Louvre. Ojalá fuese una advertencia de que la Venus había desaparecido de mi vida para siempre y nunca volvería a formar parte de mis sueños. Fueron demasiados años de obsesionantes inquietudes y ahora tenía derecho a descansar. Ya sabía cuanto podía saberse de tan penoso asunto y, desafortunadamente, nada podía hacer por mi desventurada diosa-mujer-estatua.

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París se desvaneció en la distancia y unas horas más tarde agotado por las emociones y por el viaje, reposaba en mi propia cama, en la que tantas veces me había visto acosado por el enigma de …

Pero, no; no podía consentirme volver a encaminar mi pensamiento por aquellos derroteros. Hice un esfuerzo y satisfecho al comprobar que mi voluntad respondía, me dormí profundamente.

Cuando desperté, sentía unas agujetas tremendas. De momento, no comprendí, pero, de pronto recordé. Había pasado la noche soñando que me encontraba en Milo. Estaba cavando un profundo hoyo. Manejaba la pala como si me fuera en ello la vida. Sudaba a chorros y tenía una sed espantosa, pero no quería detenerme. Tenía que recuperar los brazos de la Venus.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura,1987.

Recorte de prensa de 1987: 2º Premio en el VII Concurso de Cuentos de Carreño a Pedro Martínez Rayón por "Dónde están los brazos de Venus"

Recorte de prensa de 1987: 2º Premio en el VII Concurso de Cuentos de Carreño a Pedro Martínez Rayón por “Dónde están los brazos de Venus”

De ojos y ajos

Nuestro refranero pasa por ser un compendio de sabiduría al que puede recurrirse para encontrar explicación a todo lo bueno y lo malo que sucede en esta vida.

Sin embargo, en algunos casos, o el refranero ha perdido vigencia, o bien los términos con que se expresa ya no son los adecuados, por lo cual más que servirnos como una especie de Guía Michelín de los acontecimientos, nos confunde y desconcierta.

Aquél que asegura que “se ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”, constituye, además de una confesión de ignorancia de la resistencia humana, un absoluto desprecio a cuanto preconiza la oftalmología.

Admitir que alguien pueda andar por la calle con una viga clavada en un ojo es absurdo. Ignoro cuanto mide exactamente una viga, pero estimo que, por lo menos, cuatro metros. Caso contrario, sería un alevín de viga, es decir, una vigueta.

En cualquier caso, suponer que una persona en tan incómoda situación posea la suficiente dosis de curiosidad, y presencia de ánimo, para tratar de comprobar si cualquiera de sus prójimos tiene o no una paja en el globo ocular, resulta descabellado.

¿Recuerda cuando, viajando en aquellos inefables trenes de vapor, se le introducía debajo del párpado un diminuto cisto? ¿Se encontraba usted en condiciones de contemplar el paisaje?

Pues ahora realice, a ojo naturalmente, el cálculo de la diferencia de tamaño entre ambos inoportunos invasores de los órganos de la visión y confiese con sinceridad si el refrán aludido contiene algo que merezca el nombre de sabiduría.

Otro, que asegura con toda seriedad  que “quien se pica, ajos come”, es un flagrante anacronismo, es desconocimiento total de la realidad social contemporánea, y una vil difamación.

Únicamente los retrasados mentales ignoran que quien se pica, se droga. No come ajos.

Por otra parte, si el aforismo matemático de que el orden de los factores no altera el producto es cierto, “quien come ajos, se pica”.

Esta afirmación, que no se tiene en pie, es calumniosa para cuantos sentimos una predilección especial por la sopa de ajo, el besugo al ajo arriero y las gambas al ajillo, y no nos hemos drogado nunca.

Otro  que constituye un monumento a la estupidez humana es el de “el ojo del amo engorda el caballo”.

Conozco  algunos ganaderos que estarían dispuestos a pagar un buen precio  a cambio de que sus caballos gocen de excelente salud, pero imagino que ninguno de ellos sacrificaría uno de sus ojos para conseguirlo.

Además, ¿quién asegura que el globo ocular es el alimento ideal para los equinos?

El refrán que trata de convencernos de que no nos dediquemos a la cría del cuervo pues nos sacarán los ojos, es el embuste más grande que he oído en mi vida.

No crean que escribo a humo de pajas. Para contar con argumentos irrefutables he escrito a la Asociación Internacional de Criadores de Cuervos, con domicilio social en Bruselas. Mi carta, para evitar errores de interpretación, iba en francés.

Sin duda por los mismos motivos, el Secretario General de la Asociación me respondió en español. Un español un tanto afrancesado pero lo suficientemente comprensible como para disipar cualquier duda.

Para tranquilidad de aquellos que, por temor a verse privados de los ojos, se resistan a la insistente llamada de su vocación a la crianza del cuervo, reproduzco seguidamente el texto íntegro de la contestación recibida de tan importante organización.

“Señor:

Su letra de vos, nos ha causado grande maravilla.

No jamás llegó a nuestras orejas la más petite nueva de desojamiento a pico de cuervo, volaille muy pacifique.

De todos nuestros miembros asociados (12.625) continúan a tener todos sus ojos. Excepción hacemos del sólo uno socio el quien perdió ojo a través tête a tête con Gestapo. Era él en aquella oportunidad Tresorier de la Resistence.

Estando ciertos de ya estar fallecidas sus dudas, enviamos para usted el testimonio de nuestra consideración más distinguida.

Sigue la firma del Secretario”

Después de esas muestras, y existen muchas más que no cito por falta de espacio, ¿será usted tan cándido como para conservar su irracional fe en el refranero?

Cualquier momento es válido para emprender el buen camino. Recuerde que “más vale tarde que nunca”.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Foz, 1986

Va por ustedes

Desde hace años vengo sintiendo dudas acerca de la verdad que encierra la afirmación, repetida por algunos críticos y comentarístas taurinos, de que “el toro de lidia desea ser lidiado y se siente satisfecho de morir en el ruedo”.

Esto me parece una falacia, pero, deseando conocer la verdad, decidí formular la pregunta clave al único que puede responder con conocimiento de causa.

Esta decisión, fácil de tomar y difícil de llevar a la práctica, me planteaba un serio problema que había que resolver, nunca mejor dicho, cogiendo el toro por los cuernos.

La primera dificultad surgía en el terreno (otro término taurino) de la comunicación. ¿En qué idioma hablar con un toro?n

Recordé, entonces, una Perla del Bachillerato (sí, hombre. Esas deliciosas respuestas recopiladas por un catedrático de Valladolid), que decía, “en Holanda, de cada cinco ciudadanos, dos son vacas”.

Por asociación de ideas, visualicé “las vacas suizas”, y vino a mi memoria, luego, que los suizos, democráticos desde hace muchos años, pueden derogar o promulgar una ley sólo con la aprobación / conformidad de cierto número de ciudadanos y, por esa razón, si allí no se libran de los comicios ni las vacan, deben disponer de una lengua común.

Heracles y el toro de Creta, escultura de Félix Magdalena

Heracles y el toro de Creta, escultura de Félix Magdalena

Tras ésto, pensé que en Suiza, un idioma más o menos no importa pues se hablan, que yo sepa, alemán, francés, italiano y romanche o rético. En este hermoso país nació Berlitz, fundador de una de las primeras academias de idiomas del mundo y, por tanto cabía la posibilidad de que pudieran orientarme.

Decidido, escribí a Ginebra comunicando mi problema y suplicando su ayuda.

Unas fechas más tarde recibí su respuesta, en la que decían que contaban con un curso con el cual, por el módico precio de 10.750 pesetas, vería satisfechos mis deseos. Añadían que el curso se titulaba “¿Quiere usted aprender vacuence en 10 días?”

Creí que habían sufrido un error y que su proposición se refería al vascuence. Les dije, por tanto, que el vascuence era la lengua de los vascos y que lo que verdaderamente precisaba era hablar con las vacas, no con las vascas.

A vuelta de correo recibí un folleto editado a seis tintas en el cual, entre otros 46 idiomas, figuraba el VACUENCE.

En vista de ello, remití su precio y, puntualmente recibí el curso completo que incluía dos discos de 33 revoluciones.

Naturalmente, en díez días no pude aprender el idioma pero al cabo de dos meses me encontraba en condiciones de mantener, mejor o peor, una conversación normal sobre cualquier tema corriente.

Debo decir, en honor de la verdad, que varios vecinos me denunciaron a la Policía Municipal sosteniendo que mi domicilio se había convertido en un establo, pues juraban que era imposible que una garganta humana emitiese tan variada gama de mugidos.

La denuncia no prosperó por falta de pruebas, aunque los dos guardias que efectuaron un minucioso registro domiciliario, provistos del correspondiente mandamiento judicial, estuvieron a punto de llevarme al manicomio.

Me costó mucho tiempo y paciencia convencerles de que todo lo que estaba haciendo era ponerme en condiciones de conocer toda la verdad y sólo la verdad.

Por fin, llegó el momento de realizar mis planes y la víspera de San Mateo, época en que se celebran corridas en Oviedo, fui a visitar al empresario con el fin de pedir su autorización para entrevistar, por lo menos, a uno de los toros que se lidiarían al día siguiente. Concedida la autorización, obvio es decirlo, sin revelar el contenido de mis preguntas, me dirigí a la Plaza de Toros y, tras mostrar mi permiso a mayoral, me situé en un burladero de chiqueros y comencé a hablar con los toros.

Al principio, el desconcierto de las reses fue evidente pero comprensible pues ¿quién de vosotros no se sorprendería si, de pronto, una vaca nos preguntará en un español correcto “¿qué piensa usted de los partidos de fútbol?”

Después, convencidos de que allí no había ni trampa ni cartón, accedieron a hablar, digo a mugir.

Incluiré aquí sólo las respuestas de interés general pues reproducir íntegramente la conversación que sostuvimos convertería este breve artículo en un auténtico libro.

Y allá van las preguntas y respuestas tal como fueron formuladas y contestadas sin quitar ni poner mugido, pudiendo cada lector sacar las conclusiones que considere oportuno:

Yo: ¿Es verdad que habéis nacido en Andalucía?

Toro: ¡Qué va!, nacimos en Salamanca, y a mucha honra.

Yo: ¿Es cierto que tenéis más de cinco años?

T: De eso ni hablar. Ninguno de nosotros tiene más de 3 años y medio.

Yo: ¿Quien te bautizó con ese nombre de Bravucón, que parece un insulto?

T: El hijo de… del ganadero, que es un guasón. Yo, realmente me llamo Pepín.

Yo: ¿Sabéis para qué os han traído aquí?

T: Naturalmente, somos toros no burros.

Yo: ¿Habéis hecho un desplazamiento cómodo desde la dehesa?

T: El único desplazamiento que conocemos es el de los costillares que tenemos hecho fosfatina a causa de los bandazos del camión en que nos trajeron.

Yo: Ahora tú, Cortijero

T: Bueno, voy a contestar, pero, ante todo, quiero aclarar que me llamo Luciano.

Yo: ¡Ah!, perdona. Si sabéis para qué os encierran, ¿por qué no os rebeláis y os negáis a colaborar?

T:  ¿Por qué no lo hacéis vosotros cuando os llevan a la guerra?

Yo: Bueno, de una guerra se puede salir ileso, pero de aquí…

T: No podemos hacer nada. Recuerdo el caso de uno de nuestros hermanos que se fugó y después de armar la marimorena en un pueblo charro donde aplastó dos perros, corneó a una anciana del Asilo, destrozó los escaparates de un comercio de loza fina y tres puestos de fruta en el mercado, fue muerto a tiros por la Guardia Civil.

Yo: ¿Qué suerte es la que, no se cómo decirlo, la que menos os “molesta”?

T: El simple hecho de llamar suerte a cada uno de los lances por los que hemos de pasar es un auténtico escarnio. Que siga hablanco Pascasio, que tiene más facilidad que yo.

Yo: ¿Qué puedes decirme tú, Pascasio?

T: Pues mira, para empezar, lo de los sacos de arena es una auténtica animalada.

Yo: ¿Qué es eso de los sacos?

T: Pues muy sencillo. Cuando estamos descuidados, nos sueltan encima de los riñones un saco lleno de arena húmeda que debe pesar unos 100 kg, que ya nos deja para el arrastre.

Yo: ¡Qué barbaridad! ¿Y luego?

T: Después, cuando sales del toril, donde reina una suave penumbra, y pasas al ruedo con la blanca arena deslumbrante del sol, con la muchedumbre vestida de colores distintos y chillones que grita como un sólo energúmeno de varias cabezas, te sientes aturdido; tanto, que embistes violentamente contra las tablas (¡qué acertado su nombre de burladeros!), con lo cual no sólo te duelen los riñones sino que la cabeza y la base de los cuernos es un puro dolor.

Yo: Verdaderamente, tienes razón. El hombre es un ser muy cruel.

T: ¡Si sólo fuera eso! Fíjate que luego, un hombre sobre un caballo, vergüenza debería de darle a este último pues, realmente también es un animal, comienza a hundirte en el lomo un palo grueso y largo terminado en un agudo pincho. Aprieta y barrena con toda su fuerza, haciendo un daño increíble.

Yo: ¿Y qué me dices de las banderillas? Debe de ser algo muy molesto.

T: Veo que no tienes ni idea de cómo utilizar nuestro idioma porque decir molesta es casi tan disparatado como usar la palabra “acariciador”. Figúrate que sin que estuvieses enfermo te pusieran seis inyecciones por medio de una jeringuilla de medio metro con la aguja terminada en un arpón. ¿Encontrarías “molesta” la cura o tratarías de romperle la crisma al practicante?

Yo: Estoy completamente de acuerdo contigo. Se me están poniendo los pelos de punta.

T: Pues todo lo que te hemos contado no es nada. Después de ésto, al Presidente (mal rayo le parta), decide que estuvo bien de bromas y llegó la hora de la verdad o sea la última hora para nosotros. En algunas ocasiones, lo de la hora resulta literal y el primer espada te confunde con un acerico  cosiéndote a puñaladas con la idem.

Yo: Observo que os tomáis todo esto con una buena dosis de humor.

T: ¿Tú crees que si nos valiese de algo ponernos dramáticos, no lo haríamos? Algunos de nosotros hemos llegado hasta a hincarnos de rodillas pidiendo clemencia, pero los hombres son tan bestias que se hacen los tontos y dicen que estamos escasos de fuerzas o flojos de remos.

Yo: Todo lo que me habéis dicho es cierto, pero tampoco vosotros estáis totalmente libres de culpa. ¡No me negaréis que todos los años muere algún torero en los ruedos!

T: Claro que no lo negamos. Pero, creeme. Cuando un toro cornea al hombre que tienen enfrente lo hace a ciegas, medio borracho de tanto embestir a un trapo que no cesa de moverse, que tan pronto te lleva a un lado como a otro. Pero, de verdad, nunca deseamos devolver el mal que nos hacen.

Yo: Estoy tan avergonzado y me da tanta pena pensar en vuestro triste destino, que  prometo solemnemente no volver a pisar un tendido aunque me regalen la entrada. ¿Queréis añadir algo?

En ese momento, un toro cárdeno que estuvo todo el rato apartado, se acercó y, timidamente, me preguntó:

T: ¿Es cierto que la gente paga fuertes sumas de dinero por contemplar un espectáculo como éste?

Yo: Como supongo que deseas conocer la verdad, te la diré: Sí, es completamente cierto.

T: Pues yo te diré otra verdad:

Prefiero ser toro y morir como voy a hacerlo  a ser uno de los que van a disfrutar con mi muerte.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Oviedo, 1986

Los despistados

Estoy absolutamente de acuerdo con que despistar es hacer perder la pista, si bien, yo añadiría, además, que es algo que obliga a derrochar paciencia a testigos y víctimas de los despistes ajenos.

Un despistado es un ser aparentemente parachutado de otra galaxia. Si no fuese así y hubiese nacido, como nosotros, en el planeta tierra, su cadena de información genética debió sufrir la pérdida de uno o más eslabones.

Lo extraordinario en la conducta de los despistados es la coincidencia entre su permanente alojamiento en las nubes y una indiscutible buena voluntad que suele producir resultados inversamentes proporcionales al deseo de hacer las cosas bien, es decir, a mayor interés en lograr frutos irreprochables, consecución de desenlaces más grotescos.

Únicamente con el afán de ilustrar la hipótesis y, de ninguna manera, con ánimo de molestar al interesado, les hablaré de Licinio.

Licinio es el hijo único de Mariano, uno de mis mejores y más antiguos amigos. Hace algún tiempo recibió del autor de sus días el encargo de presentarse en la Delegación de Hacienda, Negociado de la Caja General de Depósitos, preguntar por D. José González y, pidiendo disculpas en nombre de Mariano, que se encontraba de viaje aquella mañana y, por esa razón, no podía hacer la invitación personalmente, convidarle a almorzar en el domicilio familiar. Deseaba aprovechar la onomástica de su esposa, la madre de Licinio, para demostrarle que los hechos de ser excepcionalmente guapa, natural de Busdongo, esposa y madre, no eran incompatibles con un dominio total del arte culinario.

Mariano, que conocía sobradamente a su hijo, pues ni una sola vez lo había confundido con otra persona, le dijo cuando le encomendó la misión: “Mira, Licinio; no trates de lucirte. Limitate a transmitir el encargo como acabo de dártelo. No añadas ni quites nada. Es bien sencillo”.

“Tranquilo, padre -respondió el mensajero-. Seré solo tu eco. ¿vale?”

Antes de continuar esta desapasionada e imparcial relación de hechos, debo decir -y al hacerlo, elimino mi único “pufo”- que es rigurosamente falso que valorando en diez los problemas que puede causar un despistado y sumando siete, del valor adjudicado a un segundo locuelo que, casualmente o por la fuerza de las circunstancias, actúe en combinación con el primero, el resultado sea diecisiete, ¡qué va!

El riesgo catastrófico en un caso como el señalado, en descarado pitorreo del preciso Pitágoras, se eleva a treinta y cuatro.

Dicho esto, continúo con la prospección de Licinio en busca del amigo de su padre.

Llegado a la D. H., encontró sin dificultades a D. José, repitió correctamente cuanto le había ordenado su progenitor y, satisfecho de la gestión, regresó a casa.

Al día siguiente, faltando diez minutos para la hora del almuerzo, D. José no había compadecido todavía. Mariano, temeroso de que se fuese a producir algún problema, interrogó a Licinio, preguntándole si, de verdad, había hecho las cosas como le recomendó, pues parecía raro que su amigo aún no hubiese dado señales de vida. “¿Le habrás facilitado la dirección exacta?”

Licinio, con gran seguridad en sí mismo, respondió: “Pues claro. Fíjate, para evitar errores, le entregué una de tus tarjetas que cogí de la mesa de despacho.”

Mariano, palideciendo, dijo: “Pues ya conozco la razón del retraso. Le has dado una tarjeta de la oficina. Las partículares se me han agotado hace tiempo.”

“Bueno -interpuso Licinio con aplomo- déjame las llaves del coche y voy a buscar a D. José en un vuelo.”

Mariano no puso buena cara ante aquella sugerencia, pero una mirada severa de su esposa le hizo sacar apresuradamente el llavero del bolsillo y, entregándoselo a Licinio, se limitó a decir: “Recuerda que ya tienes agotado el cupo de accidentes para este año”. Hecho esto, Mariano se retiró diciendo: “Cuando venga don José, avisadme; estoy en el despacho.”

Un cuarto de hora más tarde, sonó el timbre. Eran D. José y Licinio que, en tan breve lapso de tiempo sólo había podido saltarse dos semáforos en rojo, aplastar una bicicleta, afortunadamente sin ocupante, y abollar una aleta del coche al tropezar contra la columna de alumbrado inadecuadamente situada por el ayuntamiento.

D. José, que se había sentido sumamente ridículo con aquel enorme ramo de flores por la calle -ignoraba como llevarlo correctamente- iba por fin a deshacerse de él y, tan pronto como le abrieron la puerta, se lo entregó a la mujer que se apartaba para dejarle pasar. Sus palabras de salutación podrían haber sido en otra oportunidad un modelo de galantería, pues dijo sonriendo: “Señora, me resulta difícil aceptar que una persona tan joven como usted tenga ya un hijo tan mayor como Licinio.” Al propio tiempo, D. José  trataba de apoderarse de una de sus manos para besarla.

Pero, cosa extraña, aquella mano se unió a la que sostenía las flores y las dos juntas devolvierón el ramo a D. José, que, para colmo de vergüenza, hubo de escuchar: “Yo soy Rosa, la muchacha y, naturalmente, no tengo hijos; pues estaría bueno.”

Entretanto, hizo su entrada en el recibidor la verdadera madre de Licinio y, comprendiendo instantáneamente (no porque fuera adivina, sino por haber escuchado las palabras de Rosa), se acercó a D. José y, haciendo gala de un saber hacer digno del Ministerio de Asuntos Exteriores, le dijo:

“Así que tú eres José González. Vamos a tratarnos de tú, si no te importa. Mi marido ha hablado tanto de tí, que me parece conocerte de toda la vida. Te acepto las flores. Muchas gracias. Y nada de besamanos. Vamos, no seas tímido y deja que te dé un par de besos. Me alegra tanto que hayas conseguido el traslado desde La Coruña…”

Mariano había asistido, desde la puerta de su despacho, a la última parte del monólogo de su esposa y, ante el estupor de esta y la mirada aterrorizada de Licinio, balbuceó con voz entrecortada:

“Pero bueno, ¿a quien demonios estás besando?, desvergonzada. ¿Se puede saber quién es este tío?”

“Creo que yo puedo aclararlo -interrumpió D. José González. En la Delegación de Hacienda hay una persona que se llama como yo y él es quien ha venido trasladado de La Coruña.”

Si, el despiste es muy frecuente. Tanto que yo mismo he de acusarme de parecerlo pues, en realidad, lo que me proponía hacer era escribir de los descastados, y no de los despistados.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo 1986