La invasión

Cuando comenzaron a llegar, lo hicieron por millones. Y lo extraño  del caso es que su aparición se produjo simultáneamente en todas partes. Con absoluta independencia del clima que en aquel momento reinara en cada continentes, indiferentes al tórrido calor africano y a los helados vientos siberianos, como sacudiendo puntuales a una cita previa, surgieron de lo alto y, con suavidad, tomaron tierra.

Inmediatamente, comenzaron a  propalarse los más fantásticos rumores y las teorías más atrevidas que aseguraban se trataba de una nueva plaga, que eran producto lógico de las últimas experiencias nucleares. No faltaron las declaraciones de algunas sectas religiosas que coincidían en afirmar que representaban el anuncio de la venida del anticristo a la que seguiría, en plazo muy breve, el fin del mundo.

Las emisoras de radio facilitaban frecuentes boletines informativos describiendo vívidamente el extraño fenómeno. Por su parte, las estaciones de T.V. emitían imágenes que poca gente se tomaba la molestia de contemplar pues resultaba más interesante hacerlo desde cualquier ventana. En cuestión de minutos, la tierra entera se encontró cubierta de bellísimas mariposas.

Su repentina presencia planteaba varios interrogantes que los especialistas más distinguidos eran incapaces de responder. Para empezar, pertenecían a una variedad desconocida y sus características principales no se asemejaban a ninguna de las más de cien mil especies de lepidópteros clasificados y estudiados.

¿Cómo no había sido visto nunca, antes de aquel momento, ni un solo ejemplar? ¿Por qué no se posaban, ni por un instante, sobre el cristal o encima de un ser vivo? ¿Por qué razón se dejaban captura o morir sin realizar un movimiento de huida?

Al observarlas detenidamente, se comprobó que no realizaban la función de alimentarse. Al ser analizadas en laboratorios el desconcierto y la extrañeza no tuvo límites. Los elementos químicos que constituían sus cuerpos no respondían a reactivo alguno. No pudo saberse cuál era su composición.

Mariposa

Mariposa

Pero no era ésta la única sorpresa que la repentina invasión de las mariposas suscitaba entre los científicos de todo el orbe.

No era menos inconcebible el hecho de que, cuando una mariposa era aplastada, otra viva venía a sustituirla de inmediato como surgiendo de la nada.

La primera consecuencia agradable originada por la pacífica irrupción fue la absoluta desaparición de los horrendos vertederos, basureros y parques de almacenamiento de carbones y cenizas. Allí, donde hacía pocas horas la vista no alcanzaba a ver otra cosa que repulsivos detritus, se produjo una radical transformación. Aquel era un auténtico festival de color que las gentes se gozaban en contemplar.

En lugares baldíos desde siempre, en los que no crecía otra vegetación que ortigas, cactus y juncos, en pocas semanas se elevaron frondosos árboles, cuyos frutos, comestibles como se comprobó algún tiempo después, no habían sido cultivados antes por agricultor alguno. Esto mismo sucedió en tierras desérticas invadidas por la arena desde siglos antes.

La segunda sorpresa, la constituyó el elevado número de calorías y el contenido vitamínico de los distintos frutos de reciente aparición, que venían a aumentar de manera enormemente significativa los escasos recursos alimentarios disponibles.

En las Naciones Unidas, se creó una comisión especialmente encargada de estudiar cuanto se relacionase con el raro suceso, pues se temía que, con el paso del tiempo, pudiese causar algún problema de tipo sanitario o genético de consecuencias incalculables e irremediables.

Formaban parte de la numerosa comisión científicos destacado en los más variados campos de la investigación en todas las ramas del saber; y, ningún país se encontraba sin representación en ella. Habían sido puestos a su disposición cuantiosos recursos y la colaboración entre las naciones, incluso las que hasta entonces se tenían por enemigas, era sincera e incondicional. Parecía como si la amenaza de un peligro desconocido hubiese hecho olvidar rencillas reales o imaginarias, surgidas, muchas veces, de la persecución de intereses económicos y políticos, despojadas en aquella hora de su ficticia trascendencia.

Pero, a pesar de las increíbles facilidades de todo tipo con que contaba, los primeros resultados logrados por la comisión, fueron desalentadores. No era posible conocer la procedencia de las mariposas. Como organismos vivos, constituían un conjunto de contrasentidos. Carecían de algunos atributos inherentes a todo ser viviente. Los instintos de conservación, reproducción y nutrición brillaban por su ausencia.

Contrariamente a lo que sucede en la muerte de cualquier entidad animal, la descomposición de las aladas visitantes se producía en medio de un agradable aroma. Los investigadores se encontraban ante un hecho aparentemente imposible. ¡La corrupción de materia orgánica sin putrefacción! Aquello era inadmisible y, sin embargo, se estaba dando ante sus ojos.

A pesar de los fracasos iniciales, la comisión estaba resuelta a desentrañar los misterios que la llegada de aquellos seres había planteado aunque, en realidad, la tarea era abrumadora.

Los especialistas en temas climáticos comenzaron a observar que, en general, las condiciones atmosféricas habían empezado a cambiar. Especialmente, en aquellas zonas en las que las temperaturas habían venido siendo más rigurosas, éstas mostraban una clara dulcificación. Aún admitiendo la relativa influencia de la rápida y espontánea repoblación forestal en un nuevo régimen de lluvias, allí tenía que haber algo más.

La polución y la degradación del medio ambiente, hasta entonces caballo de batalla de unos pocos, se convirtió en preocupación a todos los niveles. El interés por la conservación de la naturaleza, como legado de las generaciones actuales a las venideras, alcanzó tales extremos, que cayó en desuso la declaración de parques, reservas y especies protegidas. Todo ser vegetal y animal era cuidadosamente preservado, no sólo de la extinción, sino también del deterioro.

Orquídea, Mariposa

Orquídea, Mariposa

Voluntariamente, industrias, fábricas y talleres renunciaron a continuar con los vertidos y la producción de humos.

Por otra parte, la Organización Mundial de la Salud, en sus periódicos boletines acerca de la situación sanitaria, cautamente al principio, y con claro optimismo más adelante, informó de la mejora que había experimentado la salud, tanto mental como física, de los habitantes del globo. Sus delegaciones venían comunicando, primero un estancamiento y después, una disminución en el consumo de drogas blandas y duras.

¿Sería posible, se preguntaban los hombres de ciencia, que la presencia de las mariposas fuese la causa de aquel increíble cambio en las condiciones de vida que últimamente habían sufrido tan visibles daños?

Por el momento, y a falta de pruebas reales en que apoyar la teoría, sería más prudente y científico no emitir juicios.

Al mismo tiempo que se producián estos hechos, sucedían otros de mayor importancia para el futuro del género humano. La cooperación internacional, iniciada a gran escala -aunque únicamente para presentar frente común a lo que podía ser una amenaza general- emprendió un nuevo camino en el que, insensiblemente, se fue pasando de un campo a otro hasta que, pronto, los responsables máximos en todos los países de la tierra se vieron obligados a aceptar que las cosas marchaban mejor admitiendo la manifestación de lo más sano del hombre.

Quienes buscaban la satisfacción de su propio egoísmo, los intolerantes, los soberbios, los orgullosos, fueron apartados y sus lugares, al frente de los destinos de cada nación, ocupados por hombres y mujeres que veían en los demás seres dignos de respeto, comprensión y amor.

Aquello fue la muerte de los que, fabricando armas, adquirían riquezas a precio de muerte. Y fue la vida para muchos millones de desgraciados sin otro horizonte, hasta entonces, que la desintegración en la miseria, el hambre y la ignorancia sin esperanza ni dignidad.

El género humano dió principio a una etapa en la que el estudio era una forma de adquirir conocimientos, no títulos; las artes, un regalo para el espíritu, no una vía de escape para aspirantes al asombro ajeno; el trabajo, una necesidad, no un tormento, y la consideración hacia los demás, algo innato y no impuesto.

Cuando, en el futuro, se escribiese una historia universal debería abandonarse la vieja costumbre de que cada nación ensalzase a sus hijos en detrimento de los de sus rivales. La crónica de los hechos pasados sería la narración de una lucha común de la humanidad contra la enfermedad, el dolor, el atraso y las catástrofes naturales.

Habían pasado cincuenta años y en la tierra se disiparon totalmente los vestigios de las últimas querellas. Las añejas heridas habían sido restañadas.  Las armas reposaban en los museos como anacrónicas muestras de la estúpida brutalidad humana.

En el palacio presidencial de un lejano planeta, en la junta de gobierno de una raza muy distinta a la nuestra, el rector máximo escuchaba los últimos informes que sus consejeros, uno tras otro, le facilitaban. La paz, el orden y el buen sentido continuaban reinando en la tierra. No existía el menor indicio de que la situación fuese a cambiar.

“Entonces -dijo lentamente el rector máximo- entiendo que la presencia de las mariposas en la distante tierra ya no es necesaria. Podemos ordenar su retirada.”

“Debemos felicitarnos -agregó- por haber decidido que nuestros enviados se  materializaran bajo la apariencia en que lo hicieron, y no con la nuestra. Hemos evitado ser la causa de una oleada de pánico de consecuencias fatales. Además, merced a nuestra actuación, ha sido lograda la supervivencia del último planeta poblado de la creación, a punto de autodestruirse.”

Pedro Martínez Rayón. Oviedo, 1987

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