La conquista del espacio

El día en que se firmó el convenio de ayuda mutua, amaneció radiante. Era como si los elementos desearan participar en tan fausto acontecimiento. En aquel acto, sencillo y solemne a la vez, se colocaba una simbólica primera piedra de lo que se esperaba había de ser una larga y amistosa relación que finalizase definitivamente con los diez años precedentes, plenos de sobresaltos, acaloradas disputas e, incluso, más de una agresión física.

Entre la concurrencia que representaba a ambas partes, se veían vistosos uniformes militares y no faltaban elegantes señoras que aprovechaban la oportunidad para lucir los modelos especialmente adquiridos con el fin de continuar la guerra por su cuenta.

Transcurrió el tiempo, que si en algunos casos todo lo cura, en otros todo lo enferma, y la situación comenzó nuevo a deteriorarse. Paulatinamente, las veladas alusiones fueron convirtiéndose en agrias quejas verbales y, sin tardar mucho, en notas de protesta que podrían ser acusadas de cualquier cosa, menos de diplomáticas.

Los motivos causantes de semejante tirantez eran, casi siempre, verdaderas naderías: el traspaso impremeditado de la línea fronteriza convenida en horas menos dramáticas o la falta de cortesía en el momento de solicitar disculpas por el involuntario olvido de una norma de etiqueta.

El levantamiento de mapas y croquis acotados quizás hubiera sido un excelente medio de aclarar la molesta pendencia, pero, con la irrazonable terquedad de las naciones pequeñas y de los individuos sin verdadera personalidad, ninguno de los pleiteantes admitía siquiera se mencionase tal posibilidad.

Aquel estado de cosas haría pensar a cualquier observador imparcial que, en el fondo, la agitación, la ira, la violencia que presagiaban el inminente estallido de una guerra sin cuartel, resultaban placenteras.

La inconsciencia humana no debe servir de pretexto para disculpar extravíos que puedan conducirnos a una auténtica hecatombe, frecuentemente nacida de hechos carentes de la menor importancia y significado.

Racionalmente hablamos y nos conducimos cuando generalizamos. Por el contrario, si se personaliza, la cosa cambia. Entonces no vemos más allá de nuestras narices y encontramos perfectamente natural que, a causa de nuestra conducta individual, la mismísima civilización occidental se desmorone.

En el caso que, con bolígrafo tembloroso, trato de registrar para el futuro, si optimistamente creemos que puede ofrecérsenos tal eventualidad, se daban las circunstancias que le conferían acentos de tragedia griega. Aquellos que, a no mediar milagro, iban a verse involucrados en una guerra estúpida e innecesaria, como todas las guerras, eran originarios de una misma nación -dividida en dos por exigencias políticas-, hablaban el mismo idioma y creían en el mismo dios.

Ante la magnitud de la cercana catástrofe, personas sensatas dotadas de la experiencia adquirida en lamentables sucesos del pasado, ofrecieron su valioso consejo y sus prudentes advertencias, sin lograr resultado alguno. Los embajadores fueron despachados airadamente.

Sin embargo, la semilla de la razón había sido sembrada y, en vez de una declaración de guerra con todas las de la ley, Eduardo y Laura decidieron vender su cama matrimonial y adquirir, a toda prisa, dos camas gemelas, individuales, en las que estaba garantizada su total independencia.

Desde entonces, cuando se tratara de cruzar la línea divisoria, sería con el consentimiento de ambas partes.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

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