Viaje para viejos. Admisión, comprensión, explosión y escape

El viaje hasta Barcelona supuso un verdadero suplicio para Lucas. El propio Carlos, su amigo y confidente lo advirtió tan pronto como salieron de Oviedo.

Varias veces le había preguntado qué le sucedía pero, a pesar de la vieja amistad que les unía desde muchos años atrás, Lucas contestaba con evasivas o no respondía en absoluto.

Aquella actitud era extraña en un hombre como él que no tuvo secretos para su compañero de fatigas durante tanto tiempo. Su entrada en la mina se produjo casi simultáneamente, cuando los dos eran aún un par de críos.

Hijos de mineros, ambos conocían perfectamente el ambiente del negro agujero, las penalidades que allí abajo deberían soportar y el peligro constante en que su trabajo cotidiano iba a desarrollarse.

Como tantas otras, las dos familias mantenían una orgullosa tradición y todos sus miembros varones sabían, tan pronto como empezaban a darse cuenta de lo que les rodeaba, que su futuro estaba unido al carbón. Al igual que sus padres y abuelos se jugarían la vida en las profundidades, ejerciendo un oficio más propio de topos que de seres humanos.

Sin embargo, ninguno de los dos hubiera deseado ser otra cosa. Habían escuchado demasiados relatos sobre lo que ocurría en las entrañas de la tierra, acerca de la camaradería -que muchas veces llegaba a convertirse en heroísmo- para conformarse con una profesión distinta y más tranquila.

Desde que eran niños, al salir de la escuela, acudían a la boca de la mina para asistir al cambio de turno, con la excusa de esperar a sus padres. Pero, en realidad, lo que iban a hacer allí era contemplar la salida de aquellos hombres de ennegrecidos rostros en los que el blanco de los ojos y de las dentaduras refulgía como dotado de luz propia.

Causaban la impresión de pertenecer a una raza diferente, capaz de hacer honor al tácito pacto de inmolarse estoicamente cuando el humor de la sima lo exigiese.

Era como si la mina, dolida en su propio ser, señalara precio a los trozos que le arrancaran a golpe de pico y se cobrara poniendo fin a la vida de sus profanadores.

Ni Carlos ni Lucas habían olvidado nunca la sensación experimentada la primera vez que, a bordo de la gran jaula, descendieron al fondo de la sima. En realidad, la bajada no duraba más que unos pocos minutos. Sin embargo, se les hizo interminable. El rápido paso de la luz a las tinieblas representaba algo nuevo que sugería extraños pensamientos.

Ya abajo, cuando caminaban por la galería que habría de conducirles al tajo, los últimos del reducido grupo, un raro pudor les obligó a hablar en susurros, como si se hallasen en una catedral.

Dándose cuenta, los que les precedían volvieron la cabeza y, en broma, les gritaron: “Chavales, no tengáis miedo. Aquí no hay maestro que os mande callar.”

Tampoco en esta ocasión, pensó Carlos, ronda ningún maestro ordenando silencio. Y, a pesar de todo, sentado en la butaca contigua de aquel autobús que les llevaba tragando vorazmente kilómetros a Barcelona, no hablaba. O, al menos, no confesaba lo que le ocurría.

Carlos había observado que tan pronto como el vehículo se detenía, bien para reposar combustible o para que los viajeros repusieran fuerzas y estiraran las piernas, Lucas salía disparado hacia los servicios del establecimiento ante el que se hacía alto.

Esta conducta, repetida a lo largo de la jornada, le hizo suponer que su amigo no se encontraba bien. Algo tenía que sucederle. Cuando, al llegar a Logroño, donde se realizaba el almuerzo, el poco comunicativo Lucas, después de desaparecer siguiendo la pauta establecida hasta el momento, afirmó que no sentía el menor deseo de comer o beber, Carlos tuvo la certeza, ya no tuvo dudas.

Los dos estuvieron siempre dotados de un extraordinario apetito. En el capítulo de la bebida preferían la sidra, aunque lo cierto era que no hacían ascos a  nada que contuviese alcohol.

Deseando probar a su compañero, le recordó que en el compartimento de equipajes disponían de tres cajas de botellas de su “líquido predilecto”. ¿Quería que le trajese un par de botellas?. La oferta fue rechazada. “No, no quiero nada”, fue la breve respuesta.

Y así continuó el viaje, con idénticos y veloces eclipses de Lucas y la solícita preocupación de Carlos que ya comenzaba a experimentar verdadero temor por la salud del otro. Durante la travesía nocturna, apenas pudo conciliar el sueño. Se lo impedían los incesantes movimientos del ocupante de la litera cercana a la suya.

Una vez llegados a Palma y ya en el hotel, Lucas se negó sistemáticamente a dejarse visitar por el médico que, gratuitamente, pasaba consulta a quienes formaban parte del grupo excursionista. Había comenzado a perder kilos y, paulatinamente, fue adquiriendo un color ceniciento que no presagiaba nada bueno. Cada día comía menos.

La única respuesta que facilitaba a las bienintencionadas admoniciones de sus compañeros de viaje, que continuamente se interesaban por su estado de salud, era que “últimamente estaba excesivamente grueso. Le vendría bien bajar de peso”.

Por fin, un día, se confesó a su mejor amigo. “Mira, Carlos, lo único que me pasa es que padezco un estreñimiento de mil demonios”, le dijo. “Todas las mañanas me paso una hora en el cuarto de baño esperando; pero nada. Por las tardes, otra sesión y, por las noches, otra más, con el mismo resultado”, terminó apesadumbrado.

“Pero hombre -respondió Carlos bastante tranquilizado- eso se dice antes. La solución es bien sencilla. Toma un vaso de agua caliente en ayunas y luego, para desayunar, mucha mermelada de ciruela”.

Después, ya puesto en plan de médico de cabecera, añadió: “Ah, y nada de limón ni arroz”.

Su interlocutor, un tanto aliviado una vez hecha la difícil confesión, observó: “Pues, ya metido en gastos, vete preparando una receta contra las agujetas. Las tengo en las pantorrillas. Seguro que por culpa de la postura”.

“Bueno -contestó el doctor aficionado- déjate de bromas y hablemos de otra cosa. ¿Te fijaste en el marido de la sirena de alarma?. Alvaro, sí; ahí donde lo tienes, habla tres idiomas”.

“No me digas. Pues no tiene pinta de ser una persona muy instruida. ¿Y cuáles son? ¿Español, inglés y francés?”.

“Sólo acertaste uno. Español, sí. Los otros dos son el gallego y el marinero”.

“Paso por el gallego, pero del marinero, nada. Marinero es una profesión y no una lengua”.

“Es tan idioma como el chino. Y, si no, fíjate. La parte delantera de cualquier cosa, se dice proa y la de atrás, popa. Para decir izquierda hablan de babor. Si se refieren a la derecha, dicen estribor. Los objetos no tienen lados sino costados. Lo que se encuentra en las zonas laterales, lejanas o cercanas, se denominan bandas. Si avanzan hacia el frente comentan que van avante y cuando se refieren a las millas -nada de kilómetros- recorridas en una jornada de navegación, emplean el término singladura. Las paredes no existen; las sustituyeron por los mamparas. Dan el nombre de cubierta a un sitio que no tiene techo”.

“Para qué seguir; se me está apeteciendo, ahora que pegué la hebra con Alvaro, tirarle más de la lengua y recopilar lo que le saque en un diccionario Marinero-Español, Español-Marinero. ¿A ti qué te parece, Lucas?”.

“Pues me parece que estás mal de la cabeza y perdona. Creo que ahora es el momento. Voy al servicio”.

Un cuarto de hora más tarde, Lucas regresó y, contestando a la muda pregunta que Carlos formulaba con la mirada, respondió: “Falsa alarma”.

Mallorca en aquella época, contrariamente a lo que se les aseguró antes de abandonar la península, ofrecía un tiempo francamente malo. Hacía frío y llovía. Su esperanza de gozar de las templadas aguas del Mare Nostrum (Vaya usted a saber por qué el empeño de utilizar este nombre cuando, realmente, es más norteamericano y ruso que de nadie), se frustró.

De todas maneras, como el hotel contaba con una hermosa piscina olímpica cubierta y climatizada, quedaba el recurso de darse un buen chapuzón sin correr el riesgo de atrapar una pulmonía.

Carlos, haciendo uso de una elocuencia que él mismo ignoraba poseer, logró persuadir a Lucas de que si, por fin, aquello que esperaba impacientemente se producía, no existía impedimento alguno para realizar la deseada evacuación ya que la misma piscina disponía de excelentes servicios sanitarios. Además, si llegado el momento, se encontraba en bañador, la tarea sería más fácil.

Esta última frase zanjó la cuestión. Las dudas de Lucas se esfumaron y, poco después, ambos se zambullían alegremente en el agua.

El recinto estaba muy concurrido. Junto a varios componentes de su propia expedición, chapoteaban varios extranjeros de piel mantecosa, con abundantes pecas y ningún sentido del ridículo, que proferían agudos grititos de satisfacción y alborozo.

Dos o tres señoras, muestrarios vivientes de celulitis, flotaban con la misma gracia y naturalidad que otros tantos hipopótamos amaestrados.

Una de ellas, desvestida con un diminuto bikini que imitaba la piel del tigre, mostraba tal cantidad de carne fofa y temblona, que no era suficiente la primera mirada para registrar la magnitud del fenómeno. Era necesaria otra ojeada y aún otra más para admitir la improbable realidad.

Aunque pareciera increíble, aquella montaña de proteínas coqueteaba con cuantos se le ponían a tiro. Sus ojillos porcinos, enterrados casi al borde de los redondos carrillos, lanzaban inequívocos vistazos a su alrededor deteniéndose insistentemente en cuantos miembros del sexo opuesto tenían la mala fortuna de penetrar en su amplio radio de acción.

“Si viendo esto no solucionas tu problema -bromeó Carlos, dirigiéndose a Lucas- vas a tener que operarte”.

“Déjate de chuflas -respondió éste- y nada hacia el otro extremo”.

Habían transcurrido cinco días desde su llegada a Palma y Lucas, por temor a que su particular parto se iniciase en algún lugar sin facilidades adecuadas, se privó de integrarse en el grupo que visitó las cuevas del Drach.

Experimentaba la curiosa obsesión de que aquello vendría cuando estuviese en un lugar nada propicio y, consecuentemente, rechazaba categóricamente todo intento de alejarle de donde hubiera, por lo menos, tres o cuatro servicios prestos a acogerle. No le bastaba con uno, pues podía estar ocupado.

Carlos llegó a decirle que tenía complejo de retrete. Pero sin resultado. A lo que sí accedía era a visitar la piscina pero, inevitablemente, muy cerca de determinadas puertas.

En el comedor, donde realizaba una mera visita de cortesía, se situaba, como por casualidad, próximo a una de las salidas que, merced a su sola presencia, podría ser rebautizada como de emergencia.

La desdichada víctima de tan pertinaz sequía, llevaba una cuenta similar, en su aspecto principal, a las que se realizan en Cabo Cañaveral. La única diferencia con aquéllas residía en el hecho de que ésta se efectuaba hacia adelante. Vamos, que no era cuenta atrás.

Según los cálculos del paciente, el retraso llegaba ya a su séptima jornada. Menos mal que, a causa de la propia ansiedad, Lucas no estaba en condiciones de razonar con lógica.

Si hubiera podido discurrir desapasionadamente, comprendería lo terrible de su situación. En las plataformas de lanzamiento, los astronautas que esperan el momento de ser disparados al espacio, disponen de un término inmediato. Comienza el recitado diez, nueve, …, dos, uno , cero y listo.

En cambio, Lucas estaba inmerso en una cuenta lógica iniciada con el cero, que ya alcanzaba el siete y que podía no terminar nunca o acabar con su existencia en cualquier momento.

Afortunadamente, la inconstante suerte fatigada de hacer polvo a aquel inofensivo mortal, resolvió mudarse de parroquiano.

Era el noveno día después de la partida de Asturias y llevaban un rato disfrutando del baño en la pileta, cuando Lucas advirtió los síntomas precursores de su ansiada liberación.

Parecía una jornada como otra cualquiera. A través de las enormes y elevadas cristaleras, corridas para evitar la entrada de la fresca brisa, podía verse un cielo negruzco, de bajas y amenazadoras nubes.

Sin embargo, para Lucas, brillaban el sol, la luna y las estrellas, trinaban los pájaros y la monstruosa extranjera, ubicua como siempre, adquirió de pronto unas formas menos repulsivas.

“Ya está, Carlos -anunció gozoso-. Esta vez no fallo”. Y, sin más comentario, salió disparado del agua.

El destinatario de estas palabras, puede que de oscuro significado para los no iniciados, supuso que la ausencia de Lucas duraría, por lo menos, entre treinta y cuarenta y cinco minutos.

Tomó la determinación, por tanto, de aprovechar la marcha de su amigo para concederse el dudoso placer de un breve remojón en las aguas del mar. Disponía de tiempo suficiente. El baño tenía que ser corto pues la temperatura no aconsejaba otra cosa. Por otra parte, saliendo por uno de los accesos al jardín, cruzando éste y la carretera colindante, se encontraría pisando la arena de la playa en menos de cinco minutos.

Mientras Carlos se encaminaba hacia el mar, Lucas, sentado en la embarazosa posición que ponía dolorosamente de manifiesto la presencia de sus agujetas, se notaba alternativamente a punto de desvanecerse de felicidad e invadido por los más nefastos presagios. Sí, no, sí, no. Era como deshojar la margarita, sólo que sin margarita.

De pronto, el ansiado hecho se produjo y se sintió otro hombre. Era otro ser. Embargado por la alegría, agradecido a la providencia, adoptó una postura más relajada y, echándose hacia atrás, apoyó la espalda en la tapadera que, a su vez, descansaba contra la baja cisterna.

Su larga lucha contra la cruel jugarreta del destino que eligió época tan desacertada, había terminado. En medio del silencio que reinaba en los servicios, Lucas creyó escuchar un insistente tic-tac. Involuntariamente, con ese movimiento que acerca nuestro reloj al oído y que casi todos realizábamos cien veces al día, trató de comprobar si el repetitivo ruidito procedía de allí.

No llegó a finalizar la verificación porque, con la claridad producida en su mente como consecuencia de la anhelada pérdida de peso, recordó que su modernísima versión de la vieja clepsidra era de cuarzo, es decir, absolutamente silenciosa.

“Entonces, ¿de dónde viene este monótono sonido?”, se preguntó.

Volvió a inclinarse en el ahora glorioso trono, hasta entonces potro de tormento, y escuchó atentamente. Sí, la cosa no ofrecía la menor duda. El rumor provenía de la cisterna.

Pero no podía ser. Aquel reluciente receptáculo sanitario, de excelente marca, tenía que ser operado manualmente. Quedaba excluida, por tanto, la posibilidad de que contara con algún sistema automático y, por ello, de todo aparato de relojería.

Incapaz de resistir durante más tiempo la curiosidad que le dominaba, Lucas se puso en pie y, con precaución -no fuese a hacerse añicos contra el suelo-, retiró la tapa del depósito.

Ante sus ojos, incrédulos al principio, e inmediatamente horrorizados, apareció un objeto que no podía ser otra cosa que una bomba.

A medias sumergida en el agua, dejaba ver la parte superior cubierta de un material negro semejante al celofán. En su zona más alta destacaba incrustada una caja amarilla no mucho mayor que las usadas para las cerillas. A cada lado, un pequeño reloj.

El de la izquierda señalaba las doce y veintitrés minutos. La hora del momento, comprobó en el suyo. El de la derecha, por medio de una solitaria aguja roja, indicaba las doce y media.

Hasta su mente se abrieron paso las implicaciones que el hallazgo representaba. Era consciente de que debía retirar aquello de allí. Pero, como diría Alvaro, ¿y luego?.

Quedaban algo menos de siete minutos para que se produjese la explosión del artefacto que reduciría a escombros el hotel y, muchísimo peor, convertiría en un montón de sanguinolentas piltrafas a los inocentes huéspedes.

En aquel momento, la inspiración, tímidamente primero y a grito pelado después, le apuntó un curso de acción.

Si conseguía arrojar la bomba a la piscina, una vez desalojados los bañistas, el agua amortiguaría la deflagración y los daños serían de menor importancia.

No lo pensó más. Con manos de las que intentaba en vano eliminar el temblequeo, recogió el aparato destructor, despegando previamente la tira de cinta adhesiva que lo mantenía en posición.

Estaba a punto de salir corriendo de los servicios, cuando una duda le hizo detenerse en seco. ¿Habría más bombas o sería, la que había detectado, la única?.

Depositó cuidadosamente el engendro infernal en una papelera dispuesta en un rincón para recibir las toallas usadas y, enloquecido, a una velocidad vertiginosa, revisó las otras cinco cisternas.

Cuando dio fin al registro, Lucas había conseguido una abundante cosecha. Entre las toallas húmedas reposaban ahora seis bombas. Todas dispuestas para acabar con aquella parte de las islas Baleares a las doce y media.

Faltaban dos minutos, quizás algo menos, para el momento fatídica, cuando Lucas, surgiendo como un bólido, con los cabellos de punta y tan pálido como un muerto -no ignoro que el símil no es muy feliz ya que los coches de carreras carecen de pelo y no son susceptibles de palidecer– penetró anunciando a voz en cuello que el contenido de la papelera era un racimo de bombas que harían explosión de un momento a otro.

En unos instantes, la piscina y sus cercanías inmediatas fueron abandonadas. Nadie se quedó para comprobar si se trataba de una broma de mal gusto y ni uno solo de los numerosos extranjeros presentes amenazó con quejarse a su embajada.

La mayoría de los despavoridos bañistas se dejaron caer al suelo tan pronto alcanzaron el extremo más alejado del jardín, bajo los frondosos árboles.

En la playa, a unos doscientos metros del hotel, Carlos salía del agua. Estaba bastante fría y la brisa que soplaba invitaba a secarse sin dilación. Se inclinaba para tomar de la arena la toalla, cuando escuchó una fortísima explosión. Trozos de cristal de todos los tamaños ascendían al cielo descendiendo luego en una lluvia insuficiente para disipar la negra columna de humo.

Carlos, con los ojos húmedos fijos en aquel inesperado desastre, musitó: “Será posible que Lucas …, pero, no. Es imposible. Y, sin embargo …”

A la memoria del desconcertado y entristecido Carlos vino una frase que, como chanza, había estado a punto de decirle a su camarada: “Eres como un motor de cuatro tiempos. Has pasado por los dos primeros, admisión de la comida y compresión de ésta para reducir su volumen. Te faltan únicamente la explosión y el escape. Ojalá los hagas y salgas ileso”.

Ahora se alegraba de no haber pronunciado aquellas palabras. Hubieran resultado muy crueles si, de verdad, aquella explosión se hubiera producido sin tiempo para el escape.

Vuelta la calma, se comprobó que de la piscina y anejos sólo quedaba el recuerdo y un montón de cascotes. Por suerte no hubo víctimas.

Al día siguiente, el director del hotel, ausente por haber tenido que acompañar a su esposa que debía sufrir una delicada operación quirúrgica, regresó.

La explicación al desastre con que se encontró a su vuelta se hallaba encerrada en un sobre dirigido personal y confidencialmente a Don Jordi Poblet Coll: él mismo. En la carta que albergaba, fechada dos días antes, anunciaba el atentado y exigía que las islas fueran exclusivamente para los isleños y la inmediata expulsión de turistas y visigodos.

Firmaba la misiva un grupo desconocido hasta entonces, denominado “Els llibertadors, Secció d´acció directe”.

Había sido entregada en recepción por un niño que hacía sus primeros pinitos en la prometedora carrera del terrorismo. Chico listo que a su corta edad era sabedor de que entre los colocadores de bombas no existe el paro.

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