¡Pobrecito Goliat!

Una vez más, la ciencia ha venido a poner las cosas en su sitio. Otra leyenda, hermosa pero improbable, se ha visto reducida a polvo.

Los alemanes, con su insaciable sed de investigar, escudriñando incansablemente la maraña del pasado, el caos de hoy y la oscuridad del futuro, han hecho cisco una epopeya nacida entre los años 1000 y 960 antes de Cristo.

Estas cosas, como la fabricación de armas mortíferas, debieran estar formal y totalmente prohibidas.

La sublime lección del diminuto y jovencísimo David derribando de certera pedrada a Goliat, gigantón de más de tres metros de altura, ha sido, según los germanos Von Blumencual y Hanna Hortsch – antropólogos de fama mundial – una filfa.

Desaparecido para siempre el aleccionador mito del triunfo de la habilidad y la intrepidez sobre la fuerza bruta, me pregunto entristecido qué sale ganando la humanidad.

David de Miguel Angel

¿Es que con el conocimiento de la verdad de los hechos vamos a ser más felices?

No, no creo que vayamos a lograr una más amplia ración de dicha; ni siquiera en el plano de las satisfacciones personales vamos a sentirnos más ufanos.

Entonces, ¿para qué revolver incesante en las brumas de lo remoto? Claro que Von Blumencual y la señora Hortsch, haciendo gala de su temperamento ávido de sensacionalismos, y en flagrante desacuerdo con mi teoría de que agua pasada no mueve molino, comenzaron a trabajar y no se detuvieron hasta dejar plenamente demostrado que Goliat no falleció de una pedrada.

¡Como si tuviera la menor importancia que un señor desaparecido hace casi 3000 años hubiera fenecido a causa de unas inoportunas paperas o del inopinado y violento encuentro con un trozo de roca!

Conocer la realidad de algo tan pasado de moda como esto, ¿va a proporcionarle a usted mejores posibilidades de ligue?

Si solicita aumento de sueldo a su jefe, ¿piensa usted que será un factor determinante que esté en el ajo de cómo murió Goliat?

Si cree ambas cosas, algo falla en su personalidad y es usted un ingenuo de tomo y lomo, perdone que se lo diga.

De todos modos, como el saber no ocupa lugar y, en último extremo, cuando esté al tanto de todo puede olvidarlo inmediatamente sin que suceda nada, voy a poner en su conocimiento el fruto de la laboriosidad de la sabia pareja alemana.

Hasta que los dos eruditos publicaron la monografía, por cuenta del Deutsch Anthropologish Anstalt naturalmente, la tradición aseguraba que Goliat era un gigante filisteo, bravucón y forzudo que tenía atemorizados a los ejércitos israelitas. Que en las sangrientas jaranas que se armaban por un quítame allá esas pajas, él solito despachaba una cohorte enemiga a guantazo limpio antes de darle tiempo a ponerse en guardia. Y, finalmente, utilizando con soltura un espadón descomunal – en consonancia con su estatura – segaba cabezas tan sencillamente como los campesinos alfalfa.

En cuanto a David, se creía que era el hijo menor de Isaí, tenía siete hermanos, tañía el arpa con singular maestría, pastoreaba ovejas y no había crecido en demasía.

Andando el tiempo, el Rey Saúl llamó a su corte a David para tener el placer de escuchar su música.

Al llegar aquí, la fábula no se resignaba a colocar el letrero de The End; ¡qué va! Aseguraba seriamente que en el transcurso de una de las acciones bélicas Goliat, con estentórea voz, desafió a todo el ejercito israelita mientras los filisteos (los filibusteros aún no habían hecho su aparición) se tronchaban de risa.

Los israelitas no osaban abrir la boca. Todos disimulaban como si la cosa no fuese con ellos. De pronto David, saliendo de las últimas filas avanzó y, plantándose ante todos, aceptó el desigual desafío.

El rey trató de disuadirle haciéndole ver que aquello era un suicidio y que Goliat lo iba a convertir en papilla.

David, terco como una mula y con una fe de las de antes, respondió que el Señor le concedería su protección. En el colmo de la confianza llegó hasta rechazar la armadura que el propio rey, soltó el arpa que, al caer, desgranó unas notas que sonaron algo así como: tin, tan, tin y, cogiendo del suelo cinco pedruscos, armó la honda con uno de ellos, salió a tierra de nadie y, enfrentándose al coloso que aún reía, le atizó tal pedrada en la frente que lo despenó.

Cuando se creía lo que acabo de recordad para los desmemoriados de turno, al llegar a este trágico pero adecuado final, era el momento de sacar a colación el aspecto moral de la cuestión.

La confianza en el Señor, el éxito del enclenque sobre la prepotencia, la maña triunfando y la fuerza derrotada, eran argumentos de los que un hábil conferenciante podía obtener razones para hablar durante dos o tres días.

En cambio, ¿qué nos han dejado ahora los autores del documentadísimo estudio monográfico?

No se moleste. Yo mismo contestaré. No nos han dejado absolutamente nada. Ningún charlista decente se atreverá hoy a sacar a relucir el tema David versus Goliat.

Y no me extraña nada, porque verá usted: David no era hijo de Isaí; no tenía ningún hermano. Era hijo natural de Saúl. Traía de cabeza a su real padre porque empinaba el odre con exceso y montaba unas francachelas de órdago. Varias veces trató de expulsarle de la corte sin el menor resultado. Tanto es así que, viendo Saúl que David no se prestaba voluntariamente al desigual combate, le propinó tal patada en la rabadilla que lo dejó solo ante Goliat para ver si de aquella forma se deshacía para siempre de su hijo indeseable.

Entre sollozos, David pidió la armadura citada en la leyenda pero su padre dijo que nones. David tampoco tocaba el arpa. Era como una especie de pianola con lo que destrozaba los tímpanos de quienes se encontraban a menos de dos leguas del infernal instrumento. Finalmente, el caballerete no apacentaba ovejas. Es cierto que conducía un rebaño, pero no de borregos, sino de mozas.

En cuanto a Goliat, el pobre e inofensivo Goliat era el tonto del pueblo filisteo. Su excesivo crecimiento se debía a un trastorno glandular. Si hubiera nacido en otra época su hipófisis hubiera sido tratada debidamente y no hubiese alcanzado aquella gigantesca estatura. Pero los galenos de entonces mataban por procedimientos más rudimentarios y desconocían hasta dónde llegarían los de hoy.

Goliat era incapaz de matar una mosca y su más ferviente deseo era pasar desapercibido. Pero, ¿cómo hacerlo midiendo tres metros? Era una imposibilidad física. Un hambre atroz roía los kilométricos tubos digestivos que, como la inmensa red de alcantarillas de Viena, ocupaban su vientre enorme.

Merodeaba incansablemente tratando de hallar algo comestible, aunque debe reconocerse que no se trataba precisamente de un gourmet. En su corpachón insaciable primaba la cantidad sobre la calidad.

Y si la muerte le sorprendió en el campo de batalla no se debió a su espíritu bélico. Era, ciertamente, tonto pero no ignoraba que un ejercito deja detrás tal desbarajuste que, lo más probable, sería toparse con algo digerible.

Cuando se encontró al frente del ejército filisteo, fue porque, desde un altozano próximo vio un caballo muerto. Aquello era lo que precisaba y, sin darle un ardite la ensalada que se iba a montar en unos instantes, se lanzó cuesta abajo hacia el equino. A unos pasos del mismo, cayó fulminado como por el cuchillo del matarife.

¿Qué había ocurrido? Algo muy sencillo. Al contemplar aquel montón de carne a su alcance, la boca se le hizo agua. Pero en tal cantidad, que se ahogó en ella.

David, maligno y astuto como era en realidad, observó que Goliat vacilaba y lanzó su piedra tan oportunamente que pareció golpear al inofensivo Goliat pero, en realidad, pasó silbando por encima de los circunstantes sin tocar a nadie.

Seguramente lo habría hecho mejor cualquier aldeano de Asturias, respondiendo a la popular pregunta de: ¿quién tiró la piedra?

Después de estos hechos, la leyenda se confunde con la historia y es cierto que los israelitas aclamaron a David, que, oportunamente, ascendió al trono, creó una dinastía, amplió el reino llevando sus límites hasta el Mediterráneo, el Eufrates, el Líbano y el Mar Rojo.

Pero, a pesar de lo que digan los doctos teutones en su libraco, personalmente, me gustaba más la primitiva leyenda. Tenía más garra.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987

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