No había hecho mas que sentarme cuando comenzó a sonar el teléfono. El invento de un diablo apellidado Bell, con su insidioso repiqueteo, exigía mi inmediata atención.
Reprimiendo un acuciante deseo de hacerme el sordo, descolgué el odiado aparato y escuché la conocida voz del director de la Agencia que me pedía pasara por su despacho.
¿Qué tripa se le habrá roto tan temprano?, me pregunté mientras caminaba hacia el sanctasanctórum. ¡Ojalá hoy sea uno de esos escasos días en que su úlcera duodenal hace fiesta!
Llevaba trabajando diez años en la Agencia Publicitaria Market y no recordaba ni una sola ocasión en que hubiese sido llamado a presencia del jefe sin verme convertido en víctima propiciatoria sacrificada en el altar de su malhumor.
«¿Terminó Vd. con el asunto Industrias Tona?», preguntó a quemarropa, casi sin darme tiempo a entrar.
«Mañana comenzaré con él», respondí. «Si no surgen problemas, mañana mismo a última hora de la tarde, le entregaré el calendario y los detalles de toda la operación…»
» Timetable y planning», cortó sin que yo finalizara lo que deseaba decirle.
El «headman» de la Agencia, como él mismo gustaba definirse, compensaba su desconocimiento de inglés utilizando «ad nauseam» la media docena de vocablos que había recogido de aquí y allá.
«A propósito -continuó impertérrito- nuestro cliente, ¿ha decidido si desea o no «direct mailing?»
«Ayer me han dicho que si», contesté cruzando una apuesta conmigo mismo sobre lo que vendría después.
«¿Ha llegado ya su O.K. por escrito?»
«Pues no. Todavía no». (Lo sabía, lo sabía).
» Y, ¿cree Vd. que tendremos tiempo de poner en marcha la operación «on time»? (¡Hombre, esto es nuevo!)
«Verá Vd. Hoy estamos a diez; como le dije, mañana, día once, le entregaré todo el material por escrito; la imprenta nos pasará las pruebas el veinte o veintiuno y la operación no se inicia hasta el día treinta del mes que viene. Hay tiempo sobrado.»
«Bien, bien, pues nada más. Si se me ocurre algo nuevo, ya hablaremos.»
Me dispuse a salir, sin darme mucha prisa, pues el instinto me decía que aún faltaba algo, cuando, con papal ademán de sus manos, aconsejó que me detuviera.
«Los brochures, full color, supongo…»
«Yes, sir; you can bet it.», (Si, señor; puede apostarlo), respondía harto de tanta majadería. Luego salí del despacho cerrando suavemente la puerta.
Volví a mi mesa de trabajo, tomé asiento y, para no caer en un lamentable olvido que podría acarrearme desagradables consecuencias, pasé la hoja del calendario de mesa y, bajo la fecha 11, escribí: «Asunto I. Tona, hoy, como sea, Kaput.»
Después, sacando una hoja de papel del cajón, bien provisto de material de escritorio, fui anotando con detalle todos los pasos (steps, diría mi britanizado jefe) de la campaña.
Finalizada aquella importante tarea, procedí a revisarla detenidamente, cambiando de lugar dos de los trabajos a llevar a cabo.
Satisfecho por no haber omitido nada, dejé de lado la hoja encabezada con un título, en letras gordísimas, que decía: «Industrias Tona, día 11».
Manteniendo a la vista el trascendental documento, dediqué el resto de la jornada a otros asuntos menos vitales.
Cuando llegué a casa aquella noche, mi mujer exclamó mirándome fijamente: «A ti te pasa algo.»
Su aseveración hubiera resultado más exacta si, cambiando el tiempo del verbo, hubiese vaticinado: «A ti te va a pasar algo.»
Pero por muy perspicaz que fuese mi esposa, y lo suyo en ocasiones supera lo penetrante para alcanzar niveles de clarividencia, era imposible que adivinase el extraño suceso de que sería juguete su desconcertado consorte.
Nos fuimos a la cama, tras una insípida sesión de TV, durante la cual yo, más despistado que de costumbre, no me enteré de nada. Comprobé el funcionamiento del despertador encargado de indicarme que había llegado el momento de dedicar mis esfuerzos a Industrias Tona como si fuera incapaz de hacer algo por sí misma.
Instantes más tarde, apagamos la luz y casi de inmediato caí en un profundo sopor. Aún conservo la sensación de haber soñado toda la noche, sin un momento de pausa. Si esta forma de dormir es descansar, yo, más que yo mismo, soy el Almirante Canaris (q.p.d.).
Comenzó el enigma en la oficina. Me encontraba de nuevo sentado ante la mesa y repasaba una vez más la hoja en que, por la mañana, había apuntado cuanto se relacionaba con la campaña encargada por nuestro más reciente cliente.
Enseguida, como si no tuviera tiempo que perder, utilizando un folio para cada uno de los apartados en que previamente había dividido el trabajo, fui desarrollándolos metódicamente. Hablé por teléfono con el responsable de I. Tona y con la imprenta para aclarar algunos extremos, hasta entonces sin definir del todo y, finalmente, di por terminado mi trabajo.
Con nitidez y lujo de pormenores que me obligaban a dudar de que estaba soñando, era consciente de cuanto me rodeaba; el mobiliario de la oficina, los ficheros metálicos pintados de un verde ciruela que nunca había sido de mi agrado, el teléfono que, cosa extraña, no sonó desde que comenzara a trabajar, todo parecía dotado de presencia física.
Sin embargo, faltaba algo. Echaba de menos alguna cosa. El escenario resultaba incompleto pero, por más que me esforzaba, no conseguía localizar en mi mente aquello que, como para embromarme, había sido escamoteado.
¿Es posible pensar cuando se sueña? Para hacerlo, sería forzoso mantener el cerebro, su posibilidad de razonar, en un plano distinto al que ocupa habitualmente. Pero la mudanza de un plano a otro, habría que llevarla a cabo de manera voluntaria y, ¿actuamos voluntariamente cuando soñamos?
¿Soñaba que soñaba o, después de realizar el trabajo, imaginé que soñaba haberlo ejecutado?
Fuera como fuere, me sentía intranquilo y soñé que pasaba revista una y otra vez a cuantos objetos formaban parte de mi entorno laboral.
Nada; era consciente de que allí no se encontraba una cosa que durante diez años permaneció ante mi vista y ahora había desaparecido.
Aquel molesto estado, la desazón que me atormentaba se esfumó merced al destemplado sonido del despertador. Era la primera ocasión en que el detestable chisme interrumpía mi sueño oportunamente.
Durante el corto trayecto a la oficina, no fui capaz de apartar de mi mente la sensación de moverme en un mundo diferente al de todos los días. Parecía como si una parte de mi ser pugnara todavía por abandonar el universo de lo irreal.
Al llegar a la Agencia, preparé mis cosas, eché un último vistazo al proyecto de la campaña, que indefectiblemente, tendría que dejar terminada aquel mismo día once y cuando, de igual modo que lo había soñado la noche inmediatamente anterior, me disponía a iniciar el trabajo, una llamada telefónica me convocó al despacho del Director que, tan pronto como entré, dijo:
«Me ha proporcionado Vd. una gratísima sorpresa. No sé cómo lo ha hecho pero lo cierto es que la campaña Industrias Tona resulta un modelo en su género. No falta ni sobra absolutamente nada. Enhorabuena. Tengo la seguridad de que si este asunto tuviera cobertura nacional, lograría el Oscar de Oro de la Comunicación.»
La sorpresa no me permitió otra cosa que musitar: «Entonces, ¿le ha gustado?»
«Pero hombre, qué cosas dice. ¿Cómo no me va a gustar? Además, lo ha hecho en un tiempo récord. Otra vez enhorabuena. Cuando llegué, al ver el expediente aquí encima, no lo creía.»
Abandoné el despacho como ebrio. No me daba cuenta de dónde ponía los pies. Ignoro cómo acerté a tomar asiento tras la mesa sobre la que destacaba burlonamente un folio en blanco, oculté la cara entre las manos y me tapé los ojos.
Debía presentar muy mal aspecto, pues uno de mis compañeros, solícitamente me preguntó si me encontraba enfermo.
«Nada, un pequeño mareo. Ya me está pasando. No te preocupes», respondí débilmente.
Pero no era cierto. Me sentía fatal. Aquello era imposible. Yo, estaba completamente seguro, no había redactado la campaña. Bueno, sí lo hice, pero en sueños. Entonces, ¿cómo diablos está terminado y en poder del Director?
Se me ocurrió entonces realizar una comprobación. Era estúpido, pero no tenía otro remedio. Me equivoqué dos veces pero, al fin, conseguí marcar el número de la imprenta y, con el teléfono en una mano temblorosa, solicité hablar con el encargado.
La respuesta que recibí, después de una corta espera, fue la esperada, pero no por ello menos inconcebible: «Ya había quedado convenido todo. ¿Es que va a haber un cambio de última hora?»
«No -le aseguré- Se trata solo de una confirmación rutinaria.»
Colgué el aparato tan avergonzado como si hubiese sido sorprendido realizando un acto punible. Pero luego, incapaz de resistir la tentación, llamé a I. Tona.
El jefe del área comercial me dio una contestación similar a la anterior. ¿Es qué se ha presentado algún problema?
Le tranquilicé lo mejor que supe y deposité suavemente el teléfono en su soporte.
Sumido en un profundo estupor, permanecí un buen rato con la mirada fija en la pared de enfrente. Tenía la visión desenfocada y no percibía claramente lo que se hallaba ante mis ojos.
De pronto, advertí que las imágenes se concretaban. Ante mí apareció el objeto que faltaba en el maldito sueño de la víspera. Era el calendario metálico. Señalaba año, mes, día de la semana y fecha.
Indicaba entonces miércoles, once. Lo mismo que en el despacho del jefe.
Esto no puede ser, me dije. Si ayer era diez y prometí finalizar la tarea para última hora del día once y hoy, once, ya se encuentra en el despacho del director, ¿cuándo lo hice? ¿Por qué no figuraba el calendario en mi sueño? ¿Habría trabajado el día diez hasta muy tarde? No. Recordaba que después de las siete y media de la tarde había estado jugando al billar con unos amigos. Uno de ellos era el compañero que se había interesado por mi saludo hacía un momento.
Corriendo el riesgo de parecer más estúpido de lo que ya me sentía, me levanté y fui a su mesa. Le pregunté si recordaba exactamente hasta qué hora habíamos estado juntos la noche anterior.
«Hasta las diez y cuarto en los billares. Después te acompañamos Adolfo y yo hasta tu casa, pues nos cogía de paso. Por cierto, nada te dijimos entonces, pero nos extrañó que nos preguntases tres o cuatro veces a qué fecha estábamos. ¿Te sucede algo?»
«Nada, nada. Pero, ¿qué me respondisteis?»
«Pues, la verdad; que estábamos a martes, diez. ¿No ves el calendario? Hoy miércoles, once. Como era de esperar.»
«No siempre sucede únicamente lo posible», rezongué entre dientes, encaminándome a mi sitio, bajo la mirada de asombro del boquiabierto colega.
Y aún se sintió más aturdido, cuando, retrocediendo a su lado, le pregunté: «¿Has oído mencionar alguna vez los días intercalados o fechas bis?»
Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987
