A la luna de Valencia

Por favor, no me interprete mal. No voy a tratar de demostrar que el idioma español, nuestro querido y difícil idioma, carece de desmesurada abundancia de palabras, expresiones y riqueza de giros, es decir, de un vocabulario amplísimo.

Quizás se haya sonreído al leer lo de difícil. Pues si, señor. Es muy difícil. Dígale usted cualquier cosa a un chino (no me busque a uno que hable nuestra lengua) y verá cómo no entiende ni palabra.

Lo que, de verdad, deseo es poner de relieve que la superabundancia de vocablos que se dan cita en nuestra lengua, resulta más dañina que la propia escasez. Especialmente, a los extranjeros carentes todavía de un léxico bien nutrido les origina una total incapacidad a la hora de enterarse del significado de lo que se habla al alcance de su atento oído.

Ya sé que el mismo hecho se produce en el caso de otros idiomas, pero, verdaderamente, el español es para volver loco al más cuerdo.

Un inglés, hombre preparado y cultísimo, conocedor de nuestra lengua en medida más que suficiente para sostener sin vacilaciones una conversación normal, me dijo hace poco que, por fin, había tenido la suerte de oir hablar un dialecto. El vallisoletano.

Su información me dejó un tanto asombrado y, deseando conocer qué se ocultaba tras aquella intrigante noticia, le rogué me repitiera, si podía, alguna frase o palabra del, hasta entonces, oculto tesoro lingüístico.

No sólo podía, sino que me hizo escuchar buena parte de la conversación previsoramente grabada en una cinta magnetofónica.

Se me han olvidado muchas de las expresiones que oí, pero trataré de reproducir para ustedes las que recuerdo, pues debo hacerles partícipes del descubrimiento filológico de mi amigo. Ahí va:

“¿Cuánto apoquinó?”

“Cincuenta mil machacantes, uno encima de otro”

“Narices, está a dos velas”

“Dos años hace que tengo la mosca detrás de la oreja”

“El tío es un faldero”

“¡Qué va, que vá!”

“Su costilla está que brama”

“Y dale. Tú erre que erre”

“A mí me soplaron que es de la acera de enfrente”

“¡Y un jamón!”

“No me apea de la burra ni mi madre”

Al llegar a este punto, le dije al estudioso británico: Detén la cinta, y haz el favor de decirme qué “sacas en limpio”, bueno, perdona, qué has entendido de cuanto llevamos escuchando.

El fiel súbdito de su Graciosa Majestad, sacó de una maltrecha y abultada cartera de piel, repleta de papeles, las notas en las que resumía las innumerables acotaciones y explicaciones obtenidas de la transcripción de la cinta y muy seguro de si mismo, con evidente entusiasmo científico ante los positivos resultados de su laboriasa investigación, leyó:

“Consecución de 50.000 martillos o machacantes para derribar, ¿una casa?, situada en la acera de enfrente en la que se encuentra la madre (de uno de los que habla) con su burra y un perro faldero llamado “Tío” que tiene una costilla que protesta (brama). Un hombre (no pude saber cual) va dos veces a soplar unas velas.”

Tengo que confesar, añadió elevando la mirada, que no comprendo la frase en que alguien dice tener una mosca detrás de la oreja desde hace dos años. ¿Cómo es posible que una mosca permanezca tanto tiempo inmóvil?

Tampoco logro encontrar el motivo de incluir en la conversación las palabras “narices, erre que erre, y un jamón”.

En cuanto a lo de “qué va, qué va”, me deja perplejo. Conozco la expresión “¿quién va?” que utilizan los centinelas, pero no creo que aquí…

Permaneció pensativo un buen rato y, finalmente agregó: ¿Tú que crees?

Estoy tan desorientado como tú, le dije con expresión seria. Y añadí: Creo que lo mejor sería, en vista de la dificultad que presenta el vallisoletano, que nos olvidásemos de él y nos dedicáramos al estudio del árabe.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Foz, Julio 1986

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