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The portuguese conection

La casa, sola, valía más del millón y medio que Sindo pedía por edificio y huerta. Así que, cuando el fascinado comprador pudo ver el feraz aspecto de la tierra, los hermosos frutales y la solidez del pétreo cierre, hizo un simulacro de regateo, más por el buen parecer que por otra cosa, y pagó en metálico, como exigía el vendedor.

Playa, Foz, Lugo

Playa de Foz en Lugo, foto Pedro M. Mielgo, 2013

La transacción se realizó en Foz, en cuyas cercanías estaba situada la finca objeto de la operación. Con el dinero a buen recaudo, en uno de los bancos del pueblo, Sindo quiso demostrar su generosidad invitando a comer al nuevo propietario. Puestos de acuerdo, se dirigieron a Fazouro, al restaurante El Descanso en el que estaban seguros de paladear pescados y mariscos sin trampa ni cartón.

El dueño y señor de aquel lugar de delicias gastronómicas les atendió personalmente mostrándoles langostas y centollos, aún vivos, para que eligieran las víctimas más de su agrado.

Debían aguardar, mientras en la cocina preparaban los platos de su elección, una media hora y, para hacer más grata la espera, solicitaron una botella de Alvariño, reserva quinto año, muy fría.

Como decía Sindo, aquello “entraba sin que lo empujaran”. Tan cierta era su observación que cuando sirvieron los centollos hubieron de pedir otra botella y, cuando llegó el turno de la langosta, otra más.

Las consecuencias de tan abundante trasiego fueron las previsibles y, cuando después de los postres, para acompañar al café, comenzaron a beber coñac, la intoxicación etílica de ambos comensales era notoria. Su alegría les impedía conversar en tono normal y el volumen de su charla superaba, al menos en dos decibelios, el permitido en cualquier ayuntamiento sensato.

Almorzando en una mesa cercana, a menos de un metro, se encontraba el conductor de un aparatoso automóvil con matrícula portuguesa aparcado frente a las ventanas del restaurante. Aquel lusitano regordete, favorecido por la naturaleza con un rostro de querubín en el que brillaba el par de ojos con la mirada más inocente que se pueda imaginar, no perdía una palabra de lo que Sindo proclamaba a voz en cuello.

Entre otras cosas, el arrebatado y vocinglero orador, comunicó inconscientemente a cuantos escuchaban, voluntariamente o no, su ardiente deseo de zambullirse en una activa vida de negocios para la que, estaba seguro, poseía notables condiciones.

Al día siguiente, avanzada la mañana, Sindo despertó con un fuerte dolor de cabeza y un desagradable sabor de boca que le sugería machaconamente imágenes de cloacas y letrinas. A pesar de su malestar, consiguió realizar un esfuerzo sobrehumano para no romperse la crisma en la ducha, logró afeitarse sin contabilizar más de catorce cortaduras y se lanzó a la calle tras ingerir tres tazas de café negrísimo.

No había caminado más de treinta pasos cuando tropezó violentamente con alguien que leía tranquilamente el periódico. El encontronazo fue tan fuerte que el descuidado lector, después de trastabillar, quedó sentado en el pavimento. Sindo, apuradísimo, trató de disculparse y sacudir el polvo del agredido, simultáneamente.

Recuperada la vertical, el accidentado ordenó las hojas del periódico, que también se había ido al suelo, tranquilizó como pudo a su despistado agresor y con fuerte acento portugués dijo:

“Hombre, qué feliz casualidad. Le conozco. Ayer yo también estaba, a la hora del almoço, en el mismo restaurante que usted. Me encontraba en una mesa próxima y, aunque no era mi intención, escuché que estaba decidido a entrar en el mundo de los negocios. ¿Es cierto, o se trataba únicamente de una broma?”.

Sindo, bastante abroncado todavía, respondió que, efectivamente, el día anterior se hallaba un tanto alegre pero que su deseo más ferviente era comerciar en algo, a ser posible en el campo de la importación/exportación.

El portugués, entonces, se presentó. Dijo que su nombre era Alvaro Carvalho do Silva. Añadió que desde hacía muchos años se dedicaba , venturosa coincidencia, precisamente a esa clase de negocios. Agregó que para celebrar el casual encuentro invitaba a su interlocutor a tomar un café y que espera que no le privase de aquel placer. Sindo aceptó, en parte porque aún no se sentía totalmente despierto y el café habría de venirle bien, y en parte por hacerse perdonar el impresionante trastazo.

Cuando, dos horas más tarde, salieron de la cafetería, español y portugués se trataban de tu, eran amigos íntimos y habían convenido realizar juntos una operación que les reportaría pingües beneficios. Alvaro enviaría su género en una barquita de pesca. Comunicaría la fecha de llegada en una carta en la que no se mencionaría la clase de mercancía para evitar indiscreciones. Por la misma razón, el desembarco se haría por la noche.

Naturalmente Sindo no era un retrasado mental y sólo efectuaría el pago del cincuenta por ciento de su valor contra compromiso de entrega firmado por Alvaro y avalado por dos conocidos bancos portugueses. el cincuenta por ciento restante, sería satisfecho a la persona que transportase hasta la playa de Peizás aquel maná llovido del cielo.

“Bueno -reflexionaba Sindo- se puede decir que éste ha sido un negocio hecho a trompicones. Para que digan. Total, coloco un millón, y dentro de nada se convierte en dos”.

Tal como había sido convenido, ocho días después, a mediodía, los dos socios se encontraron en la misma cafetería. A aquella hora estaba casi vacía. Instalados en un rincón, Sindo recibió del portugués varios papeles con aspecto capitán, perdón, quise decir, oficial, con membretes, firmas, sellos y pólizas suficientes para satisfacer al más desconfiado. Complacido, sacó del bolsillo el medio millón y, con aire de entendido, colocó sobre la mesa un recibo por el monto del que se desprendía. Alvaro firmó, sin apenas fijarse, y recibió el dinero..

Poco más hubo. Solamente el acuerdo de que el exportador comunicaría, por lo menos con una semana de antelación, la fecha de arribada. Los dos contrabandistas, pues está claro que no eran otra cosa, se estrecharon las manos y cada uno se fue por su lado.

El día uno de noviembre, quince días después de la entrega del dinero y doce antes de la llegada del alijo, Sindo recibió una carta certificada que decía escuetamente:

O senhor Carvalho da Silva cumprimenta muito amigavelmente ao seu companheiro o Excemo. Senhor Sindo Cabra e oferece-se para quanto dispor.

As mercadorías ficaron enfardadas e aparelhadas para transportaçao.

(Saida 12, chegada 14/11). P.M.N.

Muitos abraçamentos,

Alvaro Carvalho da Silva.

Desde aquel momento, dos pensamientos ocuparon permanentemente el intelecto de Sindo: Uno, “Este Alvaro es un hombre de palabra. Tendré que hacer más operaciones con él”. Dos, “Debo encontrar un procedimiento para estar al tanto de las idas y venidas nocturnas de la Guardia Civil, no vayan a hacerme polvo el asunto”.

Lo de realizar nuevos negocios tendría que esperar. En cuanto a la actuación de la Guardia Civil, con la ayuda de Trededos no sería difícil saber a qué horas hacían sus rondas por Peizás, si es que aparecían por allí. Todo se reduciría a ponerle en nómina por las fechas que faltaban hasta el día catorce. Además, Tresdedos, aunque vago y borrachín, tenía fama de haber andado ya metido en líos de contrabando y podría echarle una mano la noche en que había de comenzar su racha de buena suerte. Con unas cien mil pesetas bastaría y sobraría. Otras cien mil para alquilar una furgoneta, sin chófer, para trasladar la mercancía desde la playa al garaje de su casa. En total la cantidad a desembolsar se elevaría a un millón doscientas mil que, restadas de los tres millones setecientas cincuenta mil que iba a producir la venta de setecientas mil unidades, a cinco pesetas cada una, dejaría un beneficio líquido de dos millones doscientas cincuenta mil, aparte de una existencia “en almacén” de doscientas cincuenta mil unidades.

“La aparición de aquel mayorista de Vigo fue verdaderamente oportuna. De qué manera pudo enterarse de su adquisición de un millón de unidades, era imposible de comprender, pero así son los negocios y no hay que darle vueltas -seguía discurriendo Sindo-. El caso es que tomaría la partida de 750 mil , que le pagaría al contado y que los postes corrían de su cuenta. ¡Viva Vigo! -agregó silenciosamente, incapaz de contener su entusiasmo mercantil-“.

Con un método que decía mucho y bueno de sus facultades organizativas, Sindo trazó un plan de campaña con tal profusión de minúsculos detalles logísticos que, con toda seguridad, hubiera provocado la más verde envidia del mismísimo general Patton.

Después, como todo gran hombre que se siente tranquilo pues únicamente las circunstancias adversas, independientes de él mismo, pueden arrebatarle el éxito y, seguro de que aquellas que le son subordinadas están bajo control, esperó.

Lugo, playa, Catedrales

Playa de las Catedrales. Foto Pedro M. Mielgo, 2013

Y su espera finalizó. Llegó el día, mejor dicho, la noche del 14 de noviembre y la P.M.N. (que, afortunadamente, no quiere decir Policía Montada de Noya sino pleamar noche), y, con día, noche y marea, arribaron el barquito, la lancha, un frío polar y lo que parecía el segundo diluvio universal.

“Tengo la suerte de cara -se dijo Sindo-. Es una noche que ni hecha de encargo por Alvaro”.

Cuando el último fardo se encontró a salvo en la playa, después de haber comprobado, concienzudamente, pero al azar, el contenido de cuatro o cinco y de haberse salvado por los pelos de perecer ahogado, Sindo entregó las quinientas mil pesetas restantes y, escrupulosamente, exigió la firma del recibo por parte del minero encargado del transbordo.

Inmediatamente, la lancha y los dos hombres que la tripulaban se hicieron a la mar y desaparecieron entre la lluvia en dirección al barco que apenas se divisaba allá a lo lejos.

En el momento en que Sindo y Tresdedos iniciaban la pesada tarea de transportar los bultos de la playa a la camioneta aparcada en un camino vecinal no muy distante, en las dunas se encendieron cuatro potentes reflectores y, desconcertados, calados hasta los huesos, dando diente con diente a causa del frío y del miedo, fueron detenidos y conducidos al cuartel de la Guardia Civil, sin que prácticamente pronunciasen una palabra.

Tras una hora de espera, pasada en celdas separadas, fueron llevados al despacho del sargento Ruiz, Jefe de la Brigada con destino en la zona. Este hizo sonar un timbre y ordenó al guardia que se presentó que trajera unas toallas, un par de mantas y zapatillas para los detenidos.

Haciendo un gesto en que se traslucía una leve sonrisa de guasa, el Sargento dijo: “No me queda más remedio que pediros perdón. Tenéis que comprender que cualquiera puede cometer un error. Además el procedimiento que empleasteis para transportar vuestro género resultaba muy sospechoso. Estáis en vuestro derecho si decidís presentar una denuncia contra el Destacamento, por actuación indebida”.

“Por curiosidad, ¿a cómo os ha salido cada unidad?”.

Sindo, medio oculto por la toalla con que se secaba la cabeza, murmuró: “A peseta, pero las he vendido a cinco”.

“Pero, ¿qué dices, hombre? ¿Cuántas quieres a 0,25? ¿A quién se le ocurre traer de esa forma, desde Portugal y pagándolas a peseta, un millón de agujas de gramófono?”.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Doble o nada

Ignoro si a Vd. le ocurre como a mí, pero estoy seguro de que, si le sucede, se sentirá tan molesto como yo. Le explicaré de qué va la cosa.

Cuando comienzo a escribir uno de estos conatos de historia, procuro concentrarme y apartar de la mente cualquier idea que pueda interferir en tarea capital. Sin embargo, algunas veces resulta imposible.

Hace poco tiempo, por ejemplo, actuando como ginecólogo en paritorio, había iniciado la traída al mundo de un bodrio que iba a bautizar con el nombre de “Esto no marcha” -curiosa premonición- cuando su protagonista, Senén, se empeñó en hablar y actuar utilizando el guión previsto para Bruno, personaje central de “Así, cualquiera”, otra historieta cuyo argumento pugnaba por tomar forma definitiva al abrigo de mi blanca y cada día más escasa cabellera.

Senén estaba condenado a ser un desheredado de la fortuna, y en mi imaginación, le reservaba tal cúmulo de desgracias y situaciones penosas que, asustado, temiendo la avalancha que se le venía encima, inició una rebelión incruenta, pero molestísima.

Cuando yo intentaba hacerle decir en tono melodramático: “Tendré que empeñar el felpudo”, exclamaba con acento de magnate de petroleo: “Vaya, las acciones Payer han subido otros cuarenta enteros”.

La situación se deterioro considerablemente en el momento en que Bruno, satisfecho con el papel que habría que representar en “Así, cualquiera”, se negó obstinadamente a aceptar el que trataba de abandonar Senén.

Además, para colmo de males, a Bruno le gustó Ana, en cuanto la pensé para Senén y, a medida que la adornaba con virtudes y cualidades, crecía su capricho de hombre a quien nada se resiste.

En aquellos momentos sentí una profunda envidia de Pirandello, a quien buscaban desesperadamente nada menos que seis personajes. A mí, por el contrario, se me escapaban los dos que, erróneamente, consideraba de mi exclusiva propiedad.

El problema se me antojaba insoluble. ¿Qué podía hacer? ¿Cambiar de nombre a los protagonistas? ¿Suavizar la triste situación del desgraciado aminorando, al mismo tiempo, la fortuna del agraciado por la suerte?

Tan pronto como estas dos soluciones apuntaron en mi cerebro -y de momento sólo se encontraban en estado embrionario- Senén y Bruno se enzarzaron en una enconada polémica. Mis esfuerzos por llevar un poco de orden y sensatez a los acalorados litigantes no consiguieron el menor resultado. Cuando intente hacer valer mis derechos de autor, el barullo llegó a ser imponente; tanto, que se me declaró un tremendo dolor de cabeza refractario a cuantos analgésicos probé.

Cuando, en un susurro para no hacer excesivo ruido, afirmé que ninguno de los dos tenía voz ni voto, que ambos eran producto de mi fantasía y, por tanto, yo y únicamente yo contaba con el poder necesario para hacerles nacer en cuna de papel, o borrarles de un simple plumazo, su indignación adquirió proporciones gigantescas. A grito pelado declararon que, puesto que les había creado, so pena de merecer el castigo reservado a los asesinos, no debía borrarles del mapa; que lo sugerido les hacía temer por su razón y que si me creía un dios dueño de vidas y muertes.

Bruno, quizás presumiendo de culto, llegó a decir que yo era especie de tirano medieval que intentaba poner en práctica un derecho de pernada mental totalmente obsoleto y fuera de lugar.

Durante unos momentos los descontentos se callaron, sumidos en honda reflexión.

“Aunque no lleguen a un acuerdo -me dije-, menudo alivio que me proporciona su silencio. Y como no me propongan algo admisible para mi dignidad de ser de carne y hueso, recurro al olvido y se acabó”.

Aquello resultó una verdadera imprudencia pues, Bruno y Senén, alojados en mi cerebro, formaban parte de mi mismo y estaban al cabo de la calle de cuanto pensaba.

Procuré tranquilizarles, diciéndome mentalmente: “Esto hay que arreglarlo a satisfacción de todos”. Al propio tiempo, procuraba que mis pensamientos se encaminaran por derroteros distintos, totalmente ajenos al problema en cuestión.

Naturalmente, esta tarea no estaba al alcance de un ser humano como yo, incapaz de pensar en dos cosas distintas simultáneamente.

Para hacer algo tan complicado sería necesario disponer de un cerebro montado con un mezclador de sonido, pero, incluso si esto fuera posible, el nuevo pensamiento, fruto de los otros dos, resultaría un híbrido que nada tendría que ver con los dos iniciales y, por tanto, sería inservible.

Así pues, hice lo único factible. Alternativamente, pensé en Senén, en Bruno y en las angulas al pil-pil. Pasé veloz de un personaje a otro y, de ellos a mi plato favorito, para empezar nuevamente con Senén, como en un carrusel desbocado que gira más rápido a cada vuelta, hasta que sucedió lo que tenía que suceder.

En mis fatigadas circunvalaciones cerebrales se materializó, no sé por qué, un nuevo pensamiento relacionado con la motosierra PAJAX, modelo T-13.

Entonces me vi libre de mis rebeldes caracteres que aún tuvieron tiempo de gritar a coro, antes de desaparecer para siempre en el olvido: “¡ASESINO!”.

He de confesar que, desde entonces, no me siento muy tranquilo. No obstante, si alguien me llevara a los tribunales, estoy dispuesto a alegar con total seriedad que me limité a actuar en defensa propia.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

El teléfono de la esperanza

La desgracia se había cebado despiadadamente en Leonardo. Toda su vida había trascurrido entre enfermedades y contratiempos de distintos calibres. Con toda propiedad podía clasificársele como un supermercado de la catástrofe.

De niño experimentó todas las dolencias infantiles y de adolescente padeció las correspondientes a aquel periodo de su existencia.

Cuando ya no era adolescente, ni tampoco adulto, en el momento en que el único problema capilar de los de su generación radicaba en el costo que suponía la frecuente poda de tupidas cabelleras, él se libraba de tan oneroso gasto a cambio de una calvicie prematura que le iba dejando tan lampiño como la puerta de una nevera.

Días después de celebrar el decimoctavo aniversario de su venida a un mundo que le reservaba tantas y tantas funestas oportunidades, estaba en la terraza de su casa, piso tercero A, cuando un súbito ataque de vértigo le precipitó a la calle, naturalmente sin paracaídas.

Fue aquel un “vertiginoso” descenso que le proporcionó la inopinada oportunidad de trabar conocimiento con un fornido sacerdote navarro que, ocasionalmente y ajeno a lo que se le venía encima, despertó del golpe en una cama del hospital asegurando formalmente que había sido objeto de un atentado.

Aquella brusca e imprevista toma de contacto originó la fractura de ambas clavículas y cuatro costillas en el improvisado campo de aterrizaje sacerdotal.

El involuntario imitador de Icaro fue más afortunado y sólo se rompió ambas piernas y el tabique nasal.

Tres meses de estancia después, curado del vértigo, ingresó en Caja y fue tallado.

Tan pronto como se incorporó a filas, la piorrea tomó posesión de su dentadura y la entrega de licencia coincidió con la colocación de un nuevo equipo dental que sustituía  al que hubo necesidad de desahuciar por el procedimiento de urgencia.

La flamante herramienta desgarradora, trituradora y masticadora era soberbia. Blanca como la nieve y deslumbrante como ésta. Sin embargo el mecánico dentista que la ensambló tomaba las medidas más bien a ojo, consiguiendo de esta forma que la dentadura entrechocara tan ruidosamente que le obligaba a descender escaleras con enorme parsimonia para no causar la errónea impresión de encontrarse interpretando un solo de castañuelas.

Entre incorporación y licencia soportó los ataques, unas veces combinados, y otras por libre, de conjuntivitis, colitis, rinitis y otitis y, para colmo de indignidad, orquitis.

Cuando comenzaba a tomar gusto por la vida civil, o dicho de otro modo, diez minutos después de abandonar el cuartel, conoció a Jimena. Tres meses después consiguió trabajo y seis meses más tarde, se casó con ella.

Ya sé que esto parece hoy excesivamente precipitado, incluso imposible, pero debe tenerse en cuenta que todo sucedía hace muchos años. Los empleos no eran pepitas de oro y las mujeres soñaban con casarse.

Leonardo, en vista de que en el transcurso de los seis meses posteriores al casual conocimiento de Jimena únicamente había padecido de los callos, una afonía que le obligaba a hablar por señas y dos hemorragias nasales, creyó que su prolongada racha de mala suerte había finalizado. Consideró que Jimena, además de estar muy buena, se había convertido en su talismán.

Así que, como queda escrito más arriba, se casó.

Después de mucho pensar, decidieron realizar el viaje de novios en tren para no tentar innecesariamente a la suerte con un vuelo a Sevilla.

Llegados al hotel y después de curar dos dedos que se había aplastado con al bajar la ventanilla de su departamento, Leonardo, seguro ya de que Jimena estaba buena pero no era, de ninguna manera el amuleto supuesto, decidió consumar el matrimonio a todo gas, antes de que se incendiara el edificio, se desbordara el Guadalquivir o, lo que sería más grave, la poliomielitis tuviera la repentina ocurrencia de dejarle incapacitado.

A la mañana siguiente, bien temprano, despertó a causa de unos intensos picores en la pantorrilla izquierda. Alarmado, se levantó y, encerrándose en el cuarto de baño, pudo comprobar que en aquella parte de su anatomía se estaba formando una enorme roncha de muy mal aspecto.

Volvió al dormitorio y, no sabiendo qué hacer, pero no deseando despertar a su dormida esposa, se sentó en la butaca a oscuras. “Después de desayunar, iremos a un especialista de la piel”, se dijo.

Tan pronto como el doctor Turcios vio aquello, diagnosticó eczema seco. Extendió siete recetas, se embolsó 7.500 pesetas, y les acompañó amablemente a la puerta.

Desde aquel momento, además de alimentarse, contemplar la maravillosa perspectiva de la Plaza de España, el Parque de María Luisa, distintos monumentos y hacer aquello, podían divertirse colocando sobre el eczema una amplia variedad de pomadas que conferían a aquella porquería delicadas tonalidades del ámbar, violeta y marrón oscuro.

Sevilla, Plaza de España

Plaza de España de Sevilla

Las curas eran laboriosas y comenzaban siempre con la aplicación de un maloliente líquido, para lo cual utilizaban, de acuerdo con las instrucciones grandes pedazos de algodón en rama.

Encontrar el lugar adecuado donde ocultar aquellos pingajos húmedos constituía una verdadera pesadilla para el reciente matrimonio. Tirarlos por la ventana no era higiénico ni recomendable. En la papelera, tampoco. ¿Qué pensaría el servicio de limpieza?

Creyeron encontrar una solución cuando Jimena, con gesto resuelto, levantó la tapa del WC y, después de dejar caer en su interior aquella inmundicia, tiró de la cadena.

Hasta las 3,30 de la madrugada del cuarto día, el sistema funcionó. A hora tan intempestiva, dejó de hacerlo.

El vigilante nocturno, deshaciéndose en excusas, les suplicó que cambiaran de habitación para proceder ipso facto a arreglar todo el sistema de cañerías pues la habitación del piso inferior se encontraba inundada por el agua que caía en cascada desde la que ocupaban.

A partir de aquel momento, por San Lucas de Barrameda, no solo desembocaba el Guadalquivir, sino también los paquetes, cuidadosamente envueltos en plástico, que Jimena y Leonardo botaban, sin solemnidad ni botella de champagne, cada anochecer.

Como todo, también el viaje de novios llegó a termino y la pareja volvió a sus lares.

A los dos meses Leonardo, que únicamente había experimentado una ligera tortícolis, por cuya razón se encontraba sumamente satisfecho, comenzó a sufrir una rebelión delas masas en edición unipersonal.

Jimena parecía estar harta de tanta dentadura postiza, de la calvicie y, en fin, de las múltiples secuelas que aquel enfermo recalcitrante coleccionaba. Daba señales de desazón y descontento.

Una mañana en que a Leonardo se le pegaron las sábanas, se encontró encima de la mesilla de noche una nota que decía escuetamente:

“Adiós, convaleciente perpetuo”

En circunstancias distintas lo más probable hubiera sido que Leonardo admirase el lacónico estilo de su esposa, pero en aquel momento no se encontraba en las condiciones más propicias para otra cosa que para maldecir la hora en que se le ocurriría casarse, la perra suerte que le deparó tan puercas jugadas, la hora en que nació y, ya puestos a ello, el Día de la Raza.

A pesar de que su ya duro y cotidiano entrenamiento debería haberle abroquelado contra las consecuencias de cualquier catástrofe, ante aquella se sintió totalmente indefenso. El abandono de su recién estrenada esposa le sumió en una negra sima de dolor. Tan honda, que decidió dejar caer el telón y hacer un mutis definitivo.

Leonardo era calvo, lo cual no le impedía ser persona de decisiones rápidas: así pues, inmediatamente, comenzó a pensar en las ventajas e inconvenientes que reunían diferentes métodos de embarque para la eternidad.

Descartó al instante la defenestración, pues aún recordaba su caída desde la terraza y no deseaba verse obligado a realizar el último viaje en compañía de clérigos o seglares.

Del gas ciudad, ni hablar. Tenía un olor insoportable y, además, podía ser detectado por los vecinos que quizás le impidieran la excursión.

Revolver o pistola no tenía y, aunque dispusiera de armas, no las utilizaría, pues le sobresaltaba demasiado el antipático ruido que producían al ser disparadas.

Repentinamente, recordó las medicinas que se almacenaban en la despensa. Restos de innumerables tratamientos que su mala salud y un rosario de accidentes le habían hecho seguir. Representaban varios quilos de material aprovechable.

“Ahora vais a servir, de verdad, para algo”, se dijo imaginando el cocktail especial e irrepetible que iba a preparar sin necesidad de receta alguna.

Cuidadosamente, eligió cuantos fármacos llevaban la indicación de “solo uso externo” y reforzó el surtido con un par de limpiametales.

El resultado de la mezcla del medio cubo de agua y el contenido de los frasquitos, botellas, tubos y polvos seleccionados, presentaba un color que ni el divino Dalí hubiera soñado en sus delirios más audaces.

Después de agitar concienzudamente aquel mejunje infernal, digno del aquelarre más distinguido, Leonardo decidió irse a lo snob y buscó en la cristalera fina, regalada por su tía Victoria, una hermosa copa para champagne, que llenó hasta el borde. Se sentó cómodamente en una butaca, que por cierto estaba sin pagar en su totalidad, y levantó la burbuja cristalina disponiéndose a vaciarla de un trago.

Antes de hacerlo, paseo su mirada por la habitación en muda despedida de aquel lugar en el que tanto había amado y sufrido y que, en breves instantes se convertiría en su mausoleo.

Sobre la mesita baja se encontraba un periódico del día anterior, abierto por las páginas centrales, de cuyo texto destacaba un conciso titular que decía “Teléfono de la Esperanza”.

Involuntariamente, Leonardo vio el título y pensó: ” Esperanza para quienes aún disponen de capacidad para albergarla. No para mí, que ya llegué al límite de la desesperanza”.

Contra sus deseos, o por lo menos sin la intervención de su albedrío, depositó la copa sobre la mesita y con una mano, aparentemente dotada de vida propia e independiente, cogió el diario.

Asombrado, leyó el parco aviso que figuraba bajo aquellas palabras extrañas. Decía: “No tome una decisión precipitada. Todo problema tiene su solución. Cuando crea que ya nada importa y que la vida no merece la pena ser vivida, aplace su determinación unos minutos. Póngase en contacto con nosotros llamando al teléfono…”.

Leonardo arrojó el periódico al suelo y volvió a coger la copa, dispuesto a terminar de una vez. Sin embargo, la colocó sobre la mesa nuevamente.

Una tenue llama de ilusión había nacido en su interior y, aunque no quería admitirlo, pensar en la ingestión de aquella maloliente porquería le causaba un asco imponente.

“Bueno -se dijo- En realidad, esto no va a adquirir peor aspecto dentro de cinco minutos. Y, además, la mía no tiene porqué ser una muerte repentina”.

Con un gesto indeciso, Leonardo asió el teléfono y, sin levantarse de la butaca donde aún se encontraba, leyó el número de teléfono de la esperanza, marcó y esperó unos instantes antes de conseguir respuesta.

Una agradable voz de mujer dio fin a su nerviosa espera diciendo: “Buenos días”.

Leonardo en tono de duda, preguntó: “¿Es la esperanza?”. La respuesta en la que se traducía un deje jovial, le extrañó un tanto: “Pues claro, ¿quién iba a ser, hombre?, ¿qué tripa se te rompió?”.

“Pues  verá -contestó- ; no se me rompió ninguna tripa, todavía, pero es probable que se me rompa todo de una vez. Estoy a punto de suicidarme”.

“¡Qué burro eres, pero qué burro eres! ¿Cómo se te ha ocurrido semejante estupidez? Mira, déjate de pamplinas y piensa que por muy desgraciado que te sientas hoy, mañana será otro día. ¿Por qué no me cuentas tus penas? Verás cuanto mejor te sientes cuando desembuches”.

Leonardo, sin comprender la razón, comenzó a notar como si le quitasen de encima una pesadísima losa y, poco a poco, tímidamente al principio, y con toda sinceridad luego, fue recitando su patético catálogo de contratiempos, enfermedades y tristezas, terminando por confesar el reciente abandono de  su esposa.

Al otro lado del hilo telefónico que le unía a la esperanza, la voz de su interlocutora solo interrumpía para pronunciar breves palabras de asentimiento como: “Ya”, “Bueno”, “Vaya”, que no hacían otra cosa que alimentar el anhelo de simpatía y comprensión experimentada por Leonardo.

Cuando terminó la larga letanía y confirmó su propósito de quitarse la vida, aquella voz se limitó a decir: “Bueno, no es posible que hayas aguantado a pie firme todo lo que me has contado y te arrugues ahora con la espantada de tu mujer. Si te deja una, piensa que te ha hecho un favor. Desde este momento tienes la oportunidad de disponer de las que quieras”.

“Pero, ¿qué dices? -exclamó Leonardo-. No lo entiendo. O estás loca, o no sabes lo que dices”.

“Claro que lo sé, hombre, claro que lo sé. Tengo mucha experiencia en estas cosas. El ambiente que me rodea y mi oficio me han enseñado mucho”, dijo la voz amable.

“Nada, nada, tengo que tomar alguna medida”, confesó Leonardo.

“Bueno, pues si se trata de tomar medidas -fue cortado- toma las mías; ahí van: 90-60-90. He de confesarte -continuó- que no soy la Esperanza. Esa salió ayer con un argentino que la trae tarumba y no volvió todavía. Yo soy la Manuela”.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Fracaso escolar

Desde hace demasiado tiempo  viene hablándose del fracaso escolar sin que, a juzgar por la contumacia con que continúa prodigándose, se vislumbre su eventual desaparición. Hoy por hoy goza de una envidiable salud.

Cuando, con avisos previos o de sopetón, se materializa el espectro de un “no apto”, la angustia es su inevitable compañera y propina jaque mate a la esperanza, alimentada durante todo el curso, de repetir aquel verano delicioso del año anterior.

¿Cómo es posible que la enseñanza, y los que se dedican a ella, no hayan caído en la cuenta de que la solución a tan aterrador problema es sencillísima?

Por supuesto, no voy a permitir al inmodestia de ofrecer consejos para el aprendizaje de la música, pues soy bastante más ignorante en este tema que en los demás. Lo que sí me decido a proponer a reglón seguido es el método de ahuyentar el coco del suspenso, dejando, para personas dotadas de más cacumen, la explicación de sistemas aplicables a la interpretación de esa especie de piedra Rosetta que constituye el conjunto de moscas atrapadas en el pentagrama.

Pero antes de dar a conocer al país lo que ya se debería haber descubierto sin mi ayuda, pondré de manifiesto el plan de trabajo que me condujo al gran hallazgo.

Se imponía, en primer lugar, localizar y aislar las posibles causas de que un elevado número de estudiantes fueran premiados a final de curso con denigrantes calabazas. Las que encontré fueron las siguientes:

Del cuerpo docente:

  • Padecía de mudez incurable
  • Constituía la suma de la ignorancia de sus miembros individuales.
  • Obedeciendo torvas consignas de una negra conjura, se expresaba en un idioma desconocido.
  • Hablaba español, pero en un tono absolutamente inaudible
  • Haciendo gala de un cinismo increíble explicaban, en español, con voz que llegaba al último rincón de las aulas y en términos fácilmente comprensibles, conceptos que en nada se parecen a lo que se tiene por verdad científica.

De los alumnos:

  • Imbéciles congénitos
  • Sordos como tapias
  • Indiferentes a lo que sucede en las clases
  • Confabulados para hacer el vacío al cuerpo docente
  • Se entrenaban para parados

Enfrenté, después, las supuestas causas atribuidas a verdugos y víctimas al objeto de eliminar aquellas de imposible aceptación por resultar inverosímiles.

Si los alumnos fuesen sordos como tapias, carecería de importancia que sus profesores padecieran de mudez, se expresaran en un idioma u otro, hablaran nuestro idioma pero en voz excesivamente baja, o asegurasen que la luna era la esposa del sol.

Llegado a este punto de mi investigación pude comprobar que, de los supuestos achacados inicialmente al ente profesional, únicamente quedaba “vivo” el segundo, el referente a la ignorancia.

Por lo que se refiere a los alumnos, salvo la “sordera como tapias”, sobrevivían el resto de razones.

Venía ahora lo más difícil. Era imposible comparar los conceptos restantes por resultar heterogéneos. Se imponía, pues, el mayor cuidado, pues estaba manejando nociones más inestables y peligrosas que la nitroglicerina.

La primera debía de ser eliminada ipto facto por ser matemáticamente imposible que todos los estudiantes se encontrasen aquejados de imbecilidad congénita. Fuera con ella.

La cuarta, suprimida sin contemplaciones, pues sería mucho suponer una confabulación estudiantil generalizada para hacer vacíos. Si se tratara de hacer ruido, la decisión habría de ser tomada con mayor cautela.

A estas alturas de la investigación, solo permanecían en el candelero, para la enseñanza la segunda (ignorancia) y para el aprendizaje la indiferencia y el entrenamiento para el paro.

Aunque los elementos constitutivos del caldo de cultivo sometido a estudio se habían reducido considerablemente, todavía resultaba comprometido determinar la causa última del fracaso escolar. No obstante, había que decidirse de una vez. Así pues, para acortarlo un poco más, resolví, creo que con razón, fundir en uno solo los componentes atribuidos a los alumnos, denominando al cóctel resultante: “indiferencia ante la inevitabilidad del paro”.

Frente a frente quedaban ahora la ignorancia de los preceptores y lo ya citado en el párrafo anterior.

Ante la imposibilidad de admitir, por muchos razonamientos favorables que pudieran ser aducidos, que el fracaso escolar se debe a la falta de conocimientos de los maestros o a la apatía de los discípulos, pues ambas conclusiones serían injustas, necias y embusteras, hube de admitir que la existencia del problema aludido se debe, como el cáncer, a algo que está ahí, que no vemos hasta que nos hace polvo y del que solamente palpamos las consecuencias.

Sin embargo, este cáncer de las aulas, tiene cura y ésta es la que, modestamente, ofrezco a las atribuladas familias que lo padecen. Y, como curandero temeroso de ser acusado de intrusismo por un Colegio Oficial de Médicos cualquiera, absolutamente gratis.

Reconozco que el remedio es un tanto radical pero, qué le vamos a hacer. A grandes males, grandes remedios.

Puesto que, como ha quedado demostrado, la enseñanza no vale para otra cosa que para producir calabazas, propongo una suspensión inmediata de todo núcleo de instrucción: los enseñantes dedicarán sus esfuerzos a la agricultura, actividad en la que podrán obtener satisfacciones sin cuento cultivando gordísimas cucurbitáceas.

En cuanto a los estudiantes, se les señalará únicamente como obligación ineludible la de divertirse. Por desgracia, no tendrán mucho tiempo para realizar tan agradable deber. La juventud se nos va a una velocidad endiablada.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

 

Los escéntricos

¿Qué? Ah, que escriba con equis. Ya lo sé, pero también yo tengo derecho a realizar excentricidades. ¿Por qué no? Muchas gentes lo hacen y no sólo resulta aceptable sino que les aplauden y pagan por ello.

Sucede que lo excéntrico es tan común que empieza a perder su calidad de tal y pasa a ser visto como una manifestación normal, corriente y vulgar de la personalidad moderna.

Actualmente, nadie se rasga las vestiduras cuando un actor o actriz de teatro, un futbolista o un torero comienza a grabar discos y a cantar en público. Generalmente, lo hacen fatal pero, gallos aparte, no se les tiene por excéntricos.

Tampoco cunde la alarma en el momento en que un boxeador decide interpretar a Shakespeare.

Y no digamos cuando se anuncia la apertura de un nuevo museo de arte contemporáneo. Hay que guardar cola para contemplar lo que parece un muestrario de pesadilla colectiva. Seres con un solo ojo debajo de la nariz, bocas contraídas en muecas satánicas, a pocos milímetros de una de las orejas, brazos como patas de elefante o como cañas de geranio alternan con animales de especies desconocidas y aspecto grotesco o amenazador.

Aún recuerdo la burla de que fui objeto por parte de varios amigos cuando visitamos una retrospectiva de la obra de uno de los más pagados y representativos pintores españoles del siglo actual.

A mi comentario de que nunca había visto un caballo verde, se me dijo que la pintura no era sólo color. Seguidamente mencioné la evidente desproporción entre las patas delanteras y las traseras de aquel adefesio. Contestaron que tampoco la armonía de líneas constituía el secreto. Al atreverme a preguntar cómo era más pequeña la figura de una persona, situada en primer término, que el caballo (o lo que fuera, pues en aquellos momentos no estaba seguro de nada), la respuesta fue el consabido: “La proporción no es…”

Entonces cometí la imprudencia más grande de mi vida. Creyendo que, de una vez por todas, les iba a dejar sin réplica, inquirí: “Queréis decirme, si la pintura no es color, línea, proporción, perspectiva o dibujo, ¿qué diablos es?

Pero como casi siempre, me engañé. Tenían contestación, y ésta fue unánime. A coro gritaron (aunque yo no vi ensayo alguno): “Perico, ¡eres un ignorante!”

Ahora, al cabo de los años, me pregunto muy seriamente, ¿quién estaba en aquel momento haciendo gala de excentricidad, mis amigos o yo?

No deja de resultar curioso que lo excéntrico sea algo un tanto intangible, no constreñible a medidas ni reglas fijas. La misma palabra y el concepto que describe, poseen un vaho nebuloso y de misterio. Ex-céntrico. Si, que se sale del centro. Pero, ¿de qué centro? ¿del parroquial, del de la tierra, del farmacéutico, del ideológico o de cuál?

Salga de donde salga, cualquiera que sea su origen, al tomar cartas de naturaleza entre los humanos ha perdido significación y fuerza.

Hace no muchos años cuando se decía, “Antidio es un excéntrico”, se entendía que Antidio era un artista de circo que realizaba, bajo la carpa, una serie de ejercicios difíciles y extraños. Hoy en día, probablemente nadie sabría a qué se dedicaba el repetido Antidio. ¿Y por qué? Pues, elemental, mi querido Watson. Porque todos hacemos cosas raras sin que suceda nada y, naturalmente, sin que vengan a cuento.

Confieso que yo mismo, a las cinco de una tarde soleada, pasé conduciendo un coche, con la ventanilla abierta, por una calle muy concurrida, y por ello, a escasa velocidad, llevando en la cabeza una gran tartera con flores estampadas. Mucha gente me vio; estoy seguro. Sin embargo, dejando aparte el grito de ¿A dónde vas, chalao?, proferido por un crío de unos doce o trece años -y, por tanto, inexperto-, nadie se escandalizó a mi paso.

¿Pero por qué cometí semejante estupidez? Pues la verdad, no lo sé. Fue un impulso irresistible. Recuerdo, eso sí, que hube de descubrirme muy pronto a causa de un excesivo peso de aquel improvisado cubrecabezas. Debía de tratarse de una tartera de acero doble.

Antes de que se me olvide, apuntaré aquí, para general conocimiento, el sistema seguido por algunos compositores para encontrar la inspiración que les falta. Me hago cargo del enfado de estos originales músicos cuando adviertan que el admirable y astuto método que utilizan para arrobar a sus oyentes ha sido divulgado. Espero, no obstante, que su benevolencia y su estro corran parejas y no inventen una nueva tortura con destino a quien les ha puesto al descubierto.

El procedimiento consiste en cubrir un montón de papelitos con las notas de la escala musical. Una nota en cada papel. Pueden confeccionarse, por ejemplo, veinte papelitos con la nota do, y otros tantos con re, etc.

He observado que los compositores gordos utilizan en mayor proporción el do que el si. Inversamente, los flacos conceden más oportunidad a la nota si.

Elaborado el surtido de papeles, se colocan en el interior de una boina, se agitan a la luz de la luna (si se desea música romántica) o cerca de un martillo neumático (si se prefiere música militar y enérgica). Después, se van retirando de uno en uno y se anotan sobre el papel pautado. Si el autor no sabe solfeo, suele solicitar la colaboración de alguien que lo conozca.

La escultura merece un capítulo aparte. El simbolismo subyacente en esta manifestación artística no es fácil de dominar y resulta incomprensible para los no iniciados. Sin duda, por ello, nunca falta un alma caritativa que se encargue, totalmente gratis, de disipar nuestra ignorancia.

Así, he podido percatarme de que dos vigas de ferrocarril cruzadas en forma de equis representan las dificultades de un alumbramiento de nalga. Un montón de ladrillos con una silla rota en la parte superior y un palo colocado verticalmente del que pende una camiseta agujereada, significa “no me aguardes a las ocho, pues he de lavarme el pelo”. Medio plátano gigantesco, cortado longitudinalmente, con dos protuberancias a media altura, valen por “fertilidad humana”.

Podría continuar un buen rato pero, ¿merece la pena? Yo creo que no.

De todas maneras, antes de considerar finalizada esta historieta y al objeto de dejar establecida mi teoría de que nadie es ya excéntrico o, para el caso es igual, todos lo somos, les diré cómo conseguí que el incrédulo Rob (no, no se trata de Robert, sino de Robustiano), hiciese suya mi forma de pensar sobre esta cuestión.

Se negaba obstinadamente a admitir mi punto de vista cuando le dije: “Vamos a entrar en una cafetería céntrica y concurrida. Si el barman, o alguno de los presentes muestra su extrañeza al escuchar mi encargo, yo pagaré, pero, si no es así, el que paga serás tú”.

Rob se limitó a responder, “Conforme”.

El establecimiento en que entramos se encontraba muy animado. Eran las siete y media de la tarde y fijándonos en el escaso espacio disponible podía creerse que la crisis y la inflación se hallaban de vacaciones. Por fin, en la barra, quedaron dos sitios libres que nos apresuramos a ocupar.

“¿Qué va a ser?”, preguntó el camarero.

“Para mi amigo, un descafeinado”, le respondí. “Para mi mismo, lo mejor será que tome nota, pues es un poco complicado”, añadí.

Cuando advertí que ya tenía en sus manos blog y bolígrafo, continué con voz recia: “En un vaso largo, a cuartas partes, vinagre, Ribeiro tinto, leche condensada y líquido de frenos. Ponga unas cañitas de perejil.”

El barman anotó cuidadosamente mi encargo y cuando escribió perejil, preguntó, “Y para comer, ¿desea algo?”

“Sí -respondí-, prepáreme un sandwich caliente de jamón serrano y caramelos de menta”.

“Lo siento -contestó-, los caramelos de menta se nos han agotado. ¿Le valen de fresa?”.

“Perfecto”, añadí tranquilamente.

Durante este intercambio de palabras, nadie manifestó la menor sorpresa. El único que me miraba con incredulidad era el pobre Rob.

Poco tiempo después, el estoico asalariado depositó sobre la barra nuestro encargo y, antes de que se alejase, le pregunté, “¿Cuánto es todo?”

“Un momentito, por favor”, replicó. Y tomando de un cajón una máquina de calcular, comenzó a hacer números.

Rob, viendo que trascurría el tiempo, y no salían las cuentas, comentó: “Bueno, no me extraña que sea un total difícil de obtener. Con unos sumandos tan poco frecuentes…”

El empleado levantó la cabeza y la maquinita de la que salía un cable y respondió. “No, no es eso. Lo que ocurre es que hoy la tengo conectada al carburo. Es más barato que la energía eléctrica, pero no hay duda de que es más lenta. Ustedes perdonen.”

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa, Oviedo, 1986

La hora tonta

Cuando faltaban dos días para el partido Oviedo-Madrid, ni en broma consideraba la posibilidad de convertirme en espectador.

El sábado no quería ni pensar en ello. El domingo, a media mañana, fui derrotado por la hora tonta.

También los hombres padecemos más de una vez estos 60 minutos. Los míos fueron más que tontos. Fueron imbéciles, menos, retrasados mentales.

Al acercarme a la taquilla pensé: “Los dos puntos ya se encuentran camino de Pajares. Esa es la fija. Así que, tú tranquilo. Observa y calla.”

Mis intenciones eran buenas, pero sólo eran eso, intenciones. Ni la conocida flema británica garantizaría la impasibilidad y las buenas maneras ante la exhibición de cinismo y la tomadura de pelo que constituyeron el denominador común en la actuación del mal llamado árbitro del encuentro.

Por tanto, de tranquilidad, nada de nada. Y de callar, menos. En mi vida he sentido tantos deseos de asesinar a alguien. Pero, ¿a quién? ¿A Orellana? Creo que no sería justo que él pagara los vidrios rotos por sus antecesores. El u otro, no importa. “Ellos” son la herramienta del trabajo diario de un club que utiliza aquello de “A vencer en buena lid”, únicamente en el estribillo de un himno ramplón, lleno de lugares comunes y, por supuesto, muy alejado de la política puesta en práctica en la consecución de títulos.

Se me ha dicho que, cuando “los albos corderos madrileños” levantan los brazos, los colocan en jarras o gesticulan como posesos, no se trata, como pudiera parecer, de una sesión al estilo eslavo. Tampoco impetran el favor de los dioses. La realidad, muy distinta, es que dan órdenes al Orellana de turno mediante un código de señales secretas, mezcla de las utilizadas por los señaleros de la marina y del alfabeto para sordos.

Al parecer, un marinero natural de Santa Pola, viejo y bastante borrachín él, naufragó hace muchos años frente a las costas de Borneo. Acogido por los naturales del país, convivió con ellos el tiempo suficiente para aprender el sistema de señales con que se comunicaban a distancia. A su vuelta a la civilización, lo dio a conocer a un veraneante de su patria chica, un tal Don Santiago, (sí, el mismo que ustedes piensan), el cual, viendo las posibilidades que la cosa ofrecía, perfeccionó el sistema agregándole de paso los gestos correspondientes a “anula ese gol”, “canta penalty” y “cierra los ojos que voy a dar estopa”, además de otros que, como los citados, no figuraban aún en el catálogo, posiblemente por no haber sido introducido aún el fútbol en aquellas latitudes.

De todo esto a considerar obligatorio el dominio del “idioma” para cuantos pretendiesen fichar por el equipo “merengue”, no hubo más que un paso.

Hoy manejan la lengua a la perfección Amancio, Pirri, Benito y Verdugo; la chapurrean bastante bien los demás y, falla algo Zoco, ya que, por agitar en demasía las extremidades superiores, comete de vez en cuando un penalty, naturalmente no visto por el vendido en funciones.

A riesgo de alargar esto más de la cuenta, expondré ahora mi particular procedimiento para terminar con esta desagradable situación, que un domingo sí, y otro también, se viene planteando a los equipos “subdesarrollados”.

Con todo lo genial, es muy sencillo. Propongo que, tras el saque inicial, los once componentes del equipo que se enfrenta al Real Madrid se sienten en una esquina del terreno de juego, poniendo especial cuidado en no estorbar las evoluciones de los “pentas”. Ya colocados en el rincón, deberán dedicarse a resolver crucigramas.

Con mi sistema, se consiguen varios objetivos. El Madrid ahorrará mucho dinerito y, sobre todo, ganará todos los encuentros. De paso, sus rivales acrecentarán su particular cultura, cosa no poco interesante.

Ya, ya se. Y de los espectadores, ¿qué? También eso está pensado. En vez de enronquecer gritando cosas feas a los Orellanas, podrían formar un orfeón gigantesco, que tampoco es moco de pavo.

De todas formas, creo que el “viejo chocho” tiene razón. Es incomprensible la manía que se tiene en provincias al Club de su digna dirección. En cambio, es aparente que D. Santi padece daltonismo. ¿No es cierto que lo ve todo blanco?

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Contra viento y María

Si alguna vez pudo decirse sin faltar a la verdad que los elementos se encontraban desatados, fue entonces. Aquella noche todos los nudos parecían haber sido deshechos y, como consecuencia, el viento huracanado alternaba con fortísimos aguaceros.

Cuando, al día siguiente -pues en plena tormenta el Observatorio Meteorológico tenía bastante con supervivir- se estudiaron registros y aparatos de medición, se supo que el viento había soplado a más de 100 km/h y que el agua recogida podría haber sido suficiente para acabar con la proverbial sed africana.

Circular por la calle, a pie, equivalía a una modalidad de suicidio sin patentar y, en automóvil era imposible pues la vía pública se hallaba repleta de los objetos más heterogéneos. Ventanas, con y sin cristales, restos retorcidos de carteles y anuncios, columnas de alumbrado y postes telefónicos habían formado una impenetrable y caprichosa jungla de obstáculos infranqueable sin la ayuda de un bulldozer.

A juzgar por la enorme cantidad de jardineras y maceteros que alfombraban aceras y calles, los habitantes de la ciudad deberían ser premiados como los más ardientes amantes de las flores de todo el país y, seguidamente, multados por su falta de precaución a la hora de adornar el exterior de sus balcones.

Un aficionado a la estadística de lo inusual se hubiera estremecido de gozo al ir anotando, trece tapaderas de retrete, seis fresqueras, veintidós orinales, doce sillas de comedor (de dos modelos diferentes), siete mangas de colar café, nueve lámparas de techo, dos somieres metálicos, una colección completa de “Roberto Alcázar y Pedrín” (cuidadosamente atada con bramante), una ristra de chorizos, seis estuches del piel conteniendo otras tantas dentaduras postizas, un enorme surtido de zapatos, botas y zapatillas (algunos ejemplares de un solo pie), doce colchones, treinta y un cojines y otras cosas mucho más que no cito porque odio la estadística.

Parecía imposible que el viento, por fuerte que soplara -y de verdad lo hacía- tuviera poder bastante para sacar de su escondrijo tan disparatada variedad de cosas extrañas. Más bien era como si los residentes de la castigada urbe, sintiéndose a salvo de miradas indiscretas, hubieran decidido realizar un zafarrancho general y desprenderse de cuanto les resultaba molesto a la vista. Era una epidémica versión de tirar la casa por la ventana. Los bomberos habían efectuado veinte salidas atendiendo angustiados SOS lanzados por aterrorizados vecinos temerosos de verse aplastados por los muros y techos de sus domicilios o de perecer ahogados por el agua, cuyo nivel ascendía incesantemente. Los inundados barrios de la parte baja estaban siendo desalojados a todo prisa entre las airadas protestas de los inquilinos que, incapaces de contener su indignación, dedicaban cortesanos piropos a la progenitora del alcalde y a toda la descendencia de la corporación municipal.

Una de las últimas casas del barrio, lindante con el descampado, era una vivienda de reducidas dimensiones, de planta baja y un piso. El agua alcanzaba ya más de medio metro. La construcción aparentaba ser tan frágil que parecía un milagro que se mantuviera en pie.

A la luz de los reflectores, pudo verse, encaramada en el tejado y aferrándose desesperadamente a la chimenea, una mujer que gritaba algo ininteligible a causa del ruido producido por los aullidos del viento y el gorgoteo de la lluvia.

De pronto, una de las paredes laterales se derrumbó arrastrando en su caída parte del tejado. El lienzo dejó al descubierto un dormitorio en el que, sobre una cama peligrosamente inclinada hacia el vacío, se encontraban varias gallinas y conejos. Cerca de la puerta, apoyadas una contra otra, como dándose mutuamente ánimo, dos cabras permanecían inmóviles.

Aprovechando el súbito silencio originada por la momentánea caída del viento, el jefe de bomberos gritó a través de un megáfono: “No tema. Ahora mismo la bajamos de ahí. Agárrese bien a la chimenea.”

La respuesta de la mujer en el tejado, llegó débil, pero claramente a quienes tomaban parte en la operación de salvamento:

“Como que me llamo María, que no me apeo de aquí, si no bajan primero a los animales.”

“Déjese de tonterías, señora”, contestó el responsable.

Inmediatamente, los abnegados profesionales comenzaron a acercar una altísima escalera, pero su avance se vio detenido por las tejas que María, con determinación y mano certera, lanzaba contra su elevada posición.

Uno de los bomberos fue alcanzado en un hombro y hubo de ser evacuado a retaguardia. Otro recibió un tejazo en la cabeza y a no ser por el casco que lo protegía, hubiera pasado a engrosar la lista de bajas en cumplimiento del deber.

El jefe ordeno la suspensión provisional de la acción de rescate y María cesó de hostigar a sus aspirantes a liberadores. Parecía, allí arriba, un capitán de barco que se niega a abandonar cubierta mientras no haya sido puesta a salvo toda la tripulación.

Por fin, tras ímprobos esfuerzos, los animales fueron retirados del improvisado establo y, seguidamente, María consintió en ser bajada de su atalaya.

Cuando, al amanecer, el jefe de bomberos trataba de introducirse cuidadosamente en la cama sin despertar a su mujer, ésta, intranquila por la tardanza de su marido y dormida sólo a medias, dijo: “Ya era hora, Ramón. ¿Está todo arreglado?”, Ramón, entre dos bostezos, respondió: “Sí, contra viento y María.”

“Pobrecito, estás hecho polvo. No sabes lo que dices”, contestó la cariñosa esposa.

Y Ramón, dejándose arrebatar por la dulce llamada del sueño, fatigado hasta la extenuación, pero feliz, aún tuvo fuerzas para musitar con voz burlona:

“Contra viento y María…, viento y María…, María…”

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986