La compañera juiciosa

Nuestra unión no había sido santificada o sancionada por ley alguna, ni divina ni humana y, sin embargo, resultó sólida y sin fisuras a lo largo de los años.

Durante mucho tiempo fuimos uña y carne, ejemplo vivo de dos seres nacidos el uno para el otro.

Ella encajó en mi existencia de manera tan espontánea que, ahora, después de una convivencia tan dilatada, he de admitir que pareció haberme sido predestinada.

Nuestra vida en común no precisaba de palabras para racionalizar la felicidad que gozábamos. Estábamos juntos y ello era suficiente.

Estoy absolutamente seguro de que su emoción era tan grande como la mía cuando, absortos y mudos, contemplábamos el mar embravecido, escuchábamos un nocturno de Chopin o éramos testigos de los primeros balbuceos de un niño.

En el aspecto físico, jamás me dirigió un reproche…

Reíamos las mismas cosas. Ambos detestábamos los chistes sin gracia, las bebidas heladas y las comidas demasiado calientes.

Nunca la dejé en casa e incluso me acompañaba en mis frecuentes viajes al extranjero.

Hoy que la he perdido, comprendo que jamás lograré encontrar otra como ella. ¡Era tan natural!

Han transcurrido únicamente dos semanas desde que me fue arrebatada y acepto con amargura que el vacío que ha dejado en mi existencia es algo que nada ni nadie podrá llenar.

Recuerdo con tristeza la primera mañana en que advertí que ya no estaba conmigo.

Ignoro la razón de que, aquel día, el laborioso procedimiento mediante el cual consigo habitualmente emerger de las brumas del sueño fuera más breve que en otras ocasiones.

Tan pronto como el despertador, con su estridente repiqueteo, señaló el inicio de una nueva jornada, comprendí que algo muy importante, algo sin remedio, había ocurrido.

Ella ya no formaba parte de mi vida, de mi mismo.

Recordé entonces que últimamente había comenzado a observar en ella algunas muestras de desazón.

Al principio creí que eran sólo fantasías provocadas en mi mente por el estado de excitación que me había producido un exceso de trabajo.

Pero no era así, porque, algunas fechas más tarde, brotaron las protestas mal encubiertas y, tras éstas, las punzadas y aguijonazos descarados.

Y, finalmente, se produjo lo que nunca supuse habría de ocurrir. ¡Me dejó!

No puede servirme de consuelo, pero algo alivia imaginar que el hombre que la arrancó de mi lado debe poseer unas dotes de persuasión nada comunes y, sobre todo, tenacidad.

Entristecido, me calzaba las zapatilla, sentado en el borde de la cama, cuando mi ayuda de cámara, después de golpear con los nudillos la puerta de mi dormitorio, pasó y dijo:

– Acaban de traer una carta para usted. Esperan respuesta.

– Ábrela y lee. – le dije.

Sebastián, pausado, como siempre, leyó lentamente para sí la misiiva y la resumió con esta sola frase:

– Por la extracción de una muela del juicio,______pts.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

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