Letra impresa

Julio Sueca había sido un maníaco de la literatura desde que llegó al convencimiento de que no se trataba de una broma de los mayores aquello de la p con la a, pa, y la b con la e, be.

En cuanto aprendió a leer, como si deseara recuperar los nueve meses perdidos antes de ser persona, leía cuanto se le ponía a tiro. Lo suyo en relación con la letra impresa, pasaba de afición para convertirse en vicio. Se encontraba “enganchado” a una droga contra la que aún no existía cura conocida.

Leía y leía sin darse punto de reposo. Poseía una memoria excelente y las notas del colegio hubieran satisfecho a progenitores mucho más exigentes que los que le habían tocado en suerte.

Sin embargo, ambos, pero en especial el padre, veían en aquella afición del retoño un peligro para sus intenciones de incorporarlo al negocio de carnicería que regentaban en propiedad.

El hijo finalizó con brillantez el bachillerato y se llevó el gran disgusto cuando le fue negada la autorización para cursar Filosofía y Letras. Lo más que consiguió, tras discusiones sin cuento, fue que le permitieran seguir la carrera de Económicas.

Aquello, le dijeron, estaba más relacionado con el despacho de filetes y criadillas que las rarezas de Kant y otros incomprensibles investigadores del pensamiento. Al fin y al cabo, cuando ellos faltaran, él debería colocarse el mandil y situarse detrás del mostrador. Entonces reconocerían la previsión de sus amantes padres que habían elegido para él lo más conveniente.

¡Cuánto mejor era para un carnicero saber cuantas son dos y dos que conocer los entresijos de la Crítica de la razón pura!

Los sentimientos de Julio al verse contrariado en lo que más anhelaba, estaban más cerca de la desesperación que de la resignación. Pero, buen hijo ante todo, hizo de tripas corazón -algo normal en el hogar de un carnicero- y estudió Económicas con tanto ahínco como si quisiera terminarlas para olvidarlas en el plazo más breve posible.

Sus estudios no le impedían dedicar algún tiempo a la lectura y en los ratos consagrados a los libros de evasión, no a los aburridísimos de texto, encontraba el único bálsamo que podía aliviar el tedio causado por estos últimos.

Un día, empujado no sabía por qué diablillo tentador, se sentó ante una hoja de papel en blanco. Quedó embobado contemplando la impoluta blancura de la cuartilla y experimentó la necesidad de cambiarla de condición. Aquel espacio vacío de todo contenido estaba pidiéndole en silencio que lo colmara de palabras.

Así que, obedeciendo la callada súplica, comenzó a escribir. Completó la hoja y luego otras dos o tres. No tenía ni idea del contenido del artículo, relato, cuento o lo que fuera. El caso es que escribió.

Aquellas cuartillas fueron el inicio de una actividad que, con el tiempo, llegaría a competir seriamente con la lectura. Escribía con la misma facilidad con que sus padres troceaban los costillares de las reses que esperaban -naturalmente muertas- en el enorme frigorífico.

No obstante, temeroso de que los carniceros vieran con malos ojos su nueva afición, la cultivó y mantuvo en secreto.

Pasaron los años y Julio finalizó la carrera. Con el permiso paterno buscó y consiguió colocación en la Compañía de Seguros y Reaseguros La Fourmie y allí vegetó aguardando la orden de incorporación al negocio familiar.

Llegó antes la del ejército, hizo la mili, se licenció y volvió al empleo en la Fourmie. Conoció a Carmen, se hicieron novios, se enfadaron, se reconciliaron, volvieron a reñir para siempre y se casaron.

Transcurrieron  cinco años sin que la cigüeña atendiera sus repetidos y entusiastas llamamientos, de manera que cuando, dos años después de la boda, los carniceros perdieron su interés, él por el Atlético de Madrid y ella por el encaje de bolillos, al quedarse dulcemente dormidos en el interior del frigorífico cuya puerta se hizo tan sorda a sus invocaciones como la zancuda a las de la joven pareja, aún no había descendencia.

Sueca sintió la desaparición de los autores de sus días, cómo no iba a sentirla, pero, al propio tiempo, experimentó un gran alivio al pensar que la amenaza del mostrador y el mandilón, por no hablar del repugnante olor a carne muerta, se esfumaba para siempre.

Traspasó por un buen puñado de pesetas el negocio heredado, adquirió doscientas resmas de papel tamaño folio y perseveró en la escritura, la lectura, la compañía de seguros y las apelaciones a París, por este orden de preferencia.

Ante Julio se dibujaba un porvenir que podía depararle lo que siempre había formado parte de sus sueños. Primero publicar algún artículo en los periódicos, luego llegar a las revistas de gran circulación. Después, acudir a concursos y certámenes literarios de cuentos o relatos cortos. Pasar a la final, ganar alguno de ellos. Darse a conocer y, por último, atreverse con una novela.

No pretendía vivir con el producto de la pluma. Sabía que era dificilísimo. Imposible, no siendo uno de los pocos consagrados a quienes tanto respetaba y, sobre todo, envidiaba.

“Pero yo”, pensaba sin atreverse a comentarlo ni con su esposa, “estoy seguro de que tengo algo que decir y de que puedo hacerlo de manera correcta y amena”.

Desde que tuvo la osadía de albergar tan optimista idea, se sumió en una verdadera orgía de escritura. Emborronaba cuartillas como si estuviera poseído de un frenesí y con el abundante producto de su trabajo, bombardeaba a todos los directores de periódicos, revistas y editoriales. Presentaba algo a cuantos concursos se convocaban en territorio nacional y aún llegó a enviar varios relatos breves a Méjico, Argentina y Venezuela.

El trabajo era agotador, pero él, feliz realizando la tarea para la que creía haber nacido, no lo advertía.

Por el contrario, su esposa se notaba relegada a un segundo plano. Sentirse menospreciada por papel y bolígrafo le sentaba francamente mal. Para colmo, le gustaban los niños y la falta de risas y lloros infantiles en aquel hogar siempre silencioso, en el que el único rumor era el producido por el rasgeo del instrumento de trabajo de su marido, acabó por atacarle los nervios.

La enfermedad fue agravándose de tal modo que la llevó al extremo de llenar de improperios a su esposo. Por cualquier nimiedad montaba escenas de tal patetismo que, si Julio no hubiera sido parte integrante de la tragedia, bien podían haberle servido de inspiración para escribir un crimoso drama que cualquier compañía de teatro hubiera acogido con los brazos abiertos.

La situación no se había deteriorado tanto que hiciera imposible las reconciliaciones nocturnas y éstas solían terminar en nuevos intentos de paternidad. Lástima que sin éxito.

Julio comprendió que Carmen sufría un trauma originado por el fracaso en la búsqueda del hijo deseado e intentó varias veces, sin convencerla, de que acudieran al médico. Él creía que debían someterse a reconocimiento, hacer análisis o lo que fuera. Cualquier cosa antes que continuar de aquella manera.

Carmen, exasperada, cometió la torpeza de responder que no. Que ella estaba segura de su normalidad y que si allí había alguien que no lo era, sería él, incapaz de darle un hijo. ¡Con lo sencillo que es!, terminó llorando a moco tendido.

El aspirante a novelista trató de no tomar las cosas por la tremenda. Argumentó, habló con paciencia y ternura. Pero la mansa actitud, obtuvo como único resultado encender aún más los ánimos de Carmen y, cuando en un último intento de mostrarse civilizado y comprensivo, sugirió la idea de adoptar un niño, la esposa, después de arrancarse violentamente un puñado de cabellos, se dirigió a la habitación que Julio utilizaba como escritorio y, en medio de histéricas carcajadas, comenzó a destrozar los escritos que encontró a su alcance.

Este hecho causó más dolor al aprendiz de escritor que las injurias que Carmen acababa de lanzarle a la cara. Sentía el mismo pesar que si contemplara cómo un bárbaro asesino despedazara a sus hijos.

Hombre razonable, quiso serlo hasta el fin y se abstuvo de intervenir. Carmen, una vez que redujo a pedacitos el paciente fruto de la labor de muchos días, fue calmándose y, finalmente, se acostó.

A la mañana siguiente, Julio mantuvo una seria conversación con el doctor Martín, médico de la compañía. Le contó lo que venía sucediendo en su casa y solicitó consejo profesional.

El doctor recomendó paciencia y tacto. Aseguró que sin la voluntaria colaboración de Carmen nada podía hacerse. Insistió en que, dado que los escritos de su marido parecían encender la mecha que hacía estallar sus accesos de furor, tenía dos caminos a elegir. Dejar de escribir o hacerlo fuera de casa. Además le sugirió que, transcurridos unos días y aprovechando un momento de calma, le hablara del caso verídic0 de la esposa de un amigo, el propio doctor Martín, que había pasado por el mismo trance y, sometida a un fácil tratamiento, tuvo dos hijos. Todo se arregló con una sencilla y breve aplicación de hormonas.

Para Julio, dejar de escribir sería como negarse a respirar. Por ello, decidió emborronar cuartillas en la misma oficina -después de las horas de trabajo- o en un café o en medio de la calle, pero continuaría con su vocación cayera quien cayera y pasara lo que pasara.

No cejaría en su empeño hasta que su nombre apareciera en letra impresa y fuera conocido. Hasta que alguna noticia sobre Julio Sueca Artime, en letras bien visibles, figurara en los diarios. Para eso llevaba esforzándose y dando la lata a medio mundo literario.

A partir de la conversación con el doctor Martín, no era raro que Julio llamara a su esposa desde la oficina y, por teléfono, el invento que ha sido mayor número de veces cómplice de trampas y mentiras que ningún otro, dijera Carmen que lo sentía pero el exceso de trabajo le obligaría a llegar a casa con tres horas de retraso.

Desde aquel momento trascendental, la producción literaria de Julio aumentó en cantidad y calidad. Allí se sentía tranquilo e inspirado. Estaba solo, pues los compañeros se iban tan pronto llegaba la hora de salida. El silencio lo transportaba a un mundo de fantasía.

Por otra parte, continuaba enviando a distintos órganos de prensa y a las editoriales más conocidas todo lo que producía. En aquel aspecto se sentía satisfecho.

Las relaciones con su esposa, por el contrario, no llevaban trazas de mejorar. Cierto que ella no había vuelto a sufrir nuevos accesos de furia como el causante de la hecatombe en la tarde aciaga, pero su actitud no cambiaba. Mantenía un aire reservado y frío, dando la impresión de que deseaba conservar las distancias indefinidamente.

Una noche, cuando ya se encontraban acostados -cada uno en su cama gemela- y la luz había sido apagada, Carmen, de pronto, exclamó con voz áspera:

– Si te crees que voy a consentir meter en mi casa al hijo de Dios sabe quién, estás muy equivocado. Yo sólo quiero lo mío. Y no vuelvas a insistir en ello.

Julio dejo pasar unos instantes en silencio. Luego, hablando suavemente, dijo:

– Hay otra solución; y no añadió nada más.

Pasaron más de diez minutos antes de que Carmen replicara con desgarro:

– Será alguna estupidez; como si lo viera. Tú, con todas tus novelerías y literatura barata, estás siempre en las nubes. Más te valiera ser más hombre y escribir menos. Es completamente imposible que me dejes en estado con el bolígrafo. Aunque, la verdad, algunas veces pienso que me resultaría más útil.

“Mejor será que me calle”, pensó apesadumbrado Julio. “Si comienza con estas barbaridades, Dios sabe como vamos a terminar”.

Se produjo otra larga pausa antes de que Carmen, al no obtener respuesta a su exhibición de mal gusto, insistiera:

– ¿Vas a decir cuál es la otra solución o piensas dármela a conocer por escrito?

Julio contó mentalmente hasta cien y luego pasó a exponer el caso de la esposa del doctor Martín. Cuando finalizó, su compañera de habitación afirmó categóricamente:

– Hormonas, ¿eh? Tú lo que quieres es que me salga bigote.

Después de esta salida de tono, se hizo el silencio y, poco más tarde, la respiración acompasada de ambos contendientes invitaba a suponer que dormían. Pero no es cierto. Julio pensaba cómo enfocar el argumento de un relato cuyos personajes rondaban por su cerebro desde hacía algún tiempo negándose obstinadamente a permanecer estáticos ni un segundo, con lo que resultaba imposible enterarse de sus rasgos físicos y, mucho menos, de su modo de ser.

Carmen tampoco dormía. En su pobre cabeza se apelotonaban las imágenes de niños pequeños y parlanchines que, en interminable procesión, desfilaban ante ella llamándola mamá.

Antes de conciliar el sueño, se prometió que cuantos escritos de Julio cayeran en su poder irían a parar a la basura, lugar al que pertenecían por derecho propio.

A la mañana siguiente, Carmen, febrilmente, procedió a un minucioso registro del piso. No encontró absolutamente nada. Julio, temeroso de otra nueva purga, había trasladado a la oficina todo lo que no pereció en el arrebato destructor que tanto dolor le causó fechas antes.

Entre los papeles desaparecidos quizás se encontrara el que podía haberse convertido en la llave imprescindible para abrir la puerta que lleva a la fama. Podía haberse desvanecido la oportunidad del primer aldabonazo destinado a llamar la atención de la opinión pública.

Había que continuar sin desmayos; constancia y fe en sus posibilidades era lo único que precisaba. Estaba completamente seguro de que algún día…

Cuando aquella mañana, Carmen descendió al portal para salir de compras, abrió el buzón y retiró el correo. Como casi siempre, abundaban los folletos publicitarios; ofertas de gangas que, de ser ciertas, llevarían a la más abyecta ruina a sus anunciantes. Una carta de su madre informando que el reuma atacaba sin piedad. Y, cosa insólita, una misiva en cuyo sobre figuraba el membrete de La Voz de Galicia.

A la vista del hallazgo, olvidó lo que tenía que hacer en la calle. Apresuradamente volvió a ascender las escaleras y, encerrándose en el piso con llave y cerrojo, como si temiera la repentina llegada de su marido, desgarró de un tirón el inofensivo papel.

Comprobó, incrédula al principio y rindiéndose a la evidencia después, que el director del diario felicitaba a Julio por el acertado enfoque con que trataba las cuestiones que tocaba e, incluso, llegaba a calificar de admirable su estilo. Terminaba ofreciéndole una colaboración fija para la que el propio Julio encontraría, sin duda, el título apropiado.

La ira sentida por Carmen, que amenazaba ahogarla, constituía una prueba más del desvarío que ponía en peligro su débil razón.

Si su esposo llegaba a enterarse del contenido de aquella invitación, se convertiría en una persona auténticamente insufrible. Llegaría a aislarse aún más profundamente en el mundo aparte que había ido construyendo para él solo.

El orgullo, ante la realización de los sueños alimentados desde la niñez, harían de él otro hombre distinto. Y ella no deseaba otro hombre. Quería aquél. Bueno, quería, amaba a aquél precisamente, pero desligado de sus afanes literarios.

La confusión mental que experimentaba no le permitía percibir la contradicción. No comprendía que privar a Julio de la posibilidad de escribir era transformarlo en otro ser diferente. Deseaba desvincularlo de la literatura sin mudarlo en alguien distinto. Y aquello no era factible.

Repentinamente, tomó una decisión que puso en práctica sin tardanza. Hizo pedazos carta y sobre. Luego prendió fuego a los trozos y aventó las cenizas con meticulosidad. Nunca contribuiría a que su marido convirtiese en realidad sus ilusiones.

Pocos días después de haber llevado a cabo aquel acto indigno, achacable únicamente a su falta de lucidez mental, Carmen recibió una llamada telefónica desde la oficina de su esposo.

Hablaba el director de la delegación de La Fourme que, con sumo tacto y tras numerosos e interminables rodeos, confesó que Julio se encontraba mal. Había sufrido un ataque. Sí, para qué engañarla; la cosa parecía fea. El doctor Martín lo atendía y estaba haciendo cuanto podía. Nuevos circunloquios y, finalmente, extrañado de la serenidad con que la esposa acogía la penosa noticia, afirmó que el enfermo ya no podía empeorar. Había dejado de existir.

Los compañeros de trabajo y la dirección de la empresa ordenaron la inserción de sendas esquelas en dos de los diarios de mayor tirada de la provincia.

Por fin, Julio había logrado que el sueño que presidió toda su existencia se convirtiera en realidad.

Su nombre había aparecido en la prensa. Dos diarios se hicieron eco de sus últimas andanzas. Y con letras bien gordas. ¡En negrita!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s