Archivo de la categoría: Reflexión

El teléfono de la esperanza

La desgracia se había cebado despiadadamente en Leonardo. Toda su vida había trascurrido entre enfermedades y contratiempos de distintos calibres. Con toda propiedad podía clasificársele como un supermercado de la catástrofe.

De niño experimentó todas las dolencias infantiles y de adolescente padeció las correspondientes a aquel periodo de su existencia.

Cuando ya no era adolescente, ni tampoco adulto, en el momento en que el único problema capilar de los de su generación radicaba en el costo que suponía la frecuente poda de tupidas cabelleras, él se libraba de tan oneroso gasto a cambio de una calvicie prematura que le iba dejando tan lampiño como la puerta de una nevera.

Días después de celebrar el decimoctavo aniversario de su venida a un mundo que le reservaba tantas y tantas funestas oportunidades, estaba en la terraza de su casa, piso tercero A, cuando un súbito ataque de vértigo le precipitó a la calle, naturalmente sin paracaídas.

Fue aquel un «vertiginoso» descenso que le proporcionó la inopinada oportunidad de trabar conocimiento con un fornido sacerdote navarro que, ocasionalmente y ajeno a lo que se le venía encima, despertó del golpe en una cama del hospital asegurando formalmente que había sido objeto de un atentado.

Aquella brusca e imprevista toma de contacto originó la fractura de ambas clavículas y cuatro costillas en el improvisado campo de aterrizaje sacerdotal.

El involuntario imitador de Icaro fue más afortunado y sólo se rompió ambas piernas y el tabique nasal.

Tres meses de estancia después, curado del vértigo, ingresó en Caja y fue tallado.

Tan pronto como se incorporó a filas, la piorrea tomó posesión de su dentadura y la entrega de licencia coincidió con la colocación de un nuevo equipo dental que sustituía  al que hubo necesidad de desahuciar por el procedimiento de urgencia.

La flamante herramienta desgarradora, trituradora y masticadora era soberbia. Blanca como la nieve y deslumbrante como ésta. Sin embargo el mecánico dentista que la ensambló tomaba las medidas más bien a ojo, consiguiendo de esta forma que la dentadura entrechocara tan ruidosamente que le obligaba a descender escaleras con enorme parsimonia para no causar la errónea impresión de encontrarse interpretando un solo de castañuelas.

Entre incorporación y licencia soportó los ataques, unas veces combinados, y otras por libre, de conjuntivitis, colitis, rinitis y otitis y, para colmo de indignidad, orquitis.

Cuando comenzaba a tomar gusto por la vida civil, o dicho de otro modo, diez minutos después de abandonar el cuartel, conoció a Jimena. Tres meses después consiguió trabajo y seis meses más tarde, se casó con ella.

Ya sé que esto parece hoy excesivamente precipitado, incluso imposible, pero debe tenerse en cuenta que todo sucedía hace muchos años. Los empleos no eran pepitas de oro y las mujeres soñaban con casarse.

Leonardo, en vista de que en el transcurso de los seis meses posteriores al casual conocimiento de Jimena únicamente había padecido de los callos, una afonía que le obligaba a hablar por señas y dos hemorragias nasales, creyó que su prolongada racha de mala suerte había finalizado. Consideró que Jimena, además de estar muy buena, se había convertido en su talismán.

Así que, como queda escrito más arriba, se casó.

Después de mucho pensar, decidieron realizar el viaje de novios en tren para no tentar innecesariamente a la suerte con un vuelo a Sevilla.

Llegados al hotel y después de curar dos dedos que se había aplastado con al bajar la ventanilla de su departamento, Leonardo, seguro ya de que Jimena estaba buena pero no era, de ninguna manera el amuleto supuesto, decidió consumar el matrimonio a todo gas, antes de que se incendiara el edificio, se desbordara el Guadalquivir o, lo que sería más grave, la poliomielitis tuviera la repentina ocurrencia de dejarle incapacitado.

A la mañana siguiente, bien temprano, despertó a causa de unos intensos picores en la pantorrilla izquierda. Alarmado, se levantó y, encerrándose en el cuarto de baño, pudo comprobar que en aquella parte de su anatomía se estaba formando una enorme roncha de muy mal aspecto.

Volvió al dormitorio y, no sabiendo qué hacer, pero no deseando despertar a su dormida esposa, se sentó en la butaca a oscuras. «Después de desayunar, iremos a un especialista de la piel», se dijo.

Tan pronto como el doctor Turcios vio aquello, diagnosticó eczema seco. Extendió siete recetas, se embolsó 7.500 pesetas, y les acompañó amablemente a la puerta.

Desde aquel momento, además de alimentarse, contemplar la maravillosa perspectiva de la Plaza de España, el Parque de María Luisa, distintos monumentos y hacer aquello, podían divertirse colocando sobre el eczema una amplia variedad de pomadas que conferían a aquella porquería delicadas tonalidades del ámbar, violeta y marrón oscuro.

Sevilla, Plaza de España

Plaza de España de Sevilla

Las curas eran laboriosas y comenzaban siempre con la aplicación de un maloliente líquido, para lo cual utilizaban, de acuerdo con las instrucciones grandes pedazos de algodón en rama.

Encontrar el lugar adecuado donde ocultar aquellos pingajos húmedos constituía una verdadera pesadilla para el reciente matrimonio. Tirarlos por la ventana no era higiénico ni recomendable. En la papelera, tampoco. ¿Qué pensaría el servicio de limpieza?

Creyeron encontrar una solución cuando Jimena, con gesto resuelto, levantó la tapa del WC y, después de dejar caer en su interior aquella inmundicia, tiró de la cadena.

Hasta las 3,30 de la madrugada del cuarto día, el sistema funcionó. A hora tan intempestiva, dejó de hacerlo.

El vigilante nocturno, deshaciéndose en excusas, les suplicó que cambiaran de habitación para proceder ipso facto a arreglar todo el sistema de cañerías pues la habitación del piso inferior se encontraba inundada por el agua que caía en cascada desde la que ocupaban.

A partir de aquel momento, por San Lucas de Barrameda, no solo desembocaba el Guadalquivir, sino también los paquetes, cuidadosamente envueltos en plástico, que Jimena y Leonardo botaban, sin solemnidad ni botella de champagne, cada anochecer.

Como todo, también el viaje de novios llegó a termino y la pareja volvió a sus lares.

A los dos meses Leonardo, que únicamente había experimentado una ligera tortícolis, por cuya razón se encontraba sumamente satisfecho, comenzó a sufrir una rebelión delas masas en edición unipersonal.

Jimena parecía estar harta de tanta dentadura postiza, de la calvicie y, en fin, de las múltiples secuelas que aquel enfermo recalcitrante coleccionaba. Daba señales de desazón y descontento.

Una mañana en que a Leonardo se le pegaron las sábanas, se encontró encima de la mesilla de noche una nota que decía escuetamente:

«Adiós, convaleciente perpetuo»

En circunstancias distintas lo más probable hubiera sido que Leonardo admirase el lacónico estilo de su esposa, pero en aquel momento no se encontraba en las condiciones más propicias para otra cosa que para maldecir la hora en que se le ocurriría casarse, la perra suerte que le deparó tan puercas jugadas, la hora en que nació y, ya puestos a ello, el Día de la Raza.

A pesar de que su ya duro y cotidiano entrenamiento debería haberle abroquelado contra las consecuencias de cualquier catástrofe, ante aquella se sintió totalmente indefenso. El abandono de su recién estrenada esposa le sumió en una negra sima de dolor. Tan honda, que decidió dejar caer el telón y hacer un mutis definitivo.

Leonardo era calvo, lo cual no le impedía ser persona de decisiones rápidas: así pues, inmediatamente, comenzó a pensar en las ventajas e inconvenientes que reunían diferentes métodos de embarque para la eternidad.

Descartó al instante la defenestración, pues aún recordaba su caída desde la terraza y no deseaba verse obligado a realizar el último viaje en compañía de clérigos o seglares.

Del gas ciudad, ni hablar. Tenía un olor insoportable y, además, podía ser detectado por los vecinos que quizás le impidieran la excursión.

Revolver o pistola no tenía y, aunque dispusiera de armas, no las utilizaría, pues le sobresaltaba demasiado el antipático ruido que producían al ser disparadas.

Repentinamente, recordó las medicinas que se almacenaban en la despensa. Restos de innumerables tratamientos que su mala salud y un rosario de accidentes le habían hecho seguir. Representaban varios quilos de material aprovechable.

«Ahora vais a servir, de verdad, para algo», se dijo imaginando el cocktail especial e irrepetible que iba a preparar sin necesidad de receta alguna.

Cuidadosamente, eligió cuantos fármacos llevaban la indicación de «solo uso externo» y reforzó el surtido con un par de limpiametales.

El resultado de la mezcla del medio cubo de agua y el contenido de los frasquitos, botellas, tubos y polvos seleccionados, presentaba un color que ni el divino Dalí hubiera soñado en sus delirios más audaces.

Después de agitar concienzudamente aquel mejunje infernal, digno del aquelarre más distinguido, Leonardo decidió irse a lo snob y buscó en la cristalera fina, regalada por su tía Victoria, una hermosa copa para champagne, que llenó hasta el borde. Se sentó cómodamente en una butaca, que por cierto estaba sin pagar en su totalidad, y levantó la burbuja cristalina disponiéndose a vaciarla de un trago.

Antes de hacerlo, paseo su mirada por la habitación en muda despedida de aquel lugar en el que tanto había amado y sufrido y que, en breves instantes se convertiría en su mausoleo.

Sobre la mesita baja se encontraba un periódico del día anterior, abierto por las páginas centrales, de cuyo texto destacaba un conciso titular que decía «Teléfono de la Esperanza».

Involuntariamente, Leonardo vio el título y pensó: » Esperanza para quienes aún disponen de capacidad para albergarla. No para mí, que ya llegué al límite de la desesperanza».

Contra sus deseos, o por lo menos sin la intervención de su albedrío, depositó la copa sobre la mesita y con una mano, aparentemente dotada de vida propia e independiente, cogió el diario.

Asombrado, leyó el parco aviso que figuraba bajo aquellas palabras extrañas. Decía: «No tome una decisión precipitada. Todo problema tiene su solución. Cuando crea que ya nada importa y que la vida no merece la pena ser vivida, aplace su determinación unos minutos. Póngase en contacto con nosotros llamando al teléfono…».

Leonardo arrojó el periódico al suelo y volvió a coger la copa, dispuesto a terminar de una vez. Sin embargo, la colocó sobre la mesa nuevamente.

Una tenue llama de ilusión había nacido en su interior y, aunque no quería admitirlo, pensar en la ingestión de aquella maloliente porquería le causaba un asco imponente.

«Bueno -se dijo- En realidad, esto no va a adquirir peor aspecto dentro de cinco minutos. Y, además, la mía no tiene porqué ser una muerte repentina».

Con un gesto indeciso, Leonardo asió el teléfono y, sin levantarse de la butaca donde aún se encontraba, leyó el número de teléfono de la esperanza, marcó y esperó unos instantes antes de conseguir respuesta.

Una agradable voz de mujer dio fin a su nerviosa espera diciendo: «Buenos días».

Leonardo en tono de duda, preguntó: «¿Es la esperanza?». La respuesta en la que se traducía un deje jovial, le extrañó un tanto: «Pues claro, ¿quién iba a ser, hombre?, ¿qué tripa se te rompió?».

«Pues  verá -contestó- ; no se me rompió ninguna tripa, todavía, pero es probable que se me rompa todo de una vez. Estoy a punto de suicidarme».

«¡Qué burro eres, pero qué burro eres! ¿Cómo se te ha ocurrido semejante estupidez? Mira, déjate de pamplinas y piensa que por muy desgraciado que te sientas hoy, mañana será otro día. ¿Por qué no me cuentas tus penas? Verás cuanto mejor te sientes cuando desembuches».

Leonardo, sin comprender la razón, comenzó a notar como si le quitasen de encima una pesadísima losa y, poco a poco, tímidamente al principio, y con toda sinceridad luego, fue recitando su patético catálogo de contratiempos, enfermedades y tristezas, terminando por confesar el reciente abandono de  su esposa.

Al otro lado del hilo telefónico que le unía a la esperanza, la voz de su interlocutora solo interrumpía para pronunciar breves palabras de asentimiento como: «Ya», «Bueno», «Vaya», que no hacían otra cosa que alimentar el anhelo de simpatía y comprensión experimentada por Leonardo.

Cuando terminó la larga letanía y confirmó su propósito de quitarse la vida, aquella voz se limitó a decir: «Bueno, no es posible que hayas aguantado a pie firme todo lo que me has contado y te arrugues ahora con la espantada de tu mujer. Si te deja una, piensa que te ha hecho un favor. Desde este momento tienes la oportunidad de disponer de las que quieras».

«Pero, ¿qué dices? -exclamó Leonardo-. No lo entiendo. O estás loca, o no sabes lo que dices».

«Claro que lo sé, hombre, claro que lo sé. Tengo mucha experiencia en estas cosas. El ambiente que me rodea y mi oficio me han enseñado mucho», dijo la voz amable.

«Nada, nada, tengo que tomar alguna medida», confesó Leonardo.

«Bueno, pues si se trata de tomar medidas -fue cortado- toma las mías; ahí van: 90-60-90. He de confesarte -continuó- que no soy la Esperanza. Esa salió ayer con un argentino que la trae tarumba y no volvió todavía. Yo soy la Manuela».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Fracaso escolar

Desde hace demasiado tiempo  viene hablándose del fracaso escolar sin que, a juzgar por la contumacia con que continúa prodigándose, se vislumbre su eventual desaparición. Hoy por hoy goza de una envidiable salud.

Cuando, con avisos previos o de sopetón, se materializa el espectro de un «no apto», la angustia es su inevitable compañera y propina jaque mate a la esperanza, alimentada durante todo el curso, de repetir aquel verano delicioso del año anterior.

¿Cómo es posible que la enseñanza, y los que se dedican a ella, no hayan caído en la cuenta de que la solución a tan aterrador problema es sencillísima?

Por supuesto, no voy a permitir al inmodestia de ofrecer consejos para el aprendizaje de la música, pues soy bastante más ignorante en este tema que en los demás. Lo que sí me decido a proponer a reglón seguido es el método de ahuyentar el coco del suspenso, dejando, para personas dotadas de más cacumen, la explicación de sistemas aplicables a la interpretación de esa especie de piedra Rosetta que constituye el conjunto de moscas atrapadas en el pentagrama.

Pero antes de dar a conocer al país lo que ya se debería haber descubierto sin mi ayuda, pondré de manifiesto el plan de trabajo que me condujo al gran hallazgo.

Se imponía, en primer lugar, localizar y aislar las posibles causas de que un elevado número de estudiantes fueran premiados a final de curso con denigrantes calabazas. Las que encontré fueron las siguientes:

Del cuerpo docente:

  • Padecía de mudez incurable
  • Constituía la suma de la ignorancia de sus miembros individuales.
  • Obedeciendo torvas consignas de una negra conjura, se expresaba en un idioma desconocido.
  • Hablaba español, pero en un tono absolutamente inaudible
  • Haciendo gala de un cinismo increíble explicaban, en español, con voz que llegaba al último rincón de las aulas y en términos fácilmente comprensibles, conceptos que en nada se parecen a lo que se tiene por verdad científica.

De los alumnos:

  • Imbéciles congénitos
  • Sordos como tapias
  • Indiferentes a lo que sucede en las clases
  • Confabulados para hacer el vacío al cuerpo docente
  • Se entrenaban para parados

Enfrenté, después, las supuestas causas atribuidas a verdugos y víctimas al objeto de eliminar aquellas de imposible aceptación por resultar inverosímiles.

Si los alumnos fuesen sordos como tapias, carecería de importancia que sus profesores padecieran de mudez, se expresaran en un idioma u otro, hablaran nuestro idioma pero en voz excesivamente baja, o asegurasen que la luna era la esposa del sol.

Llegado a este punto de mi investigación pude comprobar que, de los supuestos achacados inicialmente al ente profesional, únicamente quedaba «vivo» el segundo, el referente a la ignorancia.

Por lo que se refiere a los alumnos, salvo la «sordera como tapias», sobrevivían el resto de razones.

Venía ahora lo más difícil. Era imposible comparar los conceptos restantes por resultar heterogéneos. Se imponía, pues, el mayor cuidado, pues estaba manejando nociones más inestables y peligrosas que la nitroglicerina.

La primera debía de ser eliminada ipto facto por ser matemáticamente imposible que todos los estudiantes se encontrasen aquejados de imbecilidad congénita. Fuera con ella.

La cuarta, suprimida sin contemplaciones, pues sería mucho suponer una confabulación estudiantil generalizada para hacer vacíos. Si se tratara de hacer ruido, la decisión habría de ser tomada con mayor cautela.

A estas alturas de la investigación, solo permanecían en el candelero, para la enseñanza la segunda (ignorancia) y para el aprendizaje la indiferencia y el entrenamiento para el paro.

Aunque los elementos constitutivos del caldo de cultivo sometido a estudio se habían reducido considerablemente, todavía resultaba comprometido determinar la causa última del fracaso escolar. No obstante, había que decidirse de una vez. Así pues, para acortarlo un poco más, resolví, creo que con razón, fundir en uno solo los componentes atribuidos a los alumnos, denominando al cóctel resultante: «indiferencia ante la inevitabilidad del paro».

Frente a frente quedaban ahora la ignorancia de los preceptores y lo ya citado en el párrafo anterior.

Ante la imposibilidad de admitir, por muchos razonamientos favorables que pudieran ser aducidos, que el fracaso escolar se debe a la falta de conocimientos de los maestros o a la apatía de los discípulos, pues ambas conclusiones serían injustas, necias y embusteras, hube de admitir que la existencia del problema aludido se debe, como el cáncer, a algo que está ahí, que no vemos hasta que nos hace polvo y del que solamente palpamos las consecuencias.

Sin embargo, este cáncer de las aulas, tiene cura y ésta es la que, modestamente, ofrezco a las atribuladas familias que lo padecen. Y, como curandero temeroso de ser acusado de intrusismo por un Colegio Oficial de Médicos cualquiera, absolutamente gratis.

Reconozco que el remedio es un tanto radical pero, qué le vamos a hacer. A grandes males, grandes remedios.

Puesto que, como ha quedado demostrado, la enseñanza no vale para otra cosa que para producir calabazas, propongo una suspensión inmediata de todo núcleo de instrucción: los enseñantes dedicarán sus esfuerzos a la agricultura, actividad en la que podrán obtener satisfacciones sin cuento cultivando gordísimas cucurbitáceas.

En cuanto a los estudiantes, se les señalará únicamente como obligación ineludible la de divertirse. Por desgracia, no tendrán mucho tiempo para realizar tan agradable deber. La juventud se nos va a una velocidad endiablada.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

 

… Et Omnia Vanitas

No, no es el anuncio de una sala de fiestas.

Se trata tan sólo de algunas circunstancias que rodearon el feliz fallecimiento de Atilano. ¿Qué cómo puede ser dichosa una desaparición del mundo de los vivos? Pues ahora verá. Es muy sencillo.

Atilano había asistido al correr de su días como el espectador de una obra de teatro, incapaz de cambiar el desarrollo de la trama, pero sabiendo perfectamente cuál sería el desenlace que le agradaría.

De niño había acudido a la escuela, aprendiendo a leer y a realizar con más o menos seguridad las cuatro operaciones aritméticas; pero de allí, no pasó.

A los catorce años, una galerna se encargó de sepultar en el Cantábrico a su padre marinero, y la pena y la necesidad terminaron con la poca salud de la madre, viéndose obligado a ganarse el sustento, unas veces con pequeños trabajos y otras merced a la caridad de sus vecinos.

Pero la tragedia de Atilano no era el hambre, el frío o el abandono en que se encontraba. El se sentía alguien y deseaba ardientemente poseer algún rasgo que lo diferenciara del montón.

En el servicio militar, cumplido en Infantería de Marina, obtuvo la certeza de que no era más que un número que no contaba, un verdadero cero a la izquierda.

Cuando llegó la licencia, volvió a la villa marinera donde había nacido y, a falta de mejor cosa que hacer, logró trabajo como acarreador de mineral. La tarea era sencilla, pero fatigosa. Consistía en transportar, por medio de una carretilla, el lignito amontonado en enormes pilas, desde el lugar en que se almacenaba hasta el barco que, con las bodegas abiertas, esperaba ser cargado para zarpar. Como la borda se encontraba más alta que el muelle, la carretilla debía ser empujada por una empinada pasarela de madera. Era una labor muy apropiada para percherones, y totalmente inadecuada para cristianos.

Pasaron algunos años. En el muelle se instaló una moderna grúa que, con sus pinzas articuladas, recogía el material y lo dejaba caer con estrépito en las entrañas del barco.

Aquel adelanto de la técnica privó de trabajo a todos los cargadores, menos a Atilano, quien, por ser más espabilado que sus compañeros (sabía leer), fue el encargado de tirar de una cuerda que abría las fauces del monstruo. Que fuera necesaria la utilización de un adminículo tan sencillo como una cuerda para rematar una faena inicialmente tecnificada, era uno de los inexplicables misterios del progreso.

Lo cierto era que su contribución, por escasamente científica que resultara, le convertía en un técnico y le situaba muy por encima de la bestia que había sido hasta poco tiempo antes.

Aquello le hacía sentirse importante y, desde luego, le otorgaba, a sus ojos por lo menos, un puesto relevante en la vida de la comunidad.

Atilano comenzó a mirar a sus convecinos de un modo distinto. Dejó de ser el joven complaciente, siempre dispuesto a hacer favores como algo natural que no merecía el menor comentario. No era que negara su colaboración. Se trataba de algo peor. Ahora prestaba su ayuda con un aire tan superior y desganado que hubiera resultado menos ofensiva la presentación de una factura.

En el bar que frecuentaba empezó a ser conocido, naturalmente a sus espaldas, demasiado musculosas para andarse con bromas, como el Marqués del Esparto.

Atilano, que ignoraba el remoquete, era feliz. Especialmente, desde que la Junta directiva de la Asociación Cultural y Deportiva local, le nombró vocal de Cultura.

Entonces, el Marqués del Esparto se suscribió al Marca y al Caso y, no satisfecho con esto, en su búsqueda incansable de ilustración, leyó dos veces el Espasa, otras dos los Episodios Nacionales, cinco el catecismo del padre Astete, cuatro la Divina Comedia, y una sola vez, porque le picaban los ojos y estaba perdiendo vista, Orlando el Furioso, el Quijote y Celia y Cuchifritín.

A medida que el número de metros lineales de letra impresa que recorría su mirada se hacía más amplio, su falta de sencillez y naturalidad aumentaba. Y llegó un momento en que el pueblo, en pleno, se preguntó si sería más conveniente, olvidando la musculosa espalda de Atilano, propinarle una descomunal paliza para bajarle los humos o ascenderle a Duque del Cáñamo.

La indignación de aquella buena gente alcanzó su punto de ebullición cuando se supo que había encargado, en la única imprenta de la villa, quinientas tarjetas de visita en las que, bajo su nombre y apellidos, podía leerse:

Mecánico – especialista en material pesado

Vocal de Cultura del A.C.D.

La sabiduría popular, que no suele equivocarse, decidió tomar la vía intermedia. Ni paliza, ni ascenso. Simple y sencillamente, olvidar la existencia de semejante majadero; fingir que no se le veía y, en definitiva, tal como se dice en la actualidad, pasar de él.

Lo curioso del caso es que esta decisión no fue tomada en ninguna asamblea. No fue precisa y su puesta en práctica resultó general y espontánea.

Atilano que, a pesar de su vista cansada, aún veía, pero padeciendo una ceguera mental, cuya curación quedaba fuera del alcance del Colegio Oficial de Oftalmólogos, y entraba de lleno en la competencia de Nuestra Señora de Lourdes, encontró la explicación a aquel voluntario alejamiento de sus convecinos en el reconocimiento tácito de su propia superioridad.

«Por fin, se decía satisfecho, han comprendido mi supremacía. Ahora soy alguien y no se atreven a tratarme como antes.»

Apenas formulado el pensamiento en su confundido cerebro de pobre vanidoso, sin tiempo para comprender lo errado de su conducta, pero totalmente feliz, una cornisa, desprendida del balcón principal del Ayuntamiento, se encargó de facilitar su venturosa salida de este mundo.

La irracional forma de actuar de Atilano viene a demostrar la veracidad de la teoría sobre la vanidad, admirable y brevemente expuesta por el académico Sr. Alarcos, en el prólogo del libro «Oviedo», al decir:

«Si quiés conocer a tu vecín, dái un puestín».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Oviedo, 1986

 

 

La cama y su evolución

Una noche de esas en las que, sin motivo aparente, soy incapaz de conciliar el sueño, fui consciente por primera vez en mi vida de que me encontraba reposando sobre un mueble, trasto, enser o chirimbolo nacido de la fecunda inventiva del hombre y no por generación espontánea.

Como soy persona curiosa, decidí que, tan pronto amaneciera, comenzaría a investigar acerca del origen y la evolución de tan cómodo artefacto.

Por ser, también, amante de la verdad he de confesar que no pude poner en práctica mis intenciones al cantar el gallo pues, para entonces, estaba profundamente dormido. Pero cuando logré regresar al mundo de los vivos y mantenerme razonablemente despierto, puse manos a la obra.

Lo primero que descubrí fue que la cama primitiva no se parecía en absoluto a la actual. Era tan diferente que ni siquiera se llamaba cama.

Los hombres primitivos, para los suramericanos «ansestros», eran tan bestias y estaban tan agotados de correr detrás o delante de los dinosaurios (la posición dependía de quienes estuvieran más hambrientos), que, llegada la hora de acostarse, se dejaban caer en el santo suelo y, muy buenas noches.

Con el paso del tiempo se sofisticaron los métodos de caza, el hombre dispuso de más tiempo para el descanso y, encontrando el suelo menos santo y cómodo de lo deseable, pensó que quizás situando entre su cuerpo y el pedregal una piel, el reposo sería más placentero. Resultó como suponía. Entonces el jefe de la manada (aún no habían alcanzado la etapa social denominada tribu), decidió, argumentando a base de cachiporra, que si con una piel se estaba cómodo, con dos, el confort se doblaría. Puesta a prueba tan avanzada teoría, se demostró lo correcto de la misma.

Ese fue el primer paso hacia la invención de la cama.

El segundo consistió en la elevación de una especie de ménsula de troncos, naturalmente sin tallar, para evitar la mordedura de animales poco recomendables. No olvidemos que aún no se conocían sueros ni vacunas.

A partir de estos primeros balbuceos, inconsciente búsqueda de la horizontalidad perfecta, la cama experimentó una veloz evolución en la que comodidad, funcionalidad, higiene y elegancia se dieron cita.

Como puestos de acuerdo, en Francia, Inglaterra e Italia, los inventores Lit, Bed y Letto lanzaron al mercado los últimos modelos que, únicamente fueron superados no hace mucho tiempo por la cama de agua, diseñada por un anónimo buzo profesional con destino en el puerto griego del Pireo.

Esta variedad, según aseguran autoridades en el campo de la medicina, no es recomendable para reumáticos.

He pasado por alto, consciente de mi omisión, los lechos con dosel por su proclividad al incendio que, en más de una ocasión obligaron a sus usuarios a un involuntario paso del reposo temporal al eterno.

Las prestaciones de una cama normal son infinitas y, por ello, no voy a citar más que las dos más importantes: en ella nacen quienes tienen tanta prisa por vivir, si no lo hacen  en taxis o aviones, y mueren aquellos a quienes le sorprende la muerte cuando se encuentran acostados.

La palabra cama jamás será mencionada por las exquisitas damas de la época victoriana. Llegada la hora de dormir decían: «ha llegado el momento de que me retire».

Curiosamente, de aquello hemos pasado al extremo opuesto. De ser algo innombrable, se ha convertido en el único elemento imprescindible del cine actual.

A pesar de su apariencia semántica, nada tienen que ver con la cama el camaleón y el camafeo. De camarera, no me atrevería a decir otro tanto. De Kamasutra, sí.

No puedo resistir la tentación de recordarles que nuestra primera cama no se llama así, sino cuna. La última, también cambia de nombre. Se denomina féretro o ataúd.

Deseo que hayan trascurrido un montón de años desde que abandono la primera, y que aún deban sucederse muchos más hasta que le tiendan en la última.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Foz, 1986

Los escéntricos

¿Qué? Ah, que escriba con equis. Ya lo sé, pero también yo tengo derecho a realizar excentricidades. ¿Por qué no? Muchas gentes lo hacen y no sólo resulta aceptable sino que les aplauden y pagan por ello.

Sucede que lo excéntrico es tan común que empieza a perder su calidad de tal y pasa a ser visto como una manifestación normal, corriente y vulgar de la personalidad moderna.

Actualmente, nadie se rasga las vestiduras cuando un actor o actriz de teatro, un futbolista o un torero comienza a grabar discos y a cantar en público. Generalmente, lo hacen fatal pero, gallos aparte, no se les tiene por excéntricos.

Tampoco cunde la alarma en el momento en que un boxeador decide interpretar a Shakespeare.

Y no digamos cuando se anuncia la apertura de un nuevo museo de arte contemporáneo. Hay que guardar cola para contemplar lo que parece un muestrario de pesadilla colectiva. Seres con un solo ojo debajo de la nariz, bocas contraídas en muecas satánicas, a pocos milímetros de una de las orejas, brazos como patas de elefante o como cañas de geranio alternan con animales de especies desconocidas y aspecto grotesco o amenazador.

Aún recuerdo la burla de que fui objeto por parte de varios amigos cuando visitamos una retrospectiva de la obra de uno de los más pagados y representativos pintores españoles del siglo actual.

A mi comentario de que nunca había visto un caballo verde, se me dijo que la pintura no era sólo color. Seguidamente mencioné la evidente desproporción entre las patas delanteras y las traseras de aquel adefesio. Contestaron que tampoco la armonía de líneas constituía el secreto. Al atreverme a preguntar cómo era más pequeña la figura de una persona, situada en primer término, que el caballo (o lo que fuera, pues en aquellos momentos no estaba seguro de nada), la respuesta fue el consabido: «La proporción no es…»

Entonces cometí la imprudencia más grande de mi vida. Creyendo que, de una vez por todas, les iba a dejar sin réplica, inquirí: «Queréis decirme, si la pintura no es color, línea, proporción, perspectiva o dibujo, ¿qué diablos es?

Pero como casi siempre, me engañé. Tenían contestación, y ésta fue unánime. A coro gritaron (aunque yo no vi ensayo alguno): «Perico, ¡eres un ignorante!»

Ahora, al cabo de los años, me pregunto muy seriamente, ¿quién estaba en aquel momento haciendo gala de excentricidad, mis amigos o yo?

No deja de resultar curioso que lo excéntrico sea algo un tanto intangible, no constreñible a medidas ni reglas fijas. La misma palabra y el concepto que describe, poseen un vaho nebuloso y de misterio. Ex-céntrico. Si, que se sale del centro. Pero, ¿de qué centro? ¿del parroquial, del de la tierra, del farmacéutico, del ideológico o de cuál?

Salga de donde salga, cualquiera que sea su origen, al tomar cartas de naturaleza entre los humanos ha perdido significación y fuerza.

Hace no muchos años cuando se decía, «Antidio es un excéntrico», se entendía que Antidio era un artista de circo que realizaba, bajo la carpa, una serie de ejercicios difíciles y extraños. Hoy en día, probablemente nadie sabría a qué se dedicaba el repetido Antidio. ¿Y por qué? Pues, elemental, mi querido Watson. Porque todos hacemos cosas raras sin que suceda nada y, naturalmente, sin que vengan a cuento.

Confieso que yo mismo, a las cinco de una tarde soleada, pasé conduciendo un coche, con la ventanilla abierta, por una calle muy concurrida, y por ello, a escasa velocidad, llevando en la cabeza una gran tartera con flores estampadas. Mucha gente me vio; estoy seguro. Sin embargo, dejando aparte el grito de ¿A dónde vas, chalao?, proferido por un crío de unos doce o trece años -y, por tanto, inexperto-, nadie se escandalizó a mi paso.

¿Pero por qué cometí semejante estupidez? Pues la verdad, no lo sé. Fue un impulso irresistible. Recuerdo, eso sí, que hube de descubrirme muy pronto a causa de un excesivo peso de aquel improvisado cubrecabezas. Debía de tratarse de una tartera de acero doble.

Antes de que se me olvide, apuntaré aquí, para general conocimiento, el sistema seguido por algunos compositores para encontrar la inspiración que les falta. Me hago cargo del enfado de estos originales músicos cuando adviertan que el admirable y astuto método que utilizan para arrobar a sus oyentes ha sido divulgado. Espero, no obstante, que su benevolencia y su estro corran parejas y no inventen una nueva tortura con destino a quien les ha puesto al descubierto.

El procedimiento consiste en cubrir un montón de papelitos con las notas de la escala musical. Una nota en cada papel. Pueden confeccionarse, por ejemplo, veinte papelitos con la nota do, y otros tantos con re, etc.

He observado que los compositores gordos utilizan en mayor proporción el do que el si. Inversamente, los flacos conceden más oportunidad a la nota si.

Elaborado el surtido de papeles, se colocan en el interior de una boina, se agitan a la luz de la luna (si se desea música romántica) o cerca de un martillo neumático (si se prefiere música militar y enérgica). Después, se van retirando de uno en uno y se anotan sobre el papel pautado. Si el autor no sabe solfeo, suele solicitar la colaboración de alguien que lo conozca.

La escultura merece un capítulo aparte. El simbolismo subyacente en esta manifestación artística no es fácil de dominar y resulta incomprensible para los no iniciados. Sin duda, por ello, nunca falta un alma caritativa que se encargue, totalmente gratis, de disipar nuestra ignorancia.

Así, he podido percatarme de que dos vigas de ferrocarril cruzadas en forma de equis representan las dificultades de un alumbramiento de nalga. Un montón de ladrillos con una silla rota en la parte superior y un palo colocado verticalmente del que pende una camiseta agujereada, significa «no me aguardes a las ocho, pues he de lavarme el pelo». Medio plátano gigantesco, cortado longitudinalmente, con dos protuberancias a media altura, valen por «fertilidad humana».

Podría continuar un buen rato pero, ¿merece la pena? Yo creo que no.

De todas maneras, antes de considerar finalizada esta historieta y al objeto de dejar establecida mi teoría de que nadie es ya excéntrico o, para el caso es igual, todos lo somos, les diré cómo conseguí que el incrédulo Rob (no, no se trata de Robert, sino de Robustiano), hiciese suya mi forma de pensar sobre esta cuestión.

Se negaba obstinadamente a admitir mi punto de vista cuando le dije: «Vamos a entrar en una cafetería céntrica y concurrida. Si el barman, o alguno de los presentes muestra su extrañeza al escuchar mi encargo, yo pagaré, pero, si no es así, el que paga serás tú».

Rob se limitó a responder, «Conforme».

El establecimiento en que entramos se encontraba muy animado. Eran las siete y media de la tarde y fijándonos en el escaso espacio disponible podía creerse que la crisis y la inflación se hallaban de vacaciones. Por fin, en la barra, quedaron dos sitios libres que nos apresuramos a ocupar.

«¿Qué va a ser?», preguntó el camarero.

«Para mi amigo, un descafeinado», le respondí. «Para mi mismo, lo mejor será que tome nota, pues es un poco complicado», añadí.

Cuando advertí que ya tenía en sus manos blog y bolígrafo, continué con voz recia: «En un vaso largo, a cuartas partes, vinagre, Ribeiro tinto, leche condensada y líquido de frenos. Ponga unas cañitas de perejil.»

El barman anotó cuidadosamente mi encargo y cuando escribió perejil, preguntó, «Y para comer, ¿desea algo?»

«Sí -respondí-, prepáreme un sandwich caliente de jamón serrano y caramelos de menta».

«Lo siento -contestó-, los caramelos de menta se nos han agotado. ¿Le valen de fresa?».

«Perfecto», añadí tranquilamente.

Durante este intercambio de palabras, nadie manifestó la menor sorpresa. El único que me miraba con incredulidad era el pobre Rob.

Poco tiempo después, el estoico asalariado depositó sobre la barra nuestro encargo y, antes de que se alejase, le pregunté, «¿Cuánto es todo?»

«Un momentito, por favor», replicó. Y tomando de un cajón una máquina de calcular, comenzó a hacer números.

Rob, viendo que trascurría el tiempo, y no salían las cuentas, comentó: «Bueno, no me extraña que sea un total difícil de obtener. Con unos sumandos tan poco frecuentes…»

El empleado levantó la cabeza y la maquinita de la que salía un cable y respondió. «No, no es eso. Lo que ocurre es que hoy la tengo conectada al carburo. Es más barato que la energía eléctrica, pero no hay duda de que es más lenta. Ustedes perdonen.»

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa, Oviedo, 1986