Archivo del Autor: Mayte Bravo

… Et Omnia Vanitas

No, no es el anuncio de una sala de fiestas.

Se trata tan sólo de algunas circunstancias que rodearon el feliz fallecimiento de Atilano. ¿Qué cómo puede ser dichosa una desaparición del mundo de los vivos? Pues ahora verá. Es muy sencillo.

Atilano había asistido al correr de su días como el espectador de una obra de teatro, incapaz de cambiar el desarrollo de la trama, pero sabiendo perfectamente cuál sería el desenlace que le agradaría.

De niño había acudido a la escuela, aprendiendo a leer y a realizar con más o menos seguridad las cuatro operaciones aritméticas; pero de allí, no pasó.

A los catorce años, una galerna se encargó de sepultar en el Cantábrico a su padre marinero, y la pena y la necesidad terminaron con la poca salud de la madre, viéndose obligado a ganarse el sustento, unas veces con pequeños trabajos y otras merced a la caridad de sus vecinos.

Pero la tragedia de Atilano no era el hambre, el frío o el abandono en que se encontraba. El se sentía alguien y deseaba ardientemente poseer algún rasgo que lo diferenciara del montón.

En el servicio militar, cumplido en Infantería de Marina, obtuvo la certeza de que no era más que un número que no contaba, un verdadero cero a la izquierda.

Cuando llegó la licencia, volvió a la villa marinera donde había nacido y, a falta de mejor cosa que hacer, logró trabajo como acarreador de mineral. La tarea era sencilla, pero fatigosa. Consistía en transportar, por medio de una carretilla, el lignito amontonado en enormes pilas, desde el lugar en que se almacenaba hasta el barco que, con las bodegas abiertas, esperaba ser cargado para zarpar. Como la borda se encontraba más alta que el muelle, la carretilla debía ser empujada por una empinada pasarela de madera. Era una labor muy apropiada para percherones, y totalmente inadecuada para cristianos.

Pasaron algunos años. En el muelle se instaló una moderna grúa que, con sus pinzas articuladas, recogía el material y lo dejaba caer con estrépito en las entrañas del barco.

Aquel adelanto de la técnica privó de trabajo a todos los cargadores, menos a Atilano, quien, por ser más espabilado que sus compañeros (sabía leer), fue el encargado de tirar de una cuerda que abría las fauces del monstruo. Que fuera necesaria la utilización de un adminículo tan sencillo como una cuerda para rematar una faena inicialmente tecnificada, era uno de los inexplicables misterios del progreso.

Lo cierto era que su contribución, por escasamente científica que resultara, le convertía en un técnico y le situaba muy por encima de la bestia que había sido hasta poco tiempo antes.

Aquello le hacía sentirse importante y, desde luego, le otorgaba, a sus ojos por lo menos, un puesto relevante en la vida de la comunidad.

Atilano comenzó a mirar a sus convecinos de un modo distinto. Dejó de ser el joven complaciente, siempre dispuesto a hacer favores como algo natural que no merecía el menor comentario. No era que negara su colaboración. Se trataba de algo peor. Ahora prestaba su ayuda con un aire tan superior y desganado que hubiera resultado menos ofensiva la presentación de una factura.

En el bar que frecuentaba empezó a ser conocido, naturalmente a sus espaldas, demasiado musculosas para andarse con bromas, como el Marqués del Esparto.

Atilano, que ignoraba el remoquete, era feliz. Especialmente, desde que la Junta directiva de la Asociación Cultural y Deportiva local, le nombró vocal de Cultura.

Entonces, el Marqués del Esparto se suscribió al Marca y al Caso y, no satisfecho con esto, en su búsqueda incansable de ilustración, leyó dos veces el Espasa, otras dos los Episodios Nacionales, cinco el catecismo del padre Astete, cuatro la Divina Comedia, y una sola vez, porque le picaban los ojos y estaba perdiendo vista, Orlando el Furioso, el Quijote y Celia y Cuchifritín.

A medida que el número de metros lineales de letra impresa que recorría su mirada se hacía más amplio, su falta de sencillez y naturalidad aumentaba. Y llegó un momento en que el pueblo, en pleno, se preguntó si sería más conveniente, olvidando la musculosa espalda de Atilano, propinarle una descomunal paliza para bajarle los humos o ascenderle a Duque del Cáñamo.

La indignación de aquella buena gente alcanzó su punto de ebullición cuando se supo que había encargado, en la única imprenta de la villa, quinientas tarjetas de visita en las que, bajo su nombre y apellidos, podía leerse:

Mecánico – especialista en material pesado

Vocal de Cultura del A.C.D.

La sabiduría popular, que no suele equivocarse, decidió tomar la vía intermedia. Ni paliza, ni ascenso. Simple y sencillamente, olvidar la existencia de semejante majadero; fingir que no se le veía y, en definitiva, tal como se dice en la actualidad, pasar de él.

Lo curioso del caso es que esta decisión no fue tomada en ninguna asamblea. No fue precisa y su puesta en práctica resultó general y espontánea.

Atilano que, a pesar de su vista cansada, aún veía, pero padeciendo una ceguera mental, cuya curación quedaba fuera del alcance del Colegio Oficial de Oftalmólogos, y entraba de lleno en la competencia de Nuestra Señora de Lourdes, encontró la explicación a aquel voluntario alejamiento de sus convecinos en el reconocimiento tácito de su propia superioridad.

“Por fin, se decía satisfecho, han comprendido mi supremacía. Ahora soy alguien y no se atreven a tratarme como antes.”

Apenas formulado el pensamiento en su confundido cerebro de pobre vanidoso, sin tiempo para comprender lo errado de su conducta, pero totalmente feliz, una cornisa, desprendida del balcón principal del Ayuntamiento, se encargó de facilitar su venturosa salida de este mundo.

La irracional forma de actuar de Atilano viene a demostrar la veracidad de la teoría sobre la vanidad, admirable y brevemente expuesta por el académico Sr. Alarcos, en el prólogo del libro “Oviedo”, al decir:

“Si quiés conocer a tu vecín, dái un puestín”.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Oviedo, 1986

 

 

Mañana te compraré un nicho

Contrariamente a lo que hacían suponer nombre, apellido y procedencia, Adolf-Lothar Roheit, Alemania del Norte, aquel hombre no era ni había sido nunca un bárbaro.

Cuando visitó por primera vez las verdes costas de Foz, en la provincia de Lugo, no lo hizo a bordo de un barco, ni siquiera utilizando el prosaico medio de locomoción automovilístico.

Arribó precedido de un ruido infernal, cabalgando sobre la poderosa motocicleta recibida como regalo de fin de carrera de la persona que ostentaba la doble condición de padre y principal accionista de Roheit Stahlwerke.

Conseguir el título de ingeniero industrial había sido un juego de niños para Adolf-Lothar, ya que había llegado a este mundo dotado de inteligencia y memoria poco frecuentes. El autor de sus días, complacido porque, al fin, iba a contar con una persona de confianza que le sucediera al frente de la gigantesca organización creada pacientemente merced al esfuerzo de cuatro generaciones, había accedido a satisfacer el capricho de su vástago.

El monstruo de dos ruedas y tres meses de vacaciones constituían la recompensa a los años de estudio, docilidad y obediencia que, desde niño, había sido la norma del chico llamado a jugar un importante papel en la industria alemana del acero.

El recién licenciado era plenamente consciente de que tan pronto transcurriera el plazo concedido, comenzaría una existencia en la que no habría lugar para frivolidades. Años atrás había escuchado, con cierto desasosiego, que el destino del delfín de la familia no resultaba, aparentemente, nada envidiable. Pero, a cambio de la entrega absoluta, cuántas satisfacciones de tipo moral ante el deber cumplido a rajatabla.

El lema de la casa, “trabajar sin desmayos”, se le antojaba excesivamente cruel y el pensamiento de que cuando se convirtiera en un engranaje, muy importante pero engranaje al fin, de Roheit Stahlwerke únicamente tendría derecho a quince días de vacaciones anuales, hacía que los tres meses que tenía por delante le parecieran aún más apetecibles.

Deseaba conocer España, uno de los viejos criados de su casa era español y no cesaba de hablarle de las maravillas de su país y, además, se daba la circunstancia de que el castellano era uno de los tres idiomas que su padre se empeñó en que estudiara. Aún no dominaba la lengua pero se hacía entender sin dificultades.

Manolo Monteiro, el criado, abandonó su Santiago de Compostela natal en cuanto cumplió el servicio militar y, tras haber realizado distintos trabajos en diferentes lugares de Alemania, fue a parar a la mansión del señor Roheit donde se le tenía en gran estima. Llegó a ocupar el puesto de mayordomo en el que se encontraba muy a gusto. Percibía un buen sueldo que, como todo gallego que se respetara, ahorraba en su mayor parte.

Manolo había visto como Adolf-Lothar se convertía en un hombre pareciéndole que ello sucedió de la noche a la mañana. Tenía la impresión de que, cuando regresaba a casa en los periodos vacacionales, era el mismo chiquillo rubio y atlético que, sin inhibiciones, reía de todo y por todo.

De pronto, después de una estancia de seis meses en Estados Unidos, el Adolf-Lothar al que abrió la puerta y que hubo de inclinar la cabeza para no estamparse el cráneo contra el dintel, parecía otro. Se trataba de un ser desconocido, de dos metros de altura, con voz profunda y caminar pausado. Lo que continuaba siendo igual era la risa contagiosa y el cabello dorado.

– Me voy a España, Manolo. Dentro de dos días, lo tendré todo a punto y saldré para tu tierra. Atravesaré toda Alemania, Francia y luego, con calma, visitaré todo el norte de tu país. Prepárate que como no me agrade la catedral de Santiago, vas a escucharme.

-No pase cuidado, señorito. Le ha de gustar; y mucho. Pero no sólo la catedral; la gente, la comida, todo.

Exactamente tres semanas más tarde, el vástago del señor Roheit cruzaba el Puente de los Santos, que separa Asturias de Galicia y se adentraba en esta última.

Su paso por aquellas tierras, al igual que inmediatamente antes por las de Alemania y Francia, había sido realizado felizmente y sin incidentes de consideración.

Tenía minuciosamente planeado el viaje y, desde Ribadeo, primer pueblo importante que encontraba a su entrada en la comunidad galaica, llegaría en una etapa a Santiago de Compostela.

Llevaba recorridos unos veinticinco kilómetros cuando se apercibió de que ante sí se extendía una hermosísima playa de arenas blancas. A la derecha, un espigón la separaba de la ría con las aguas más transparentes que había visto en su vida.

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Foz

Detuvo la moto, la apoyó firmemente sobre su soporte y se apeó. Muy cerca, sentados en uno de los bancos de piedra situados a lo largo de la barandilla metálica que circundaba el perímetro arenoso, dos hombres contemplaban espectáculo en silencio.

Adolf-Lothar, tras despojarse del enorme casco protector que le confería aspecto de visitante de otra galaxia, tomó asiento a su lado.

-¿Cómo se llama este pueblo? -preguntó a los pocos segundos.

El pueblo se llama Foz y aquella hermosura de playa, La Rapadoira, fue la respuesta.

El alemán extrajo de uno de los bolsillos de la cazadora de cuero un mapa y, con ayuda de los hombres con quienes compartía el duro banco, localizó enseguida el lugar en que se encontraba. “Me he desviado ligeramente de la ruta marcada”, pensó, “pero no siento disgusto alguno. Al contrario; el despiste me complace”.

Tanto que allí, en Foz, transcurrieron las semanas que aún quedaban de sus vacaciones. Relegó al olvido la proyectada visita a Santiago y, merced a las gestiones de los dos primeros contactos establecidos en el pueblo, dos viejos pescadores jubilados, encontró alojamiento en casa de otro pescador.

Playa de Foz (Lugo).

Playa de Foz (Lugo).

Su nuevo hogar, muy modesto pero limpísimo, estaba situado sobre un promontorio encima de la playa. Desde la ventana de su cuarto veía al atardecer los barcos, verdaderos cascarones de nuez, que se hacían a la mar descendiendo la ría desde el puerto en busca del pescador que, al día siguiente, podría comer en cualquiera de los figones y tabernas del pueblo.

El tiempo transcurrió velozmente y, pronto, demasiado pronto, hubo de iniciar el viaje de regreso a su país. Dejaba atrás un montón de amigos que, encontrando aquello de Adolf-Lothar excesivamente complicado, lo llamaban con sencillez y cariño “el alemán”.

Quedaba hecha la promesa de que, al año siguiente, volvería a ocupar su habitación. Ya no sería igual en lo que a la duración de su estancia se refería pero, por lo menos, durante quince días reanudaría la vida con sus compañeros, como uno más que salía acompañándolos algunas veces a la mar.

Durante cinco años cumplió la palabra empeñada y el pueblo de Foz, donde ya era una institución, sabía que cuando el calendario mostrase la hoja del día primero de agosto escucharían el estruendo de la moto del “alemán”.

Playa de Foz (Lugo).

Playa de Foz (Lugo).

El sexto año, sin embargo, fue señalado por un hecho que llamó la atención de los habitantes del lugar. El día quince de mayo, fecha en que Foz se encuentra huérfana de veraneantes y visitantes y por esa razón nada fuera de lo corriente pasa desapercibido, hizo su aparición un lujoso automóvil extranjero que recorrió velozmente las calles como si realizase una obligada peregrinación, dirigiéndose luego a la casa del pescador que alojaba todos los años a Adolf-Lothar.

Menos de dos horas más tarde, todo el mundo conocía la noticia. El alemán había venido. Y esta vez, para quedarse.

Como se  supo poco después, el padre del recién llegado había fallecido y el hijo aprovechó la triste circunstancia para realizar algo que bullía en su mente, sin forma concreta pero con insistencia y que se transformó en una idea precisa en el momento en el que el señor Roheit abandonó este mundo. Huir de la vida de trabajo para la que fue preparado desde su nacimiento y trasladarse a Foz para llevar la existencia que le hacía feliz.

De nuevo se instaló en el hogar del pescador. Este y su esposa trataban al alemán como si fuera miembro de la familia y se llevaron un buen disgusto cuando supieron que Adolf los abandonaría cuando tuviera terminada la casa que iba a construir.

-Pero si vamos a ser vecinos. Nos seguiremos viendo todos los días, respondía el alemán a los afectuosos reproches de la pareja.

-Sí, pero ya no será lo mismo, contestaban.

-Claro que será lo mismo. Tú, María, te encargarás de mis cosas; de la limpieza de la casa y de mi ropa… a menos que no quieras encargarte de ello. Viviremos en casas distintas, pero todo seguirá siendo igual.

Ante estos argumentos, María hubo de inclinarse y, de mala gana, aceptar lo que le proponía Adolf.

Un año más tarde, a poca distancia de la casita en que había pasado sus vacaciones anuales, “el alemán” disponía de un magnífico chalet para cuya construcción no se había regateado dinero ni buen gusto.

Para él solo parecía demasiado grande. Contaba con planta baja y un piso. En el jardín, el agua de una pequeña piscina reflejaba el cielo azul y centelleaba como una joya.

En el pueblo se decía que sí, efectivamente la casa del alemán era enorme para una persona solitaria pero había que pensar que todavía era joven -apenas treinta años-, se casaría y vendrían los hijos. Así, las habitaciones vacías y silenciosa se poblarían de ruidos y gritos.

Desde la nueva casa, instalado cómodamente en una de sus terrazas, el propietario no se cansaba de contemplar la vista que se ofrecía a sus ojos.

A la izquierda, en un saliente de la costa y separada del punto ocupado por su residencia, con mucho mar por medio, se vislumbraba Burela. Los cristales de la fábrica de hielo situada en el puerto, refulgían al sol.

A la derecha, a sus pies, la playa de la Rapadoira, con sus grandes sombrillas fijas, de paja, y las más numerosas de lona que con sus tonos multicolores, prestaban al conjunto el aspecto de la paleta de un pintor. Más allá, como fijando el límite de la playa, el espigón en forma de ele, con un pequeño faro en el punto de unión de los dos brazos. Y del otro lado del malecón, la ría. Aquella cinta plácida y serena de color cambiante pero siempre transparente que había sido la causa primera del cambio producida en su forma de vida.

Ría de Foz (Lugo).

Ría de Foz (Lugo).

Separado de la ría, sobre un recodo del mar, San Cosme de Barreiros y varias concentraciones más de pequeños núcleos de casitas y chalets ocupados por veraneantes durante los meses de estío, vacíos y solitarios en los restantes meses del año.

Enfrente, siempre igual pero diferente en cada momento, el mar. Una extensión enorme de mar en el que la mirada se perdía para encontrar descanso y agudeza.

El alemán era feliz. No echaba de menos nada en absoluto. Cada día salía menos. ¿Para qué iba a hacerlo si a su alcance encontraba cuanto precisaba? En verano descendía a la plaza por las amplias escaleras que el municipio había construido muy cerca de su propiedad, y se daba un prolongado baño en las aguas límpidas de aquel mar que tanto amaba.

Por el invierno, cuando el viento del norte soplaba destempladamente silbando en el tejado de pizarra, encendía la calefacción y, acercando un confortable sillón al la chimenea en la que ardían gruesos troncos de pino, permanecía absorto en la contemplación de las llamas y el chisporroteo de la resinosa madera.

Entre los libros, de los que se había aprovisionado en grandes cantidades y continuaba recibiendo ininterrumpidamente, y los discos, que contaba por centenares, la compañía humana se convirtió en algo innecesario.

Los espacios de tiempo que transcurrían entre visita y visita a sus amigos los pescadores, se dilataban cada vez más. Ya casi no salía a comer fuera de casa. Había iniciado la práctica de tomar cualquier cosa, de lo que María le preparaba, cuando le apetecía, sin seguir horario alguno y olvidándose muchas veces de hacerlo.

De persona extremadamente sociable y comunicativa pasó a ser un individuo huraño y solitario que dejaba pasar semanas sin buscar ni admitir compañía. Su voluntario encierro causó extrañeza entre la gente del pueblo y, los mismos pescadores que lo habían bautizado afectuosamente con el apelativo de “el alemán”, comenzaron a utilizar el remate de “loco”.

Poco después ya era conocido sólo como “el loco”.

Únicamente María y su esposo continuaban sintiendo por el curioso personaje en que se había convertido Adolf-Lothar el mismo cariño del pasado. En Foz, sólo ellos se negaban a admitir que su alemán había perdido el juicio.

Después de un tiempo sin que se advirtieran cambios en su comportamiento, sucedió algo que vino a modificar, en cierto modo, su conducta habitual.

Una mañana de primavera, en el amanecer glorioso de sol y luz, el espontáneo enclaustrado despertó de pronto con un terrible dolor de cuello. El sueño le había sorprendido sentado en la butaca y la postura en que permaneció durante la noche le ocasionó una intolerable tortícolis.

Se levantó torpemente y estiró dificultosamente los envarados músculos. Apartó los bastidores de la puerta-ventana por la que salía directamente al jardín. Apagó la luz aún encendida y luego se acercó de nuevo a la cristalera para abrirla y permitir la entrada de aire.

Entonces, al atraer hacia sí uno de los batientes, la vio. Estaba apoyada contra el marco. Era evidente que había tratado de protegerse de la incesante lluvia caída durante la noche, colocándose bajo el saliente de la terraza situada en el piso superior. Debía sentirse aterida; quizás enferma.

Embobado permaneció unos minutos contemplándola. Era hermosísima. Nunca había visto a nadie que pudiera comparársele. Producía tal sensación de fragilidad que, antes de asirla para introducirla en el interior de la casa, se miró las enormes manos preguntándose cómo emplearlas sin causarle daño.

Ella lo dejó hacer sin articular palabra, en un mutismo total y, cuando, con increíble ternura, fue tendida sobre el mullido diván situado cerca de la chimenea, siguió todos sus movimientos con la profunda mirada de los ojos negros e inexpresivos hasta la indiferencia.

El alemán encendió los leños que no tardaron en crepitar alegremente invadiendo la estancia de un agradable calorcillo. De todos modos, para contrarrestar los efectos de la noche pasada a la intemperie, tomó del armario una manta ligera y la cubrió con ella dejando únicamente al descubierto la cabeza.

Los ojos de su inesperada visitante, insondables como oscura sima, continuaban observándolo sin perder una sola de sus evoluciones. Seguía guardando el mismo silencio con que acogió las primeras palabras de Adolf. Este sentía crecer en su interior el desconcierto y, para combatirlo, no sabiendo que hacer, hablaba sin cesar.

Le preguntó su nombre, edad y el motivo de que se encontrara ante su puerta. No recibió respuesta alguna. Quiso saber si se encontraba mal. Tampoco hubo contestación.

Se le ocurrió entonces que, quizás, estuviese ante un caso de sordomudez. Aquel pensamiento le produjo tal acceso de dolor que, inconscientemente, se levantó del sillón que ocupaba y se lanzó a caminar de un lado a otro, cambiando de sitio las sillas, ocultando en los cajones del escritorio libros sacados el día anterior.

Mientras tanto, y aunque no ignoraba que nunca se había distinguido por su acierto a la hora de descifrar la edad de nadie, intentaba adivinar la que tendría su huésped. Hubo de renunciar. A lo más que podría llegar era a admitir su juventud. Saltaba a la vista que era jovencísima. Tampoco se precisaba demasiado intelecto ni sentido de la belleza para reconocer que allí, sobre el diván, reposaba un ser de excepcional hermosura, armonía de formas y proporción de líneas.

El alemán no pretendía pasar por entendido en arte. No obstante, poseía un gusto especial que le hacía admirar cuanto se saliera de lo vulgar. Y ella no tenía nada de común. Muy al contrario, aún ahora, tras la noche pasada al raso, bajo la lluvia y el frío, conservaba el aspecto que la haría distinguirse en medio de una musedumbre, que obligaría a palidecer a las mujeres que la vieran de cerca.

Cada vez que sus pasos se acercaban al sofá, se detenía brevemente y reanudaba el soliloquio suspendido momentos antes.

-Me recuerdas a alguien. No sé a quien. Puede que te haya visto en otra ocasión. Pero no, no es posible. Si te hubiera conocido no te habría olvidado. Eres demasiado bella.

Y no obteniendo respuesta, continuó:

-Hace un rato, cuando te encontré, me vino a la mente una palabra en mi idioma. Un nombre cuyo significado no recuerdo ahora. Tendré que mirar el diccionario. La palabra fue Spinne. Si no tienes inconveniente, te llamaré así, Spinne. Suena bien y aunque ignoro la razón, parece venirte como anillo al dedo.

Pasaron las horas y Spinne no pronunció palabra. Los únicos movimientos que hizo fueron los precisos para quitarse la manta de encima.

Un extraño pudor obligó al alemán a ocultar a María la presencia de Spinne. Permaneció a la escucha y cuando oyó el ruido producido por la llave que la asistenta introducía en a cerradura, acudió velozmente a la puerta, le arrebató de las manos la bandeja en la que traía su comida y, sin permitirle la entrada, la obligó a marcharse.

Spinne se mostró muy selectiva para comer y Adolf-Lothar, repentinamente dueño de una sensitiva percepción, le hizo tomar sólo aquello que realmente le apetecía. Para tratarse de alguien con aspecto tan delicado y endeble, estaba dotada de un apetito más que normal. Ni su juventud, ni la noche al sereno bastaban para disculpar lo que no podía tener otro calificativo que el de voracidad.

Al término de la comida, el alemán convertido en camarero-intendente, se sentía realmente exhausto. Había realizado un esfuerzo para el que no estaba entrenado. Spinne, por el contrario, estiró voluptuosamente los miembros, cerró los misteriosos ojos y se durmió apaciblemente.

Aquellas escenas, la de la alimentación y la del reparador sueño que tenía lugar a continuación, se repitieron muchas veces. Spinne parecía encontrarse satisfecha en su diván y en pocas ocasiones lo abandonaba. Únicamente un par de veces al día dejaba el cuarto y el dueño de la casa, discretamente, no la seguía. Por idéntica razón, tampoco hacía preguntas. Además sabía que no encontraría respuestas.

Así pasaron seis meses. Los dos vivían bajo el mismo techo, estaban prácticamente juntos todo el día y, aunque Adolf-Lothar ya no lograba disimular sus sentimientos, no se había tomado ni una sola libertad con su compañera de reclusión. Le había dicho que la amaba apasionadamente, recibiendo, como en todo momento, la callada por respuesta. Spinne, se limitaba a fijar en él la mirada indescifrable de sus ojos y a callar.

María no había sabido ocultar a su marida la sospecha de que en la casa, que ya no limpiaba porque le estaba prohibido, sucedía algo anormal. Suponía que el alemán había introducido una mujer en su hogar pero, ¿por qué razón lo sigilaba?

-En estos tiempos- le decía- eso ya no tiene importancia y aquí, en Foz, estamos tan adelantados como en Lugo y, si me apuras, como en Vigo. Pero, si tiene una mujer con él, ¿de qué demonios la alimenta? Estoy llevándole la misma cantidad de comida que antes.

Pronto, las sospechas de la buena María se convirtieron en certidumbre. Una tarde, al oscurecer, llegó a la casa por la parte de atrás, por el jardín. al acercarse,a través de la abierta puerta-ventana, pudo escuchar la voz del alemán que decía:

-Mira Spinne, por mucho que te hagas la tonta, sé perfectamente que has comprendido cuánto te quiero. Esto no puede seguir así.

La luz de la habitación estaba apagada y María no pudo ver a a destinataria de la queja.

No se quedó para oír la respuesta, que no habría de producirse, y se fue a paso rápido. Volvió por la parte delantera, entregó la bandeja con las provisiones y, sin comentario alguno, se marchó de nuevo.

El rumor de lo que ocurría en Villa Roheit se propagó como el fuego en un pajar. En aquella época del año, fuera de la estación veraniega, los temas ordinarios de conversación ya habían sido agotados y cualquier hecho desusado venía a romper la monotonía de la vida cotidiana. Pero la gente del lugar, lógicamente curiosa, era sumamente respetuosa con las rarezas del prójimo y nadie se atrevió a investigar.

Entretanto, en el chalet, las cosas continuaban como el día de la llegada de Spinne. Para entonces Adolf había renunciado a obtener respuestas a sus largas parrafadas. Estaba convencido de que su hermosa compañera era sorda como una tapia y muda como una tumba.

No había desistido, eso nunca, de amarla. La quería con locura, con pasión ciega y absorbente que impedía todo razonamiento sobre lo absurdo de la situación. Ni siquiera dedicaba un pensamiento al futuro. Estaba conforme con que aquello, tal como estaba, se prolongase indefinidamente.

Y, realmente, hacía bien. Nada existe que no tenga término.

Una mañana, como en tantas otras que la precedieron, el alemán entró en la biblioteca que la costumbre había convertido en dormitorio, comedor y sala de estar de Spinne, y la encontró muerta.

Adolf-Lothar experimentó un dolor inmenso; como si le atravesaran el corazón con un cuchillo de hielo. Luego, sobrevino la sensación de un vacío espantoso.

Permaneció horas arrodillado ante el diván convertido en lecho mortuorio.

Abstraído en la contemplación de aquella belleza que se había ido, sumiéndolo en la desesperación, no advertía el paso del tiempo.

Cuando, al amanecer, llegó María y no fue recibida en la puerta por el dueño de la casa, abrió con su llave y pasó adelante.

Reinaba un silencio impresionante. La esposa del pescador, curtida por las tormentas que deparaba la vida, entró decidida en la biblioteca donde suponía que podía hallarse Adolf.

La escena que se ofreció a sus ojos, resultaba desconcertante. El alemán, solo en la habitación, estaba hincado de rodillas delante del sofá. Cuando escuchó los pasos de María que se aproximaba, se puso de pie. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Con voz ronca, gritó más que dijo:

-Spinne ha muerto.

Y añadió con acento extrañamente triunfal, señalando el diván con mano temblorosa:

-Fíjate, aún está más hermosa que cuando vivía.

La estupefacta María obedeció la orden. Allí, en el sofá indicado por Adolf, sólo había una manta y, sí, ahora la veía, encima de ésta, una araña de las llamadas de jardín.

-¿Dónde está esa Spinne que dices se ha muerto? No la veo por ninguna parte.

-¿Te has quedado ciega? ¡Pobre María! Ahí está, acostada en el diván.

Luego, con el tono que los hombres emplean para hablar con los niños o con la mujer que aman, añadió dirigiéndose a Spinne:

-Mañana te compraré un nicho.

Pedro Martínez Rayón, ¡Atchis! y otros estornudos mentales

 

La cama y su evolución

Una noche de esas en las que, sin motivo aparente, soy incapaz de conciliar el sueño, fui consciente por primera vez en mi vida de que me encontraba reposando sobre un mueble, trasto, enser o chirimbolo nacido de la fecunda inventiva del hombre y no por generación espontánea.

Como soy persona curiosa, decidí que, tan pronto amaneciera, comenzaría a investigar acerca del origen y la evolución de tan cómodo artefacto.

Por ser, también, amante de la verdad he de confesar que no pude poner en práctica mis intenciones al cantar el gallo pues, para entonces, estaba profundamente dormido. Pero cuando logré regresar al mundo de los vivos y mantenerme razonablemente despierto, puse manos a la obra.

Lo primero que descubrí fue que la cama primitiva no se parecía en absoluto a la actual. Era tan diferente que ni siquiera se llamaba cama.

Los hombres primitivos, para los suramericanos “ansestros”, eran tan bestias y estaban tan agotados de correr detrás o delante de los dinosaurios (la posición dependía de quienes estuvieran más hambrientos), que, llegada la hora de acostarse, se dejaban caer en el santo suelo y, muy buenas noches.

Con el paso del tiempo se sofisticaron los métodos de caza, el hombre dispuso de más tiempo para el descanso y, encontrando el suelo menos santo y cómodo de lo deseable, pensó que quizás situando entre su cuerpo y el pedregal una piel, el reposo sería más placentero. Resultó como suponía. Entonces el jefe de la manada (aún no habían alcanzado la etapa social denominada tribu), decidió, argumentando a base de cachiporra, que si con una piel se estaba cómodo, con dos, el confort se doblaría. Puesta a prueba tan avanzada teoría, se demostró lo correcto de la misma.

Ese fue el primer paso hacia la invención de la cama.

El segundo consistió en la elevación de una especie de ménsula de troncos, naturalmente sin tallar, para evitar la mordedura de animales poco recomendables. No olvidemos que aún no se conocían sueros ni vacunas.

A partir de estos primeros balbuceos, inconsciente búsqueda de la horizontalidad perfecta, la cama experimentó una veloz evolución en la que comodidad, funcionalidad, higiene y elegancia se dieron cita.

Como puestos de acuerdo, en Francia, Inglaterra e Italia, los inventores Lit, Bed y Letto lanzaron al mercado los últimos modelos que, únicamente fueron superados no hace mucho tiempo por la cama de agua, diseñada por un anónimo buzo profesional con destino en el puerto griego del Pireo.

Esta variedad, según aseguran autoridades en el campo de la medicina, no es recomendable para reumáticos.

He pasado por alto, consciente de mi omisión, los lechos con dosel por su proclividad al incendio que, en más de una ocasión obligaron a sus usuarios a un involuntario paso del reposo temporal al eterno.

Las prestaciones de una cama normal son infinitas y, por ello, no voy a citar más que las dos más importantes: en ella nacen quienes tienen tanta prisa por vivir, si no lo hacen  en taxis o aviones, y mueren aquellos a quienes le sorprende la muerte cuando se encuentran acostados.

La palabra cama jamás será mencionada por las exquisitas damas de la época victoriana. Llegada la hora de dormir decían: “ha llegado el momento de que me retire”.

Curiosamente, de aquello hemos pasado al extremo opuesto. De ser algo innombrable, se ha convertido en el único elemento imprescindible del cine actual.

A pesar de su apariencia semántica, nada tienen que ver con la cama el camaleón y el camafeo. De camarera, no me atrevería a decir otro tanto. De Kamasutra, sí.

No puedo resistir la tentación de recordarles que nuestra primera cama no se llama así, sino cuna. La última, también cambia de nombre. Se denomina féretro o ataúd.

Deseo que hayan trascurrido un montón de años desde que abandono la primera, y que aún deban sucederse muchos más hasta que le tiendan en la última.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Foz, 1986

Los escéntricos

¿Qué? Ah, que escriba con equis. Ya lo sé, pero también yo tengo derecho a realizar excentricidades. ¿Por qué no? Muchas gentes lo hacen y no sólo resulta aceptable sino que les aplauden y pagan por ello.

Sucede que lo excéntrico es tan común que empieza a perder su calidad de tal y pasa a ser visto como una manifestación normal, corriente y vulgar de la personalidad moderna.

Actualmente, nadie se rasga las vestiduras cuando un actor o actriz de teatro, un futbolista o un torero comienza a grabar discos y a cantar en público. Generalmente, lo hacen fatal pero, gallos aparte, no se les tiene por excéntricos.

Tampoco cunde la alarma en el momento en que un boxeador decide interpretar a Shakespeare.

Y no digamos cuando se anuncia la apertura de un nuevo museo de arte contemporáneo. Hay que guardar cola para contemplar lo que parece un muestrario de pesadilla colectiva. Seres con un solo ojo debajo de la nariz, bocas contraídas en muecas satánicas, a pocos milímetros de una de las orejas, brazos como patas de elefante o como cañas de geranio alternan con animales de especies desconocidas y aspecto grotesco o amenazador.

Aún recuerdo la burla de que fui objeto por parte de varios amigos cuando visitamos una retrospectiva de la obra de uno de los más pagados y representativos pintores españoles del siglo actual.

A mi comentario de que nunca había visto un caballo verde, se me dijo que la pintura no era sólo color. Seguidamente mencioné la evidente desproporción entre las patas delanteras y las traseras de aquel adefesio. Contestaron que tampoco la armonía de líneas constituía el secreto. Al atreverme a preguntar cómo era más pequeña la figura de una persona, situada en primer término, que el caballo (o lo que fuera, pues en aquellos momentos no estaba seguro de nada), la respuesta fue el consabido: “La proporción no es…”

Entonces cometí la imprudencia más grande de mi vida. Creyendo que, de una vez por todas, les iba a dejar sin réplica, inquirí: “Queréis decirme, si la pintura no es color, línea, proporción, perspectiva o dibujo, ¿qué diablos es?

Pero como casi siempre, me engañé. Tenían contestación, y ésta fue unánime. A coro gritaron (aunque yo no vi ensayo alguno): “Perico, ¡eres un ignorante!”

Ahora, al cabo de los años, me pregunto muy seriamente, ¿quién estaba en aquel momento haciendo gala de excentricidad, mis amigos o yo?

No deja de resultar curioso que lo excéntrico sea algo un tanto intangible, no constreñible a medidas ni reglas fijas. La misma palabra y el concepto que describe, poseen un vaho nebuloso y de misterio. Ex-céntrico. Si, que se sale del centro. Pero, ¿de qué centro? ¿del parroquial, del de la tierra, del farmacéutico, del ideológico o de cuál?

Salga de donde salga, cualquiera que sea su origen, al tomar cartas de naturaleza entre los humanos ha perdido significación y fuerza.

Hace no muchos años cuando se decía, “Antidio es un excéntrico”, se entendía que Antidio era un artista de circo que realizaba, bajo la carpa, una serie de ejercicios difíciles y extraños. Hoy en día, probablemente nadie sabría a qué se dedicaba el repetido Antidio. ¿Y por qué? Pues, elemental, mi querido Watson. Porque todos hacemos cosas raras sin que suceda nada y, naturalmente, sin que vengan a cuento.

Confieso que yo mismo, a las cinco de una tarde soleada, pasé conduciendo un coche, con la ventanilla abierta, por una calle muy concurrida, y por ello, a escasa velocidad, llevando en la cabeza una gran tartera con flores estampadas. Mucha gente me vio; estoy seguro. Sin embargo, dejando aparte el grito de ¿A dónde vas, chalao?, proferido por un crío de unos doce o trece años -y, por tanto, inexperto-, nadie se escandalizó a mi paso.

¿Pero por qué cometí semejante estupidez? Pues la verdad, no lo sé. Fue un impulso irresistible. Recuerdo, eso sí, que hube de descubrirme muy pronto a causa de un excesivo peso de aquel improvisado cubrecabezas. Debía de tratarse de una tartera de acero doble.

Antes de que se me olvide, apuntaré aquí, para general conocimiento, el sistema seguido por algunos compositores para encontrar la inspiración que les falta. Me hago cargo del enfado de estos originales músicos cuando adviertan que el admirable y astuto método que utilizan para arrobar a sus oyentes ha sido divulgado. Espero, no obstante, que su benevolencia y su estro corran parejas y no inventen una nueva tortura con destino a quien les ha puesto al descubierto.

El procedimiento consiste en cubrir un montón de papelitos con las notas de la escala musical. Una nota en cada papel. Pueden confeccionarse, por ejemplo, veinte papelitos con la nota do, y otros tantos con re, etc.

He observado que los compositores gordos utilizan en mayor proporción el do que el si. Inversamente, los flacos conceden más oportunidad a la nota si.

Elaborado el surtido de papeles, se colocan en el interior de una boina, se agitan a la luz de la luna (si se desea música romántica) o cerca de un martillo neumático (si se prefiere música militar y enérgica). Después, se van retirando de uno en uno y se anotan sobre el papel pautado. Si el autor no sabe solfeo, suele solicitar la colaboración de alguien que lo conozca.

La escultura merece un capítulo aparte. El simbolismo subyacente en esta manifestación artística no es fácil de dominar y resulta incomprensible para los no iniciados. Sin duda, por ello, nunca falta un alma caritativa que se encargue, totalmente gratis, de disipar nuestra ignorancia.

Así, he podido percatarme de que dos vigas de ferrocarril cruzadas en forma de equis representan las dificultades de un alumbramiento de nalga. Un montón de ladrillos con una silla rota en la parte superior y un palo colocado verticalmente del que pende una camiseta agujereada, significa “no me aguardes a las ocho, pues he de lavarme el pelo”. Medio plátano gigantesco, cortado longitudinalmente, con dos protuberancias a media altura, valen por “fertilidad humana”.

Podría continuar un buen rato pero, ¿merece la pena? Yo creo que no.

De todas maneras, antes de considerar finalizada esta historieta y al objeto de dejar establecida mi teoría de que nadie es ya excéntrico o, para el caso es igual, todos lo somos, les diré cómo conseguí que el incrédulo Rob (no, no se trata de Robert, sino de Robustiano), hiciese suya mi forma de pensar sobre esta cuestión.

Se negaba obstinadamente a admitir mi punto de vista cuando le dije: “Vamos a entrar en una cafetería céntrica y concurrida. Si el barman, o alguno de los presentes muestra su extrañeza al escuchar mi encargo, yo pagaré, pero, si no es así, el que paga serás tú”.

Rob se limitó a responder, “Conforme”.

El establecimiento en que entramos se encontraba muy animado. Eran las siete y media de la tarde y fijándonos en el escaso espacio disponible podía creerse que la crisis y la inflación se hallaban de vacaciones. Por fin, en la barra, quedaron dos sitios libres que nos apresuramos a ocupar.

“¿Qué va a ser?”, preguntó el camarero.

“Para mi amigo, un descafeinado”, le respondí. “Para mi mismo, lo mejor será que tome nota, pues es un poco complicado”, añadí.

Cuando advertí que ya tenía en sus manos blog y bolígrafo, continué con voz recia: “En un vaso largo, a cuartas partes, vinagre, Ribeiro tinto, leche condensada y líquido de frenos. Ponga unas cañitas de perejil.”

El barman anotó cuidadosamente mi encargo y cuando escribió perejil, preguntó, “Y para comer, ¿desea algo?”

“Sí -respondí-, prepáreme un sandwich caliente de jamón serrano y caramelos de menta”.

“Lo siento -contestó-, los caramelos de menta se nos han agotado. ¿Le valen de fresa?”.

“Perfecto”, añadí tranquilamente.

Durante este intercambio de palabras, nadie manifestó la menor sorpresa. El único que me miraba con incredulidad era el pobre Rob.

Poco tiempo después, el estoico asalariado depositó sobre la barra nuestro encargo y, antes de que se alejase, le pregunté, “¿Cuánto es todo?”

“Un momentito, por favor”, replicó. Y tomando de un cajón una máquina de calcular, comenzó a hacer números.

Rob, viendo que trascurría el tiempo, y no salían las cuentas, comentó: “Bueno, no me extraña que sea un total difícil de obtener. Con unos sumandos tan poco frecuentes…”

El empleado levantó la cabeza y la maquinita de la que salía un cable y respondió. “No, no es eso. Lo que ocurre es que hoy la tengo conectada al carburo. Es más barato que la energía eléctrica, pero no hay duda de que es más lenta. Ustedes perdonen.”

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa, Oviedo, 1986

Los enterados

El enterado es un ser, creo que insuficientemente estudiado, que, habiendo oído campanas, trata de causar, aunque no venga a cuento, la sensación de haber seguido distintos cursos en la Sorbona, Oxford, y el Instituto Técnico de Massashussetts.

Aparentemente, entiendo de todo. Está dotado de unos conocimientos tan profundos que, incluso contra su propia voluntad, se ve obligado a propinar a diestro y siniestro muestras de la sapiencia que brota de su boca, como un torrente imparable contra el que se encuentra inerme.

De nada vale que se intente argumentar la falta de conformidad que nos corroe e impide escuchar en silencio sus manifestaciones, pues tendrá a punto algún irracional racionamiento de casi imposible comprobación documental.

Sus doctas peroratas van desde la domesticidad del ornitorrinco australiano a la ética Zen, pasando por el prerrománico asturianense y las previsiones para el año 2000 sobre la extracción de carbones cotizables en la zona oeste de Checoslovaquia.

Si su boquiabierto y paciente auditorio sabe lo que le conviene, soporta el chaparrón sin perder la ecuanimidad, porque una leve discrepancia es suficiente para producir su enfado y el incremento de su colitis verbal.

Aún recuerdo la objeción formulada por un incauto, al escuchar la detallada explicación del enterado acerca de los motivos que habían decidido al Santo Cónclave a la elección de Juan XXIII como Papa.

Bastó con que el disconforme musitara, “Parece que estaba usted allí”, para que se desencadenaran todas las furias del Averno. Despidiendo llamaradas por los ojos, babeante de rabia, el enterado lanzó mil invectivas, impetró la maldición divina para los descreídos y, tras sacar a colación la Summa Teológica, Calvino, el Concilio de Trento, y Darwin, que nada tenían que ver con lo que se trataba, comenzó a tranquilizarse, embarcándose luego en una interminable disertación sobre la hernia congénita.

Pues bien, ese mismo enterado (u otro cualquiera, ya que todos son parecidos), se encontraba no hace mucho tiempo en el Fontán, detrás de la Plaza de la Carne, cerca del lugar donde un pintor, sentado en una silla plegable, copiaba en su tela la torre de la iglesia de San Isidoro.

El artista no daba el tipo, es decir, parecía cualquier cosa menos lo que era; quizás se tratara de un ejemplo de la ley de la compensación, bien venida en una época en que tantos oficinistas parecen bohemios.

El enterado se acercó a quienes observaban el desarrollo de la obra pictórica, coincidiendo con la exclamación proferida por una mujeruca con pañuelo en la cabeza, dientes destartalados y un enorme cesto colgado del brazo: ¡Virgen de Covadonga, ´tá pintipará!

Nuestro insigne especialista en pinacotecas, pues en eso se había convertido instantáneamente, la observó con mirada conmiserativa  y profirió un desdeñoso: “No sea ignorante, señora. Lo que acaba de decir es una prueba de que no tiene usted la más remota. Fíjese en el inseguro trazo del pseudopintor. En lo que está haciendo, no me atrevo a llamarlo cuadro, no se observa la más pequeña señal del genio. Mire como representa al airoso remate de la torre. Esto es una desgracia. Carece de proporción”. Y diciendo ésto, se inclinó sobre el caballete al tiempo que cerraba el puño, guiñaba un ojo, extendía el pulgar y lo utilizaba como instrumento de medida situándolo cerca de la pintura, primero y colocándolo entre el ojo y la masa de la iglesia, después.

“¿Y el color?, añadió. Si el hombre ve esos colores, no hay duda de que se trata de un daltónico. ¿Qué diría el divino Sorolla?”.

La pobre mujer, asustada ante aquellas palabras que no entendía, se fue sin responder.

Entonces, el enterado, dirigiéndose a la espalda del pintor que no daba señales de oír, inició un largo discurso plagado de buenos consejos y reflexiones útiles a todo principiante.

Por si sus palabras no resultaban suficientemente claras, alargaba un brazo por encima del hombro del artista y aporreaba nerviosamente la tela con los dedos índice y medio.

El implacable monólogo continuó durante hora y media, sin la menor interrupción por parte de su destinatario. Al fin, éste se levantó, plegó silla y caballete, cerró la caja de pinturas y, volviéndose hacia el incansable charlatán, hizo una elegante inclinación de cabeza, entrechocó los talones en ruidoso taconazo y, antes de alejarse, dijo:

“Danke schön. Aufviedersehn”.

Por una vez, el enterado se quedó sin habla.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Oviedo, 1986