Archivo por meses: julio 2015

Va por ustedes

Desde hace años vengo sintiendo dudas acerca de la verdad que encierra la afirmación, repetida por algunos críticos y comentarístas taurinos, de que «el toro de lidia desea ser lidiado y se siente satisfecho de morir en el ruedo».

Esto me parece una falacia, pero, deseando conocer la verdad, decidí formular la pregunta clave al único que puede responder con conocimiento de causa.

Esta decisión, fácil de tomar y difícil de llevar a la práctica, me planteaba un serio problema que había que resolver, nunca mejor dicho, cogiendo el toro por los cuernos.

La primera dificultad surgía en el terreno (otro término taurino) de la comunicación. ¿En qué idioma hablar con un toro?n

Recordé, entonces, una Perla del Bachillerato (sí, hombre. Esas deliciosas respuestas recopiladas por un catedrático de Valladolid), que decía, «en Holanda, de cada cinco ciudadanos, dos son vacas».

Por asociación de ideas, visualicé «las vacas suizas», y vino a mi memoria, luego, que los suizos, democráticos desde hace muchos años, pueden derogar o promulgar una ley sólo con la aprobación / conformidad de cierto número de ciudadanos y, por esa razón, si allí no se libran de los comicios ni las vacan, deben disponer de una lengua común.

Heracles y el toro de Creta, escultura de Félix Magdalena

Heracles y el toro de Creta, escultura de Félix Magdalena

Tras ésto, pensé que en Suiza, un idioma más o menos no importa pues se hablan, que yo sepa, alemán, francés, italiano y romanche o rético. En este hermoso país nació Berlitz, fundador de una de las primeras academias de idiomas del mundo y, por tanto cabía la posibilidad de que pudieran orientarme.

Decidido, escribí a Ginebra comunicando mi problema y suplicando su ayuda.

Unas fechas más tarde recibí su respuesta, en la que decían que contaban con un curso con el cual, por el módico precio de 10.750 pesetas, vería satisfechos mis deseos. Añadían que el curso se titulaba «¿Quiere usted aprender vacuence en 10 días?»

Creí que habían sufrido un error y que su proposición se refería al vascuence. Les dije, por tanto, que el vascuence era la lengua de los vascos y que lo que verdaderamente precisaba era hablar con las vacas, no con las vascas.

A vuelta de correo recibí un folleto editado a seis tintas en el cual, entre otros 46 idiomas, figuraba el VACUENCE.

En vista de ello, remití su precio y, puntualmente recibí el curso completo que incluía dos discos de 33 revoluciones.

Naturalmente, en díez días no pude aprender el idioma pero al cabo de dos meses me encontraba en condiciones de mantener, mejor o peor, una conversación normal sobre cualquier tema corriente.

Debo decir, en honor de la verdad, que varios vecinos me denunciaron a la Policía Municipal sosteniendo que mi domicilio se había convertido en un establo, pues juraban que era imposible que una garganta humana emitiese tan variada gama de mugidos.

La denuncia no prosperó por falta de pruebas, aunque los dos guardias que efectuaron un minucioso registro domiciliario, provistos del correspondiente mandamiento judicial, estuvieron a punto de llevarme al manicomio.

Me costó mucho tiempo y paciencia convencerles de que todo lo que estaba haciendo era ponerme en condiciones de conocer toda la verdad y sólo la verdad.

Por fin, llegó el momento de realizar mis planes y la víspera de San Mateo, época en que se celebran corridas en Oviedo, fui a visitar al empresario con el fin de pedir su autorización para entrevistar, por lo menos, a uno de los toros que se lidiarían al día siguiente. Concedida la autorización, obvio es decirlo, sin revelar el contenido de mis preguntas, me dirigí a la Plaza de Toros y, tras mostrar mi permiso a mayoral, me situé en un burladero de chiqueros y comencé a hablar con los toros.

Al principio, el desconcierto de las reses fue evidente pero comprensible pues ¿quién de vosotros no se sorprendería si, de pronto, una vaca nos preguntará en un español correcto «¿qué piensa usted de los partidos de fútbol?»

Después, convencidos de que allí no había ni trampa ni cartón, accedieron a hablar, digo a mugir.

Incluiré aquí sólo las respuestas de interés general pues reproducir íntegramente la conversación que sostuvimos convertería este breve artículo en un auténtico libro.

Y allá van las preguntas y respuestas tal como fueron formuladas y contestadas sin quitar ni poner mugido, pudiendo cada lector sacar las conclusiones que considere oportuno:

Yo: ¿Es verdad que habéis nacido en Andalucía?

Toro: ¡Qué va!, nacimos en Salamanca, y a mucha honra.

Yo: ¿Es cierto que tenéis más de cinco años?

T: De eso ni hablar. Ninguno de nosotros tiene más de 3 años y medio.

Yo: ¿Quien te bautizó con ese nombre de Bravucón, que parece un insulto?

T: El hijo de… del ganadero, que es un guasón. Yo, realmente me llamo Pepín.

Yo: ¿Sabéis para qué os han traído aquí?

T: Naturalmente, somos toros no burros.

Yo: ¿Habéis hecho un desplazamiento cómodo desde la dehesa?

T: El único desplazamiento que conocemos es el de los costillares que tenemos hecho fosfatina a causa de los bandazos del camión en que nos trajeron.

Yo: Ahora tú, Cortijero

T: Bueno, voy a contestar, pero, ante todo, quiero aclarar que me llamo Luciano.

Yo: ¡Ah!, perdona. Si sabéis para qué os encierran, ¿por qué no os rebeláis y os negáis a colaborar?

T:  ¿Por qué no lo hacéis vosotros cuando os llevan a la guerra?

Yo: Bueno, de una guerra se puede salir ileso, pero de aquí…

T: No podemos hacer nada. Recuerdo el caso de uno de nuestros hermanos que se fugó y después de armar la marimorena en un pueblo charro donde aplastó dos perros, corneó a una anciana del Asilo, destrozó los escaparates de un comercio de loza fina y tres puestos de fruta en el mercado, fue muerto a tiros por la Guardia Civil.

Yo: ¿Qué suerte es la que, no se cómo decirlo, la que menos os «molesta»?

T: El simple hecho de llamar suerte a cada uno de los lances por los que hemos de pasar es un auténtico escarnio. Que siga hablanco Pascasio, que tiene más facilidad que yo.

Yo: ¿Qué puedes decirme tú, Pascasio?

T: Pues mira, para empezar, lo de los sacos de arena es una auténtica animalada.

Yo: ¿Qué es eso de los sacos?

T: Pues muy sencillo. Cuando estamos descuidados, nos sueltan encima de los riñones un saco lleno de arena húmeda que debe pesar unos 100 kg, que ya nos deja para el arrastre.

Yo: ¡Qué barbaridad! ¿Y luego?

T: Después, cuando sales del toril, donde reina una suave penumbra, y pasas al ruedo con la blanca arena deslumbrante del sol, con la muchedumbre vestida de colores distintos y chillones que grita como un sólo energúmeno de varias cabezas, te sientes aturdido; tanto, que embistes violentamente contra las tablas (¡qué acertado su nombre de burladeros!), con lo cual no sólo te duelen los riñones sino que la cabeza y la base de los cuernos es un puro dolor.

Yo: Verdaderamente, tienes razón. El hombre es un ser muy cruel.

T: ¡Si sólo fuera eso! Fíjate que luego, un hombre sobre un caballo, vergüenza debería de darle a este último pues, realmente también es un animal, comienza a hundirte en el lomo un palo grueso y largo terminado en un agudo pincho. Aprieta y barrena con toda su fuerza, haciendo un daño increíble.

Yo: ¿Y qué me dices de las banderillas? Debe de ser algo muy molesto.

T: Veo que no tienes ni idea de cómo utilizar nuestro idioma porque decir molesta es casi tan disparatado como usar la palabra «acariciador». Figúrate que sin que estuvieses enfermo te pusieran seis inyecciones por medio de una jeringuilla de medio metro con la aguja terminada en un arpón. ¿Encontrarías «molesta» la cura o tratarías de romperle la crisma al practicante?

Yo: Estoy completamente de acuerdo contigo. Se me están poniendo los pelos de punta.

T: Pues todo lo que te hemos contado no es nada. Después de ésto, al Presidente (mal rayo le parta), decide que estuvo bien de bromas y llegó la hora de la verdad o sea la última hora para nosotros. En algunas ocasiones, lo de la hora resulta literal y el primer espada te confunde con un acerico  cosiéndote a puñaladas con la idem.

Yo: Observo que os tomáis todo esto con una buena dosis de humor.

T: ¿Tú crees que si nos valiese de algo ponernos dramáticos, no lo haríamos? Algunos de nosotros hemos llegado hasta a hincarnos de rodillas pidiendo clemencia, pero los hombres son tan bestias que se hacen los tontos y dicen que estamos escasos de fuerzas o flojos de remos.

Yo: Todo lo que me habéis dicho es cierto, pero tampoco vosotros estáis totalmente libres de culpa. ¡No me negaréis que todos los años muere algún torero en los ruedos!

T: Claro que no lo negamos. Pero, creeme. Cuando un toro cornea al hombre que tienen enfrente lo hace a ciegas, medio borracho de tanto embestir a un trapo que no cesa de moverse, que tan pronto te lleva a un lado como a otro. Pero, de verdad, nunca deseamos devolver el mal que nos hacen.

Yo: Estoy tan avergonzado y me da tanta pena pensar en vuestro triste destino, que  prometo solemnemente no volver a pisar un tendido aunque me regalen la entrada. ¿Queréis añadir algo?

En ese momento, un toro cárdeno que estuvo todo el rato apartado, se acercó y, timidamente, me preguntó:

T: ¿Es cierto que la gente paga fuertes sumas de dinero por contemplar un espectáculo como éste?

Yo: Como supongo que deseas conocer la verdad, te la diré: Sí, es completamente cierto.

T: Pues yo te diré otra verdad:

Prefiero ser toro y morir como voy a hacerlo  a ser uno de los que van a disfrutar con mi muerte.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Oviedo, 1986

Los despistados

Estoy absolutamente de acuerdo con que despistar es hacer perder la pista, si bien, yo añadiría, además, que es algo que obliga a derrochar paciencia a testigos y víctimas de los despistes ajenos.

Un despistado es un ser aparentemente parachutado de otra galaxia. Si no fuese así y hubiese nacido, como nosotros, en el planeta tierra, su cadena de información genética debió sufrir la pérdida de uno o más eslabones.

Lo extraordinario en la conducta de los despistados es la coincidencia entre su permanente alojamiento en las nubes y una indiscutible buena voluntad que suele producir resultados inversamentes proporcionales al deseo de hacer las cosas bien, es decir, a mayor interés en lograr frutos irreprochables, consecución de desenlaces más grotescos.

Únicamente con el afán de ilustrar la hipótesis y, de ninguna manera, con ánimo de molestar al interesado, les hablaré de Licinio.

Licinio es el hijo único de Mariano, uno de mis mejores y más antiguos amigos. Hace algún tiempo recibió del autor de sus días el encargo de presentarse en la Delegación de Hacienda, Negociado de la Caja General de Depósitos, preguntar por D. José González y, pidiendo disculpas en nombre de Mariano, que se encontraba de viaje aquella mañana y, por esa razón, no podía hacer la invitación personalmente, convidarle a almorzar en el domicilio familiar. Deseaba aprovechar la onomástica de su esposa, la madre de Licinio, para demostrarle que los hechos de ser excepcionalmente guapa, natural de Busdongo, esposa y madre, no eran incompatibles con un dominio total del arte culinario.

Mariano, que conocía sobradamente a su hijo, pues ni una sola vez lo había confundido con otra persona, le dijo cuando le encomendó la misión: «Mira, Licinio; no trates de lucirte. Limitate a transmitir el encargo como acabo de dártelo. No añadas ni quites nada. Es bien sencillo».

«Tranquilo, padre -respondió el mensajero-. Seré solo tu eco. ¿vale?»

Antes de continuar esta desapasionada e imparcial relación de hechos, debo decir -y al hacerlo, elimino mi único «pufo»- que es rigurosamente falso que valorando en diez los problemas que puede causar un despistado y sumando siete, del valor adjudicado a un segundo locuelo que, casualmente o por la fuerza de las circunstancias, actúe en combinación con el primero, el resultado sea diecisiete, ¡qué va!

El riesgo catastrófico en un caso como el señalado, en descarado pitorreo del preciso Pitágoras, se eleva a treinta y cuatro.

Dicho esto, continúo con la prospección de Licinio en busca del amigo de su padre.

Llegado a la D. H., encontró sin dificultades a D. José, repitió correctamente cuanto le había ordenado su progenitor y, satisfecho de la gestión, regresó a casa.

Al día siguiente, faltando diez minutos para la hora del almuerzo, D. José no había compadecido todavía. Mariano, temeroso de que se fuese a producir algún problema, interrogó a Licinio, preguntándole si, de verdad, había hecho las cosas como le recomendó, pues parecía raro que su amigo aún no hubiese dado señales de vida. «¿Le habrás facilitado la dirección exacta?»

Licinio, con gran seguridad en sí mismo, respondió: «Pues claro. Fíjate, para evitar errores, le entregué una de tus tarjetas que cogí de la mesa de despacho.»

Mariano, palideciendo, dijo: «Pues ya conozco la razón del retraso. Le has dado una tarjeta de la oficina. Las partículares se me han agotado hace tiempo.»

«Bueno -interpuso Licinio con aplomo- déjame las llaves del coche y voy a buscar a D. José en un vuelo.»

Mariano no puso buena cara ante aquella sugerencia, pero una mirada severa de su esposa le hizo sacar apresuradamente el llavero del bolsillo y, entregándoselo a Licinio, se limitó a decir: «Recuerda que ya tienes agotado el cupo de accidentes para este año». Hecho esto, Mariano se retiró diciendo: «Cuando venga don José, avisadme; estoy en el despacho.»

Un cuarto de hora más tarde, sonó el timbre. Eran D. José y Licinio que, en tan breve lapso de tiempo sólo había podido saltarse dos semáforos en rojo, aplastar una bicicleta, afortunadamente sin ocupante, y abollar una aleta del coche al tropezar contra la columna de alumbrado inadecuadamente situada por el ayuntamiento.

D. José, que se había sentido sumamente ridículo con aquel enorme ramo de flores por la calle -ignoraba como llevarlo correctamente- iba por fin a deshacerse de él y, tan pronto como le abrieron la puerta, se lo entregó a la mujer que se apartaba para dejarle pasar. Sus palabras de salutación podrían haber sido en otra oportunidad un modelo de galantería, pues dijo sonriendo: «Señora, me resulta difícil aceptar que una persona tan joven como usted tenga ya un hijo tan mayor como Licinio.» Al propio tiempo, D. José  trataba de apoderarse de una de sus manos para besarla.

Pero, cosa extraña, aquella mano se unió a la que sostenía las flores y las dos juntas devolvierón el ramo a D. José, que, para colmo de vergüenza, hubo de escuchar: «Yo soy Rosa, la muchacha y, naturalmente, no tengo hijos; pues estaría bueno.»

Entretanto, hizo su entrada en el recibidor la verdadera madre de Licinio y, comprendiendo instantáneamente (no porque fuera adivina, sino por haber escuchado las palabras de Rosa), se acercó a D. José y, haciendo gala de un saber hacer digno del Ministerio de Asuntos Exteriores, le dijo:

«Así que tú eres José González. Vamos a tratarnos de tú, si no te importa. Mi marido ha hablado tanto de tí, que me parece conocerte de toda la vida. Te acepto las flores. Muchas gracias. Y nada de besamanos. Vamos, no seas tímido y deja que te dé un par de besos. Me alegra tanto que hayas conseguido el traslado desde La Coruña…»

Mariano había asistido, desde la puerta de su despacho, a la última parte del monólogo de su esposa y, ante el estupor de esta y la mirada aterrorizada de Licinio, balbuceó con voz entrecortada:

«Pero bueno, ¿a quien demonios estás besando?, desvergonzada. ¿Se puede saber quién es este tío?»

«Creo que yo puedo aclararlo -interrumpió D. José González. En la Delegación de Hacienda hay una persona que se llama como yo y él es quien ha venido trasladado de La Coruña.»

Si, el despiste es muy frecuente. Tanto que yo mismo he de acusarme de parecerlo pues, en realidad, lo que me proponía hacer era escribir de los descastados, y no de los despistados.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo 1986

No soy orador

Como pueblo, el nuestro manifiesta su necromanía a través de distintas expresiones públicas como funerales, entierros, y finales de Campeonatos de Copa, siempre muy concurridos.

Podemos incluir entre estos actos, las despedidas de soltero y los homenajes, cuando se producen traslados acompañados de ascenso.

En uno de estos últimos, D. Fabián, hasta hacía pocas fechas subdirector de un organismo estatal de provincias, era agasajado por sus amigos, conocidos y fuerzas vivas de la ciudad, que deseaban poner de relieve su adhesión y alegría por el ascenso aparejado a su nuevo empleo en Madrid.

Tres de sus colaboradores más cercanos hasta aquel momento habían organizado el acto y, con tiempo suficiente, solicitaron de quien correspondía la concesión de la Gran Cruz de…, con distintivo blanco.

La condecoración fue concedida y aquella noche, a los postres de la cena que reunía cerca de doscientos comensales, le sería impuesta.

Con la natural satisfacción de los organizadores, todo se realizó según había sido previsto en el programa y sin el menor fallo.

Después de los discursos de rigor, se imponía que el homenajeado diese las gracias y se despidiera. Este, tras escuchar los clásicos e insistentes gritos de «que hable, que hable», se levantó y se dispuso a hacerlo, no sin dirigir acuciantes miradas al reportero de «A grito pelado», periódico local en el que don Fabián tenía la esperanza de ver reproducidas sus palabras.

Carraspeó, tiró dos veces del chaleco que, inexplicablemente, se empeñaba en poner al descubierto su abultado estómago, volvió a dirigir una imperiosa mirada al periodista y, ya seguro de que éste se encontraba preparado para tomar buena nota de cuanto iba a decir, comenzó.

«Queridos amigos, quiero deciros, ante todo, que no esperéis escuchar un  brillante discurso pues no soy orador. Si he accedido a pronunciar unas palabras ha sido ante la insistencia de los organizadores de este acto a quienes no podía desairar».

«Reconozco humildemente que mis merecimientos son muy escasos para que se me tribute este homenaje y menos aún para se me haya concedido esta condecoración, la cual, pese a todo, ostentaré orgullosamente a partir de este momento en cuantos actos oficiales deba asistir en Madrid por razón de mi nuevo cargo, en el cual, por supuesto, seguiré avanzando por la senda de la más estricta justicia».

(Una estruendosa salva de aplausos interrumpe al pseudo-orador. Restablecido el silencio, continúa la perorata, después de interrogar con la mirada al representante de la prensa que le tranquiliza con una cabezada afirmativa).

«Tened la completa seguridad de que mi estancia entre vosotros me ha colmado de satisfacciones porque me ha permitido, con vuestra inestimable colaboración, cumplir con mi deber, cosa que ansío más que cualquier otra cosa.».

(Gritos de «bravo, bien, bien», y nuevos aplausos).

Os recordaré mientras viva y cuanto pueda hacer por vosotros desde el puestro que inmerecidamente voy a ocupar ahora, lo haré».

«Espero que conserveis tan buen recuerdo de mí, como yo me llevo de todos vosotros»

«De corazón, muchas gracias y hasta siempre».

Con una úlitma mirada al reportero, D. Fabián tomó nuevamente asiento.

Cuando finalizó el acto eran las dos y media de la mañana.

D. Fabián, en medio de abrazos y apretones de mano de la concurrencia, aún encontró modo de asir por el brazo al representante de «A grito pelado» para inquirir: «¿Qué, lo tomaste todo?»

«Si, respondió aquel. Aquí lo tiene, todo tomado en taquigrafía para no perder ripio».

Tranquilizado el recién condecorado, se despidió del periodista diciéndole, «Pues hala, rápido a la redacción para que tengan tiempo a componerlo».

No perdió tiempo el autor de la crónica y, llegado a su destino la entregó apresuradamente al Jefe de redacción que ya le esperaba.

Se disponía el gacetillero a marchar a casa cuando una voz destemplada le hizo detenerse en seco.

«¿Qué traes aquí , desgraciado? No te vayas que te voy a leer el próximo Pulitzer».

Con temeroso asombro, el atribuido autor escuchó ésto que parecía dictado por el genio de la sinceridad.

«¿Amigos? Cómo tratarás a los enemigos. Desde luego, no eres orador, si acaso un rollista. Tu fuiste quien dió la pelma a los organizadores para que te hicieran hablar. Conoces la humildad porque buscaste la palabra en el diccionario. ¿Qué demonios vas a reconocer tu falta de méritos, cuentista? Eso sí, no te quitarás la Gran Cruz ni para ir a la cama.

¡La senda de la más estricta justicia! No la reconocerías aunque fuese más ancha que una autopista de tres carriles.

Eso también es verdad aunque yo diría que de lo que te has colmado ha sido de dinero, algo que, desde luego, ansías más que cualquier otra cosa.

Claro que vas a ocupar otro puesto inmerecidamente. Puedes estar seguro.

Nos recordarás mientras vivas, pero no por lo que tú te crees. Ya me ocupé yo de que te sirvieran una langosta «especialmente» preparada para que te produzca una gastroenteritis inolvidable».

El joven periodista, lívido, no pronunció palabra. Sí lo hizo el Redactor Jefe, que debía su puesto a los buenos oficios de D. Fabían, para decirle:

«Eres un imbécil, pero ya no un imbécil en la nómina de «A grito pelado». Pasa por caja y que te hagan la liquidación»

Y añadió: «Ah, me quedo con tu obra de arte por si tratas de presentar una reclamación».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Foz, 1986