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Los escéntricos

¿Qué? Ah, que escriba con equis. Ya lo sé, pero también yo tengo derecho a realizar excentricidades. ¿Por qué no? Muchas gentes lo hacen y no sólo resulta aceptable sino que les aplauden y pagan por ello.

Sucede que lo excéntrico es tan común que empieza a perder su calidad de tal y pasa a ser visto como una manifestación normal, corriente y vulgar de la personalidad moderna.

Actualmente, nadie se rasga las vestiduras cuando un actor o actriz de teatro, un futbolista o un torero comienza a grabar discos y a cantar en público. Generalmente, lo hacen fatal pero, gallos aparte, no se les tiene por excéntricos.

Tampoco cunde la alarma en el momento en que un boxeador decide interpretar a Shakespeare.

Y no digamos cuando se anuncia la apertura de un nuevo museo de arte contemporáneo. Hay que guardar cola para contemplar lo que parece un muestrario de pesadilla colectiva. Seres con un solo ojo debajo de la nariz, bocas contraídas en muecas satánicas, a pocos milímetros de una de las orejas, brazos como patas de elefante o como cañas de geranio alternan con animales de especies desconocidas y aspecto grotesco o amenazador.

Aún recuerdo la burla de que fui objeto por parte de varios amigos cuando visitamos una retrospectiva de la obra de uno de los más pagados y representativos pintores españoles del siglo actual.

A mi comentario de que nunca había visto un caballo verde, se me dijo que la pintura no era sólo color. Seguidamente mencioné la evidente desproporción entre las patas delanteras y las traseras de aquel adefesio. Contestaron que tampoco la armonía de líneas constituía el secreto. Al atreverme a preguntar cómo era más pequeña la figura de una persona, situada en primer término, que el caballo (o lo que fuera, pues en aquellos momentos no estaba seguro de nada), la respuesta fue el consabido: «La proporción no es…»

Entonces cometí la imprudencia más grande de mi vida. Creyendo que, de una vez por todas, les iba a dejar sin réplica, inquirí: «Queréis decirme, si la pintura no es color, línea, proporción, perspectiva o dibujo, ¿qué diablos es?

Pero como casi siempre, me engañé. Tenían contestación, y ésta fue unánime. A coro gritaron (aunque yo no vi ensayo alguno): «Perico, ¡eres un ignorante!»

Ahora, al cabo de los años, me pregunto muy seriamente, ¿quién estaba en aquel momento haciendo gala de excentricidad, mis amigos o yo?

No deja de resultar curioso que lo excéntrico sea algo un tanto intangible, no constreñible a medidas ni reglas fijas. La misma palabra y el concepto que describe, poseen un vaho nebuloso y de misterio. Ex-céntrico. Si, que se sale del centro. Pero, ¿de qué centro? ¿del parroquial, del de la tierra, del farmacéutico, del ideológico o de cuál?

Salga de donde salga, cualquiera que sea su origen, al tomar cartas de naturaleza entre los humanos ha perdido significación y fuerza.

Hace no muchos años cuando se decía, «Antidio es un excéntrico», se entendía que Antidio era un artista de circo que realizaba, bajo la carpa, una serie de ejercicios difíciles y extraños. Hoy en día, probablemente nadie sabría a qué se dedicaba el repetido Antidio. ¿Y por qué? Pues, elemental, mi querido Watson. Porque todos hacemos cosas raras sin que suceda nada y, naturalmente, sin que vengan a cuento.

Confieso que yo mismo, a las cinco de una tarde soleada, pasé conduciendo un coche, con la ventanilla abierta, por una calle muy concurrida, y por ello, a escasa velocidad, llevando en la cabeza una gran tartera con flores estampadas. Mucha gente me vio; estoy seguro. Sin embargo, dejando aparte el grito de ¿A dónde vas, chalao?, proferido por un crío de unos doce o trece años -y, por tanto, inexperto-, nadie se escandalizó a mi paso.

¿Pero por qué cometí semejante estupidez? Pues la verdad, no lo sé. Fue un impulso irresistible. Recuerdo, eso sí, que hube de descubrirme muy pronto a causa de un excesivo peso de aquel improvisado cubrecabezas. Debía de tratarse de una tartera de acero doble.

Antes de que se me olvide, apuntaré aquí, para general conocimiento, el sistema seguido por algunos compositores para encontrar la inspiración que les falta. Me hago cargo del enfado de estos originales músicos cuando adviertan que el admirable y astuto método que utilizan para arrobar a sus oyentes ha sido divulgado. Espero, no obstante, que su benevolencia y su estro corran parejas y no inventen una nueva tortura con destino a quien les ha puesto al descubierto.

El procedimiento consiste en cubrir un montón de papelitos con las notas de la escala musical. Una nota en cada papel. Pueden confeccionarse, por ejemplo, veinte papelitos con la nota do, y otros tantos con re, etc.

He observado que los compositores gordos utilizan en mayor proporción el do que el si. Inversamente, los flacos conceden más oportunidad a la nota si.

Elaborado el surtido de papeles, se colocan en el interior de una boina, se agitan a la luz de la luna (si se desea música romántica) o cerca de un martillo neumático (si se prefiere música militar y enérgica). Después, se van retirando de uno en uno y se anotan sobre el papel pautado. Si el autor no sabe solfeo, suele solicitar la colaboración de alguien que lo conozca.

La escultura merece un capítulo aparte. El simbolismo subyacente en esta manifestación artística no es fácil de dominar y resulta incomprensible para los no iniciados. Sin duda, por ello, nunca falta un alma caritativa que se encargue, totalmente gratis, de disipar nuestra ignorancia.

Así, he podido percatarme de que dos vigas de ferrocarril cruzadas en forma de equis representan las dificultades de un alumbramiento de nalga. Un montón de ladrillos con una silla rota en la parte superior y un palo colocado verticalmente del que pende una camiseta agujereada, significa «no me aguardes a las ocho, pues he de lavarme el pelo». Medio plátano gigantesco, cortado longitudinalmente, con dos protuberancias a media altura, valen por «fertilidad humana».

Podría continuar un buen rato pero, ¿merece la pena? Yo creo que no.

De todas maneras, antes de considerar finalizada esta historieta y al objeto de dejar establecida mi teoría de que nadie es ya excéntrico o, para el caso es igual, todos lo somos, les diré cómo conseguí que el incrédulo Rob (no, no se trata de Robert, sino de Robustiano), hiciese suya mi forma de pensar sobre esta cuestión.

Se negaba obstinadamente a admitir mi punto de vista cuando le dije: «Vamos a entrar en una cafetería céntrica y concurrida. Si el barman, o alguno de los presentes muestra su extrañeza al escuchar mi encargo, yo pagaré, pero, si no es así, el que paga serás tú».

Rob se limitó a responder, «Conforme».

El establecimiento en que entramos se encontraba muy animado. Eran las siete y media de la tarde y fijándonos en el escaso espacio disponible podía creerse que la crisis y la inflación se hallaban de vacaciones. Por fin, en la barra, quedaron dos sitios libres que nos apresuramos a ocupar.

«¿Qué va a ser?», preguntó el camarero.

«Para mi amigo, un descafeinado», le respondí. «Para mi mismo, lo mejor será que tome nota, pues es un poco complicado», añadí.

Cuando advertí que ya tenía en sus manos blog y bolígrafo, continué con voz recia: «En un vaso largo, a cuartas partes, vinagre, Ribeiro tinto, leche condensada y líquido de frenos. Ponga unas cañitas de perejil.»

El barman anotó cuidadosamente mi encargo y cuando escribió perejil, preguntó, «Y para comer, ¿desea algo?»

«Sí -respondí-, prepáreme un sandwich caliente de jamón serrano y caramelos de menta».

«Lo siento -contestó-, los caramelos de menta se nos han agotado. ¿Le valen de fresa?».

«Perfecto», añadí tranquilamente.

Durante este intercambio de palabras, nadie manifestó la menor sorpresa. El único que me miraba con incredulidad era el pobre Rob.

Poco tiempo después, el estoico asalariado depositó sobre la barra nuestro encargo y, antes de que se alejase, le pregunté, «¿Cuánto es todo?»

«Un momentito, por favor», replicó. Y tomando de un cajón una máquina de calcular, comenzó a hacer números.

Rob, viendo que trascurría el tiempo, y no salían las cuentas, comentó: «Bueno, no me extraña que sea un total difícil de obtener. Con unos sumandos tan poco frecuentes…»

El empleado levantó la cabeza y la maquinita de la que salía un cable y respondió. «No, no es eso. Lo que ocurre es que hoy la tengo conectada al carburo. Es más barato que la energía eléctrica, pero no hay duda de que es más lenta. Ustedes perdonen.»

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa, Oviedo, 1986

La hora tonta

Cuando faltaban dos días para el partido Oviedo-Madrid, ni en broma consideraba la posibilidad de convertirme en espectador.

El sábado no quería ni pensar en ello. El domingo, a media mañana, fui derrotado por la hora tonta.

También los hombres padecemos más de una vez estos 60 minutos. Los míos fueron más que tontos. Fueron imbéciles, menos, retrasados mentales.

Al acercarme a la taquilla pensé: «Los dos puntos ya se encuentran camino de Pajares. Esa es la fija. Así que, tú tranquilo. Observa y calla.»

Mis intenciones eran buenas, pero sólo eran eso, intenciones. Ni la conocida flema británica garantizaría la impasibilidad y las buenas maneras ante la exhibición de cinismo y la tomadura de pelo que constituyeron el denominador común en la actuación del mal llamado árbitro del encuentro.

Por tanto, de tranquilidad, nada de nada. Y de callar, menos. En mi vida he sentido tantos deseos de asesinar a alguien. Pero, ¿a quién? ¿A Orellana? Creo que no sería justo que él pagara los vidrios rotos por sus antecesores. El u otro, no importa. «Ellos» son la herramienta del trabajo diario de un club que utiliza aquello de «A vencer en buena lid», únicamente en el estribillo de un himno ramplón, lleno de lugares comunes y, por supuesto, muy alejado de la política puesta en práctica en la consecución de títulos.

Se me ha dicho que, cuando «los albos corderos madrileños» levantan los brazos, los colocan en jarras o gesticulan como posesos, no se trata, como pudiera parecer, de una sesión al estilo eslavo. Tampoco impetran el favor de los dioses. La realidad, muy distinta, es que dan órdenes al Orellana de turno mediante un código de señales secretas, mezcla de las utilizadas por los señaleros de la marina y del alfabeto para sordos.

Al parecer, un marinero natural de Santa Pola, viejo y bastante borrachín él, naufragó hace muchos años frente a las costas de Borneo. Acogido por los naturales del país, convivió con ellos el tiempo suficiente para aprender el sistema de señales con que se comunicaban a distancia. A su vuelta a la civilización, lo dio a conocer a un veraneante de su patria chica, un tal Don Santiago, (sí, el mismo que ustedes piensan), el cual, viendo las posibilidades que la cosa ofrecía, perfeccionó el sistema agregándole de paso los gestos correspondientes a «anula ese gol», «canta penalty» y «cierra los ojos que voy a dar estopa», además de otros que, como los citados, no figuraban aún en el catálogo, posiblemente por no haber sido introducido aún el fútbol en aquellas latitudes.

De todo esto a considerar obligatorio el dominio del «idioma» para cuantos pretendiesen fichar por el equipo «merengue», no hubo más que un paso.

Hoy manejan la lengua a la perfección Amancio, Pirri, Benito y Verdugo; la chapurrean bastante bien los demás y, falla algo Zoco, ya que, por agitar en demasía las extremidades superiores, comete de vez en cuando un penalty, naturalmente no visto por el vendido en funciones.

A riesgo de alargar esto más de la cuenta, expondré ahora mi particular procedimiento para terminar con esta desagradable situación, que un domingo sí, y otro también, se viene planteando a los equipos «subdesarrollados».

Con todo lo genial, es muy sencillo. Propongo que, tras el saque inicial, los once componentes del equipo que se enfrenta al Real Madrid se sienten en una esquina del terreno de juego, poniendo especial cuidado en no estorbar las evoluciones de los «pentas». Ya colocados en el rincón, deberán dedicarse a resolver crucigramas.

Con mi sistema, se consiguen varios objetivos. El Madrid ahorrará mucho dinerito y, sobre todo, ganará todos los encuentros. De paso, sus rivales acrecentarán su particular cultura, cosa no poco interesante.

Ya, ya se. Y de los espectadores, ¿qué? También eso está pensado. En vez de enronquecer gritando cosas feas a los Orellanas, podrían formar un orfeón gigantesco, que tampoco es moco de pavo.

De todas formas, creo que el «viejo chocho» tiene razón. Es incomprensible la manía que se tiene en provincias al Club de su digna dirección. En cambio, es aparente que D. Santi padece daltonismo. ¿No es cierto que lo ve todo blanco?

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Letra impresa

Julio Sueca había sido un maníaco de la literatura desde que llegó al convencimiento de que no se trataba de una broma de los mayores aquello de la p con la a, pa, y la b con la e, be.

En cuanto aprendió a leer, como si deseara recuperar los nueve meses perdidos antes de ser persona, leía cuanto se le ponía a tiro. Lo suyo en relación con la letra impresa, pasaba de afición para convertirse en vicio. Se encontraba «enganchado» a una droga contra la que aún no existía cura conocida.

Leía y leía sin darse punto de reposo. Poseía una memoria excelente y las notas del colegio hubieran satisfecho a progenitores mucho más exigentes que los que le habían tocado en suerte.

Sin embargo, ambos, pero en especial el padre, veían en aquella afición del retoño un peligro para sus intenciones de incorporarlo al negocio de carnicería que regentaban en propiedad.

El hijo finalizó con brillantez el bachillerato y se llevó el gran disgusto cuando le fue negada la autorización para cursar Filosofía y Letras. Lo más que consiguió, tras discusiones sin cuento, fue que le permitieran seguir la carrera de Económicas.

Aquello, le dijeron, estaba más relacionado con el despacho de filetes y criadillas que las rarezas de Kant y otros incomprensibles investigadores del pensamiento. Al fin y al cabo, cuando ellos faltaran, él debería colocarse el mandil y situarse detrás del mostrador. Entonces reconocerían la previsión de sus amantes padres que habían elegido para él lo más conveniente.

¡Cuánto mejor era para un carnicero saber cuantas son dos y dos que conocer los entresijos de la Crítica de la razón pura!

Los sentimientos de Julio al verse contrariado en lo que más anhelaba, estaban más cerca de la desesperación que de la resignación. Pero, buen hijo ante todo, hizo de tripas corazón -algo normal en el hogar de un carnicero- y estudió Económicas con tanto ahínco como si quisiera terminarlas para olvidarlas en el plazo más breve posible.

Sus estudios no le impedían dedicar algún tiempo a la lectura y en los ratos consagrados a los libros de evasión, no a los aburridísimos de texto, encontraba el único bálsamo que podía aliviar el tedio causado por estos últimos.

Un día, empujado no sabía por qué diablillo tentador, se sentó ante una hoja de papel en blanco. Quedó embobado contemplando la impoluta blancura de la cuartilla y experimentó la necesidad de cambiarla de condición. Aquel espacio vacío de todo contenido estaba pidiéndole en silencio que lo colmara de palabras.

Así que, obedeciendo la callada súplica, comenzó a escribir. Completó la hoja y luego otras dos o tres. No tenía ni idea del contenido del artículo, relato, cuento o lo que fuera. El caso es que escribió.

Aquellas cuartillas fueron el inicio de una actividad que, con el tiempo, llegaría a competir seriamente con la lectura. Escribía con la misma facilidad con que sus padres troceaban los costillares de las reses que esperaban -naturalmente muertas- en el enorme frigorífico.

No obstante, temeroso de que los carniceros vieran con malos ojos su nueva afición, la cultivó y mantuvo en secreto.

Pasaron los años y Julio finalizó la carrera. Con el permiso paterno buscó y consiguió colocación en la Compañía de Seguros y Reaseguros La Fourmie y allí vegetó aguardando la orden de incorporación al negocio familiar.

Llegó antes la del ejército, hizo la mili, se licenció y volvió al empleo en la Fourmie. Conoció a Carmen, se hicieron novios, se enfadaron, se reconciliaron, volvieron a reñir para siempre y se casaron.

Transcurrieron  cinco años sin que la cigüeña atendiera sus repetidos y entusiastas llamamientos, de manera que cuando, dos años después de la boda, los carniceros perdieron su interés, él por el Atlético de Madrid y ella por el encaje de bolillos, al quedarse dulcemente dormidos en el interior del frigorífico cuya puerta se hizo tan sorda a sus invocaciones como la zancuda a las de la joven pareja, aún no había descendencia.

Sueca sintió la desaparición de los autores de sus días, cómo no iba a sentirla, pero, al propio tiempo, experimentó un gran alivio al pensar que la amenaza del mostrador y el mandilón, por no hablar del repugnante olor a carne muerta, se esfumaba para siempre.

Traspasó por un buen puñado de pesetas el negocio heredado, adquirió doscientas resmas de papel tamaño folio y perseveró en la escritura, la lectura, la compañía de seguros y las apelaciones a París, por este orden de preferencia.

Ante Julio se dibujaba un porvenir que podía depararle lo que siempre había formado parte de sus sueños. Primero publicar algún artículo en los periódicos, luego llegar a las revistas de gran circulación. Después, acudir a concursos y certámenes literarios de cuentos o relatos cortos. Pasar a la final, ganar alguno de ellos. Darse a conocer y, por último, atreverse con una novela.

No pretendía vivir con el producto de la pluma. Sabía que era dificilísimo. Imposible, no siendo uno de los pocos consagrados a quienes tanto respetaba y, sobre todo, envidiaba.

«Pero yo», pensaba sin atreverse a comentarlo ni con su esposa, «estoy seguro de que tengo algo que decir y de que puedo hacerlo de manera correcta y amena».

Desde que tuvo la osadía de albergar tan optimista idea, se sumió en una verdadera orgía de escritura. Emborronaba cuartillas como si estuviera poseído de un frenesí y con el abundante producto de su trabajo, bombardeaba a todos los directores de periódicos, revistas y editoriales. Presentaba algo a cuantos concursos se convocaban en territorio nacional y aún llegó a enviar varios relatos breves a Méjico, Argentina y Venezuela.

El trabajo era agotador, pero él, feliz realizando la tarea para la que creía haber nacido, no lo advertía.

Por el contrario, su esposa se notaba relegada a un segundo plano. Sentirse menospreciada por papel y bolígrafo le sentaba francamente mal. Para colmo, le gustaban los niños y la falta de risas y lloros infantiles en aquel hogar siempre silencioso, en el que el único rumor era el producido por el rasgeo del instrumento de trabajo de su marido, acabó por atacarle los nervios.

La enfermedad fue agravándose de tal modo que la llevó al extremo de llenar de improperios a su esposo. Por cualquier nimiedad montaba escenas de tal patetismo que, si Julio no hubiera sido parte integrante de la tragedia, bien podían haberle servido de inspiración para escribir un crimoso drama que cualquier compañía de teatro hubiera acogido con los brazos abiertos.

La situación no se había deteriorado tanto que hiciera imposible las reconciliaciones nocturnas y éstas solían terminar en nuevos intentos de paternidad. Lástima que sin éxito.

Julio comprendió que Carmen sufría un trauma originado por el fracaso en la búsqueda del hijo deseado e intentó varias veces, sin convencerla, de que acudieran al médico. Él creía que debían someterse a reconocimiento, hacer análisis o lo que fuera. Cualquier cosa antes que continuar de aquella manera.

Carmen, exasperada, cometió la torpeza de responder que no. Que ella estaba segura de su normalidad y que si allí había alguien que no lo era, sería él, incapaz de darle un hijo. ¡Con lo sencillo que es!, terminó llorando a moco tendido.

El aspirante a novelista trató de no tomar las cosas por la tremenda. Argumentó, habló con paciencia y ternura. Pero la mansa actitud, obtuvo como único resultado encender aún más los ánimos de Carmen y, cuando en un último intento de mostrarse civilizado y comprensivo, sugirió la idea de adoptar un niño, la esposa, después de arrancarse violentamente un puñado de cabellos, se dirigió a la habitación que Julio utilizaba como escritorio y, en medio de histéricas carcajadas, comenzó a destrozar los escritos que encontró a su alcance.

Este hecho causó más dolor al aprendiz de escritor que las injurias que Carmen acababa de lanzarle a la cara. Sentía el mismo pesar que si contemplara cómo un bárbaro asesino despedazara a sus hijos.

Hombre razonable, quiso serlo hasta el fin y se abstuvo de intervenir. Carmen, una vez que redujo a pedacitos el paciente fruto de la labor de muchos días, fue calmándose y, finalmente, se acostó.

A la mañana siguiente, Julio mantuvo una seria conversación con el doctor Martín, médico de la compañía. Le contó lo que venía sucediendo en su casa y solicitó consejo profesional.

El doctor recomendó paciencia y tacto. Aseguró que sin la voluntaria colaboración de Carmen nada podía hacerse. Insistió en que, dado que los escritos de su marido parecían encender la mecha que hacía estallar sus accesos de furor, tenía dos caminos a elegir. Dejar de escribir o hacerlo fuera de casa. Además le sugirió que, transcurridos unos días y aprovechando un momento de calma, le hablara del caso verídic0 de la esposa de un amigo, el propio doctor Martín, que había pasado por el mismo trance y, sometida a un fácil tratamiento, tuvo dos hijos. Todo se arregló con una sencilla y breve aplicación de hormonas.

Para Julio, dejar de escribir sería como negarse a respirar. Por ello, decidió emborronar cuartillas en la misma oficina -después de las horas de trabajo- o en un café o en medio de la calle, pero continuaría con su vocación cayera quien cayera y pasara lo que pasara.

No cejaría en su empeño hasta que su nombre apareciera en letra impresa y fuera conocido. Hasta que alguna noticia sobre Julio Sueca Artime, en letras bien visibles, figurara en los diarios. Para eso llevaba esforzándose y dando la lata a medio mundo literario.

A partir de la conversación con el doctor Martín, no era raro que Julio llamara a su esposa desde la oficina y, por teléfono, el invento que ha sido mayor número de veces cómplice de trampas y mentiras que ningún otro, dijera Carmen que lo sentía pero el exceso de trabajo le obligaría a llegar a casa con tres horas de retraso.

Desde aquel momento trascendental, la producción literaria de Julio aumentó en cantidad y calidad. Allí se sentía tranquilo e inspirado. Estaba solo, pues los compañeros se iban tan pronto llegaba la hora de salida. El silencio lo transportaba a un mundo de fantasía.

Por otra parte, continuaba enviando a distintos órganos de prensa y a las editoriales más conocidas todo lo que producía. En aquel aspecto se sentía satisfecho.

Las relaciones con su esposa, por el contrario, no llevaban trazas de mejorar. Cierto que ella no había vuelto a sufrir nuevos accesos de furia como el causante de la hecatombe en la tarde aciaga, pero su actitud no cambiaba. Mantenía un aire reservado y frío, dando la impresión de que deseaba conservar las distancias indefinidamente.

Una noche, cuando ya se encontraban acostados -cada uno en su cama gemela- y la luz había sido apagada, Carmen, de pronto, exclamó con voz áspera:

– Si te crees que voy a consentir meter en mi casa al hijo de Dios sabe quién, estás muy equivocado. Yo sólo quiero lo mío. Y no vuelvas a insistir en ello.

Julio dejo pasar unos instantes en silencio. Luego, hablando suavemente, dijo:

– Hay otra solución; y no añadió nada más.

Pasaron más de diez minutos antes de que Carmen replicara con desgarro:

– Será alguna estupidez; como si lo viera. Tú, con todas tus novelerías y literatura barata, estás siempre en las nubes. Más te valiera ser más hombre y escribir menos. Es completamente imposible que me dejes en estado con el bolígrafo. Aunque, la verdad, algunas veces pienso que me resultaría más útil.

«Mejor será que me calle», pensó apesadumbrado Julio. «Si comienza con estas barbaridades, Dios sabe como vamos a terminar».

Se produjo otra larga pausa antes de que Carmen, al no obtener respuesta a su exhibición de mal gusto, insistiera:

– ¿Vas a decir cuál es la otra solución o piensas dármela a conocer por escrito?

Julio contó mentalmente hasta cien y luego pasó a exponer el caso de la esposa del doctor Martín. Cuando finalizó, su compañera de habitación afirmó categóricamente:

– Hormonas, ¿eh? Tú lo que quieres es que me salga bigote.

Después de esta salida de tono, se hizo el silencio y, poco más tarde, la respiración acompasada de ambos contendientes invitaba a suponer que dormían. Pero no es cierto. Julio pensaba cómo enfocar el argumento de un relato cuyos personajes rondaban por su cerebro desde hacía algún tiempo negándose obstinadamente a permanecer estáticos ni un segundo, con lo que resultaba imposible enterarse de sus rasgos físicos y, mucho menos, de su modo de ser.

Carmen tampoco dormía. En su pobre cabeza se apelotonaban las imágenes de niños pequeños y parlanchines que, en interminable procesión, desfilaban ante ella llamándola mamá.

Antes de conciliar el sueño, se prometió que cuantos escritos de Julio cayeran en su poder irían a parar a la basura, lugar al que pertenecían por derecho propio.

A la mañana siguiente, Carmen, febrilmente, procedió a un minucioso registro del piso. No encontró absolutamente nada. Julio, temeroso de otra nueva purga, había trasladado a la oficina todo lo que no pereció en el arrebato destructor que tanto dolor le causó fechas antes.

Entre los papeles desaparecidos quizás se encontrara el que podía haberse convertido en la llave imprescindible para abrir la puerta que lleva a la fama. Podía haberse desvanecido la oportunidad del primer aldabonazo destinado a llamar la atención de la opinión pública.

Había que continuar sin desmayos; constancia y fe en sus posibilidades era lo único que precisaba. Estaba completamente seguro de que algún día…

Cuando aquella mañana, Carmen descendió al portal para salir de compras, abrió el buzón y retiró el correo. Como casi siempre, abundaban los folletos publicitarios; ofertas de gangas que, de ser ciertas, llevarían a la más abyecta ruina a sus anunciantes. Una carta de su madre informando que el reuma atacaba sin piedad. Y, cosa insólita, una misiva en cuyo sobre figuraba el membrete de La Voz de Galicia.

A la vista del hallazgo, olvidó lo que tenía que hacer en la calle. Apresuradamente volvió a ascender las escaleras y, encerrándose en el piso con llave y cerrojo, como si temiera la repentina llegada de su marido, desgarró de un tirón el inofensivo papel.

Comprobó, incrédula al principio y rindiéndose a la evidencia después, que el director del diario felicitaba a Julio por el acertado enfoque con que trataba las cuestiones que tocaba e, incluso, llegaba a calificar de admirable su estilo. Terminaba ofreciéndole una colaboración fija para la que el propio Julio encontraría, sin duda, el título apropiado.

La ira sentida por Carmen, que amenazaba ahogarla, constituía una prueba más del desvarío que ponía en peligro su débil razón.

Si su esposo llegaba a enterarse del contenido de aquella invitación, se convertiría en una persona auténticamente insufrible. Llegaría a aislarse aún más profundamente en el mundo aparte que había ido construyendo para él solo.

El orgullo, ante la realización de los sueños alimentados desde la niñez, harían de él otro hombre distinto. Y ella no deseaba otro hombre. Quería aquél. Bueno, quería, amaba a aquél precisamente, pero desligado de sus afanes literarios.

La confusión mental que experimentaba no le permitía percibir la contradicción. No comprendía que privar a Julio de la posibilidad de escribir era transformarlo en otro ser diferente. Deseaba desvincularlo de la literatura sin mudarlo en alguien distinto. Y aquello no era factible.

Repentinamente, tomó una decisión que puso en práctica sin tardanza. Hizo pedazos carta y sobre. Luego prendió fuego a los trozos y aventó las cenizas con meticulosidad. Nunca contribuiría a que su marido convirtiese en realidad sus ilusiones.

Pocos días después de haber llevado a cabo aquel acto indigno, achacable únicamente a su falta de lucidez mental, Carmen recibió una llamada telefónica desde la oficina de su esposo.

Hablaba el director de la delegación de La Fourme que, con sumo tacto y tras numerosos e interminables rodeos, confesó que Julio se encontraba mal. Había sufrido un ataque. Sí, para qué engañarla; la cosa parecía fea. El doctor Martín lo atendía y estaba haciendo cuanto podía. Nuevos circunloquios y, finalmente, extrañado de la serenidad con que la esposa acogía la penosa noticia, afirmó que el enfermo ya no podía empeorar. Había dejado de existir.

Los compañeros de trabajo y la dirección de la empresa ordenaron la inserción de sendas esquelas en dos de los diarios de mayor tirada de la provincia.

Por fin, Julio había logrado que el sueño que presidió toda su existencia se convirtiera en realidad.

Su nombre había aparecido en la prensa. Dos diarios se hicieron eco de sus últimas andanzas. Y con letras bien gordas. ¡En negrita!

Contra viento y María

Si alguna vez pudo decirse sin faltar a la verdad que los elementos se encontraban desatados, fue entonces. Aquella noche todos los nudos parecían haber sido deshechos y, como consecuencia, el viento huracanado alternaba con fortísimos aguaceros.

Cuando, al día siguiente -pues en plena tormenta el Observatorio Meteorológico tenía bastante con supervivir- se estudiaron registros y aparatos de medición, se supo que el viento había soplado a más de 100 km/h y que el agua recogida podría haber sido suficiente para acabar con la proverbial sed africana.

Circular por la calle, a pie, equivalía a una modalidad de suicidio sin patentar y, en automóvil era imposible pues la vía pública se hallaba repleta de los objetos más heterogéneos. Ventanas, con y sin cristales, restos retorcidos de carteles y anuncios, columnas de alumbrado y postes telefónicos habían formado una impenetrable y caprichosa jungla de obstáculos infranqueable sin la ayuda de un bulldozer.

A juzgar por la enorme cantidad de jardineras y maceteros que alfombraban aceras y calles, los habitantes de la ciudad deberían ser premiados como los más ardientes amantes de las flores de todo el país y, seguidamente, multados por su falta de precaución a la hora de adornar el exterior de sus balcones.

Un aficionado a la estadística de lo inusual se hubiera estremecido de gozo al ir anotando, trece tapaderas de retrete, seis fresqueras, veintidós orinales, doce sillas de comedor (de dos modelos diferentes), siete mangas de colar café, nueve lámparas de techo, dos somieres metálicos, una colección completa de «Roberto Alcázar y Pedrín» (cuidadosamente atada con bramante), una ristra de chorizos, seis estuches del piel conteniendo otras tantas dentaduras postizas, un enorme surtido de zapatos, botas y zapatillas (algunos ejemplares de un solo pie), doce colchones, treinta y un cojines y otras cosas mucho más que no cito porque odio la estadística.

Parecía imposible que el viento, por fuerte que soplara -y de verdad lo hacía- tuviera poder bastante para sacar de su escondrijo tan disparatada variedad de cosas extrañas. Más bien era como si los residentes de la castigada urbe, sintiéndose a salvo de miradas indiscretas, hubieran decidido realizar un zafarrancho general y desprenderse de cuanto les resultaba molesto a la vista. Era una epidémica versión de tirar la casa por la ventana. Los bomberos habían efectuado veinte salidas atendiendo angustiados SOS lanzados por aterrorizados vecinos temerosos de verse aplastados por los muros y techos de sus domicilios o de perecer ahogados por el agua, cuyo nivel ascendía incesantemente. Los inundados barrios de la parte baja estaban siendo desalojados a todo prisa entre las airadas protestas de los inquilinos que, incapaces de contener su indignación, dedicaban cortesanos piropos a la progenitora del alcalde y a toda la descendencia de la corporación municipal.

Una de las últimas casas del barrio, lindante con el descampado, era una vivienda de reducidas dimensiones, de planta baja y un piso. El agua alcanzaba ya más de medio metro. La construcción aparentaba ser tan frágil que parecía un milagro que se mantuviera en pie.

A la luz de los reflectores, pudo verse, encaramada en el tejado y aferrándose desesperadamente a la chimenea, una mujer que gritaba algo ininteligible a causa del ruido producido por los aullidos del viento y el gorgoteo de la lluvia.

De pronto, una de las paredes laterales se derrumbó arrastrando en su caída parte del tejado. El lienzo dejó al descubierto un dormitorio en el que, sobre una cama peligrosamente inclinada hacia el vacío, se encontraban varias gallinas y conejos. Cerca de la puerta, apoyadas una contra otra, como dándose mutuamente ánimo, dos cabras permanecían inmóviles.

Aprovechando el súbito silencio originada por la momentánea caída del viento, el jefe de bomberos gritó a través de un megáfono: «No tema. Ahora mismo la bajamos de ahí. Agárrese bien a la chimenea.»

La respuesta de la mujer en el tejado, llegó débil, pero claramente a quienes tomaban parte en la operación de salvamento:

«Como que me llamo María, que no me apeo de aquí, si no bajan primero a los animales.»

«Déjese de tonterías, señora», contestó el responsable.

Inmediatamente, los abnegados profesionales comenzaron a acercar una altísima escalera, pero su avance se vio detenido por las tejas que María, con determinación y mano certera, lanzaba contra su elevada posición.

Uno de los bomberos fue alcanzado en un hombro y hubo de ser evacuado a retaguardia. Otro recibió un tejazo en la cabeza y a no ser por el casco que lo protegía, hubiera pasado a engrosar la lista de bajas en cumplimiento del deber.

El jefe ordeno la suspensión provisional de la acción de rescate y María cesó de hostigar a sus aspirantes a liberadores. Parecía, allí arriba, un capitán de barco que se niega a abandonar cubierta mientras no haya sido puesta a salvo toda la tripulación.

Por fin, tras ímprobos esfuerzos, los animales fueron retirados del improvisado establo y, seguidamente, María consintió en ser bajada de su atalaya.

Cuando, al amanecer, el jefe de bomberos trataba de introducirse cuidadosamente en la cama sin despertar a su mujer, ésta, intranquila por la tardanza de su marido y dormida sólo a medias, dijo: «Ya era hora, Ramón. ¿Está todo arreglado?», Ramón, entre dos bostezos, respondió: «Sí, contra viento y María.»

«Pobrecito, estás hecho polvo. No sabes lo que dices», contestó la cariñosa esposa.

Y Ramón, dejándose arrebatar por la dulce llamada del sueño, fatigado hasta la extenuación, pero feliz, aún tuvo fuerzas para musitar con voz burlona:

«Contra viento y María…, viento y María…, María…»

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Quietud y silencio

No me atrevería a asegurar que Pablo era un auténtico «fenómeno de feria» pero, desde luego, algo había en él que no era absolutamente normal. el más lerdo está al cabo de la calle de que nuestro órgano del oído se encuentra en el interior de la oreja.

El caso de Pablo tenía, por lo menos, algo que los amantes de los enigmas considerarían digno de un prolongado recalentamiento cerebral, producto de trabajosa investigación en busca de la verdad.

Pablo no oía con el concurso del oído, sino con el del vientre.

Acepto que se hable con las tripas; también admito que se haga por los codos; conozco conferenciantes que hablan mezclando palabras y somníferos, de tal modo que no hay quien se libre de echar una cabezadita a los pocos minutos de escucharles.

Sin embargo, la ocurrencia de Pablo era única. Ir en su compañía por la calle y coincidir con un desfile militar o un atasco circulatorio podía llegar a convertirse en una experiencia dolorosa. El redoble de tambores, los trompetazos y los destemplados toques de claxón, le causaban tales espasmos en el abdomen, que se veía obligado a protegerlo con las manos. El paso de una motocicleta, contraviniendo las ordenanzas municipales a base de escape abierto, le dejaba para el arrastre, tanto que, acompañarle a su casa y meterle en la cama en compañía de una manta eléctrica se convertía en necesaria obra de caridad.

Cuando sus amigos, yo entre ellos, trataban de que confesara cómo y cuando había comenzado aquella extraña situación, Pablo eludía el tema con habilidad, seguramente fruto de la práctica, pero ante la insistencia y la obstinación de quienes, tal como le constaba, le apreciábamos, un día nos dijo:

«Hasta que fui a la mili, yo era un ser normal que utilizaba los oídos como todo el mundo. Llegué a media mañana al cuartel al que me habían destinado y no sonó ningún toque de corneta hasta la hora de comer, o sea, fagina, ¿recordáis? Yo estaba tumbado en el camastro que me asignaron y uno de mis compañeros de mili, al pasar a  mi lado, me dio unos golpecitos en la barriga, diciendo en tono de broma: «¿Qué, ésta no te dice nada?». »

«En aquel preciso instante comencé a escuchar el toque de fagina, muy mal interpretado por cierto, con las tripas. Desde entonces, me viene sucediendo lo mismo. Parece que todo estruendo repentino, rock duro, cohetes, claxons, escapes de motos, gritos y chillidos, me atacan el bandullo como si las tripas fuesen a hacer un nudo marinero».

Pablo confesaba estas cosas como si se sintiera avergonzado, como si hubiera cometido voluntaria y conscientemente algo muy feo.

«Lo que no acabo de entender -continuó- es por qué, cuando tocaban «paseo», no lo escuchaba con los pies. Mi permanencia en el ejército fue una verdadera tortura. Todo el cochino día con las entrañas revueltas y doloridas a causa de los cornetazos. En un momento de estupidez, me apunté a reconocimiento para comentar mi caso con el médico. Nunca lo hubiera hecho. Tan pronto como le relaté mis cuitas, el doctor me dijo secamente: «Conozco los síntomas. Se trata de algo muy serio, pero no se preocupe. En el ejército, disponemos de un remedio infalible. A ver, sanitario, tome nota. Nombrado para el servicio de letrinas. Creo que con un mes de tratamiento será suficiente».»

«Y agregó, dirigiéndose  a mí: «Realmente, es un aparatoso desorden de la pituitaria que corregiremos a base de constancia en la inhalación de efluvios fecales».»

Entonces, comprendimos la reticencia con que Pablo trataba cuanto se relacionaba con su original e involuntario procedimiento de escucha.

Pero nuestro amigo, en vena de confidencias, no se detuvo. Ya embalado, confesó el prolongado suplicio que representaba su cotidiano trabajo en una calderería, los Talleres metalúrgicos «Estruen-2».

Su vida laboral en aquella fábrica de ruidos había constituido, desde el primer instante, un auténtico tormento. Sus intestinos se rebelaban airadamente contra aquellas interminables jornadas de ocho horas que cada día iban sumándose hasta alcanzar cuarenta años de prisión en régimen abierto que, pronto, muy pronto, iba a finalizar por convertirse en una vida sin trabas ni obligaciones y, sobre todo, sin estrepitosos martillazos.

Pablo estaba a punto de ser jubilado y el hecho le producía tal alborozo que llegaba a causar la impresión de que lo que sucedería en breve plazo iba a ser algo tan placentero como el hecho de arrojar por la ventana, bien entrada la noche, los zapatos estrechos que nos han hecho polvo los pies desde primera hora de la mañana.

Sus cuatro hijos habían ido casándose sucesivamente y vivían por su cuenta y riesgo. Su mujer, un verdadero ángel de sexo femenino -conste que no deseo activar la polémica acerca del sexo de los ángeles-, conocía aquella rara dolencia y se esforzaba para que, al menos en el santuario del hogar, no hubiera de soportar el castigo injusto de unos oídos siempre en huelga.

Pronto, -pensaba Pablo- podré comenzar a poner en orden las colecciones de sellos, fotografías y postales… Sobre todo, leeré y escucharé música sin que nadie mi interrumpa. ¡Qué vidorra me voy a pegar! Parece mentira que, a estas alturas, un verdadero carroza, pueda decir que voy a iniciar una nueva vida.

Por fin llegó el gran día. Los compañeros de trabajo se empeñaron en que se les uniera para tomar unas copas de champagne como despedida y no tuvo más remedio que acceder para no pasar por desagradecido y antipático.

Cada ruidoso taponazo era como una bala que se le clavaba en las entrañas. Cuando, a las dos de la mañana, llegó a casa contempló sorprendido un vientre intacto en el que suponía iba a encontrar las sangrientas huellas de treinta y cinco impactos salidos de una ametralladora Thompson.

Y comenzó la gran vida, la nueva vida por la que había suspirado tantos años.

Pero había algo que no marchaba bien. Tan pronto como se disponía a recrearse leyendo, cómodamente sentado en su sillón preferido, no bien sonaban los primeros compases de uno de sus más queridos discos, cuando se preparaba para clasificar los sellos atesorados a los largo del tiempo, no fallaba; alguno de sus nietos, en ocasiones tres o cuatro, como por arte de magia, aparecía soltando gozosos chillidos y, sin ayuda de batidora, le hacía puré la fiesta.

Decidido, entonces, para evitar aquellas invasiones infantiles, siempre acompañadas de la inevitable agresión a su delicada zona estomacal, batirse en retirada, encerrándose en su dormitorio. Pero allí no era lo mismo. En primer lugar, la butaquita en que se sentaba no era tan cómoda como el sillón frailuno que ocupaba la salla de estar. Y luego, ¿de qué servía su vergonzosa fuga? El estrépito que causaban aquellos angelitos aporreando la puerta del reducto y reclamando a gritos su presencia, era aún más insufrible.

A los dos meses de soportar aquel feroz tratamiento de choque, Pablo comprendió que debía convertirse en uno de esos jubilados tristones, paseantes solitarios y sempiternos que, con las manos en la espalda, taciturnos y cariacontecidos, pueblan las calles y parques de todas las ciudades del mundo.

«Me transformaré en un caracol humano más -se dijo-; un caracol con el caparazón de mi amargo fracaso a cuestas.»

De pronto, se le iluminó el semblante. Una idea tranquilizadora se le había ocurrido. Con los ojos brillantes ante el placer que vislumbraba, musitó muy bajito:

«Dentro de poco tiempo, conseguiré la jubilación definitiva y ellos son aún muy jóvenes para seguirme a mi nuevo domicilio. Allí lograré alcanzar, por fin, la quietud y el silencio absolutos».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986