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Letra impresa

Julio Sueca había sido un maníaco de la literatura desde que llegó al convencimiento de que no se trataba de una broma de los mayores aquello de la p con la a, pa, y la b con la e, be.

En cuanto aprendió a leer, como si deseara recuperar los nueve meses perdidos antes de ser persona, leía cuanto se le ponía a tiro. Lo suyo en relación con la letra impresa, pasaba de afición para convertirse en vicio. Se encontraba “enganchado” a una droga contra la que aún no existía cura conocida.

Leía y leía sin darse punto de reposo. Poseía una memoria excelente y las notas del colegio hubieran satisfecho a progenitores mucho más exigentes que los que le habían tocado en suerte.

Sin embargo, ambos, pero en especial el padre, veían en aquella afición del retoño un peligro para sus intenciones de incorporarlo al negocio de carnicería que regentaban en propiedad.

El hijo finalizó con brillantez el bachillerato y se llevó el gran disgusto cuando le fue negada la autorización para cursar Filosofía y Letras. Lo más que consiguió, tras discusiones sin cuento, fue que le permitieran seguir la carrera de Económicas.

Aquello, le dijeron, estaba más relacionado con el despacho de filetes y criadillas que las rarezas de Kant y otros incomprensibles investigadores del pensamiento. Al fin y al cabo, cuando ellos faltaran, él debería colocarse el mandil y situarse detrás del mostrador. Entonces reconocerían la previsión de sus amantes padres que habían elegido para él lo más conveniente.

¡Cuánto mejor era para un carnicero saber cuantas son dos y dos que conocer los entresijos de la Crítica de la razón pura!

Los sentimientos de Julio al verse contrariado en lo que más anhelaba, estaban más cerca de la desesperación que de la resignación. Pero, buen hijo ante todo, hizo de tripas corazón -algo normal en el hogar de un carnicero- y estudió Económicas con tanto ahínco como si quisiera terminarlas para olvidarlas en el plazo más breve posible.

Sus estudios no le impedían dedicar algún tiempo a la lectura y en los ratos consagrados a los libros de evasión, no a los aburridísimos de texto, encontraba el único bálsamo que podía aliviar el tedio causado por estos últimos.

Un día, empujado no sabía por qué diablillo tentador, se sentó ante una hoja de papel en blanco. Quedó embobado contemplando la impoluta blancura de la cuartilla y experimentó la necesidad de cambiarla de condición. Aquel espacio vacío de todo contenido estaba pidiéndole en silencio que lo colmara de palabras.

Así que, obedeciendo la callada súplica, comenzó a escribir. Completó la hoja y luego otras dos o tres. No tenía ni idea del contenido del artículo, relato, cuento o lo que fuera. El caso es que escribió.

Aquellas cuartillas fueron el inicio de una actividad que, con el tiempo, llegaría a competir seriamente con la lectura. Escribía con la misma facilidad con que sus padres troceaban los costillares de las reses que esperaban -naturalmente muertas- en el enorme frigorífico.

No obstante, temeroso de que los carniceros vieran con malos ojos su nueva afición, la cultivó y mantuvo en secreto.

Pasaron los años y Julio finalizó la carrera. Con el permiso paterno buscó y consiguió colocación en la Compañía de Seguros y Reaseguros La Fourmie y allí vegetó aguardando la orden de incorporación al negocio familiar.

Llegó antes la del ejército, hizo la mili, se licenció y volvió al empleo en la Fourmie. Conoció a Carmen, se hicieron novios, se enfadaron, se reconciliaron, volvieron a reñir para siempre y se casaron.

Transcurrieron  cinco años sin que la cigüeña atendiera sus repetidos y entusiastas llamamientos, de manera que cuando, dos años después de la boda, los carniceros perdieron su interés, él por el Atlético de Madrid y ella por el encaje de bolillos, al quedarse dulcemente dormidos en el interior del frigorífico cuya puerta se hizo tan sorda a sus invocaciones como la zancuda a las de la joven pareja, aún no había descendencia.

Sueca sintió la desaparición de los autores de sus días, cómo no iba a sentirla, pero, al propio tiempo, experimentó un gran alivio al pensar que la amenaza del mostrador y el mandilón, por no hablar del repugnante olor a carne muerta, se esfumaba para siempre.

Traspasó por un buen puñado de pesetas el negocio heredado, adquirió doscientas resmas de papel tamaño folio y perseveró en la escritura, la lectura, la compañía de seguros y las apelaciones a París, por este orden de preferencia.

Ante Julio se dibujaba un porvenir que podía depararle lo que siempre había formado parte de sus sueños. Primero publicar algún artículo en los periódicos, luego llegar a las revistas de gran circulación. Después, acudir a concursos y certámenes literarios de cuentos o relatos cortos. Pasar a la final, ganar alguno de ellos. Darse a conocer y, por último, atreverse con una novela.

No pretendía vivir con el producto de la pluma. Sabía que era dificilísimo. Imposible, no siendo uno de los pocos consagrados a quienes tanto respetaba y, sobre todo, envidiaba.

“Pero yo”, pensaba sin atreverse a comentarlo ni con su esposa, “estoy seguro de que tengo algo que decir y de que puedo hacerlo de manera correcta y amena”.

Desde que tuvo la osadía de albergar tan optimista idea, se sumió en una verdadera orgía de escritura. Emborronaba cuartillas como si estuviera poseído de un frenesí y con el abundante producto de su trabajo, bombardeaba a todos los directores de periódicos, revistas y editoriales. Presentaba algo a cuantos concursos se convocaban en territorio nacional y aún llegó a enviar varios relatos breves a Méjico, Argentina y Venezuela.

El trabajo era agotador, pero él, feliz realizando la tarea para la que creía haber nacido, no lo advertía.

Por el contrario, su esposa se notaba relegada a un segundo plano. Sentirse menospreciada por papel y bolígrafo le sentaba francamente mal. Para colmo, le gustaban los niños y la falta de risas y lloros infantiles en aquel hogar siempre silencioso, en el que el único rumor era el producido por el rasgeo del instrumento de trabajo de su marido, acabó por atacarle los nervios.

La enfermedad fue agravándose de tal modo que la llevó al extremo de llenar de improperios a su esposo. Por cualquier nimiedad montaba escenas de tal patetismo que, si Julio no hubiera sido parte integrante de la tragedia, bien podían haberle servido de inspiración para escribir un crimoso drama que cualquier compañía de teatro hubiera acogido con los brazos abiertos.

La situación no se había deteriorado tanto que hiciera imposible las reconciliaciones nocturnas y éstas solían terminar en nuevos intentos de paternidad. Lástima que sin éxito.

Julio comprendió que Carmen sufría un trauma originado por el fracaso en la búsqueda del hijo deseado e intentó varias veces, sin convencerla, de que acudieran al médico. Él creía que debían someterse a reconocimiento, hacer análisis o lo que fuera. Cualquier cosa antes que continuar de aquella manera.

Carmen, exasperada, cometió la torpeza de responder que no. Que ella estaba segura de su normalidad y que si allí había alguien que no lo era, sería él, incapaz de darle un hijo. ¡Con lo sencillo que es!, terminó llorando a moco tendido.

El aspirante a novelista trató de no tomar las cosas por la tremenda. Argumentó, habló con paciencia y ternura. Pero la mansa actitud, obtuvo como único resultado encender aún más los ánimos de Carmen y, cuando en un último intento de mostrarse civilizado y comprensivo, sugirió la idea de adoptar un niño, la esposa, después de arrancarse violentamente un puñado de cabellos, se dirigió a la habitación que Julio utilizaba como escritorio y, en medio de histéricas carcajadas, comenzó a destrozar los escritos que encontró a su alcance.

Este hecho causó más dolor al aprendiz de escritor que las injurias que Carmen acababa de lanzarle a la cara. Sentía el mismo pesar que si contemplara cómo un bárbaro asesino despedazara a sus hijos.

Hombre razonable, quiso serlo hasta el fin y se abstuvo de intervenir. Carmen, una vez que redujo a pedacitos el paciente fruto de la labor de muchos días, fue calmándose y, finalmente, se acostó.

A la mañana siguiente, Julio mantuvo una seria conversación con el doctor Martín, médico de la compañía. Le contó lo que venía sucediendo en su casa y solicitó consejo profesional.

El doctor recomendó paciencia y tacto. Aseguró que sin la voluntaria colaboración de Carmen nada podía hacerse. Insistió en que, dado que los escritos de su marido parecían encender la mecha que hacía estallar sus accesos de furor, tenía dos caminos a elegir. Dejar de escribir o hacerlo fuera de casa. Además le sugirió que, transcurridos unos días y aprovechando un momento de calma, le hablara del caso verídic0 de la esposa de un amigo, el propio doctor Martín, que había pasado por el mismo trance y, sometida a un fácil tratamiento, tuvo dos hijos. Todo se arregló con una sencilla y breve aplicación de hormonas.

Para Julio, dejar de escribir sería como negarse a respirar. Por ello, decidió emborronar cuartillas en la misma oficina -después de las horas de trabajo- o en un café o en medio de la calle, pero continuaría con su vocación cayera quien cayera y pasara lo que pasara.

No cejaría en su empeño hasta que su nombre apareciera en letra impresa y fuera conocido. Hasta que alguna noticia sobre Julio Sueca Artime, en letras bien visibles, figurara en los diarios. Para eso llevaba esforzándose y dando la lata a medio mundo literario.

A partir de la conversación con el doctor Martín, no era raro que Julio llamara a su esposa desde la oficina y, por teléfono, el invento que ha sido mayor número de veces cómplice de trampas y mentiras que ningún otro, dijera Carmen que lo sentía pero el exceso de trabajo le obligaría a llegar a casa con tres horas de retraso.

Desde aquel momento trascendental, la producción literaria de Julio aumentó en cantidad y calidad. Allí se sentía tranquilo e inspirado. Estaba solo, pues los compañeros se iban tan pronto llegaba la hora de salida. El silencio lo transportaba a un mundo de fantasía.

Por otra parte, continuaba enviando a distintos órganos de prensa y a las editoriales más conocidas todo lo que producía. En aquel aspecto se sentía satisfecho.

Las relaciones con su esposa, por el contrario, no llevaban trazas de mejorar. Cierto que ella no había vuelto a sufrir nuevos accesos de furia como el causante de la hecatombe en la tarde aciaga, pero su actitud no cambiaba. Mantenía un aire reservado y frío, dando la impresión de que deseaba conservar las distancias indefinidamente.

Una noche, cuando ya se encontraban acostados -cada uno en su cama gemela- y la luz había sido apagada, Carmen, de pronto, exclamó con voz áspera:

– Si te crees que voy a consentir meter en mi casa al hijo de Dios sabe quién, estás muy equivocado. Yo sólo quiero lo mío. Y no vuelvas a insistir en ello.

Julio dejo pasar unos instantes en silencio. Luego, hablando suavemente, dijo:

– Hay otra solución; y no añadió nada más.

Pasaron más de diez minutos antes de que Carmen replicara con desgarro:

– Será alguna estupidez; como si lo viera. Tú, con todas tus novelerías y literatura barata, estás siempre en las nubes. Más te valiera ser más hombre y escribir menos. Es completamente imposible que me dejes en estado con el bolígrafo. Aunque, la verdad, algunas veces pienso que me resultaría más útil.

“Mejor será que me calle”, pensó apesadumbrado Julio. “Si comienza con estas barbaridades, Dios sabe como vamos a terminar”.

Se produjo otra larga pausa antes de que Carmen, al no obtener respuesta a su exhibición de mal gusto, insistiera:

– ¿Vas a decir cuál es la otra solución o piensas dármela a conocer por escrito?

Julio contó mentalmente hasta cien y luego pasó a exponer el caso de la esposa del doctor Martín. Cuando finalizó, su compañera de habitación afirmó categóricamente:

– Hormonas, ¿eh? Tú lo que quieres es que me salga bigote.

Después de esta salida de tono, se hizo el silencio y, poco más tarde, la respiración acompasada de ambos contendientes invitaba a suponer que dormían. Pero no es cierto. Julio pensaba cómo enfocar el argumento de un relato cuyos personajes rondaban por su cerebro desde hacía algún tiempo negándose obstinadamente a permanecer estáticos ni un segundo, con lo que resultaba imposible enterarse de sus rasgos físicos y, mucho menos, de su modo de ser.

Carmen tampoco dormía. En su pobre cabeza se apelotonaban las imágenes de niños pequeños y parlanchines que, en interminable procesión, desfilaban ante ella llamándola mamá.

Antes de conciliar el sueño, se prometió que cuantos escritos de Julio cayeran en su poder irían a parar a la basura, lugar al que pertenecían por derecho propio.

A la mañana siguiente, Carmen, febrilmente, procedió a un minucioso registro del piso. No encontró absolutamente nada. Julio, temeroso de otra nueva purga, había trasladado a la oficina todo lo que no pereció en el arrebato destructor que tanto dolor le causó fechas antes.

Entre los papeles desaparecidos quizás se encontrara el que podía haberse convertido en la llave imprescindible para abrir la puerta que lleva a la fama. Podía haberse desvanecido la oportunidad del primer aldabonazo destinado a llamar la atención de la opinión pública.

Había que continuar sin desmayos; constancia y fe en sus posibilidades era lo único que precisaba. Estaba completamente seguro de que algún día…

Cuando aquella mañana, Carmen descendió al portal para salir de compras, abrió el buzón y retiró el correo. Como casi siempre, abundaban los folletos publicitarios; ofertas de gangas que, de ser ciertas, llevarían a la más abyecta ruina a sus anunciantes. Una carta de su madre informando que el reuma atacaba sin piedad. Y, cosa insólita, una misiva en cuyo sobre figuraba el membrete de La Voz de Galicia.

A la vista del hallazgo, olvidó lo que tenía que hacer en la calle. Apresuradamente volvió a ascender las escaleras y, encerrándose en el piso con llave y cerrojo, como si temiera la repentina llegada de su marido, desgarró de un tirón el inofensivo papel.

Comprobó, incrédula al principio y rindiéndose a la evidencia después, que el director del diario felicitaba a Julio por el acertado enfoque con que trataba las cuestiones que tocaba e, incluso, llegaba a calificar de admirable su estilo. Terminaba ofreciéndole una colaboración fija para la que el propio Julio encontraría, sin duda, el título apropiado.

La ira sentida por Carmen, que amenazaba ahogarla, constituía una prueba más del desvarío que ponía en peligro su débil razón.

Si su esposo llegaba a enterarse del contenido de aquella invitación, se convertiría en una persona auténticamente insufrible. Llegaría a aislarse aún más profundamente en el mundo aparte que había ido construyendo para él solo.

El orgullo, ante la realización de los sueños alimentados desde la niñez, harían de él otro hombre distinto. Y ella no deseaba otro hombre. Quería aquél. Bueno, quería, amaba a aquél precisamente, pero desligado de sus afanes literarios.

La confusión mental que experimentaba no le permitía percibir la contradicción. No comprendía que privar a Julio de la posibilidad de escribir era transformarlo en otro ser diferente. Deseaba desvincularlo de la literatura sin mudarlo en alguien distinto. Y aquello no era factible.

Repentinamente, tomó una decisión que puso en práctica sin tardanza. Hizo pedazos carta y sobre. Luego prendió fuego a los trozos y aventó las cenizas con meticulosidad. Nunca contribuiría a que su marido convirtiese en realidad sus ilusiones.

Pocos días después de haber llevado a cabo aquel acto indigno, achacable únicamente a su falta de lucidez mental, Carmen recibió una llamada telefónica desde la oficina de su esposo.

Hablaba el director de la delegación de La Fourme que, con sumo tacto y tras numerosos e interminables rodeos, confesó que Julio se encontraba mal. Había sufrido un ataque. Sí, para qué engañarla; la cosa parecía fea. El doctor Martín lo atendía y estaba haciendo cuanto podía. Nuevos circunloquios y, finalmente, extrañado de la serenidad con que la esposa acogía la penosa noticia, afirmó que el enfermo ya no podía empeorar. Había dejado de existir.

Los compañeros de trabajo y la dirección de la empresa ordenaron la inserción de sendas esquelas en dos de los diarios de mayor tirada de la provincia.

Por fin, Julio había logrado que el sueño que presidió toda su existencia se convirtiera en realidad.

Su nombre había aparecido en la prensa. Dos diarios se hicieron eco de sus últimas andanzas. Y con letras bien gordas. ¡En negrita!

Dos orillas para un sueño

INTRODUCCIÓN

Una noche, escuchando la radio, oí la noticia de que durante la jornada anterior había sido detenido un total de ochenta y seis inmigrantes ilegales, la mayoría procedentes de Marruecos. Los arrestos se habían producido en las costas de Cádiz y Almería.

A la mañana siguiente, soleada y con agradable temperatura, decidí dar un paseo por el parque. Un poco de ejercicio y aire puro no me vendrían mal.

A mediodía, cansado de deambular bajo los árboles, tomé asiento en uno de los bancos alejados del bullicio y fuera del alcance de los ruidosos e inquietos chavales. Poco después, cuando me encontraba a punto de sucumbir a la placentera somnolencia propiciada por el pacífico ambiente y la tibia brisa otoñal, se me aproximó un hombre de prominente nariz aquilina, pobladas cejas y piel renegrida. Alto y delgadísimo, vestía una amplia zamarra de color indefinido y unos pantalones cuyas estrechas perneras apenas alcanzaban a cubrirle las canillas.

En la cabeza, medio ocultando las orejas, llevaba un gorro de lana de varios colores. Calzaba unas playeras enormes, de un blanco deslumbrante, totalmente nuevas, que contrastaban poderosamente con el resto de su ajado atuendo.

Cuando estuvo ante mí se detuvo y, con un elocuente ademán, pidió permiso para sentarse.

Con una cabezada afirmativa accedí a lo que solicitaba pero, pareciéndome poco cortés mi gesto, amplié la autorización diciendo:

– Siéntese; hay bastante sitio para los dos.

El joven, la distancia que nos separaba en aquel momento me permitía calcularle una edad no superior a los veinticinco años, se sentó haciéndolo como si temiera romperse en trozos. Luego me miró y, con media sonrisa y un acento inconfundiblemente marroquí, dijo:

– En muchas ocasiones no es cuestión de sitio.

– No le entiendo -respondí a sabiendas de que mentía.

– Quiero decir que hay personas que no desean tener a su lado un “maldito moro” como yo.

– Es cierto, y esa actitud me parece una auténtica necedad.-Luego, tras una breve pausa, añadí- quizás me equivoque, pero tengo la impresión de que comprende usted mi lengua a la perfección.

– Es verdad. He tenido la suerte de que allá en mi país, Marruecos, siendo niño pude estudiarla. Mi madre estuvo en España varios años y a su vuelta -que se produjo de forma involuntaria- me enseñó el idioma. Ya sé que no lo empleo correctamente, pero me las arreglo para hacerme entender.

– Sí, sí. Se maneja usted muy bien. Ya quisiera yo hablar así el árabe. Y ¿cómo se las ingenia para salir adelante? Quiero decir ¿a qué se dedica usted? Espero que no tome a mal mis preguntas.

– No me molesta usted; y comprendo su curiosidad. Pues voy viviendo de milagro. Tan pronto vendo alfombras, como baratijas de cuero y alambre que yo mismo fabrico. Algunas veces vendo pañuelos de papel en los semáforos, otras descargo camiones. A primeros de mes suelen darme trabajo en un garaje; como lavacoches. Cualquier cosa es mejor que lo que hacía en mi tierra, en Tinerhir, al pie del Atlas. Allí cuidaba ovejas y cabras, hasta que me harté y me fui. Como mi padre y, antes, como mi abuelo. Es una historia, mejor dicho, son tres historias muy largas y aburridas que le dormirían de pie. Las tres están basadas en el deseo de prosperar, de huir de la miseria.

El marroquí permaneció en silencio unos instantes, luego, con la mirada perdida en el cielo azul en el que navegaban algunas nubecillas de un blanco algodonoso, volvió a tomar la palabra:

– Sí, a pesar de la inseguridad en que me encuentro, sin documentación, permiso de trabajo o residencia, prefiero esto. Cuando pienso que en cualquier momento pueden ponerme en la frontera…

– ¿Y no hay forma de regularizar su situación?

– Es posible que la haya, pero yo no la encuentro. He dado más vueltas que una noria y no consigo nada. He estado en un montón de organismos. En todos ellos me dan buenas palabras, pero sólo eso, palabras. Terminaré como mi abuelo y mi padre.

– ¿Qué les ha pasado?

– Lo peor. Un día les metieron en un barco, les hicieron cruzar el Estrecho y, de nuevo, a cuidar cabras. En fin, todo esto debe cansarle una barbaridad. Perdone que le haya dado la lata sin ninguna consideración.

– Está usted equivocado. Cuanto me está contando me interesa. Quisiera que siguiera relatándome cosas de su familia, de su vida allá en África y, de manera especial, de sus andanzas en España. Precisamente, desde hace algún tiempo, me ronda por el cerebro la idea de escribir algo sobre ustedes; algo que dé a conocer los motivos que les impulsan a abandonar su tierra, a lanzarse al mar en auténticos cascarones -las famosas pateras- y, en muchos casos, aunque no sea precisamente el suyo, venir a un país del que no conocen la lengua y donde, usted mismo lo ha confesado, se les acoge de mala manera y se les trata como apestados. No me está usted molestando lo más mínimo. Por el contrario, me gustaría mucho que continuase usted hablando.

– Pues por mi parte, no existe ningún inconveniente. Creo que en las historias de mi abuelo, mi padre y en la mía propia hay material no sólo para escribir un libro sino para varios.

– Entonces, si le parece bien, como sería imposible que me contase todos sus recuerdos en unas horas y será tarea para varios días, incluso semanas, podría venir a mi casa y allí, con calma, reanudar su relato. Si no tiene inconveniente, podría hacerlo ante una grabadora, sin prisa.

– Si lo que voy a contarle sirve para ayudar a alguno de mis compatriotas que vienen a ciegas, creyendo que van a encontrar el paraíso y una vida fácil y cómoda… Antes le he dicho que cualquier cosa es preferible a la existencia de privaciones que llevamos allá; aquí, sólo hay algo casi imposible de resistir: me refiero a la actitud despectiva con que nos tratan algunas personas. Hay que tener una pelleja muy dura para no padecer por ello. Y si únicamente fuese un sufrimiento mental… no, no quiero decir eso. Me refiero a que si el dolor se produjese sólo en el cerebro… Lo malo es que ese malestar en el espíritu, esa sensación de estar de más, de sobrar y estorbar, en ciertos casos va acompañado de dolor físico ya que no son raras las palizas y aún peor, las ejecuciones. Algunas veces la mayor o menor oscuridad de la piel puede representar la diferencia entre la condena o la absolución. Si insiste usted y quiere seguir adelante con el conocimiento de las peripecias de mi familia, verá como yo mismo he corrido aventuras para hartar al más atrevido.

– Es usted quien tiene que decidir si quiere continuar contándome su vida y la de su gente.

– Yo ya he resuelto hacerlo, así que no falta más que usted disponga cuándo y dónde empezamos.

– De acuerdo; entonces, dentro de veinticuatro horas en mi casa, ahora le daré una tarjeta. Si le va bien por la tarde, a partir de las seis. Tendré preparada la grabadora y un buen surtido de cintas.

– Me va muy bien esa hora. Mañana tengo un par de cosas que hacer a mediodía.

– Ah, antes de que lo olvide. Ya nos pondremos de acuerdo para fijar la cantidad que cobrará diariamente por su colaboración. No puedo consentir que trabaje usted gratis y encima que pierda la oportunidad de ganar algún dinero en otro sitio. Le vendrá bien. Sobre esto no admito discusiones.

– No habrá discusión. Mentiría si le dijera que no lo necesito. Así que encantado. Mañana no faltaré… a menos que me detengan antes.

El marroquí tomó la tarjeta de visita que le ofrecí, la guardó en uno de los numerosos bolsillos de la zamarra, dudó unos instantes y me alargó la mano que yo estreché. Luego se alejó con paso cansino. Entonces me di cuenta de un detalle que me había pasado inadvertido a su llegada. Cojeaba, casi imperceptiblemente, pero cojeaba. Al darme cuenta de aquella circunstancia, mi fantasía, casi siempre a punto de ebullición, se disparó. ¿Había quedado lisiado como consecuencia de alguna de aquellas aventuras por el momento sólo sugeridas? Entonces recordé que al día siguiente tendría a mi disposición un cúmulo de datos que me permitirían el lujo de dejar de lado suposiciones, hipótesis y conjeturas. Conocería de primera mano hechos reales, lo que eliminaba los riesgos que se corren cuando uno escribe sobre algo basado en meras sospechas.

Poco después de la marcha de mi banco de datos ambulante, yo también me fui. Ardía en deseos de preparar el escenario donde esperaba iniciar la labor que me posibilitaría la introducción en el mundo de aquellos seres desgraciados que no sólo se jugaban la vida atravesando el Estrecho sobre un inseguro montón de tablas, sino que, de conseguir tocar tierra en la costa española y eludir la vigilancia de las autoridades, comenzaban una existencia llena de sobresaltos, vacía de afectos, en un mundo nuevo y hostil, aislados por el desconocimiento del idioma y los injustos prejuicios.

Cuando llegué a casa, antes de almorzar, pasé revista al material que iba a utilizar. Todo estaba en orden. Luego, con calma, tomaría nota de un montón de preguntas que deseaba ir formulando. Ya que tenía la oportunidad de documentarme a fondo, no podía desaprovechar la ocasión olvidando alguna cuestión que, más tarde, podría tener una importancia fundamental.

Al día siguiente, a las seis de la tarde, sonó el timbre de la puerta y respiré aliviado. Hasta aquel momento la duda de que mi Scheherazade masculino hubiese olvidado la cita o, peor aún, que hubiese sido detenido y deportado, me había estado atormentando. En cambio, tan pronto como escuché el repiqueteo del llamador, tuve la certeza de que el marroquí, cuyo nombre todavía ignoraba, había llegado.

Abrí la puerta y, efectivamente, allí estaba. En el umbral de mi piso aún me pareció más alto y flaco que bajo los árboles del parque. Semejaba una reencarnación de don Quijote, más joven, sin barba y con playeras.

– Buenas tardes -dijo restregándose concienzudamente las suelas del calzado contra el felpudo.- ¿Es buena hora? -añadió.

– Excelente. Pase y sígame -respondí dirigiéndome a la habitación que en mi fuero interno, y a causa del extraordinario desorden reinante, denominaba “sala del rompecabezas”. Allí, además de un montón impresionante de libros -alrededor de cuatro mil- colocados de cualquier manera, sin orden ni concierto, en las estanterías que iban del suelo al techo, disponía de una mesa escritorio siempre rebosante de papeles, una silla, dos confortables sillones y una mesita auxiliar con una ociosa máquina de escribir que jamás utilizaba.

– Siéntese, pero antes quítese la zamarra; estará más cómodo.

– Si no le importa, la dejaré puesta. En España siempre tengo frío.

– Como usted quiera. Y ahora, antes de empezar, vamos a ver si está conforme con lo que he pensado con respecto a nuestro acuerdo económico. ¿Qué le parecen… pesetas?- aquí mencioné la cantidad diaria que estaba dispuesto a entregarle como compensación por sus molestias y el ejercicio de sus facultades memorísticas.

– Es usted muy generoso. Mi único temor es que mis recuerdos y lo que puedo contarle de mi familia no tengan tanto valor.

– No se preocupe por eso. En cuanto al método que vamos a seguir, será muy sencillo; simplemente comenzará a contarme la vida de su abuelo. Cuando haya agotado el tema, seguirá con la de su padre y, finalmente, con la de usted. Por cierto, ¿cuál es su nombre?

– Me llamo Hassan, mi padre Mohammed y mi abuelo Ibrahim.

– Muy bien. Entonces, empezaremos por la biografía de su abuelo Ibrahim. Voy a poner en marcha la grabadora pero usted hable como si el aparato no estuviera en esta habitación.

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Pedro Martínez Rayón. Novela Dos orillas para un sueño. Oviedo, 1995