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Hágalo usted mismo

EEUU, patria de casi todos los inventos y descubrimientos y único país de la tierra donde florecen como hongos los hombres no nacidos de padre y madre, los «self made men», tuvo, hace algunos años, la original idea de creer que cualquier hijo de vecino podría hacer por sí mismo, todo, arreglarlo todo e, incluso mejorarlo todo.

De allí salió aquello de «hágalo usted mismo». Bueno, de allí  y de sus ansias de vender su producción de herramientas.

Es probable que en EEUU, con una población de 240 millones de habitantes dotados de un temperamento distinto, su genial ocurrencia haya tenido éxito.

Desgraciadamente, «Spain is different» y por ello, sólo algunos incautos emprendedores prefirieron hacerlo ellos mismos a encomendar sus chapuzas a quienes vienen encargándose de ellas tradicionalmente.

Entre estos incautos lamento verme obligado a incluir a Laura y Juan, joven matrimonio con cuya amistad me honro.

Él, técnico en automatismos y ella, analista de programación de ordenadores, decidieron proceder personalmente, prestando oídos al «hágalo usted mismo», a automatizar la caseta que habían adquirido a orillas de la ría de Foz, un lugar desde el que podían contemplarse las siempre cambiantes tonalidades de las aguas. (¡Ya podían tomar ejemplo las de los mares Negro y Rojo, tozudamente fieles a su monocromatismo!)

No resultó fácil la planificación pero, finalmente, todo estuvo listo para iniciar la tarea que, terminada, permitiría que cada ventana de guillotina, y cada persiana se elevara y descendiera simplemente mediante el pulsado de un botón, eliminando el desagradable empleo de la fuerza bruta. Cada puerta, gracias al concurso de células fotoeléctricas hábilmente situadas, abriría en las dos direcciones. Merced al mismo sistema, el contenido de la nevera sería asequible sin realizar esfuerzo alguno.

Ingeniosas combinaciones de distintos elementos técnicos posibilitarían el cierre y apertura de toda la grifería, incluyendo naturalmente la ducha; las luces eléctricas de cada estancia se encenderían por sí mismas cuando las condiciones de la luz diurna y la presencia de alguien en cualquier habitación lo hicieran necesario.

El artilugio que mayor satisfacción causaba a Juan y a Laura era un aparato de alarma conectado a todas las entradas de la vivienda, dotado de una ruidosa sirena capaz de poner en pie de guerra a toda la Policía de la Comunidad Autónoma Gallega.

Techos y muros habían sido provistos de diminutos orificios que darían paso a un diluvio de espuma en caso de incendio.

La calefacción se ponía en marcha cuando la temperatura ambiente lo hiciera aconsejable.

La cocina, verdadero laboratorio culinario eléctrico, entraba en acción al registrar el peso de los recipientes, graduando la temperatura de acuerdo a una tabla neperiano-logarítmica incorporada.

Termostatos, reostatos, hidrostatos, relais, manómetros y otros aparatos de medición y comprobación tenían sus replicas en un panel de mandos situado en la cocina-comedor.

La noche que se dio por finalizada la complicada obra, Laura anunció a Juan que le tenía reservada una cena sorpresa. Dispuesta la cena, la analista pretendió extraer del horno el plato fuerte de aquella comida inaugural, pero la puerta se negó a abrir.

«No sé que pasa aquí», dijo con expresión de extrañeza.

«No te preocupes, cariño», aconsejó Juan. «Vamos a abrir por el procedimiento manual. Ya veremos que ha ocurrido».

Y dando un fuerte tirón, abrió la puerta en rebeldía.

En aquel momento se desencadenó un verdadero pandemonium. Las luces se apagaron, las ventanas y las puertas trasera y delantera, comenzaron a abrirse y cerrarse. Todos los grifos, como contagiados por tanta actividad, se abrieron dejando pasar el agua a raudales. La calefacción se encendió alcanzando en un momento los 65 grados, y la espuma contra incendios manó abundantemente para tratar un inexistente fuego. Las persianas, desbocadas, subían y bajaban sin darse un momento de reposo.

Para aumentar la confusión, la alarma, fiel a su misión, lanzaba intermitentes aullidos.

A tientas, buscaron unas linternas y, tan pronto con un calor infernal como con un frío polar, chapoteando entre agua y espuma, medio sordos a causa de los espeluznantes gemidos de la alarma, tras declararse incapaces de poner orden en aquel caos, cenaron el contenido de una lata de sardinas que hubieron de abrir a martillazos pues, naturalmente, al abrelatas eléctrico no hubo forma de convencerle para que realizara su misión.

A la mañana siguiente, tras una noche sin pegar ojo, se juraron, con la misma solemnidad con que se prometieron amor eterno el día de su boda, que lo de «hágalo usted mismo», nunca más.

Me consta que cumplieron su promesa. Hasta para cambiar las bombillas fundidas recurren a un electricista. Al mismo que me presta idéntico servicio.

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones con sordina, Foz, 1986

Prohibido prohibir

Nuestra existencia discurre a lo largo de una senda jalonada por prohibiciones. Como la mayor parte de éstas tienen alguna relación con el movimiento, puede que algún día nos veamos forzados a inmovilizarnos definitivamente.

Vean algunas muestras: Prohibido el paso, girar a la derecha, girar a la izquierda, apearse en marcha, bajar en ascensor, etc, etc.

En ciertos casos, las prohibiciones tienen un amenazador aroma de exterminio. Ejemplo claro es el «terminantemente prohibido» que, además, viene a rebajar la importancia del resto de las prohibiciones. Es como si lo prohibido a secas tuviera un deje de permisividad.

La abundancia de prohibiciones terminará por crearnos un complejo de impotencia motriz que no nos llevará muy lejos.

Creo que la solución a tan desagradable perspectiva podría encontrarse en la utilización de una creatividad optimista fundada en el buen criterio del público.

Los carteles diciendo «Prohibido el paso a toda persona ajena a esta obra» podrían ser sustituidos por otros que indicaran: «Puede usted pasar, pero si lo hace quizás quede reducido a 15 cm. de pulpa con zapatos».

El de «Prohibido asomarse al exterior» que vemos en los trenes, sería más expresivo si proclamara: «Si lo que desea es prescindir de la cabeza, asómese».

Aquel que, en los autobuses, dice: «Prohibido hablar con el conductor», podría decir: «Caso que pretenda contribuir a la innata falta de concentración del conductor, hable con él».

En vez de la señal de «Prohibido girar a la izquierda» debería colocarse un gran mural en el que pudiera leerse: «¿Le agrada el ambiente de los hospitales? Si es así, gire a la izquierda. No tardará en verse en uno».

Aquel, un tanto repugnante, de «Prohibido escupir en el suelo», que realmente parece una invitación a hacerlo en las paredes o incluso en el techo, tendría que ser sustituido de inmediato por otro que diga: «Su saliva es suya; no la derroche a troche y moche».

«Prohibido arrojar objetos a la vía», sería innecesario si a lo largo de nuestras vías férreas se instalaran grandes cestas (un metro de ancho por uno de fondo), con lo cual desaparecería el paro de cesteros y brigadas de limpieza, además de fomentarse el baloncesto entre los sedentarios viajeros. El nuevo cartel podría decir: «Aproveche la oportunidad de encestar a 100 por hora que le ofrece RENFE».

La prohibición de rodar a más de 120 que vemos en las autopistas debiera ser retirada y, en su lugar, colocado el siguiente consejo: «Si no puede ver a su suegra, y no desea verla más, circule a más de 120».

El perspicaz lector habrá advertido que en ninguno de los nuevos avisos propuestos se intenta coartar la libertad del ciudadano. Con ellos se pretende únicamente vigorizar el ánimo, un tanto apocado y timorato, de la gente desconcertada ante el creciente número de prohibiciones.

La situación ha llegado a ser tan grave que, cuando nos proponemos hacer alguna cosa, y no nos enfrentamos con aviso alguno de que esté prohibido, nos abstenemos de hacerla por temor a que el famoso letrerito se haya caído o haya sido arrancado por algún guasón que tampoco advirtió otro letrero que prohibía arrancar el primero.

De igual modo que los franceses de hace algunos años, gritaron «¡La imaginación al poder!», pidamos a voz en cuello: «¡La imaginación a los ilegalizantes!

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones con sordina, Foz, 1986

¡Atchis!

El comisario Negreira no se había dado de bruces con un caso parecido en sus veinticinco años de profesión.

Por supuesto, desde el traslado a Santa Cruz de Tenerife, que lo apartó de su Galicia natal, hubo de intervenir en infinidad de robos, riñas y atracos, pero nunca en nada semejante.

Todo comenzó con la llamada telefónica del detective del Hotel las Magnolias de Puerto Cruz. Se trataba de un viejo amigo y el tono utilizado en la apresurada conversación ponía de manifiesto la inquietud que sentía el veterano investigador, el cual, por otra parte,no era persona dada a sobresaltos.

Los hechos, hasta donde alcanzaban sus conocimientos, eran los siguientes:
Entre los componentes de un grupo de viajeros, llegados al hotel tres días antes, figuraban dos matrimonios -las dos mujeres, hermanas- procedentes de la península. Aquel día, a la hora del almuerzo, las cuatro personas habían sido vistas ocupando una pequeña mesita situada entre dos columnas, al fondo del comedor.

De las declaraciones del camarero encargado de atender la zona se deducía que, como las jornadas anteriores, habían pedido dos botellas grandes de agua mineral -una con gas, y otra natural-; les fue servido el primer plato, consistente en tres ensaladas y un consomé, además de la bebida.

Estos datos fueron corroborados por las boletas en poder del maître y el jefe de cocina.
Cuando el camarero trató de retirar los platos vacíos para servir los segundos, observó absolutamente desconcertado que los cuatro comensales se habían evaporado. ¡Y, con ellos, la mesa número 114 y las cuatro sillas!

Inmediatamente, fueron informados el director y el detective del hotel que, en principio, no podían dar crédito a sus oídos.

Tenía que existir un error. Cuatro sillas, otras tantas personas y una mesita, por diminuta que fuera, no podían ser escamotearlas así como así de un comedor repleto de gente. Alguien debía haber observado hecho tan insólito. ¡Cuatro comensales levantándose a medio almuerzo y yéndose con los muebles a cuestas, era inaceptable!

Localizados los ocupantes de las mesas cercanas, cosa muy fácil utilizando las boletas del servicio, fueron repetidamente interrogados. Nadie había visto nada extraño. Cierto que dos de los asistentes al almuerzo, pertenecientes al mismo grupo excursionista, se habían fijado en que uno de los desaparecidos, el guía de su expedición, se encontraba en la mesita junto con su esposa y los cuñados. Hasta se habían saludado con un ademán de las manos. Luego, no los habían vuelto a ver.

En recepción, aseguraron que las llaves de las habitaciones 616 y 705 que correspondían a los desaparecidos, no se encontraban en los casilleros; esto, aparentemente, indicaba que los huéspedes no habían salido del hotel. Claro que podían haberse ido sin dejar las llaves.

Pero, si era así, ¿dónde habían ido a parar sillas y mesa? Hasta allí llegaban los conocimientos del comisario Negreira que, intrigado por el extraño suceso, había acudido inmediatamente al hotel.
El detective, al igual que el director, se encontraba totalmente desorientado. Hizo cuanto su experiencia en el oficio le aconsejaba y no se atrevía a dar nuevos pasos para evitar sembrar la alarma entre los numerosos residentes del establecimiento.

El director temía que, si el asunto no se resolvía de inmediato, la reputación del hotel sufriría un gravo quebranto que ninguna publicidad, podría paliar.

«Si alguien se va de la lengua y la prensa se entera de que en el Hotel las Magnolias los clientes desaparecen de la circulación sin dejar rastro, estamos frescos. Y, encima, la competencia se va a forrar», se decía el pobre hombre, que ya veía su empleo en el alero.

El comisario, concienzudo y meticuloso no se dio por satisfecho con lo que se le comunicaba. Deseaba empaparse del ambiente que reinaba en el hotel, conocer a los componentes del grupo que incluía a los eclipsados, saber quiénes y cómo eran.

Comenzó por utilizar el sistema de megafonía cuyos altavoces podían ser escuchados prácticamente en todas las instalaciones del edificio. Eran entonces las seis de la tarde. Por los micrófonos situados en recepción, solicitó encarecidamente la asistencia de cuantos pertenecían a la expedición a la reunión que se celebraría a las once de la noche en una de las salas privadas. La telefonista quedó encargada de repetir el mensaje cada cuarto de hora.

Entretanto, deseoso de no perder tiempo, pues la desaparición se había producido a las dos de la tarde, quiso revisar las habitaciones números 616 y 705. El propio director lo acompañó para facilitarle la entrada por medio de la llave maestra.

Los dos cuartos no presentaban señales que hicieran sospechar algo anormal. La ropa y el calzado ocupaban los lugares habituales y las maletas, cerradas, estaban a la vista.

En el cuarto de baño de la habitación número 616, unas medias secaban colgadas de la barra de la ducha. Sobre la cama, abierto por las páginas deportivas, un periódico local parecía aguardar el momento en que su dueño reanudaría la lectura.
En la habitación 705, cerca del cenicero con dos colillas apagadas, un paquete con dos pitillos solamente, sugería la idea de que alguien, probablemente un fumador empedernido, había considerado oportuno aumentar las disponibilidades con un nuevo paquete. «Sí -ratificó el comisario al encontrar un cartón de tabaco en el cajón de la mesilla de noche. El cartón había sido empezado recientemente y le faltaban dos paquetes».

Allí, no quedaba nada mas que hacer. Pero sí en la cocina y en el comedor.
En la primera dependencia, una inmensa sala azulejada hasta el techo en la que reinaba gran actividad ante el inminente servicio de la cena, el comisario Negreira habló con el jefe, pidió las boletas de servicio en las que aparecían los números correspondientes a los platos elegidos por los huéspedes acomodados en la mesa 114. También se hizo con la nota de pedido de la bebida. En los papeles podía verse, clara y legible, la firma del ocupante de la habitación 705.

Con objeto de no dejar ningún cabo suelto, solicitó la entrega de los boletos relativos a las cenas y almuerzos anteriores.

Era cierto; en todas ellas aparecía el número 705 e idéntica firma. No había necesidad de mezclar en el asunto a ningún perito calígrafo. La misma mano había firmado los siete boletos.

Indefectiblemente, cada quince minutos, los altavoces difundían el mensaje dictado por Negreira a su paso por recepción.

Después de abandonar la cocina, con gran alivio de cocineros y pinches que se encontraban apurados, pasó al comedor.

Era una estancia enorme con capacidad para quinientas personas, de acuerdo con la declaración del director. Cuatro puertas de batiente lo separaban de la cocina. Muy cerca da ellas, un empleado vestido con chaqueta roja y pantalón negro, se sentaba tras un mostrador. Era el encargado de recoger las notas de las bebidas y entregar las botellas a los camareros. Estos las trasladaban a las mesas. Otras dos amplias puertas daban acceso a la escalera y a los dos ascensores. El comedor se encontraba en el subsuelo, al que llegaba suficiente ventilación a través de grandes troneras de vidrio que se abrían a la calle permitiendo ver los tobillos de quienes pasaban.

De trecho en trecho, altas columnas cuadradas revestidas de espejos, rompían la monotonía del amplio espacio y reforzaban la solidez del vano que se extendía sobre las cabezas de los comensales. En la parte superior de las columnas, en el lugar donde se unían al techo, las rejillas del aire acondicionado estaban perfectamente disimuladas.

La perplejidad del comisario iba en aumento. Especialmente, cuando el maître confirmó que el comedor se hallaba completamente lleno cuando tuvo lugar el escamoteo de mesa, sillas y huéspedes, su capacidad de raciocinio sufrió un duro golpe.

«Esto no puede ser» -se dijo. «¿Cómo se van a desvanecer en el aire, sin que nadie observara nada anormal? Es materialmente imposible. Parece cosa de locos.»

Aunque el detective ya lo había hecho, en su presencia volvió a interrogar al jefe del comedor y al camarero que había atendido la mesa 114. Ninguno de ellos se contradijo de las declaraciones formuladas previamente,

– ¿Han comprobado si la plaquita con el número 114 se encuentra encima de otra mesa o, inadvertidamente, fue a parar a la cocina o a la basura? -inquirió el comisario.

– Ya lo hemos hecho tres veces, pero sin resultado alguno -respondió el maître.

Después de recorrer el comedor observándolo desde todos los ángulos, el director, el detective y Negreira, lo abandonaron a regañadientes. De momento no podía hacerse nada más.
A punto de irse, ya en la puerta, el último volvió a llamar al maître.

-¿Han contado las mesas y las sillas? -preguntó.

– Sí, señor. Las hemos contado y recontado. Faltan una y cuatro -fue la respuesta.

La reunión en el despacho de gerencia fue descorazonadora. El director no podía ocultar su preocupación y mal humor.

-Sólo llevo en este puesto mes y medio, pero antes he ocupado el mismo en otros hoteles. En total veinte años de profesión y nunca he visto ni oído nada igual. ¿Qué demonios vamos a hacer?. Si esto llega a saberse vamos a tener que cerrar.

– Lo que no podemos hacer es perder la calma. Eso sería fatal. Además, en realidad únicamente han pasado unas horas desde que no se les ve el pelo -dijo el comisario. Y pueden haber sucedido muchas cosas, y no forzosamente desagradables -añadió, al ver el gesto de duda del detective.

– Ya -insistió el director- y, ¿cómo se explica la huida de la mesa, las sillas, el mantel, las servilletas, cubiertos, platos, vasos? Supongo que no va a decirme que se fueron a dar una vuelta …

– Mire, por el momento no podemos hacer nada. No nos queda más remedio que esperar. A las once de la noche celebraremos la reunión de la que espero surja alguna luz, algún detalle que nos permita adelantar en la investigación.

– Pues, sí. Habrá que esperar. Y, pedir a Dios que esto se aclare. Si se entera la dirección de la cadena de hoteles, me consideraré afortunado si me permiten quedarme en calidad de friega platos.

La convocatoria para la reunión de la noche continuaba escuchándose cada cuarto de hora. Negreira había hablado varias veces con Comisaría para dar instrucciones acerca de distintos asuntos en marcha. No quería irse del hotel por si en su ausencia se producía alguna novedad. Cansado de permanecer en el despacho, pasó al gran salón dotado de cafetería y, sentándose en uno de los excesivamente mullidos divanes, pidió le sirvieran un café con leche.

Desde el lugar que ocupaba se dedicó a observar a los huéspedes. En algunos corrillos debía comentarse la desaparición que le traía de cabeza,pues se hablaba con evidente excitación.

A las nueve y media de la noche la presencia de viajeros en el salón, comenzó a hacerse más escasa. Mucha gente se dirigía al comedor. Eran los españoles, pues los pertenecientes a otras nacionalidades cenaban mucho más temprano.

El tiempo pasaba con lentitud exasperante y, para entretener la espera, el comisario pidió se le sirviera un sandwich y una cerveza.

Por fin, a las once menos cuarto, el director vino a buscarlo para acompañarle al salón en que se celebraría la asamblea.

Ya aguardaban el detective y algunos de los desconcertados componentes del grupo mermado de forma tan inesperada.

El comisario inició la conferencia rogando tuvieran paciencia otros diez minutos para dar ocasión de asistir a los rezagados. Transcurrido el plazo, se procedió al recuento de los presentes. Se encontraban allí cuarenta y cinco personas. Faltaban cinco. Las cuatro desvanecidas en el aire y una más.

Alguien aseguró que la quinta era una señora que tenía un hijo viviendo desde hacía años en Santa Cruz. Añadió que le constaba que se encontraba en casa de aquel.

– Bien; entonces, comenzaremos. Les supongo a todos enterados de lo que ha sucedido. Por el contrario, yo ignoro algunas cosas que deseo conocer. Cualquiera de ustedes que esté en condiciones de responder a las preguntas que iré formulando, que haga el favor de contestarlas.

– ¿Quién ha organizado su viaje?. ¿Han observado algún detalle extraño en el guía, en su esposa o en sus familiares? ¿Alguno de ustedes podría darme las descripciones de las cuatro personas o, mejor aún, tienen alguna fotografía de ellos?.

De las respuestas que, bastante ordenadamente, le fueron facilitadas, se desprendía que una institución financiera del norte de la península había organizado el viaje para aquellos jubilados que tuvieran domiciliado, en la misma la percepción de sus pensiones.

Alguien afirmó haber observado una cosa extraña en el guía y en su esposa. Cumplían a la perfección con sus obligaciones y eso no era frecuente en tiempos en que nadie …

– Claro, claro -concedió Negreira agregando a continuación que los detalles particulares a que se refería nada tenían que ver con aquel asunto.

Uno de los viajeros se levantó del sillón en que se encontraba arrellanado y le entregó la foto hecha con una máquina Polaroid. Había sido tomada el día anterior, con ocasión de la excursión al Teide. En ella aparecían las cuatro personas cuya desaparición había motivado la reunión. Estaban sentados alrededor de una mesa en la que podían verse los restos de su almuerzo. No tenían nada de particular y lo único que estaba claro era que lo pasaban bien. Todos sonreían.

– Mire, comisario -dijo el que había tomado la foto. Este era el guía.

– ¿Cómo que «era»? Esperemos que lo siga siendo. Aparecerán los cuatro sanos y salvos.

– He dicho era, porque siendo como era, una persona tan considerada con los demás, parece improbable que si no le ha ocurrido nada irremediable no haya comunicado al hotel el motivo de su ausencia.

– Hay ocasiones en que uno se ve imposibilitado de hacer lo que desea. Esta puede ser una de ellas. Me quedo con la foto. La necesitaré para publicarla en la prensa. Se la devolveré en el momento oportuno.

– ¿Cree usted, señor comisario, que han sido raptados? -preguntó una señora gruesa mirándole con mirada de ávida curiosidad.

– Señora, en este momento no puedo decir lo que creo, porque aún no he formado una opinión; por ahora, sé poco más o menos lo que ustedes. Y, pasemos a otra cosa. ¿Alguno conoce la dirección de la familia en la península?

Un silencio absoluto acogió la pregunta. «Habría que buscar por otro lado», pensó contrariado.»Sería más rápido ponerse en contacto telefónico directo con algún hijo para el caso improbable del regreso a casa. Pero aquello no era admisible si era cierta la personalidad del guía sobre la que coincidían todos los asistentes a la conferencia.»

– ¿A qué se dedican el guía y su cuñado?; ¿alguien lo sabe?

– Los dos son jubilados. El guía, de la propia empresa organizadora del viaje. El cuñado, de Ensidesa. Las mujeres, hermanas, amas de casa.

La respuesta venía a borrar de la mente del comisario la remota posibilidad de que se tratase de un secuestro. ¿Quién iba a ser el loco que secuestrase a cuatro personas a la vez? Y, para colmo, jubilados.

La eventualidad de la amnesia no hizo más que pasar fugazmente por su cerebro. Rápidamente, la rechazó por imposible. Jamás había oído hablar de cuatro amnésicos simultáneos.

No podía eliminar tan a la ligera la eventualidad de un accidente múltiple. Podían haber alquilado un automóvil sin conductor y sufrido un percance.

Negreira extrajo del bolsillo superior de la chaqueta una libretita y en la primera página en blanco anotó: hospitales, clínicas, sanatorios, S.S. y agencias de alquiler de automóviles. Después de unos instantes de vacilación, agregó una nueva línea: depósito de cadáveres.

– Señoras y señores, vamos a dar por terminada la reunión, caso de que ninguno de ustedes tenga algo de utilidad que añadir a lo ya dicho. Les doy las gracias por su cooperación y les ruego que hablen con el detective o el director del hotel si obtienen alguna noticia. Ellos estarán en contacto permanente conmigo. Ah, lo olvidaba; no se asusten cuando dentro de un rato comience el registro de las habitaciones del hotel. Vamos a revisarlas todas por si en alguna de ellas se
encuentran, voluntaria o involuntariamente recluidas, las personas que buscamos. Disculpen las molestias que vamos a ocasionarles. Comprendan que es un trámite necesario.

Los asistentes fueron dispersándose lentamente y el eco de sus excitados comentarios se apagó a lo largo del pasillo.

Cuando sé quedaron solos, el comisario dio la orden de marcha.

– Pero, ¿usted sabe la que se va a armar cuando comencemos a importunar a los huéspedes a estas horas?. El hotel está lleno de franceses, ingleses, alemanes e italianos. Todos ellos se acuestan con las gallinas. Hace mucho que están durmiendo. Me la voy a cargar. Corno director…

– Como director -cortó Negreira- está usted obligado a prestar la máxima colaboración a la policía. Además, yo me hago responsable.

El director tenía razón. A la llamada en cada puerta sucedía invariablemente una bronca monumental. Los impasibles británicos perdían su habitual flema tan pronto como se enteraban de que su habitación iba a ser objeto de registro. Los franceses olvidaban su «gentillesse», y los italianos proferían un interminable chorro de improperios que comenzaban con «mascalzoni» y terminaban por impecables cortes de manga. Los alemanes, más ecuánimes o más lentos en despertar, se limitaban a exclamar, elevando los ojos al cielo raso: «Gott im Himmel».

A las cuatro y media de la madrugada finalizó el registro. Fue una operación fatigosa, desagradable y completamente inútil.

Tul comisario se retiró a su casa completamente agotado, después de ordenar en recepción que si se producía alguna novedad, por mínima que fuese, lo llamaran por teléfono. A su domicilio o a la comisaría.

El día siguiente transcurrió sin noticias de los cuatro escurridizos viajeros. Parecían haberse volatilizado. Las gestiones realizadas en los lugares anotados en la libreta de tapas negras, no dieron resultado positivo. La familia, en Oviedo, había sido contactado por si la aparición se producía allí.

Otra angustiosa jornada se deslizó con lentitud agonizante. Nada aún. Se acercaba el día en que la expedición debería regresar a la península; con o sin guía. La marcha no podía retrasarse. El extraordinario eclipse de personas y muebles había tenido lugar el lunes hacia las dos de la tarde. El jueves a las nueve y media de la mañana, aún no se conocía su paradero.

A las diez y veintitrés, un equipo de personal del hotel constituido por cinco mujeres, se dirigió, como todos los jueves a aquella misma hora, al cuarto de la plancha. Allí llevarían a cabo la tarea de planchar la ropa de cama, manteles y servilletas. Se hacía todas las semanas. En otra habitación de tamaño mas reducido se procedía diariamente al planchado de la ropa de los huéspedes.

La encargada del equipo o gobernanta, eligió del grueso manojo la llave que daba acceso a la puerta del cuarto. Al tacto, tomó la que correspondía. No necesitaba mirar lo que hacía. Llevaba muchos años manejando las llaves del hotel.

Dio la vuelta al instrumento, encendió la luz situada en el exterior, avanzó un paso y entró en la habitación.

Lo que vio le hizo emitir un grito que aterrorizó a las chicas que venían detrás.

Dos hombres y dos mujeres parpadeaban deslumbrados bajo la fuerte luz. Estaban desgreñados y presentaban síntomas de encontrarse exhaustos. Los desaparecidos habían regresado al mundo de los vivos.

Después de que fueron satisfechas sus necesidades mas perentorias, tras consumir los alimentos y la bebida facilitada a toda prisa, pero con la lógica cautela, llegó la hora de las explicaciones.

En el despacho de gerencia el director, el detective y el comisario las escucharon en un silencio pleno de escepticismo. El guía percibió la palpable atmósfera de duda que se había adueñado del improvisado tribunal y pidió que se les acompañara al comedor.

– Una imagen vale más que mil palabras -dijo un tanto amoscado ante su evidente falta de credibilidad.

Descendieron, pues, al comedor. Allí, solicitó que se le permitiera colocar una mesita en el lugar exacto que ocupaba la 114 el día de la desaparición.

Las furibundas miradas del director no consiguieron alejar al personal de cocina y comedor, de manera que la sala se hallaba casi tan concurrida como en las horas punta.

– ¿Cree usted que la mesa está más o menos en el mismo sitio? -preguntó al camarero que les había atendido el día del eclipse.

– Sí, señor -respondió aquel.

– Así es -confirmó el maître.

– Vamos a sentarnos tal como lo habíamos hecho entonces. Vosotros -apuntó-estábais así, tu aquí y yo,aquí.
Verán ustedes -continuó el guía después de hacer una pausa. Para comprender el motivo que nos impulsó a actuar de la forma que lo hicimos, será preciso que antes sepan que mi mujer atrapa unos catarros imponentes en cuanto se pone en corriente y …

– Lamentable; pero, ¿qué tiene que ver una cosa con otra -interrumpió el comisario. No veo la relación. Además …

– Permítame que continúe y lo comprenderá. Aquella tarde, cuando nos dispusimos a comenzar el almuerzo, alguien puso en marcha el aire acondicionado. Por cierto, ahora no está funcionando. Hagan el favor de echarlo a andar.

La orden fue obedecida pues, instantes más tarde, en el expectante silencio del comedor, comenzó a escucharse el siseo característico del moderno sistema de ventilación.

– Quedamos en que íbamos a dar principio a la comida cuando Eufemia estornudó con potencia.

Entonces observé que, debido a que nos hallábamos situados entre dos columnas próximas, un chorro de aire fresco procedente de la rejilla de la izquierda rebotaba contra la columna de la derecha. Propuse el cambio de puesto, pero sin resultado. El aire más bien frío de la rejilla derecha golpeaba contra la columna izquierda. Si antes del cambio, mi mujer recibía la corriente en plena cara, después incidía en medio de la espalda….

-Pero, bueno; ¿es que no va a terminar nunca? -preguntó indignado el detective, incapaz de permanecer durante más tiempo oyendo majaderías.

– Tengan paciencia cinco minutos más, por favor, y todo quedará aclarado -rogó, ya un poco enfadado el guía.

En vista de que las variaciones de puesto no eliminaban el problema y los estornudos arreciaban -prosiguió- propuse poner en práctica una idea que se me ocurrió sobre la marcha (entonces me pareció algo genial). Le dije a Abel, sentado dándome cara, que levantara la mesa y la fuera trasladando hacia mí. Eufemia y Encarna debían mover sus sillas en la misma dirección. Mientras tanto, yo haría retroceder mi propia silla. Con aquel procedimiento, yo esperaba que los cuatro pudiéramos situarnos en la desenfilada (si me es dado utilizar un término de táctica militar).

Repetimos sincronizadamente los movimientos tan cautelosamente, que nadie advirtió el paulatino retroceso hacia la pared, revestida, como todas las del comedor, de paneles de espejo.

A los pocos momentos comprendí que el plan había sido excesivamente ambicioso. Si me hubiera conformado con detener la marcha a medio metro, a veinticinco centímetros, sólo a unos milímetros de la pared, nada hubiera sucedido.

Pero no fue así. Quise aprovechar demasiado el espacio. Coincidió un impulso desmedido y general con mi tropiezo contra el espejo, y una puerta de doble hoja se abrió repentinamente a retaguardia. Cuando logramos suspender la marcha nos encontrábamos fuera del comedor y dentro de una habitación repleta de ropa blanca (sábanas, toallas, y cortinajes), colocada en anaqueles dispuestos a lo largo de las paredes, No habíamos tenido tiempo para reponernos de la sorpresa cuando, de inmediato, la luz se apagó y la puerta se cerró automáticamente, sin hacer el menor ruido.

Intentamos abrirla, pero nos fue imposible. Tampoco logramos nada con otra puerta situada en el extremo opuesto.

Establecimos turnos para gritar pidiendo ayuda. Nadie parece habernos oído. Afortunadamente, la trampa en que caímos, estaba provista de servicios higiénicos, porque, de no ser así, la hubiéramos puesto perdida. No hemos pasado sed, pero sí un hambre considerable, Y esto ha sido todo.

Y, ahora, permítanme que les demuestre lo que acabo de decirles.

El guía se levantó de su silla y llevándola en la posición en que los domadores la utilizan para penetrar en la jaula de los leones, se acercó al espejo. Suavemente, apoyó el respaldo en la pulida superficie y, en medio de un ¡oh! de admiración, la puerta oculta se abrió. La silla fue retirada y, en cuestión de instantes, la puerta volvió a cerrarse silenciosamente.

– Todo está aclarado. Y, sin embargo, ¿cómo es posible que no se hayan escuchado sus gritos? -preguntó pensativo el comisario.

– Mi padre -dijo un pinche de cocina vestido de blanco de pies a cabeza- fue empleado del hotel hace años. Me contó que, al principio, o sea, cuando se inauguró esto, esa habitación estaba destinada a guardería. Las paredes deben estar acolchadas.

– Eso lo explica todo -dijo Negreira, cerrando la libreta con la que jugaba inconscientemente desde que había comenzado la demostración.

Pedro Martínez Rayón, ¡Atchis! y otros estornudos mentales

Horóscopo para 1987

Horóscopo para 1987

Tres años antes de saber leer, yo ya era un asiduo lector de horóscopos. Mi aya me los leía con una fe digna de compasión y, como ignoraba en qué fecha había nacido, siempre se adjudicaba aquellos que más le favorecían.

Cuando fui mayorcito, comencé a investigar por mi cuenta e inmediatamente me llamó la atención el hecho de que jamás coincidieran dos publicaciones en los vaticinios formulados para quienes habían nacido bajo el mismo signo zodiacal. Por ejemplo, cuando para el horóscopo X la salud de los Libra iba a ser excelente, en el Z, poco menos que los enterraban.

Esto me hizo entrar en sospechas de que algo no marchaba. En principio supuse que los astrólogos, deseosos de comer caliente, como todo hijo de vecino, inventaban unos pronósticos sin ponerse previamente de acuerdo. Más tarde, supuse, no sin razón, como había de demostrar, que los astros carecen de influencia sobre el destino de los humanos y, consecuentemente, que si Júpiter está en conjunción con Saturno sería lo mismo que si estuviera en preposición o en adverbio.

Seguro ya del terreno que pisaba, diseñé, construí y utilicé un aparato (ahora en proceso de concesión de patente), al que denominé Horoscopic Annualis Calculador, para abreviar HAC, gracias al cual, y a unas tablas estadísticas confeccionadas también por mí mismo, soy capaz de conocer anticipadamente los acontecimientos más relevantes que van a suceder en el transcurso del año 1987 a los nacidos en los distintos meses de cualquier año de este siglo.

Por motivos obvios, no voy a descubrir todas las características del nuevo aparato pero sí puedo adelantar algunos datos acerca del revolucionario invento. Tiene su importancia, dentro del conjunto, unos gemelos de teatro, cedidos involuntariamente por mi tía Roberta, una lupa de gran potencia y el cuerpo principal de una churrera.

Con el nuevo aparato he escudriñado incansablemente el firmamento hasta adquirir la certidumbre de que son los meteoros y los cometas los que, interponiendo su poderosa influencia, configuran el destino de la humanidad.

Vean ahora el resultado de mis incansables estudios:

Amor Dinero Salud Trabajo Suerte
Enero No correspondido 2325 pesetas Buena El mismo Mucha
Febrero Algo Herencia gorda Floja Sigue parado Regular
Marzo Demasiado Muy poco Excelente Busque otro Muy buena
Abril Ni una rosca Normal Regular Su empresa cierra Enorme
Mayo Sólo platónico Para terminar el mes Boyante Ascenso a la vista Más bien si
Junio No siga haciendo el camelo Demasiado, ojo con Hacienda Urge confesión general ¿Para qué lo necesita? La necesitará
Julio Bien Muy escaso Buena Mucho Pese a todo, buena
Agosto Peligra Haga un curso acelerado de mendicidad Escasa Expediente de regulación Perra
Septiembre Ni fu, ni fa Lo justo Cuídese Póngase a rezar Las hay peores
Octubre Correspondido Bastante A prueba de bomba Buenas perspectivas ¿No querrá más, eh?
Noviembre No se haga ilusiones Va a poder ahorrar Normal Seguro Envidiable
Diciembre Hasta la tumba Irregular Debe pasar por el escaner De momento, si No se haga falsas ilusiones

Estas previsiones son válidas, no sólo para los españoles, sino para los naturales de cualquier otro país, pues es de tener en cuenta que meteoros y cometas no entienden de nacionalismos.

Para general conocimiento y como recordatorio a los olvidadizos, he de añadir que los nacidos el 1 de enero de 1937, cumplirán el mismo día y mes de 1987 el medio siglo. Únicas excepciones serán los nacidos en la fecha indicada si ya hubieran fallecido.

Como colofón (ignoro por qué motivo esta palabra me recuerda las lámparas de techo), deseo aprovechar esta oportunidad para pedir excusas a la NASA por mi reciente negativa a hacerles partícipes de mi descubrimiento. Tengan un poquito de paciencia que todo se andará.

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones con sordina, Foz 1986

Falta un cadáver. Sobran dos hombres y un perro

Creo que desperté a causa del absoluto silencio y de una sensación, nueva para mí, de flotar suavemente en el espacio.

Había desaparecido por completo aquel traqueteo infernal iniciado tan pronto como el expreso que me llevaría de Oviedo a Madrid, salió de la estación y comenzó a adquirir velocidad. Recordaba que me acosté en la estrecha litera y, después de varios intentos de concentrarme en la lectura del libreo que había seleccionado para la ocasión, hube de apagar la luz y tratar de dormir. No podía concentrarme y mis ojos recorrían una y otra vez la misma línea sin enterarme de nada. Era imposible con tal estrépito de maderas que chocaban entre sí. El paso de las ruedas del convoy sobre cada una de la juntas de dilatación de las vías añadía sus notas machaconas al concierto. En cambio, ahora, no se escuchaba un solo ruido.

Como me había sucedido en otras ocasiones, lamenté no haber realizado el viaje en automóvil. Hubiera sido más cómodo y rápido y, sobre todo, me habría ahorrado el suplicio. Sé que hay muchas personas que, no sólo no se sienten molestas en situación semejante, sino que, incluso, duerme mejor que en su propio lecho. Yo, desafortunadamente, no me encuentro entre ellas.

Sin embargo, el anuncio de probables nevadas y, sobremanera, de nieblas seguras, me habían decidido a optar por el tren.

Había algo que contribuía en gran medida a mantenerme despierto. Era, precisamente, la sospecha de que muchos de mis compañeros de viaje se encontrarían durmiendo a pierna suelta. ¿Cómo podrían ser tan insensibles?

Además, ¿cómo serían capaces de descartar la posibilidad de un horrible accidente? ¡Era tan fácil! Que el conductor, el maquinista, o como se llamara el responsable de aquella coctelera rodante, sufriese una distracción, un desvanecimiento, o se durmiera unos instantes, bastaría para no ver la señal de peligro, una aguja cerrada y que nuestro tren se convirtiera en un gigantesco féretro.

Estas ideas y otras del mismo estilo me obligaban a permanecer tenso, con todos los músculos envarados y los ojos desmesuradamente abiertos, como esperando una tragedia inevitable.

Por fin, después de mucho tiempo, tras incontables vueltas sobre mí mismo que estuvieran a punto de hacerme caer al oscilante suelo, me quedé profundamente dormido, con un sueño sin sueños.

Y ahora, esto. Un despertador extraño, como si alguien me hubiera sacudido por un brazo. Pero, no. Precisamente, lo que me había sacado del sueño era todo lo contrario. Había sido la desaparición de las sacudidas que tanto me habían molestado cuando me acosté.

No obstante, en mi cuerpo advertía la sensación de que el tren era arrastrado a velocidad vertiginosa, mucho más rápidamente de lo que había viajado nunca.

De pronto observé algo en lo que no me había fijado hasta entonces. A pesar de que, según mi reloj, eran cerca de las siete de la mañana, no se oía la voz de ningún otro viajero. Recordé en aquel momento la ruidosa pareja de muchachas que, alegremente, conversaban en un tono muy alto sin la menor consideración hacia los ocupantes de las cabinas próximas. Me había percatado de que se habían introducido dos puertas más allá de la mía. La razón de su silencio podía estar en que aún se encontraran durmiendo. O también, en que hubieran abandonado el tren.

Presa de un malestar inexplicable, me aseé apresuradamente y, antes de terminar de vestirme, pulsé el timbre de llamada al camarero, para recordarle la petición de desayuno formulada la noche anterior, al subir al tren. Cuando estuve totalmente vestido, volví a repetir el llamamiento sin que, como en la primera oportunidad, alguien acudiera atendiendo a mis timbrazos.

Un tanto mortificado decidí salir al pasillo. Tan pronto como me encontré fuera de mi cabina, fuertemente asido a la barra metálica situada ante la amplia ventana, la inquietud que se había apoderado de mí al despertar, se convirtió en una angustiosa desazón difícil de soportar.

Había amanecido y, aunque no era totalmente de día, la luz bastaba para ver desfilar los arboles cercanos a la vía férrea. La velocidad a que viajábamos era tal que parecíamos deslizarnos ante una interminable empalizada. Reinaba un silencia de muerte. Al hacerme esta última reflexión, conseguí serenarme un tanto poniéndome en guardia contra mi exaltada imaginación, siempre más desbocada tras una noche como la pasada sin haber gozado de las ocho horas de sueño a que estaba habituado.

Pero todas mis exhortaciones resultaban vanas. Entonces, decidido a desvelar aquello que me parecía un misterio, avancé pasillo adelante.

No llegué muy lejos pues de la cabina del fondo surgió repentinamente un empleado del ferrocarril, al menos como tal iba vestido, que me dijo: “Buenos días, señor. Si se había propuesto pasar al vagón delantero, olvídelo. Hace poco tiempo se ha desprendido la plancha de acero que sirve como pasarela. Sería muy peligroso tratar de saltar. Lo mismo ha sucedido con la que nos unía al vagón que nos sigue.” Y agregó, con lo que me pareció una sonrisa burlona: “A todos los efectos estamos aislados.”

“En realidad –respondí- trataba de hablar con el empleado que me recibió anoche. ¿Dónde está? Le había pedido que me sirviera el desayuno y como no lo ha hecho, he tocado el timbre varias veces, pero no ha pasado por mi cabina.”

“Pues ha sucedido algo sumamente penoso. Anoche, repentinamente se ha sentido mal y nos hemos visto obligados a dejarlo en León. Se lo llevaron al hospital en una camilla. En cuanto a su desayuno, el señor lo tiene servido; esta sobre la mesita de su cabina.”

“Acabo de salir de allí y no he visto nada –le dije. Además, nadie ha llamado a mi puerta. No puede ser –añadí.”

“Perdone el señor, pero ¿cómo es posible que no lo recuerde? Yo mismo se lo llevé. Me ha pagado Vd., dándome diez duros de propina”, contradijo el hombre.

“Pero, ¿cómo sabia Vd. lo que he pedido para desayunar? Si su compañero ha enfermado de pronto, seguramente no tendría la presencia de ánimo necesaria para comunicarle mi encargo.”

“No era necesario –siguió el nuevo camarero. En la parte de atrás de su billete, había escrito su pedido. Lo tengo ahí con el resto de los billetes. Sígame Vd., por favor. Va a enfriarse el café.”

Y, después de mirarme fijamente a los ojos, me precedió por el pasillo, hasta detenerse ante mi puerta. Abrió ésta y, con un ademán de ambas manos y una inclinación de cabeza, me invito a entrar.

Mi sorpresa a la que, no tengo inconveniente en confesarlo, vino a unirse un súbito pavor, fue enorme pues, tal como había anunciado el mozo, el desayuno se encontraba sobre la mesita.

Aquella situación era increíble. Imposible de admitir. El hombre había salido de una cabina más cercana que la mía, a la cabecera del tren. Por esta razón no existía la posibilidad de que me hubiera pasado desapercibida la colocación de la bandeja. No le había dado la espalda en ningún momento. Además yo no había hablado nunca con aquel hombre.

Tenía que existir un cómplice, me dije. Un cómplice que introdujo en mi cabina aquel maldito desayuno, viniendo del otro extremo del vagón cuando yo hablaba con el empleado que ahora me contemplaba con mirada burlona. Pero, un complica ¿en qué, y para qué?

Para terminar con aquella situación increíble, y porque –de verdad- el personaje me causaba auténtico temor, le dije: “Está bien, está bien. Muchas gracias.”

Tan pronto como pude hacerlo sin parecer descortés y, sobre todo, sin querer dar la sensación de que me encontraba asustadísimo, cerré la puerta y corrí el cerrojo.

Deseaba estar solo para analizar los hechos. Todo me resultaba increíble. El conjunto de sucesos extraños parecía producto de una pesadilla pero, no lo era. Yo estaba totalmente despierto y había algo que me lo demostraba, algo que ponía en evidencia que yo era el centro de una maquinación, de que estaba mezclado en un asunto irregular.

La prueba que poseía era el billete. Recordaba con toda nitidez cómo, la noche anterior, cuando me disponía a entregarlo al empleado que recibía a los viajeros al pie del estribo, me di cuenta de que en el dorso de aquella cartulina alargada tenia anotados algunos nombres, direcciones y teléfonos de personas a quienes debía visitar en Madrid. Por ello, le había pedido me permitiera conservara en mi poder hasta que hubiera copiado los datos en la agenda de notas. Él había respondido que no existía inconveniente alguno; que ya se lo entregaría a la mañana siguiente.

Yo sabía que el billete se encontraba en un bolsillo de mi chaqueta y, sin embargo, deseaba con toda el alma equivocarme. ¿No estarían jugándome una mala pasada la imaginación y la memoria?

Cuando comencé a registrarme los bolsillos, lo hice iniciando la búsqueda por aquellos que menos posibilidades tenían de contenerlo. ¡Deseaba tanto que no apareciese!

Pero desgraciadamente, el billete apareció. Aún antes de sacarlo con dedos temblorosos del bolsillo exterior izquierdo, al tacto, lo reconocí. Sí, allí estaba. Tuve que tomar asiento porque las piernas parecían habérseme convertido en gelatina. Al mismo tiempo, noté que los pelos cortos de la nuca y la sotabarba se ponían de punta.

Como un autómata, sin saber realmente lo que hacía, me serví una taza de café. Aún humeaba, abrí la bolsita de azúcar y, totalmente abstraído en los desagradables pensamientos que me asaltaban, vertí su contenido en el café. Luego, bebí un largo trago que me abrasó la boca y la garganta. Mi desayuno estaba casi hirviendo.

Tratando de encontrar una explicación admisible para aquella alarmante situación, me dejé caer hacia atrás, apoyé la cabeza en la almohada y, sin duda, fatigado por la tensión, me dormí nuevamente.

Cuando volví a despertar, me puse en pie de un salto y miré el reloj. Como cuando lo hice, mucho tiempo antes, señalaba las siete menos cinco. Ahora también fallaba el reloj. Aquello era el colmo. Le había colocado una pila hacía tres días y, desde entonces, no le había dado ningún golpe. Se trataba de un aparato japonés, garantizado contra todo, menos terremotos, que siempre había marchado perfectamente.

Pensé entonces que el extraño empleado con el que había hablado, no sabía cuando, podría decirme la hora exacta. De paso me enteraría de cuánto tiempo faltaba para llegar a Madrid.

En el pasillo me aguardaba otra sorpresa. A media distancia, entre mi cabina y la puerta delantera del vagón, sentado sobre sus patas traseras, mostrándome sus agudos colmillos y gruñendo amenazadoramente, se hallaba un perro. Creo que un Doberman.

Si quería seguir avanzando tendría que pasar rozándole. Recordé entonces, que una demostración de temor constituye una invitación a pasar al ataque, confié en que quien puso en circulación esta teoría supiese de qué hablaba y continué andando, tratando de convencerme al propio tiempo de que el animal que me contemplaba con los ojos inyectados en sangre era tan inofensivo como una maleta.

Al pasar a su lado, con un movimiento rapidísimo, asió entre los dientes mi mano izquierda. No apretó mucho, pero tampoco me soltaba. Yo no sabía qué hacer. También conocía la tesis que afirma la inconveniencia de emplear la fuerza en casos como el que me ocurría, y asegura las ventajas de la utilización de una voz persuasiva y tranquilizadora.

Así pues, inicié un largo discurso en el que abundaban palabras suaves y cariñosas, pero aquel salvaje no debía haber escuchado a quienes me habían hecho creer aquellas patrañas.

De pronto, cuando los gañidos del perro empezaban a subir de tono, de la última cabina, cuya puerta se encontraba media abierta, salió una voz que dijo: “Suelta. Ven”

Al escuchar aquellas palabras, el perro abrió la boca y se fue como una exhalación introduciéndose en la cabina donde habían partido las ordenes salvadoras.

Dispuesto a aclarar tan duradero y complicado enigma, también yo me dirigí al mismo compartimento, abrí la puerta de par en par, y entré; sólo para recibir dos nuevas sorpresas. Allí no se encontraba el perro. En cambio, arropado de tal manera que únicamente asomaba la cabeza por encima del embozo, se hallaba en la litera el empleado que me había recibido la noche anterior.

Tan pronto como me vio, con voz en la que se ponía de manifiesto sorpresa y asombro, dijo: «Ah, ¿está usted bien?», añadiendo casi sin hacer pausa: «Váyase, váyase.»

Había tal terror en su mirada que, sin vacilar salí cerrando la puerta tras de mí.

En aquel momento, me dí cuenta de que la mano mordida por el perro me dolía. Después de comprobar que sangraba un poquito -tenía marcadas profundamente las huellas de los dientes y los agudos colmillos del Doberman- improvisé una venda con el pañuelo.

Me encontraba finalizando la rápida cura cuando, como surgido de la nada, apareció a mi lado el mozo con el que deseaba hablar tras el singular desayuno.

«¿Qué le ha ocurrido?», preguntó.

Al responderle que acababa de morderme un perro, me dijo que aquello era de todo punto imposible porque en aquel tren no había ninguno. Añadió que si viajase algún animal con nosotros tendría que hacerlo en el furgón.

Le conté, entonces, todo lo que había sucedido, mi encuentro con el primer empleado, aquel que, según me había dicho, se encontraba en un hospital de León. Sin decir palabra, me asió por un brazo y me acompañó a la cabina que le indiqué. Abrió la puerta, me dijo que pasara; lo hice y comprobé desconcertado que el compartimento se encontraba totalmente vacío. Todo estaba en orden y allí no parecía haber estado nadie.

A pesar de ello, yo estaba seguro de que en aquella cabina había visto al falso enfermo, éste me había hablado y, aunque no tenía pruebas, sospechaba que fue él quien me había librado de las poderosas mandíbulas del perro volatilizado como por arte de magia.

El asombro que me producía el escepticismo de mi interlocutor subió de punto cuando, al preguntarle que hora tenía, respondió que eran las siete menos cinco. Agregó que en poco más de una hora llegaríamos a Madrid.

Completamente desconcertado, ignorando a qué atenerme y sin ánimo para hacer nuevas preguntas, resolví encerrarme en mi cabina hasta la llegada al lugar de destino. Cuando me encontré a solas y después de echar el pestillo a la frágil puerta que parecía el único obstáculo que me separaba de un mundo de locura, a salvo de la mirada entre grave y jocosa de aquel hombre, comprobé mi reloj. ¡Seguía señalando las siete y media!

Bruscamente, movido por un impulso repentino, saqué de la cartera una bolsita de plástico que contenía fotografías de carnet, retiré estas y, en su lugar, introduje cuidadosamente unas gotas del café que aún quedaba en la taza. Luego volví a meter el pequeño sobre en el bolsillo superior de la chaqueta, procurando que su lado abierto quedara situado hacia arriba.

Si alguien me hubiera preguntado para qué realicé semejante tarea, no podría responder. Debió ser el resultado de un estímulo del subconsciente.

Pasó algún tiempo durante el cual no hice más que contemplar el vertiginoso desfile de cuanto se encontraba al otro lado de la ventanilla. Hubo un instante en que me apercibí de que ya no viajábamos a la misma velocidad que cuando desperté al amanecer. Paulatinamente, la ligereza de nuestra carrera fue disminuyendo y el cambio trajo consigo el ruido.

Al principio, hube de esforzarme para captarlo pero, poco a poco, se convirtió en el estruendo familiar que tanto había echado de menos. Luego hubo un enorme fragor y el bamboleo característico de una entrada en agujas, es decir, en un amplio espacio destinado a maniobras por medio de una red de vías. Estábamos entrando en Madrid.

En cuanto el suelo bajo mis pies inició una nueva aproximación a la normalidad, señal inequívoca de que íbamos a detenernos, tomé el pequeño maletín que contenía mis efectos personales, salí al pasillo y, apresuradamente, me encaminé a la puerta del vagón.

Afortunadamente no había rastro del mozo ni del perro. No sentía el menor deseo de volver a ver a ninguno de los dos.

Antes de que el tren se detuviera por completo ya había logrado abrir la puerta y sujetarla con el resorte correspondiente; me situé en el estribo y salté al andén en cuanto me pareció conveniente hacerlo. Sin perder impulso, continué corriendo, crucé a paso de carga el amplio vestíbulo -que nunca me pareció tan amistoso, cálido y humano- y no me detuve hasta que me encontré a salvo dentro de un taxi.

Cuando, apenas recobrado el resuello, le pedí al conductor del vehículo que me llevara a la comisaría más próxima, se quedó mirándome unos instantes y comentó: «Parece que ha visto usted fantasmas.»

«Tiene usted ojo clínico, amigo», respondí. «No ha sido eso, pero si algo muy parecido.» Después, aunque el taxista era hombre locuaz y trataba de hacerme hablar, me encerré en un mutismo que no estaba dispuesto a romper hasta que me encontrara en presencia de la policía.

Pronto hallé una comisaría. Allí dije a la persona que me recibió, que deseaba hablar con el Comisario o, en su defecto, con quien ostentara la misma categoría. Me preguntó mi nombre y, para no perder tiempo, le entregué una de mis tarjetas de visita. Regresó enseguida del despacho contiguo al que había entrado y me pidió que le acompañara.

Al entrar, un hombre alto y encorvado, pelirrojo y con gruesas gafas, se levantó de su silla y, rodeando la mesa tras la que se hallaba sentado, salió a mi encuentro tendiéndome la mano y pidiéndome tomara asiento. Antes de hacerlo, le pregunté si él era el Comisario.

Con una sonrisa de disculpa me dijo que allí no había Comisario. El era Inspector Jefe y a él debía decirle qué me llevaba a su presencia.

Entonces me senté y, antes de comenzar a relatar lo que, a mi juicio, y sin duda al suyo, era un absurdo, le dije que era abstemio, que nunca había tomado drogas ni somníferos y que no se trataba de ninguna broma. Después, procurando no extenderme demasiado, sin describir mis sensaciones personales y tratando de utilizar un orden cronológico, emprendí la narración de los hechos. Pronto me interrumpió para preguntarme si tenía inconveniente en que fuera tomado taquigráficamente cuanto le estaba diciendo. Al responderle que no, utilizo el dictáfono para ordenar que acudiera un taquígrafo. Este llegó casi inmediatamente.

De nuevo volví a emprender la relación de los hechos. El Inspector Jefe no me interrumpió ni una sola vez y, cuando hube finalizado, le dijo al taquígrafo: «Si lo ha tomado todo, que lo pasen a máquina ahora mismo. Luego tráigame la transcripción, por favor.»

Casi sin transición, me pidió que le mostrase el billete que había mencionado y al que aún se encontraba cosida la copia del pago realizado con tarjeta de crédito. Con movimientos seguros, desplegó el periódico que estaba sobre la mesa, pasó a la segunda página, colocó encima de la misma la factura, billete, tarjeta de visita y mi DNI, que me había pedido al principio de nuestra entrevista.

Unos momentos más tarde elevó la mirada y, fijando sus ojos en los míos, me dijo: «Efectivamente, sucede algo extraño. Procure tomar con tranquilidad lo que voy a decirle. En el diario de hoy se da cuenta del terrible accidente sucedido en el expreso que efectuaba ayer el recorrido Gijón-Madrid. A las siete menos cinco de la mañana ha sufrido un descarrilamiento. Ha habido veintisiete muertos, todos ellos del vagón número cinco. También se produjeron sesenta y dos heridos, de ellos veintiuno, graves.»

Cuando le miré, creo que con expresión de no comprender muy bien lo que decía, continuó: «Bastaría la coincidencia de la hora que señalaba su reloj cuando se paró y el momento en que tuvo lugar el accidente. Pero, perdone un momento -se detuvo y salió de la habitación, regresando poco después.- Lo verdaderamente curioso es que, como resultado de la investigación realizada  durante todo el día de ayer, se ha puesto de manifiesto que falta el cadáver de un viajero que ocupaba, en el vagón cinco, la cabina número nueve. La estación de Oviedo, a través de su oficina central de despacho de billete ha informado que la cama ha sido vendida a Gabriel Zarza Tossa, el cual ha pagado su importe con tarjeta de crédito. Es decir, a usted mismo, porque, según su tarjeta de identidad, usted es Gabriel Zarza Tossa.»

Al ver que yo palidecía y vacilaba en la silla que ocupaba, se interrumpió nuevamente y, sacando del cajón inferior de la mesa una botella de coñac y un vaso me sirvió una generosa dosis que me rogó bebiera. Era lo mejor para casos como aquel, me dijo. Además, aún faltaba algo, añadió. Mi nombre figuraba en la lista de víctimas mortales del periódico y yo debería haber fallecido si hubiera tenido en cuenta la fecha del billete.

Con mano temblorosa, cogí la cartulina y comprobé que era cierto. La fecha que me indicaba en la misma era la del día del accidente. Yo había viajado veinticuatro horas después.

En aquel momento entro un nuevo policía. Traía en sus manos la transcripción de mi relato y el informe del laboratorio. Los restos del café de mi desayuno no contenían sustancia extraña alguna. Era café normal. Un tanto flojo, pero auténtico.

Los acontecimiento empezaron a precipitarse. Llovieron los informes que no hacían otra cosa que complicar la madeja. El mozo del vagón número cuatro había sido encargado de atender las llamadas de los viajeros acomodados en éste y en el cinco. Desde el último nadie había requerido sus servicios. No se había desembarcado ningún enfermo en León. Mi billete no se encontraba entre los recogidos en Oviedo. El tren había viajado a la misma velocidad de siempre y no figuraba perro alguno en la lista de embarque. Por último, aquel empleado no respondía a la descripción de los hombres con los que yo había hablado.

El Inspector, después de meditar un rato y de volver a estudiar las señales de la mordedura que aún se veían en mi mano izquierda, me acompañó a la puerta y, ofreciéndome su diestra, me despidió, diciendo: «Aunque no lo comprendo, creo cuanto ha dicho y lamento tener que contribuir a aumentar su confusión informándole de que entre los restos del vagón número cinco del tren accidentado ayer, ha sido encontrado muerto un Doberman.»

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura, Oviedo 1987