Archivo de la categoría: Reflexiones sin partitura

Angelito en la playa

Su rostro era la representación de la inocencia. En la cara regordeta los ojos, grandes y muy abiertos, parecían buscar ansiosamente algo que, normalmente, se encontraba más allá del interés y la comprensión de los mayores. Tenía algo menos de seis años, era hijo único y el sobrino predilecto del notario de Foz.

Angelito vivía en Madrid. Su padre, abogado de prestigio, había aceptado la invitación de su hermano, don Fermín, el notario, para compartir durante el mes de agosto la casa de éste, cerca de la playa de la Rapadoira. El abogado y su esposa viajarían a Foz el día dos, pero Angelito iría por delante con don Fermín, que tenía que pasar a últimos de julio por la capital de España, de vuelta de Valencia a donde le habían requerido complicados asuntos profesionales.

Angelito llegó con su tío y se instaló como rey y señor en aquella casa en la que sus menores deseos eran obedecidos sin comentario alguno. Su tía y su prima Aurorina, estaban encantadas de tener con ellas un niño tan guapo y cariñoso, prometiéndoselas muy felices presumiendo con él ante sus amistades.

Sin embargo, Angelito no quería saber nada de visitas ni de encierros caseros. El, lo que quería era ir a la playa, jugar en la arena y estar todo el día a remojo. Naturalmente, su criterio fue el que prevaleció.

El primer día, la familia en pleno acompañó al huésped infantil a su presentación al medio marítimo. Cuando Angelito, que iba delante del grupo, casi corriendo, se vio frente al mar, se detuvo, miró a su tío y le cogió la mano que no soltó en un gran rato. Al llegar a una de las escaleras que facilitaban el acceso a la playa, el niño volvió a detenerse y, al escuchar a su prima Aurorina que le decía: «Anda, vamos a bajar. Dentro de un rato, nos bañamos, ¿eh?» respondió únicamente con un movimiento negativo de la cabeza.

Playa de Foz, Lugo
Playa de Foz (Lugo).

De nada valió la insistencia ni los ruegos de tíos y prima. Angelito se cerró en banda y, a lo más que se avino fue a sentarse en un banco de piedra, sobre la playa, desde el que se divisaba parte de la ría, todo el arenal y un amplio espacio de aguas azul verdoso.

El chiquillo estaba como hipnotizado. Era la primera vez que contemplaba aquel espectáculo grandioso. No era la cantidad de gente lo que le anonadaba. En Madrid había visto rebaños humanos más numerosos y no le habían producido ni frío ni calor. Tenía que ser el mar.

Su tío le preguntó si la mar, el agua, le causaban miedo y Angelito se limitó a responder que no, sin separar su mirada de la lejanía. La tía Pura insistió diciendo, «¿Es que no te gusta?». El niño, lacónicamente, contestó, «Sí, mucho».»

Durante toda la semana fueron incapaces de arrancarlo de su puesto de observación y, al llegar la hora de la comida, hubieron de hacer uso de todas sus dotes de persuasión para decidirle a irse a casa. Tuvieron que prometerle que, después de almorzar y, al día siguiente, en fin, todos los días, volverían. La mar no se iba a marchar. Estaba allí desde el principio del mundo y nunca había faltado a la cita con quienes deseaban contemplarla.

En la comida, el niño, habitualmente bastante locuaz, apenas pronunció palabra. Comió poco, sin fijarse en lo que le ponían por delante y, cosa extraña, cuando fieles a la promesa hecha, le dijeron que ya podían volver a la playa, su invitado respondió que no quería ir. Prefería quedarse en casa o en el jardín.

Al día siguiente también se negó a salir; pero precisamente el viernes, cuando a media mañana llegarían sus padres, Angelito exigió una visita urgente a la playa. Fue inútil el argumento de la inminente presencia de sus progenitores, que desearían verle. Su respuesta no careció de lógica. Dijo únicamente: «Pues que vayan a verme allí.»

Así pues, sus tíos se quedaron esperando y Angelito se fue con Aurorina, una mujercita de trece años con suficiente sentido de la responsabilidad para confiarle la fácil tarea de custodiar a un niño tan pacífico.

A las once de la mañana ya se encontraban sentados en la dorada arena. Aurorina solo tuvo que quitarse el vestido que llevaba encima del bañador, pero Angelito no había querido ponérselo en casa, y tenía que hacerlo allí. La solícita prima le propuso ayudarle, pero él, con cara de pudor ofendido, rechazó su colaboración diciendo: «Yo lo haré, ya soy mayor», y con esto se introdujo en una caseta que alguien había dejado inadvertidamente abierta, saliendo a los pocos minutos con el traje de baño puesto.

Hacía un tiempo magnífico. Eran únicamente las once y media y el sol calentaba con fuerza. Al poco rato, Angelito que, aunque no había oído hablar de Azorín, se había aficionado últimamente al empleo de oraciones breves, dijo: «Tengo sed.»

Aurorina respondió: «Bueno, no te muevas de aquí. Voy a subir ahí mismo, a ese bar y te traeré un refresco.» Y repitió: «Quédate donde estás.»

Cuando regresó, no encontró ni rastro del chiquillo. Muy nerviosa, recorrió con la mirada las cercanías del lugar que ocupaba, entro en la caseta que había servido como vestidor al desobediente Angelito y, no sabiendo qué otra cosa podía hacer, se dirigió apresuradamente al puesto de socorro, afortunadamente muy cercano, para dar cuenta del extravío de su primo.

Angelito escuchó por los altavoces que se buscaba a un niño que respondía a su mismo nombre, que llevaba un traje de baño azul, como el suyo, que tenía su misma edad y que era rubio como él. Entonces comprendió que su «descubrimiento» era cuestión de minutos y, con una velocidad de reacción digna de un maestro de ajedrez, se endosó encima del que llevaba un bañador rojo que se encontraba en una silla. Le quedaba muy grande, tanto, que no se sabía muy bien si se había puesto unas bermudas o un pantalón corto demasiado largo. Luego, en un repentino rasgo de inspiración, se encasquetó una gorra visera enorme que no le cubría los ojos por impedírselo las orejas sobre las que descansaban los bordes inferiores de la misma pero que tenía la estupenda ventaja de ocultar totalmente sus cabellos rubios.

El hecho de que al coger la visera hubiera derribado la mesita sobre la que se hallaba, le obligó a batirse en veloz retirada.

En aquellos momentos, Angelito no era el mismo. Era un ser feliz, un desconocido que no tenía que dar cuenta a nadie de su conducta. Estaba hecho un verdadero adefesio, pero no sentía la menor preocupación estética.

Cuando encontró entre la arena un largo pedazo de cuerda, lo enrolló cuidadosa e inconscientemente, dispuesto a conservarlo a toda consta.

Caminando lentamente, muy lejos de donde había iniciado su escapatoria, se vio de pronto ante una mujer y un hombre que tomaban un aperitivo, sentados en cómodos sillones de lona y al resguardo de los rayos solares bajo una enorme sombrilla.

Se les quedó mirando fijamente un buen rato hasta que el hombre, molesto por la insistencia de la observación de que era objeto, dejó de leer el periódico que tenía abierto sobre la mesa y, con tono nada amistoso, preguntó: «¿Qué quieres, niño?»

Angelito, que no tenía inconveniente alguno en repetir jugada realizada anteriormente con éxito, contestó, «Tengo sed».

La señora, al escuchar aquellas palabras pronunciadas con tanta sencillez por el propietario de ojazos tan inocentes, le dijo: «Ven, siéntate aquí a mi lado (y señalaba otro sillón vacío). ¿Verdad que no te importa, Manolo, que nos acompañe un momentito este niño tan guapo? Vamos a darte un vaso de agua de la nevera. ¿Quieres?».

El sediento Angelito respondió: «Sí, señora; gracias.»

«Mira, mira Manolo -continuó la samaritana- qué educado es el chico.» Y, dejando sobre la mesa la labor de ganchillo que hacía mientras, de cuando en cuando, tomaba un sorbito de su vaso, sacó de la nevera y sirvió al disfrazado tránsfuga una generosa dosis de agua helada que éste bebió con evidente satisfacción.

Después de dar las gracias, iba a alejarse, cuando advirtió que bajo la mesa también se encontraba una cesta presumiblemente conteniendo vituallas. Tomó nota mentalmente y fingió irse, volviendo sobre sus pasos a los pocos metros. El hombre había regresado a su periódico y la mujer, tras colocar el sillón en posición horizontal y sacarlo de la sombre, se tumbó a la larga, cerró los ojos y se quedó inmóvil. Muy pronto, el hombre realizó la misma operación.

Angelito aguardó pacientemente y sólo cuando tuvo la certeza de que ambas personas se hallaban amodorradas, actuó. Arrastrándose sigilosamente, sin el menor ruido, abrió la cesta. No se comió nada. Muy al contrario, amplió su peso. Sazonó los emparedados con arena. Y pensando, no sin razón, que la materia prima era abundante y gratuita, vació medio tarro de mostaza, mezclando concienzudamente la mitad restante con la misma sustancia. Terminada su labor, se alejó cautelosamente. Los destinatarios de aquella mejora culinaria, en el mejor de los mundos, no se percataron de nada. Su enojoso enfrentamiento con la realidad se produciría algún tiempo más tarde.

Angelito continuó su camino. De pronto, se encontró con un espectáculo que no se esperaba. A pleno sol, con el sudor resbalando profusamente por la piel embadurnada pródigamente con algún producto aceitoso, tumbadas en sendos sillones, estaban las dos mujeres más gruesas que había visto en su vida, emitiendo sendos ronquidos. Permaneció unos momentos contemplando la insólita visión. Luego, se acordó de la cuerda y, sin pensarlo dos veces, con una suavidad propia de un cirujano, ató las piernas de las durmientes a sus respectivas tumbonas, éstas entre sí, y todo ello, a una mesa próxima sobre la que se veía un abundante surtido de platos y vasos.

Durante toda la operación, únicamente una de las mujeres, sin duda creyendo que una mosca la había aterrizado en la pantorrilla, hizo un perezoso movimiento con una mano para espantarla, inmovilizándose seguidamente.

Angelito no permaneció allí para comprobar el resultado de su obra. Por el momento, era un artista totalmente desinteresado en los frutos finales de su esfuerzo. Amaba su trabajo mientras lo realizaba e inmediatamente se olvidaba de él.

En los siguientes minutos pareció tomarse un respiro. Pacíficamente, se dedicó, como otros niños, al oficio de cavador. Con una energía impropia de su corta edad, hizo un hoyo de unos veinticinco centímetros de diámetro y el doble de hondura, dispersó diligentemente la arena procedente de su particular labor de ingeniería y revolvió en una papelera cercana hasta que encontró lo que buscaba afanosamente. Un periódico. De él eligió una hoja doble y volvió a colocar el resto junto a la basura de la que procedía. Angelito era un chico consciente y había leído, al bajar a la playa, un letrero en el cual el ayuntamiento solicitaba la colaboración ciudadana para mantener la limpieza.

Luego, cubrió la sima de juguete con el diario desplegado, sujetando los extremos con arena húmeda y esparció por encima una levísima capa seca. Permaneció unos instantes contemplando con mirada crítica el producto de su ajetreo y, encontrándolo satisfactorio, se alejó.

En dirección contraria caminaba un señor, de unos sesenta años. Con las gafas cabalgando en la punta de la nariz, andaba lentamente mientras leía un grueso tomo de poesía. Iba completamente ensimismado y, de cuando en cuando, se detenía, elevaba los ojos al cielo y mascullaba una línea recién leída.

Aquella descuidada forma de trasladarse tuvo un repentino y nada agradable final. Había parado a poca distancia de la fatídica trampa tendida por Angelito. Cuando se puso en movimiento y dio un nuevo paso, introdujo su pie izquierdo en el agujero. Al chasquido del hueso que se quiebra, acompañó simultáneamente una exclamación nada poética. Seguidamente, se produjo una conmoción general y la rápida intervención de una camilla de la Cruz Roja del Mar. Los camilleros condujeron al lesionado a la ambulancia situada estratégicamente al final de la escalera principal, y aquella partió, abriéndose paso entre la multitud que se había congregado, a golpe de sirena.

Angelito ya no se encontraba allí para comprobar las consecuencias de sus actividades mineras. Como atacado por súbita furia, había ascendido corriendo por la escalera más próxima a la cafetería; sin proponérselo, tropezó con un hombre que descendía, al que desequilibró. Este trastabilló hacia atrás, golpeando con la cabeza la bandeja llena de vasos y botellas que llevaba en una sola mano el camarero parado un escalón más arriba. Todo se vino al suelo con estrépito.

Aquel ciclón infantil continuó corriendo y no se detuvo hasta sentirse a salvo entre los automóviles aparcados en batería bajo los sombrajos, frente al mar. Fingiendo estar ocupado sacándose algo de las sandalias, deshinchó ocho ruedas de otros tantos vehículos y no dio por finalizada su campaña anti artefactos móviles hasta que dejó caer bruscamente, y sin previo aviso, el capó delantero de una camioneta sobre los hombros y cabeza del mecánico que, a medias metido en la caja del motor, y subido al parachoques, intentaba arreglar una avería. Las airadas protestas de aquel pobre hombre podían escucharse por encima de las estridentes notas del rock puesto a todo trapo en el enorme transistor de unos jovencitos sentados poco más allá.

Angelito se largó con viento fresco. Descendió por otra escalera, tan bruscamente que, al llegar al último peldaño, no pudo detener su impulso y se cayó de cabeza sobre un paravientos detrás del cual, una señora, en paños menores, trataba de ponerse el traje de baño.

Este breve episodio recordó al infatigable revoltoso que aquel mismo día llegaban sus padres. Quizás lo hubieran hecho ya y hasta pudiera ser que le estuvieran buscando. Entonces, sin pensarlo más, se despojó de los arreos de camuflaje, que tan buen servicio le habían prestado, dejándolos caer hechos una pelota en un recipiente para desperdicios. Seguidamente, sin apresurarse, volvió al lugar donde había iniciado sus aventuras.

Cuando llegó, no estaba su prima. No obstante, no hubo de aguantar mucho tiempo. Unos minutos después, se aproximaban Aurorina, sus padres y sus tíos.

Don Fermín, que parecía haberse encargado del interrogatorio, preguntó: «Pero, Angelito, ¿Dónde estabas metido? Llevamos mas de media hora buscándote.»

El interrogado, abriendo mucho los ojos y con cara de inocente, respondió señalando el espigón: «Pues estaba allí, viendo pescar.»

Los hombres, interrumpiéndose mutuamente, hablaron del peligro que había corrido, podía haberse caído al agua, etc, etc.

La tía terció para decir: «Bueno, ya pasó todo. Gracias a Dios, no ha ocurrido nada.»

Y la madre, dejándose caer de rodillas al lado de su hijo, abrazándole estrechamente, inquirió tiernamente: «Angelito, cielo, ¿te has aburrido mucho sin nosotros?»

Angelito, tras pensarlo un momento, tuvo la decencia de responder la verdad: «No, mamá; no me he aburrido nada.»

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones sin partitura, 1987

Timetable

No había hecho mas que sentarme cuando comenzó a sonar el teléfono. El invento de un diablo apellidado Bell, con su insidioso repiqueteo, exigía mi inmediata atención.

Reprimiendo un acuciante deseo de hacerme el sordo, descolgué el odiado aparato y escuché la conocida voz del director de la Agencia que me pedía pasara por su despacho.

¿Qué tripa se le habrá roto tan temprano?, me pregunté mientras caminaba hacia el sanctasanctórum. ¡Ojalá hoy sea uno de esos escasos días en que su úlcera duodenal hace fiesta!

Llevaba trabajando diez años en la Agencia Publicitaria Market y no recordaba ni una sola ocasión en que hubiese sido llamado a presencia del jefe sin verme convertido en víctima propiciatoria sacrificada en el altar de su malhumor.

«¿Terminó Vd. con el asunto Industrias Tona?», preguntó a quemarropa, casi sin darme tiempo a entrar.

«Mañana comenzaré con él», respondí. «Si no surgen problemas, mañana mismo a última hora de la tarde, le entregaré el calendario y los detalles de toda la operación…»

» Timetable y planning», cortó sin que yo finalizara lo que deseaba decirle.

El «headman» de la Agencia, como él mismo gustaba definirse, compensaba su desconocimiento de inglés utilizando «ad nauseam» la media docena de vocablos que había recogido de aquí y allá.

«A propósito -continuó impertérrito- nuestro cliente, ¿ha decidido si desea o no «direct mailing?»

«Ayer me han dicho que si», contesté cruzando una apuesta conmigo mismo sobre lo que vendría después.

«¿Ha llegado ya su O.K. por escrito?»

«Pues no. Todavía no». (Lo sabía, lo sabía).

» Y, ¿cree Vd. que tendremos tiempo de poner en marcha la operación «on time»? (¡Hombre, esto es nuevo!)

«Verá Vd. Hoy estamos a diez; como le dije, mañana, día once, le entregaré todo el material por escrito; la imprenta nos pasará las pruebas el veinte o veintiuno y la operación no se inicia hasta el día treinta del mes que viene. Hay tiempo sobrado.»

«Bien, bien, pues nada más. Si se me ocurre algo nuevo, ya hablaremos.»

Me dispuse a salir, sin darme mucha prisa, pues el instinto me decía que aún faltaba algo, cuando, con papal ademán de sus manos, aconsejó que me detuviera.

«Los brochures, full color, supongo…»

«Yes, sir; you can bet it.», (Si, señor; puede apostarlo), respondía harto de tanta majadería. Luego salí del despacho cerrando suavemente la puerta.

Volví a mi mesa de trabajo, tomé asiento y, para no caer en un lamentable olvido que podría acarrearme desagradables consecuencias, pasé la hoja del calendario de mesa y, bajo la fecha 11, escribí: «Asunto I. Tona, hoy, como sea, Kaput.»

Después, sacando una hoja de papel del cajón, bien provisto de material de escritorio, fui anotando con detalle todos los pasos (steps, diría mi britanizado jefe) de la campaña.

Finalizada aquella importante tarea, procedí a revisarla detenidamente, cambiando de lugar dos de los trabajos a llevar a cabo.

Satisfecho por no haber omitido nada, dejé de lado la hoja encabezada con un título, en letras gordísimas, que decía: «Industrias Tona, día 11».

Manteniendo a la vista el trascendental documento, dediqué el resto de la jornada a otros asuntos menos vitales.

Cuando llegué a casa aquella noche, mi mujer exclamó mirándome fijamente: «A ti te pasa algo.»

Su aseveración hubiera resultado más exacta si, cambiando el tiempo del verbo, hubiese vaticinado: «A ti te va a pasar algo.»

Pero por muy perspicaz que fuese mi esposa, y lo suyo en ocasiones supera lo penetrante para alcanzar niveles de clarividencia, era imposible que adivinase el extraño suceso de que sería juguete su desconcertado consorte.

Nos fuimos a la cama, tras una insípida sesión de TV, durante la cual yo, más despistado que de costumbre, no me enteré de nada. Comprobé el funcionamiento del despertador encargado de indicarme que había llegado el momento de dedicar mis esfuerzos a Industrias Tona como si fuera incapaz de hacer algo por sí misma.

Instantes más tarde, apagamos la luz y casi de inmediato caí en un profundo sopor. Aún conservo la sensación de haber soñado toda la noche, sin un momento de pausa. Si esta forma de dormir es descansar, yo, más que yo mismo, soy el Almirante Canaris (q.p.d.).

Comenzó el enigma en la oficina. Me encontraba de nuevo sentado ante la mesa y repasaba una vez más la hoja en que, por la mañana, había apuntado cuanto se relacionaba con la campaña encargada por nuestro más reciente cliente.

Enseguida, como si no tuviera tiempo que perder, utilizando un folio para cada uno de los apartados en que previamente había dividido el trabajo, fui desarrollándolos metódicamente. Hablé por teléfono con el responsable de I. Tona y con la imprenta para aclarar algunos extremos, hasta entonces sin definir del todo y, finalmente, di por terminado mi trabajo.

Con nitidez y lujo de pormenores que me obligaban a dudar de que estaba soñando, era consciente de cuanto me rodeaba; el mobiliario de la oficina, los ficheros metálicos pintados de un verde ciruela que nunca había sido de mi agrado, el teléfono que, cosa extraña, no sonó desde que comenzara a trabajar, todo parecía dotado de presencia física.

Sin embargo, faltaba algo. Echaba de menos alguna cosa. El escenario resultaba incompleto pero, por más que me esforzaba, no conseguía localizar en mi mente aquello que, como para embromarme, había sido escamoteado.

¿Es posible pensar cuando se sueña? Para hacerlo, sería forzoso mantener el cerebro, su posibilidad de razonar, en un plano distinto al que ocupa habitualmente. Pero la mudanza de un plano a otro, habría que llevarla a cabo de manera voluntaria y, ¿actuamos voluntariamente cuando soñamos?

¿Soñaba que soñaba o, después de realizar el trabajo, imaginé que soñaba haberlo ejecutado?

Fuera como fuere, me sentía intranquilo y soñé que pasaba revista una y otra vez a cuantos objetos formaban parte de mi entorno laboral.

Nada; era consciente de que allí no se encontraba una cosa que durante diez años permaneció ante mi vista y ahora había desaparecido.

Aquel molesto estado, la desazón que me atormentaba se esfumó merced al destemplado sonido del despertador. Era la primera ocasión en que el detestable chisme interrumpía mi sueño oportunamente.

Durante el corto trayecto a la oficina, no fui capaz de apartar de mi mente la sensación de moverme en un mundo diferente al de todos los días. Parecía como si una parte de mi ser pugnara todavía por abandonar el universo de lo irreal.

Al llegar a la Agencia, preparé mis cosas, eché un último vistazo al proyecto de la campaña, que indefectiblemente, tendría que dejar terminada aquel mismo día once y cuando, de igual modo que lo había soñado la noche inmediatamente anterior, me disponía a iniciar el trabajo, una llamada telefónica me convocó al despacho del Director que, tan pronto como entré, dijo:

«Me ha proporcionado Vd. una gratísima sorpresa. No sé cómo lo ha hecho pero lo cierto es que la campaña Industrias Tona resulta un modelo en su género. No falta ni sobra absolutamente nada. Enhorabuena. Tengo la seguridad de que si este asunto tuviera cobertura nacional, lograría el Oscar de Oro de la Comunicación.»

La sorpresa no me permitió otra cosa que musitar: «Entonces, ¿le ha gustado?»

«Pero hombre, qué cosas dice. ¿Cómo no me va a gustar? Además, lo ha hecho en un tiempo récord. Otra vez enhorabuena. Cuando llegué, al ver el expediente aquí encima, no lo creía.»

Abandoné el despacho como ebrio. No me daba cuenta de dónde ponía los pies. Ignoro cómo acerté a tomar asiento tras la mesa sobre la que destacaba burlonamente un folio en blanco, oculté la cara entre las manos y me tapé los ojos.

Debía presentar muy mal aspecto, pues uno de mis compañeros, solícitamente me preguntó si me encontraba enfermo.

«Nada, un pequeño mareo. Ya me está pasando. No te preocupes», respondí débilmente.

Pero no era cierto. Me sentía fatal. Aquello era imposible. Yo, estaba completamente seguro, no había redactado la campaña. Bueno, sí lo hice, pero en sueños. Entonces, ¿cómo diablos está terminado y en poder del Director?

Se me ocurrió entonces realizar una comprobación. Era estúpido, pero no tenía otro remedio. Me equivoqué dos veces pero, al fin, conseguí marcar el número de la imprenta y, con el teléfono en una mano temblorosa, solicité hablar con el encargado.

La respuesta que recibí, después de una corta espera, fue la esperada, pero no por ello menos inconcebible: «Ya había quedado convenido todo. ¿Es que va a haber un cambio de última hora?»

«No -le aseguré- Se trata solo de una confirmación rutinaria.»

Colgué el aparato tan avergonzado como si hubiese sido sorprendido realizando un acto punible. Pero luego, incapaz de resistir la tentación, llamé a I. Tona.

El jefe del área comercial me dio una contestación similar a la anterior. ¿Es qué se ha presentado algún problema?

Le tranquilicé lo mejor que supe y deposité suavemente el teléfono en su soporte.

Sumido en un profundo estupor, permanecí un buen rato con la mirada fija en la pared de enfrente. Tenía la visión desenfocada y no percibía claramente lo que se hallaba ante mis ojos.

De pronto, advertí que las imágenes se concretaban. Ante mí apareció el objeto que faltaba en el maldito sueño de la víspera. Era el calendario metálico. Señalaba año, mes, día de la semana y fecha.

Indicaba entonces miércoles, once. Lo mismo que en el despacho del jefe.

Esto no puede ser, me dije. Si ayer era diez y prometí finalizar la tarea para última hora del día once y hoy, once, ya se encuentra en el despacho del director, ¿cuándo lo hice? ¿Por qué no figuraba el calendario en mi sueño? ¿Habría trabajado el día diez hasta muy tarde? No. Recordaba que después de las siete y media de la tarde había estado jugando al billar con unos amigos. Uno de ellos era el compañero que se había interesado por mi saludo hacía un momento.

Corriendo el riesgo de parecer más estúpido de lo que ya me sentía, me levanté y fui a su mesa. Le pregunté si recordaba exactamente hasta qué hora habíamos estado juntos la noche anterior.

«Hasta las diez y cuarto en los billares. Después te acompañamos Adolfo y yo hasta tu casa, pues nos cogía de paso. Por cierto, nada te dijimos entonces, pero nos extrañó que nos preguntases tres o cuatro veces a qué fecha estábamos. ¿Te sucede algo?»

«Nada, nada. Pero, ¿qué me respondisteis?»

«Pues, la verdad; que estábamos a martes, diez. ¿No ves el calendario? Hoy miércoles, once. Como era de esperar.»

«No siempre sucede únicamente lo posible», rezongué entre dientes, encaminándome a mi sitio, bajo la mirada de asombro del boquiabierto colega.

Y aún se sintió más aturdido, cuando, retrocediendo a su lado, le pregunté: «¿Has oído mencionar alguna vez los días intercalados o fechas bis?»

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987

Viejecita solitaria

Cuando la vi por primera vez, se encontraba apoyada contra la pared de piedra de un viejo edificio público.

Eran las siete y cuarto de la mañana de un frío día de noviembre. Aún no había amanecido y, a la luz amarillenta que pugnaba con la niebla en lo alto de las columnas de alumbrado, resultaba una figura incongruente y un tanto patética.

Severamente vestida de negro, con el abrigo al brazo, la única nota alegre de aquel fúnebre conjunto, la prestaban sus cabellos blanquísimos, muy cortos.

Ambos íbamos a realizar, junto con otras personas, un viaje en autocar por distintos lugares de Andalucía. Cuando me presenté y le hice la observación de que se iba a enfriar, pues soplaba un viento cortante, respondió con una vocecilla dulce, bien modulada y utilizando un vocabulario escogido, que no pasara cuidado, que en la zona de donde procedía, las montañas astur-leonesas, hacía mucho más frío.

No pudimos cambiar demasiadas palabras, ya que, casi inmediatamente, llegó el autobús y ocupamos los asientos que nos fueron asignados.

Puede observar, no obstante, que llevaba una sola maleta, pequeña y negra, de poco peso, lo que incitaba a pensar que su propietaria estaba habituada a viajar y, por esa razón, no deseaba verse embarazada con excesiva vestimenta.

Eramos treinta y seis viajeros, que nos desconocíamos mutuamente, pero con una circunstancia en común. Todos habíamos alcanzado la jubilación. Formábamos parte de una excursión organizada especialmente para la llamada «tercera edad».

Confieso que aquella señora me llamaba la atención. Tenía algo indefinible que la hacía sobresalir por encima de los demás. Su aspecto y forma de hablar me intrigaban. La mirada inquisitiva de sus ojos muy negros, tras unas gafas con montura metálica, me causaba no poca desazón.

Todo eso fue suficiente para espolear mi curiosidad y obligarme a procurar el trato con persona aparentemente tan poco vulgar.

Cuando, ya en tierras leonesas, el vehículo efectuó una parada para que los excursionistas tomáramos un tentempié y desentumeciéramos las extremidades inferiores, la vi paseando lentamente. En su caminar desigual se ponía de manifiesto una leve cojera.

Me acerqué, con el pretexto de invitarla a tomar un café en el establecimiento ante el que nos habíamos detenido y reanudé la conversación que habíamos iniciado momentos antes de comenzar el viaje.

En su respuesta, «No, muchas gracias, yo no tomo nada entre horas», había un matiz de agradecimiento afectuoso, una suavidad y encanto en el tono, que encendió aún más mi deseo de conocerla mejor.

No soy aficionado a los enigmas, pero aquella mujer parecía guardar algún secreto.

A mis preguntas contestó diciendo que se llamaba Sara, tenía setenta y ocho años y había perdido a su esposo hacía dos. Tenía una hija, casada con un médico, que vivía en Pamplona. Ella residía normalmente cerca de Riaño; su casa era demasiado grande para ella y, sin nadie que la acompañara, se sentía muy sola desde el fallecimiento de su marido.

Después añadió una frase, que en los días siguientes repitió varias veces, totalmente carente de sentido para mí y que no amplió ni explicó. Dijo que «había sido muy mala madre».

Nuevamente hubimos de tomar posesión de nuestros puestos en el autocar y reemprender el viaje, interrumpiéndose así la conversación.

Nos detuvimos en Madrid a tomar el almuerzo y, tan pronto como me fue posible, después de aquél, comencé mi interesante interrogatorio. Parecía satisfecha por la atención que le prestaba y me habló mucho de su familia.

Sus padres, fallecidos hacía mucho tiempo, habían sido agricultores. Tuvieron siete hijos, cuatro mujeres y tres varones. Su padre, hombre muy serio y autoritario, les reunía todos los días para leer y comentar el periódico. Después, rezaban el rosario. Para dirigir el rezo y realizar la lectura había establecido un turno rotatorio que debía ser respetado a rajatabla.

Su madre, mujer sencilla y piadosa, les daba todo el cariño que su padre adusto y poco expresivo, parecía incapaz de transmitir.

«Mi familia era una verdadera delicia», volvió a repetir.

Cuando llegamos a nuestro destino para aquella noche, éramos amigos. En los días que siguieron y, hasta nuestra vuelta, era ella la que me buscaba. Parecía sentir un especial interés en comentar conmigo las incidencias del viaje. Me dijo que, durante éste, iba anotando las explicaciones del guía y luego, ya a solas en su habitación, escribía acerca de todo lo que había visto y oído a lo largo de la jornada.

Observé, un tanto sorprendido, la avidez con la que escuchaba cuanto se decía sobre la Alhambra y los Jardines del Generalife, las Cuevas de Nerja, las catedrales de Málaga y Sevilla. Parecía dotada de una sed inagotable de conocimientos que hacía juego con una memoria impresionante y agudeza y buen sentido en las observaciones.

En la catedral de Sevilla, nuestra visita coincidió con la celebración de la Misa, y cuando advirtió este hecho me pidió por favor que la esperase mientras confesaba y comulgaba. Naturalmente, accedí y pude comprobar con cuanta devoción lo hizo.

Cuando terminó, se acercó a mí con su paso lento y vacilante. «Muchísimas gracias. Ahora me temo que se haya ido todo el grupo y se va a aburrir Vd. conmigo hasta la hora de la salida», dijo.

La tranquilicé y salimos del templo. Efectivamente, fuera ya no había nadie. En vista de ello, paseamos despacito por estrechas pero soleadas calles y, cuando llegó el momento nos encaminamos hacia el lugar donde nos esperaba el autocar. Todavía no habían llegado nuestros compañeros. Únicamente el conductor se encontraba allí. Para hacer tiempo, caminamos lentamente arriba y abajo. Ella continuó sus confidencias. Repitió que había sido una mala madre y que echaba muchísimo de menos a su marido.

Yo, por discreción, no le pregunté el motivo de aquella reiterada confesión sobre su defectuosa maternidad.

En Torremolinos, donde haríamos noche para salir hacia Cádiz a primera hora del día siguiente, agradeció con apacible voz y palabras afables las atenciones que tenía con ella.

Agregó que el mundo y la sociedad de los humanos sería un auténtico paraíso si pudiera ser desterrada para siempre la intolerancia, origen de toda infelicidad y desgracia.

Así transcurrieron nueve días. Yo esperaba no sabía qué. Tenía la premonición de que aún había de decirme algo. Seguramente relacionado con su descontento por no haber sabido, querido o podido ser una buena madre. Me parecía que durante alguna de nuestras breves conversaciones había estado a punto de ampliar sus explicaciones.

Por fin, el último día, cuando a las nueve y media de una noche tan fría como la mañana de nuestra partida, llegamos a Oviedo, en el momento de entregarle su negra maleta, me asió por un brazo y, apartándome un trecho del resto de los viajeros, me dijo tristemente: «Si hubiera sabido lo sola que me iba a sentir sin mi marido, no le habría envenenado.» «Al fin y al cabo -añadió fijando sus ojos en los míos- una mirada a otra mujer carece de importancia.»

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura,1987.

Pase a la sala de espera

Martín era un original a la fuerza, de igual modo que se encontraba en el paro; a la fuerza. La segunda circunstancia le había obligado a adoptar una postura poco frecuente en la vida y así, sin proponérselo, resultaba original.

Sentía desmedida afición por el teatro y el cine. Pero lo que, de verdad, constituía para él una atracción irresistible era el espectáculo de humor. Con excepción del crimen, estaba dispuesto a llegar a cualquier cosa con tal de ser testigo del hecho humorístico.

Y así, entre la espada de su incapacidad económica y la pared de sus deseos insatisfechos, cayó enfermo atacado de una fuerte depresión nerviosa que, en el plazo de breves días, le convirtió en una caricatura de si mismo.

No manifestaba interés por cosa alguna, su proverbial apetito desapareció por completo y permanecía hosco, encerrado en un limbo particular, tumbado en la cama con la persiana baja y la luz apagada.

Cerca de dos semanas transcurrieron hasta que la autoridad paterna se impuso y, como un fardo, Martín fue introducido en el coche y llevado a la consulta del más destacado psiquiatra de la ciudad.

El enfermo se empeñó en entrar en el despacho del médico sin ser acompañado por nadie y no reveló una palabra de lo hablado en la consulta. Las medicinas recetadas desaparecían discretamente lavabo abajo sin causar desperfectos visibles en el desagüe lo que confirmó la primera impresión de que el doctor sabía lo que se hacía y los medicamentos no eran perjudiciales.

Repitió la visita una semana más tarde y volvió de ella visiblemente recuperado. Decididamente, aquel galeno era una notabilidad, pensaron los familiares de Martín.

Se celebraron otras cuatro entrevistas más y, después de la última, el enfermo fue dado de alta. La depresión había remitido por completo y volvía a disfrutar de la vida, la comida dejó de ser un tormento y a ojos de Martín sus interlocutores perdieron el aspecto de antipáticos y crueles inquisidores.

Sin embargo, continuaba negándose obstinadamente a hablar del médico y a unirse al coro de alabanzas que sus padres entonaban incansables.

El ex-enfermo sabía que si había experimentado tan espectacular mejoría y tan rápida curación, el doctor no debía de ser acusado de lo que tenía todas las trazas de un milagro.

Ya antes de haber entrado en el despacho barrocamente decorado con una impresionante colección de diplomas, títulos y pergaminos otorgados por varias universidades nacionales y extranjeras, se había sentido un poquito aliviado.

La cita que le permitió asistir a la consulta por primera vez, se concertó a última hora, aprisa y corriendo. Por esa razón, pese a ser invocado el nombre de una amistad común, tuvo que permanecer en la sala de espera, muy concurrida, durante más de dos horas.

El famoso especialista era hombre meticuloso y concienzudo que formulaba infinidad de preguntas a cada paciente y no admitía respuestas monosílabicas.

Así  que Martín, en el primer momento molesto y después francamente divertido, tuvo la oportunidad de escuchar una serie de despropósitos que tuvieron a virtud de barrer de su mente las nubes pesimistas que le abrumaban.

A partir de la visita inicial, aguardó con impaciencia el día en que se produciría la siguiente y aquellos ratos hicieron más por su salud quebrantada que los más modernos fármacos de importación.

Cuando era introducido por la enfermera con cara de camello hidrópico en la sala siempre animada, tomaba asiento donde podía, adoptaba un continente austero y ausente que desanimaba a quienes sintieran la tentación de pegar la hebra y prestaba oído atengo a las habituales incoherencias comentadas en aquel lugar.

Su rostro impenetrable de tahur no dejaba adivinar ninguna de las impresiones que experimentaba. Pero interiormente, sin que nada delatara que en su ánimo se estaba produciendo un saludable cambio, una procesión de carcajadas homéricas sacudían y alejaban la indiferencia y el aplatamiento anímico en el que estaba sumido.

Luego, al regresar a casa, reflexionaba detenidamente en cuanto había escuchado y, de pronto, reía alegremente, como en otros tiempos.

Una tarde las risas fueron tan ruidosas que atrajeron a sus padres temerosos de que se hubiera vuelto completamnte loco. Martín los tranquilizó, asegurándoles que se encontraba mejor que nunca. De paso, aprovechó las circunstancias para agradecer cariñosamente su resuelta determinación de llevarle al médico. Los autores de sus días se retiraron safisfechos y despreocupados.

Una vez solo, el alegre parado reflexionó profundamente durante largo rato. Fruto de su meditación surgió una idea que, al día siguiente, puso en práctica.

A primera hora de la mañana, se dirigió al Colegio Oficial de Médicos, donde contaba con un amigo de la infancia. Este, después de múltiples dudas y vacilaciones, terminó por entregarle un grueso librote en el que figuraban clasificados por especialidades, todos los doctores colegiados de la capital de España.

La posesión del Nomenclátor le permitía realizar la segunda parte de su proyecto.

Aquella misma tarde, llamó por teléfono a la consulta de un oftalmólogo, el doctor Audino, y se enteró de las horas de recibo. De cuatro a ocho, por las tardes, y, por las mañanas, de diez y media a una y media, le respondieron, pero sería mejor que concertara una entrevista para evitar esperas molestas, añadieron previsoramente.

Pero Martín no accedió. Dijo que llamaría otro día, a primera hora. Naturalmente, no facilitó su nombre ni confesó que él, precisamente, quería esperar. Cuanto más, mejor.

Aquella tarde, a las cinco menos cuarto, se presentó en casa del doctor Audino. Dijo que deseaba ser recibido, que no tenía cita previa y que no tenía prisa alguna.

«Tiene usted diez personas delante», le informó la enfermera, invitándole a pasar a la sala de espera.

La habitación, como casi todas las destinadas a estos menesteres, tenía poca ventilación y su única ventana se abría a un angosto y tenebroso patio por el que ascendían arrastradas notas de un tango y los gimoteos de un niño.

Sobre dos mesitas bajas, un montón de revistas que nadie se molestaba en ojear, en parte debido a la poca luz de la que disfrutaban, y porque escuchar las conversaciones que se cruzaban entre quienes aguardaban requería menos esfuerzo.

Reinaba allí una atmósfera de templo pagano que parecía invitar a desnudar el alma ante los asistentes como en una pretérita confesión pública.

Precariamente sentado en una silla demasiado frágil para su amplia humanidad, como una enorme gallina sobre su palo, un buda humano pontificaba con atiplada voz. Las gafas ahumadas tras las que ocultaba los ojos le prestaban una apariencia extraña. Las manos regordetas cruzadas sobre el amplio vientre hacían pensar en la bendición urbi et orbe.

Hablaba con tonillo suficiente y despectivo y las otras nueve personas le escuchaban como debió ser escuchado en sus buenos tiempos el oráculo de Delfos. El gordo advertía el respeto que producían sus palabras y, mezquinamente, se aprovechaba de aquel hecho para no tolerar interferencias.

Cuando Martín entró, el obeso orador decía: «Pues, como aseguraba cuando la llegada de este joven ha venido a interrumpirme…»

«Usted perdone», se atrevió a decir el recién llegado.

«¿Qué he de perdonarle?», quiso saber un poco inseguro el conferenciante.

«Pues, que le haya cortado el rollo, naturalmente», contestó Martín en tono zumbón.

El otro, más mosca aún, optó por no acusar recibo de la intemperancia y prosiguió:

«Sí, en casos de quistes conjuntivales ya desactivados y para terminar con derrames subsidiarios, no hay nada como la Dexametasona Constrictor. Su fórmula es un verdadero hallazgo: dexametasona fosfato sódico 1 mg.; cloranfenicol  (succinato sódico) 7,3 mg., tetrizolina clorhidrato 0,5 mg. y vehículo coloidal c.s.p. 1 ml.»

Después de soltar la retahila de nombres incomprensibles, el adiposo vademecum permaneció unos instantes en silencio, volvió a tomar la palabra y añadió:

«No es que tenga nada contra el colirio oculos, vasoconstrictor antibiótico. Reconozco sus virtudes, pero, los antibióticos tiene sus inconvenientes…»

Lo que iba a seguir quedó en el aire, pues uno de los que aguantaban con estoicismo el didáctico chaparrón intervino para decir:

«Ya sé, ya sé; se refiere usted al shock «anaprofiláctico»…»

Como movida por un resorte, la diminuta fémina que ocupaba la silla inmediata a la de Martín, se puso en pie y, con una dignidad nada consonante con su exiguo tamaño, exclamó:

No estoy dispuesta a tolerar que ante una señora como yo, se pronuncien palabras tan soeces como la que acabo de escuchar.»

El culpable, fijó la vista en el suelo y se hundió en su asiento.

El gordinflón cambio de color y, visiblemente azorado, optó por permanecer en silencio.

Martín, algo verde aún en aquellas situaciones, se disponía a levantarse para abandonar la sala de espera cuando unas palabras pronunciadas muy cerca le hicieron desistir. Aguzó el oído y se inclinó hacia delante con curiosidad.

Frente a él, sentadas en un diván, tres personas cuchicheaban. Una, joven y bonita; otra, viejecita vestida de negro, con la barbilla apoyada en la empuñadura del bastón y la tercera, un hombrón con erizados cabellos entrecanos cortados a cepillo. Este último estaba en el uso de la palabra.

«…hace más de cinco años. Y, aunque parezca imposible, quedé fenomenal. Lo recuerdo perfectamente. Yo me encontraba, de pie, en una pila de troncos sobre la que, con una grúa, iban depositando los que descargaban de un enorme  camión. De pronto, la cadena se rompió y, al soltarse, el madero que colgaba se desprendió y me propinó un tremendo golpe en el rostro. Sentí un dolor agudísimo pero, sacando fuerzas de flaqueza, llevé la mano a la cara. Enseguida advertí que me faltaba el ojo derecho. Mis compañeros me apoyaron contra un árbol, a la sombra y, diligentes, iniciaron la búsqueda. Tuvieron que remover toda la pila de troncos pues el ojo se había colado hacia el fondo del montón. Tres horas más tarde apareció. Se encontraba bastante sucio, pero con agua del botijo y un pañuelo no muy limpio, lo dejaron bastante presentable. Luego, me metieron en una furgoneta y me llevaron a la ciudad. En total habían transcurrido unas seis horas. Sin embargo, en el hospital estaban acostumbrados a cosas por el estilo; en diez minutos volvieron a colocarme el ojo y Santas Pascuas. Todo en orden.»

«¡Santo Dios!» -articuló trabajosamente la viejecita. Pero, ¿cómo es posible? Y, ¿veía usted bien?»

«Por el otro ojo, sí, estupendamente -respondió tranquilo el accidentado. Por el que me habían vuelto a poner, nada en absoluto, como siempre. Como era de cristal…»

Martín, reprimiendo a duras penas la carcajada, se apresuró a batirse en retirada. Le dijo a la enfermera que volvería, pues había recordado una cita importante a la que no podía faltar.

Al día siguiente era sábado, jornada que todo especialista que se precie dedica a pescar, cazar o hacer encaje de bolillos. Así que Martín, no deseando perder una sola fecha, hubo de conformarse con el Seguro de Enfermedad y, ya metido en gastos, acudió a uno de los Ambulatorios más concurridos de Madrid.

La sala de espera venía a ser como la de la Estación de Chamartín, pero mas ruidosa y concurrida. Para hacerse oír todo el mundo hablaba a gritos, lo que obligaba a subir conjuntamente el tono. Cuando el pandemonium alcanzaba su cénit, el celador, embutido en su bata primitivamente blanca, intentaba restablecer el silencio y, como su voz individual no podía elevarse por encima del enloquecido orfeón, volvía a introducirse en su garita y salía de nuevo enarbolando una pancarta en la que los no iletrados podían leer: SE CALLEN.

Monótonamente, la pauta griterío-cartelón-griterío, se repetía cada diez minutos. El de la bata blanca cumplía su misión con la misma fe en el resultado de sus esfuerzos que quien espera una reducción de los impuestos.

Martín se encontraba físicamente mal. Aquel barullo le desconcertaba. Después de buscar infructuosamente dónde tomar asiento, advirtió que estaba libre una de esas sillas anatómicas de plástico que hacen innecesaria la calefacción y logran para sus usuarios más jóvenes la calificación de inútil total para el servicio militar.

Luego de renunciar definitivamente a permanecer sentado en la postura deseada, pues resbalaba continuamente, prestó oído a lo que se gritaba en las cercanías de su silla, modelo diseñado por la Inquisición en uno de sus momentos de intransigencia más rabiosos.

A su derecha, deslizándose y enderezándose alternativamente, en sus respectivas localidades, se encontraban un hombre y una mujer de mediana edad. Saltaba a la vista que estaban casados. Un matrimonio de tantos. Ella, con aspecto dusto y autoritario. El, con aire sumiso y apocado, miraba a sus congéneres como diciendo: «si se atreve, llévele la contraria a mi costilla y verá lo que es bueno.»

«Cuéntame los latidos, Lorenzo», dijo la mujer.

«A ver», contestó el marido asiendo delicadamente la muñeca con una mano como un jamón.

Transcurrieron unos minutos durante los cuales Lorenzo no apartó los ojos del reloj. Por fin, con un vozarrón que sobresalió claramente por encima del relativo silencio provocado por la aparición del cartel, proclamó: «Vas a ciento veinticinco revoluciones.»

A pesar de la incomodidad y el calor del lugar, Martín comenzaba a disfrutar. Como inicio aquello no estaba mal. A su espalda, en otra fila de butaquitas gemelas, pero en amarillo, alguien dotado de una voz estridente, ponía por los suelos los medicamentos en general. Especialmente, a los destinados a la vía oral, no los tragaba.

Su compañero en el sedente suplicio, le daba la razón pero disentía en un pequeño detalle. «Las medicinas, todas, son una porquería. A pesar de ello, yo tengo mucha confianza en los excipientes, por ejemplo, con sabor a morcilla. De esta forma, no daría ninguna pereza repetir las tomas.»

«Mire, déjese de pamplinas. Donde esté una medicina para uso tópico…»

«Querrá usted decir utópico», interrumpió con timidez el amante de los excipientes.

«Yo no hablo jamás de política. Y menos con socialistas», cortó indignado el de la voz chillona, levantándose apresuradamente.

Después de aquello, Martín no pudo resistir más. Necesitaba descansar. Haciendo un esfuerzo, logró ponerse en pie y se dirigió a los servicios.

Dos viejecitos terminaban de secarse las manos, uno con el pañuelo y el otro que, aparentemente, no tenía, con el faldón de la camisa. Habían tenido que ingeniárselas, pues, allí no se veía ni rastro de toallas, servilletas de papel o, siquiera, esa maquinita infernal que, por medio de aire caliente, distribuye equitativamente la humedad sin reducirla.

«Si he de decirle lo que pienso de los médicos, tendremos que irnos a un descampado, no vayan a tener micrófonos instalados por aquí; tengo miedo a represalias», confesó uno de los viejos.

«Yo también. Como a los jubilados nos dan los medicamentos gratis, a lo peor, para ahorrar, nos recetan una mezcolanza de fresa y cianuro», aseveró el otro.

«¿Te acuerdas del hongo? Aquello era formidable. Y a mí me vino al pelo. Me curó varias cosas. Cuando tuve la ciática, lo de la próstata y después la glosopeda, quedé como nuevo. Y, además, sabía fenomenal.»

«Oye, oye. Eso de la glosopeda, ¿no es una enfermedad de las vacas?»

«¡Qué va, hombre! No estás tú mal vaca. La glosopeda es un mal que ataca las encías, te las pone rojas, sangran mucho y los dientes se te aflojan. Si lo sabré yo.»

«Bueno, yo, la verdad es que prefería la cirigüeña. Sabía a rayos, pero era de un efecto fulminante. A la primera toma yo empecé a notar que me picaban menos los sabañones. ¿Y para los dolores de estómago? Algo increíble.»

Los dos ancianos terminaron de enjugar las extremidades superiores y con talante nostálgico abandonaron aquel lugar poco apropiado para las confidencias. Allí no olía precisamente a Chanel nº 5.

Miniatura de Chanel nº 5

En el enrarecido ambiente permaneció flotando la última frase pronunciada por uno de los vejetes: «En Santander, había un curandero que llamaban el Brujo, que…»

Martín volvió a sumergirse en la olla de grillos, cada minuto más febrilmente agitada y, cuando dio con un asiento vacío, lo ocupó. Tan pronto como lo hizo, una mujerona dueña de varias papadas, le preguntó: «Y a usted, ¿qué le pasa?»

«A mí, nada, ¿por qué?»

«Entonces, vendrá a recoger una receta, ¿no?»

En aquel momento, Martín comprendió que se le ofrecía en bandeja una nueva vía de diversión. ¿Por qué limitarse a escuchar cuando podía contribuir a crear mayor confusión?

Así que, sin dudarlo un instante, respondió de una tirada:

«¿Tanto se me nota? Pues sí. La verdad es que tengo cartilla de desplazado. El médico de Alcalá de Henares, me dijo que podía solicitar una receta aquí.»

«Bueno, pero, ¿qué enfermedad padece?»

«Tengo semántica hiperbólica.»

«Vaya por Dios. Y eso, ¿qué es?»

«Es un mal de la lengua.»

«¿Duele mucho?»

«Algunas veces, sí. Al pronunciar algunas palabras, sobre todo.»

«¿Por qué no prueba usted a hacer buches con un fervidillo de flor de saúco, manzanilla, romero y mejorana? Eso alivia muchísimo. Una hermana de mi consuegro tuvo un divieso en salva sea la parte y…»

«¿Pero, señora, ¿qué tiene que ver el trasero con la lengua?»

«Nada, nada. Usted pruebe y verá que alivio va a notar.»

Martín pareció aceptar el desinteresado consejo de su naturista interlocutora y, so pretexto de estirar las piernas, se levantó, caminó unos pasos y, procurando ocultarse entre la multitud, salió a la calle.

Se sentía muy feliz y un gozo inefable parecía poner alas en sus pies. Había encontrado una verdadera mina de humor cuya explotación sería cómoda y divertida.

A partir de aquel día podía ser, a voluntad, público y actor. Era cierto que por su actuación no percibiría ni un céntimo pero también era verdad que no le costaría una peseta contemplar la representación de los demás.

Alegremente pero con toda seriedad decidió dos líneas de conducta que seguiría a rajatabla. Jamás sería presa de una nueva depresión y nunca volvería a trabajar por cuenta ajena.

Si encontraba un trabajo cualquiera sería dado de alta inmediatamente en el Seguro Obligatorio de Enfermedad; y eso nunca.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987

La invasión

Cuando comenzaron a llegar, lo hicieron por millones. Y lo extraño  del caso es que su aparición se produjo simultáneamente en todas partes. Con absoluta independencia del clima que en aquel momento reinara en cada continentes, indiferentes al tórrido calor africano y a los helados vientos siberianos, como sacudiendo puntuales a una cita previa, surgieron de lo alto y, con suavidad, tomaron tierra.

Inmediatamente, comenzaron a  propalarse los más fantásticos rumores y las teorías más atrevidas que aseguraban se trataba de una nueva plaga, que eran producto lógico de las últimas experiencias nucleares. No faltaron las declaraciones de algunas sectas religiosas que coincidían en afirmar que representaban el anuncio de la venida del anticristo a la que seguiría, en plazo muy breve, el fin del mundo.

Las emisoras de radio facilitaban frecuentes boletines informativos describiendo vívidamente el extraño fenómeno. Por su parte, las estaciones de T.V. emitían imágenes que poca gente se tomaba la molestia de contemplar pues resultaba más interesante hacerlo desde cualquier ventana. En cuestión de minutos, la tierra entera se encontró cubierta de bellísimas mariposas.

Su repentina presencia planteaba varios interrogantes que los especialistas más distinguidos eran incapaces de responder. Para empezar, pertenecían a una variedad desconocida y sus características principales no se asemejaban a ninguna de las más de cien mil especies de lepidópteros clasificados y estudiados.

¿Cómo no había sido visto nunca, antes de aquel momento, ni un solo ejemplar? ¿Por qué no se posaban, ni por un instante, sobre el cristal o encima de un ser vivo? ¿Por qué razón se dejaban captura o morir sin realizar un movimiento de huida?

Al observarlas detenidamente, se comprobó que no realizaban la función de alimentarse. Al ser analizadas en laboratorios el desconcierto y la extrañeza no tuvo límites. Los elementos químicos que constituían sus cuerpos no respondían a reactivo alguno. No pudo saberse cuál era su composición.

Mariposa

Mariposa

Pero no era ésta la única sorpresa que la repentina invasión de las mariposas suscitaba entre los científicos de todo el orbe.

No era menos inconcebible el hecho de que, cuando una mariposa era aplastada, otra viva venía a sustituirla de inmediato como surgiendo de la nada.

La primera consecuencia agradable originada por la pacífica irrupción fue la absoluta desaparición de los horrendos vertederos, basureros y parques de almacenamiento de carbones y cenizas. Allí, donde hacía pocas horas la vista no alcanzaba a ver otra cosa que repulsivos detritus, se produjo una radical transformación. Aquel era un auténtico festival de color que las gentes se gozaban en contemplar.

En lugares baldíos desde siempre, en los que no crecía otra vegetación que ortigas, cactus y juncos, en pocas semanas se elevaron frondosos árboles, cuyos frutos, comestibles como se comprobó algún tiempo después, no habían sido cultivados antes por agricultor alguno. Esto mismo sucedió en tierras desérticas invadidas por la arena desde siglos antes.

La segunda sorpresa, la constituyó el elevado número de calorías y el contenido vitamínico de los distintos frutos de reciente aparición, que venían a aumentar de manera enormemente significativa los escasos recursos alimentarios disponibles.

En las Naciones Unidas, se creó una comisión especialmente encargada de estudiar cuanto se relacionase con el raro suceso, pues se temía que, con el paso del tiempo, pudiese causar algún problema de tipo sanitario o genético de consecuencias incalculables e irremediables.

Formaban parte de la numerosa comisión científicos destacado en los más variados campos de la investigación en todas las ramas del saber; y, ningún país se encontraba sin representación en ella. Habían sido puestos a su disposición cuantiosos recursos y la colaboración entre las naciones, incluso las que hasta entonces se tenían por enemigas, era sincera e incondicional. Parecía como si la amenaza de un peligro desconocido hubiese hecho olvidar rencillas reales o imaginarias, surgidas, muchas veces, de la persecución de intereses económicos y políticos, despojadas en aquella hora de su ficticia trascendencia.

Pero, a pesar de las increíbles facilidades de todo tipo con que contaba, los primeros resultados logrados por la comisión, fueron desalentadores. No era posible conocer la procedencia de las mariposas. Como organismos vivos, constituían un conjunto de contrasentidos. Carecían de algunos atributos inherentes a todo ser viviente. Los instintos de conservación, reproducción y nutrición brillaban por su ausencia.

Contrariamente a lo que sucede en la muerte de cualquier entidad animal, la descomposición de las aladas visitantes se producía en medio de un agradable aroma. Los investigadores se encontraban ante un hecho aparentemente imposible. ¡La corrupción de materia orgánica sin putrefacción! Aquello era inadmisible y, sin embargo, se estaba dando ante sus ojos.

A pesar de los fracasos iniciales, la comisión estaba resuelta a desentrañar los misterios que la llegada de aquellos seres había planteado aunque, en realidad, la tarea era abrumadora.

Los especialistas en temas climáticos comenzaron a observar que, en general, las condiciones atmosféricas habían empezado a cambiar. Especialmente, en aquellas zonas en las que las temperaturas habían venido siendo más rigurosas, éstas mostraban una clara dulcificación. Aún admitiendo la relativa influencia de la rápida y espontánea repoblación forestal en un nuevo régimen de lluvias, allí tenía que haber algo más.

La polución y la degradación del medio ambiente, hasta entonces caballo de batalla de unos pocos, se convirtió en preocupación a todos los niveles. El interés por la conservación de la naturaleza, como legado de las generaciones actuales a las venideras, alcanzó tales extremos, que cayó en desuso la declaración de parques, reservas y especies protegidas. Todo ser vegetal y animal era cuidadosamente preservado, no sólo de la extinción, sino también del deterioro.

Orquídea, Mariposa

Orquídea, Mariposa

Voluntariamente, industrias, fábricas y talleres renunciaron a continuar con los vertidos y la producción de humos.

Por otra parte, la Organización Mundial de la Salud, en sus periódicos boletines acerca de la situación sanitaria, cautamente al principio, y con claro optimismo más adelante, informó de la mejora que había experimentado la salud, tanto mental como física, de los habitantes del globo. Sus delegaciones venían comunicando, primero un estancamiento y después, una disminución en el consumo de drogas blandas y duras.

¿Sería posible, se preguntaban los hombres de ciencia, que la presencia de las mariposas fuese la causa de aquel increíble cambio en las condiciones de vida que últimamente habían sufrido tan visibles daños?

Por el momento, y a falta de pruebas reales en que apoyar la teoría, sería más prudente y científico no emitir juicios.

Al mismo tiempo que se producián estos hechos, sucedían otros de mayor importancia para el futuro del género humano. La cooperación internacional, iniciada a gran escala -aunque únicamente para presentar frente común a lo que podía ser una amenaza general- emprendió un nuevo camino en el que, insensiblemente, se fue pasando de un campo a otro hasta que, pronto, los responsables máximos en todos los países de la tierra se vieron obligados a aceptar que las cosas marchaban mejor admitiendo la manifestación de lo más sano del hombre.

Quienes buscaban la satisfacción de su propio egoísmo, los intolerantes, los soberbios, los orgullosos, fueron apartados y sus lugares, al frente de los destinos de cada nación, ocupados por hombres y mujeres que veían en los demás seres dignos de respeto, comprensión y amor.

Aquello fue la muerte de los que, fabricando armas, adquirían riquezas a precio de muerte. Y fue la vida para muchos millones de desgraciados sin otro horizonte, hasta entonces, que la desintegración en la miseria, el hambre y la ignorancia sin esperanza ni dignidad.

El género humano dió principio a una etapa en la que el estudio era una forma de adquirir conocimientos, no títulos; las artes, un regalo para el espíritu, no una vía de escape para aspirantes al asombro ajeno; el trabajo, una necesidad, no un tormento, y la consideración hacia los demás, algo innato y no impuesto.

Cuando, en el futuro, se escribiese una historia universal debería abandonarse la vieja costumbre de que cada nación ensalzase a sus hijos en detrimento de los de sus rivales. La crónica de los hechos pasados sería la narración de una lucha común de la humanidad contra la enfermedad, el dolor, el atraso y las catástrofes naturales.

Habían pasado cincuenta años y en la tierra se disiparon totalmente los vestigios de las últimas querellas. Las añejas heridas habían sido restañadas.  Las armas reposaban en los museos como anacrónicas muestras de la estúpida brutalidad humana.

En el palacio presidencial de un lejano planeta, en la junta de gobierno de una raza muy distinta a la nuestra, el rector máximo escuchaba los últimos informes que sus consejeros, uno tras otro, le facilitaban. La paz, el orden y el buen sentido continuaban reinando en la tierra. No existía el menor indicio de que la situación fuese a cambiar.

«Entonces -dijo lentamente el rector máximo- entiendo que la presencia de las mariposas en la distante tierra ya no es necesaria. Podemos ordenar su retirada.»

«Debemos felicitarnos -agregó- por haber decidido que nuestros enviados se  materializaran bajo la apariencia en que lo hicieron, y no con la nuestra. Hemos evitado ser la causa de una oleada de pánico de consecuencias fatales. Además, merced a nuestra actuación, ha sido lograda la supervivencia del último planeta poblado de la creación, a punto de autodestruirse.»

Pedro Martínez Rayón. Oviedo, 1987