Archivo del Autor: Mayte Bravo

Letra impresa

Julio Sueca había sido un maníaco de la literatura desde que llegó al convencimiento de que no se trataba de una broma de los mayores aquello de la p con la a, pa, y la b con la e, be.

En cuanto aprendió a leer, como si deseara recuperar los nueve meses perdidos antes de ser persona, leía cuanto se le ponía a tiro. Lo suyo en relación con la letra impresa, pasaba de afición para convertirse en vicio. Se encontraba «enganchado» a una droga contra la que aún no existía cura conocida.

Leía y leía sin darse punto de reposo. Poseía una memoria excelente y las notas del colegio hubieran satisfecho a progenitores mucho más exigentes que los que le habían tocado en suerte.

Sin embargo, ambos, pero en especial el padre, veían en aquella afición del retoño un peligro para sus intenciones de incorporarlo al negocio de carnicería que regentaban en propiedad.

El hijo finalizó con brillantez el bachillerato y se llevó el gran disgusto cuando le fue negada la autorización para cursar Filosofía y Letras. Lo más que consiguió, tras discusiones sin cuento, fue que le permitieran seguir la carrera de Económicas.

Aquello, le dijeron, estaba más relacionado con el despacho de filetes y criadillas que las rarezas de Kant y otros incomprensibles investigadores del pensamiento. Al fin y al cabo, cuando ellos faltaran, él debería colocarse el mandil y situarse detrás del mostrador. Entonces reconocerían la previsión de sus amantes padres que habían elegido para él lo más conveniente.

¡Cuánto mejor era para un carnicero saber cuantas son dos y dos que conocer los entresijos de la Crítica de la razón pura!

Los sentimientos de Julio al verse contrariado en lo que más anhelaba, estaban más cerca de la desesperación que de la resignación. Pero, buen hijo ante todo, hizo de tripas corazón -algo normal en el hogar de un carnicero- y estudió Económicas con tanto ahínco como si quisiera terminarlas para olvidarlas en el plazo más breve posible.

Sus estudios no le impedían dedicar algún tiempo a la lectura y en los ratos consagrados a los libros de evasión, no a los aburridísimos de texto, encontraba el único bálsamo que podía aliviar el tedio causado por estos últimos.

Un día, empujado no sabía por qué diablillo tentador, se sentó ante una hoja de papel en blanco. Quedó embobado contemplando la impoluta blancura de la cuartilla y experimentó la necesidad de cambiarla de condición. Aquel espacio vacío de todo contenido estaba pidiéndole en silencio que lo colmara de palabras.

Así que, obedeciendo la callada súplica, comenzó a escribir. Completó la hoja y luego otras dos o tres. No tenía ni idea del contenido del artículo, relato, cuento o lo que fuera. El caso es que escribió.

Aquellas cuartillas fueron el inicio de una actividad que, con el tiempo, llegaría a competir seriamente con la lectura. Escribía con la misma facilidad con que sus padres troceaban los costillares de las reses que esperaban -naturalmente muertas- en el enorme frigorífico.

No obstante, temeroso de que los carniceros vieran con malos ojos su nueva afición, la cultivó y mantuvo en secreto.

Pasaron los años y Julio finalizó la carrera. Con el permiso paterno buscó y consiguió colocación en la Compañía de Seguros y Reaseguros La Fourmie y allí vegetó aguardando la orden de incorporación al negocio familiar.

Llegó antes la del ejército, hizo la mili, se licenció y volvió al empleo en la Fourmie. Conoció a Carmen, se hicieron novios, se enfadaron, se reconciliaron, volvieron a reñir para siempre y se casaron.

Transcurrieron  cinco años sin que la cigüeña atendiera sus repetidos y entusiastas llamamientos, de manera que cuando, dos años después de la boda, los carniceros perdieron su interés, él por el Atlético de Madrid y ella por el encaje de bolillos, al quedarse dulcemente dormidos en el interior del frigorífico cuya puerta se hizo tan sorda a sus invocaciones como la zancuda a las de la joven pareja, aún no había descendencia.

Sueca sintió la desaparición de los autores de sus días, cómo no iba a sentirla, pero, al propio tiempo, experimentó un gran alivio al pensar que la amenaza del mostrador y el mandilón, por no hablar del repugnante olor a carne muerta, se esfumaba para siempre.

Traspasó por un buen puñado de pesetas el negocio heredado, adquirió doscientas resmas de papel tamaño folio y perseveró en la escritura, la lectura, la compañía de seguros y las apelaciones a París, por este orden de preferencia.

Ante Julio se dibujaba un porvenir que podía depararle lo que siempre había formado parte de sus sueños. Primero publicar algún artículo en los periódicos, luego llegar a las revistas de gran circulación. Después, acudir a concursos y certámenes literarios de cuentos o relatos cortos. Pasar a la final, ganar alguno de ellos. Darse a conocer y, por último, atreverse con una novela.

No pretendía vivir con el producto de la pluma. Sabía que era dificilísimo. Imposible, no siendo uno de los pocos consagrados a quienes tanto respetaba y, sobre todo, envidiaba.

«Pero yo», pensaba sin atreverse a comentarlo ni con su esposa, «estoy seguro de que tengo algo que decir y de que puedo hacerlo de manera correcta y amena».

Desde que tuvo la osadía de albergar tan optimista idea, se sumió en una verdadera orgía de escritura. Emborronaba cuartillas como si estuviera poseído de un frenesí y con el abundante producto de su trabajo, bombardeaba a todos los directores de periódicos, revistas y editoriales. Presentaba algo a cuantos concursos se convocaban en territorio nacional y aún llegó a enviar varios relatos breves a Méjico, Argentina y Venezuela.

El trabajo era agotador, pero él, feliz realizando la tarea para la que creía haber nacido, no lo advertía.

Por el contrario, su esposa se notaba relegada a un segundo plano. Sentirse menospreciada por papel y bolígrafo le sentaba francamente mal. Para colmo, le gustaban los niños y la falta de risas y lloros infantiles en aquel hogar siempre silencioso, en el que el único rumor era el producido por el rasgeo del instrumento de trabajo de su marido, acabó por atacarle los nervios.

La enfermedad fue agravándose de tal modo que la llevó al extremo de llenar de improperios a su esposo. Por cualquier nimiedad montaba escenas de tal patetismo que, si Julio no hubiera sido parte integrante de la tragedia, bien podían haberle servido de inspiración para escribir un crimoso drama que cualquier compañía de teatro hubiera acogido con los brazos abiertos.

La situación no se había deteriorado tanto que hiciera imposible las reconciliaciones nocturnas y éstas solían terminar en nuevos intentos de paternidad. Lástima que sin éxito.

Julio comprendió que Carmen sufría un trauma originado por el fracaso en la búsqueda del hijo deseado e intentó varias veces, sin convencerla, de que acudieran al médico. Él creía que debían someterse a reconocimiento, hacer análisis o lo que fuera. Cualquier cosa antes que continuar de aquella manera.

Carmen, exasperada, cometió la torpeza de responder que no. Que ella estaba segura de su normalidad y que si allí había alguien que no lo era, sería él, incapaz de darle un hijo. ¡Con lo sencillo que es!, terminó llorando a moco tendido.

El aspirante a novelista trató de no tomar las cosas por la tremenda. Argumentó, habló con paciencia y ternura. Pero la mansa actitud, obtuvo como único resultado encender aún más los ánimos de Carmen y, cuando en un último intento de mostrarse civilizado y comprensivo, sugirió la idea de adoptar un niño, la esposa, después de arrancarse violentamente un puñado de cabellos, se dirigió a la habitación que Julio utilizaba como escritorio y, en medio de histéricas carcajadas, comenzó a destrozar los escritos que encontró a su alcance.

Este hecho causó más dolor al aprendiz de escritor que las injurias que Carmen acababa de lanzarle a la cara. Sentía el mismo pesar que si contemplara cómo un bárbaro asesino despedazara a sus hijos.

Hombre razonable, quiso serlo hasta el fin y se abstuvo de intervenir. Carmen, una vez que redujo a pedacitos el paciente fruto de la labor de muchos días, fue calmándose y, finalmente, se acostó.

A la mañana siguiente, Julio mantuvo una seria conversación con el doctor Martín, médico de la compañía. Le contó lo que venía sucediendo en su casa y solicitó consejo profesional.

El doctor recomendó paciencia y tacto. Aseguró que sin la voluntaria colaboración de Carmen nada podía hacerse. Insistió en que, dado que los escritos de su marido parecían encender la mecha que hacía estallar sus accesos de furor, tenía dos caminos a elegir. Dejar de escribir o hacerlo fuera de casa. Además le sugirió que, transcurridos unos días y aprovechando un momento de calma, le hablara del caso verídic0 de la esposa de un amigo, el propio doctor Martín, que había pasado por el mismo trance y, sometida a un fácil tratamiento, tuvo dos hijos. Todo se arregló con una sencilla y breve aplicación de hormonas.

Para Julio, dejar de escribir sería como negarse a respirar. Por ello, decidió emborronar cuartillas en la misma oficina -después de las horas de trabajo- o en un café o en medio de la calle, pero continuaría con su vocación cayera quien cayera y pasara lo que pasara.

No cejaría en su empeño hasta que su nombre apareciera en letra impresa y fuera conocido. Hasta que alguna noticia sobre Julio Sueca Artime, en letras bien visibles, figurara en los diarios. Para eso llevaba esforzándose y dando la lata a medio mundo literario.

A partir de la conversación con el doctor Martín, no era raro que Julio llamara a su esposa desde la oficina y, por teléfono, el invento que ha sido mayor número de veces cómplice de trampas y mentiras que ningún otro, dijera Carmen que lo sentía pero el exceso de trabajo le obligaría a llegar a casa con tres horas de retraso.

Desde aquel momento trascendental, la producción literaria de Julio aumentó en cantidad y calidad. Allí se sentía tranquilo e inspirado. Estaba solo, pues los compañeros se iban tan pronto llegaba la hora de salida. El silencio lo transportaba a un mundo de fantasía.

Por otra parte, continuaba enviando a distintos órganos de prensa y a las editoriales más conocidas todo lo que producía. En aquel aspecto se sentía satisfecho.

Las relaciones con su esposa, por el contrario, no llevaban trazas de mejorar. Cierto que ella no había vuelto a sufrir nuevos accesos de furia como el causante de la hecatombe en la tarde aciaga, pero su actitud no cambiaba. Mantenía un aire reservado y frío, dando la impresión de que deseaba conservar las distancias indefinidamente.

Una noche, cuando ya se encontraban acostados -cada uno en su cama gemela- y la luz había sido apagada, Carmen, de pronto, exclamó con voz áspera:

– Si te crees que voy a consentir meter en mi casa al hijo de Dios sabe quién, estás muy equivocado. Yo sólo quiero lo mío. Y no vuelvas a insistir en ello.

Julio dejo pasar unos instantes en silencio. Luego, hablando suavemente, dijo:

– Hay otra solución; y no añadió nada más.

Pasaron más de diez minutos antes de que Carmen replicara con desgarro:

– Será alguna estupidez; como si lo viera. Tú, con todas tus novelerías y literatura barata, estás siempre en las nubes. Más te valiera ser más hombre y escribir menos. Es completamente imposible que me dejes en estado con el bolígrafo. Aunque, la verdad, algunas veces pienso que me resultaría más útil.

«Mejor será que me calle», pensó apesadumbrado Julio. «Si comienza con estas barbaridades, Dios sabe como vamos a terminar».

Se produjo otra larga pausa antes de que Carmen, al no obtener respuesta a su exhibición de mal gusto, insistiera:

– ¿Vas a decir cuál es la otra solución o piensas dármela a conocer por escrito?

Julio contó mentalmente hasta cien y luego pasó a exponer el caso de la esposa del doctor Martín. Cuando finalizó, su compañera de habitación afirmó categóricamente:

– Hormonas, ¿eh? Tú lo que quieres es que me salga bigote.

Después de esta salida de tono, se hizo el silencio y, poco más tarde, la respiración acompasada de ambos contendientes invitaba a suponer que dormían. Pero no es cierto. Julio pensaba cómo enfocar el argumento de un relato cuyos personajes rondaban por su cerebro desde hacía algún tiempo negándose obstinadamente a permanecer estáticos ni un segundo, con lo que resultaba imposible enterarse de sus rasgos físicos y, mucho menos, de su modo de ser.

Carmen tampoco dormía. En su pobre cabeza se apelotonaban las imágenes de niños pequeños y parlanchines que, en interminable procesión, desfilaban ante ella llamándola mamá.

Antes de conciliar el sueño, se prometió que cuantos escritos de Julio cayeran en su poder irían a parar a la basura, lugar al que pertenecían por derecho propio.

A la mañana siguiente, Carmen, febrilmente, procedió a un minucioso registro del piso. No encontró absolutamente nada. Julio, temeroso de otra nueva purga, había trasladado a la oficina todo lo que no pereció en el arrebato destructor que tanto dolor le causó fechas antes.

Entre los papeles desaparecidos quizás se encontrara el que podía haberse convertido en la llave imprescindible para abrir la puerta que lleva a la fama. Podía haberse desvanecido la oportunidad del primer aldabonazo destinado a llamar la atención de la opinión pública.

Había que continuar sin desmayos; constancia y fe en sus posibilidades era lo único que precisaba. Estaba completamente seguro de que algún día…

Cuando aquella mañana, Carmen descendió al portal para salir de compras, abrió el buzón y retiró el correo. Como casi siempre, abundaban los folletos publicitarios; ofertas de gangas que, de ser ciertas, llevarían a la más abyecta ruina a sus anunciantes. Una carta de su madre informando que el reuma atacaba sin piedad. Y, cosa insólita, una misiva en cuyo sobre figuraba el membrete de La Voz de Galicia.

A la vista del hallazgo, olvidó lo que tenía que hacer en la calle. Apresuradamente volvió a ascender las escaleras y, encerrándose en el piso con llave y cerrojo, como si temiera la repentina llegada de su marido, desgarró de un tirón el inofensivo papel.

Comprobó, incrédula al principio y rindiéndose a la evidencia después, que el director del diario felicitaba a Julio por el acertado enfoque con que trataba las cuestiones que tocaba e, incluso, llegaba a calificar de admirable su estilo. Terminaba ofreciéndole una colaboración fija para la que el propio Julio encontraría, sin duda, el título apropiado.

La ira sentida por Carmen, que amenazaba ahogarla, constituía una prueba más del desvarío que ponía en peligro su débil razón.

Si su esposo llegaba a enterarse del contenido de aquella invitación, se convertiría en una persona auténticamente insufrible. Llegaría a aislarse aún más profundamente en el mundo aparte que había ido construyendo para él solo.

El orgullo, ante la realización de los sueños alimentados desde la niñez, harían de él otro hombre distinto. Y ella no deseaba otro hombre. Quería aquél. Bueno, quería, amaba a aquél precisamente, pero desligado de sus afanes literarios.

La confusión mental que experimentaba no le permitía percibir la contradicción. No comprendía que privar a Julio de la posibilidad de escribir era transformarlo en otro ser diferente. Deseaba desvincularlo de la literatura sin mudarlo en alguien distinto. Y aquello no era factible.

Repentinamente, tomó una decisión que puso en práctica sin tardanza. Hizo pedazos carta y sobre. Luego prendió fuego a los trozos y aventó las cenizas con meticulosidad. Nunca contribuiría a que su marido convirtiese en realidad sus ilusiones.

Pocos días después de haber llevado a cabo aquel acto indigno, achacable únicamente a su falta de lucidez mental, Carmen recibió una llamada telefónica desde la oficina de su esposo.

Hablaba el director de la delegación de La Fourme que, con sumo tacto y tras numerosos e interminables rodeos, confesó que Julio se encontraba mal. Había sufrido un ataque. Sí, para qué engañarla; la cosa parecía fea. El doctor Martín lo atendía y estaba haciendo cuanto podía. Nuevos circunloquios y, finalmente, extrañado de la serenidad con que la esposa acogía la penosa noticia, afirmó que el enfermo ya no podía empeorar. Había dejado de existir.

Los compañeros de trabajo y la dirección de la empresa ordenaron la inserción de sendas esquelas en dos de los diarios de mayor tirada de la provincia.

Por fin, Julio había logrado que el sueño que presidió toda su existencia se convirtiera en realidad.

Su nombre había aparecido en la prensa. Dos diarios se hicieron eco de sus últimas andanzas. Y con letras bien gordas. ¡En negrita!

Contra viento y María

Si alguna vez pudo decirse sin faltar a la verdad que los elementos se encontraban desatados, fue entonces. Aquella noche todos los nudos parecían haber sido deshechos y, como consecuencia, el viento huracanado alternaba con fortísimos aguaceros.

Cuando, al día siguiente -pues en plena tormenta el Observatorio Meteorológico tenía bastante con supervivir- se estudiaron registros y aparatos de medición, se supo que el viento había soplado a más de 100 km/h y que el agua recogida podría haber sido suficiente para acabar con la proverbial sed africana.

Circular por la calle, a pie, equivalía a una modalidad de suicidio sin patentar y, en automóvil era imposible pues la vía pública se hallaba repleta de los objetos más heterogéneos. Ventanas, con y sin cristales, restos retorcidos de carteles y anuncios, columnas de alumbrado y postes telefónicos habían formado una impenetrable y caprichosa jungla de obstáculos infranqueable sin la ayuda de un bulldozer.

A juzgar por la enorme cantidad de jardineras y maceteros que alfombraban aceras y calles, los habitantes de la ciudad deberían ser premiados como los más ardientes amantes de las flores de todo el país y, seguidamente, multados por su falta de precaución a la hora de adornar el exterior de sus balcones.

Un aficionado a la estadística de lo inusual se hubiera estremecido de gozo al ir anotando, trece tapaderas de retrete, seis fresqueras, veintidós orinales, doce sillas de comedor (de dos modelos diferentes), siete mangas de colar café, nueve lámparas de techo, dos somieres metálicos, una colección completa de «Roberto Alcázar y Pedrín» (cuidadosamente atada con bramante), una ristra de chorizos, seis estuches del piel conteniendo otras tantas dentaduras postizas, un enorme surtido de zapatos, botas y zapatillas (algunos ejemplares de un solo pie), doce colchones, treinta y un cojines y otras cosas mucho más que no cito porque odio la estadística.

Parecía imposible que el viento, por fuerte que soplara -y de verdad lo hacía- tuviera poder bastante para sacar de su escondrijo tan disparatada variedad de cosas extrañas. Más bien era como si los residentes de la castigada urbe, sintiéndose a salvo de miradas indiscretas, hubieran decidido realizar un zafarrancho general y desprenderse de cuanto les resultaba molesto a la vista. Era una epidémica versión de tirar la casa por la ventana. Los bomberos habían efectuado veinte salidas atendiendo angustiados SOS lanzados por aterrorizados vecinos temerosos de verse aplastados por los muros y techos de sus domicilios o de perecer ahogados por el agua, cuyo nivel ascendía incesantemente. Los inundados barrios de la parte baja estaban siendo desalojados a todo prisa entre las airadas protestas de los inquilinos que, incapaces de contener su indignación, dedicaban cortesanos piropos a la progenitora del alcalde y a toda la descendencia de la corporación municipal.

Una de las últimas casas del barrio, lindante con el descampado, era una vivienda de reducidas dimensiones, de planta baja y un piso. El agua alcanzaba ya más de medio metro. La construcción aparentaba ser tan frágil que parecía un milagro que se mantuviera en pie.

A la luz de los reflectores, pudo verse, encaramada en el tejado y aferrándose desesperadamente a la chimenea, una mujer que gritaba algo ininteligible a causa del ruido producido por los aullidos del viento y el gorgoteo de la lluvia.

De pronto, una de las paredes laterales se derrumbó arrastrando en su caída parte del tejado. El lienzo dejó al descubierto un dormitorio en el que, sobre una cama peligrosamente inclinada hacia el vacío, se encontraban varias gallinas y conejos. Cerca de la puerta, apoyadas una contra otra, como dándose mutuamente ánimo, dos cabras permanecían inmóviles.

Aprovechando el súbito silencio originada por la momentánea caída del viento, el jefe de bomberos gritó a través de un megáfono: «No tema. Ahora mismo la bajamos de ahí. Agárrese bien a la chimenea.»

La respuesta de la mujer en el tejado, llegó débil, pero claramente a quienes tomaban parte en la operación de salvamento:

«Como que me llamo María, que no me apeo de aquí, si no bajan primero a los animales.»

«Déjese de tonterías, señora», contestó el responsable.

Inmediatamente, los abnegados profesionales comenzaron a acercar una altísima escalera, pero su avance se vio detenido por las tejas que María, con determinación y mano certera, lanzaba contra su elevada posición.

Uno de los bomberos fue alcanzado en un hombro y hubo de ser evacuado a retaguardia. Otro recibió un tejazo en la cabeza y a no ser por el casco que lo protegía, hubiera pasado a engrosar la lista de bajas en cumplimiento del deber.

El jefe ordeno la suspensión provisional de la acción de rescate y María cesó de hostigar a sus aspirantes a liberadores. Parecía, allí arriba, un capitán de barco que se niega a abandonar cubierta mientras no haya sido puesta a salvo toda la tripulación.

Por fin, tras ímprobos esfuerzos, los animales fueron retirados del improvisado establo y, seguidamente, María consintió en ser bajada de su atalaya.

Cuando, al amanecer, el jefe de bomberos trataba de introducirse cuidadosamente en la cama sin despertar a su mujer, ésta, intranquila por la tardanza de su marido y dormida sólo a medias, dijo: «Ya era hora, Ramón. ¿Está todo arreglado?», Ramón, entre dos bostezos, respondió: «Sí, contra viento y María.»

«Pobrecito, estás hecho polvo. No sabes lo que dices», contestó la cariñosa esposa.

Y Ramón, dejándose arrebatar por la dulce llamada del sueño, fatigado hasta la extenuación, pero feliz, aún tuvo fuerzas para musitar con voz burlona:

«Contra viento y María…, viento y María…, María…»

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Quietud y silencio

No me atrevería a asegurar que Pablo era un auténtico «fenómeno de feria» pero, desde luego, algo había en él que no era absolutamente normal. el más lerdo está al cabo de la calle de que nuestro órgano del oído se encuentra en el interior de la oreja.

El caso de Pablo tenía, por lo menos, algo que los amantes de los enigmas considerarían digno de un prolongado recalentamiento cerebral, producto de trabajosa investigación en busca de la verdad.

Pablo no oía con el concurso del oído, sino con el del vientre.

Acepto que se hable con las tripas; también admito que se haga por los codos; conozco conferenciantes que hablan mezclando palabras y somníferos, de tal modo que no hay quien se libre de echar una cabezadita a los pocos minutos de escucharles.

Sin embargo, la ocurrencia de Pablo era única. Ir en su compañía por la calle y coincidir con un desfile militar o un atasco circulatorio podía llegar a convertirse en una experiencia dolorosa. El redoble de tambores, los trompetazos y los destemplados toques de claxón, le causaban tales espasmos en el abdomen, que se veía obligado a protegerlo con las manos. El paso de una motocicleta, contraviniendo las ordenanzas municipales a base de escape abierto, le dejaba para el arrastre, tanto que, acompañarle a su casa y meterle en la cama en compañía de una manta eléctrica se convertía en necesaria obra de caridad.

Cuando sus amigos, yo entre ellos, trataban de que confesara cómo y cuando había comenzado aquella extraña situación, Pablo eludía el tema con habilidad, seguramente fruto de la práctica, pero ante la insistencia y la obstinación de quienes, tal como le constaba, le apreciábamos, un día nos dijo:

«Hasta que fui a la mili, yo era un ser normal que utilizaba los oídos como todo el mundo. Llegué a media mañana al cuartel al que me habían destinado y no sonó ningún toque de corneta hasta la hora de comer, o sea, fagina, ¿recordáis? Yo estaba tumbado en el camastro que me asignaron y uno de mis compañeros de mili, al pasar a  mi lado, me dio unos golpecitos en la barriga, diciendo en tono de broma: «¿Qué, ésta no te dice nada?». »

«En aquel preciso instante comencé a escuchar el toque de fagina, muy mal interpretado por cierto, con las tripas. Desde entonces, me viene sucediendo lo mismo. Parece que todo estruendo repentino, rock duro, cohetes, claxons, escapes de motos, gritos y chillidos, me atacan el bandullo como si las tripas fuesen a hacer un nudo marinero».

Pablo confesaba estas cosas como si se sintiera avergonzado, como si hubiera cometido voluntaria y conscientemente algo muy feo.

«Lo que no acabo de entender -continuó- es por qué, cuando tocaban «paseo», no lo escuchaba con los pies. Mi permanencia en el ejército fue una verdadera tortura. Todo el cochino día con las entrañas revueltas y doloridas a causa de los cornetazos. En un momento de estupidez, me apunté a reconocimiento para comentar mi caso con el médico. Nunca lo hubiera hecho. Tan pronto como le relaté mis cuitas, el doctor me dijo secamente: «Conozco los síntomas. Se trata de algo muy serio, pero no se preocupe. En el ejército, disponemos de un remedio infalible. A ver, sanitario, tome nota. Nombrado para el servicio de letrinas. Creo que con un mes de tratamiento será suficiente».»

«Y agregó, dirigiéndose  a mí: «Realmente, es un aparatoso desorden de la pituitaria que corregiremos a base de constancia en la inhalación de efluvios fecales».»

Entonces, comprendimos la reticencia con que Pablo trataba cuanto se relacionaba con su original e involuntario procedimiento de escucha.

Pero nuestro amigo, en vena de confidencias, no se detuvo. Ya embalado, confesó el prolongado suplicio que representaba su cotidiano trabajo en una calderería, los Talleres metalúrgicos «Estruen-2».

Su vida laboral en aquella fábrica de ruidos había constituido, desde el primer instante, un auténtico tormento. Sus intestinos se rebelaban airadamente contra aquellas interminables jornadas de ocho horas que cada día iban sumándose hasta alcanzar cuarenta años de prisión en régimen abierto que, pronto, muy pronto, iba a finalizar por convertirse en una vida sin trabas ni obligaciones y, sobre todo, sin estrepitosos martillazos.

Pablo estaba a punto de ser jubilado y el hecho le producía tal alborozo que llegaba a causar la impresión de que lo que sucedería en breve plazo iba a ser algo tan placentero como el hecho de arrojar por la ventana, bien entrada la noche, los zapatos estrechos que nos han hecho polvo los pies desde primera hora de la mañana.

Sus cuatro hijos habían ido casándose sucesivamente y vivían por su cuenta y riesgo. Su mujer, un verdadero ángel de sexo femenino -conste que no deseo activar la polémica acerca del sexo de los ángeles-, conocía aquella rara dolencia y se esforzaba para que, al menos en el santuario del hogar, no hubiera de soportar el castigo injusto de unos oídos siempre en huelga.

Pronto, -pensaba Pablo- podré comenzar a poner en orden las colecciones de sellos, fotografías y postales… Sobre todo, leeré y escucharé música sin que nadie mi interrumpa. ¡Qué vidorra me voy a pegar! Parece mentira que, a estas alturas, un verdadero carroza, pueda decir que voy a iniciar una nueva vida.

Por fin llegó el gran día. Los compañeros de trabajo se empeñaron en que se les uniera para tomar unas copas de champagne como despedida y no tuvo más remedio que acceder para no pasar por desagradecido y antipático.

Cada ruidoso taponazo era como una bala que se le clavaba en las entrañas. Cuando, a las dos de la mañana, llegó a casa contempló sorprendido un vientre intacto en el que suponía iba a encontrar las sangrientas huellas de treinta y cinco impactos salidos de una ametralladora Thompson.

Y comenzó la gran vida, la nueva vida por la que había suspirado tantos años.

Pero había algo que no marchaba bien. Tan pronto como se disponía a recrearse leyendo, cómodamente sentado en su sillón preferido, no bien sonaban los primeros compases de uno de sus más queridos discos, cuando se preparaba para clasificar los sellos atesorados a los largo del tiempo, no fallaba; alguno de sus nietos, en ocasiones tres o cuatro, como por arte de magia, aparecía soltando gozosos chillidos y, sin ayuda de batidora, le hacía puré la fiesta.

Decidido, entonces, para evitar aquellas invasiones infantiles, siempre acompañadas de la inevitable agresión a su delicada zona estomacal, batirse en retirada, encerrándose en su dormitorio. Pero allí no era lo mismo. En primer lugar, la butaquita en que se sentaba no era tan cómoda como el sillón frailuno que ocupaba la salla de estar. Y luego, ¿de qué servía su vergonzosa fuga? El estrépito que causaban aquellos angelitos aporreando la puerta del reducto y reclamando a gritos su presencia, era aún más insufrible.

A los dos meses de soportar aquel feroz tratamiento de choque, Pablo comprendió que debía convertirse en uno de esos jubilados tristones, paseantes solitarios y sempiternos que, con las manos en la espalda, taciturnos y cariacontecidos, pueblan las calles y parques de todas las ciudades del mundo.

«Me transformaré en un caracol humano más -se dijo-; un caracol con el caparazón de mi amargo fracaso a cuestas.»

De pronto, se le iluminó el semblante. Una idea tranquilizadora se le había ocurrido. Con los ojos brillantes ante el placer que vislumbraba, musitó muy bajito:

«Dentro de poco tiempo, conseguiré la jubilación definitiva y ellos son aún muy jóvenes para seguirme a mi nuevo domicilio. Allí lograré alcanzar, por fin, la quietud y el silencio absolutos».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Pase a la sala de espera

Martín era un original a la fuerza, de igual modo que se encontraba en el paro; a la fuerza. La segunda circunstancia le había obligado a adoptar una postura poco frecuente en la vida y así, sin proponérselo, resultaba original.

Sentía desmedida afición por el teatro y el cine. Pero lo que, de verdad, constituía para él una atracción irresistible era el espectáculo de humor. Con excepción del crimen, estaba dispuesto a llegar a cualquier cosa con tal de ser testigo del hecho humorístico.

Y así, entre la espada de su incapacidad económica y la pared de sus deseos insatisfechos, cayó enfermo atacado de una fuerte depresión nerviosa que, en el plazo de breves días, le convirtió en una caricatura de si mismo.

No manifestaba interés por cosa alguna, su proverbial apetito desapareció por completo y permanecía hosco, encerrado en un limbo particular, tumbado en la cama con la persiana baja y la luz apagada.

Cerca de dos semanas transcurrieron hasta que la autoridad paterna se impuso y, como un fardo, Martín fue introducido en el coche y llevado a la consulta del más destacado psiquiatra de la ciudad.

El enfermo se empeñó en entrar en el despacho del médico sin ser acompañado por nadie y no reveló una palabra de lo hablado en la consulta. Las medicinas recetadas desaparecían discretamente lavabo abajo sin causar desperfectos visibles en el desagüe lo que confirmó la primera impresión de que el doctor sabía lo que se hacía y los medicamentos no eran perjudiciales.

Repitió la visita una semana más tarde y volvió de ella visiblemente recuperado. Decididamente, aquel galeno era una notabilidad, pensaron los familiares de Martín.

Se celebraron otras cuatro entrevistas más y, después de la última, el enfermo fue dado de alta. La depresión había remitido por completo y volvía a disfrutar de la vida, la comida dejó de ser un tormento y a ojos de Martín sus interlocutores perdieron el aspecto de antipáticos y crueles inquisidores.

Sin embargo, continuaba negándose obstinadamente a hablar del médico y a unirse al coro de alabanzas que sus padres entonaban incansables.

El ex-enfermo sabía que si había experimentado tan espectacular mejoría y tan rápida curación, el doctor no debía de ser acusado de lo que tenía todas las trazas de un milagro.

Ya antes de haber entrado en el despacho barrocamente decorado con una impresionante colección de diplomas, títulos y pergaminos otorgados por varias universidades nacionales y extranjeras, se había sentido un poquito aliviado.

La cita que le permitió asistir a la consulta por primera vez, se concertó a última hora, aprisa y corriendo. Por esa razón, pese a ser invocado el nombre de una amistad común, tuvo que permanecer en la sala de espera, muy concurrida, durante más de dos horas.

El famoso especialista era hombre meticuloso y concienzudo que formulaba infinidad de preguntas a cada paciente y no admitía respuestas monosílabicas.

Así  que Martín, en el primer momento molesto y después francamente divertido, tuvo la oportunidad de escuchar una serie de despropósitos que tuvieron a virtud de barrer de su mente las nubes pesimistas que le abrumaban.

A partir de la visita inicial, aguardó con impaciencia el día en que se produciría la siguiente y aquellos ratos hicieron más por su salud quebrantada que los más modernos fármacos de importación.

Cuando era introducido por la enfermera con cara de camello hidrópico en la sala siempre animada, tomaba asiento donde podía, adoptaba un continente austero y ausente que desanimaba a quienes sintieran la tentación de pegar la hebra y prestaba oído atengo a las habituales incoherencias comentadas en aquel lugar.

Su rostro impenetrable de tahur no dejaba adivinar ninguna de las impresiones que experimentaba. Pero interiormente, sin que nada delatara que en su ánimo se estaba produciendo un saludable cambio, una procesión de carcajadas homéricas sacudían y alejaban la indiferencia y el aplatamiento anímico en el que estaba sumido.

Luego, al regresar a casa, reflexionaba detenidamente en cuanto había escuchado y, de pronto, reía alegremente, como en otros tiempos.

Una tarde las risas fueron tan ruidosas que atrajeron a sus padres temerosos de que se hubiera vuelto completamnte loco. Martín los tranquilizó, asegurándoles que se encontraba mejor que nunca. De paso, aprovechó las circunstancias para agradecer cariñosamente su resuelta determinación de llevarle al médico. Los autores de sus días se retiraron safisfechos y despreocupados.

Una vez solo, el alegre parado reflexionó profundamente durante largo rato. Fruto de su meditación surgió una idea que, al día siguiente, puso en práctica.

A primera hora de la mañana, se dirigió al Colegio Oficial de Médicos, donde contaba con un amigo de la infancia. Este, después de múltiples dudas y vacilaciones, terminó por entregarle un grueso librote en el que figuraban clasificados por especialidades, todos los doctores colegiados de la capital de España.

La posesión del Nomenclátor le permitía realizar la segunda parte de su proyecto.

Aquella misma tarde, llamó por teléfono a la consulta de un oftalmólogo, el doctor Audino, y se enteró de las horas de recibo. De cuatro a ocho, por las tardes, y, por las mañanas, de diez y media a una y media, le respondieron, pero sería mejor que concertara una entrevista para evitar esperas molestas, añadieron previsoramente.

Pero Martín no accedió. Dijo que llamaría otro día, a primera hora. Naturalmente, no facilitó su nombre ni confesó que él, precisamente, quería esperar. Cuanto más, mejor.

Aquella tarde, a las cinco menos cuarto, se presentó en casa del doctor Audino. Dijo que deseaba ser recibido, que no tenía cita previa y que no tenía prisa alguna.

«Tiene usted diez personas delante», le informó la enfermera, invitándole a pasar a la sala de espera.

La habitación, como casi todas las destinadas a estos menesteres, tenía poca ventilación y su única ventana se abría a un angosto y tenebroso patio por el que ascendían arrastradas notas de un tango y los gimoteos de un niño.

Sobre dos mesitas bajas, un montón de revistas que nadie se molestaba en ojear, en parte debido a la poca luz de la que disfrutaban, y porque escuchar las conversaciones que se cruzaban entre quienes aguardaban requería menos esfuerzo.

Reinaba allí una atmósfera de templo pagano que parecía invitar a desnudar el alma ante los asistentes como en una pretérita confesión pública.

Precariamente sentado en una silla demasiado frágil para su amplia humanidad, como una enorme gallina sobre su palo, un buda humano pontificaba con atiplada voz. Las gafas ahumadas tras las que ocultaba los ojos le prestaban una apariencia extraña. Las manos regordetas cruzadas sobre el amplio vientre hacían pensar en la bendición urbi et orbe.

Hablaba con tonillo suficiente y despectivo y las otras nueve personas le escuchaban como debió ser escuchado en sus buenos tiempos el oráculo de Delfos. El gordo advertía el respeto que producían sus palabras y, mezquinamente, se aprovechaba de aquel hecho para no tolerar interferencias.

Cuando Martín entró, el obeso orador decía: «Pues, como aseguraba cuando la llegada de este joven ha venido a interrumpirme…»

«Usted perdone», se atrevió a decir el recién llegado.

«¿Qué he de perdonarle?», quiso saber un poco inseguro el conferenciante.

«Pues, que le haya cortado el rollo, naturalmente», contestó Martín en tono zumbón.

El otro, más mosca aún, optó por no acusar recibo de la intemperancia y prosiguió:

«Sí, en casos de quistes conjuntivales ya desactivados y para terminar con derrames subsidiarios, no hay nada como la Dexametasona Constrictor. Su fórmula es un verdadero hallazgo: dexametasona fosfato sódico 1 mg.; cloranfenicol  (succinato sódico) 7,3 mg., tetrizolina clorhidrato 0,5 mg. y vehículo coloidal c.s.p. 1 ml.»

Después de soltar la retahila de nombres incomprensibles, el adiposo vademecum permaneció unos instantes en silencio, volvió a tomar la palabra y añadió:

«No es que tenga nada contra el colirio oculos, vasoconstrictor antibiótico. Reconozco sus virtudes, pero, los antibióticos tiene sus inconvenientes…»

Lo que iba a seguir quedó en el aire, pues uno de los que aguantaban con estoicismo el didáctico chaparrón intervino para decir:

«Ya sé, ya sé; se refiere usted al shock «anaprofiláctico»…»

Como movida por un resorte, la diminuta fémina que ocupaba la silla inmediata a la de Martín, se puso en pie y, con una dignidad nada consonante con su exiguo tamaño, exclamó:

No estoy dispuesta a tolerar que ante una señora como yo, se pronuncien palabras tan soeces como la que acabo de escuchar.»

El culpable, fijó la vista en el suelo y se hundió en su asiento.

El gordinflón cambio de color y, visiblemente azorado, optó por permanecer en silencio.

Martín, algo verde aún en aquellas situaciones, se disponía a levantarse para abandonar la sala de espera cuando unas palabras pronunciadas muy cerca le hicieron desistir. Aguzó el oído y se inclinó hacia delante con curiosidad.

Frente a él, sentadas en un diván, tres personas cuchicheaban. Una, joven y bonita; otra, viejecita vestida de negro, con la barbilla apoyada en la empuñadura del bastón y la tercera, un hombrón con erizados cabellos entrecanos cortados a cepillo. Este último estaba en el uso de la palabra.

«…hace más de cinco años. Y, aunque parezca imposible, quedé fenomenal. Lo recuerdo perfectamente. Yo me encontraba, de pie, en una pila de troncos sobre la que, con una grúa, iban depositando los que descargaban de un enorme  camión. De pronto, la cadena se rompió y, al soltarse, el madero que colgaba se desprendió y me propinó un tremendo golpe en el rostro. Sentí un dolor agudísimo pero, sacando fuerzas de flaqueza, llevé la mano a la cara. Enseguida advertí que me faltaba el ojo derecho. Mis compañeros me apoyaron contra un árbol, a la sombra y, diligentes, iniciaron la búsqueda. Tuvieron que remover toda la pila de troncos pues el ojo se había colado hacia el fondo del montón. Tres horas más tarde apareció. Se encontraba bastante sucio, pero con agua del botijo y un pañuelo no muy limpio, lo dejaron bastante presentable. Luego, me metieron en una furgoneta y me llevaron a la ciudad. En total habían transcurrido unas seis horas. Sin embargo, en el hospital estaban acostumbrados a cosas por el estilo; en diez minutos volvieron a colocarme el ojo y Santas Pascuas. Todo en orden.»

«¡Santo Dios!» -articuló trabajosamente la viejecita. Pero, ¿cómo es posible? Y, ¿veía usted bien?»

«Por el otro ojo, sí, estupendamente -respondió tranquilo el accidentado. Por el que me habían vuelto a poner, nada en absoluto, como siempre. Como era de cristal…»

Martín, reprimiendo a duras penas la carcajada, se apresuró a batirse en retirada. Le dijo a la enfermera que volvería, pues había recordado una cita importante a la que no podía faltar.

Al día siguiente era sábado, jornada que todo especialista que se precie dedica a pescar, cazar o hacer encaje de bolillos. Así que Martín, no deseando perder una sola fecha, hubo de conformarse con el Seguro de Enfermedad y, ya metido en gastos, acudió a uno de los Ambulatorios más concurridos de Madrid.

La sala de espera venía a ser como la de la Estación de Chamartín, pero mas ruidosa y concurrida. Para hacerse oír todo el mundo hablaba a gritos, lo que obligaba a subir conjuntamente el tono. Cuando el pandemonium alcanzaba su cénit, el celador, embutido en su bata primitivamente blanca, intentaba restablecer el silencio y, como su voz individual no podía elevarse por encima del enloquecido orfeón, volvía a introducirse en su garita y salía de nuevo enarbolando una pancarta en la que los no iletrados podían leer: SE CALLEN.

Monótonamente, la pauta griterío-cartelón-griterío, se repetía cada diez minutos. El de la bata blanca cumplía su misión con la misma fe en el resultado de sus esfuerzos que quien espera una reducción de los impuestos.

Martín se encontraba físicamente mal. Aquel barullo le desconcertaba. Después de buscar infructuosamente dónde tomar asiento, advirtió que estaba libre una de esas sillas anatómicas de plástico que hacen innecesaria la calefacción y logran para sus usuarios más jóvenes la calificación de inútil total para el servicio militar.

Luego de renunciar definitivamente a permanecer sentado en la postura deseada, pues resbalaba continuamente, prestó oído a lo que se gritaba en las cercanías de su silla, modelo diseñado por la Inquisición en uno de sus momentos de intransigencia más rabiosos.

A su derecha, deslizándose y enderezándose alternativamente, en sus respectivas localidades, se encontraban un hombre y una mujer de mediana edad. Saltaba a la vista que estaban casados. Un matrimonio de tantos. Ella, con aspecto dusto y autoritario. El, con aire sumiso y apocado, miraba a sus congéneres como diciendo: «si se atreve, llévele la contraria a mi costilla y verá lo que es bueno.»

«Cuéntame los latidos, Lorenzo», dijo la mujer.

«A ver», contestó el marido asiendo delicadamente la muñeca con una mano como un jamón.

Transcurrieron unos minutos durante los cuales Lorenzo no apartó los ojos del reloj. Por fin, con un vozarrón que sobresalió claramente por encima del relativo silencio provocado por la aparición del cartel, proclamó: «Vas a ciento veinticinco revoluciones.»

A pesar de la incomodidad y el calor del lugar, Martín comenzaba a disfrutar. Como inicio aquello no estaba mal. A su espalda, en otra fila de butaquitas gemelas, pero en amarillo, alguien dotado de una voz estridente, ponía por los suelos los medicamentos en general. Especialmente, a los destinados a la vía oral, no los tragaba.

Su compañero en el sedente suplicio, le daba la razón pero disentía en un pequeño detalle. «Las medicinas, todas, son una porquería. A pesar de ello, yo tengo mucha confianza en los excipientes, por ejemplo, con sabor a morcilla. De esta forma, no daría ninguna pereza repetir las tomas.»

«Mire, déjese de pamplinas. Donde esté una medicina para uso tópico…»

«Querrá usted decir utópico», interrumpió con timidez el amante de los excipientes.

«Yo no hablo jamás de política. Y menos con socialistas», cortó indignado el de la voz chillona, levantándose apresuradamente.

Después de aquello, Martín no pudo resistir más. Necesitaba descansar. Haciendo un esfuerzo, logró ponerse en pie y se dirigió a los servicios.

Dos viejecitos terminaban de secarse las manos, uno con el pañuelo y el otro que, aparentemente, no tenía, con el faldón de la camisa. Habían tenido que ingeniárselas, pues, allí no se veía ni rastro de toallas, servilletas de papel o, siquiera, esa maquinita infernal que, por medio de aire caliente, distribuye equitativamente la humedad sin reducirla.

«Si he de decirle lo que pienso de los médicos, tendremos que irnos a un descampado, no vayan a tener micrófonos instalados por aquí; tengo miedo a represalias», confesó uno de los viejos.

«Yo también. Como a los jubilados nos dan los medicamentos gratis, a lo peor, para ahorrar, nos recetan una mezcolanza de fresa y cianuro», aseveró el otro.

«¿Te acuerdas del hongo? Aquello era formidable. Y a mí me vino al pelo. Me curó varias cosas. Cuando tuve la ciática, lo de la próstata y después la glosopeda, quedé como nuevo. Y, además, sabía fenomenal.»

«Oye, oye. Eso de la glosopeda, ¿no es una enfermedad de las vacas?»

«¡Qué va, hombre! No estás tú mal vaca. La glosopeda es un mal que ataca las encías, te las pone rojas, sangran mucho y los dientes se te aflojan. Si lo sabré yo.»

«Bueno, yo, la verdad es que prefería la cirigüeña. Sabía a rayos, pero era de un efecto fulminante. A la primera toma yo empecé a notar que me picaban menos los sabañones. ¿Y para los dolores de estómago? Algo increíble.»

Los dos ancianos terminaron de enjugar las extremidades superiores y con talante nostálgico abandonaron aquel lugar poco apropiado para las confidencias. Allí no olía precisamente a Chanel nº 5.

Miniatura de Chanel nº 5

En el enrarecido ambiente permaneció flotando la última frase pronunciada por uno de los vejetes: «En Santander, había un curandero que llamaban el Brujo, que…»

Martín volvió a sumergirse en la olla de grillos, cada minuto más febrilmente agitada y, cuando dio con un asiento vacío, lo ocupó. Tan pronto como lo hizo, una mujerona dueña de varias papadas, le preguntó: «Y a usted, ¿qué le pasa?»

«A mí, nada, ¿por qué?»

«Entonces, vendrá a recoger una receta, ¿no?»

En aquel momento, Martín comprendió que se le ofrecía en bandeja una nueva vía de diversión. ¿Por qué limitarse a escuchar cuando podía contribuir a crear mayor confusión?

Así que, sin dudarlo un instante, respondió de una tirada:

«¿Tanto se me nota? Pues sí. La verdad es que tengo cartilla de desplazado. El médico de Alcalá de Henares, me dijo que podía solicitar una receta aquí.»

«Bueno, pero, ¿qué enfermedad padece?»

«Tengo semántica hiperbólica.»

«Vaya por Dios. Y eso, ¿qué es?»

«Es un mal de la lengua.»

«¿Duele mucho?»

«Algunas veces, sí. Al pronunciar algunas palabras, sobre todo.»

«¿Por qué no prueba usted a hacer buches con un fervidillo de flor de saúco, manzanilla, romero y mejorana? Eso alivia muchísimo. Una hermana de mi consuegro tuvo un divieso en salva sea la parte y…»

«¿Pero, señora, ¿qué tiene que ver el trasero con la lengua?»

«Nada, nada. Usted pruebe y verá que alivio va a notar.»

Martín pareció aceptar el desinteresado consejo de su naturista interlocutora y, so pretexto de estirar las piernas, se levantó, caminó unos pasos y, procurando ocultarse entre la multitud, salió a la calle.

Se sentía muy feliz y un gozo inefable parecía poner alas en sus pies. Había encontrado una verdadera mina de humor cuya explotación sería cómoda y divertida.

A partir de aquel día podía ser, a voluntad, público y actor. Era cierto que por su actuación no percibiría ni un céntimo pero también era verdad que no le costaría una peseta contemplar la representación de los demás.

Alegremente pero con toda seriedad decidió dos líneas de conducta que seguiría a rajatabla. Jamás sería presa de una nueva depresión y nunca volvería a trabajar por cuenta ajena.

Si encontraba un trabajo cualquiera sería dado de alta inmediatamente en el Seguro Obligatorio de Enfermedad; y eso nunca.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987

La invasión

Cuando comenzaron a llegar, lo hicieron por millones. Y lo extraño  del caso es que su aparición se produjo simultáneamente en todas partes. Con absoluta independencia del clima que en aquel momento reinara en cada continentes, indiferentes al tórrido calor africano y a los helados vientos siberianos, como sacudiendo puntuales a una cita previa, surgieron de lo alto y, con suavidad, tomaron tierra.

Inmediatamente, comenzaron a  propalarse los más fantásticos rumores y las teorías más atrevidas que aseguraban se trataba de una nueva plaga, que eran producto lógico de las últimas experiencias nucleares. No faltaron las declaraciones de algunas sectas religiosas que coincidían en afirmar que representaban el anuncio de la venida del anticristo a la que seguiría, en plazo muy breve, el fin del mundo.

Las emisoras de radio facilitaban frecuentes boletines informativos describiendo vívidamente el extraño fenómeno. Por su parte, las estaciones de T.V. emitían imágenes que poca gente se tomaba la molestia de contemplar pues resultaba más interesante hacerlo desde cualquier ventana. En cuestión de minutos, la tierra entera se encontró cubierta de bellísimas mariposas.

Su repentina presencia planteaba varios interrogantes que los especialistas más distinguidos eran incapaces de responder. Para empezar, pertenecían a una variedad desconocida y sus características principales no se asemejaban a ninguna de las más de cien mil especies de lepidópteros clasificados y estudiados.

¿Cómo no había sido visto nunca, antes de aquel momento, ni un solo ejemplar? ¿Por qué no se posaban, ni por un instante, sobre el cristal o encima de un ser vivo? ¿Por qué razón se dejaban captura o morir sin realizar un movimiento de huida?

Al observarlas detenidamente, se comprobó que no realizaban la función de alimentarse. Al ser analizadas en laboratorios el desconcierto y la extrañeza no tuvo límites. Los elementos químicos que constituían sus cuerpos no respondían a reactivo alguno. No pudo saberse cuál era su composición.

Mariposa

Mariposa

Pero no era ésta la única sorpresa que la repentina invasión de las mariposas suscitaba entre los científicos de todo el orbe.

No era menos inconcebible el hecho de que, cuando una mariposa era aplastada, otra viva venía a sustituirla de inmediato como surgiendo de la nada.

La primera consecuencia agradable originada por la pacífica irrupción fue la absoluta desaparición de los horrendos vertederos, basureros y parques de almacenamiento de carbones y cenizas. Allí, donde hacía pocas horas la vista no alcanzaba a ver otra cosa que repulsivos detritus, se produjo una radical transformación. Aquel era un auténtico festival de color que las gentes se gozaban en contemplar.

En lugares baldíos desde siempre, en los que no crecía otra vegetación que ortigas, cactus y juncos, en pocas semanas se elevaron frondosos árboles, cuyos frutos, comestibles como se comprobó algún tiempo después, no habían sido cultivados antes por agricultor alguno. Esto mismo sucedió en tierras desérticas invadidas por la arena desde siglos antes.

La segunda sorpresa, la constituyó el elevado número de calorías y el contenido vitamínico de los distintos frutos de reciente aparición, que venían a aumentar de manera enormemente significativa los escasos recursos alimentarios disponibles.

En las Naciones Unidas, se creó una comisión especialmente encargada de estudiar cuanto se relacionase con el raro suceso, pues se temía que, con el paso del tiempo, pudiese causar algún problema de tipo sanitario o genético de consecuencias incalculables e irremediables.

Formaban parte de la numerosa comisión científicos destacado en los más variados campos de la investigación en todas las ramas del saber; y, ningún país se encontraba sin representación en ella. Habían sido puestos a su disposición cuantiosos recursos y la colaboración entre las naciones, incluso las que hasta entonces se tenían por enemigas, era sincera e incondicional. Parecía como si la amenaza de un peligro desconocido hubiese hecho olvidar rencillas reales o imaginarias, surgidas, muchas veces, de la persecución de intereses económicos y políticos, despojadas en aquella hora de su ficticia trascendencia.

Pero, a pesar de las increíbles facilidades de todo tipo con que contaba, los primeros resultados logrados por la comisión, fueron desalentadores. No era posible conocer la procedencia de las mariposas. Como organismos vivos, constituían un conjunto de contrasentidos. Carecían de algunos atributos inherentes a todo ser viviente. Los instintos de conservación, reproducción y nutrición brillaban por su ausencia.

Contrariamente a lo que sucede en la muerte de cualquier entidad animal, la descomposición de las aladas visitantes se producía en medio de un agradable aroma. Los investigadores se encontraban ante un hecho aparentemente imposible. ¡La corrupción de materia orgánica sin putrefacción! Aquello era inadmisible y, sin embargo, se estaba dando ante sus ojos.

A pesar de los fracasos iniciales, la comisión estaba resuelta a desentrañar los misterios que la llegada de aquellos seres había planteado aunque, en realidad, la tarea era abrumadora.

Los especialistas en temas climáticos comenzaron a observar que, en general, las condiciones atmosféricas habían empezado a cambiar. Especialmente, en aquellas zonas en las que las temperaturas habían venido siendo más rigurosas, éstas mostraban una clara dulcificación. Aún admitiendo la relativa influencia de la rápida y espontánea repoblación forestal en un nuevo régimen de lluvias, allí tenía que haber algo más.

La polución y la degradación del medio ambiente, hasta entonces caballo de batalla de unos pocos, se convirtió en preocupación a todos los niveles. El interés por la conservación de la naturaleza, como legado de las generaciones actuales a las venideras, alcanzó tales extremos, que cayó en desuso la declaración de parques, reservas y especies protegidas. Todo ser vegetal y animal era cuidadosamente preservado, no sólo de la extinción, sino también del deterioro.

Orquídea, Mariposa

Orquídea, Mariposa

Voluntariamente, industrias, fábricas y talleres renunciaron a continuar con los vertidos y la producción de humos.

Por otra parte, la Organización Mundial de la Salud, en sus periódicos boletines acerca de la situación sanitaria, cautamente al principio, y con claro optimismo más adelante, informó de la mejora que había experimentado la salud, tanto mental como física, de los habitantes del globo. Sus delegaciones venían comunicando, primero un estancamiento y después, una disminución en el consumo de drogas blandas y duras.

¿Sería posible, se preguntaban los hombres de ciencia, que la presencia de las mariposas fuese la causa de aquel increíble cambio en las condiciones de vida que últimamente habían sufrido tan visibles daños?

Por el momento, y a falta de pruebas reales en que apoyar la teoría, sería más prudente y científico no emitir juicios.

Al mismo tiempo que se producián estos hechos, sucedían otros de mayor importancia para el futuro del género humano. La cooperación internacional, iniciada a gran escala -aunque únicamente para presentar frente común a lo que podía ser una amenaza general- emprendió un nuevo camino en el que, insensiblemente, se fue pasando de un campo a otro hasta que, pronto, los responsables máximos en todos los países de la tierra se vieron obligados a aceptar que las cosas marchaban mejor admitiendo la manifestación de lo más sano del hombre.

Quienes buscaban la satisfacción de su propio egoísmo, los intolerantes, los soberbios, los orgullosos, fueron apartados y sus lugares, al frente de los destinos de cada nación, ocupados por hombres y mujeres que veían en los demás seres dignos de respeto, comprensión y amor.

Aquello fue la muerte de los que, fabricando armas, adquirían riquezas a precio de muerte. Y fue la vida para muchos millones de desgraciados sin otro horizonte, hasta entonces, que la desintegración en la miseria, el hambre y la ignorancia sin esperanza ni dignidad.

El género humano dió principio a una etapa en la que el estudio era una forma de adquirir conocimientos, no títulos; las artes, un regalo para el espíritu, no una vía de escape para aspirantes al asombro ajeno; el trabajo, una necesidad, no un tormento, y la consideración hacia los demás, algo innato y no impuesto.

Cuando, en el futuro, se escribiese una historia universal debería abandonarse la vieja costumbre de que cada nación ensalzase a sus hijos en detrimento de los de sus rivales. La crónica de los hechos pasados sería la narración de una lucha común de la humanidad contra la enfermedad, el dolor, el atraso y las catástrofes naturales.

Habían pasado cincuenta años y en la tierra se disiparon totalmente los vestigios de las últimas querellas. Las añejas heridas habían sido restañadas.  Las armas reposaban en los museos como anacrónicas muestras de la estúpida brutalidad humana.

En el palacio presidencial de un lejano planeta, en la junta de gobierno de una raza muy distinta a la nuestra, el rector máximo escuchaba los últimos informes que sus consejeros, uno tras otro, le facilitaban. La paz, el orden y el buen sentido continuaban reinando en la tierra. No existía el menor indicio de que la situación fuese a cambiar.

«Entonces -dijo lentamente el rector máximo- entiendo que la presencia de las mariposas en la distante tierra ya no es necesaria. Podemos ordenar su retirada.»

«Debemos felicitarnos -agregó- por haber decidido que nuestros enviados se  materializaran bajo la apariencia en que lo hicieron, y no con la nuestra. Hemos evitado ser la causa de una oleada de pánico de consecuencias fatales. Además, merced a nuestra actuación, ha sido lograda la supervivencia del último planeta poblado de la creación, a punto de autodestruirse.»

Pedro Martínez Rayón. Oviedo, 1987