Archivo del Autor: Mayte Bravo

Horóscopo para 1987

Horóscopo para 1987

Tres años antes de saber leer, yo ya era un asiduo lector de horóscopos. Mi aya me los leía con una fe digna de compasión y, como ignoraba en qué fecha había nacido, siempre se adjudicaba aquellos que más le favorecían.

Cuando fui mayorcito, comencé a investigar por mi cuenta e inmediatamente me llamó la atención el hecho de que jamás coincidieran dos publicaciones en los vaticinios formulados para quienes habían nacido bajo el mismo signo zodiacal. Por ejemplo, cuando para el horóscopo X la salud de los Libra iba a ser excelente, en el Z, poco menos que los enterraban.

Esto me hizo entrar en sospechas de que algo no marchaba. En principio supuse que los astrólogos, deseosos de comer caliente, como todo hijo de vecino, inventaban unos pronósticos sin ponerse previamente de acuerdo. Más tarde, supuse, no sin razón, como había de demostrar, que los astros carecen de influencia sobre el destino de los humanos y, consecuentemente, que si Júpiter está en conjunción con Saturno sería lo mismo que si estuviera en preposición o en adverbio.

Seguro ya del terreno que pisaba, diseñé, construí y utilicé un aparato (ahora en proceso de concesión de patente), al que denominé Horoscopic Annualis Calculador, para abreviar HAC, gracias al cual, y a unas tablas estadísticas confeccionadas también por mí mismo, soy capaz de conocer anticipadamente los acontecimientos más relevantes que van a suceder en el transcurso del año 1987 a los nacidos en los distintos meses de cualquier año de este siglo.

Por motivos obvios, no voy a descubrir todas las características del nuevo aparato pero sí puedo adelantar algunos datos acerca del revolucionario invento. Tiene su importancia, dentro del conjunto, unos gemelos de teatro, cedidos involuntariamente por mi tía Roberta, una lupa de gran potencia y el cuerpo principal de una churrera.

Con el nuevo aparato he escudriñado incansablemente el firmamento hasta adquirir la certidumbre de que son los meteoros y los cometas los que, interponiendo su poderosa influencia, configuran el destino de la humanidad.

Vean ahora el resultado de mis incansables estudios:

Amor Dinero Salud Trabajo Suerte
Enero No correspondido 2325 pesetas Buena El mismo Mucha
Febrero Algo Herencia gorda Floja Sigue parado Regular
Marzo Demasiado Muy poco Excelente Busque otro Muy buena
Abril Ni una rosca Normal Regular Su empresa cierra Enorme
Mayo Sólo platónico Para terminar el mes Boyante Ascenso a la vista Más bien si
Junio No siga haciendo el camelo Demasiado, ojo con Hacienda Urge confesión general ¿Para qué lo necesita? La necesitará
Julio Bien Muy escaso Buena Mucho Pese a todo, buena
Agosto Peligra Haga un curso acelerado de mendicidad Escasa Expediente de regulación Perra
Septiembre Ni fu, ni fa Lo justo Cuídese Póngase a rezar Las hay peores
Octubre Correspondido Bastante A prueba de bomba Buenas perspectivas ¿No querrá más, eh?
Noviembre No se haga ilusiones Va a poder ahorrar Normal Seguro Envidiable
Diciembre Hasta la tumba Irregular Debe pasar por el escaner De momento, si No se haga falsas ilusiones

Estas previsiones son válidas, no sólo para los españoles, sino para los naturales de cualquier otro país, pues es de tener en cuenta que meteoros y cometas no entienden de nacionalismos.

Para general conocimiento y como recordatorio a los olvidadizos, he de añadir que los nacidos el 1 de enero de 1937, cumplirán el mismo día y mes de 1987 el medio siglo. Únicas excepciones serán los nacidos en la fecha indicada si ya hubieran fallecido.

Como colofón (ignoro por qué motivo esta palabra me recuerda las lámparas de techo), deseo aprovechar esta oportunidad para pedir excusas a la NASA por mi reciente negativa a hacerles partícipes de mi descubrimiento. Tengan un poquito de paciencia que todo se andará.

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones con sordina, Foz 1986

Falta un cadáver. Sobran dos hombres y un perro

Creo que desperté a causa del absoluto silencio y de una sensación, nueva para mí, de flotar suavemente en el espacio.

Había desaparecido por completo aquel traqueteo infernal iniciado tan pronto como el expreso que me llevaría de Oviedo a Madrid, salió de la estación y comenzó a adquirir velocidad. Recordaba que me acosté en la estrecha litera y, después de varios intentos de concentrarme en la lectura del libreo que había seleccionado para la ocasión, hube de apagar la luz y tratar de dormir. No podía concentrarme y mis ojos recorrían una y otra vez la misma línea sin enterarme de nada. Era imposible con tal estrépito de maderas que chocaban entre sí. El paso de las ruedas del convoy sobre cada una de la juntas de dilatación de las vías añadía sus notas machaconas al concierto. En cambio, ahora, no se escuchaba un solo ruido.

Como me había sucedido en otras ocasiones, lamenté no haber realizado el viaje en automóvil. Hubiera sido más cómodo y rápido y, sobre todo, me habría ahorrado el suplicio. Sé que hay muchas personas que, no sólo no se sienten molestas en situación semejante, sino que, incluso, duerme mejor que en su propio lecho. Yo, desafortunadamente, no me encuentro entre ellas.

Sin embargo, el anuncio de probables nevadas y, sobremanera, de nieblas seguras, me habían decidido a optar por el tren.

Había algo que contribuía en gran medida a mantenerme despierto. Era, precisamente, la sospecha de que muchos de mis compañeros de viaje se encontrarían durmiendo a pierna suelta. ¿Cómo podrían ser tan insensibles?

Además, ¿cómo serían capaces de descartar la posibilidad de un horrible accidente? ¡Era tan fácil! Que el conductor, el maquinista, o como se llamara el responsable de aquella coctelera rodante, sufriese una distracción, un desvanecimiento, o se durmiera unos instantes, bastaría para no ver la señal de peligro, una aguja cerrada y que nuestro tren se convirtiera en un gigantesco féretro.

Estas ideas y otras del mismo estilo me obligaban a permanecer tenso, con todos los músculos envarados y los ojos desmesuradamente abiertos, como esperando una tragedia inevitable.

Por fin, después de mucho tiempo, tras incontables vueltas sobre mí mismo que estuvieran a punto de hacerme caer al oscilante suelo, me quedé profundamente dormido, con un sueño sin sueños.

Y ahora, esto. Un despertador extraño, como si alguien me hubiera sacudido por un brazo. Pero, no. Precisamente, lo que me había sacado del sueño era todo lo contrario. Había sido la desaparición de las sacudidas que tanto me habían molestado cuando me acosté.

No obstante, en mi cuerpo advertía la sensación de que el tren era arrastrado a velocidad vertiginosa, mucho más rápidamente de lo que había viajado nunca.

De pronto observé algo en lo que no me había fijado hasta entonces. A pesar de que, según mi reloj, eran cerca de las siete de la mañana, no se oía la voz de ningún otro viajero. Recordé en aquel momento la ruidosa pareja de muchachas que, alegremente, conversaban en un tono muy alto sin la menor consideración hacia los ocupantes de las cabinas próximas. Me había percatado de que se habían introducido dos puertas más allá de la mía. La razón de su silencio podía estar en que aún se encontraran durmiendo. O también, en que hubieran abandonado el tren.

Presa de un malestar inexplicable, me aseé apresuradamente y, antes de terminar de vestirme, pulsé el timbre de llamada al camarero, para recordarle la petición de desayuno formulada la noche anterior, al subir al tren. Cuando estuve totalmente vestido, volví a repetir el llamamiento sin que, como en la primera oportunidad, alguien acudiera atendiendo a mis timbrazos.

Un tanto mortificado decidí salir al pasillo. Tan pronto como me encontré fuera de mi cabina, fuertemente asido a la barra metálica situada ante la amplia ventana, la inquietud que se había apoderado de mí al despertar, se convirtió en una angustiosa desazón difícil de soportar.

Había amanecido y, aunque no era totalmente de día, la luz bastaba para ver desfilar los arboles cercanos a la vía férrea. La velocidad a que viajábamos era tal que parecíamos deslizarnos ante una interminable empalizada. Reinaba un silencia de muerte. Al hacerme esta última reflexión, conseguí serenarme un tanto poniéndome en guardia contra mi exaltada imaginación, siempre más desbocada tras una noche como la pasada sin haber gozado de las ocho horas de sueño a que estaba habituado.

Pero todas mis exhortaciones resultaban vanas. Entonces, decidido a desvelar aquello que me parecía un misterio, avancé pasillo adelante.

No llegué muy lejos pues de la cabina del fondo surgió repentinamente un empleado del ferrocarril, al menos como tal iba vestido, que me dijo: “Buenos días, señor. Si se había propuesto pasar al vagón delantero, olvídelo. Hace poco tiempo se ha desprendido la plancha de acero que sirve como pasarela. Sería muy peligroso tratar de saltar. Lo mismo ha sucedido con la que nos unía al vagón que nos sigue.” Y agregó, con lo que me pareció una sonrisa burlona: “A todos los efectos estamos aislados.”

“En realidad –respondí- trataba de hablar con el empleado que me recibió anoche. ¿Dónde está? Le había pedido que me sirviera el desayuno y como no lo ha hecho, he tocado el timbre varias veces, pero no ha pasado por mi cabina.”

“Pues ha sucedido algo sumamente penoso. Anoche, repentinamente se ha sentido mal y nos hemos visto obligados a dejarlo en León. Se lo llevaron al hospital en una camilla. En cuanto a su desayuno, el señor lo tiene servido; esta sobre la mesita de su cabina.”

“Acabo de salir de allí y no he visto nada –le dije. Además, nadie ha llamado a mi puerta. No puede ser –añadí.”

“Perdone el señor, pero ¿cómo es posible que no lo recuerde? Yo mismo se lo llevé. Me ha pagado Vd., dándome diez duros de propina”, contradijo el hombre.

“Pero, ¿cómo sabia Vd. lo que he pedido para desayunar? Si su compañero ha enfermado de pronto, seguramente no tendría la presencia de ánimo necesaria para comunicarle mi encargo.”

“No era necesario –siguió el nuevo camarero. En la parte de atrás de su billete, había escrito su pedido. Lo tengo ahí con el resto de los billetes. Sígame Vd., por favor. Va a enfriarse el café.”

Y, después de mirarme fijamente a los ojos, me precedió por el pasillo, hasta detenerse ante mi puerta. Abrió ésta y, con un ademán de ambas manos y una inclinación de cabeza, me invito a entrar.

Mi sorpresa a la que, no tengo inconveniente en confesarlo, vino a unirse un súbito pavor, fue enorme pues, tal como había anunciado el mozo, el desayuno se encontraba sobre la mesita.

Aquella situación era increíble. Imposible de admitir. El hombre había salido de una cabina más cercana que la mía, a la cabecera del tren. Por esta razón no existía la posibilidad de que me hubiera pasado desapercibida la colocación de la bandeja. No le había dado la espalda en ningún momento. Además yo no había hablado nunca con aquel hombre.

Tenía que existir un cómplice, me dije. Un cómplice que introdujo en mi cabina aquel maldito desayuno, viniendo del otro extremo del vagón cuando yo hablaba con el empleado que ahora me contemplaba con mirada burlona. Pero, un complica ¿en qué, y para qué?

Para terminar con aquella situación increíble, y porque –de verdad- el personaje me causaba auténtico temor, le dije: “Está bien, está bien. Muchas gracias.”

Tan pronto como pude hacerlo sin parecer descortés y, sobre todo, sin querer dar la sensación de que me encontraba asustadísimo, cerré la puerta y corrí el cerrojo.

Deseaba estar solo para analizar los hechos. Todo me resultaba increíble. El conjunto de sucesos extraños parecía producto de una pesadilla pero, no lo era. Yo estaba totalmente despierto y había algo que me lo demostraba, algo que ponía en evidencia que yo era el centro de una maquinación, de que estaba mezclado en un asunto irregular.

La prueba que poseía era el billete. Recordaba con toda nitidez cómo, la noche anterior, cuando me disponía a entregarlo al empleado que recibía a los viajeros al pie del estribo, me di cuenta de que en el dorso de aquella cartulina alargada tenia anotados algunos nombres, direcciones y teléfonos de personas a quienes debía visitar en Madrid. Por ello, le había pedido me permitiera conservara en mi poder hasta que hubiera copiado los datos en la agenda de notas. Él había respondido que no existía inconveniente alguno; que ya se lo entregaría a la mañana siguiente.

Yo sabía que el billete se encontraba en un bolsillo de mi chaqueta y, sin embargo, deseaba con toda el alma equivocarme. ¿No estarían jugándome una mala pasada la imaginación y la memoria?

Cuando comencé a registrarme los bolsillos, lo hice iniciando la búsqueda por aquellos que menos posibilidades tenían de contenerlo. ¡Deseaba tanto que no apareciese!

Pero desgraciadamente, el billete apareció. Aún antes de sacarlo con dedos temblorosos del bolsillo exterior izquierdo, al tacto, lo reconocí. Sí, allí estaba. Tuve que tomar asiento porque las piernas parecían habérseme convertido en gelatina. Al mismo tiempo, noté que los pelos cortos de la nuca y la sotabarba se ponían de punta.

Como un autómata, sin saber realmente lo que hacía, me serví una taza de café. Aún humeaba, abrí la bolsita de azúcar y, totalmente abstraído en los desagradables pensamientos que me asaltaban, vertí su contenido en el café. Luego, bebí un largo trago que me abrasó la boca y la garganta. Mi desayuno estaba casi hirviendo.

Tratando de encontrar una explicación admisible para aquella alarmante situación, me dejé caer hacia atrás, apoyé la cabeza en la almohada y, sin duda, fatigado por la tensión, me dormí nuevamente.

Cuando volví a despertar, me puse en pie de un salto y miré el reloj. Como cuando lo hice, mucho tiempo antes, señalaba las siete menos cinco. Ahora también fallaba el reloj. Aquello era el colmo. Le había colocado una pila hacía tres días y, desde entonces, no le había dado ningún golpe. Se trataba de un aparato japonés, garantizado contra todo, menos terremotos, que siempre había marchado perfectamente.

Pensé entonces que el extraño empleado con el que había hablado, no sabía cuando, podría decirme la hora exacta. De paso me enteraría de cuánto tiempo faltaba para llegar a Madrid.

En el pasillo me aguardaba otra sorpresa. A media distancia, entre mi cabina y la puerta delantera del vagón, sentado sobre sus patas traseras, mostrándome sus agudos colmillos y gruñendo amenazadoramente, se hallaba un perro. Creo que un Doberman.

Si quería seguir avanzando tendría que pasar rozándole. Recordé entonces, que una demostración de temor constituye una invitación a pasar al ataque, confié en que quien puso en circulación esta teoría supiese de qué hablaba y continué andando, tratando de convencerme al propio tiempo de que el animal que me contemplaba con los ojos inyectados en sangre era tan inofensivo como una maleta.

Al pasar a su lado, con un movimiento rapidísimo, asió entre los dientes mi mano izquierda. No apretó mucho, pero tampoco me soltaba. Yo no sabía qué hacer. También conocía la tesis que afirma la inconveniencia de emplear la fuerza en casos como el que me ocurría, y asegura las ventajas de la utilización de una voz persuasiva y tranquilizadora.

Así pues, inicié un largo discurso en el que abundaban palabras suaves y cariñosas, pero aquel salvaje no debía haber escuchado a quienes me habían hecho creer aquellas patrañas.

De pronto, cuando los gañidos del perro empezaban a subir de tono, de la última cabina, cuya puerta se encontraba media abierta, salió una voz que dijo: “Suelta. Ven”

Al escuchar aquellas palabras, el perro abrió la boca y se fue como una exhalación introduciéndose en la cabina donde habían partido las ordenes salvadoras.

Dispuesto a aclarar tan duradero y complicado enigma, también yo me dirigí al mismo compartimento, abrí la puerta de par en par, y entré; sólo para recibir dos nuevas sorpresas. Allí no se encontraba el perro. En cambio, arropado de tal manera que únicamente asomaba la cabeza por encima del embozo, se hallaba en la litera el empleado que me había recibido la noche anterior.

Tan pronto como me vio, con voz en la que se ponía de manifiesto sorpresa y asombro, dijo: «Ah, ¿está usted bien?», añadiendo casi sin hacer pausa: «Váyase, váyase.»

Había tal terror en su mirada que, sin vacilar salí cerrando la puerta tras de mí.

En aquel momento, me dí cuenta de que la mano mordida por el perro me dolía. Después de comprobar que sangraba un poquito -tenía marcadas profundamente las huellas de los dientes y los agudos colmillos del Doberman- improvisé una venda con el pañuelo.

Me encontraba finalizando la rápida cura cuando, como surgido de la nada, apareció a mi lado el mozo con el que deseaba hablar tras el singular desayuno.

«¿Qué le ha ocurrido?», preguntó.

Al responderle que acababa de morderme un perro, me dijo que aquello era de todo punto imposible porque en aquel tren no había ninguno. Añadió que si viajase algún animal con nosotros tendría que hacerlo en el furgón.

Le conté, entonces, todo lo que había sucedido, mi encuentro con el primer empleado, aquel que, según me había dicho, se encontraba en un hospital de León. Sin decir palabra, me asió por un brazo y me acompañó a la cabina que le indiqué. Abrió la puerta, me dijo que pasara; lo hice y comprobé desconcertado que el compartimento se encontraba totalmente vacío. Todo estaba en orden y allí no parecía haber estado nadie.

A pesar de ello, yo estaba seguro de que en aquella cabina había visto al falso enfermo, éste me había hablado y, aunque no tenía pruebas, sospechaba que fue él quien me había librado de las poderosas mandíbulas del perro volatilizado como por arte de magia.

El asombro que me producía el escepticismo de mi interlocutor subió de punto cuando, al preguntarle que hora tenía, respondió que eran las siete menos cinco. Agregó que en poco más de una hora llegaríamos a Madrid.

Completamente desconcertado, ignorando a qué atenerme y sin ánimo para hacer nuevas preguntas, resolví encerrarme en mi cabina hasta la llegada al lugar de destino. Cuando me encontré a solas y después de echar el pestillo a la frágil puerta que parecía el único obstáculo que me separaba de un mundo de locura, a salvo de la mirada entre grave y jocosa de aquel hombre, comprobé mi reloj. ¡Seguía señalando las siete y media!

Bruscamente, movido por un impulso repentino, saqué de la cartera una bolsita de plástico que contenía fotografías de carnet, retiré estas y, en su lugar, introduje cuidadosamente unas gotas del café que aún quedaba en la taza. Luego volví a meter el pequeño sobre en el bolsillo superior de la chaqueta, procurando que su lado abierto quedara situado hacia arriba.

Si alguien me hubiera preguntado para qué realicé semejante tarea, no podría responder. Debió ser el resultado de un estímulo del subconsciente.

Pasó algún tiempo durante el cual no hice más que contemplar el vertiginoso desfile de cuanto se encontraba al otro lado de la ventanilla. Hubo un instante en que me apercibí de que ya no viajábamos a la misma velocidad que cuando desperté al amanecer. Paulatinamente, la ligereza de nuestra carrera fue disminuyendo y el cambio trajo consigo el ruido.

Al principio, hube de esforzarme para captarlo pero, poco a poco, se convirtió en el estruendo familiar que tanto había echado de menos. Luego hubo un enorme fragor y el bamboleo característico de una entrada en agujas, es decir, en un amplio espacio destinado a maniobras por medio de una red de vías. Estábamos entrando en Madrid.

En cuanto el suelo bajo mis pies inició una nueva aproximación a la normalidad, señal inequívoca de que íbamos a detenernos, tomé el pequeño maletín que contenía mis efectos personales, salí al pasillo y, apresuradamente, me encaminé a la puerta del vagón.

Afortunadamente no había rastro del mozo ni del perro. No sentía el menor deseo de volver a ver a ninguno de los dos.

Antes de que el tren se detuviera por completo ya había logrado abrir la puerta y sujetarla con el resorte correspondiente; me situé en el estribo y salté al andén en cuanto me pareció conveniente hacerlo. Sin perder impulso, continué corriendo, crucé a paso de carga el amplio vestíbulo -que nunca me pareció tan amistoso, cálido y humano- y no me detuve hasta que me encontré a salvo dentro de un taxi.

Cuando, apenas recobrado el resuello, le pedí al conductor del vehículo que me llevara a la comisaría más próxima, se quedó mirándome unos instantes y comentó: «Parece que ha visto usted fantasmas.»

«Tiene usted ojo clínico, amigo», respondí. «No ha sido eso, pero si algo muy parecido.» Después, aunque el taxista era hombre locuaz y trataba de hacerme hablar, me encerré en un mutismo que no estaba dispuesto a romper hasta que me encontrara en presencia de la policía.

Pronto hallé una comisaría. Allí dije a la persona que me recibió, que deseaba hablar con el Comisario o, en su defecto, con quien ostentara la misma categoría. Me preguntó mi nombre y, para no perder tiempo, le entregué una de mis tarjetas de visita. Regresó enseguida del despacho contiguo al que había entrado y me pidió que le acompañara.

Al entrar, un hombre alto y encorvado, pelirrojo y con gruesas gafas, se levantó de su silla y, rodeando la mesa tras la que se hallaba sentado, salió a mi encuentro tendiéndome la mano y pidiéndome tomara asiento. Antes de hacerlo, le pregunté si él era el Comisario.

Con una sonrisa de disculpa me dijo que allí no había Comisario. El era Inspector Jefe y a él debía decirle qué me llevaba a su presencia.

Entonces me senté y, antes de comenzar a relatar lo que, a mi juicio, y sin duda al suyo, era un absurdo, le dije que era abstemio, que nunca había tomado drogas ni somníferos y que no se trataba de ninguna broma. Después, procurando no extenderme demasiado, sin describir mis sensaciones personales y tratando de utilizar un orden cronológico, emprendí la narración de los hechos. Pronto me interrumpió para preguntarme si tenía inconveniente en que fuera tomado taquigráficamente cuanto le estaba diciendo. Al responderle que no, utilizo el dictáfono para ordenar que acudiera un taquígrafo. Este llegó casi inmediatamente.

De nuevo volví a emprender la relación de los hechos. El Inspector Jefe no me interrumpió ni una sola vez y, cuando hube finalizado, le dijo al taquígrafo: «Si lo ha tomado todo, que lo pasen a máquina ahora mismo. Luego tráigame la transcripción, por favor.»

Casi sin transición, me pidió que le mostrase el billete que había mencionado y al que aún se encontraba cosida la copia del pago realizado con tarjeta de crédito. Con movimientos seguros, desplegó el periódico que estaba sobre la mesa, pasó a la segunda página, colocó encima de la misma la factura, billete, tarjeta de visita y mi DNI, que me había pedido al principio de nuestra entrevista.

Unos momentos más tarde elevó la mirada y, fijando sus ojos en los míos, me dijo: «Efectivamente, sucede algo extraño. Procure tomar con tranquilidad lo que voy a decirle. En el diario de hoy se da cuenta del terrible accidente sucedido en el expreso que efectuaba ayer el recorrido Gijón-Madrid. A las siete menos cinco de la mañana ha sufrido un descarrilamiento. Ha habido veintisiete muertos, todos ellos del vagón número cinco. También se produjeron sesenta y dos heridos, de ellos veintiuno, graves.»

Cuando le miré, creo que con expresión de no comprender muy bien lo que decía, continuó: «Bastaría la coincidencia de la hora que señalaba su reloj cuando se paró y el momento en que tuvo lugar el accidente. Pero, perdone un momento -se detuvo y salió de la habitación, regresando poco después.- Lo verdaderamente curioso es que, como resultado de la investigación realizada  durante todo el día de ayer, se ha puesto de manifiesto que falta el cadáver de un viajero que ocupaba, en el vagón cinco, la cabina número nueve. La estación de Oviedo, a través de su oficina central de despacho de billete ha informado que la cama ha sido vendida a Gabriel Zarza Tossa, el cual ha pagado su importe con tarjeta de crédito. Es decir, a usted mismo, porque, según su tarjeta de identidad, usted es Gabriel Zarza Tossa.»

Al ver que yo palidecía y vacilaba en la silla que ocupaba, se interrumpió nuevamente y, sacando del cajón inferior de la mesa una botella de coñac y un vaso me sirvió una generosa dosis que me rogó bebiera. Era lo mejor para casos como aquel, me dijo. Además, aún faltaba algo, añadió. Mi nombre figuraba en la lista de víctimas mortales del periódico y yo debería haber fallecido si hubiera tenido en cuenta la fecha del billete.

Con mano temblorosa, cogí la cartulina y comprobé que era cierto. La fecha que me indicaba en la misma era la del día del accidente. Yo había viajado veinticuatro horas después.

En aquel momento entro un nuevo policía. Traía en sus manos la transcripción de mi relato y el informe del laboratorio. Los restos del café de mi desayuno no contenían sustancia extraña alguna. Era café normal. Un tanto flojo, pero auténtico.

Los acontecimiento empezaron a precipitarse. Llovieron los informes que no hacían otra cosa que complicar la madeja. El mozo del vagón número cuatro había sido encargado de atender las llamadas de los viajeros acomodados en éste y en el cinco. Desde el último nadie había requerido sus servicios. No se había desembarcado ningún enfermo en León. Mi billete no se encontraba entre los recogidos en Oviedo. El tren había viajado a la misma velocidad de siempre y no figuraba perro alguno en la lista de embarque. Por último, aquel empleado no respondía a la descripción de los hombres con los que yo había hablado.

El Inspector, después de meditar un rato y de volver a estudiar las señales de la mordedura que aún se veían en mi mano izquierda, me acompañó a la puerta y, ofreciéndome su diestra, me despidió, diciendo: «Aunque no lo comprendo, creo cuanto ha dicho y lamento tener que contribuir a aumentar su confusión informándole de que entre los restos del vagón número cinco del tren accidentado ayer, ha sido encontrado muerto un Doberman.»

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura, Oviedo 1987

Viaje para viejos. Las dos hermanas

Violeta y Genciana eran gemelas. La mayor, concebida en primer término y nacida, por tanto, la última, cuidaba de su hermana con tal solicitud, que las insistentes prédicas con que la perseguía incesantemente, conseguían que los ocasionales testigos rieran a carcajadas o se sintieran violentísimos.

Que a los setenta y dos años Violeta prodigase a troche y moche aquellas recomendaciones, indicadísimas si Genciana hubiera tenido siete años, podría resultar conmovedor porque, en el fondo, eran la manifestación de un cariño sin límites. Sin embargo, las palabras utilizadas y las ocasiones en que se producían prestaban a la situación ese patetismo rayano con lo ridículo que pone al descubierto la veta de crueldad que, más o menos oculta, todos llevamos dentro.

Habían vivido siempre juntas y desde que, a los veinticinco años, sus padres habían fallecido en un horrible accidente ferroviario, eran como el palo que sostiene a la planta y la planta misma. Cuando aquel hecho trágico sucedió, hacia algún tiempo que tenían colgados en la sala los títulos de Magisterio. Hasta entonces, no habían trabajado nunca, pero la necesidad apremiaba y se vieron en la obligación de comenzar a hacerlo. De todas maneras, aguardaron la oportunidad de disponer de dos plazas en el mismo centro escolar. No soportarían una separación por breve que fuera.

Mientras tanto, pasaron necesidades y verdaderos apuros. Al fin, la fortuna les sonrió y Violeta y Genciana tomaron posesión de sus puestos en una escuela de Pravia, Asturias, lejos de su Salamanca natal.

Muy próximo al lugar donde iban a ejercer su honrosa profesión, encontraron un apartamento diminuto, pero suficiente. No pretendían llevar una vida mundana, con reuniones en su casa, ni nada semejante.

El dormitorio, capaz para dos camas, el cuartito de estar, la cocina y el cuarto de baño era cuanto precisaban. ¿Para qué mayor? De todas maneras, cuanto más reducido fuese, menos tiempo deberían dedicar a su limpieza y cuidado. Las dos hermanas pusieron en la enseñanza su inagotable capacidad de amar; su generosidad y entrega fue muy pronto conocida y apreciada por todo el pueblo. Con el paso de los años, se convirtieron en dos figuras respetadas cuya opinión y consejo eran requeridos para los asuntos más dispares. Era frecuente que hombres mayores, casados y con hijos, acudiesen a ellas en busca de guía. No habían olvidado que, cuando eran chicos, sus palabras sensatas llenas de buen juicio, les habían sacado de más de un apuro.

Violeta y Genciana se convirtieron, sin proponérselo, en una institución bicéfala que continuó distribuyendo su benéfica influencia particular mucho tiempo después de cesar en la oficial. Llegado el momento de abandonar la enseñanza y, con él, la hora del retiro, hicieron un pequeño balance de la situación.

A Salamanca, ya no les ataba nada. Carecían de parientes y, aunque los tuvieran, después de tantos años de separación, qué conservarían en común. Probablemente nada. Entonces, ¿qué determinación adoptar? En realidad no era necesario tomar ninguna decisión. Bastaba con no hacer nada, es decir, continuar viviendo en Pravia, como hasta la fecha.

No sería lo mismo que hasta entonces. Les faltaría el gozo causado por el diario contacto con los niños y niñas que, curso tras curso, constituyó la válvula de escape de su ternura de solteronas. En aquella infancia pueblerina habían sublimado los sentimientos maternales frustrados por la existencia austera y casi monacal que fue siempre su forma de vivir.

No obstante, todo no se perdería. Continuar residiendo en Pravia significaría no perder de vista a sus antiguos alumnos, promociones enteras de chicos de ambos sexos que, llegados al estado adulto, crearían nuevas familias y tendrían hijos -a los que no enseñarían, era cierto- a los que seguirían de cerca.

El único cambio que aportó la doble jubilación fue el recrudecimiento de sus actividades extraescolares. El Ropero de San Vicente, la Asociación de Caridad, la Agrupación para la Atención a los Minusválidos y otras organizaciones de tipo benéfico recibieron su desinteresado esfuerzo personal. Se volcaron sin regateos en todo lo que pudiera contribuir al bienestar de pobres, enfermos, niños y ancianos.

Si hasta entonces Violeta y Genciana habían sido una institución, un par de años más tarde se transformaron en algo sin nombre, pero con tal autoridad moral que, aún sin asistir a los plenos del ayuntamiento, sus opiniones eran tenidas en cuenta. Venían a ser algo así como el poder fáctico por encima de todos los poderes fácticos e ilusorios.

Gobernaban -su actuación no podría ser denominada de otro modo- con tanta prudencia y sabiduría que, a ser otra la fuente de donde emanaba la autoridad y de distinta naturaleza los mandatos, la suave y dulce dictadura se hubiera trocado en peligrosa tiranía. En la peor de todas; aquella en la que el oprimido no tiene conciencia de serlo y vegeta inconsciente de que carece de libertad, en la ignorancia de haber perdido la capacidad de hacer uso del íntimo albedrío.

En Pravia no sucedía nada de esto. Las dos hermanas aconsejaban, insinuaban, apuntaban una dirección determinada y, como sus sugerencias rebosaban sensatez y realismo, se hacía como ellas preferían. Eran dos déspotas benévolas, ignorantes de su capacidad para el abuso.

Sin querer, se habían convertido en una especia de guía espiritual, social, económica y urbanística aceptada por la mayoría. Era de suponer que en algún oscuro rincón se ocultaría la oposición, presente en un reino mucho más celeste que Pravia. Pero debía ser tan reducida la militancia, que su voz no se hacía oír. Además, de qué se podría quejar la supuesta oposición. Hubiera sido pedir gollerías.

Todo marchaba sobre ruedas. No existían problemas dignos de tal nombre. Incluso el equipo de fútbol había ascendido de categoría. ¿Existiría alguna relación entre este hecho y la conferencia titulada “Mens sana in corpore sano”, que Violeta había pronunciado la temporada anterior en el Casino?

La satisfacción era general en todos los terrenos, así que nada tenía de particular que cuando en el pueblo se supo que uno de los Bancos, establecido en la localidad hacía muchos años, organizaba un viaje a Palma de Mallorca, las fuerzas vivas comenzaron a conspirar al objeto de lograr que Violeta y Genciana utilizaran la oportunidad para conocer Baleares y tomarse unos días de bien ganado reposo. Habían pasado más de treinta y cinco años sin que, las pobres, abandonaran aquel rincón.

Se celebraron varios conciliábulos en los que, vanamente, se trató de encontrar el medio adecuado para que las dos hermanas realizasen el desplazamiento sin cargo a su peculio particular. No era que ellas carecieran de fondos para sufragar las ciento y pico mil pesetas a que se elevaba el precio del viaje. No gastaban ni la mitad de lo que ganaban. Eran sumamente ahorradoras pese a sus constantes obras de caridad. Lo que quería el pueblo era invitarlas con el producto de una suscripción popular.

Pero, las conocían bien. Se negarían en redondo a invertir el dinero en algo no absolutamente necesario. Estaban seguros de que exigirían la compra de jerseys para los pobres, un televisor para el Hogar de Desplazados o algo parecido.

La suerte se encargó de sacar a aquella buena gente del atolladero en que se encontraban. Parte de los billetes para el viaje era sorteada en Oviedo, ante notario, y las dos hermanas fueron favorecidas con dos plazas gratuitas.

La primera en conocer su buena estrella fue Violeta. Había acudido a la sucursal del Banco organizador y el empleado que la atendió en la ventanilla, uno de sus antiguos alumnos, le rogó que aguardara un momento. El director estaba atendiendo a otro cliente, pero tenía gran interés en hablar con ella.

Doña Violeta esperó. Se preguntaba qué sería lo que el director, otro de sus exalumnos, querría decirle. Pero solamente se sentía intrigada. De ninguna manera intranquila. Más de una vez, bastantes años atrás, le había limpiado la nariz al mocoso que se había transformado en el mandamás de la agencia bancaria donde tenía domiciliada su pensión, la de Genciana y las cuentas de ambas.

Mucho antes de que su paciencia iniciase una protesta, la espera terminó. Antoñito, el director, vino en su busca y, con una mezcla de cariño y respeto, la hizo pasar al despacho. Sentados ambos al mismo lado de la mesa, sin la barrera que ésta representa y que no hace más que separar simbólica y realmente los intereses de quienes se entrevistan, Antoñito, después de interesarse por la salud de su interlocutora y de su hermana, preguntó:

“Y, ¿qué me dice usted de las islas Baleares?”.

“Hombre, ignoraba que te hubieras decidido a ampliar estudios. Eso te irá bien. Aunque has sido siempre un buen estudiante, debe hacer años que no lees otra cosa que ‘El Economista’. Realmente, te honra el deseo de saber…”

“Que no, doña Violeta; que los tiros no van por ahí”.

“Bueno, pues si la pregunta va en serio, te diré: el archipiélago Balear está constituido por…”

“Tampoco, doña Violeta. Perdóneme. No he sabido plantear correctamente el asunto que quería comunicarle. Lo que deseaba preguntarle era lo siguiente: ¿qué le parecería hacer un viaje de quince días a Palma de Mallorca?; naturalmente acompañada por doña Genciana. Alojamiento en un hotel de tres estrellas, al lado del mar y a diez minutos del centro de Palma. Desde allí, varias excursiones en autocar a Valldemosa, Pollensa, Manacor, Alcudia, Porto Cristo, etc. El desplazamiento hasta Barcelona, en un cómodo autobús; desde allí a Palma en un hermoso barco”.

“Pues, ¿qué te voy a decir, hijo? Lo primero que se me ocurre es preguntarte si has cambiado de profesión y ahora trabajas para una agencia de viajes. Luego, afirmar que me agradaría muchísimo realizarlo. A continuación, que me resulta imposible, pues debe de ser carísimo y, encima, tanto mi hermana como yo tenemos muchísimas cosas que hacer aquí. Figúrate cuánto nos gustaría ir”.

“Sigo fallando lamentablemente, doña Violeta. No sé qué me sucede hoy. Nuestro Banco organiza viajes como éste para quienes, tal como usted y su hermana, tienen domiciliadas sus pensiones aquí. Además, para darles mayor atractivo e interés, sortea entre los que se encuentran en esas condiciones varias plazas. Doña Genciana ha sido agraciada con un viaje para dos personas. Así que pueden ustedes conocer Palma de Mallorca absolutamente gratis”.

“¿Estás seguro, Antoñito? Parece demasiado hermoso para ser verdad”.

“No existe la menor duda. Ya me lo habían adelantado por teléfono, pero preferí esperar a recibir la confirmación por carta. Mire, aquí tiene. Vea el nombre de doña Genciana. Ahora, no tienen disculpa. Cuando se enteren en el pueblo, se montará un motín si se niegan a aceptar el ofrecimiento”.

“Tienes razón, Antoñito. Iremos encantadas. De convencer a Gencianita me encargo yo. En último extremo, la amordazo, la meto en una maleta y va. Vaya si va. Aunque no creo que sean precisos estos procedimientos de choque”.

Cuando la portadora de tan buenas nuevas llegó a casa, Genciana terminaba de preparar la mesa. Comían temprano, como si no se hubiera roto la rutina de horario escolar que las había obligado durante muchos años a almorzar a la misma hora que sus discípulos.

Desde la entrada del piso, mientras se despojaba del impermeable que el día, con chaparrones intermitentes, había aconsejado, Violeta gritó imperativa:

“Genciana, deja lo que estás haciendo y ven aquí. Inmediatamente”, añadió al observar que no recibía respuesta.

La hermana menor acudió presurosa con dos vasos en una mano y las servilletas en la otra. Conocía a su gemela y sabía perfectamente que si la llamaba de aquella forma algo muy grave sucedía.

“¿Qué ocurre que das esas voces? ¿Ha sucedido alguna catástrofe?”.

Inconscientemente, Violeta cometió el mismo error de enfoque que Antoñito y preguntó:

“¿Qué me dices de las islas Baleares?”.

“¿Se trata de una pregunta retórica o tus palabras tienen algún significado oculto que se me escapa?”.

“Perdona, Gencianita. Estoy tan aturullada que no acierto a expresarme. Vengo del Banco y allí…”

“Ya lo sé. No irás a decirme que ha quebrado y nuestro dinero se ha esfumado”.

“No, mujer. Nada de eso. Al contrario. Lo que quiero decir es que nos vamos a Palma, quince días, completamente de balde. ¿Qué tienes que decir a esto?”.

Genciana contempló unos segundos a su hermana sin decir palabra. Luego, se limitó a expresar su opinión acerca del estado mental de Violeta con una frase de dudoso gusto para la enseñante jubilada que, no lo podía negar, sería hasta su muerte:

“Y un jamón con chorreras”.

Luego, con gran dignidad, recogió los fragmentos de los vasos que ante la sorpresa recibida había dejado caer al suelo y se fue.

Detrás de ella, Violeta corrió apresuradamente. Deseaba mostrarle el folleto a varios colores en el que figuraba el programa del viaje, una fotografía del hotel donde se alojarían y las excursiones a realizar.

Pasó un buen rato antes de que la “pequeña” pudiera ser convencida de que no se trataba de una broma de mal gusto.

Después, prácticamente sin fijarse en lo que estaban comiendo, la pareja comenzó a hacer planes. Aún faltaba mes y medio para el día de la salida, pero sería preciso no perder un momento.

Como el autobús en que se realizaba el desplazamiento a Barcelona tenía su salida a las siete y media de la mañana, se presentaba la alternativa de trasladarse a Oviedo la tarde anterior o darse el gran madrugón el mismo día de la partida. Antoñito se encargó de resolver. El mismo las llevaría en su coche hasta el lugar en que se iniciaba la aventura. Lo de madrugar no tenía arreglo, pero, de esta manera, se evitaban perder una noche en Oviedo.

Aún no había amanecido cuando el afable director de la sucursal tocaba el timbre en casa de las jubiladas. Ya estaban preparadas y las maletas cerradas. Antoñito, accidental mozo de cuerda, se hizo cargo del equipaje y todo el cuerpo expedicionario, sin armas pero con bagajes, descendió las escaleras.

En la calle les esperaba una sorpresa. Medio pueblo se había reunido ante el edificio para tributarles una cálida despedida. Algunos pijamas asomaban por debajo de los pantalones y se veían rulos y redecillas, pero lo que contaba era la intención. Además, tampoco era como para vestirse de etiqueta.

Por un momento, Antoñito sintió el temor de que alguien, arrastrado por la emoción, se lanzara embarcándose en un largo discurso que exigiese la correspondiente respuesta. Pero, aparte de la entrega de un par de ramos de flores y unas bolsas de fruta procedente de San Román de Candamo -como se sabe, la mejor del mundo- no hubo problemas.

Tras una breve despedida colectiva y las apresuradas palabras de agradecimiento, entre aplausos y gritos de adiós, el coche se puso en movimiento y pronto Pravia se perdió en la lejanía, que no en el recuerdo.

Cuando llegaron a Oviedo, amanecía. La mañana estaba bastante fría y, por ello, hasta que llegó el autocar minutos más tarde, las dos hermanas no abandonaron el automóvil. Paseando ante el hermoso edificio de la Diputación, unas cuantas personas también aguardaban. Se trataba, sin duda, de los compañeros de viaje.

A las ocho menos veinticinco, con las maletas reposando en las amplias entrañas del vehículo y todo el mundo en su sitio, se inició el viaje.

La primera parada se efectuó en Mieres. Tan pronto como los cinco expedicionarios que, por residir en la villa minera, se unían al grupo en aquella localidad, estuvieron a bordo, la marcha volvió a iniciarse.

Cruzando el Valle del Huerna, Pablo, el jefe de expedición y la esposa del mismo distribuyeron paquetitos de bombones con los que la entidad organizadora obsequiaba a sus clientes. Más tarde, el ayudante del conductor, en nombre de la empresa de transporte, regaló libros de relatos. Este detalle cultural puso una chispa de alegría en los corazones de Violeta y Genciana. ¡Aquel viaje que comenzaba con tan excelentes auspicios, forzosamente tendría que terminar bien!

Más adelante, recibieron nuevos obsequios. Las señoras, estuches de manicura y los caballeros, billeteras de piel. Era otro regalo de su banco.

El trayecto no se les antojó tan desesperadamente largo como habían temido. Tuvieron ocasión de cerrar los ojos para no contemplar la película de vídeo que les proyectaron, pues contenía excesiva violencia y ellas eran la versión femenina y duplicada de Ghandi. Observaron el paisaje castellano, tan distinto al que acostumbraban a ver en su patria de adopción, que desfilaba velozmente ante sus ávidos ojos.

Tras la parada para efectuar el almuerzo, ya en tierras de La Rioja, de nuevo en camino y, al oscurecer, se encontraron en la populosa Barcelona con sus amplias avenidas profusamente iluminadas y bordeadas de árboles. Pronto se hallaron en el puerto, en la Estación Marítima, a la vera de la conocidísima estatua de Colón.

Cuando se vieron al pie del Ciudad de Badajoz, el blanco ferry que habría de llevarles hasta Palma, una sensación de angustia se apoderó de ellas.

Genciana, la más timorata, convirtió en palabras el pensamiento que ocupaba ambas mentes. “¿Tú crees que no habrá…?”, dejando la frase sin terminar. No era necesario continuarla.

Violeta, con cara de duda, pero decidida a no mostrar su temor, se limitó a responder:

“No seas tonta, mujer”.

Alrededor de las doce de la noche, el barco desatracó lentamente y, con movimiento apenas perceptible, se hizo a la mar. Las dos hermanas ya se encontraban en el camarote que les había sido asignado. Lo compartían con otra señora que viajaba sola formando parte de su propio grupo. La única concesión hecha a la presencia de una extraña, consistió en rezar sus oraciones acostadas en las literas y no, como lo hacían todas las noches, de rodillas en el santo suelo. Suponían que la postura sería lo de menos y que lo importante era la voluntad. Y así debía ser, pues la travesía transcurrió, para ellas, sin el menor percance. Durmieron toda la noche como benditas y, poco antes del amanecer, fueron despertadas por un camarero a quien encargaron encarecidamente aquella misión.

Cuando salieron a cubierta hacía frío. Por detrás de un escarpado islote rocoso, el sol, invisible aún, comenzaba a teñir de tonos rojizos el cielo y el mar agitado solamente por el paso del ferry.

No habían sido ellas las únicas que habían tenido la misma idea. Grupitos de viajeros aguardaban pacientemente la aparición del disco solar. Esperaban en silencio como sobrecogidos por la solemnidad del momento que se avecinaba. Engañaban su impaciencia dando los últimos toques a los aparatos fotográficos, colocando filtros especiales y eligiendo los ángulos más apropiados.

Arrebujadas en sus ropas de entretiempo, Violeta y Genciana, con la mirada fija en el islote, acechaban el instante en que se produciría el milagro.

Finalmente, el sol, como una bola de fuego inmensa, inició su aparición. Las escasas conversaciones mantenidas en voz baja, cesaron por completo. Así debió ser el primer día en que el astro brilló sobre la tierra helada y en tinieblas.

Las dos hermanas, sobrecogidas por la emoción, no sabían dónde dirigir los ojos que, por otra parte, seguramente a causa del repentino estallido de luz, sentían anegados en lágrimas.

Con voz entrecortada y en un cuchicheo apenas audible, Genciana hizo el comentario de que al espectáculo solamente se le podía añadir música, por ejemplo, la Patética, de Tschaikowsky.

Violeta, aún asombrada por la grandiosidad de la visión que, lentamente, iban dejando a popa, asintió con un movimiento afirmativo de cabeza. Todavía no se sentía lo suficientemente segura de poder hablar serenamente.

Menos de dos horas más tarde, atracaban en el muelle de Palma. Al pie de la Estación Marítima aguardaba otro autocar que, tras un breve trayecto, atravesando cuidados campos en los que abundaban los molinos de viento, trasladó a la expedición a C’an Pastilla, conjunto de urbanizaciones y grandes hoteles entre los cuales se encontraba el que iba a alojarla durante la quincena.

Después del almuerzo en un enorme comedor semejante a la torre de Babel a causa del variado número de lenguas que, animadamente, se hablaban, Violeta y Genciana subieron a su habitación. Deseaban descansar un rato pues, aunque no deseaban confesarlo, experimentaban cierto cansancio.

A las cinco de la tarde se lanzaron a la calle. Deseaban dar un paseo para estirar las piernas y conocer el lugar.

A dos pasos del hotel se encontraron a las puertas de un gran almacén que exhibía buen número de artículos a la venta en colgaderos y estanterías que ocupaban gran parte de la acera. El instinto previsor de Violeta le hizo buscar algo para protegerse la cabeza de los ardientes rayos del sol que aún lucía. Erróneamente no creyó que su estancia en Baleares iba a verse presidida por el calor que en aquellos momentos se hacía sentir.

Tras abundantes titubeos y pruebas interminables, terminaron adquiriendo un par de gorras de béisbol dotadas de descomunales viseras. Azules y con las palabras “Black Bulls” bordadas en hilo plateado, les sentaban como un tiro. Constituían indigno remate a sus solemnes vestidos negros, de corte severo y anticuado, a las medias y zapatos bajos del mismo color.

Con aquellos aditamentos sobre las testas, las cintas de terciopelo oscuro que rodeaban sus arrugadas gargantas resultaban más conspicuas e incomprensibles. De todos modos, eliminaban de raíz toda posibilidad de atrapar la temida insolación contra la que tanto les habían prevenido en la península.

No habían hecho más que caminar unos pasos desde la puerta de los almacenes, cuando las dos hermanas se detuvieron al unísono. Ante ellas, como llovido del cielo, se hallaba lo que fue el sueño de su vida. Una carretela descubierta tirada por una caballo al cual su dueño, quizás por las mismas razones que dictaron la reciente compra de los dos gorros, había dotado de un sombrero de paja con orificios para asomar las orejas.

“¿Tú crees, Violeta…?”, inquirió Genciana sin tomarse la molestia de continuar, pues a aquellas alturas eran innecesarias las frases completas.

“Creo, Genciana, creo”, respondió Violeta.

Y, sin más, con sendos saltos que, por su agilidad y presteza, dejaron asombrado al cochero, se encaramaron al asiento.

“¿Quieren ustedes que baje la capota?”, les preguntó todavía sorprendido el conductor de la antigualla rodante.

“No, no. Muchas gracias. Ya llevamos la nuestra”, bromeó Genciana con sonrisa pícara.

“¿A dónde las llevo, señoras?”.

“Allá al fondo. Según nos han dicho, se llama El Arenal. Pero somos señoritas”.

“Están bien informadas, señoritas. Aquello, efectivamente, es El Arenal. Vamos, Jordi”.

“Usted perdone, pero vaya nombrecito que le ha puesto al caballo”.

“El que merece. Conozco personas más brutas que este animal”.

Las dos hermanas ignoraron la respuesta pues iban demasiado abstraídas en lo que podían contemplar. A su derecha, como a quince o veinte metros, la larguísima cinta de arena blanca, la playa de casi cinco kilómetros; luego, el Mediterráneo, cuyas aguas, de un azul verdoso, no experimentaban movimiento alguno. ¡Qué distinto del Cantábrico!

A la izquierda, hoteles, restaurantes, cafeterías, supermercados, heladerías y, en la interminable acera, una verdadera multitud de paseantes vestidos con las más disparatadas ropas de variadísimos colores y tonalidades. Junto a un enorme barbudo con blusón hasta los pies, una negra en bikini y botas de cuero hasta los muslos. A su lado un melenudo casi albino, descalzo y fumando en pipa, con elegante traje de seda blanca y pañuelo de lunares rojos al cuello.

Por la misma calzada, autobuses, motocicletas y coches pasaban en ambas direcciones atronando a los transeúntes indiferentes.

El aire soplaba en su contra y traía, mezclado con el olor a fritanga, el que despedía el pobre Jordi pero, el cochero ya estaba habituado y las dos hermanas, excesivamente absortas en el gigantesco caleidoscopio sonoro en que se encontraban sumergidas para poder advertir el rancio perfume.

Cuando hubieron recorrido aproximadamente la mitad del paseo marítimo y pudieron comenzar a liberarse de su asombro, notaron, no sin sorpresa, que la inmensa mayoría de los establecimientos se anunciaban con nombres de animales en inglés. Había también otros en idiomas desconocidos, pero la representación gráfica de los irracionales era suficiente.

Vieron, entre otros muchos, el Big Bear, White Squirrel, Little Cat, Patient Mouse, The Hen, Blue Bird, Coquettish Shark y, como contrapunto, en incontenible estallido de patriotismo, el reclamo de un establecimiento llamado El Pazo, el cual, al lado de sus menús, aclaraba en letras de gran formato: “Se habla español y gallego (¡qué puñetas!)”.

Al final del Paseo, el Club Náutico, mucho más amplio que el situado en el otro extremo, les permitió contemplar espléndidos yates cuyos cobres y maderas relucían como recién salidos de fábrica.

Allí despidieron al cochero y decidieron volver caminando. Esta vez andando por la parte más cercana al mar. Apenas habían iniciado la marcha, Violeta se detuvo bruscamente y pretendió llamar la atención de su hermana hacia el lado opuesto de la calle.

“Mira, mira qué hotel más hermoso”, dijo tomando por el brazo a Genciana, tratando de arrastrarla hacia un paso de peatones cercano. “Vamos a verlo”, terminó de manera un poco forzada.

“Ya hemos pasado por delante cuando veníamos”, respondió Genciana, que observó inquieta la mirada azorada de su compañera. “A tí, te sucede algo”, añadió con acento de seguridad.

“Pues sí. La verdad es que no creo que lo que se ve desde aquí resulte un panorama adecuado para nosotras. La playa está repleta de mujeres vestidas únicamente con un taparrabos minúsculo. Por arriba, nada de nada. Y, y algunas… están acompañadas de varones con los que hablan con la mayor desfachatez”, agregó tartamudeando a causa de la indignación. “¡Qué vergüenza, Señor, qué vergüenza!”, terminó mientras secaba el sudor que repentinamente comenzó a perlar la ruborosa frente.

“Debes haberte equivocado, Violeta. Ya sabes que hoy día se fabrican tejidos de colores que imitan la carne humana y…”

“Déjate de monsergas, Genciana. Que no está el horno para bollos. Conozco muy bien la diferencia que hay entre carne y tela. Te aseguro que esto es una auténtica guarrada más propia de Sodoma y Gomorra que de nuestra querida España, hasta ahora, la fiel reserva espiritual de Occidente. ¿A dónde iremos a parar? Hoy esto y mañana, ¿qué? No, si ya lo decía don Fulgencio, el Consiliario de H.A.C. Les das el pie y te cogen la mano o al revés, que no sé ya muy bien lo que me digo. Genciana, se nos viene encima el amor libre. ¿Qué va a ser de nosotras?”.

“No digas disparates, Violeta. ¿Qué tenemos nosotras que ver con todo eso?. Supongo que no tendrás miedo a que vengan a violarnos. ¡Con los años y las pintas que nos gastamos, somos refractarias a cualquier accidente de ese tipo! Si existiera un hombre con la suficiente depravación sexual para intentar algo como lo que pareces anunciar, ya hace mucho tiempo que estaría recluido. Sería imposible que ocultase totalmente su locura. Tranquilízate, hermana. Moriremos vírgenes, pero no mártires”.

A pesar de los argumentos tranquilizadores que la más joven de las hermanas no cesaba de esgrimir, Violeta terminó por arrastrar a la enfurruñada gemela hasta la acera de enfrente desde la que no podía contemplarse el indecente espectáculo.

Lentamente, deteniéndose con frecuencia ante escaparates y tenderetes, fueron acercándose a su punto de partida. Se sentían fatigadas y, al pasar ante una heladería, decidieron tomar asiento y algo más frío que las ardientes sillas recalentadas por el sol que no hacía mucho caso de sombrillas y marquesinas.

Se recrearon tomando riquísimos helados en copa. Como, además de estar muy sabrosos, su tamaño hacía juego con la cantidad -ciertamente elevada- que hubieron de satisfacer por el privilegio, no expresaron en voz alta la opinión que, súbitamente, les mereció el propietario del establecimiento.

Luego, más despacio aún, reanudaron la marcha. Cuando llegaron al hotel, ya no estaban cansadas. Con admirable franqueza, reconocieron ante el encargado de recepción que, amablemente, les preguntó, que se encontraban hechas puré.

Por suerte, para el día siguiente no había programada ninguna excursión. Tendrían tiempo suficiente para reponerse antes de la visita a La Calobra y al Torrente de Pareis.

Tendría que pasar mucho tiempo antes de que las dos hermanas lograran olvidar el terror experimentado en aquel desplazamiento. Durante toda su vida serían incapaces de decir, con absoluta certeza, si soportaron más miedo en el ascenso que en el descenso. La experiencia se convirtió en un hito en su existencia, de tal modo que, al igual que muchas personas dicen “antes o después de la guerra”, ellas convirtieron el hecho en el mojón que separaría las dos mitades, desiguales por su duración, que no por la intensidad, de su paso por este mundo.

La cosa no era para menos. Desde el punto más elevado de La Calobra, aquella carretera infernal, conjunto de vueltas y revueltas siempre bordeando precipicios entre imponentes riscos, parecía haber sido proyectada por un enemigo de la tranquilidad de espíritu. En un punto llamado La Corbata, la ruta semejaba entrecruzarse consigo misma sin solución de continuidad.

La aparente indiferencia del conductor del autobús y las bromas del guía no hacían nada por mejorar el estado anímico de los viajeros que, en el mejor de los casos, lamentaban en silencio los errores cometidos hasta entonces; entre ellos, de los más significativos, encontrarse allí en vez de en otro lugar cualquiera.

Violeta y Genciana, fervorosamente, rezaron cuantas oraciones, evocaciones y jaculatorias conocían y, en su pánico, llegaron a componer otras nuevas. Todo les parecía poco en aquellos momentos angustiosos.

Después de comer en la terraza del restaurante situado sobre una cala maravillosa, a escasos metros del mar azul-verdoso, visitaron el Torrente de Pareis.

El famoso torrente, pensaron las gemelas, podía pasar por algo maravilloso, pero únicamente para quienes no hubieran contemplado la garganta del Cares o el Valle de Onís desde el Mirador de Ordiales.

A su vuelta a donde aguardaba el autobús, recibieron la noticia que estuvo en un tris de cortar más de una digestión. Deberían regresar por el mismo sitio. No existía otra carretera alternativa.

La infausta nueva cayó como una bomba entre los desprevenidos excursionistas. Suele decirse que el miedo a lo desconocido es el de peor especie que puede sentirse. Sin embargo, allí se encontraban cuarenta personas dispuestas a jurar lo contrario.

Pese a los agoreros vaticinios que algunos fueron incapaces de reservarse para sí mismos, el regreso se realizó sin el menor contratiempo y, al final, ya en el hotel, todos se mostraban satisfechos de haber participado en la espeluznante aventura.

Con una jornada libre por el medio, tuvo lugar la esperada visita a la Cartuja de Valldemosa. Entre los asistentes se encontraban tres furibundos admiradores de Chopin que no podían contener su impaciencia por conocer el punto en que el músico había hallado inspiración para componer partituras cuya genialidad y romanticismo desafían indemnes el paso de los años.

Las dos hermanas, entusiastas del universal polaco, observaron, casi con religioso recogimiento, los dos viejos pianos sobre los que Federico hizo correr sus ágiles dedos. Les parecía estar viendo al compositor enfermo, dotado de sobrenatural sensibilidad, sentado ante los amarillentos teclados que habían de convertirse en senderos de su gloria.

Escucharon sin perder palabra cuanto explicó el especialista contratado para el grupo. Su acompañante, se veía con claridad, era también incondicional de Chopin. Hablaba de él con inmenso respeto y proporcionaba tantos pequeños detalles de la vida de aquél con Jorge Sand, que producía la impresión de haber sido testigo del amor de aquellos dos seres marcados por el destino.

Abandonaron la Cartuja en silencio, con igual consideración que si dejaran a su espalda el último lugar de reposo de una persona recién fallecida. Y, sin embargo, eran conscientes de que Chopin vivirá eternamente en su música inmortal.

De regreso, el alto efectuado en una fábrica de soplado de vidrio, les permitió conocer el antiquísimo método que en Mallorca se utiliza para realizar hermosas obras de arte en perecedero cristal. Anforas, jarrones, vasos, figurillas de animales y otros muchos objetos salían de las manos de aquellos hábiles artesanos como por obra de magia.

Ya cerca de Palma, en una nueva parada, se realizó la visita a la exposición y talleres de madera de olivo esculpido. Allí tuvieron la oportunidad de encontrar verdaderas maravillas, si bien a precios bastante elevados.

En una enorme nave, junto a la exposición, una fábrica de licores típicos mallorquines contaba con sala de degustación gratuita. A pesar del tamaño, el local estaba abarrotado de público. Continuamente llegaban más y más autobuses extranjeros que antes habían encontrado en Valldemosa.

El barullo era imponente. Todo el mundo hablaba al mismo tiempo y en voz alta. Ante los barrilitos de licores, entre los que no faltaban los de hierbas, almendra y palo, menudeaban los empujones. Allí nadie había entrado simplemente a curiosear. Cada cual luchaba por libre tratando de colocar el vasito, cogido a la entrada, bajo la espita del barril de su elección. No existía límite para las pruebas. Podía beberse cuantas veces se quisiera.

Violeta y Genciana habían sido separadas por un aluvión de alemanes que empujaban de firme. En su avance arrollador desde la puerta, habían separado a más de un matrimonio bien avenido hasta aquel momento. Sin proponérselo, actuaban como una inédita fórmula de divorcio, rápida, gratuita, instantánea e indolora.

La fortuita invasión produjo resultados impensados hasta la llegada de los rubios teutones.

Sobre el grupo de los jubilados, formado por personas de avanzada edad y de reconocida animosidad contra las bebidas espirituosas, con ciertas admitidas excepciones, el cargado ambiente, el vocerío y, sobre todo, el olor, el penetrante aroma, actuaron como potentes desinhibidores y, repentinamente, como poseído de sed inextinguible, se lanzó al ataque.

Únicamente Violeta, sobreponiéndose a la locura colectiva, se limitó a probar un sorbito de licor de almendras. Estaba muy sabroso pero no estaba dispuesta a dejarse vencer por la tentación. Por su parte, Genciana, libre de la vigilante mirada de su gemela, sucumbió miserablemente y, un vasito de esto y un vasito de aquello, bebió más de la cuenta. Era cierto que los vasitos abultaban poco más de dos dedales juntos, pero fueron demasiados dedales.

Llegó la hora de partir y Genciana hubo de ser rescatada a la fuerza. Había sentido tal atracción por el barril de brandy que no deseaba separarse de él nunca más.

El aspecto que presentaba cuando trabajosamente fue izada a bordo del autobús, cuyo pasaje al completo aguardaba hacía más de un cuarto de hora, ni con la mejor voluntad podía ser calificado de irreprochable. La grotesca gorra de béisbol aún ocupaba su puesto en la cabeza, pero la visera había sido displicentemente desplazada hacia atrás y prestaba sombra a la nuca. Su tez había adquirido la rubicundez propia de las amapolas, calzaba un solo zapato y la falda ostentaba un largo desgarrón.

A los airados reproches de su hermana, sólo respondió con un alegre, aunque algo tartamudeante, “¡Viva Mallorca y sus productos autóctonos!”, coreado estentóreamente por los testigos del desahogo.

“¿Qué diría don Fulgencio si te viera en este estado?”, murmuró Violeta, tan roja como Genciana y a punto de reventar de santa indignación.

Genciana dio la callada por respuesta. Tan pronto como se acomodó en su puesto, una dulce modorra la invadió sumiéndola en el sueño. Pero en sus labios se dibujaba la inocente sonrisa que ella misma había sorprendido tantas veces en sus propios colegiales cogidos en falta.

El resto de su estancia en Palma y el regreso a sus lares transcurrió felizmente.

Violeta tuvo el buen gusto de no sacar nunca más a colación aquel ignominioso traspiés de su querida gemela y ésta prefirió convencerse de que el episodio era producto de sus sueños. Pero, por si acaso, jamás intentó salir de dudas. Moriría en la bendita ignorancia.

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Viaje para viejos. Solo para sordos

El barullo resultaba insoportable. Era imposible entender nada de lo que más de cincuenta altavoces pregonaban simultáneamente. Pero no era necesario oír. Ver era suficiente.

Todo lo que la muchedumbre de curiosos y  compradores pudiera desear estaba allí, a su alcance. Expuestos en centenares de tenderetes de quita y pon confeccionados con cuatro tablas, un par de cajones y un trozo de lona como sombrajo, podían contemplarse miles de artículos.

Calzado, vestido, libros nuevos y viejos, discos, cassettes, transistores, estaban bien representados.

Tampoco faltaban los productos del campo; quesos, higos, almendras y aceitunas en picudos montones esperaban que el capricho de los indiferentes o interesados paseantes se decidiera por algo en particular.

Mientras tanto, los vendedores más humildes, sin ayuda técnica alguna, enronquecían gritando que lo suyo era lo más fresco lo más moderno o lo de mayor garantía.

A su lado, los situados en la cima de la escala jerárquica, por lo general delante de la abierta puerta trasera de abolladas furgonetas, haciendo uso de micrófonos y gangosos altavoces, se sumaban al estrépito.

Sin dejarse apabullar por el estruendo ni por el calor que apretaba de firme, el gentío circulaba lentamente entre las ordenadas filas de puestos de venta.

El piso, de gravilla menuda que permitía la visión de la arena sobre la que había sido derramada, tampoco añadía ninguna comodidad.

No obstante, el público, de manera especial el femenino, persistía en su incesante búsqueda de la ganga que, orgullosamente, mostraría a sus amistades de la península.

“Pues la verdad es que, buscando un poco, podían encontrarse cosas muy monas”, dirían. “Y muy bien de precio”, añadirían para hacer morir de envidia a quienes no hubieran tenido la fortuna de realizar el viaje a Mallorca, con excursión al mercadillo de Soller.

Sí, aquello era un mercadillo, pero qué mercadillo. Debería concedérsele el nombre de mercadote en atención a su tamaño e importancia.

Despreciando las transacciones comerciales más o menos honestas, algún carterista haría su agosto en aquel caluroso mes de mayo.

Domiciano y Rafaela, que formaban parte de la expedición de jubilados, contemplaban con mirada codiciosa cuanto se ofrecía a su vista.

Se les apetecía todo. El, de manera especial, no podía apartar los ojos de un tenderete más grande que los demás en el que se mostraban, en mezcolanza impresionante, toda clase de aparatos relacionados con la música.

Tímidamente, se acercó al tablero que hacía las veces de mostrador. Rafaela, como a remolque, siguió sus pasos.

“¿Qué vas a hacer, Domi? Ten cuidado; no te timen. Ya sabes que en estos sitios…”

“No empieces, Rafa. Sé muy bien lo que quiero. He pensado que si encontrara un aparato para Adrián, que está como una tapia, quedaríamos como los ángeles. Se enteraría todo el pueblo”.

“Oye, no está mal pensado. Pero, la verdad, Domi, no te dejes convencer enseguida. Eres demasiado inocente”.

“Descuida, mujer. Ya sé cómo se llama el chirimbolo ese. Es el Sonotone”.

“De todas maneras no te fíes, Domi”.

Rafaela conocía sobradamente la candidez que, como enfermedad crónica, aquejaba a su marido, siempre deseoso de aparentar unos conocimientos muy por encima de los que poseía realmente.

La verdad era que, nacidos los dos en Becilla de Valderaduey, la población más importante que conocían hasta aquel momento era Astorga, donde habían vivido desde su matrimonio, él como empleado de una pescadería y ella como cocinera en una fonda.

Fuera del trabajo, sus diversiones preferidas eran el ahorro y los seriales de la televisión y radio, por este orden precisamente.

Una vez al mes, adquirían “Marca” y “El Caso”, con cuya lectura encontraban satisfechas ampliamente sus ansias culturales.

Nada tenía de particular, por tanto, que Rafaela, conocedora de la maldad humana gracias a los estremecedores casos de El Caso, temiera justificadamente la candidez de su marido.

Por su parte, Domiciano, que era capaz de recitar de memoria las alineaciones del Betis y el Atlético de Madrid en el memorable partido jugado el 26 de febrero de 1951, estaba absolutamente in albis con referencia a otras verdades de la existencia.

El estado de su intelecto debía reflejarse claramente en el rostro de Domi, pues el propietario de tantos tesoros musicales, habituado a sacar partido de situaciones semejantes, le dejó “cocerse en su jugo” un buen rato antes de preguntarle, naturalmente sin manifestar más que un superficial interés, si deseaba alguna cosa.

El ex-pescadero, tratando de aparentar mayor aplomo del que sentía, quiso saber si, entre todo aquello -aquí, Domiciano se apuntó un tanto al conseguir introducir un tono netamente despectivo- había algún aparato para sordos.

Aunque la multitud no era consciente del hecho, allí estaba a punto de acaecer algo muy gordo. Ante la magnitud del inminente suceso, el vocerío debería haber decrecido de inmediato. Pero no fue así. Cosas parecidas debían ser moneda corriente y, por ello, la muda declaración de guerra entre el avispado vendedor de útiles para melómanos y el ex‑detallista de peces muertos pasó desapercibida.

El feriante, mostrando todos los dientes en amplia sonrisa que hubiera bastado para persuadir a personas más cautas que Domi de la conveniencia de salir de estampida, se inclinó ocultando las manos bajo el tablero que le separaba del público.

Cuando se enderezó de nuevo, con la soltura de un prestidigitador, enseñó un reluciente aparatito.

“Juego de manos, juego de villanos”, cuchicheó nerviosamente Rafaela al oído de su media naranja.

“Aquí tiene usted lo más moderno para minusválidos de las entendederas”, exclamó el mercachifle, exhibiendo otra vez la deslumbrante dentadura.

“Y lo más barato. Es un articulo Made in Japan. Ya se sabe; los japoneses fabrican mejor y a menos costo… como sólo comen arroz…”, añadió resumiendo en breve frase todo un tratado de economía dietética.

“Oiga -respondió Domiciano, dejando sentado de una vez por todas que a él no se le daba con queso-, eso no es un Sonotone. Es un Sony”.

“Claro. Ya le he dicho que es japonés. El Sonotone es de patente americana. El que tiene en la mano es un Sonytone. Démelo un momento. Moviendo esta palanquita, se enciende. Tome; ¿ve usted la luz roja?; pues ya está en funcionamiento”.

“Pero, si no se oye nada”, se quejó Domi.

“Naturalmente”, corroboró el de la blanca dentadura. “Primero hay que ponerse en un oído este pequeñísimo auricular que va conectado por este cable casi invisible. Luego, se mete el aparato, así, en el bolso superior de la chaqueta. De esta manera, prácticamente no se ve ni una cosa ni otra”.

“A ver, a ver”, contemporizó el de Becilla de Valderaduey. “Sigo sin oír nada de nada”.

“Pues claro. Para oír con este aparato hay que estar sordo como una pared. Emite en una frecuencia que los afortunados que oímos bien no percibimos. Si no fuese así, podría venderle a usted una caja de betún, acercársela al oído y oiría perfectamente, pero no gracias a la caja de betún”.

“Anda, pues es verdad”.

“Además, esta obra de arte está dotada de algo que no tiene el Sonotone. Cuando el desgraciado sordo está hasta el gorro de escuchar las memeces que se dicen a su alrededor -siguió con un rostro como piedra berroqueña el convincente charlatán- oprime este interruptor y cierra el auto-parlante primario. Simultáneamente, el ultramonitor sensoauditivo secundario capta las ondas trifásicas comburentes y, separándolas de las argónicas, pone en marcha la cinta magnetofónica incorporada. De esta forma, comienza a escuchar la música de su elección”.

“¿Hay que enchufarlo a la corriente?”, quiso enterarse Domiciano, a quien, por lo visto, no se le escapaba nada.

“¡Qué va, hombre, qué va! Ese estilo ya no se lleva. Ahora todo funciona a pilas. Este Sonytone utiliza dos de 1,5 voltios, cada una. Está demostrado que cada pila tiene chicha, quiero decir, corriente, para escuchar 150.000 palabras trisilábicas. O sea, que con las dos alcanza 300.000. Muchísimas más de las que diría en unos dos meses cualquiera que no sea predicador, político o feriante como yo”.

“Bueno, el cacharro me gusta pero, ¿qué me dice del precio?”.

“Sin ofenderme por lo de cacharro, que supongo será una broma, como creo que va a ser para un regalo, puesto que usted no lo necesita, le haré un precio especial. Se lo dejaré en 15.500 pesetas”.

“Pero, ¿qué dice, hombre de Dios? Eso es un robo. ¿Quiere tomarme el pelo? Va que arde con 10.000”.

“Oiga, oiga. De robo, nada, y de arder, tampoco. Si quiere, partimos la diferencia. 12.500, y es suyo”.

“De acuerdo, si añade un par de pilas de repuesto y una cassette de Manolo Escobar”.

“Vale, vale. Es usted intratable. Por curiosidad, ¿es usted comerciante?”.

“Lo fui antes de jubilarme, sí”.

“Ya decía yo. Eso se ve enseguida. Bueno, pues como es usted de la profesión, voy a envolvérselo en un papel para regalos y atarlo con una cinta. Tome, mire qué bien ha quedado”.

El paquetito resultaba una preciosidad, así que Domiciano sacó la cartera, eligió las 12.500 pesetas en los billetes más viejos que encontró en su abultado contenido, se hizo cargo de la compra y, seguido de Rafa, que aún no las tenía todas consigo, se alejó del lugar del crimen.

A Rafa le molestaban los zapatos. Había tenido la desdichada ocurrencia de estrenar unos de charol que le oprimían los pies de manera intolerable y la suma de la estrechez del calzado, el calor y el piso desigual estaba convirtiendo lo que podía haber sido un delicioso paseo en un verdadero suplicio.

No podía dar un paso más. Por suerte, vieron allá al final de una de las hileras de puestos un recinto cercado con cuerdas, habilitado como bar, con cierto número de sillas y mesas de madera.

Cuando se acercaron al lugar, advirtieron que desde uno de los rincones, alguien les hacía señas. Eran Ramón, Juan y Paco, sentados confortablemente a la sombra de un espeso techado de ramaje.

Sin hacerse de rogar, se acomodaron al lado de sus compañeros. Domi pidió un vaso de vino y Rafa, tras despojarse de las charoladas botas malayas, un refresco.

La última, sentada muy tiesa en la silla, con el pelo blanco recogido en un apretado moño sobre la nuca, observaba impasible, a través de los gruesos cristales de las gafas de concha, el ir y venir de la gente. Mantenía el bolso sujeto con las dos manos ante el desarrollado torso, pareciendo desafiar a que un mundo de desequilibrados intentase desposeerla de su tesoro. Era la personificación de la sensatez, la encarnación del sentido común.

Por el contrario, su consorte -bastante más bajito- a primera vista causaba la impresión de un gallito presumido y ufano dispuesto a soltar en cualquier momento un estentóreo quiquiriquí. Pero si se le observaba con mayor atención, no se conseguía otra cosa que perder el tiempo y ratificarse en la opinión ya formada.

De cabeza voluminosa y manos y pies diminutos, sugería la idea de disponer de una voz atiplada en consonancia con su frágil aspecto y aniñada expresión. La sorpresa era general cuando se le escuchaba por primera vez, pues de aquella boquita infantil surgía, como de insondable sima, un sonido bronco y cavernoso que espantaba a los pasmados oyentes.

Tan pronto como, con ásperos sones, hacía uso de la palabra, todo callaba a su alrededor. Aníbal, en el paso de los Alpes, debió hacerse obedecer por los elefantes con bocinazos semejantes a los proferidos por Domiciano, ya un tanto marcado por su nombre de tribuno romano.

Los reunidos alrededor de la mesa, hablaron de todo y de nada. Terminado el breve parlamento de Domi, dos señoras sentadas en una mesa próxima, se levantaron apresuradamente asegurando que se acercaba la tormenta. Habían oído truenos.

Paco comentó, con buen humor, cómo habían tratado de venderle un jersey con una sola manga.

Juan relató socarronamente el follón que se armó cuando un comprador advirtió que le habían vendido dos zapatos de distinto número.

Ramón, después de lamentar que allí no se vendiese sidra, trató de finalizar el tema que estaban comentando diciendo: “Mirad, a mí me parece que si en estos sitios engañan a alguien es porque está pidiendo a gritos que le estafen”.

Domi fue del mismo parecer. Su asentimiento fue el causante de que una bandada de gorriones, posados a unos veinte metros, levantase el vuelo precipitadamente, desapareciendo en la lejanía.

“Lo que sucede, aseguró categórico el castellano, es que la gente compra sin conocer exactamente las características de lo que adquiere. Nosotros hemos comprado…”

“Tú has comprado”, interrumpió fríamente Rafaela. “Ya te he dicho que yo no me fiaba ni un pelo de aquel bocazas. Así que a mí no me mezcles. Si luego resulta que te ha colocado una plancha eléctrica por un Sonotone y tu amigo Adrián tiene que oír con la oreja sobre la tabla de planchar o planchar con la oreja, no…”

“Basta ya, Rafa”, cortó enfadado el rugiente Becillense. “No nació todavía el feriante que me pueda engatusar. Sabía perfectamente lo que hacía”.

“Pero bueno”, terció Paco en un intento de restaurar la paz. “¿Se puede saber qué os ha pasado?”.

“En realidad, no ha pasado nada. He comprado un Sonytone para un amigo de Astorga que está más sordo que una tapia, pero antes…”

“Perdona, Domiciano”, interrumpió Ramón. “Dices que has comprado un Sonytone. Yo he oído hablar del Sonotone, pero ni una sola vez del Sonytone. ¿No te habrán dado gato por liebre?”.

“De eso nada. Se trata de un aparato para sordos fabricado en Japón por la casa Sony. El Sonotone es norteamericano. Estoy bien enterado, pero esta mujer siempre está lo mismo; es más desconfiada que una lagartija”.

“Yo no tengo idea de quién fabrica el Sonotone, ni si es americano o chino. Me da igual” -dijo Paco. “Lo que me extraña muchísimo es que en un lugar como éste se vendan artículos especializados”.

“En una ocasión tuve en la mano un Sonotone”, intervino una vez más Juan. “Supongo que serán todos parecidos. Si quieres que lo veamos…”

“Me da no sé qué deshacer el paquete. Luego no quedará igual, pero en fin. Si va a servir para tranquilizar a mi señora, vamos allá”, concedió de evidente mala gana Domi.

Con delicados tironcitos por aquí y allá, procedió a desenvolver el artefacto origen del disgusto surgido entre la pareja de astorganos.

Cuando el elegante papel que ocultaba el Sonytone fue cuidadosamente retirado para no arrugarlo, los ojos de los asistentes a la operación permanecieron clavados unos instantes en Juan. Nadie se atrevía a pronunciar palabra. Esperaban el veredicto.

La situación se prolongaba más de lo normal y, por fin, Domiciano no pudo dominar su ansiedad.

“¿Qué?”, preguntó roncamente.

Juan, consciente de que su respuesta iba a originar una trifulca de incalculables consecuencias, no se animaba a contestar. Pero no tuvo más remedio que hacerlo.

“Esto -dijo, tomando el aparato con mano insegura- no es un útil para sordos. Es un Walkman. Pueden adaptársele unos cascos ligeros o un auricular como este que trae conectado”.

En el pesado silencio que se hizo en torno a la mesa, pudo escucharse con mayor intensidad el estrépito que reinaba en el espacio ocupado por el mercadillo.

“Ladrón, condenado chorizo, -exclamó el timado maragato- ésta me la paga, como me llamo Domiciano”.

Iracundo, se levantó de un salto y, tratando de apoderarse del aparato, aún en poder de Juan, lo tiró al suelo.

Entonces se produjo un hecho que llenó de consternación a los presentes. Con el golpe recibido al caer al suelo, el endemoniado trasto se abrió en dos mitades y, en su interior, allí donde deberían aparecer condensadores, transistores y otras zarandajas por el estilo, únicamente se veían unas bolsitas de plástico transparente conteniendo polvo blanco parecido a la harina.

“Encima, con recochineo -rugió Domiciano, hecho un basilisco. No tiene más que contrapeso. A este tío lo mato”.

“Qué contrapeso ni qué niño muerto -contradijo Rafaela. Eso es droga. Lo menos, cocaína. Lo explica muy bien El Caso. El hombre de los dientes como fichas de dominó que te vendió ese chirimbolo es un traficante que se equivocó dándote un cacharro por otro. Así que nada de golpes. Esto es un asunto para la Brigada Antidroga”.

La cuestión estaba bajo control; en buenas manos. Las esporádicas lecturas de El Caso habían producido sus frutos y ahora Rafa, desaprovechando elegantemente la ocasión de lanzar ese desagradable colofón de “ya te lo decía yo”, cosa que ponía en evidencia su espíritu superior, se limitó a recoger del suelo el corpus delicti y, con su esposo y amigos, se fue serenamente a la busca de un agente del orden, cuidando muy mucho de no volver a pasar ante el puesto expendedor de estupefacientes.

No les llevó mucho tiempo dar con un representante de la ley que, sin excesivas palabras, les condujo a una Comisaría Móvil. Allí, en pocos minutos se organizó la operación captura del vendedor de Sonytones de quien, al parecer, venía sospechándose sin disponer de pruebas materiales.

Rodear el tenderete con agentes de paisano y sorprender al propietario de la deslumbrante dentadura, tan falsa como él mismo, con las manos en la masa, fue juego de niños.

Entre las existencias se encontró un elevado número de aparatos cargados con el mortífero polvillo tan fácilmente reconocido por Rafa.

El embaucador resultó ser el traficante más buscado de Baleares y su detención, un verdadero éxito.

Cuando el Jefe de la Brigada Antidroga felicitó calurosamente a la excocinera por su presencia de ánimo y rapidez de reflejos, Domiciano dijo algo que llenó de perplejidad a todos los presentes y a Rafa de un comprensible gozo.

“En cuanto lleguemos a Astorga, te voy a suscribir a El Caso por diez años”.

Viaje para viejos. Papotes

“Papotes” había abandonado para siempre su Bélgica natal a bordo de un carguero que cubría la ruta Ostende-Gijón, transportando carbón extraído en las minas de Lieja.

Resultaba extraño que aquel negro mineral traído desde tan lejos a la Central Eléctrica de Aboño, costara menos dinero que el arrancado en el subsuelo de la propia Asturias, pero así era.

Paulus Poteshalen se encontró en Gijón con dos días en blanco. No tenía absolutamente nada que hacer. Su puesto de primer maquinista en el Norden Marik no le obligaba a permanecer allí. Podía irse a donde deseara, siempre que antes de la marea alta del día en que debían zarpar de nuevo para Ostende estuviera en su puesto.

Conocía escasas palabras de español pero entre ellas figuraban “vicio”, o sea, mala costumbre, y “villa”, es decir, población/núcleo urbano. Se quedó un tanto sorprendido al ver escritas las dos palabras en el indicador de un autobús que señalaba: Gijón-Villaviciosa/ Villaviciosa-Gijón.

“Me agradaría conocer -se dijo- una aglomeración humana que no tiene inconveniente en reconocer que, colectivamente, es un nido de vicios”.

Y no lo pensó más. Ascendió al autobús, entregó unos billetes al hombre que se encontraba detrás del volante simultaneando los trabajos de cobrador y conductor y se repantigó en un asiento bastante estrecho para sus amplias posaderas.

El vehículo arrancó con ruidosa protesta que al experimentado oído de Paulus nada bueno presagiaba y se puso en movimiento lentamente. A pesar del traqueteo, aquella ruina con ruedas avanzaba. Al poco rato, habían abandonado Gijón y rodaban a la sosegada velocidad de cincuenta Kms. por hora sobre una estrecha carretera, llena de profundos baches y bordeada por copudos árboles.

Abundaban las curvas y, de vez en cuando, entre la vegetación se veían cuidados sembrados de maíz. Era una visión tranquilizante. La cantidad increíble de tonos verdes había actuado como un bebedizo sobre la imaginación de Paulus.

Su llegada a Villaviciosa coincidía con la celebración del mercado al aire libre. Bajo frondosos plátanos, a lo largo de una calle que conducía a las afueras, se veía una interminable fila de puestos de venta. En ellos se ofrecía todo lo que una tierra fértil y generosa devuelve a quien la riega con sudor.

Vegetales de todas clases, mantequilla, fruta -especialmente manzanas de distintas variedades y excelente aspecto- cambiaban de dueño entre incesante cháchara. Todo el mundo hablaba a gritos. Parecía que iba a estallar una pelea a cada instante y, sin embargo, nada sucedía. ¡Qué diferentes eran las cosas aquí!

No obstante, encontró algo que semejaba bastante a un calzado utilizado en su lejana tierra. Había un par de puestos donde se exhibían zuecos de madera, no exactamente iguales a los belgas pero, evidentemente, de la misma familia.

Lo que no acababa de descubrir por ninguna parte era una muestra de los vicios que debían aquejar a la villa.

Entonces, dispuesto a llegar al corazón del secreto, se dirigió decididamente a un grupo de hombres que, sentados en bancos distribuidos en torno a una mesa, bajo una parra, bebían de un gran vaso común el líquido ambarino que se vertía desde la oscura botella colocada en alto.

La llegada de aquel desconocido enfundado en un uniforme azul, con gorra de plato en la que campeaba una rara insignia causó en el grupo de bebedores el natural estupor.

El asombro subió de punto cuando el recién llegado, con fuerte acento, dijo: “Villaviciosa, viciosa, vicio, villa, ¿sí?”.

“Sí, Villaviciosa”, respondieron los sorprendidos catadores de sidra, creyendo que el forastero deseaba cerciorarse de que se encontraba en Villaviciosa.

“¿Warum, why, pourquoi, perché viciosa?”, volvió a inquirir el desconocido.

Uno de los contertulios, viendo que por aquel camino no llegarían a ninguna parte, le indicó que se sentase a su lado, sirvió en el vaso una generosa ración de sidra y se lo entregó diciendo: “Beba, y déjese de monsergas”.

El invitado aceptó el convite y apuró el brebaje, lo saboreó apreciativamente y, devolviendo el frágil recipiente, insistió señalando la botella: “Ja, ¿sidra, vicio?”.

Ahora sí fue comprendido. Deseaba saber si la sidra era el vicio de la villa. Así que, sonriendo bonachonamente, contestaron: “Sí, sidra, vicio”.

Luego pidieron  más botellas y un puñado de manzanas y, haciendo ademán de estrujarlas, intentaron explicar cómo se obtenía aquella refrescante bebida.

El belga permaneció un buen rato sentado con sus anfitriones. No entendía una palabra de lo que se hablaba, pero le resultaba indiferente. Se sentía en paz con el mundo y consigo mismo. Cuando era su turno, bebía con aplicación, chasqueaba la lengua, apiñaba los dedos de una mano, se los llevaba a los labios y, besándolos, los separaba, realizando el gesto que en todas partes se traduce por “excelente”.

Contemplaba absorto cómo la sidra chisporroteaba al golpear el borde del inclinado vaso y los miles de diminutos diamantes que relucían al escapar goteando del transparente vidrio.

Pronto aprendió a deshacerse de la última porción del líquido imitando el gesto de una falsa oferta a los dioses. Lo que simulaba un acto religioso era únicamente una precaución higiénica.

Cuando la tertulia se disolvió, Paulus, tras estrechar ceremoniosamente las manos de los presentes, caminó al azar hacia la salida del pueblo. Enseguida se encontró andando por una pista de tierra, sin rastro de asfalto.

Entre las ramas de los árboles que jalonaban la senda que seguía, podía ver trozos de cielo azul y perezosas nubes algodonosas que parecían flotar lentamente.

Bastante antes de ver el agua que lo producía, escuchó su ruido. Al volver un recodo, se detuvo. Allí enfrente, como a doscientos metros, se alzaba una casa de piedra medio cubierta por hiedra.

Con paso tardo, se aproximó. Como sospechaba, se trataba de un molino. El sonido del agua corriendo encajonada en dirección al mecanismo que ponía en movimiento las pesadas muelas, era inconfundible.

Sobre la puerta de acceso podía verse un letrero que decía: “El Molino. Bar Modesto. Comidas”. Naturalmente, aquellas palabras nada significaban para Paulus pero, a pesar de todo, pasó al interior.

Dentro, le acogió una grata penumbra y un delicioso olor que le recordó las muchas horas que llevaba sin probar bocado.

Cuatro mesitas cuadradas, unas sillas y un corto mostrador de zinc, constituían el único mobiliario. Detrás de la barra, un anaquel con algunas botellas. A los extremos de aquélla, dos puertas, una con la indicación WC.

No había nadie para recibirle pero al escuchar el roce de la silla en que, fatigado, se dejó caer, por la puerta de la derecha surgió un hombre rechoncho con las ropas cubiertas de blanca harina.

Acercándose con andares de ánade, recogió el paño húmedo y, pasándolo concienzudamente sobre la mesa, preguntó: “¿Qué quiere tomar?”.

Paulus respondió: “sidra” y, cuando el hombre iba a marcharse en busca de lo que se le pedía, lo cogió por un brazo y soltó una larga e incomprensible tirada acompañada de la mímica adecuada para expresar que deseaba comer.

El propietario de “El Molino, etc.” le hizo señas de que no se impacientase y, asomando medio cuerpo a la puerta por la que había entrado un momento antes, gritó: “Cristina, ven acá. Tenemos un cliente que no habla español”.

La llegada de Cristina, que tuvo lugar rápidamente, representó muchas cosas para el marino belga. El ignoraba entonces que el encuentro tendría consecuencias tan importantes, que su vida dejaría de ser lo que había sido hasta entonces, para sufrir una radical transformación.

Por el momento significaba la posibilidad de hablar en un francés bastante rudimentario, pero comprensible. Cristina tenía veinticinco años, largos cabellos rubios, ojos tan negros como el carbón que transportaba el Norden Marik, voz acariciadora y un tipo que su modesto vestido no lograba disimular por completo.

El primer oficial de máquinas, repentinamente sin rastros de fatiga, hubiera entendido el árabe si Cristina lo utilizase. Comería cardos si se los sirviese. Pero, afortunadamente, lo que colocó ante sus ávidos ojos fue un rebosante plato de pote asturiano.

De vez en cuando, advirtiendo la poca maña que el marino se daba escanciando la sidra, la hija de Modesto la servía con una soltura admirable.

Tras el suculento potaje, llegó el turno de la parte sólida. Una abundantísima ración de lacón, tocino, chorizo, morcilla y costilla de cerdo.

Paulus, que había comenzado el almuerzo con sobrado apetito y buen ánimo, empezó a notarse incómodo. No sabía a qué atribuir aquella desazón que le ganaba por momentos.

Cristina estuvo a la altura de las circunstancias. El relato que el marino había hecho de sus andanzas en busca del vicio que aquejaba a la villa, junto con las posteriores y frecuentes libaciones del jugo de manzana, le hicieron comprender que era el momento de aconsejarle una rápida visita al WC …, para lavarse las manos.

El belga debía ser una persona muy aficionada al aseo personal pues, cuando volvió a sentarse después de la momentánea fuga, parecía sentirse sumamente aliviado.

Terminado el almuerzo, con Cristina actuando como intérprete, el oficial maquinista sostuvo una larga conversación con Modesto. Le interesaba todo lo relacionado con el campo, los cultivos, la fruta y, de una manera especial, la sidra y su fabricación.

Estuvieron hablando hasta bien entrada la tarde. A la hora de despedirse, no sabía cómo hacerlo. Dando rodeos y a base de circunloquios, logró armarse de valor para preguntar si podía volver por allí. La respuesta fue que aquél era un establecimiento público sin reserva del derecho de admisión.

Cristina las pasó moradas para traducir aquella chufla de su padre. Finalmente, consiguió encontrar las palabras precisas para no desanimar al que formulaba la pregunta.

Por último, se fue prometiendo seriamente que antes de un mes estaría de vuelta.

“Parece buena persona”, comentó el molinero. “Claro que con estos extranjeros, nunca se sabe”, añadió.

Paulus cumplió su promesa al pie de la letra. Veinticinco días después de aquella primera comida en “El Molino”, hacía la segunda aunque, esta vez, a base de fabada.

Durante su ausencia, solicitó la rescisión de su contrato con la casa armadora y liquidó sus asuntos en Bélgica. Prácticamente rompió todos los lazos con el país pues sus padres habían fallecido hacía años y su única hermana, casada con un ingeniero de minas, residía en el Congo.

La conversación mantenida con Modesto, tan pronto como consiguió terminar con cuanto se le había puesto por delante, fue muy seria. Pretendía adquirir un inmenso pomar (pomarada, decían allí) e instalar el mejor lagar de Asturias.

Sus proyectos no se reducían a esto. Como, por su carácter de extranjero, pudieran presentarse problemas a la hora de firmar escrituras y otros papeles legales, tenía pensado que todos sus bienes figuraran a nombre de su esposa, española.

Al traducir esto, Cristina no logró evitar un gesto de desagrado. “Entonces, ¿estás casado con una española?”.

“Todavía no. Pero puede que pronto lo esté”, fue la breve respuesta.

El exmarino había hecho el viaje desde Bruselas a Madrid con Sabena y de Madrid a Ranón, el aeropuerto de Asturias, con Iberia. Durante los vuelos realizados sin el menor contratiempo, su pensamiento apenas se apartó de la rubia escanciadora de sidra.

Lo que le sucedía no iba muy bien con su carácter, hasta entonces frío y receloso. Si aquello no era un flechazo, qué otra cosa podía ser. Además, no se trataba solamente de Cristina. Contaba también el ambiente de sosiego que se respiraba, que formaba parte del molino y sus alrededores.

Nunca se había encontrado tan tranquilo y a gusto. ¡Pasear lentamente bajo la arboleda, escuchar el rumor del agua que susurraba sobre los cantos de piedra, contemplar el cielo aspirando el sano perfume de la hierba y las flores, era tan distinto a lo que estaba habituado en su vida anterior!.

Recordaba las jornadas pasadas en las entrañas del Norden Marik y de otros barcos hasta llegar a aquel, soportando el olor nauseabundo del aceite de los motores, el monótono zumbido de pistones y émbolos, sin otros horizontes que las caras manchadas de sus compañeros de cautiverio.

Pero sobre todo, Cristina. Seguir navegando sin volver a verla era algo por lo que no podía pasar. El tenía ya treinta años. Debía pensar en casarse. Tendría hijos que vivirían una existencia, puede que sin grandes lujos, pero sana y alegre.

“Tan pronto como llegue a Villaviciosa hablaré con el molinero y, si su hija acepta, tendremos una boda en la que correrán ríos de sidra. Al fin y al cabo si, hasta ahora, estuve navegando no ha sido por el dinero. Tengo más de lo que necesito”.

Pasaron unos días, pocos, desde la vuelto de Paulus y una tarde en la que, como todas, había comido en “El Molino”, volvió a plantearse la cuestión pomar y lagar. Luego, muy serio, el belga dijo que deseaba casarse enseguida.

Modesto, con sonrisa burlona, contestó que bueno, que se casara y añadió: “Lo que no entiendo es por qué me lo dice a mí”.

La respuesta sorprendió únicamente a Cristina. Su padre ya sospechaba la verdad.

La boda se celebró, poco tiempo después, en Santa María, iglesia perteneciente al estilo de tránsito románico/gótico. Entre los asistentes se encontraba el grupo de bebedores de sidra que habían invitado al contrayente cuando llegó por primera vez a Villaviciosa en una infructuosa búsqueda del vicio que, aparentemente, asolaba a la comunidad.

Pasaron los años y, con la excepción de uno, todos los sueños de la pareja se convirtieron en realidad. Vivían en El Molino, convenientemente remozado y ampliado, aunque conservando todo su carácter.

El lagar producía excelente y abundante sidra y la contemplación del pomar cuando los manzanos estaban en flor era una maravilla que todas las primaveras ponía un nudo en la garganta a su orgulloso dueño.

Pero, quizás, como la felicidad nunca es completa, Cristina y Paulus no tenían hijos. No los tuvieron ni podrían tenerlos jamás. Aparentemente, no existía nada que se lo impidiese. Ambos disfrutaban de buena salud, eran absolutamente normales y, sin embargo, los hijos no llegaban.

Preocupados, visitaron una interminable serie de especialistas. Acudieron a Londres, París, Bruselas, sin resultado alguno.

Finalmente, cuando llevaban seis años de matrimonio, Cristina confesó a su marido que se encontraba en estado. La felicidad, sin límites, duró tanto como el embarazo.

A pesar de los constantes cuidados y la mejor ayuda médica, Cristina falleció al dar a luz y la niña nació muerta.

Transcurrieron varios años; Modesto, en pos de su hija y su nieta, abandonó este mundo. Paulus nunca llegó a recuperarse de aquellas pérdidas. Se encontraba solo aunque, sin proponérselo, había logrado reunir un elevado número de amigos.

Se nacionalizó español y emprendió varios negocios que marchaban viento en popa. Creó un complejo agrícola, granja y establos, dotado de los últimos avances de la técnica.

Querido por todo el mundo, titular de un enrevesado patronímico difícil de pronunciar y obligado a soportar su considerable peso (ciento diez kilos), fue rebautizado con el remoquete de Papotes, que aludía a sus redondos y carnosos carrillos y a las primeras sílabas de su verdadero nombre y apellido (Pa/ulus Potes/halen).

Su excelente carácter le hizo admitir de buen grado el nombre que, afectuosamente, empleaban cuantos le conocían.

Su vida, durante los años que siguieron a la desaparición de los que constituían su familia en Villaviciosa, fue pasando lentamente casi sin tomar parte activa en los acontecimientos. Una persona de absoluta confianza se hizo cargo de los negocios y, finalmente, se retiró totalmente.

Paseaba sin prisa por las veredas que le había hecho conocer Cristina. Sentado a la sombra de una parra que hizo instalar en el parte trasera del molino fumaba la pipa y, pensativo, escuchaba el rumor del agua que fluía muy cerca.

Uno de sus amigos, jubilado como él, le habló en cierta ocasión de los viajes que distintos organismos preparaban para personas como ellos. Podía ser divertido si fueran los dos juntos a cualquier parte.

Papotes, al principio, no quiso ni oír hablar de ello. “¿A dónde iba a ir él? Para hacerlo, tendrían que utilizar un transporte especial”, bromeó con amargura.

El otro, no conforme con aquella primera negativa, insistió haciéndole ver que un viaje le vendría  muy bien, sacudiría la pereza y el sopor en que se encontraba. Sería bueno para la salud del alma y del cuerpo.

Por último, Papotes accedió y un mes más tarde, arribaba a Palma de Mallorca. Aunque había de confesar que el viaje fue cualquier cosa menos cómodo, mentiría si afirmara que no se estaba divirtiendo.

Su aspecto y su acento, que le delataban como un ciudadano de adopción, le habían granjeado la simpatía de sus compañeros de viaje.

Poco importaba que se hubiera visto obligado a realizar el viaje en autobús, desde Oviedo a Barcelona, en el asiento del ayudante del conductor. En los destinados a los pasajeros era imposible encajar su humanidad.

Tampoco tenía trascendencia que la travesía Barcelona-Palma hubiera transcurrido en una butaca de lona ya que las literas no habían sido diseñadas para personas de su peso y tamaño.

De escasa monta era el inconveniente de dormir en una cama de matrimonio debidamente apuntalada cuyos refuerzos se le clavaban en la espalda como bayonetas.

No lo esperaba pero, ciertamente, disfrutaba con todo y de todo. Parecía un chiquillo en vacaciones. Su organismo, habituado a la baja temperatura del agua de río en que se chapuzaba casi a lo largo de todo el año, soportaba a las mil maravillas el tolerable frescor del Mediterráneo.

En las excursiones escuchaba atentamente cuanto explicaban los guías y nunca le faltaba un comentario oportuno que tenía la virtud de animar a aquéllos, sacándoles de la general apatía que suele ser su marca de fábrica.

Papotes era un hombre observador y esta circunstancia le permitió comprobar, el primer día que tomó posesión de su dormitorio, que el pestillo de la puerta corredera de la terraza había sido limado. La operación, realizada hábilmente por alguien que sabía lo que se hacía, podría pasar inadvertida sin un detenido examen.

Una noche, cuando Papotes dormía como un bendito roncando a más y mejor, sucedió algo que le despertó instantáneamente.

Se encontraba boca arriba, los labios, entre los cuales se deslizaba un reguero de saliva, un tanto abiertos, el brazo derecho colgando sobre el borde de la cama a dos dedos de la alfombrilla, cuando un repentino cambio en la temperatura del cuarto y la entrada del aire más bien frío que le golpeaba el rostro, cortó su sueño. Alguien le visitaba sin hacerse anunciar.

El nocturno infiltrado se detuvo unos instantes. Luego, confiando en los traidores y nasales sonidos del alerta Papotes, terminó de abrir la corredera, lo suficiente para pasar y encendió una diminuta linterna que emitía un delgadísimo rayo de luz.

Cautelosamente, sin producir el más leve sonido, se introdujo en la habitación y, desde donde se encontraba, paseó el débil fulgor de la lamparilla sobre todo el mobiliario. El único lugar que no iluminó fue el lecho sobre el cual el alerta Paulus, con los ojos entreabiertos, esperaba su oportunidad.

El tenue haz de luz hizo un prolongado alto sobre el escritorio situado frente a la cama. Algo lo atraía como un imán. Era una abultada cartera de la que sobresalían algunos billetes. Allí estaba lo que venía buscando.

El ratero, con paso cauto, rodeó una silla y avanzó sin un rumor. Pisó el extremo de la alfombra de pie de cama más cercano a la cabecera de ésta. Para hacerlo, tuvo que pasar a dos dedos escasos de la mano extendida de Papotes.

Dio dos pasos más. Ahora se hallaba de espaldas a su víctima. Con una sincronización de movimientos perfecta, el gordo y aparentemente lento emisor de ronquidos, propinó un violento tirón a la estera y se arrojó de la cama con la colcha extendida, cubriendo con ella al asustado amigo de lo ajeno que se había ido de bruces al suelo.

Lo que vino después fue un juego de niños. Papotes, como si su vida hubiera transcurrido en un almacén de paquetería, hizo un fardo del incauto invasor, lo tumbó sobre el colchón, se sentó encima (estando a punto de aplastarlo) y llamó a recepción pidiendo que subiera el detective del hotel.

Cuando el funcionario entró en la habitación, empuñando la pistola, recibió dos sorpresas. La primera, jocosa; el espectáculo inusitado de lo que, a primera vista, parecía un paquidermo en pijama. La segunda, trágica. La persona que surgió de entre los pliegues de la colcha, sofocada y atemorizada, era Pepito, pinche de cocina del propio establecimiento hostelero.

Pasados los primeros momentos de confusión, la policía, alertada por la dirección del hotel, se hizo cargo del detenido y le trasladó a Comisaría.

Al día siguiente, Papotes fue objeto de un homenaje por parte del Sindicato Provincial de Hostelería, en el que tomó parte el Delegado del Gobierno en la Comunidad Autónoma Balear y el Jefe Superior de Policía.

El astur-belga había capturado, como quien lava, al maleante Pepito que, con su segura base de operaciones en la cocina, entre sartenes y marmitas, llevaba más de tres años desvalijando impunemente desprevenidos pupilos del establecimiento.