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Pase a la sala de espera

Martín era un original a la fuerza, de igual modo que se encontraba en el paro; a la fuerza. La segunda circunstancia le había obligado a adoptar una postura poco frecuente en la vida y así, sin proponérselo, resultaba original.

Sentía desmedida afición por el teatro y el cine. Pero lo que, de verdad, constituía para él una atracción irresistible era el espectáculo de humor. Con excepción del crimen, estaba dispuesto a llegar a cualquier cosa con tal de ser testigo del hecho humorístico.

Y así, entre la espada de su incapacidad económica y la pared de sus deseos insatisfechos, cayó enfermo atacado de una fuerte depresión nerviosa que, en el plazo de breves días, le convirtió en una caricatura de si mismo.

No manifestaba interés por cosa alguna, su proverbial apetito desapareció por completo y permanecía hosco, encerrado en un limbo particular, tumbado en la cama con la persiana baja y la luz apagada.

Cerca de dos semanas transcurrieron hasta que la autoridad paterna se impuso y, como un fardo, Martín fue introducido en el coche y llevado a la consulta del más destacado psiquiatra de la ciudad.

El enfermo se empeñó en entrar en el despacho del médico sin ser acompañado por nadie y no reveló una palabra de lo hablado en la consulta. Las medicinas recetadas desaparecían discretamente lavabo abajo sin causar desperfectos visibles en el desagüe lo que confirmó la primera impresión de que el doctor sabía lo que se hacía y los medicamentos no eran perjudiciales.

Repitió la visita una semana más tarde y volvió de ella visiblemente recuperado. Decididamente, aquel galeno era una notabilidad, pensaron los familiares de Martín.

Se celebraron otras cuatro entrevistas más y, después de la última, el enfermo fue dado de alta. La depresión había remitido por completo y volvía a disfrutar de la vida, la comida dejó de ser un tormento y a ojos de Martín sus interlocutores perdieron el aspecto de antipáticos y crueles inquisidores.

Sin embargo, continuaba negándose obstinadamente a hablar del médico y a unirse al coro de alabanzas que sus padres entonaban incansables.

El ex-enfermo sabía que si había experimentado tan espectacular mejoría y tan rápida curación, el doctor no debía de ser acusado de lo que tenía todas las trazas de un milagro.

Ya antes de haber entrado en el despacho barrocamente decorado con una impresionante colección de diplomas, títulos y pergaminos otorgados por varias universidades nacionales y extranjeras, se había sentido un poquito aliviado.

La cita que le permitió asistir a la consulta por primera vez, se concertó a última hora, aprisa y corriendo. Por esa razón, pese a ser invocado el nombre de una amistad común, tuvo que permanecer en la sala de espera, muy concurrida, durante más de dos horas.

El famoso especialista era hombre meticuloso y concienzudo que formulaba infinidad de preguntas a cada paciente y no admitía respuestas monosílabicas.

Así  que Martín, en el primer momento molesto y después francamente divertido, tuvo la oportunidad de escuchar una serie de despropósitos que tuvieron a virtud de barrer de su mente las nubes pesimistas que le abrumaban.

A partir de la visita inicial, aguardó con impaciencia el día en que se produciría la siguiente y aquellos ratos hicieron más por su salud quebrantada que los más modernos fármacos de importación.

Cuando era introducido por la enfermera con cara de camello hidrópico en la sala siempre animada, tomaba asiento donde podía, adoptaba un continente austero y ausente que desanimaba a quienes sintieran la tentación de pegar la hebra y prestaba oído atengo a las habituales incoherencias comentadas en aquel lugar.

Su rostro impenetrable de tahur no dejaba adivinar ninguna de las impresiones que experimentaba. Pero interiormente, sin que nada delatara que en su ánimo se estaba produciendo un saludable cambio, una procesión de carcajadas homéricas sacudían y alejaban la indiferencia y el aplatamiento anímico en el que estaba sumido.

Luego, al regresar a casa, reflexionaba detenidamente en cuanto había escuchado y, de pronto, reía alegremente, como en otros tiempos.

Una tarde las risas fueron tan ruidosas que atrajeron a sus padres temerosos de que se hubiera vuelto completamnte loco. Martín los tranquilizó, asegurándoles que se encontraba mejor que nunca. De paso, aprovechó las circunstancias para agradecer cariñosamente su resuelta determinación de llevarle al médico. Los autores de sus días se retiraron safisfechos y despreocupados.

Una vez solo, el alegre parado reflexionó profundamente durante largo rato. Fruto de su meditación surgió una idea que, al día siguiente, puso en práctica.

A primera hora de la mañana, se dirigió al Colegio Oficial de Médicos, donde contaba con un amigo de la infancia. Este, después de múltiples dudas y vacilaciones, terminó por entregarle un grueso librote en el que figuraban clasificados por especialidades, todos los doctores colegiados de la capital de España.

La posesión del Nomenclátor le permitía realizar la segunda parte de su proyecto.

Aquella misma tarde, llamó por teléfono a la consulta de un oftalmólogo, el doctor Audino, y se enteró de las horas de recibo. De cuatro a ocho, por las tardes, y, por las mañanas, de diez y media a una y media, le respondieron, pero sería mejor que concertara una entrevista para evitar esperas molestas, añadieron previsoramente.

Pero Martín no accedió. Dijo que llamaría otro día, a primera hora. Naturalmente, no facilitó su nombre ni confesó que él, precisamente, quería esperar. Cuanto más, mejor.

Aquella tarde, a las cinco menos cuarto, se presentó en casa del doctor Audino. Dijo que deseaba ser recibido, que no tenía cita previa y que no tenía prisa alguna.

«Tiene usted diez personas delante», le informó la enfermera, invitándole a pasar a la sala de espera.

La habitación, como casi todas las destinadas a estos menesteres, tenía poca ventilación y su única ventana se abría a un angosto y tenebroso patio por el que ascendían arrastradas notas de un tango y los gimoteos de un niño.

Sobre dos mesitas bajas, un montón de revistas que nadie se molestaba en ojear, en parte debido a la poca luz de la que disfrutaban, y porque escuchar las conversaciones que se cruzaban entre quienes aguardaban requería menos esfuerzo.

Reinaba allí una atmósfera de templo pagano que parecía invitar a desnudar el alma ante los asistentes como en una pretérita confesión pública.

Precariamente sentado en una silla demasiado frágil para su amplia humanidad, como una enorme gallina sobre su palo, un buda humano pontificaba con atiplada voz. Las gafas ahumadas tras las que ocultaba los ojos le prestaban una apariencia extraña. Las manos regordetas cruzadas sobre el amplio vientre hacían pensar en la bendición urbi et orbe.

Hablaba con tonillo suficiente y despectivo y las otras nueve personas le escuchaban como debió ser escuchado en sus buenos tiempos el oráculo de Delfos. El gordo advertía el respeto que producían sus palabras y, mezquinamente, se aprovechaba de aquel hecho para no tolerar interferencias.

Cuando Martín entró, el obeso orador decía: «Pues, como aseguraba cuando la llegada de este joven ha venido a interrumpirme…»

«Usted perdone», se atrevió a decir el recién llegado.

«¿Qué he de perdonarle?», quiso saber un poco inseguro el conferenciante.

«Pues, que le haya cortado el rollo, naturalmente», contestó Martín en tono zumbón.

El otro, más mosca aún, optó por no acusar recibo de la intemperancia y prosiguió:

«Sí, en casos de quistes conjuntivales ya desactivados y para terminar con derrames subsidiarios, no hay nada como la Dexametasona Constrictor. Su fórmula es un verdadero hallazgo: dexametasona fosfato sódico 1 mg.; cloranfenicol  (succinato sódico) 7,3 mg., tetrizolina clorhidrato 0,5 mg. y vehículo coloidal c.s.p. 1 ml.»

Después de soltar la retahila de nombres incomprensibles, el adiposo vademecum permaneció unos instantes en silencio, volvió a tomar la palabra y añadió:

«No es que tenga nada contra el colirio oculos, vasoconstrictor antibiótico. Reconozco sus virtudes, pero, los antibióticos tiene sus inconvenientes…»

Lo que iba a seguir quedó en el aire, pues uno de los que aguantaban con estoicismo el didáctico chaparrón intervino para decir:

«Ya sé, ya sé; se refiere usted al shock «anaprofiláctico»…»

Como movida por un resorte, la diminuta fémina que ocupaba la silla inmediata a la de Martín, se puso en pie y, con una dignidad nada consonante con su exiguo tamaño, exclamó:

No estoy dispuesta a tolerar que ante una señora como yo, se pronuncien palabras tan soeces como la que acabo de escuchar.»

El culpable, fijó la vista en el suelo y se hundió en su asiento.

El gordinflón cambio de color y, visiblemente azorado, optó por permanecer en silencio.

Martín, algo verde aún en aquellas situaciones, se disponía a levantarse para abandonar la sala de espera cuando unas palabras pronunciadas muy cerca le hicieron desistir. Aguzó el oído y se inclinó hacia delante con curiosidad.

Frente a él, sentadas en un diván, tres personas cuchicheaban. Una, joven y bonita; otra, viejecita vestida de negro, con la barbilla apoyada en la empuñadura del bastón y la tercera, un hombrón con erizados cabellos entrecanos cortados a cepillo. Este último estaba en el uso de la palabra.

«…hace más de cinco años. Y, aunque parezca imposible, quedé fenomenal. Lo recuerdo perfectamente. Yo me encontraba, de pie, en una pila de troncos sobre la que, con una grúa, iban depositando los que descargaban de un enorme  camión. De pronto, la cadena se rompió y, al soltarse, el madero que colgaba se desprendió y me propinó un tremendo golpe en el rostro. Sentí un dolor agudísimo pero, sacando fuerzas de flaqueza, llevé la mano a la cara. Enseguida advertí que me faltaba el ojo derecho. Mis compañeros me apoyaron contra un árbol, a la sombra y, diligentes, iniciaron la búsqueda. Tuvieron que remover toda la pila de troncos pues el ojo se había colado hacia el fondo del montón. Tres horas más tarde apareció. Se encontraba bastante sucio, pero con agua del botijo y un pañuelo no muy limpio, lo dejaron bastante presentable. Luego, me metieron en una furgoneta y me llevaron a la ciudad. En total habían transcurrido unas seis horas. Sin embargo, en el hospital estaban acostumbrados a cosas por el estilo; en diez minutos volvieron a colocarme el ojo y Santas Pascuas. Todo en orden.»

«¡Santo Dios!» -articuló trabajosamente la viejecita. Pero, ¿cómo es posible? Y, ¿veía usted bien?»

«Por el otro ojo, sí, estupendamente -respondió tranquilo el accidentado. Por el que me habían vuelto a poner, nada en absoluto, como siempre. Como era de cristal…»

Martín, reprimiendo a duras penas la carcajada, se apresuró a batirse en retirada. Le dijo a la enfermera que volvería, pues había recordado una cita importante a la que no podía faltar.

Al día siguiente era sábado, jornada que todo especialista que se precie dedica a pescar, cazar o hacer encaje de bolillos. Así que Martín, no deseando perder una sola fecha, hubo de conformarse con el Seguro de Enfermedad y, ya metido en gastos, acudió a uno de los Ambulatorios más concurridos de Madrid.

La sala de espera venía a ser como la de la Estación de Chamartín, pero mas ruidosa y concurrida. Para hacerse oír todo el mundo hablaba a gritos, lo que obligaba a subir conjuntamente el tono. Cuando el pandemonium alcanzaba su cénit, el celador, embutido en su bata primitivamente blanca, intentaba restablecer el silencio y, como su voz individual no podía elevarse por encima del enloquecido orfeón, volvía a introducirse en su garita y salía de nuevo enarbolando una pancarta en la que los no iletrados podían leer: SE CALLEN.

Monótonamente, la pauta griterío-cartelón-griterío, se repetía cada diez minutos. El de la bata blanca cumplía su misión con la misma fe en el resultado de sus esfuerzos que quien espera una reducción de los impuestos.

Martín se encontraba físicamente mal. Aquel barullo le desconcertaba. Después de buscar infructuosamente dónde tomar asiento, advirtió que estaba libre una de esas sillas anatómicas de plástico que hacen innecesaria la calefacción y logran para sus usuarios más jóvenes la calificación de inútil total para el servicio militar.

Luego de renunciar definitivamente a permanecer sentado en la postura deseada, pues resbalaba continuamente, prestó oído a lo que se gritaba en las cercanías de su silla, modelo diseñado por la Inquisición en uno de sus momentos de intransigencia más rabiosos.

A su derecha, deslizándose y enderezándose alternativamente, en sus respectivas localidades, se encontraban un hombre y una mujer de mediana edad. Saltaba a la vista que estaban casados. Un matrimonio de tantos. Ella, con aspecto dusto y autoritario. El, con aire sumiso y apocado, miraba a sus congéneres como diciendo: «si se atreve, llévele la contraria a mi costilla y verá lo que es bueno.»

«Cuéntame los latidos, Lorenzo», dijo la mujer.

«A ver», contestó el marido asiendo delicadamente la muñeca con una mano como un jamón.

Transcurrieron unos minutos durante los cuales Lorenzo no apartó los ojos del reloj. Por fin, con un vozarrón que sobresalió claramente por encima del relativo silencio provocado por la aparición del cartel, proclamó: «Vas a ciento veinticinco revoluciones.»

A pesar de la incomodidad y el calor del lugar, Martín comenzaba a disfrutar. Como inicio aquello no estaba mal. A su espalda, en otra fila de butaquitas gemelas, pero en amarillo, alguien dotado de una voz estridente, ponía por los suelos los medicamentos en general. Especialmente, a los destinados a la vía oral, no los tragaba.

Su compañero en el sedente suplicio, le daba la razón pero disentía en un pequeño detalle. «Las medicinas, todas, son una porquería. A pesar de ello, yo tengo mucha confianza en los excipientes, por ejemplo, con sabor a morcilla. De esta forma, no daría ninguna pereza repetir las tomas.»

«Mire, déjese de pamplinas. Donde esté una medicina para uso tópico…»

«Querrá usted decir utópico», interrumpió con timidez el amante de los excipientes.

«Yo no hablo jamás de política. Y menos con socialistas», cortó indignado el de la voz chillona, levantándose apresuradamente.

Después de aquello, Martín no pudo resistir más. Necesitaba descansar. Haciendo un esfuerzo, logró ponerse en pie y se dirigió a los servicios.

Dos viejecitos terminaban de secarse las manos, uno con el pañuelo y el otro que, aparentemente, no tenía, con el faldón de la camisa. Habían tenido que ingeniárselas, pues, allí no se veía ni rastro de toallas, servilletas de papel o, siquiera, esa maquinita infernal que, por medio de aire caliente, distribuye equitativamente la humedad sin reducirla.

«Si he de decirle lo que pienso de los médicos, tendremos que irnos a un descampado, no vayan a tener micrófonos instalados por aquí; tengo miedo a represalias», confesó uno de los viejos.

«Yo también. Como a los jubilados nos dan los medicamentos gratis, a lo peor, para ahorrar, nos recetan una mezcolanza de fresa y cianuro», aseveró el otro.

«¿Te acuerdas del hongo? Aquello era formidable. Y a mí me vino al pelo. Me curó varias cosas. Cuando tuve la ciática, lo de la próstata y después la glosopeda, quedé como nuevo. Y, además, sabía fenomenal.»

«Oye, oye. Eso de la glosopeda, ¿no es una enfermedad de las vacas?»

«¡Qué va, hombre! No estás tú mal vaca. La glosopeda es un mal que ataca las encías, te las pone rojas, sangran mucho y los dientes se te aflojan. Si lo sabré yo.»

«Bueno, yo, la verdad es que prefería la cirigüeña. Sabía a rayos, pero era de un efecto fulminante. A la primera toma yo empecé a notar que me picaban menos los sabañones. ¿Y para los dolores de estómago? Algo increíble.»

Los dos ancianos terminaron de enjugar las extremidades superiores y con talante nostálgico abandonaron aquel lugar poco apropiado para las confidencias. Allí no olía precisamente a Chanel nº 5.

Miniatura de Chanel nº 5

En el enrarecido ambiente permaneció flotando la última frase pronunciada por uno de los vejetes: «En Santander, había un curandero que llamaban el Brujo, que…»

Martín volvió a sumergirse en la olla de grillos, cada minuto más febrilmente agitada y, cuando dio con un asiento vacío, lo ocupó. Tan pronto como lo hizo, una mujerona dueña de varias papadas, le preguntó: «Y a usted, ¿qué le pasa?»

«A mí, nada, ¿por qué?»

«Entonces, vendrá a recoger una receta, ¿no?»

En aquel momento, Martín comprendió que se le ofrecía en bandeja una nueva vía de diversión. ¿Por qué limitarse a escuchar cuando podía contribuir a crear mayor confusión?

Así que, sin dudarlo un instante, respondió de una tirada:

«¿Tanto se me nota? Pues sí. La verdad es que tengo cartilla de desplazado. El médico de Alcalá de Henares, me dijo que podía solicitar una receta aquí.»

«Bueno, pero, ¿qué enfermedad padece?»

«Tengo semántica hiperbólica.»

«Vaya por Dios. Y eso, ¿qué es?»

«Es un mal de la lengua.»

«¿Duele mucho?»

«Algunas veces, sí. Al pronunciar algunas palabras, sobre todo.»

«¿Por qué no prueba usted a hacer buches con un fervidillo de flor de saúco, manzanilla, romero y mejorana? Eso alivia muchísimo. Una hermana de mi consuegro tuvo un divieso en salva sea la parte y…»

«¿Pero, señora, ¿qué tiene que ver el trasero con la lengua?»

«Nada, nada. Usted pruebe y verá que alivio va a notar.»

Martín pareció aceptar el desinteresado consejo de su naturista interlocutora y, so pretexto de estirar las piernas, se levantó, caminó unos pasos y, procurando ocultarse entre la multitud, salió a la calle.

Se sentía muy feliz y un gozo inefable parecía poner alas en sus pies. Había encontrado una verdadera mina de humor cuya explotación sería cómoda y divertida.

A partir de aquel día podía ser, a voluntad, público y actor. Era cierto que por su actuación no percibiría ni un céntimo pero también era verdad que no le costaría una peseta contemplar la representación de los demás.

Alegremente pero con toda seriedad decidió dos líneas de conducta que seguiría a rajatabla. Jamás sería presa de una nueva depresión y nunca volvería a trabajar por cuenta ajena.

Si encontraba un trabajo cualquiera sería dado de alta inmediatamente en el Seguro Obligatorio de Enfermedad; y eso nunca.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987

La invasión

Cuando comenzaron a llegar, lo hicieron por millones. Y lo extraño  del caso es que su aparición se produjo simultáneamente en todas partes. Con absoluta independencia del clima que en aquel momento reinara en cada continentes, indiferentes al tórrido calor africano y a los helados vientos siberianos, como sacudiendo puntuales a una cita previa, surgieron de lo alto y, con suavidad, tomaron tierra.

Inmediatamente, comenzaron a  propalarse los más fantásticos rumores y las teorías más atrevidas que aseguraban se trataba de una nueva plaga, que eran producto lógico de las últimas experiencias nucleares. No faltaron las declaraciones de algunas sectas religiosas que coincidían en afirmar que representaban el anuncio de la venida del anticristo a la que seguiría, en plazo muy breve, el fin del mundo.

Las emisoras de radio facilitaban frecuentes boletines informativos describiendo vívidamente el extraño fenómeno. Por su parte, las estaciones de T.V. emitían imágenes que poca gente se tomaba la molestia de contemplar pues resultaba más interesante hacerlo desde cualquier ventana. En cuestión de minutos, la tierra entera se encontró cubierta de bellísimas mariposas.

Su repentina presencia planteaba varios interrogantes que los especialistas más distinguidos eran incapaces de responder. Para empezar, pertenecían a una variedad desconocida y sus características principales no se asemejaban a ninguna de las más de cien mil especies de lepidópteros clasificados y estudiados.

¿Cómo no había sido visto nunca, antes de aquel momento, ni un solo ejemplar? ¿Por qué no se posaban, ni por un instante, sobre el cristal o encima de un ser vivo? ¿Por qué razón se dejaban captura o morir sin realizar un movimiento de huida?

Al observarlas detenidamente, se comprobó que no realizaban la función de alimentarse. Al ser analizadas en laboratorios el desconcierto y la extrañeza no tuvo límites. Los elementos químicos que constituían sus cuerpos no respondían a reactivo alguno. No pudo saberse cuál era su composición.

Mariposa

Mariposa

Pero no era ésta la única sorpresa que la repentina invasión de las mariposas suscitaba entre los científicos de todo el orbe.

No era menos inconcebible el hecho de que, cuando una mariposa era aplastada, otra viva venía a sustituirla de inmediato como surgiendo de la nada.

La primera consecuencia agradable originada por la pacífica irrupción fue la absoluta desaparición de los horrendos vertederos, basureros y parques de almacenamiento de carbones y cenizas. Allí, donde hacía pocas horas la vista no alcanzaba a ver otra cosa que repulsivos detritus, se produjo una radical transformación. Aquel era un auténtico festival de color que las gentes se gozaban en contemplar.

En lugares baldíos desde siempre, en los que no crecía otra vegetación que ortigas, cactus y juncos, en pocas semanas se elevaron frondosos árboles, cuyos frutos, comestibles como se comprobó algún tiempo después, no habían sido cultivados antes por agricultor alguno. Esto mismo sucedió en tierras desérticas invadidas por la arena desde siglos antes.

La segunda sorpresa, la constituyó el elevado número de calorías y el contenido vitamínico de los distintos frutos de reciente aparición, que venían a aumentar de manera enormemente significativa los escasos recursos alimentarios disponibles.

En las Naciones Unidas, se creó una comisión especialmente encargada de estudiar cuanto se relacionase con el raro suceso, pues se temía que, con el paso del tiempo, pudiese causar algún problema de tipo sanitario o genético de consecuencias incalculables e irremediables.

Formaban parte de la numerosa comisión científicos destacado en los más variados campos de la investigación en todas las ramas del saber; y, ningún país se encontraba sin representación en ella. Habían sido puestos a su disposición cuantiosos recursos y la colaboración entre las naciones, incluso las que hasta entonces se tenían por enemigas, era sincera e incondicional. Parecía como si la amenaza de un peligro desconocido hubiese hecho olvidar rencillas reales o imaginarias, surgidas, muchas veces, de la persecución de intereses económicos y políticos, despojadas en aquella hora de su ficticia trascendencia.

Pero, a pesar de las increíbles facilidades de todo tipo con que contaba, los primeros resultados logrados por la comisión, fueron desalentadores. No era posible conocer la procedencia de las mariposas. Como organismos vivos, constituían un conjunto de contrasentidos. Carecían de algunos atributos inherentes a todo ser viviente. Los instintos de conservación, reproducción y nutrición brillaban por su ausencia.

Contrariamente a lo que sucede en la muerte de cualquier entidad animal, la descomposición de las aladas visitantes se producía en medio de un agradable aroma. Los investigadores se encontraban ante un hecho aparentemente imposible. ¡La corrupción de materia orgánica sin putrefacción! Aquello era inadmisible y, sin embargo, se estaba dando ante sus ojos.

A pesar de los fracasos iniciales, la comisión estaba resuelta a desentrañar los misterios que la llegada de aquellos seres había planteado aunque, en realidad, la tarea era abrumadora.

Los especialistas en temas climáticos comenzaron a observar que, en general, las condiciones atmosféricas habían empezado a cambiar. Especialmente, en aquellas zonas en las que las temperaturas habían venido siendo más rigurosas, éstas mostraban una clara dulcificación. Aún admitiendo la relativa influencia de la rápida y espontánea repoblación forestal en un nuevo régimen de lluvias, allí tenía que haber algo más.

La polución y la degradación del medio ambiente, hasta entonces caballo de batalla de unos pocos, se convirtió en preocupación a todos los niveles. El interés por la conservación de la naturaleza, como legado de las generaciones actuales a las venideras, alcanzó tales extremos, que cayó en desuso la declaración de parques, reservas y especies protegidas. Todo ser vegetal y animal era cuidadosamente preservado, no sólo de la extinción, sino también del deterioro.

Orquídea, Mariposa

Orquídea, Mariposa

Voluntariamente, industrias, fábricas y talleres renunciaron a continuar con los vertidos y la producción de humos.

Por otra parte, la Organización Mundial de la Salud, en sus periódicos boletines acerca de la situación sanitaria, cautamente al principio, y con claro optimismo más adelante, informó de la mejora que había experimentado la salud, tanto mental como física, de los habitantes del globo. Sus delegaciones venían comunicando, primero un estancamiento y después, una disminución en el consumo de drogas blandas y duras.

¿Sería posible, se preguntaban los hombres de ciencia, que la presencia de las mariposas fuese la causa de aquel increíble cambio en las condiciones de vida que últimamente habían sufrido tan visibles daños?

Por el momento, y a falta de pruebas reales en que apoyar la teoría, sería más prudente y científico no emitir juicios.

Al mismo tiempo que se producián estos hechos, sucedían otros de mayor importancia para el futuro del género humano. La cooperación internacional, iniciada a gran escala -aunque únicamente para presentar frente común a lo que podía ser una amenaza general- emprendió un nuevo camino en el que, insensiblemente, se fue pasando de un campo a otro hasta que, pronto, los responsables máximos en todos los países de la tierra se vieron obligados a aceptar que las cosas marchaban mejor admitiendo la manifestación de lo más sano del hombre.

Quienes buscaban la satisfacción de su propio egoísmo, los intolerantes, los soberbios, los orgullosos, fueron apartados y sus lugares, al frente de los destinos de cada nación, ocupados por hombres y mujeres que veían en los demás seres dignos de respeto, comprensión y amor.

Aquello fue la muerte de los que, fabricando armas, adquirían riquezas a precio de muerte. Y fue la vida para muchos millones de desgraciados sin otro horizonte, hasta entonces, que la desintegración en la miseria, el hambre y la ignorancia sin esperanza ni dignidad.

El género humano dió principio a una etapa en la que el estudio era una forma de adquirir conocimientos, no títulos; las artes, un regalo para el espíritu, no una vía de escape para aspirantes al asombro ajeno; el trabajo, una necesidad, no un tormento, y la consideración hacia los demás, algo innato y no impuesto.

Cuando, en el futuro, se escribiese una historia universal debería abandonarse la vieja costumbre de que cada nación ensalzase a sus hijos en detrimento de los de sus rivales. La crónica de los hechos pasados sería la narración de una lucha común de la humanidad contra la enfermedad, el dolor, el atraso y las catástrofes naturales.

Habían pasado cincuenta años y en la tierra se disiparon totalmente los vestigios de las últimas querellas. Las añejas heridas habían sido restañadas.  Las armas reposaban en los museos como anacrónicas muestras de la estúpida brutalidad humana.

En el palacio presidencial de un lejano planeta, en la junta de gobierno de una raza muy distinta a la nuestra, el rector máximo escuchaba los últimos informes que sus consejeros, uno tras otro, le facilitaban. La paz, el orden y el buen sentido continuaban reinando en la tierra. No existía el menor indicio de que la situación fuese a cambiar.

«Entonces -dijo lentamente el rector máximo- entiendo que la presencia de las mariposas en la distante tierra ya no es necesaria. Podemos ordenar su retirada.»

«Debemos felicitarnos -agregó- por haber decidido que nuestros enviados se  materializaran bajo la apariencia en que lo hicieron, y no con la nuestra. Hemos evitado ser la causa de una oleada de pánico de consecuencias fatales. Además, merced a nuestra actuación, ha sido lograda la supervivencia del último planeta poblado de la creación, a punto de autodestruirse.»

Pedro Martínez Rayón. Oviedo, 1987

¡Qué solo es un juego!

La violencia es una característica del ser humano que, más o menos aparentemente, se pone de manifiesto en todas las circunstancias de la existencia.

Tanto el nacimiento como la muerte, hechos naturales, se producen violentamente. Son pugnas contradictorias. Una para acceder a este mundo, y otra para abandonarlo. La agonía, del griego lucha, es una auténtica pelea en la que nos oponemos ferozmente al final señalado desde nuestra primera refriega.

La vida está presidida por la violencia e incluso los actos más pacíficos se ejecutan bajo el signo de la agresividad.

La sociedad, el progreso colectivo y personal, se mueven ante los achuchones constantes de la competencia y la acometividad.

Bueno, perdone usted, que ésto se me ha ido de la mano, adquiriendo tintes melodramáticos, pero a la vez reflejo de la verdad pura.

La escuela, la universidad, los centros de trabajo y la propia familia se han convertido en campos de batalla donde se brega sin tregua ni cuartel. Los condiscípulos, compañeros, colegas y parientes, se han transformado en rivales.

No debe extrañarnos, pues, que el deporte en general hay ido olvidando aquellos hermosos lemas de antaño como «mens sana in corpore sano», «fair play» y «lo importante es participar», sustituidos hoy en día por el universal «ganar, caiga quien caiga».

El fútbol, en especial, goza merecidamente de unos índices de violencia inadmisibles en cualquier colectividad medianamente civilizada.

En vista de la situación, alzo mi voz para proponer al lector las siguientes consideraciones.

Si el fútbol ha de continuar su actual trayectoria, deberían hacerse las cosas con lógica y nada más adecuado, entonces, que la supresión de la Escuela Oficial de Preparadores, haciendo éstos los cursos necesarios para la obtención del título en las Academias Militares en las que sería obligatorio el estudio de los textos y memorias de Clausewitz y Napoleón. Consecuentemente, los entrenamientos habrían de denominarse maniobras y los clubs cesarían de depender de la Federación, pasando a hacerlo del Ministerio de Defensa.

Si, por el contrario, se impone la cordura y se opta por enterrar el hacha, procedería a adoptar las siguientes medidas.

En las puertas de los estadios, además de la entrada, se exigirán: certificado de penales, de buena conducta expedido por el señor cura párroco, y otro del mismo tenor, cursado por el comandante de puesto de la Guardia Civil.

Estos tres certificados, así como el de salud mental, firmado por una comisión tripartita (psicólogo, psiquiatra y sociólogo), llevarán la fecha del día inmediatamente anterior al evento deportivo.

Antes de ocupar sus localidades, todos los asistentes al acto, sin excepción alguna, realizarán una prueba de alcoholemia.

Previamente al sonoro pitido que señala el comienzo del partido, jugadores, público y personal de servicio realizarán quince minutos de meditación trascendental.

Luego, por los sistemas de megafonía se hará escuchar a la concurrencia la sinfonía Pastoral de Beethoven.

Sólo entonces se iniciará el juego. Trascurridos los cuarenta y cinco primeros minutos, y finalizado el periodo de descanso, un nuevo cuarto de hora dedicado a la general meditación, y los altavoces dejando oír el concierto nº 23, opus 488, de Mozart, jugándose, a partir de ese momento, los tres cuartos de hora finales.

Terminado el encuentro, el equipo vencedor será conducido a los vestuarios a hombros de los perdedores que, de esta forma, reconocerán publicamente la superioridad momentánea de quienes han ganado.

Tengo la certeza de que quienes asistan a un partido de fútbol serán auténticos aficionados, ciudadanos sosegados, seguros de encontrar allí donde van, la ocasión de alimentar su amor al deporte, la introspección, y la buena música.

Recomiendo, no obstante, omitir en estas sesiones músico-deportivas, las composiciones de Wagner y de Verdi, que predisponen el ánimo, más hacia un ataque frontal con bayoneta calada que al éxtasis contemplativo.

Habrá observado usted que no he dicho nada de los árbitros. Pues, sí. He preferido no mencionarlos, porque deseo, a toda costa, mantener la ecuanimidad.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Oviedo, 1986

Fecunda Acción in Vitro

No sería exacto afirmar que aquel día los cincuenta directivos de la American Worldwide Happiness Research Association (Asociación Americana para la búsqueda de la felicidad mundial), se habían ganado jornal. Y no lo sería porque trabajaban absolutamente gratis. Bueno, gratis sólo si por ello se entiende que no estaban en nómina. Pero, realmente, merced a sus frecuentes e importantes donaciones a la asociación, obtenían suculentas deducciones en sus impuestos que, de otra forma, serían astronómicos.

A pesar de todo, sus generosos y desinteresados esfuerzos para tratar de conseguir un mundo menos desgraciado, eran sinceros, y si los habitantes del planeta no fuéramos tan mezquinos besaríamos el suelo que pisan los miembros de la asociación.

Porque, ¿quién sino la AWHRA costeó el regalo de tres millones de camisetas a los habitantes de Tanzania? Su esplendidez no puede verse empañada por la desafortunada interpretación que sus meteorólogos realizaron de los mapas del satélite, al pronosticar una gélida ola de frío, cuando, en realidad, lo que se avecinaba era una oleada tórrida que abrasó lo poco que aún no había ardido en aquel desgraciado país.

Más difícil solución tuvo el incidente diplomático surgido con la India, cuando, a causa de un pequeño error de información, enviaron cien mil toneladas de carne de vaca enlatada para paliar el hambre, que apretaba firme. En esta oportunidad, hubo de intervenir la mismísima Casa Blanca que, tras ímprobos esfuerzos, logró demostrar la falta de mala intención.

Después de cada uno de estos deslices, los componentes de la AWHRA cerraban filas y continuaban impertérritos su benéfica tarea.

A las tres de la mañana de aquel ajetreado día, con posterioridad a inacabables debates, se acordó la creación de un comité encargado de la , prácticamente imposible, tarea de proporcionar una mayor ración de felicidad a la propia USA.

«Me parece que pretendéis ser más papistas que el Papa», dijo Mr. Travis.

«Los EEUU se encuentran en el mundo y nuestra misión es aportar felicidad al mundo, ergo…», respondió Mr. Trevor, a quien, realmente, le apetecía decir «…el mundo se encuentra en los EEUU».

Fuese como fuese, la comisión quedó formada y en estado de operatividad. Se le adjudicó un apabullante presupuesto y el nombre de «Fecund Action», aunque, al poco tiempo, debido a que su actividad tendría que comenzar forzosamente por la fase experimental, es decir, de laboratorio, se añadió la expresión «In Vitro».

Como resultaría excesivamente largo y tedioso reseñar cuanto sucedió en las primeras reuniones de la flamante comisión, me limitaré a relatar la última, a partir de la cual Fecund Action In Vitro comenzaría a poner en práctica sus planes que, de encontrar el éxito, llevaría más felicidad a los ya venturosos ciudadanos USA.

Gracias a la indiscreción de uno de los camareros (al cual le dolían los brazos de servir whisky on the rocks a los reunidos), y especialmente a los trescientos dolares con que mitigué sus escrúpulos de conciencia, obtuve una fotocopia del programa de trabajo. Sí, hombre, sí. Ahora lo resumo eliminando frases huecas, zarandajas y autobombo.

– Un verdadero ejército de agentes de campo, se desparramaría por todo el país, de costa a costa, presentando una encuesta que constaba de trescientas preguntas relacionadas con las preferencias, opiniones, deseos, proyectos para el futuro, forma de vida actual, etc. de quienes respondieran.

– Para eliminar la resistencia de aquellos que no gustan de poner al descubierto sus interioridades, cada encuestador sería provisto de una carta personalizada y firmada por el Sr. Presidente de la nación, dirigida a cada encuestado, hombre o mujer, blanco, negro o de cualquier color, indicando la conveniencia de contestar sin tapujos y añadiendo que ello no iba contra la Constitución, Carta Magna, los Derechos del Hombre, o la Sagrada Biblia.

– A medida que las encuestas fueran obtenidas, serían remitidas, por correo aéreo (sin franqueo), a un gigantesco centro de datos. Allí, los contenidos de aquella especie de confesión general laica, serían introducidos a través del mayor conjunto de terminales jamás visto, en un colosal banco de datos.

– Finalmente, sería materializada la estadística que facilitaría respuesta a la gran pregunta, a la pregunta del millón de dólares, como diría un norteamericano que se preciara.

Que ¿cuál sería esta pregunta? Pues, muy sencilla.

¿Sería más feliz el pueblo estadounidense si, de verdad, las oportunidades fueran las mismas para todos?

Dicho de otro modo. Si se divide el producto nacional bruto por el número exacto de habitantes del país y se entrega anualmente a cada uno de ellos la cifra resultante, ¿se sentirían más satisfechos los sobrinos del Tío Sam?

Naturalmente, esta pregunta no seCamaleón de Pablo formulaba nítidamente. Ni siquiera aparecía de manera velada en el cuestionario. Un hábil y numeroso grupo de sociólogos, psicólogos, psiquiatras y otros especialistas expertos en tirar de la lengua mientras, aparentemente se encuentran en la luna, habían confeccionado, con gran rigor científico y extremado tacto, una encuesta tan fingidamente inofensiva como el camaleón que acecha a su presa con aspecto de tarugo. Pero en el fondo, en la entraña del documento, es decir, en la respuesta global al mismo, se encontraba lo que AWHRA deseaba saber.

Pasaron los meses y, por fin, tras un trabajo agotador, los últimos datos fueron devorados por los insaciables terminales. Unos 4,8 billones de bytes fueron necesarios para almacenar la información.

En la sala de Juntas, una enorme pantalla permitía contemplar la febril actividad que reinaba en los equipos.

Impacientes, los miembros de la Junta de Directores de la American Worldwide Happiness Researcha Association, se mordisqueaban las uñas. En cuestión de minutos sabrían si, como consecuencia de una masiva respuesta afirmativa, deberían comenzar a dar la lata en el Congreso, el Senado y la Cámara de Representantes para tratar de conseguir la fisión del átomo. Perdón. Quise decir del P.N.B.

Por último, comenzaron a aparecer datos estadísticos relativos a los diferentes Estados. Aquello no interesaba. La tensión se hacía intolerable. Un involuntario y general ¡oh! se escuchó cuando en la pantalla, tras un breve parpadeo, y el anuncio de «resumen general», pudieron verse dos líneas de letras verdes. En la primera decía: N.U.G. y en la segunda: sigue gráfico.

Más parpadeos y, cuando estaban a punto de producirse media docena de infartos, surgieron en la pantalla, una serie de puntos sin orden ni concierto, como si los hubiera sembrado una brisa juguetona.

El desconcierto fue absoluto. Mr. Trives, presidente accidental, oprimió con fuerza un botón del dictáfono y preguntó con voz airada: «¿Qué ocurre?, ¿qué significa esta mamarrachada?»

El coordinador y director del programa, Mr. Trovus, apuradísimo, respondió: «Lo ignoro, Mr. Trives. Aquí nunca hemos visto nada semejante, pero lo averiguaremos.»

Y Mr. Trovus, paseando, de técnico en técnico, una mirada de ratón acorralado, dijo: «¿Alguno de ustedes tiene idea de todo esto? ¿Qué diablos quiere decir N.U.G.?»

El silencio más absoluto acogió las palabras del director que, desesperado, insistió: «¿No se les ocurre nada?»

Únicamente, un ingeniero español, de Colloto para más señas, que se encontraba disfrutando de una beca desde hacía dos semanas, se adelantó diciendo tímidamente: «Creo que puedo explicar de qué se trata»

«Pues, dígalo, hombre de Dios, ¡dígalo!», interrumpió Mr. Trovus.

Entonces, Paco Fernández afirmó:

«N.U.G. significa Neither under gunshots, es decir, Ni a tiros. En cuanto a los puntitos -añadió tomando un lápiz óptico y uniéndolos con firme trazo- representan un descomunal corte de manga, como pueden ver ustedes».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Oviedo, 1986

Nicotiana tabacum

Es de suponer el desconcierto que experimentarían los conquistadores españoles al enfrentarse con un mundo nuevo para el que carecían de toda referencia.

En su descargo hay que admitir que Luis Pancorbo aún no había comenzado a filmar la interesante serie «Otros pueblos».

De todos modos, como la historia impone la fijación de una cabeza de turco, hay que buscarla. Aunque en este caso, no es preciso. Es bien visible. El responsable, a quien acuso sin la menor vacilación, es el señor Calviño, Director General de T.V. Mi conciencia no ha sufrido remordimiento alguno al hacerlo, y estoy seguro de que la del pobre señor aludido tampoco. Ya está acostumbrado.

Es evidente que si Pancorbo hubiera madrugado un poquito, los primeros españoles que pusieron pie en América no hubieran actuado con el típico despiste del paleto fuera de su término, dejándose timar por el primer desaprensivo que se hace el encontradizo.

Nada podía hacer pensar a los descubridores, en su lógica ignorancia, que algunos de los productos recomendados por los indígenas, y transportados a la patria, iban a ser el origen de tantos problemas. Por fijarnos en uno sólo, hablemos de la «nicotiana tabacum», vulgo: tabaco.

Para empezar, digamos que su consumo nos hace víctimas de un vicio absurdo. ¿No sería más cómodo y, sobre todo, infinitamente más sano quemar la ración diaria de una vez, en un montón, como se dice en Asturias, haciendo un borrón? Contemplando las volutas de humo desde una prudente distancia y al aire libre, estaríamos a salvo de ligeras molestias como el cáncer de pulmón, la afonía y el ennegrecimiento de la dentadura.

El tabaco y cuanto se relaciona con su consumo, sumergen al observador imparcial, no fumador, en un estado de perplejidad problemáticamente soportable.

Se trata de una droga poseedora de una incomprensible componente contradictoria. Mientras quienes, sin cosa mejor que hacer, fuman para matar el tiempo, otros ocultan sus intenciones, piensan en lo que nos van a decir y, ganando tiempo, encienden un pitillo tras otro. Los hay desgraciados que no precisan dar golpe, haciendo tiempo convertidos en humana chimenea.

Todavía existe un cuarto grupo de fumadores. A éste pertenecen cuantos no han sido atrapados por el tabaco a causa del peligroso atractivo que supone, sino por altruismo. Simplemente, para contribuir a la elevación y el mantenimiento de la cotización en Bolsa de las acciones de Tabacalera.

Me entusiasma la generosidad de miras pero no hasta el punto de embobarme ante quienes, como estos últimos, son como niños jugando con fuego. ¿Ignoran que quince gotas de nicotina inyectadas en el torrente sanguíneo de un caballo lo dejan frito sin necesidad de aceite?

Por supuesto, yo no he hecho la prueba de las gotas, que me parece una verdadera barbaridad. Es algo que he leído en alguna parte.

Y, a propósito de fallecimientos, ¿ha pensado alguna vez si los animales como los humanos, pasan a mejor vida?

Yo sí, lo he pensado, y me da en la nariz que los únicos irracionales acreedores de esa distinción son los perros. El motivo, fácil de comprender. En este mundo su vida ha sido de perros y, lógicamente, su destino definitivo no puede ser peor.

Parece seguro que en la entraña del tabaco reside desde siempre el fin de la vida. Antiguamente se conocía este hecho, pues era frecuente la utilización de soluciones de agua y tabaco para la desparasitación de cultivos vegetales.

Y contra semejante enemigo, ¿no existe remedio? Claro que sí. Basta con dejar de fumar. Se trata de un desenlace pasivo. No es necesario hacer nada especial. Sólo dejar de adquirir tabaco y, por supuesto, dejar de gorronearlo. Es muy fácil. El único inconveniente se encuentra en el hecho de que aún es más fácil reanudar los sutiles lazos que tan fuerte atan.

Todo resultaría más sencillo si no se dieran casos como el del doctor que, con un enorme cigarro puro entre dientes, decía a uno de sus pacientes aquejado de un descomunal enfisema: «Nada, nada, repito que el tabaco es sumamente perjudicial para la salud. No me explico como alguien con sentido común aún puede hacer lo que usted. Le prohíbo terminantemente que fume ni un solo pitillo»

También es curiosa la ocurrencia de uno de mis amigos, el cual, respondiendo a sus hijos que le suplicaban que dejara de fumar, dijo: «No os esforcéis más. Es imposible. Lo más que he conseguido, después de encarnizadas batallas, ha sido cambiar de marca.»

En cuanto a mí, tendré que dar por perdido el encendedor. Antes de que cierren, bajaré al estanquillo a comprar cerillas. Ya no aguanto más.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Oviedo, 1986