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Cambio de sexo

No me avergüenza confesarlo. Desde muy joven lamento no haber nacido mujer.

Cuando por primera vez tuve conciencia de mi cuerpo, involuntariamente comparé las formas groseras que veía con aquellas gráciles y armoniosas de las mujeres que conocía.

Pronto comprendí que el problema era más profundo de lo que, en principio, pudiera parecer, pues no sólo me encontraba en conflicto con mi apariencia externa, sino con mi personalidad, con mi yo íntimo.

A partir del día en que cambiamos de domicilio, la vida fue un tormento. A través de mi ventana, separada de la de la casa vecina por un angosto patio de luces, vi cómo una jovencita cepillaba repetidamente sus rubios cabellos, sentada ante el espejo del tocador.

Estaba vestida únicamente con un tenue camisón que no lograba disimular por completo la pureza de sus líneas.

Con la misma sinceridad con que declaré mi disconformidad con lo que soy y mis acuciantes anhelos de ser mujer, aseguro ahora que aquella deliciosa visión femenina no despertaba en mí, ni turbios pensamientos, ni deseos inconfesables.

En lo más recóndito de mi alma, la envidia feroz crecía y crecía, produciéndome una desagradable sensación de ahogo que terminaría por asfixiarme.

¿Por qué no puedo sentir sobre mi piel la suavidad de la seda, adornarme con joyas y dejar a mi paso una estela perfumada de Chanel número 5?

Un fatídico error del destino me hizo nacer con una sensibilidad casi enfermiza y una delicadeza de sentimientos claramente femeninos. Más de una vez me sorprendí tragando las lágrimas causadas por la impresionante armonía de un paisaje iluminado por la luz de la luna. Lo mismo me sucedía cuando escuchaba atentamente las tiernas notas de una balada de Chopin.

Mis padres, él aficionado a vagabundear pretextando la ampliación de nuestros recursos, ella siempre tumbada perezosamente, acicalándose coquetona, estaban desconcertados. Ignoraban el origen de aquellas manifestaciones extrañas. Yo lo conocía perfectamente.

Mi padre, que habia encontrado sobre una mesa un libro titulado «El médico en casa» y, por supuesto, no lo había leído, pues no sabía hacerlo, diagnosticó con cara de galeno: «Seguramente se trata de una carencia vitamínica».

Al observar mi incrédula y triste mirada, se retiró precipitadamente profiriendo un malhumorado bufido.

Por su parte, mi madre, más práctica como todas las madres, no cesaba de advertirme acerca de los peligros que encerraba una alimentación poco abundante. Utilizando un léxico no muy académico, pero quizás bastante apropiado, solía decirme:

«Mira, tú come. Cuando la barriga está vacía, la cabeza no puede estar llena. La danza sale de la panza. Con la tripa hueca no se mueve ni una rueca. Etc.»

Yo aguantaba el chaparrón pensando en otras cosas y, cuando mi madre consideraba que había agotado el tópico y, por ello, creía haber cumplido con su deber, me marchaba silenciosamente. Iba buscando la soledad que me permitía hacerme la ilusión de un repentino cambio.

En aquella época vivía en el santuario de mis sueños, huyendo de la desoladora realidad. Cerrando los ojos y haciendo un esfuerzo de imaginación lograba verme tal como deseaba ser. Alta, delgada, rubia; los ojos no los cambiaría, seguirían siendo verdes con reflejos amarillentos; la dentadura, blanca, perfecta. Los cabellos, rubio ceniza, larguísimos. Y el tipo, ¡qué tipo, santo Díos! Sería la envidia de las mujeres y la obsesión de los hombres.

Cuando, tras enérgica pugna, volvía a pisar el duro suelo de lo cotidiano y recordaba los innegables adelantos de la cirugía, me preguntaba si no sería viable un milagro quirúrgico que facilitara la oportunidad de vivir como deseaba. En una palabra, un cambio de sexo como los que había comentado T.V. en una emisión de divulgación científica y que contemplé con el corazón en la boca.

Sin embargo, no tenía más remedio que admitir lo impracticable de mis pretensiones, pues si bien el avance de la ciencia era prodigioso, aún faltaban muchos años, siglos quizás, para afrontar con posibilidades de éxito un caso como el mío.

Si conociera la existencia de un virtuoso del bisturí lo suficientemente atrevido o loco para intentar un cambio de sexo que me convirtiera, a mí, una gata de angora, en chica despampanante, lo buscaría infatigablemente aunque para encontrarlo tuviera que recorrer todos los tejados del mundo.

Sin dejar uno.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa, Oviedo, 1986

Los aprensivos

Venancio, con mano insegura aún dominada por el sueño, oprimió el botón que silenciaba el estridente repiqueteo del despertador. Eran las seis y media de la mañana de un día, a juzgar por los ruidos que le llegaban de la calle -cuatro pisos más abajo-, lluvioso y desapacible.

Cuando en su ciudad el cielo abría las espitas, y lo hacía con harta frecuencia, el sonido producido por el agua al ser desplazada por las ruedas de los automóviles proporcionaba al oyente atento un parte metereológico más fiable que el de la TV. Sólo era cuestión de saber escuchar y Venancio sabía como hacerlo. Contaba con años de experiencia.

Primero su madre, excelente mujer que habíá alcanzado el estado de viudez a consecuencia de unas fiebres puerperales…

¿Cómo que no puede ser? No sea usted atropellado y déjeme terminar.

Decía, cuando, sin ninguna consideración, no ha dicho pero ha pensado que acababa de escribir una barbaridad, que Venancio se había convertido en huérfano de padre al fallecer éste en un precipitado descenso de las escaleras, olvidando la conveniencia de utilizar los peldaños y el pasamanos, es decir, que trató de imitar el vertiginoso picado de halcón sin disponer de sus  planos de sustentación. Hablando en cristiano, que se descrismó, haciendo de su esposa, atacada violentamente por las terribles fiebres puerperales, una viuda y recién estrenada madre.

Naturalmente, el padre de Venancio no tuvo oportunidad de ver refrendado por el médido su precoz diagnóstico pero, a cambio, resultó protagonista de un vistoso certificado de defunción que el mismo doctor, ya metido en harina, despachó negándose, generosamente, a percibir el importe de dos salidas. «En realidad -dijo- he matado dos pájaros de un tiro».

Pero bueno, comentaba líneas atrás que Venancio estaba habituado a escuchar las continuas advertencias de su madre recomendando el uso de la bufanda, los chanclos y el paraguas tan pronto como el termómetro descendía de los veinte grados; el consumo de un par de aspirinas cuando soltaba un estornudo; los chupetones de pastillas de mentol si carraspeaba; la ingestión de tisanas y hervidillos en cualquier momento y, para opropio final la utilización de una camiseta de felpa velluda desde el 1 de enero al 31 de diciembre (por supuesto, no siempre la misma).

Después, como su madre, cansada de desoir las repetidas llamadas que su difunto  consorte le  transmitía desde el otro mundo, decidió que ya era hora de responder y liar el petate como una buena esposa, Venacio, para entonces con treinta y un años a cuestas, pasó a depender de sus tías Anuncia y Pruden, pues no estaba bien que un joven sin experiencia viviera solo y sin amparo (con minúsculas, faltaría más).

Aquellas tías, lo digo con todo respeto y únicamente aludiendo al vínculo de parentesco que les unía, dejaban chica a la mamá en cuanto se refería al grado de proteccionismo, la superabundancia de consejos y las férreas imposiciones, eso sí, envueltas en arrumacos y dulces palabras.

En resumen, Venancio podía hacer alarde de un desconcierto mental descomunal y, peor aún, disfrutaba de una mala salud morrocotuda, pero no presumía de lo primero y trataba de ocultar la segunda.

Lo que no podía disimular, y era algo que se veía aún cuando sólo se mirase de reojo, eran sus escrúpulos, recelos y desconfianza.

A su alrededor, todo tenía que estar reluciente, limpio, lustroso, radiante. Sobremanera, cuanto se relacionara con comida, bebida y ropa interior no debería ofrecer la menor duda. Ultimamente, había estado estudiando con detenimiento folletos publicitarios que especificaban los más recientes adelantos en autoclaves. ¡Qué cosa tan segura para los calcetines! ¡Cuando adquiriese una de esas máquinas sus pies serían los más asépticos de la creación!

Aquella mañana, cuando por fin logró despejar totalmente las brumas del sueño, y se encontró a solas en el cuarto de baño, -el marcaje de sus tías no llegaba hasta aquel íntimo paralelo- Venancio revisó concienzuda y minuciosamente su cuerpo, como hacía siempre. Utilizando hábilmente el espejo del lavabo y el del armario situado enfrente, ni un centímetro de su piel escapó a su atento escrutinio.

Un diminuto grano, una pequeña mancha, la sospecha de una leve peca en formación, le hacían lanzarse a la elaboración de las más descabelladas teorías médicas. Digno hijo de su padre, aseguraba contar con un ojo clínico  infalible. Afortunadamente, no era así, pues en más de una ocasión sus meditados y catastrofistas autodiagnósticos se revelaron, al final, como espléndidos fracasos.

El repentino fallo de un pie, al andar, era señal de tuberculosis ósea, una punzada intercostal, síntoma de pulmonía doble o neumotórax espontáneo, un zumbido en los oídos, indicación de inevitable perforación del tímpano, un retorcijón de tripas, la primera manifestación de una inminente peritonitis, la tenue decoloración de la piel, insensible a la palpación, indicios ciertos de lepra.

La consecuencia lógica de su patológico temor a la enfermedad era una vida encogida y timorata, ajena a cuanto hacía agradable la existencia a hombres y mujeres de su misma edad.

En aquella oportunidad, ya a punto de concederse el «apto para todo servicio», localizó una microscópica mácula sobre el borde del músculo pectoral izquierdo. Alarmado súbitamente, tomó la esponja aún jabonosa y frotó enérgicamente aquel pequeñísimo puntito que, ante el tratamiento de choque, ópto por desaparecer. «¡Ah! -exclamó Venancio satisfecho-, con que te vas, ¿eh?» «Pues no te molestes en volver -añadió en tono de broma- que me disgusta la suciedad.»

Tranquilo ya, dió fin, apresuradamente a su aseo exterior y fortificándose interiormente para soportar la puntillosa revista que pasarían las dos tías, ambas más exigentes que el sargento Gómez, famoso martinete humano omnipresente en su servicio militar y, ocasionalmente, comparsa en alguna pesadilla actual, salío al pasillo diciendo «Ya estoy listo».

La revisión, que no voy a detallar, fue rápida pero cabal. Realizada con una economía de movimientos que proclamaba su elevada experiencia, dejó unicamente sin inspeccionar el carburador, quiero decir las partes pudendas, precisamente por la falta de pudor que representaría para dos señoritas solteras como Anuncia y Pruden el examen, al natural, de la intimidad más personal de su sobrino, al fin y al cabo, hombre.

Sólo de pensar que algún día, por descuido, pudieran cometer la ligereza de poner al descubierto lo que mejor estaba tapado, hacía que las dos hermanas se sonrojaran profusamente y evitaran mirarse a los ojos.

Después de los inacabables consejos, advertencias y admoniciones, «No te vayas a mojar», «cuidado con las corrientes», «mira bien antes de cruzar la Calle Mayor, que hay cada conductor…», «baja despacio la escalera, recuerda a tu pobre padre», etc., Venacio, con la sensación de ser un moderno Marco Polo, se fue al Ayuntamiento, del que era aparejador municipal, distante de casa unos 450 metros.

Su jornada laboral transcurrió, sin pena ni gloria, entre planos y croquis, solicitudes de licencia de construcción y otros divertidos papelotes. Una verdadera orgía humorística. La tarde, un calco de la mañana y de todos los días no festivos de los últimos años, finalizó. Se fue nuevamente a casa, leyó un rato, contempló la tele un par de horas, cenó, se acostó, durmió, hizo callar al despertador… Una vida pletórica de novedades y sorpresas; variedad suficiente para satisfacer al ser más aficionado a la aventura.

Pero, en realidad y aunque cuando se acostó aquella noche Venancio no podía sospecharlo, una mutación se perfilaba en el horizonte de su monótona existencia.

Al realizar la cotidiana revisión corporal, la diminuta manchita se encontraba otra vez en el mismo lugar. «El bolígrafo -pensó inmediatamente-. Esto tiene que ser el bolígrafo que habré colocado con la punta hacia arriba en el bolso de la americana». Verificó la suposición, pero no.

Como de seguir paso a paso la lucha encarnizada que, a partir de aquel momento, se entabló entre Venancio y su manchita, esta historia podría convertirse en algo excesivamente largo y tedioso, cortaré por lo sano y me limitaré a hacer constar que se trataba de la manchita más persistente conocida hasta la fecha.

Las tías tomaron cartas en el asunto y se ensayaron distintas clases de quitamanchas y como, en realidad enviar a la tintorería a su sobrino resultaba demasiado drástico, estaban las pobres hechas un lío.

Algunos días más tarde, la familia comprobó con alarma que la diminuta manchita podría considerarse vejada de persistir en la necia calificación de liliputiense. Había aumentado perceptiblemente y su crecimiento no llevaba trazas de detenerse. Ante aquel extraño fenómeno, y principalmente a causa de la insistencia de las tías, Venancio accedión a acudir al médico, pero no porque sintiese temor alguno. En  aquella ocasión, cosa extraña, no experimentaba el menor cuidado. Vaya usted a saber por qué. El doctor que intervino en caso tan extraño, no observó nada anormal pero, por tratarse del mismo galeno que había extendido los certificados de defunción de ambos progenitores de su consultante, decidió que Venancio fuese a ver a otro doctor. Este tampoco encontró motivos de alarma pero recomendó distintos análisis y una biopsia.

Venancio continuaba siendo optimista y con absoluto desprecio hacia la clase médica decía convencido: «Tanto estudiar, para nada; no saben una palabra. Esto está claro; se trata de una peca indecisa.»

Pero en aquella ocasión, como en otras, su ojo clínico también falló.

Cuando los resultados de la biopsia fueron conocidos, no ofrecían el menor resquicio para la duda. La recalcitrante manchita en su nacimiento, y adulto lamparón en la actualidad, era realmente un maligno brote de aburrimiento.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa, Oviedo 1986

Memorias de un ex-perro

Si, aunque ahora cueste trabajo creerlo, hubo un tiempo en que fuí un perro. Un perro con todas las de la ley; a veces, con pulgas que rascar y, en múltiples de ocasiones, con verdaderos problemas para conseguir la necesaria pitanza.

Diana frecuente de pedradas disparadas por gamberros y paradero de inmerecidas patadas de insensibles especímenes humanoides. Más de una vez, tras lo que parecía mi última carrera, he burlado la persecución del temido lacero. ¡Qué me hablen a mí de la soledad del corredor de fondo! Por lo menos, a ellos no les siguen con «las del beri».

En cierta ocasión, me escapé del mismísimo camión donde me llevaban a lo que supongo sería un Dachau canino.

La vida no transcurría entonces de rositas, no. Sin embargo, tenía sus alicientes y, al menos, uno se «realizaba» como perro.

Nunca más volveré a sentir la gozosa anticipación que experimentaba al empujar con el hocico la tapa de un cubo de basura. Solía hacerlo de madrugada, antes de que los hombres del servicio de recogida realizasen su trabajo. A aquellas horas, las calles solitarias, sin el ruido y barullo que las pueblan durante el día, son nuestro campo de operaciones, compartido sólo con los serenos y los borrachos, los primeros por obligación y, los últimos, por devoción.

A unos y otros les resulta indiferente nuestro merodeo, aunque en honor a la verdad he de decir que algún amanecer he visto, tratando de averiguar, sin éxito, por cierto, el significado de ciertos vocablos proferidos por un habitual del morapio que me había elegido como auditorio.

También es verdad que nunca estos trataron de propinarme patada alguna, pienso que quizás por temor a verse anclados a tierra con una sola pierna.

Pero, tornando a lo de los cubos, ¡qué delicia cuando, entre la mezcla de olores que emanaba de uno de esos artefactos, distinguía el producido por un hueso o una piltrafa de carne!

Mi imaginación corría a mayor velocidad que las patas dedicadas a escarbar con ahínco en busca de la presa y, mentalmente, calculaba, basándome en lo céntrico o apartado de la calle, si el hallazgo sería rico en proteínas o por el contrarío resultaría una mera raspa. En la incertidumbre encontraba un placer únicamente comparable, me atrevo a asegurar, con el de quien ignora qué le servirán a la hora del almuerzo.

Y, ¿qué decir de las horas pasadas al sol? Tumbado indolentemente en cualquier sitio, sin temor a la suciedad, al acecho de una pulga lo bastante descuidada para situarse al alcance de mis dientes, dejaba pasar las horas en un perfecto relax del que solo podía apartarme la proximidad de un congénere del sexo contrario.

Cádiz. Medina Sidonia. Perros a la sombra

Nuestro protagonista con un amigo

¡Qué lejos está todo aquello! Hasta el inocente juego de perseguir ladrando a pleno pulmón a los ruidosos camiones de reparto, me ha sido prohibido.

Indudablemente, durante el invierno he pasado frío y mi contento no conocía límites cuando conseguía acercarme sin oposición a una de esas hogueras que encienden en los edificios en construcción..

Por otra parte, siempre quedaba el recurso de darse una carrerita para entrar en calor.

Ahora mi vida ha cambiado tanto que casi no merece la pena ser vivida.

Desde aquel aciago día en que doña Regina se hizo cargo de mi «protección», ni yo mismo me reconozco.

Con palabras zalameras y engañosas hizo que subiese a su piso, donde trabé inmediato y desagradable conocimiento con la bañera y un detergente cuyo olor disminuyó para siempre en un 50% mi capacidad olfatoria.

A continuación, y sin duda para desagraviarme, me sirvió una ración muy abundante de algo que ya no recuerdo, seguida de dos o tres pitisus o petisus; no estoy seguro del nombre exacto.

De momento, con la excepción de la indignidad del baño, no iba mal la aventura. Peor serían las ofensas a que me ví obligado a someterme y que, en rápida sucesión, llovieron sobre mí.

Mentira parece que una viejecita como doña Regina, con su aspecto inofensivo y manso, posea una imaginación tan fértil en ideas, junto con tan implacable energía para llevarlas a la práctica.

Aquella noche dormí como nunca lo había hecho, esta es la verdad, en un gran cajón relleno de serrín y tapado por un trozo de alfombra vieja, muy cerca de la cocina que aún calentaba.

Antes de irse a la cama, doña Regina acarició suavemente mi cabeza, y como hablando para si misma, dijó:

«Mañana hay que arreglar esto».

Hubiera deseado contestar que por mi no se molestara, pero no me pareció muy fino y, por tanto, no abrí la boca.

Al día siguiente, aún adormilado, oí a la dueña de la casa llamar a alguien por el nombre de Chuchín. Abrí los ojos con curiosidad y comprobé horrorizado que Chuchín era yo, SI, YO.

Mi primer amo, un hojalatero de las afueras, me había bautizado, siendo un cachorrillo, con el apelativo de Kaiser. No es por nada, pero llamándose Kaiser, uno puede darse aires de grandeza y adoptar un continente hosco y amenazador. En cambio, ¿a qué se puede aspirar si se atiende por Chuchín?

Instantánemente, decidí que nunca perdonaría aquella injuría y que jamás me daría por enterado cuando me llamaran por aquella forma insultante.

Sin embargo, y sin duda por aquello de que las desgracias acuden en rebaño, las indignidades no habían hecho más que empezar.

Después de darme el desayuno, doña Regina me colocó un collar provisto de la correspondiente correa y, pese a mi oposición, me llevó a casa del veterinario, un vejete sin pizca de gracia, domiciliado en la misma calle, a quien, por lo que pude oir, conocía de antiguo.

«¿Qué va a ser esta vez, doña Regina?», preguntó el veterinario, con frase que, a mi entender, era más propia de un peluquero.

«La polivalente, don Mariano, por si acaso».

Aquella fue la primera vez que escuché la palabreja, pero no la olvidaré mientras viva, pues tras ciertos preparativos y una vez sujeto como un paquete, me soltaron un banderillazo de tomo y lomo.

Ya en la calle, con la moral por los suelos, fuí conducido al «Coiffeur des chiens» a manos del cual iba a sufrir una nueva afrenta.

Monsieur Levalier, un hombrecito afectado, con andares de gorrión, haciendo gala de un acento francés más falso que un duro de plomo y llevándose un dedo al bigotillo recortado, me pareció tan inofensivo que, de momento, recobré un tanto el ánimo.

«¿Por donde cortamos, Madame?», dijo el coiffeur a doña Regina, mientras aparecía en su rostro una meliflua sonrisa.

Al oir semejante barbaridad, temí desmayarme, pues pensé se trataba de descuartizarme para embutidos. Intenté escapar, pero doña Regina estaba al quite y no se dejó sorprender.

Muy intranquilo asistí involuntariamente a un conciliábulo del que no entendí nada y, muy pronto, de las palabras pasaron a los hechos.

Fuí sometido a la tijera, el champú de huevo, la loción, el peine y el secador.

Finalmente, cuando ya en el portal, de un humor de todos los diablos, me vi ante otro perro, me arrojé contra él con todas mis fuerzas.

No soy un camorrista, pero mi sangre hervía y necesitaba vengarme hundiendo mis dientes en cualquier cosa.

Sin embargo, no llegué a tocarlo, pues estaba detrás de un cristal. Comencé a ladrar desafiante hasta que la realidad, la vergonzosa realidad se hizo paso hasta mi cerebro.

Aquella caricatura, aquel escuerzo, aquel ser estrafalario, a trozos oveja, y a trozos ratón, era lo que quedaba del Kaiser. Era yo. Con profundo desaliento recordé la frase pronunciada no hacía mucho tiempo por doña Regina: «MAÑANA ARREGLAREMOS ESTO», y pensé luego que si los humanos llamaban a lo que hicieron conmigo «arreglar», ¿qué resultados obtendrían cuando lo que se proponen es «estropear»?

Doña Regina trató de calmarme prodigando sus caricias y, al escuchar de sus labios mi nuevo nombre, Chuchín, comprendí que venía como anillo al dedo. Si, yo era un auténtico CHUCHÍN.

Cuando doña Regina, la viejecita incansable y terrible tiró de la correa, la seguí dócilmente. Mi espíritu de lucha se había esfumado. En aquellos momentos comprendía la razón del hara-kiri.

La última estación de aquella vía dolorosa tuvo lugar en un establecimiento especializado en artículos para perros.

Comenzaron probándome una especie de zamarra o abriguito que abrochaba bajo la barriga. A continuación, lacitos de seda con cascabeles. Por fin, eligió dos zamarritas, tipo escocés, una para los domingos y festivos, y otra, más de trote, para diario. También se llevó, además de los lacitos, unas latas de comida canina (que sabe a rayos), de oferta.

Cuando llegamos a casa, creo que hubiera accedido sin el menor gesto de rebeldía, a tomar el «five o´clock tea»,  o a limpiarme los dientes con cepillo y dentífrico.

Me encontraba totalmente demoralizado y a merced de cuantas peregrinas ideas acudieran a la mente de mi dueña.

No estaba, sin embargo, preparado para asistir a la espantosa tremolina que se organizó cuando fue descubierto que Pepito, el hijo menor de Ramona, la asistenta, se había comido uno de los infernales petisus o pitisus que habían sido reservados para mi postre.

El escándalo fue mayúsculo y entre los denuestos de doña Regina, los lloros de Pepito y los morros de Ramona, la confusión mental en que me vi llegó a ser de órdago.

Este mundo humano en que ahora vivo, está lleno de contradicciones y no alcanzo a comprender de qué manera compagina mi dueña la asistencia al Ropero de San Vicente y a la Novena de Santa Rita, con su actuación de ángel vengador o furia del Averno ante la infantil sustracción de un miserable pastel.

Desde aquellos primeros días en que fuí adoptado por esta incomprensible señora, han pasado dos años. Durante ese tiempo he adquirido una virtud cuya existencia desconocía: la resignación.

No soy feliz, ni desgraciado; ahora soy un animal (no me atrevo a decir perro), doméstico, burgués y conformista. He engordado y tengo las digestiones pesadas. Ni la farola de imitación que doña Regina hizo instalar en el WC de servicio, me hace tilín.

Dormito la mayor parte del tiempo y, sólo de tarde en tarde, recuerdo mi época de vagabundo ágil y despreocupado, los días pasados en absoluta libertad bajo la lluvia, el sol y las estrellas

He cambiado tanto que, incluso cuando doña Regina me dice «Ven Chuchín», acudo meneando el rabo.

Lo hago, sí, pero interiormente sólo siento indiferencia y una gran añoranza por algo perdido que jamás podré recuperar.

Pedro Martínez Rayón. Anacronismo para Usted, Oviedo, 1974

Más allá de los barrotes

A mis ojos aquellas gentes, enfundadas en telas de distintos colores, resultaban francamente ridículas. Especialmente, ciertos miembros del grupo que caminaban sobre canutos puntiagudos colocados bajo los pies, y otros que llevaban encasquetada en la cabeza una especie de medio coco con alero, me producían una risa incontenible.

¿Cómo podrían encontrarse cómodos llevando semejante indumentaria?

En una ocasión había podido ver cómo desenvolvían uno de sus cachorros para limpiarlo y experimenté una aguda sensación de disgusto. ¡Aquello era un asqueroso gusano blancuzco sin un solo pelo!

Debía tratarse de una especie de simio en extinción.

Pensar que a juzgar por su aspecto general -dos piernas, dos brazos, dos ojos sobre la nariz y una boca bajo este último apéndice- podríamos pertenecer a la misma familia, me llenaba de espanto.

¿Serían, por casualidad, descendientes de aquel lejano tatarabuelo que, entre los míos, tenía fama de degenerado? Pudiera ser porque, aunque muy parecida físicamente, aquella raza no tenía media bofetada.

Además, seguía reflexionando nuestro gorila… -Vaya, ahora que lo pienso, no les he presentado. Bueno, perdonen y háganse la cuenta de que el trámite ha sido realizado-…además, si físicamente son una birria, de la sesera no deben andar muy allá. Los síntomas son concluyentes y es suficiente que me fije en algunos para admitir el hecho de su irremediable endeblez mental.

Por ejemplo, cuando llueve, colocan sobre la cabeza, sosteniéndola con un palito, una variedad de seta que me resulta totalmente desconocida. Parece que disfrutan impidiendo que el agua caída del cielo les refresque.

Llueva o abrase el sol, son legión los machos y hembras que se colocan entre los labios un pequeño  cilindro encendido del que chupan ansiosamente para extraer el humo que luego devuelven al aire por boca y fosas nasales, en espesas bocanadas.

Otros pasean sin detenerse un instante y discuten con grandes voces, acaloradamente, sobre algo trascendental cuyo significado se me escapa, pero creo que se llama política.

Cierto número de ejemplares de esta extraña tribu, debe padecer insomnio pues, apenas amanecido el día, acuden en tropel y comienzan a correr de acá para allá adoptando posturas atléticas que no les van. No comprendo esta manía, cada vez más extendida, pues si no van a ningún sitio, ¿por qué se mueven? y si no tienen prisa, ¿por qué corren? Para hacer el hecho más misterioso e incomprensible, les oí decir algo así como: «No puedo con mi alma, voy a quitarme el mono».

¿Sería alguna alusión a nuestra común familia? Yo, por si no había mala intención, fingí que no me había enterado de nada.

He invertido mucho tiempo, inútilmente, debo confesarlo, en la tarea de desentrañar el secreto que se oculta tras la evidente contradicción de unos letrerito colocados profusamente en las orillas de los jardines en los que puede leerse: prohibido dar de comer a los animales. Sin embargo, ellos comen a dos carrillos. Una comida poco apetecible y de raro aspecto, pero comida al fin y al cabo. ¿Es que estos monos enclenques y esmirriados no son animales?

Es una lástima y me duele reconocerlo, pero he de aceptar que, aún siendo de la misma familia, no consigo penetrar en su chocante personalidad (¿o debo decir animalidad?).

Su peregrina idiosincrasia les lleva a cometer las acciones más reprobables y mostruosas. Hace poco tiempo, me encontraba contemplando, íntimamente complacido, cómo una hembra despiojaba amorosamente, con infinita pacienciia, a uno de sus cachorros cuando, de pronto, se armó un barullo monumental. Hembras y machos, pocas veces de acuerdo, se concertaron entonces para gritar a coro: «puerca, sucia gitana; vete a hacer porquerías a otro sitio».

Me quedé a sombrado. Lo de gitana, no lo entendí pero, por la forma de decirlo, debe tratarse de un insulto especialmente reservado para casos extremos. En cuanto a considerar puerco y sucio a un simio que despioja a otro, es una auténtica estupidez. En realidad supone una operación de limpieza, un acto dotado de elevada significación social y, además, una muestra de cortesía propia de seres civilizados.

Decididamente, no comprendo a mis primos. Son gente muy rara. Pero, a pesar de ello, por inconcebible que me resulte su forma de vivir, ellos no tienen ninguna culpa de ser diferentes. Creo que todo ser vivo tiene el inalienable derecho a vivir su propia vida como le plazca o pueda.

Y, por pensar así, siento una pena inmensa ante la tragedia de estos lamentables individuos de mi familia.

¡Qué horrible delito habrán cometido para haber sido condenados a pasar su existencia tras los barrotes de una enorme jaula!

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Los despistados

Estoy absolutamente de acuerdo con que despistar es hacer perder la pista, si bien, yo añadiría, además, que es algo que obliga a derrochar paciencia a testigos y víctimas de los despistes ajenos.

Un despistado es un ser aparentemente parachutado de otra galaxia. Si no fuese así y hubiese nacido, como nosotros, en el planeta tierra, su cadena de información genética debió sufrir la pérdida de uno o más eslabones.

Lo extraordinario en la conducta de los despistados es la coincidencia entre su permanente alojamiento en las nubes y una indiscutible buena voluntad que suele producir resultados inversamentes proporcionales al deseo de hacer las cosas bien, es decir, a mayor interés en lograr frutos irreprochables, consecución de desenlaces más grotescos.

Únicamente con el afán de ilustrar la hipótesis y, de ninguna manera, con ánimo de molestar al interesado, les hablaré de Licinio.

Licinio es el hijo único de Mariano, uno de mis mejores y más antiguos amigos. Hace algún tiempo recibió del autor de sus días el encargo de presentarse en la Delegación de Hacienda, Negociado de la Caja General de Depósitos, preguntar por D. José González y, pidiendo disculpas en nombre de Mariano, que se encontraba de viaje aquella mañana y, por esa razón, no podía hacer la invitación personalmente, convidarle a almorzar en el domicilio familiar. Deseaba aprovechar la onomástica de su esposa, la madre de Licinio, para demostrarle que los hechos de ser excepcionalmente guapa, natural de Busdongo, esposa y madre, no eran incompatibles con un dominio total del arte culinario.

Mariano, que conocía sobradamente a su hijo, pues ni una sola vez lo había confundido con otra persona, le dijo cuando le encomendó la misión: «Mira, Licinio; no trates de lucirte. Limitate a transmitir el encargo como acabo de dártelo. No añadas ni quites nada. Es bien sencillo».

«Tranquilo, padre -respondió el mensajero-. Seré solo tu eco. ¿vale?»

Antes de continuar esta desapasionada e imparcial relación de hechos, debo decir -y al hacerlo, elimino mi único «pufo»- que es rigurosamente falso que valorando en diez los problemas que puede causar un despistado y sumando siete, del valor adjudicado a un segundo locuelo que, casualmente o por la fuerza de las circunstancias, actúe en combinación con el primero, el resultado sea diecisiete, ¡qué va!

El riesgo catastrófico en un caso como el señalado, en descarado pitorreo del preciso Pitágoras, se eleva a treinta y cuatro.

Dicho esto, continúo con la prospección de Licinio en busca del amigo de su padre.

Llegado a la D. H., encontró sin dificultades a D. José, repitió correctamente cuanto le había ordenado su progenitor y, satisfecho de la gestión, regresó a casa.

Al día siguiente, faltando diez minutos para la hora del almuerzo, D. José no había compadecido todavía. Mariano, temeroso de que se fuese a producir algún problema, interrogó a Licinio, preguntándole si, de verdad, había hecho las cosas como le recomendó, pues parecía raro que su amigo aún no hubiese dado señales de vida. «¿Le habrás facilitado la dirección exacta?»

Licinio, con gran seguridad en sí mismo, respondió: «Pues claro. Fíjate, para evitar errores, le entregué una de tus tarjetas que cogí de la mesa de despacho.»

Mariano, palideciendo, dijo: «Pues ya conozco la razón del retraso. Le has dado una tarjeta de la oficina. Las partículares se me han agotado hace tiempo.»

«Bueno -interpuso Licinio con aplomo- déjame las llaves del coche y voy a buscar a D. José en un vuelo.»

Mariano no puso buena cara ante aquella sugerencia, pero una mirada severa de su esposa le hizo sacar apresuradamente el llavero del bolsillo y, entregándoselo a Licinio, se limitó a decir: «Recuerda que ya tienes agotado el cupo de accidentes para este año». Hecho esto, Mariano se retiró diciendo: «Cuando venga don José, avisadme; estoy en el despacho.»

Un cuarto de hora más tarde, sonó el timbre. Eran D. José y Licinio que, en tan breve lapso de tiempo sólo había podido saltarse dos semáforos en rojo, aplastar una bicicleta, afortunadamente sin ocupante, y abollar una aleta del coche al tropezar contra la columna de alumbrado inadecuadamente situada por el ayuntamiento.

D. José, que se había sentido sumamente ridículo con aquel enorme ramo de flores por la calle -ignoraba como llevarlo correctamente- iba por fin a deshacerse de él y, tan pronto como le abrieron la puerta, se lo entregó a la mujer que se apartaba para dejarle pasar. Sus palabras de salutación podrían haber sido en otra oportunidad un modelo de galantería, pues dijo sonriendo: «Señora, me resulta difícil aceptar que una persona tan joven como usted tenga ya un hijo tan mayor como Licinio.» Al propio tiempo, D. José  trataba de apoderarse de una de sus manos para besarla.

Pero, cosa extraña, aquella mano se unió a la que sostenía las flores y las dos juntas devolvierón el ramo a D. José, que, para colmo de vergüenza, hubo de escuchar: «Yo soy Rosa, la muchacha y, naturalmente, no tengo hijos; pues estaría bueno.»

Entretanto, hizo su entrada en el recibidor la verdadera madre de Licinio y, comprendiendo instantáneamente (no porque fuera adivina, sino por haber escuchado las palabras de Rosa), se acercó a D. José y, haciendo gala de un saber hacer digno del Ministerio de Asuntos Exteriores, le dijo:

«Así que tú eres José González. Vamos a tratarnos de tú, si no te importa. Mi marido ha hablado tanto de tí, que me parece conocerte de toda la vida. Te acepto las flores. Muchas gracias. Y nada de besamanos. Vamos, no seas tímido y deja que te dé un par de besos. Me alegra tanto que hayas conseguido el traslado desde La Coruña…»

Mariano había asistido, desde la puerta de su despacho, a la última parte del monólogo de su esposa y, ante el estupor de esta y la mirada aterrorizada de Licinio, balbuceó con voz entrecortada:

«Pero bueno, ¿a quien demonios estás besando?, desvergonzada. ¿Se puede saber quién es este tío?»

«Creo que yo puedo aclararlo -interrumpió D. José González. En la Delegación de Hacienda hay una persona que se llama como yo y él es quien ha venido trasladado de La Coruña.»

Si, el despiste es muy frecuente. Tanto que yo mismo he de acusarme de parecerlo pues, en realidad, lo que me proponía hacer era escribir de los descastados, y no de los despistados.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo 1986