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Los escéntricos

¿Qué? Ah, que escriba con equis. Ya lo sé, pero también yo tengo derecho a realizar excentricidades. ¿Por qué no? Muchas gentes lo hacen y no sólo resulta aceptable sino que les aplauden y pagan por ello.

Sucede que lo excéntrico es tan común que empieza a perder su calidad de tal y pasa a ser visto como una manifestación normal, corriente y vulgar de la personalidad moderna.

Actualmente, nadie se rasga las vestiduras cuando un actor o actriz de teatro, un futbolista o un torero comienza a grabar discos y a cantar en público. Generalmente, lo hacen fatal pero, gallos aparte, no se les tiene por excéntricos.

Tampoco cunde la alarma en el momento en que un boxeador decide interpretar a Shakespeare.

Y no digamos cuando se anuncia la apertura de un nuevo museo de arte contemporáneo. Hay que guardar cola para contemplar lo que parece un muestrario de pesadilla colectiva. Seres con un solo ojo debajo de la nariz, bocas contraídas en muecas satánicas, a pocos milímetros de una de las orejas, brazos como patas de elefante o como cañas de geranio alternan con animales de especies desconocidas y aspecto grotesco o amenazador.

Aún recuerdo la burla de que fui objeto por parte de varios amigos cuando visitamos una retrospectiva de la obra de uno de los más pagados y representativos pintores españoles del siglo actual.

A mi comentario de que nunca había visto un caballo verde, se me dijo que la pintura no era sólo color. Seguidamente mencioné la evidente desproporción entre las patas delanteras y las traseras de aquel adefesio. Contestaron que tampoco la armonía de líneas constituía el secreto. Al atreverme a preguntar cómo era más pequeña la figura de una persona, situada en primer término, que el caballo (o lo que fuera, pues en aquellos momentos no estaba seguro de nada), la respuesta fue el consabido: “La proporción no es…”

Entonces cometí la imprudencia más grande de mi vida. Creyendo que, de una vez por todas, les iba a dejar sin réplica, inquirí: “Queréis decirme, si la pintura no es color, línea, proporción, perspectiva o dibujo, ¿qué diablos es?

Pero como casi siempre, me engañé. Tenían contestación, y ésta fue unánime. A coro gritaron (aunque yo no vi ensayo alguno): “Perico, ¡eres un ignorante!”

Ahora, al cabo de los años, me pregunto muy seriamente, ¿quién estaba en aquel momento haciendo gala de excentricidad, mis amigos o yo?

No deja de resultar curioso que lo excéntrico sea algo un tanto intangible, no constreñible a medidas ni reglas fijas. La misma palabra y el concepto que describe, poseen un vaho nebuloso y de misterio. Ex-céntrico. Si, que se sale del centro. Pero, ¿de qué centro? ¿del parroquial, del de la tierra, del farmacéutico, del ideológico o de cuál?

Salga de donde salga, cualquiera que sea su origen, al tomar cartas de naturaleza entre los humanos ha perdido significación y fuerza.

Hace no muchos años cuando se decía, “Antidio es un excéntrico”, se entendía que Antidio era un artista de circo que realizaba, bajo la carpa, una serie de ejercicios difíciles y extraños. Hoy en día, probablemente nadie sabría a qué se dedicaba el repetido Antidio. ¿Y por qué? Pues, elemental, mi querido Watson. Porque todos hacemos cosas raras sin que suceda nada y, naturalmente, sin que vengan a cuento.

Confieso que yo mismo, a las cinco de una tarde soleada, pasé conduciendo un coche, con la ventanilla abierta, por una calle muy concurrida, y por ello, a escasa velocidad, llevando en la cabeza una gran tartera con flores estampadas. Mucha gente me vio; estoy seguro. Sin embargo, dejando aparte el grito de ¿A dónde vas, chalao?, proferido por un crío de unos doce o trece años -y, por tanto, inexperto-, nadie se escandalizó a mi paso.

¿Pero por qué cometí semejante estupidez? Pues la verdad, no lo sé. Fue un impulso irresistible. Recuerdo, eso sí, que hube de descubrirme muy pronto a causa de un excesivo peso de aquel improvisado cubrecabezas. Debía de tratarse de una tartera de acero doble.

Antes de que se me olvide, apuntaré aquí, para general conocimiento, el sistema seguido por algunos compositores para encontrar la inspiración que les falta. Me hago cargo del enfado de estos originales músicos cuando adviertan que el admirable y astuto método que utilizan para arrobar a sus oyentes ha sido divulgado. Espero, no obstante, que su benevolencia y su estro corran parejas y no inventen una nueva tortura con destino a quien les ha puesto al descubierto.

El procedimiento consiste en cubrir un montón de papelitos con las notas de la escala musical. Una nota en cada papel. Pueden confeccionarse, por ejemplo, veinte papelitos con la nota do, y otros tantos con re, etc.

He observado que los compositores gordos utilizan en mayor proporción el do que el si. Inversamente, los flacos conceden más oportunidad a la nota si.

Elaborado el surtido de papeles, se colocan en el interior de una boina, se agitan a la luz de la luna (si se desea música romántica) o cerca de un martillo neumático (si se prefiere música militar y enérgica). Después, se van retirando de uno en uno y se anotan sobre el papel pautado. Si el autor no sabe solfeo, suele solicitar la colaboración de alguien que lo conozca.

La escultura merece un capítulo aparte. El simbolismo subyacente en esta manifestación artística no es fácil de dominar y resulta incomprensible para los no iniciados. Sin duda, por ello, nunca falta un alma caritativa que se encargue, totalmente gratis, de disipar nuestra ignorancia.

Así, he podido percatarme de que dos vigas de ferrocarril cruzadas en forma de equis representan las dificultades de un alumbramiento de nalga. Un montón de ladrillos con una silla rota en la parte superior y un palo colocado verticalmente del que pende una camiseta agujereada, significa “no me aguardes a las ocho, pues he de lavarme el pelo”. Medio plátano gigantesco, cortado longitudinalmente, con dos protuberancias a media altura, valen por “fertilidad humana”.

Podría continuar un buen rato pero, ¿merece la pena? Yo creo que no.

De todas maneras, antes de considerar finalizada esta historieta y al objeto de dejar establecida mi teoría de que nadie es ya excéntrico o, para el caso es igual, todos lo somos, les diré cómo conseguí que el incrédulo Rob (no, no se trata de Robert, sino de Robustiano), hiciese suya mi forma de pensar sobre esta cuestión.

Se negaba obstinadamente a admitir mi punto de vista cuando le dije: “Vamos a entrar en una cafetería céntrica y concurrida. Si el barman, o alguno de los presentes muestra su extrañeza al escuchar mi encargo, yo pagaré, pero, si no es así, el que paga serás tú”.

Rob se limitó a responder, “Conforme”.

El establecimiento en que entramos se encontraba muy animado. Eran las siete y media de la tarde y fijándonos en el escaso espacio disponible podía creerse que la crisis y la inflación se hallaban de vacaciones. Por fin, en la barra, quedaron dos sitios libres que nos apresuramos a ocupar.

“¿Qué va a ser?”, preguntó el camarero.

“Para mi amigo, un descafeinado”, le respondí. “Para mi mismo, lo mejor será que tome nota, pues es un poco complicado”, añadí.

Cuando advertí que ya tenía en sus manos blog y bolígrafo, continué con voz recia: “En un vaso largo, a cuartas partes, vinagre, Ribeiro tinto, leche condensada y líquido de frenos. Ponga unas cañitas de perejil.”

El barman anotó cuidadosamente mi encargo y cuando escribió perejil, preguntó, “Y para comer, ¿desea algo?”

“Sí -respondí-, prepáreme un sandwich caliente de jamón serrano y caramelos de menta”.

“Lo siento -contestó-, los caramelos de menta se nos han agotado. ¿Le valen de fresa?”.

“Perfecto”, añadí tranquilamente.

Durante este intercambio de palabras, nadie manifestó la menor sorpresa. El único que me miraba con incredulidad era el pobre Rob.

Poco tiempo después, el estoico asalariado depositó sobre la barra nuestro encargo y, antes de que se alejase, le pregunté, “¿Cuánto es todo?”

“Un momentito, por favor”, replicó. Y tomando de un cajón una máquina de calcular, comenzó a hacer números.

Rob, viendo que trascurría el tiempo, y no salían las cuentas, comentó: “Bueno, no me extraña que sea un total difícil de obtener. Con unos sumandos tan poco frecuentes…”

El empleado levantó la cabeza y la maquinita de la que salía un cable y respondió. “No, no es eso. Lo que ocurre es que hoy la tengo conectada al carburo. Es más barato que la energía eléctrica, pero no hay duda de que es más lenta. Ustedes perdonen.”

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa, Oviedo, 1986

La hora tonta

Cuando faltaban dos días para el partido Oviedo-Madrid, ni en broma consideraba la posibilidad de convertirme en espectador.

El sábado no quería ni pensar en ello. El domingo, a media mañana, fui derrotado por la hora tonta.

También los hombres padecemos más de una vez estos 60 minutos. Los míos fueron más que tontos. Fueron imbéciles, menos, retrasados mentales.

Al acercarme a la taquilla pensé: “Los dos puntos ya se encuentran camino de Pajares. Esa es la fija. Así que, tú tranquilo. Observa y calla.”

Mis intenciones eran buenas, pero sólo eran eso, intenciones. Ni la conocida flema británica garantizaría la impasibilidad y las buenas maneras ante la exhibición de cinismo y la tomadura de pelo que constituyeron el denominador común en la actuación del mal llamado árbitro del encuentro.

Por tanto, de tranquilidad, nada de nada. Y de callar, menos. En mi vida he sentido tantos deseos de asesinar a alguien. Pero, ¿a quién? ¿A Orellana? Creo que no sería justo que él pagara los vidrios rotos por sus antecesores. El u otro, no importa. “Ellos” son la herramienta del trabajo diario de un club que utiliza aquello de “A vencer en buena lid”, únicamente en el estribillo de un himno ramplón, lleno de lugares comunes y, por supuesto, muy alejado de la política puesta en práctica en la consecución de títulos.

Se me ha dicho que, cuando “los albos corderos madrileños” levantan los brazos, los colocan en jarras o gesticulan como posesos, no se trata, como pudiera parecer, de una sesión al estilo eslavo. Tampoco impetran el favor de los dioses. La realidad, muy distinta, es que dan órdenes al Orellana de turno mediante un código de señales secretas, mezcla de las utilizadas por los señaleros de la marina y del alfabeto para sordos.

Al parecer, un marinero natural de Santa Pola, viejo y bastante borrachín él, naufragó hace muchos años frente a las costas de Borneo. Acogido por los naturales del país, convivió con ellos el tiempo suficiente para aprender el sistema de señales con que se comunicaban a distancia. A su vuelta a la civilización, lo dio a conocer a un veraneante de su patria chica, un tal Don Santiago, (sí, el mismo que ustedes piensan), el cual, viendo las posibilidades que la cosa ofrecía, perfeccionó el sistema agregándole de paso los gestos correspondientes a “anula ese gol”, “canta penalty” y “cierra los ojos que voy a dar estopa”, además de otros que, como los citados, no figuraban aún en el catálogo, posiblemente por no haber sido introducido aún el fútbol en aquellas latitudes.

De todo esto a considerar obligatorio el dominio del “idioma” para cuantos pretendiesen fichar por el equipo “merengue”, no hubo más que un paso.

Hoy manejan la lengua a la perfección Amancio, Pirri, Benito y Verdugo; la chapurrean bastante bien los demás y, falla algo Zoco, ya que, por agitar en demasía las extremidades superiores, comete de vez en cuando un penalty, naturalmente no visto por el vendido en funciones.

A riesgo de alargar esto más de la cuenta, expondré ahora mi particular procedimiento para terminar con esta desagradable situación, que un domingo sí, y otro también, se viene planteando a los equipos “subdesarrollados”.

Con todo lo genial, es muy sencillo. Propongo que, tras el saque inicial, los once componentes del equipo que se enfrenta al Real Madrid se sienten en una esquina del terreno de juego, poniendo especial cuidado en no estorbar las evoluciones de los “pentas”. Ya colocados en el rincón, deberán dedicarse a resolver crucigramas.

Con mi sistema, se consiguen varios objetivos. El Madrid ahorrará mucho dinerito y, sobre todo, ganará todos los encuentros. De paso, sus rivales acrecentarán su particular cultura, cosa no poco interesante.

Ya, ya se. Y de los espectadores, ¿qué? También eso está pensado. En vez de enronquecer gritando cosas feas a los Orellanas, podrían formar un orfeón gigantesco, que tampoco es moco de pavo.

De todas formas, creo que el “viejo chocho” tiene razón. Es incomprensible la manía que se tiene en provincias al Club de su digna dirección. En cambio, es aparente que D. Santi padece daltonismo. ¿No es cierto que lo ve todo blanco?

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Contra viento y María

Si alguna vez pudo decirse sin faltar a la verdad que los elementos se encontraban desatados, fue entonces. Aquella noche todos los nudos parecían haber sido deshechos y, como consecuencia, el viento huracanado alternaba con fortísimos aguaceros.

Cuando, al día siguiente -pues en plena tormenta el Observatorio Meteorológico tenía bastante con supervivir- se estudiaron registros y aparatos de medición, se supo que el viento había soplado a más de 100 km/h y que el agua recogida podría haber sido suficiente para acabar con la proverbial sed africana.

Circular por la calle, a pie, equivalía a una modalidad de suicidio sin patentar y, en automóvil era imposible pues la vía pública se hallaba repleta de los objetos más heterogéneos. Ventanas, con y sin cristales, restos retorcidos de carteles y anuncios, columnas de alumbrado y postes telefónicos habían formado una impenetrable y caprichosa jungla de obstáculos infranqueable sin la ayuda de un bulldozer.

A juzgar por la enorme cantidad de jardineras y maceteros que alfombraban aceras y calles, los habitantes de la ciudad deberían ser premiados como los más ardientes amantes de las flores de todo el país y, seguidamente, multados por su falta de precaución a la hora de adornar el exterior de sus balcones.

Un aficionado a la estadística de lo inusual se hubiera estremecido de gozo al ir anotando, trece tapaderas de retrete, seis fresqueras, veintidós orinales, doce sillas de comedor (de dos modelos diferentes), siete mangas de colar café, nueve lámparas de techo, dos somieres metálicos, una colección completa de “Roberto Alcázar y Pedrín” (cuidadosamente atada con bramante), una ristra de chorizos, seis estuches del piel conteniendo otras tantas dentaduras postizas, un enorme surtido de zapatos, botas y zapatillas (algunos ejemplares de un solo pie), doce colchones, treinta y un cojines y otras cosas mucho más que no cito porque odio la estadística.

Parecía imposible que el viento, por fuerte que soplara -y de verdad lo hacía- tuviera poder bastante para sacar de su escondrijo tan disparatada variedad de cosas extrañas. Más bien era como si los residentes de la castigada urbe, sintiéndose a salvo de miradas indiscretas, hubieran decidido realizar un zafarrancho general y desprenderse de cuanto les resultaba molesto a la vista. Era una epidémica versión de tirar la casa por la ventana. Los bomberos habían efectuado veinte salidas atendiendo angustiados SOS lanzados por aterrorizados vecinos temerosos de verse aplastados por los muros y techos de sus domicilios o de perecer ahogados por el agua, cuyo nivel ascendía incesantemente. Los inundados barrios de la parte baja estaban siendo desalojados a todo prisa entre las airadas protestas de los inquilinos que, incapaces de contener su indignación, dedicaban cortesanos piropos a la progenitora del alcalde y a toda la descendencia de la corporación municipal.

Una de las últimas casas del barrio, lindante con el descampado, era una vivienda de reducidas dimensiones, de planta baja y un piso. El agua alcanzaba ya más de medio metro. La construcción aparentaba ser tan frágil que parecía un milagro que se mantuviera en pie.

A la luz de los reflectores, pudo verse, encaramada en el tejado y aferrándose desesperadamente a la chimenea, una mujer que gritaba algo ininteligible a causa del ruido producido por los aullidos del viento y el gorgoteo de la lluvia.

De pronto, una de las paredes laterales se derrumbó arrastrando en su caída parte del tejado. El lienzo dejó al descubierto un dormitorio en el que, sobre una cama peligrosamente inclinada hacia el vacío, se encontraban varias gallinas y conejos. Cerca de la puerta, apoyadas una contra otra, como dándose mutuamente ánimo, dos cabras permanecían inmóviles.

Aprovechando el súbito silencio originada por la momentánea caída del viento, el jefe de bomberos gritó a través de un megáfono: “No tema. Ahora mismo la bajamos de ahí. Agárrese bien a la chimenea.”

La respuesta de la mujer en el tejado, llegó débil, pero claramente a quienes tomaban parte en la operación de salvamento:

“Como que me llamo María, que no me apeo de aquí, si no bajan primero a los animales.”

“Déjese de tonterías, señora”, contestó el responsable.

Inmediatamente, los abnegados profesionales comenzaron a acercar una altísima escalera, pero su avance se vio detenido por las tejas que María, con determinación y mano certera, lanzaba contra su elevada posición.

Uno de los bomberos fue alcanzado en un hombro y hubo de ser evacuado a retaguardia. Otro recibió un tejazo en la cabeza y a no ser por el casco que lo protegía, hubiera pasado a engrosar la lista de bajas en cumplimiento del deber.

El jefe ordeno la suspensión provisional de la acción de rescate y María cesó de hostigar a sus aspirantes a liberadores. Parecía, allí arriba, un capitán de barco que se niega a abandonar cubierta mientras no haya sido puesta a salvo toda la tripulación.

Por fin, tras ímprobos esfuerzos, los animales fueron retirados del improvisado establo y, seguidamente, María consintió en ser bajada de su atalaya.

Cuando, al amanecer, el jefe de bomberos trataba de introducirse cuidadosamente en la cama sin despertar a su mujer, ésta, intranquila por la tardanza de su marido y dormida sólo a medias, dijo: “Ya era hora, Ramón. ¿Está todo arreglado?”, Ramón, entre dos bostezos, respondió: “Sí, contra viento y María.”

“Pobrecito, estás hecho polvo. No sabes lo que dices”, contestó la cariñosa esposa.

Y Ramón, dejándose arrebatar por la dulce llamada del sueño, fatigado hasta la extenuación, pero feliz, aún tuvo fuerzas para musitar con voz burlona:

“Contra viento y María…, viento y María…, María…”

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Quietud y silencio

No me atrevería a asegurar que Pablo era un auténtico “fenómeno de feria” pero, desde luego, algo había en él que no era absolutamente normal. el más lerdo está al cabo de la calle de que nuestro órgano del oído se encuentra en el interior de la oreja.

El caso de Pablo tenía, por lo menos, algo que los amantes de los enigmas considerarían digno de un prolongado recalentamiento cerebral, producto de trabajosa investigación en busca de la verdad.

Pablo no oía con el concurso del oído, sino con el del vientre.

Acepto que se hable con las tripas; también admito que se haga por los codos; conozco conferenciantes que hablan mezclando palabras y somníferos, de tal modo que no hay quien se libre de echar una cabezadita a los pocos minutos de escucharles.

Sin embargo, la ocurrencia de Pablo era única. Ir en su compañía por la calle y coincidir con un desfile militar o un atasco circulatorio podía llegar a convertirse en una experiencia dolorosa. El redoble de tambores, los trompetazos y los destemplados toques de claxón, le causaban tales espasmos en el abdomen, que se veía obligado a protegerlo con las manos. El paso de una motocicleta, contraviniendo las ordenanzas municipales a base de escape abierto, le dejaba para el arrastre, tanto que, acompañarle a su casa y meterle en la cama en compañía de una manta eléctrica se convertía en necesaria obra de caridad.

Cuando sus amigos, yo entre ellos, trataban de que confesara cómo y cuando había comenzado aquella extraña situación, Pablo eludía el tema con habilidad, seguramente fruto de la práctica, pero ante la insistencia y la obstinación de quienes, tal como le constaba, le apreciábamos, un día nos dijo:

“Hasta que fui a la mili, yo era un ser normal que utilizaba los oídos como todo el mundo. Llegué a media mañana al cuartel al que me habían destinado y no sonó ningún toque de corneta hasta la hora de comer, o sea, fagina, ¿recordáis? Yo estaba tumbado en el camastro que me asignaron y uno de mis compañeros de mili, al pasar a  mi lado, me dio unos golpecitos en la barriga, diciendo en tono de broma: “¿Qué, ésta no te dice nada?”. ”

“En aquel preciso instante comencé a escuchar el toque de fagina, muy mal interpretado por cierto, con las tripas. Desde entonces, me viene sucediendo lo mismo. Parece que todo estruendo repentino, rock duro, cohetes, claxons, escapes de motos, gritos y chillidos, me atacan el bandullo como si las tripas fuesen a hacer un nudo marinero”.

Pablo confesaba estas cosas como si se sintiera avergonzado, como si hubiera cometido voluntaria y conscientemente algo muy feo.

“Lo que no acabo de entender -continuó- es por qué, cuando tocaban “paseo”, no lo escuchaba con los pies. Mi permanencia en el ejército fue una verdadera tortura. Todo el cochino día con las entrañas revueltas y doloridas a causa de los cornetazos. En un momento de estupidez, me apunté a reconocimiento para comentar mi caso con el médico. Nunca lo hubiera hecho. Tan pronto como le relaté mis cuitas, el doctor me dijo secamente: “Conozco los síntomas. Se trata de algo muy serio, pero no se preocupe. En el ejército, disponemos de un remedio infalible. A ver, sanitario, tome nota. Nombrado para el servicio de letrinas. Creo que con un mes de tratamiento será suficiente”.”

“Y agregó, dirigiéndose  a mí: “Realmente, es un aparatoso desorden de la pituitaria que corregiremos a base de constancia en la inhalación de efluvios fecales”.”

Entonces, comprendimos la reticencia con que Pablo trataba cuanto se relacionaba con su original e involuntario procedimiento de escucha.

Pero nuestro amigo, en vena de confidencias, no se detuvo. Ya embalado, confesó el prolongado suplicio que representaba su cotidiano trabajo en una calderería, los Talleres metalúrgicos “Estruen-2”.

Su vida laboral en aquella fábrica de ruidos había constituido, desde el primer instante, un auténtico tormento. Sus intestinos se rebelaban airadamente contra aquellas interminables jornadas de ocho horas que cada día iban sumándose hasta alcanzar cuarenta años de prisión en régimen abierto que, pronto, muy pronto, iba a finalizar por convertirse en una vida sin trabas ni obligaciones y, sobre todo, sin estrepitosos martillazos.

Pablo estaba a punto de ser jubilado y el hecho le producía tal alborozo que llegaba a causar la impresión de que lo que sucedería en breve plazo iba a ser algo tan placentero como el hecho de arrojar por la ventana, bien entrada la noche, los zapatos estrechos que nos han hecho polvo los pies desde primera hora de la mañana.

Sus cuatro hijos habían ido casándose sucesivamente y vivían por su cuenta y riesgo. Su mujer, un verdadero ángel de sexo femenino -conste que no deseo activar la polémica acerca del sexo de los ángeles-, conocía aquella rara dolencia y se esforzaba para que, al menos en el santuario del hogar, no hubiera de soportar el castigo injusto de unos oídos siempre en huelga.

Pronto, -pensaba Pablo- podré comenzar a poner en orden las colecciones de sellos, fotografías y postales… Sobre todo, leeré y escucharé música sin que nadie mi interrumpa. ¡Qué vidorra me voy a pegar! Parece mentira que, a estas alturas, un verdadero carroza, pueda decir que voy a iniciar una nueva vida.

Por fin llegó el gran día. Los compañeros de trabajo se empeñaron en que se les uniera para tomar unas copas de champagne como despedida y no tuvo más remedio que acceder para no pasar por desagradecido y antipático.

Cada ruidoso taponazo era como una bala que se le clavaba en las entrañas. Cuando, a las dos de la mañana, llegó a casa contempló sorprendido un vientre intacto en el que suponía iba a encontrar las sangrientas huellas de treinta y cinco impactos salidos de una ametralladora Thompson.

Y comenzó la gran vida, la nueva vida por la que había suspirado tantos años.

Pero había algo que no marchaba bien. Tan pronto como se disponía a recrearse leyendo, cómodamente sentado en su sillón preferido, no bien sonaban los primeros compases de uno de sus más queridos discos, cuando se preparaba para clasificar los sellos atesorados a los largo del tiempo, no fallaba; alguno de sus nietos, en ocasiones tres o cuatro, como por arte de magia, aparecía soltando gozosos chillidos y, sin ayuda de batidora, le hacía puré la fiesta.

Decidido, entonces, para evitar aquellas invasiones infantiles, siempre acompañadas de la inevitable agresión a su delicada zona estomacal, batirse en retirada, encerrándose en su dormitorio. Pero allí no era lo mismo. En primer lugar, la butaquita en que se sentaba no era tan cómoda como el sillón frailuno que ocupaba la salla de estar. Y luego, ¿de qué servía su vergonzosa fuga? El estrépito que causaban aquellos angelitos aporreando la puerta del reducto y reclamando a gritos su presencia, era aún más insufrible.

A los dos meses de soportar aquel feroz tratamiento de choque, Pablo comprendió que debía convertirse en uno de esos jubilados tristones, paseantes solitarios y sempiternos que, con las manos en la espalda, taciturnos y cariacontecidos, pueblan las calles y parques de todas las ciudades del mundo.

“Me transformaré en un caracol humano más -se dijo-; un caracol con el caparazón de mi amargo fracaso a cuestas.”

De pronto, se le iluminó el semblante. Una idea tranquilizadora se le había ocurrido. Con los ojos brillantes ante el placer que vislumbraba, musitó muy bajito:

“Dentro de poco tiempo, conseguiré la jubilación definitiva y ellos son aún muy jóvenes para seguirme a mi nuevo domicilio. Allí lograré alcanzar, por fin, la quietud y el silencio absolutos”.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Los intocables

En el año 1947 la república de la India decretó la abolición del sistema de castas.

Así, de un plumazo, se daba fin a un injusto estado de cosas que, desde hacía siglos, prohibía a todo miembro de una casta inferior el contacto con los pertenecientes a las superiores.

Aunque sólo fuese de una manera oficial, porque en la práctica, ¡vaya usted a saber!, los desgraciados intocables quedaban reintegrados en la sociedad.

En nuestro país, para tantas cosas el reino del revés, los intocables no están situados, como en la India, en el fondo, sino en la superficie; no se mueven humilde y silenciosamente tratando de pasar desapercibidos en la zona más negra de la sombra, sino que, por el contrario, marchan estirados y orgullosos como gallos de pelea, haciendo alarde de intocabilidad con irritantes quiquiriquís de desafío.

El presunto canto de tan molestos pajarracos viene traducido por frases que se escuchan frecuentemente y que dejan asombrados a quienes, dotados de sentido común, las oyen y prefieren hacerse los sordos a dejarse atrapar en discusiones absurdas.

Suelen ser expresiones como: “Usted no sabe con quien está hablando”, “Usted ignora quien soy”, “Me parece que usted no me conoce”, y otras de estilo parecido.

Dejando aparte la evidente falta de modestia de que se encuentran aquejados los que sueltan semejantes chorradas -porque, vamos a ver, ¿existe alguna disposición oficial que obligue a los ciudadanos a conocer nombres y circunstancias de todos sus compatriotas?-, ¿qué demonios nos importa quiénes son las personas con las que nos codeamos en la escalera, en la calle, en el cine o en el campo de fútbol?

Si, de verdad, se hubiera promulgado ley tan disparatada y cruel que impusiera el conocimiento del prójimo, ¿cómo se iba a arreglar D. Mariano para llevar a Luisita a merendar a aquel restaurante de las afueras, sin que se enterase todo el censo de población?

Entre otras consecuencias que se derivarían de tan alocada acción legislativa, no sería de reducida importancia la desaparición de la expresión, amable y pícara a la vez, “de tapadillo”.

EL anonimato, tan íntimamente reconfortante, que se experimenta cuando se deambula por las calles de una ciudad desconocida, se trocaría en una interminable letanía de saludos y adioses.

Además, con la entrada de nuestro país en la Comunidad Europea, la situación sería imposible de soportar. Nos pasaríamos la vida estudiando los nombres, características, ocupaciones y domicilios de más de 300 millones de comunitarios.

Y todo, ¿para qué? Pues únicamente para pasearnos por Brujas, Colonia, Turín, Oporto, etc., diciendo: “Adieu, Charles”, “Guten Morgen, Adolf”; “Buon Giorno, Carlo”; “Até logo, Joao”.

No quiero ni imaginarlo siquiera. Una auténtica pesadilla. Pero volviendo a los intocables, ¡cómo me agradaría poseer la facultad de introducirme, aunque sólo fuera un ratito, en sus extraños cerebros! Es probable que si, sinceramente, creen pertenecer a una casta superior y no actúan representando una comedia, es decir, fingiéndose superiores aunque no se sientan así, más que desprecio, merezcan conmiseración.

En cualquier caso, hacer uso de semejante situación para provocar el desconcertado apocamiento de quienes tienen la poca fortuna de encontrarse a su alcance, no es digno de otra respuesta que una carcajada homérica.

Como usted puede suponer, yo nunca oí reír a Homero pero, según se dice, sus carcajadas debían resultar tan sonoras, por lo menos, como media docena de grupos de rock duro.

Pes bien, no menos estúpido que adoptar esta majestuosa actitud, se manifiesta la de quienes se dejan influir por ella, la de aquellos que aceptan pasivamente ser utilizados como felpudo.

Quizás fuera conveniente -lo propongo únicamente en plan de prueba- ante un tonto quiquiriquí, poner en escena un pequeño guión como el que sigue:

La escena tiene lugar delante de la taquilla de un cine. Aguardan pacientemente cerca de doscientas personas.

Usted ocupa la “plaza” número ciento noventa y nueve.

Con aire disciplente se acerca un intocable y, con aspecto de hacerle un favor, se le coloca delante. Usted protesta y él responde.

Vd.: “Oiga, si no le importa, póngase detrás, no delante de mí”.

El: “¿Habla usted conmigo?”.

Vd.: “Naturalmente; no tengo la costumbre de hablar solo”.

El: “Y, ¿qué decía?”.

Vd.: “Que tenga la amabilidad de colocarse donde le corresponde”.

El: “Ya lo he hecho”.

Vd.: “No es cierto. Cuando usted llegó, yo ya me encontraba aquí. Por tanto, usted es el último”.

El: (En tono compasivo). “Yo el último? Usted no sabe quién soy yo?”

Vd.: “Es eso tiene razón. Pero se produce un empate, porque usted también ignora quien soy yo “.

El: (Un tanto desconcertado). “Bueno, eso a mi no me va, ni me viene. No me interesa lo más mínimo quien es usted”.

Vd.: “Otro empate”.

El: “Pero, ¿qué dice?”.

Vd.: “Que me importa un rábano quién diablos pueda ser usted. Que aunque se tratara del mismísimo Zar de todas las Rusias, o se coloca detrás de mí, o llamo al 092”.

El: “Hágalo. Mi primo es el Jefe de la Guardia municipal”.

Vd.: “Como si es Sherlock Homes”.

El: “No, ese era el Jefe de la Policía Montada de Londres”.

Vd.: “¡Menudo barullo geográfico-detectivesco! Pero, en fin. Como esto no nos lleva a ninguna parte, dígame quien es usted”.

Los dos rivales dialécticos, movidos por una misma idea, hacen un ademán y sacan, simultáneamente, la ¿pistola?, no, la tarjeta de visita.

Mutuamente se las entregan y, tras unos instantes de silencioso estupor, dicen a coro: “No puede ser”.

La duplicada sorpresa está ampliamente justificada. En la de la persona que venimos conociendo por El, puede leerse: Antón Hondo del Pozo y Marcos, mientras que en la tarjeta del que hasta ahora designábamos por Vd., dice: Marcos del Pozo Hondo y Antón.

Ambos Pozos guardan un minuto de silencio -porque los pozos, aunque sean de ciencia, no hablan-, y no en memoria de algún amigo fallecido; simplemente están cargando baterías, pero reanudan el “amistoso” coloquio así:

El: “Los Hondo del Pozo somos una familia antiquísima cuyos orígenes se remontan a la batalla de las Navas de Tolosa. Seguramente no puede usted decir otro tanto”.

Vd.: “Mire, Antón. No me venga con monsergas. Yo…”

Aquí el indignado Antón interrumpe violentamente a Marcos y, dirigiéndose a un joven vestido con un buzo azul que, encaramado a mitad de una escalera de mano, pega un cartel anunciador de la inminente actuación de una compañía de zarzuela, le dice:

“Oiga, ¿tendrá por ahí un distinguidómetro?”.

El operario, que lleva un buen rato escuchando aquel auténtico diálogo para besugos y que, habiendo sido nombrado recientemente enlace sindical por CCOO, no está dispuesto a ser oprimido por la bota capitalista, les mira furioso y, echando chispas por la boca, responde:

“Hombre, precisamente un eso que acaba de decir, no. Pero si quiere le fabrico, a medida, un loquímetro con ayuda de esta brocha y el caldero de engrudo”.

Antes decía que una conversación como ésta puede proponerse únicamente en plan de prueba. Debe tenerse en cuenta que, de producirse en la realidad, podrían originarse estas situaciones:

  • El diálogo es susceptible de prolongarse “ad infinitum”.
  • Los enzarzados discutidores no advierten que personas más sensatas y calladas han ido colándose al no encontrar oposición.

Y la más grave:

  • Al caminar el metro y medio que les separa de su objetivo, advierten un cartelito que anuncia: NO HAY ENTRADAS.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986