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Los reservados

Hace algunos años, ignoro si la cosa sigue lo mismo, los reservados eran lugares públicos convertibles en privados mediante la elevación en un doscientos veinticinco por ciento sobre el precio inicial de la botella de manzanilla, las aceitunas rellenas y las lonchas de jamón que se servían tan pronto como D. José llegaba acompañado de su amiguita de turno.

El mobiliario de un reservado era sencillo, casi siempre espartano. Dos sillas, una mesa, un espejo y un diván. Este último, colocado allí como mesa de operaciones para hacer frente al alto número de indisposiciones que se producían en aquellos locales, no se sabía bien si debido a la falta de ventilación, la mala calidad de las aceitunas o las excesivas muestras de paternal afecto prodigadas por los visitantes masculinos.

Con el cambio de mentalidad que se produjo al finalizar la Gran Guerra, desapareció la necesidad de contar con reservados para degustar jamón pues comenzó a pensarse que dicha actividad era, y es, algo sumamente natural y consustancial al hombre y a la mujer.

Desde entonces, resulta frecuente ver cómo se ejecutan aquellas acciones en los emplazamientos más insospechados que, evidentemente, no fueron proyectados para tales fines. Portales de fincas urbanas, parques públicos, automóviles aparcados ante ruinosas capillas en las que santos milagrosos no dan crédito a sus ojos, la cabecera de gol de un concurrido campo de fútbol, todo cabe.

En fin, que ya no es precisa la interesada complicidad de un camarero para calmar la sed y el apetito. Ahora, cuando el hambre apremia, se sacia sobre la marcha.

No obstante, perviven aún otros reservados y reservas.

Por ejemplo, algunos pronósticos continúan siendo reservados. Desconozco si es así porque los médicos que los facilitan no quieren pasar por cotillas o en previsión de casos en que los pacientes fallecen. Entonces puede decirse sin temor a errar: «Fulano se encontraba más allá de las posibilidades de la ciencia».

También las tribus de indios americanos, o mejor lo que queda de ellas, se encuentra en reservados pues, ¿qué otra cosa son las reservas? De todas maneras, creo que las autoridades federales se equivocan y más apropiado sería, si lo que desean es perpetuar la existencia de los primeros ciudadanos USA, mantenerlos en conserva y no en reserva.

Otros reservados o reservas supervivientes, quizás a causa de un repetido milagro que ha pasado inadvertido hasta ahora, son las que corresponden a champagnes, vinos y coñacs de cosechas remotas tan solicitadas y consumidas que, lógicamente, debería haber sido agotadas hace muchos años. No se me ocurre otra explicación que la que proporcionaría un perdurable bautizo a escala universal, por supuesto sin invitados ni monaguillos.

Asimismo, subsiste la reserva militar que no conozco bien. Me atrevería a afirmar, a pesar de ello, que debe tratarse de una especie de limbo especial para gente de armas tomar en el que, en posición de descanso, cuando han pasado a formar parte de sus huestes, guardarán, en una gigantesca sala de banderas, la última llamada a filas, esta vez no para guerrear sino, muy al contrario, para disfrutar de la paz eterna.

Y finalmente, los reservados que más estimo. Aquellos que, como mi amigo Atilano, aseguran con la mano elegantemente colocada a la altura del quinto espacio intercostal izquierdo, que jamás, en ninguna circunstancia, harán traición a la confianza que se ha depositado en su discreción.

Para mí resulta un misterio cómo puede producirse tan abismal contradicción entre los que aseveran y los que van a hacer tan pronto como cuenten con una oportunidad de efectuar, a su vez, y con la máxima reserva, una confidencia.

¿Se trata de mala memoria, de peor intención o simplemente es un rasgo de imbecilidad? No me atrevo a decidir.

Lo que sí me encuentro en condiciones de afirmar es que Atilano, y los de su especie, resultan personas sumamente útiles. El lo ignora, pero ya me ha prestado, absolutamente gratis, impagables servicios que, de ningún modo puedo agradecerle de viva voz pues podría descubrir el pastel y, por despecho, convertirse en persona totalmente reservada y discreta.

Existen infinidad de Atilanos tratados injustamente y estoy convencido de que, como mínimo, se les debería abonar un canon de publicidad por prestación de asistencia pública.

Recuerdo la última vez que, con el mayor descaro, utilicé a mi amigo. Yo no tenía acceso a las altas esferas de la empresa de la empresa en que trabajo como modesto chupatintas, pero sabía que utilizándole como caja de resonancia lo que yo deseaba supieran llegaría a su conocimiento al día siguiente, a más tardar.

Entre el personal de la sociedad existían gran malestar a causa de una cafetera. ¿Le parece extraño? Pues no debe parecérselo. En una de las áreas disponían de una hermosa cafetera eléctrica únicamente para su uso, vedado a todo empleado ajeno al servicio. Como no estaba permitida la salida para tomar café a alguno de los establecimientos cercanos y el olor que salía de la zona privilegiada no era suficiente para calmar las ansias del brebaje, los ánimos estaban excitados (por algo se dice que el café es excitante).

Entonces se me ocurrió darle cuerda a Atilano. Con toda reserva le dije que se iba a armar un lío monumental. El Comité de Empresa estaba dispuesto a llegar a la huelga si la situación continuaba igual. Que, o se instalaba una nueva cafetera para el resto del personal, o sabe Dios qué podría suceder. Que la dirección tenía en sus manos la posibilidad de adelantarse a la acción del Comité y colocando una buena máquina, desbaratando así los planes de revuelta pero, añadí, que convenía callar como muertos para ver los toros desde la barrera. Le pedí, finalmente, que hiciera honor a su bien ganada fama de individuo reservado.

Atilano me aseguró que él era una tumba, aunque no oliese mal.

Mi revelación se produjo un sábado, a las 9 de la mañana. El lunes siguiente, a la hora de entrada, pudimos ver, junto a los relojes de la firma, una hermosa cafetera que también despachaba chocolate, té, caldo, tabaco, y no daba los buenos días de verdadero milagro. Pero todo se andará, con la involuntaria ayuda de todos los seres reservados que en el mundo habitan.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Carta de desajuste

Aún no se me ha olvidado la ocasión en que, por primera vez, como alumno de segundo curso de Ciencias de la Información, me enviaron a la calle, grabadora en ristre, a realizar una encuesta.

La pregunta clave, abierta de par en par, daba lugar a muchas otras partiendo de las eventuales respuestas. Se trataba, simplemente, de conocer la opinión que TVE merecía  a los viandantes masculinos. De las mujeres se encargarían otros más afortunados que yo.

No me dieron instrucciones concretas, limitándose a decirme: «Hala, a ver como te las arreglas! Luego escribirás un artículo basado en lo que escuches.»

Recuerdo que, un poquillo nervioso, me dirigí al Retiro pensando que quienes se encontraran allí no tendrían mucha prisa y responderían de mejor grado que los transeúntes que circulaban precipitadamente por las pobladas calles madrileñas.

Después de meditarlo un momento, y tras vacilar repetidas veces, opté por un señor de mediana edad que, sentado plácidamente en un banco, dejaba vagar perezosamente su mirada sin fijarla en ningún sitio en particular.

Me senté a su lado y luego de saludarlo con un tímido buenos días, le confesé lo que pretendía de él, añadiendo que era la primera oportunidad en que hacía aquello. Junto a él tenía un neófito con grandes deseos de lucirse. Inmediatamente, me tranquilizó, prometiendo responder a cuantas preguntas le formulase.

Entonces, tratando de aparentar mayor seguridad de la que realmente sentía, hice la consulta inicial de la que esperaba se convirtiera en una brillante carrera plena de aciertos y triunfos

«¿Qué opinión le merece TVE?», indagué con la boca seca por la emoción.

«Lo que más me agrada de T.V. son los anuncios. Me encantan», dijo con acento de sinceridad. «Pero -continuó mientras aspiraba hondamente el humo del cigarrillo recién encendido- los destrozan totalmente intercalando con machaconería trozos de películas, partidos de fútbol y otras zarandajas. La Dirección General del ente público parece no comprender que la publicidad es el motor de la economía. La industria, el comercio y las finanzas se irían al traste sin el concurso formidable de la voz y la imagen publicitarias que, echando las campanas al vuelo, cantan las excelencias de los diferentes productos y servicios. Las autoridades televisivas ignoran que el rancio refrán de el buen paño en el arca se vende, ha pasado a mejor vida. Actualmente, quien no se anuncia no se come una rosca. Por esa razón, no quisiera por nada del mundo ser uno de los responsables de la hecatombe económica que se avecina. Es de todo punto continuar así. Deben cesar de inmediato los programas estúpidos que nos empujan a la ruina. Terminemos con las memeces; publicidad desde que se inicia la programación hasta que finaliza. Si acaso, breves tele-filmes en los que se muestre con detalle la fabricación de artículos de consumo, los métodos de trabajo en cadena y cosas por el estilo.»

Como mi primer cliente parecía dispuesto a continuar por idénticos derroteros, me permití pulsar el stop del aparatito; cortésmente me despedí agradeciendo su inestimable -y, a buen seguro, poco frecuente- opinión y me fui.

Hacía unos instantes, el sol, que hasta entonces mantenía con las nubes una enconada lucha para adueñarse del firmamento, se ocultó.

Resultaba superfluo disponer del título de meteorólogo para pronosticar una pronta lluvia. Efectivamente, no llegué a disponer del tiempo necesario para abandonar el Retiro. Cuando me acercaba a una de sus salidas, allá arriba se abrieron las espitas y el agua inició su descenso. Se trataba de un chaparrón impresionante que puso en desordenada fuga a cientos de paseantes.

Era como, si de pronto, se hubiese dado la orden de salida para un alocado maratón con metas en lugares diferentes.

A toda velocidad crucé la puerta del inmenso parque, atravesé la calle General Álvarez y enfoqué la del Doctor Castelo. No muy lejos, en la acera derecha, un letrero luminos, apagado entonces, pero no menos visible por ello, me indicaba donde podía encontrar refugio. Decía Cayena Pub.

Arriesgándome a tumbar de espaldas a cualquier atrevido que, a pesar de aquella manera de llover, se dispusieron a abandonar el establecimiento, atravesé su umbral y pasé al interior.

La instalación era moderna, demasiado para mis gustos más bien tradicionales. Mucha luz indirecta y escayola. En las ventanas, visillos color rosa de aspecto polvoriento. Una barra diminuta, el pavimento cubierto con moqueta verde limón que desentonaba rabiosamente con la decoración. Veinte o treinta mesitas cuadradas coronadas por ridículos mantelillos de encaje de imitación completaban el cuadro.

Al entra, no había muchos clientes. Después, a medida que la incesante lluvia acosaba a la gente, las mesas vacías fueron siendo más escasas.

A mi  espalda, en la mesa inmediata, dos personas hablaban con entusiasmo de teatro y cine. Agotado, probablemente el tema, la emprendieron con la televisión.

Hasta entonces no había prestado atención y sus palabras venían a ser una especie de música de fondo a mis reflexiones. Pero, tan pronto como escuché el vocablo T.V. agucé el oído.

Lo primero que me llamó la atención fuel el tono de voz de las dos chicas. Por lo que decían supe que una se llamaba Puri y la otra Merche. No me atreví a volverme para echarles una ojeada.

En aquella época, con la inocencia de los periodistas en embrión, aún creía que la primera virtud de un informador debía ser la discreción. Más tarde comprendí lo equivocado que estaba.

De pronto me decidí. Si hablaban de televisión ¿qué mal podía existir en que las entrevistase? Nada, fuera temores, y a por ellas.

Me puse en pié, giré la cabeza y la sorpresa estuvo a punto de hacerme perder el equilibrio y la facultad de emitir sonido alguno.

Frente a mi se hallaban sentados dos seres de difícil definición. Iba a decir indescriptibles o inenarrables, pero recordé a tiempo que ambas palabras estaban proscritas del vocabulario particular de quien deseara escribir. «Si te consideras incapaz de describirlo todo, dedícate a otra cosa. Si puedes narrarlo todo, no utilices esas palabras», decía uno de nuestros profesores.

Así que, tratando valientemente de recobrarme de la impresión, me acerqué, confesé que involuntariamente había escuchado su conversación y les rogué que me confiaran su opinión sobres la dichosa T.V.

Aceptaron, aparentemente de buen grado, me invitaron a sentarme a su lado y, mientras expresaban su parecer, aproveché el tiempo para fijarme bien en mis acompañantes.

Por sus rasgos faciales, por el timbre de sus voces, el tamaño de sus manos, y el vello que adornaba el dorso de sus manos, eran dos hombres.

De caer en la trampa de sus nombres, del abundante maquillaje que cubría ambos rostros, del tinte que había convertido sus cabellos en una rara estopa platinada y de las palabras que utilizaban, debía admitir que me encontraba en compañía de dos mujeres.

Reflexionando más a fondo, hasta el punto de no enterarme de lo que decían, llegué a la conclusión de que estaba ante dos hermafroditas temperamentales, entes en contradicción consigo mismos, objetores de sus propias personalidades y en lucha continua contra sus anheladas antítesis.

¿Se darán cuenta de su triste situación o tendrán la fortuna de vivir su vida en la bendita inconsciencia de la ignorancia?, me pregunté.

Cuando terminaron de hablar, les di las gracias y me despedí aún sumido en pesimistas cavilaciones. Me acerqué a la puerta y comprobé aliviado que el sol volvía a lucir. Sentía curiosidad por escuchar las declaraciones de Merche y Puri, pero esperaría a llegar a casa donde podría poner en marcha la grabadora sin temor a interrupciones molestas.

Ensimismado todavía en lo que acababa de contemplar, caminaba calle adelante cuando me di un encontronazo con un hombre que marchaba en dirección contraria leyendo el periódico. Impedí que se fuera al suelo sujetándolo fuertemente por el brazo y le pedí excusas por mi torpeza.

No le dio importancia a lo sucedido y aún fue tan amable de aceptar mi petición de qué me confiara su parecer acerca de la televisión.

Quizás lo que le prestara su aire poco común fuese su blanca perilla, réplica exacta del cabello cortado a cepillo que coronaba su abultada cabeza. Me hizo pensar que si se pudiera al revés, es decir, boca abajo, la incómoda postura no aportaría gran diferencia a su aspecto facial.

Cuando se encontró dispuesto a hablar, comenzó diciendo que antes de emitir su veredicto era preciso me hiciera saber algunas particularidades de su existencia. Dijo que era ingeniero electrónico, especialista en sonido. Se había jubilado hacía algunos años. Acaso por deformación profesional, o Dios sabía por qué, nunca había sentido respeto por la televisión. Pero, cuando el invento se introdujo en España, adquirió un receptor y el día que se lo llevaron a casa tuvo la ocurrencia de sentarse ante el aparato y contemplar toda la emisión; desde la carta de ajuste hasta el cierre.

Se había sentido tan defraudado, tan harto de las ordinarieces que trasmitían, que muy pocas veces había vuelto a mirar a la pantalla.

Sin embargo, estaba convencido de que una postura pasiva no era suficiente y, haciendo uso de sus conocimientos profesionales diseñó un sistema -en su opinión muy sencillo, pero para mí, lego en la materia, sin pies ni cabeza-, según el cual, mediante la inclusión en el circuito de un sensor conectado a un ordenador que retenía las palabras como «nuevo»; «actual», «moderno», «champú», «joven», «espuma», «técnica», «desodorante», «blanco» y otras, el aparato se desconectaba automáticamente tan pronto como se iniciaba un bloque publicitario, volviendo a entrar en funcionamiento cuando terminaban los anuncios.

Amargamente, reconocí después que el proceso llevaba implícito un fallo en el que no pensó cuando lo ideó. El fracaso se producía a causa de que cualquier espacio no publicitario podía incluir -y, de hecho incluía- las palabras clave y el aparato, como si se hubiese vuelto loco, se encendía y apagaba continuamente.

El descontento propietario delas dos perillas, o los dos tupés -no puedo ser más preciso- terminó revelándome que sus aspiraciones iban ahora más allá. Lo que había conseguido hasta entonces sería juego de niños cuando diera fin a lo que se traía entre manos.

Con mucho misterio y negándose a que aquella parte de su declaración fuese grabada, me hizo partícipe de su gran secreto. Tenía muy avanzada la construcción de un aparato con el cual interferiría e impediría la transmisión de todo mensaje publicitario.

A nivel mundial, añadió con un brillo diabólico en los ojos ocultos tras las gafas de gruesos cristales. Piense usted en los satélites, dijo por último antes de alejarse.

Después de aquello, no me quedaban ánimos para volver a poner a prueba mi suerte. Así que, en cuanto localicé un boca de metro, acompañado por lo que me pareció medio Madrid, descendí las escaleras y conseguí no morir en el empeño de introducirme en un vagón a punto de reventar. Eran las ocho menos cuarto de la tarde. Hora punta.

Impaciente, ascendí los nueve pisos que separaban la calle de mi domicilio, echando una resignada ojeada al familiar letrero de «No funciona» que, estoy convencido, debe ser facilitado por la casa al instalarse en el momento de colocar el ascensor.

En cuanto estuve en mi habitación, cómodamente repantigado en una mecedora, hice retroceder la cinta hasta el momento en que iniciaba su respuesta Puri.

«Pues a mí -aseguraba éste/a con acento en que se adivinaba un mohín de coquetería- me chiflan los pases de modelos; cuanto más atrevidos mejor. Sobre todo, los de ropa interior. Esas prendas finísimas, de tenue seda tienen que ser una caricia para la piel, ¿verdad, tesoro?»

Debía dirigirse a Merche, pues éste/a, respondía con voz de sochante y sonsonete de frágil damisela: «Claro, cariño, ¡qué gozada! Pero, qué va. A esos patosos de Prado del Rey, sólo les excitan los combates de boxeo, partidos de fútbol, el torneo de las cinco naciones y ese horror de corridas de toros. Pobres animalitos de mi corazón. a ellos deberían torearlos. y puede que a más de uno habría que afeitar.»

Intervenía de nuevo Puri para afirmar que mucha democracia y muchas narices pero, en realidad, no se respetaban los derechos humanos. Cada persona debería ser libre para ejercitar su opción individual a vivir de acuerdo con las normas del sexo que prefiriese.

«Bravo, Puri, amor. Tienes un pico de oro. Estoy segura de que si te decidieses a crear un partido político, te forrabas de votos», tercio Merche.

Basta, basta ya, decidí apagando el aparato. Como mañana no se me dé mejor esto, estoy fresco. Buen artículo voy a escribir si no encuentro nada más interesante.

Mientras tanto, la noche había caído y, cosa absolutamente normal, no se rompió nada. La noche lleva millones de días cayendo y jamás se fracturó un tobillo. Claro que, cuenta con un entrenamiento envidiable.

A la mañana siguiente, fortalecido por ocho horas de sueño ininterrumpido, salí a la calle con renovados bríos. Fuera temores. La vida es de los audaces, me decía, guiñando los ojos a causa del sol, que me daba en la frente.

Con estas sandeces y otras aún mayores que no declaro por pudor, me trasladé una vez más al Retiro y, osadamente, le disparé a bocajarro mi pregunta a un viejecito de apariencia inofensiva y bonachona.

Su respuesta fue un modelo de síntesis: «No puedo contestarle, pues carezco de suficientes elementos de juicio. Si, poseo un aparato. No, no está estropeado. Me han cortado la corriente por falta de pago. Soy jubilado de la Renfe.»

Sin dejarme amilanar por semejante fracaso, me revolví como una alimaña y me encaré con mi próxima víctima, un hombre altísimo con cara de pocos amigos, pero, según dijo, dispuesto a hablar.

«Podría revelarle aspectos desconocidos acerca de la contemplación de imágenes en movimiento, pero soy individuo de pocas palabras. Sostengo firmemente que si la palabra es plata, el silencio es oro; en boca cerrada no entran moscas; por la boca muere el pez y la palabra más elocuente es la que no ha sido dicha.»

» De todos modos, ya que ha sido usted tan amable de solicitar mi opinión, haré una excepción, aunque sólo sea como mera devolución de su cortesía. Le responderé con toda brevedad, sencillez y veracidad. Verá usted.»

«Yo desciendo de familia modesta, no sobrada de recursos económicos, cosa que me obligó a abandonar los estudios tan pronto como supe leer y escribir. Por entonces, mi maestro de primeras letras había despertado en mi alma infantil una insaciable sed de saber…»

«Pero, pero, ¿qué tiene que ver…?», interrumpí desconcertado.

«Espere y verá, joven -respondió imperturbable. Pronto hallé la solución. Si no podía continuar estudiando de manera oficial, lo haría a mi aire y sin intervención de autoridades académicas. Por una módica suma mensual, podía acudir a la Biblioteca Pública y leer y releer…»

«Perdone, señor», corté impaciente. «Le he preguntado por su opinión sobre la televisión y no veo que esto tenga que ver con…»

«Todo se andará, jovencito», interpuso a su vez mi entrevistado sin descomponer la figura.

«…cuanto se encontraba archivado en aquel templo del saber. Leí incansablemente; cada minuto que el desagradable deber de procurarme la grosera pitanza me dejaba dueño de mis actos lo dedicaba a la gozosa adquisición de cultura. Mi figura llegó a hacerse tan familiar en la Biblioteca que ala mesa ante la que, indefectiblemente, me sentaba se la llegó a conocer por la mesa de la M, en exquisita alusión a mi saber enciclopédico, mi apellido Martínez y una clara referencia a la Real Academia de la Lengua…»

«Vuelvo a rogarle me disculpe si cerceno descortésmente su docta disertación, pero, o me responde con dos vocablos, o lo dejamos. A ver, ¿qué opinión le merece T.V.E.?»

«Abominable fiemo», contestó alejándose de pésimo humor aquel ambulante volumen en rústica.

Dos intentos y otros tantos fracasos, pensé con amargura. No obstante, encogí mentalmente los hombros (inténtelo y comprobará que puede hacerlo) y, resuelto a no marrar en el empeño, orienté el rumbo hacia la primera persona que se me puso a tiro.

Se trataba de una criatura del sexo masculino, de apariencia apocada que parecía caminar sin destino definido, dejando que los pies embutidos en zapatos cubiertos de polvo, lo llevaran a cualquier sitio.

«Dispense usted, señor -le dije repitiendo una vez más la pregunta que ya había logrado despertar en mi una inexplicable repulsión-: ¿qué le parece al televisión española?

«Pues, verá -respondió prontamente, deteniéndose en seco (recuerde que había cesado de llover y hacía un día imponente)-, me temo que no voy a serle de ninguna utilidad.»

«Ah, ya entiendo. No la ve usted.»

«La veo y no la veo. La veo de pasada, cuando entro en una cafetería, pero esa no es la manera. Suele haber tanto barullo y ruido que no puedo decirle si me gusta o no, si es buena, mala o regular. Y en casa…»

«En casa no la tiene», dije velozmente deseando cortar de raíz la posibilidad de encontrarme  con un encuestado tan insoportablemente locuaz como el anterior.

«Tampoco es eso. En casa tengo un receptor, pero no funciona. Lo he mandado a arreglar muchas veces sin resultado alguno. Me dicen que no tiene ninguna avería y, a pesar de todo, con capta sonido ni imagen. Verá usted, yo vivo solo y, por ello, cuando me marcho a la oficina dejo la llave del piso al portero que se la entrega al técnico. Luego éste  me llama por teléfono diciendo que el aparato marcha a la perfección y que le debo 1.500 pesetas de la salida. Por la noche, yo llego a casa y nada. Ya estoy más que harto.»

Con estas palabras se alejó lentamente, arrastrando los pies con tal aire de abatimiento que causaba lástima.

En cuanto se fue aquel frustrado televidente, se me acercó un chico joven, aproximadamente de mi edad, que me dijo: «He oído lo que le ha dicho ese señor. Yo soy el técnico que visita regularmente su domicilio. Su aparato no tiene ninguna avería. Estoy dispuesto a jurarlo ante Dios y ante los hombres. No se me ocurre otra cosa que pensar que se le olvida pulsar el interruptor de encendido. No me atrevo a decírselo.»

«Yo sí», atajé, corriendo ya hacia la figura de mi reciente entrevistado que estaba a punto de desaparecer tras una esquina, al fondo de la calle.

Tan pronto como le alcancé, disparé a bocajarro, sin preámbulos: «¿Le da usted al botón de encendido»»

Él, con ojos inocentes en los que se reflejaba todo un mundo de sorpresa y esperanza, respondió con otra pregunta: «Y, ¿qué botón es ese?

«Uno señalado con la palabra ON, osea, o, ene.»

Cuando comprendió, pareció trasformarse en otro hombre. Me dio calurosamente las gracias y se puso en marcha nuevamente hacia su solitario piso. Ahora caminaba con paso firme y hasta los zapatos parecían haber recuperado el brillo de otra época mejor, sin complicados botones misteriosos.

Una sensación de placidez me invadió. Era plenamente consciente de haber asistido al nacimiento de otro teleadicto. Incluso podía considerarme un poco como su padre.

En aquel momento de plenitud vi que se dirigía hacia mí un viejecito que andaba lentamente apoyándose en un nudoso bastón. Llevaba el cuello del abrigo levantado hasta las orejas y contaba con el refuerzo de una gruesa bufanda de lana, tejida quizás a mano, amorosamente, por una nieta que, a cambio sería probablemente abroncada por el uso de la minifalda y el abuso de los Ducados.

«Le ruego me disculpe, señor -le dije decidido. ¿Podría decirme qué, etc»

«¿Cómo dice?», inquirió con una voz cascada mientras me contemplaba con la misma benevolencia que si, de pronto, le hubiese colocado una víbora ante las narices.

«¿Qué si tiene la bondad de decirme qué opinión le merece Televisión Española?»

«Ah, creía que… pero, bueno. Si se trata de eso, le diré: Para mí, patriota donde los hay, la opción de que carece la aviación española, a pesar del programa Faca…»

«No, no señor. No le pregunté por la opción de que carece la aviación española, sino sobre…», dije elevando la voz un par de tonos con lo que conseguí que algunos transeúntes se volvieran a mirarme indignados ante tamaña falta de consideración hacia quien podía ser mi abuelo.

«Si se empeña en hablar en voz tan baja, no voy a poder entenderle», continuó el portador de la tremenda estaca, moviéndola impaciente. «Esto es un robo descarado -añadió golpeando la contera contra el pavimento. Compré las pilas hace cuatro días y ya deben de haberse agotado. Vamos, hable más alto y no me haga perder tiempo.»

«Si no tiene usted inconveniente -repetí a grito pelado- desearía que me diera a conocer…»

«Entendido jovencito. Pues le diré. Quiere usted saber qué sensación me ofrece la selección española. Pues lo siento, amigo, no soy aficionado al fútbol. Lo mío es el levantamiento de pesas y el judo. Ahora ya no, pero debería de haberme visto hace cincuenta años. En 1916, gané…»

Entonces hice algo de lo que me creía incapaz. Oprimí con fuerza el botón de stop de la grabadora y, a escape, desaparecí de escena sin despedirme.

Al día siguiente, devolví a la Facultad el trasto infernal que me había causado tantas molestias, sorpresas y sinsabores.

Estaba seguro de que, con mi decisión de abandonar los estudios de periodismo, iniciaba una guerra de familia, pero también tenía la certeza de que, cuando conociesen los motivos que me impulsaron a tomarla, se firmaría un armisticio duradero. Sin rencores.

De ninguna manera estaba dispuesto a escribir si entre mis futuros lectores se encontraban algunas cabezas como las conocidas hacía poco tiempo.

El público me comprendería más fácilmente si prestaba atención a sus pies.

Si, me haría pedicuro.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987

Hágalo usted mismo

EEUU, patria de casi todos los inventos y descubrimientos y único país de la tierra donde florecen como hongos los hombres no nacidos de padre y madre, los «self made men», tuvo, hace algunos años, la original idea de creer que cualquier hijo de vecino podría hacer por sí mismo, todo, arreglarlo todo e, incluso mejorarlo todo.

De allí salió aquello de «hágalo usted mismo». Bueno, de allí  y de sus ansias de vender su producción de herramientas.

Es probable que en EEUU, con una población de 240 millones de habitantes dotados de un temperamento distinto, su genial ocurrencia haya tenido éxito.

Desgraciadamente, «Spain is different» y por ello, sólo algunos incautos emprendedores prefirieron hacerlo ellos mismos a encomendar sus chapuzas a quienes vienen encargándose de ellas tradicionalmente.

Entre estos incautos lamento verme obligado a incluir a Laura y Juan, joven matrimonio con cuya amistad me honro.

Él, técnico en automatismos y ella, analista de programación de ordenadores, decidieron proceder personalmente, prestando oídos al «hágalo usted mismo», a automatizar la caseta que habían adquirido a orillas de la ría de Foz, un lugar desde el que podían contemplarse las siempre cambiantes tonalidades de las aguas. (¡Ya podían tomar ejemplo las de los mares Negro y Rojo, tozudamente fieles a su monocromatismo!)

No resultó fácil la planificación pero, finalmente, todo estuvo listo para iniciar la tarea que, terminada, permitiría que cada ventana de guillotina, y cada persiana se elevara y descendiera simplemente mediante el pulsado de un botón, eliminando el desagradable empleo de la fuerza bruta. Cada puerta, gracias al concurso de células fotoeléctricas hábilmente situadas, abriría en las dos direcciones. Merced al mismo sistema, el contenido de la nevera sería asequible sin realizar esfuerzo alguno.

Ingeniosas combinaciones de distintos elementos técnicos posibilitarían el cierre y apertura de toda la grifería, incluyendo naturalmente la ducha; las luces eléctricas de cada estancia se encenderían por sí mismas cuando las condiciones de la luz diurna y la presencia de alguien en cualquier habitación lo hicieran necesario.

El artilugio que mayor satisfacción causaba a Juan y a Laura era un aparato de alarma conectado a todas las entradas de la vivienda, dotado de una ruidosa sirena capaz de poner en pie de guerra a toda la Policía de la Comunidad Autónoma Gallega.

Techos y muros habían sido provistos de diminutos orificios que darían paso a un diluvio de espuma en caso de incendio.

La calefacción se ponía en marcha cuando la temperatura ambiente lo hiciera aconsejable.

La cocina, verdadero laboratorio culinario eléctrico, entraba en acción al registrar el peso de los recipientes, graduando la temperatura de acuerdo a una tabla neperiano-logarítmica incorporada.

Termostatos, reostatos, hidrostatos, relais, manómetros y otros aparatos de medición y comprobación tenían sus replicas en un panel de mandos situado en la cocina-comedor.

La noche que se dio por finalizada la complicada obra, Laura anunció a Juan que le tenía reservada una cena sorpresa. Dispuesta la cena, la analista pretendió extraer del horno el plato fuerte de aquella comida inaugural, pero la puerta se negó a abrir.

«No sé que pasa aquí», dijo con expresión de extrañeza.

«No te preocupes, cariño», aconsejó Juan. «Vamos a abrir por el procedimiento manual. Ya veremos que ha ocurrido».

Y dando un fuerte tirón, abrió la puerta en rebeldía.

En aquel momento se desencadenó un verdadero pandemonium. Las luces se apagaron, las ventanas y las puertas trasera y delantera, comenzaron a abrirse y cerrarse. Todos los grifos, como contagiados por tanta actividad, se abrieron dejando pasar el agua a raudales. La calefacción se encendió alcanzando en un momento los 65 grados, y la espuma contra incendios manó abundantemente para tratar un inexistente fuego. Las persianas, desbocadas, subían y bajaban sin darse un momento de reposo.

Para aumentar la confusión, la alarma, fiel a su misión, lanzaba intermitentes aullidos.

A tientas, buscaron unas linternas y, tan pronto con un calor infernal como con un frío polar, chapoteando entre agua y espuma, medio sordos a causa de los espeluznantes gemidos de la alarma, tras declararse incapaces de poner orden en aquel caos, cenaron el contenido de una lata de sardinas que hubieron de abrir a martillazos pues, naturalmente, al abrelatas eléctrico no hubo forma de convencerle para que realizara su misión.

A la mañana siguiente, tras una noche sin pegar ojo, se juraron, con la misma solemnidad con que se prometieron amor eterno el día de su boda, que lo de «hágalo usted mismo», nunca más.

Me consta que cumplieron su promesa. Hasta para cambiar las bombillas fundidas recurren a un electricista. Al mismo que me presta idéntico servicio.

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones con sordina, Foz, 1986

Prohibido prohibir

Nuestra existencia discurre a lo largo de una senda jalonada por prohibiciones. Como la mayor parte de éstas tienen alguna relación con el movimiento, puede que algún día nos veamos forzados a inmovilizarnos definitivamente.

Vean algunas muestras: Prohibido el paso, girar a la derecha, girar a la izquierda, apearse en marcha, bajar en ascensor, etc, etc.

En ciertos casos, las prohibiciones tienen un amenazador aroma de exterminio. Ejemplo claro es el «terminantemente prohibido» que, además, viene a rebajar la importancia del resto de las prohibiciones. Es como si lo prohibido a secas tuviera un deje de permisividad.

La abundancia de prohibiciones terminará por crearnos un complejo de impotencia motriz que no nos llevará muy lejos.

Creo que la solución a tan desagradable perspectiva podría encontrarse en la utilización de una creatividad optimista fundada en el buen criterio del público.

Los carteles diciendo «Prohibido el paso a toda persona ajena a esta obra» podrían ser sustituidos por otros que indicaran: «Puede usted pasar, pero si lo hace quizás quede reducido a 15 cm. de pulpa con zapatos».

El de «Prohibido asomarse al exterior» que vemos en los trenes, sería más expresivo si proclamara: «Si lo que desea es prescindir de la cabeza, asómese».

Aquel que, en los autobuses, dice: «Prohibido hablar con el conductor», podría decir: «Caso que pretenda contribuir a la innata falta de concentración del conductor, hable con él».

En vez de la señal de «Prohibido girar a la izquierda» debería colocarse un gran mural en el que pudiera leerse: «¿Le agrada el ambiente de los hospitales? Si es así, gire a la izquierda. No tardará en verse en uno».

Aquel, un tanto repugnante, de «Prohibido escupir en el suelo», que realmente parece una invitación a hacerlo en las paredes o incluso en el techo, tendría que ser sustituido de inmediato por otro que diga: «Su saliva es suya; no la derroche a troche y moche».

«Prohibido arrojar objetos a la vía», sería innecesario si a lo largo de nuestras vías férreas se instalaran grandes cestas (un metro de ancho por uno de fondo), con lo cual desaparecería el paro de cesteros y brigadas de limpieza, además de fomentarse el baloncesto entre los sedentarios viajeros. El nuevo cartel podría decir: «Aproveche la oportunidad de encestar a 100 por hora que le ofrece RENFE».

La prohibición de rodar a más de 120 que vemos en las autopistas debiera ser retirada y, en su lugar, colocado el siguiente consejo: «Si no puede ver a su suegra, y no desea verla más, circule a más de 120».

El perspicaz lector habrá advertido que en ninguno de los nuevos avisos propuestos se intenta coartar la libertad del ciudadano. Con ellos se pretende únicamente vigorizar el ánimo, un tanto apocado y timorato, de la gente desconcertada ante el creciente número de prohibiciones.

La situación ha llegado a ser tan grave que, cuando nos proponemos hacer alguna cosa, y no nos enfrentamos con aviso alguno de que esté prohibido, nos abstenemos de hacerla por temor a que el famoso letrerito se haya caído o haya sido arrancado por algún guasón que tampoco advirtió otro letrero que prohibía arrancar el primero.

De igual modo que los franceses de hace algunos años, gritaron «¡La imaginación al poder!», pidamos a voz en cuello: «¡La imaginación a los ilegalizantes!

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones con sordina, Foz, 1986

Horóscopo para 1987

Horóscopo para 1987

Tres años antes de saber leer, yo ya era un asiduo lector de horóscopos. Mi aya me los leía con una fe digna de compasión y, como ignoraba en qué fecha había nacido, siempre se adjudicaba aquellos que más le favorecían.

Cuando fui mayorcito, comencé a investigar por mi cuenta e inmediatamente me llamó la atención el hecho de que jamás coincidieran dos publicaciones en los vaticinios formulados para quienes habían nacido bajo el mismo signo zodiacal. Por ejemplo, cuando para el horóscopo X la salud de los Libra iba a ser excelente, en el Z, poco menos que los enterraban.

Esto me hizo entrar en sospechas de que algo no marchaba. En principio supuse que los astrólogos, deseosos de comer caliente, como todo hijo de vecino, inventaban unos pronósticos sin ponerse previamente de acuerdo. Más tarde, supuse, no sin razón, como había de demostrar, que los astros carecen de influencia sobre el destino de los humanos y, consecuentemente, que si Júpiter está en conjunción con Saturno sería lo mismo que si estuviera en preposición o en adverbio.

Seguro ya del terreno que pisaba, diseñé, construí y utilicé un aparato (ahora en proceso de concesión de patente), al que denominé Horoscopic Annualis Calculador, para abreviar HAC, gracias al cual, y a unas tablas estadísticas confeccionadas también por mí mismo, soy capaz de conocer anticipadamente los acontecimientos más relevantes que van a suceder en el transcurso del año 1987 a los nacidos en los distintos meses de cualquier año de este siglo.

Por motivos obvios, no voy a descubrir todas las características del nuevo aparato pero sí puedo adelantar algunos datos acerca del revolucionario invento. Tiene su importancia, dentro del conjunto, unos gemelos de teatro, cedidos involuntariamente por mi tía Roberta, una lupa de gran potencia y el cuerpo principal de una churrera.

Con el nuevo aparato he escudriñado incansablemente el firmamento hasta adquirir la certidumbre de que son los meteoros y los cometas los que, interponiendo su poderosa influencia, configuran el destino de la humanidad.

Vean ahora el resultado de mis incansables estudios:

Amor Dinero Salud Trabajo Suerte
Enero No correspondido 2325 pesetas Buena El mismo Mucha
Febrero Algo Herencia gorda Floja Sigue parado Regular
Marzo Demasiado Muy poco Excelente Busque otro Muy buena
Abril Ni una rosca Normal Regular Su empresa cierra Enorme
Mayo Sólo platónico Para terminar el mes Boyante Ascenso a la vista Más bien si
Junio No siga haciendo el camelo Demasiado, ojo con Hacienda Urge confesión general ¿Para qué lo necesita? La necesitará
Julio Bien Muy escaso Buena Mucho Pese a todo, buena
Agosto Peligra Haga un curso acelerado de mendicidad Escasa Expediente de regulación Perra
Septiembre Ni fu, ni fa Lo justo Cuídese Póngase a rezar Las hay peores
Octubre Correspondido Bastante A prueba de bomba Buenas perspectivas ¿No querrá más, eh?
Noviembre No se haga ilusiones Va a poder ahorrar Normal Seguro Envidiable
Diciembre Hasta la tumba Irregular Debe pasar por el escaner De momento, si No se haga falsas ilusiones

Estas previsiones son válidas, no sólo para los españoles, sino para los naturales de cualquier otro país, pues es de tener en cuenta que meteoros y cometas no entienden de nacionalismos.

Para general conocimiento y como recordatorio a los olvidadizos, he de añadir que los nacidos el 1 de enero de 1937, cumplirán el mismo día y mes de 1987 el medio siglo. Únicas excepciones serán los nacidos en la fecha indicada si ya hubieran fallecido.

Como colofón (ignoro por qué motivo esta palabra me recuerda las lámparas de techo), deseo aprovechar esta oportunidad para pedir excusas a la NASA por mi reciente negativa a hacerles partícipes de mi descubrimiento. Tengan un poquito de paciencia que todo se andará.

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones con sordina, Foz 1986