Archivo del Autor: Mayte Bravo

Los aprensivos

Venancio, con mano insegura aún dominada por el sueño, oprimió el botón que silenciaba el estridente repiqueteo del despertador. Eran las seis y media de la mañana de un día, a juzgar por los ruidos que le llegaban de la calle -cuatro pisos más abajo-, lluvioso y desapacible.

Cuando en su ciudad el cielo abría las espitas, y lo hacía con harta frecuencia, el sonido producido por el agua al ser desplazada por las ruedas de los automóviles proporcionaba al oyente atento un parte metereológico más fiable que el de la TV. Sólo era cuestión de saber escuchar y Venancio sabía como hacerlo. Contaba con años de experiencia.

Primero su madre, excelente mujer que habíá alcanzado el estado de viudez a consecuencia de unas fiebres puerperales…

¿Cómo que no puede ser? No sea usted atropellado y déjeme terminar.

Decía, cuando, sin ninguna consideración, no ha dicho pero ha pensado que acababa de escribir una barbaridad, que Venancio se había convertido en huérfano de padre al fallecer éste en un precipitado descenso de las escaleras, olvidando la conveniencia de utilizar los peldaños y el pasamanos, es decir, que trató de imitar el vertiginoso picado de halcón sin disponer de sus  planos de sustentación. Hablando en cristiano, que se descrismó, haciendo de su esposa, atacada violentamente por las terribles fiebres puerperales, una viuda y recién estrenada madre.

Naturalmente, el padre de Venancio no tuvo oportunidad de ver refrendado por el médido su precoz diagnóstico pero, a cambio, resultó protagonista de un vistoso certificado de defunción que el mismo doctor, ya metido en harina, despachó negándose, generosamente, a percibir el importe de dos salidas. «En realidad -dijo- he matado dos pájaros de un tiro».

Pero bueno, comentaba líneas atrás que Venancio estaba habituado a escuchar las continuas advertencias de su madre recomendando el uso de la bufanda, los chanclos y el paraguas tan pronto como el termómetro descendía de los veinte grados; el consumo de un par de aspirinas cuando soltaba un estornudo; los chupetones de pastillas de mentol si carraspeaba; la ingestión de tisanas y hervidillos en cualquier momento y, para opropio final la utilización de una camiseta de felpa velluda desde el 1 de enero al 31 de diciembre (por supuesto, no siempre la misma).

Después, como su madre, cansada de desoir las repetidas llamadas que su difunto  consorte le  transmitía desde el otro mundo, decidió que ya era hora de responder y liar el petate como una buena esposa, Venacio, para entonces con treinta y un años a cuestas, pasó a depender de sus tías Anuncia y Pruden, pues no estaba bien que un joven sin experiencia viviera solo y sin amparo (con minúsculas, faltaría más).

Aquellas tías, lo digo con todo respeto y únicamente aludiendo al vínculo de parentesco que les unía, dejaban chica a la mamá en cuanto se refería al grado de proteccionismo, la superabundancia de consejos y las férreas imposiciones, eso sí, envueltas en arrumacos y dulces palabras.

En resumen, Venancio podía hacer alarde de un desconcierto mental descomunal y, peor aún, disfrutaba de una mala salud morrocotuda, pero no presumía de lo primero y trataba de ocultar la segunda.

Lo que no podía disimular, y era algo que se veía aún cuando sólo se mirase de reojo, eran sus escrúpulos, recelos y desconfianza.

A su alrededor, todo tenía que estar reluciente, limpio, lustroso, radiante. Sobremanera, cuanto se relacionara con comida, bebida y ropa interior no debería ofrecer la menor duda. Ultimamente, había estado estudiando con detenimiento folletos publicitarios que especificaban los más recientes adelantos en autoclaves. ¡Qué cosa tan segura para los calcetines! ¡Cuando adquiriese una de esas máquinas sus pies serían los más asépticos de la creación!

Aquella mañana, cuando por fin logró despejar totalmente las brumas del sueño, y se encontró a solas en el cuarto de baño, -el marcaje de sus tías no llegaba hasta aquel íntimo paralelo- Venancio revisó concienzuda y minuciosamente su cuerpo, como hacía siempre. Utilizando hábilmente el espejo del lavabo y el del armario situado enfrente, ni un centímetro de su piel escapó a su atento escrutinio.

Un diminuto grano, una pequeña mancha, la sospecha de una leve peca en formación, le hacían lanzarse a la elaboración de las más descabelladas teorías médicas. Digno hijo de su padre, aseguraba contar con un ojo clínico  infalible. Afortunadamente, no era así, pues en más de una ocasión sus meditados y catastrofistas autodiagnósticos se revelaron, al final, como espléndidos fracasos.

El repentino fallo de un pie, al andar, era señal de tuberculosis ósea, una punzada intercostal, síntoma de pulmonía doble o neumotórax espontáneo, un zumbido en los oídos, indicación de inevitable perforación del tímpano, un retorcijón de tripas, la primera manifestación de una inminente peritonitis, la tenue decoloración de la piel, insensible a la palpación, indicios ciertos de lepra.

La consecuencia lógica de su patológico temor a la enfermedad era una vida encogida y timorata, ajena a cuanto hacía agradable la existencia a hombres y mujeres de su misma edad.

En aquella oportunidad, ya a punto de concederse el «apto para todo servicio», localizó una microscópica mácula sobre el borde del músculo pectoral izquierdo. Alarmado súbitamente, tomó la esponja aún jabonosa y frotó enérgicamente aquel pequeñísimo puntito que, ante el tratamiento de choque, ópto por desaparecer. «¡Ah! -exclamó Venancio satisfecho-, con que te vas, ¿eh?» «Pues no te molestes en volver -añadió en tono de broma- que me disgusta la suciedad.»

Tranquilo ya, dió fin, apresuradamente a su aseo exterior y fortificándose interiormente para soportar la puntillosa revista que pasarían las dos tías, ambas más exigentes que el sargento Gómez, famoso martinete humano omnipresente en su servicio militar y, ocasionalmente, comparsa en alguna pesadilla actual, salío al pasillo diciendo «Ya estoy listo».

La revisión, que no voy a detallar, fue rápida pero cabal. Realizada con una economía de movimientos que proclamaba su elevada experiencia, dejó unicamente sin inspeccionar el carburador, quiero decir las partes pudendas, precisamente por la falta de pudor que representaría para dos señoritas solteras como Anuncia y Pruden el examen, al natural, de la intimidad más personal de su sobrino, al fin y al cabo, hombre.

Sólo de pensar que algún día, por descuido, pudieran cometer la ligereza de poner al descubierto lo que mejor estaba tapado, hacía que las dos hermanas se sonrojaran profusamente y evitaran mirarse a los ojos.

Después de los inacabables consejos, advertencias y admoniciones, «No te vayas a mojar», «cuidado con las corrientes», «mira bien antes de cruzar la Calle Mayor, que hay cada conductor…», «baja despacio la escalera, recuerda a tu pobre padre», etc., Venacio, con la sensación de ser un moderno Marco Polo, se fue al Ayuntamiento, del que era aparejador municipal, distante de casa unos 450 metros.

Su jornada laboral transcurrió, sin pena ni gloria, entre planos y croquis, solicitudes de licencia de construcción y otros divertidos papelotes. Una verdadera orgía humorística. La tarde, un calco de la mañana y de todos los días no festivos de los últimos años, finalizó. Se fue nuevamente a casa, leyó un rato, contempló la tele un par de horas, cenó, se acostó, durmió, hizo callar al despertador… Una vida pletórica de novedades y sorpresas; variedad suficiente para satisfacer al ser más aficionado a la aventura.

Pero, en realidad y aunque cuando se acostó aquella noche Venancio no podía sospecharlo, una mutación se perfilaba en el horizonte de su monótona existencia.

Al realizar la cotidiana revisión corporal, la diminuta manchita se encontraba otra vez en el mismo lugar. «El bolígrafo -pensó inmediatamente-. Esto tiene que ser el bolígrafo que habré colocado con la punta hacia arriba en el bolso de la americana». Verificó la suposición, pero no.

Como de seguir paso a paso la lucha encarnizada que, a partir de aquel momento, se entabló entre Venancio y su manchita, esta historia podría convertirse en algo excesivamente largo y tedioso, cortaré por lo sano y me limitaré a hacer constar que se trataba de la manchita más persistente conocida hasta la fecha.

Las tías tomaron cartas en el asunto y se ensayaron distintas clases de quitamanchas y como, en realidad enviar a la tintorería a su sobrino resultaba demasiado drástico, estaban las pobres hechas un lío.

Algunos días más tarde, la familia comprobó con alarma que la diminuta manchita podría considerarse vejada de persistir en la necia calificación de liliputiense. Había aumentado perceptiblemente y su crecimiento no llevaba trazas de detenerse. Ante aquel extraño fenómeno, y principalmente a causa de la insistencia de las tías, Venancio accedión a acudir al médico, pero no porque sintiese temor alguno. En  aquella ocasión, cosa extraña, no experimentaba el menor cuidado. Vaya usted a saber por qué. El doctor que intervino en caso tan extraño, no observó nada anormal pero, por tratarse del mismo galeno que había extendido los certificados de defunción de ambos progenitores de su consultante, decidió que Venancio fuese a ver a otro doctor. Este tampoco encontró motivos de alarma pero recomendó distintos análisis y una biopsia.

Venancio continuaba siendo optimista y con absoluto desprecio hacia la clase médica decía convencido: «Tanto estudiar, para nada; no saben una palabra. Esto está claro; se trata de una peca indecisa.»

Pero en aquella ocasión, como en otras, su ojo clínico también falló.

Cuando los resultados de la biopsia fueron conocidos, no ofrecían el menor resquicio para la duda. La recalcitrante manchita en su nacimiento, y adulto lamparón en la actualidad, era realmente un maligno brote de aburrimiento.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa, Oviedo 1986

Tortilla y empanada

Hace ya bastantes años, cuando la posesión de un automóvil constituía un signo externo de riqueza y no había comenzado aún el boom de los autobuses, los dos únicos medios masivos de transporte eran el tren y, naturalmente, las dos piernas.

Un día, mi amigo Manolo y yo decidimos invitar a dos chicas, muy monas, por cierto, a acompañarnos a la playa de San Juan de Nieva. Como aquello quedaba un poco lejos, se imponía la Renfe.

Asturias. Playa de Salinas.

Asturias. Playa de Salinas.

Las dos chicas aceptaron, con la única condición de que el traslado corriese por nuestra cuenta, y la intendencia por la suya.

El domingo, a las 7,30, Manolo y yo nos encontrábamos en la estación formando parte de una nutrida cola de pacientes aspirantes a viajeros, que esperaban su turno para sacar los billetes. Tan pronto como llegaron nuestras invitadas, nos dirigimos a la vía muerta donde una larga fila de vagones de madera esperaba indiferente el incruento pero atropellado y violento abordaje de los excursionistas.

Después de la refriega y de una hora larga de espera, comenzó el viaje entre asmáticos jadeos de la máquina de vapor. Hasta Villabona, lugar en que debía producirse el trasbordo, no hubo más problemas que los normales, pero allí se produjo un nuevo pandemonium empeorado por los gritos desgarradores de madres que no encontraban a sus retoños, y de padres a quienes en la ruidosa confusión habían despojado de sus reservas bebestibles.

Por fin, tras dos horas y media de tormento ferroviario, la llegada a la playa. Entonces, entre jadeos y tacos, nuevas carreras para ocupar los espacios mejor situados.

Manolo y yo, conocedores del terreno, sin apresurarnos, fuimos al sitio que más nos convenía y, una vez despojados de pantalones y camisas, aunque la temperatura pedía a gritos el concurso de abrigos de piel, nos sentamos y, por decir algo, preguntamos:

«¿Bueno, y qué tenemos para comer?» La respuesta de nuestras acompañantes no fue muy tranquilizadora:

«Es una sorpresa», dijeron.

Yo, no puedo evitarlo, soy enemigo acérrimo de las sorpresas.

Manolo, en plan concursante, dijo: «¿por qué no nos dais una pista?»

«Os vamos a dar dos pistas», contestaron. «Pero no tenéis derecho más que a dos respuestas cada uno». Y añadieron: «uno de los platos principales empieza por T y el otro por E».

Manolo, rápido en sus deducciones, dijo: «Tomateros con guisantes y emparedados de jamón».

Las dos chicas se miraron un poco apuradas y dijeron a coro: «No».

Yo, más cauto y menos ambicioso que Manolo, dije: «Tomates con lechuga y escabeche».

El no simultáneo tuvo, en esta oportunidad, un tono de alivio.

A todo esto, el cielo se había ido cubriendo de nubes y soplaba un viento gemelo hermano del que agita las hojas de los abedules siberianos.

En el mástil de la Casa del Mar ondeaba la bandera roja y por los altavoces se repetía que a causa de la fuerte resaca el baño estaba formalmente prohibido.

En vista de la situación y de que ya eran cerca de las dos, se decidió unánimemente que, como los duelos con pan son menos, había llegado el momento de comer.

Las chicas sacaron las viandas y, entretanto, nosotros fuimos a buscar cerveza a un merendero cercano.

Cuando regresamos, la ¡¡comida sorpresa!! estaba servida.

La T era la inicial de tortilla, y la E, de empanada.

Entonces, comenzó una verdadera comedia en la cual Manolo y yo representábamos el papel de hambrientos que comían con agrado las abundantes raciones que les servían cuando, realmente, escondían entre la arena lo que podían sacar de la boca o del plato.

Desde luego, la tortilla era amarilla, redonda y tenía patata, además de una excesiva dosis de sal. Pero ahí termina todo parecido con una tortilla. La patata no quería trato alguno con el huevo y se había declarado francamente separatista, terminando la faena por no dejarse freír, prefiriendo seguir manteniendo su estado primitivo, es decir, el crudo.

En cuanto a la empanada, como no teníamos motivos para dudar de la buena fe de las cocineras, mentalmente admitimos que se trataba de una empanada y no de un ladrillo refractario.

Las distintas coloraciones de aquel engendro, negro carbón, negro humo, gris marengo, marrón, café con leche, marfil, blanco tiza, y blanco españa, hacían imposible adivinar si había permanecido en el horno cinco minutos a fuego vivo, o cinco días a fuego lento.

Con una previsión que honraba a sus fabricantes (empleo esta palabra conscientemente), la empanada ya venía troceada, con lo que se evitaban el transporte del cortafríos y el mazo, únicos instrumentos aparte de la cizalla, con que podría procederse a su ataque.

Terminado el refrigerio, que nos dejó varias piezas dentales en estado precario, y en vista de que comenzaba a llover insistentemente, optamos por trasladarnos con armas y bagajes al merendero. Allí comenzamos a jugar a la brisca. No conseguimos terminar la primera partida gracias a la espontánea colaboración de un niño que decía: «como no tengas cuidado, te van a comer el TREES», canturreando la frase y cargando el acento en la última e.

Aquello era digno remate de una jornada que habíamos imaginado bien distinta, en vista de lo cual decidimos trasladarnos a la estación dispuestos a soportar otras dos horas de espera, preferibles a la actuación del inoportuno rastreador de treses.

Con el tren en marcha ¡por fin!, conseguimos hacer triunfar nuestra interesada versión de que la comida había sido demasiado fuerte y todavía no podíamos pasar bocado.

Nuevo trasbordo en Villabona, cuarto asalto para ocupar asientos en el interior y no en los topes y, a Dios gracias, en Oviedo.

Alegando quehaceres académicos urgentes, despedida apresuradísima en el mismo andén de llegada y, muertos de hambre, poniendo en juego las últimas reservas energéticas conseguimos llegar a un bar cercano donde, con un hilo de voz, pedimos un par de bocadillos de jamón y dos vasos, grandes, de leche.

Como fieras, despachamos aquella reconocible y fiable delicia comestible, en absoluto silencio.

Después, saboreando lentamente, a traguitos, la leche, Manolo rompió su mutismo y comenzó a reír a carcajadas.

«Tienes un extraño sentido del humor», le dije. «¿De qué demonios te ríes? si se puede saber», añadí.

«Pues claro que puedes. Pensaba en la polémica que puede montarse si, algún día, un arqueólogo despistado decide realizar una excavación donde fingimos la comida y termina por encontrar los restos de la comida y la empanada. Puede decir, con razón, que no está seguro acerca de su origen. Quizás sean restos de una muralla fenicia, vestigios de un castro celta o fósiles del pleistoceno».

«Desde luego, cualquier cosa menos comida».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina, Oviedo, 1986

Retroevolución

Si Chesterton escribió, «Soy demasiado escéptico como para no tomar en serio la leyenda», yo, no tan conocido como el autor inglés, pero con la inmensa ventaja de encontrarme, aunque sólo sea provisionalmente, entre los vivos, afirmo seriamente que soy excesivamente crédulo para admitir lo evidente.

Por supuesto, existen casos en que la repetición de los hechos, la naturaleza con que se producen y lo improbable de su misma probabilidad, me imponen su aceptación.

No me cabe la menor duda acerca de lo correcto de la teoría de Darwin. Basta con observar imparcialmente y sin prejuicios, algunos ejemplares humanos que circulan libremente por las calles, sin ser importunados por celadores del Zoo o laceros municipales, para comprender que el genial científico dió en el clavo.

Es cierto; el hombre desciende de otro animal. Y no estoy aludiendo al padre real, humano e inmediato, sino, literalmente, a otro irracional de distinta familia.

En ciertas ocasiones la progenie es innegable y, así, tenemos el privilegio de contemplar bípedos implumes con rostro de chimpancé, cara de besugo, fisonomía de bull-dog, semblante de zorro, rasgos de ardilla, figura de elefante.

En ocasiones, el linaje natural se hace patente en la forma de andar, resultanto divertido observar los saltitos nerviosos, como de canario, de una formidable matrona que daría en la báscula los cien kilos, o el paso receloso y precavido propio de un bambi puesto en fuga, de un gigantón con cara y melena de león, o el caminar bamboleante y perezoso, peculiar de un oso panda, de un hombrecillo cuya faz es el calco de una ardilla.

Hasta la voz delata nuestro origen animal. Que levante el dedo quien no haya escuchado nunca un rugido estremecedor demandando: «¿Cómo, aún está sin terminar lo que ya ordené hace veinte segundos?»

Hay quienes causan la sensación de emitir gruñidos, en vez de palabras y, en fin, otros cuya elocución más se asemeja a concurso de ladridos que a comunicación humana.

Incluso cuando éramos unos inofensivos animalitos, es decir, de niños, hemos sobresaltado al vecindario con nuestra tosferina.

Por contra, existe la voz amorosa, la que arrulla, también de procedencia animal, la de la paloma.

Cuando decimos que fulanita tiene mirada perruna, no estamos exagerando. Pero casi siempre que hacemos esta afirmación aludimos a una mirada triste, resignada y fiel.

Quizás para equilibrar la balanza, en ocasiones, el hombre avizora con ojos de can asilvestrado, de animal de presa dispuesto a liarse a dentelladas con su propia sombra. Se trata del revés de la mirada del cordero degollado.

En el transcurso del ineludible acto de alimentación, algunos humanos son incapaces de disimular la bestial avidez que les sojuzga. Como lobos, cebándose en su presa palpitante, observan de reojo a quienes se encuentran próximos y devoran codiciosamente la pitanza, temerosos de que se la arrebaten.

Efectivamente, la evolución es un hecho, pero, además de continuar manifestándose la que ya nos es familiar, ¿no se habrá iniciado una retroevolución?

Me formulo esta pregunta porque me encuentro profundamente desconcertado. Ignoro si los prototipos comentados son los últimos coletazos de la evolución que comenzó en el momento mismo en que apareció la vida o, por el contrario, se trata de las primeras criaturas que van a gozar del dudoso honor de iniciar la cadena de la retroevolución.

Me asalta la fundada sospecha de que la segunda hipótesis es la única aceptable.

El comportamiento colectivo es suficiente para confirmar la verosimilitud de la conjetura. El «modus operandi» que hoy aplica el hombre a sus semejantes es tan despiadado como, cuando en la infancia del mundo, únicamente se conocía la ley del más fuerte. Por supuesto, ahora, la cosa es mucho más grave ya que, desde la aparición del Código de Hammurabi (1730 años antes de Cristo), el catálogo legislativo no ha cesado de crecer.

Ya sé que Darwin es inocente, pero no es menos cierto que la evolución de las características físicas debería haber sido paralela a la mutación moral; pero ésta, si se ha producido, únicamente fue en detrimento de la ética primitiva.

Al menos, en defensa de nuestros cascarrabias predecesores puede decirse que los únicos alegatos legislativos que les sonaban eran los redactados a base de una descomunal cachiporra sobre los cráneos de los litigantes.

Sí, me inclino a creer que hemos alcanzado el punto más alto de la pirámide evolutiva y comenzamos a rodar por otra vertiente en cuyo fondo quizás nos aguarde el germen de otra humanidada menos bestia.

Los signos son transparentes y no dejan lugar a dudas. La vida tuvo su cuna en el mar, y si los seres humanos somos capaces de  prestar un oído tan sordo como una tapia a la ancestral llamada de nuestras raíces y continuamos acudiendo en tropel, como una enorme manada, por algo será.

Desde luego, no creo que por las tentadoras ofertas de las agencias de viaje.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina, Oviedo, 1986

Memorias de un ex-perro

Si, aunque ahora cueste trabajo creerlo, hubo un tiempo en que fuí un perro. Un perro con todas las de la ley; a veces, con pulgas que rascar y, en múltiples de ocasiones, con verdaderos problemas para conseguir la necesaria pitanza.

Diana frecuente de pedradas disparadas por gamberros y paradero de inmerecidas patadas de insensibles especímenes humanoides. Más de una vez, tras lo que parecía mi última carrera, he burlado la persecución del temido lacero. ¡Qué me hablen a mí de la soledad del corredor de fondo! Por lo menos, a ellos no les siguen con «las del beri».

En cierta ocasión, me escapé del mismísimo camión donde me llevaban a lo que supongo sería un Dachau canino.

La vida no transcurría entonces de rositas, no. Sin embargo, tenía sus alicientes y, al menos, uno se «realizaba» como perro.

Nunca más volveré a sentir la gozosa anticipación que experimentaba al empujar con el hocico la tapa de un cubo de basura. Solía hacerlo de madrugada, antes de que los hombres del servicio de recogida realizasen su trabajo. A aquellas horas, las calles solitarias, sin el ruido y barullo que las pueblan durante el día, son nuestro campo de operaciones, compartido sólo con los serenos y los borrachos, los primeros por obligación y, los últimos, por devoción.

A unos y otros les resulta indiferente nuestro merodeo, aunque en honor a la verdad he de decir que algún amanecer he visto, tratando de averiguar, sin éxito, por cierto, el significado de ciertos vocablos proferidos por un habitual del morapio que me había elegido como auditorio.

También es verdad que nunca estos trataron de propinarme patada alguna, pienso que quizás por temor a verse anclados a tierra con una sola pierna.

Pero, tornando a lo de los cubos, ¡qué delicia cuando, entre la mezcla de olores que emanaba de uno de esos artefactos, distinguía el producido por un hueso o una piltrafa de carne!

Mi imaginación corría a mayor velocidad que las patas dedicadas a escarbar con ahínco en busca de la presa y, mentalmente, calculaba, basándome en lo céntrico o apartado de la calle, si el hallazgo sería rico en proteínas o por el contrarío resultaría una mera raspa. En la incertidumbre encontraba un placer únicamente comparable, me atrevo a asegurar, con el de quien ignora qué le servirán a la hora del almuerzo.

Y, ¿qué decir de las horas pasadas al sol? Tumbado indolentemente en cualquier sitio, sin temor a la suciedad, al acecho de una pulga lo bastante descuidada para situarse al alcance de mis dientes, dejaba pasar las horas en un perfecto relax del que solo podía apartarme la proximidad de un congénere del sexo contrario.

Cádiz. Medina Sidonia. Perros a la sombra

Nuestro protagonista con un amigo

¡Qué lejos está todo aquello! Hasta el inocente juego de perseguir ladrando a pleno pulmón a los ruidosos camiones de reparto, me ha sido prohibido.

Indudablemente, durante el invierno he pasado frío y mi contento no conocía límites cuando conseguía acercarme sin oposición a una de esas hogueras que encienden en los edificios en construcción..

Por otra parte, siempre quedaba el recurso de darse una carrerita para entrar en calor.

Ahora mi vida ha cambiado tanto que casi no merece la pena ser vivida.

Desde aquel aciago día en que doña Regina se hizo cargo de mi «protección», ni yo mismo me reconozco.

Con palabras zalameras y engañosas hizo que subiese a su piso, donde trabé inmediato y desagradable conocimiento con la bañera y un detergente cuyo olor disminuyó para siempre en un 50% mi capacidad olfatoria.

A continuación, y sin duda para desagraviarme, me sirvió una ración muy abundante de algo que ya no recuerdo, seguida de dos o tres pitisus o petisus; no estoy seguro del nombre exacto.

De momento, con la excepción de la indignidad del baño, no iba mal la aventura. Peor serían las ofensas a que me ví obligado a someterme y que, en rápida sucesión, llovieron sobre mí.

Mentira parece que una viejecita como doña Regina, con su aspecto inofensivo y manso, posea una imaginación tan fértil en ideas, junto con tan implacable energía para llevarlas a la práctica.

Aquella noche dormí como nunca lo había hecho, esta es la verdad, en un gran cajón relleno de serrín y tapado por un trozo de alfombra vieja, muy cerca de la cocina que aún calentaba.

Antes de irse a la cama, doña Regina acarició suavemente mi cabeza, y como hablando para si misma, dijó:

«Mañana hay que arreglar esto».

Hubiera deseado contestar que por mi no se molestara, pero no me pareció muy fino y, por tanto, no abrí la boca.

Al día siguiente, aún adormilado, oí a la dueña de la casa llamar a alguien por el nombre de Chuchín. Abrí los ojos con curiosidad y comprobé horrorizado que Chuchín era yo, SI, YO.

Mi primer amo, un hojalatero de las afueras, me había bautizado, siendo un cachorrillo, con el apelativo de Kaiser. No es por nada, pero llamándose Kaiser, uno puede darse aires de grandeza y adoptar un continente hosco y amenazador. En cambio, ¿a qué se puede aspirar si se atiende por Chuchín?

Instantánemente, decidí que nunca perdonaría aquella injuría y que jamás me daría por enterado cuando me llamaran por aquella forma insultante.

Sin embargo, y sin duda por aquello de que las desgracias acuden en rebaño, las indignidades no habían hecho más que empezar.

Después de darme el desayuno, doña Regina me colocó un collar provisto de la correspondiente correa y, pese a mi oposición, me llevó a casa del veterinario, un vejete sin pizca de gracia, domiciliado en la misma calle, a quien, por lo que pude oir, conocía de antiguo.

«¿Qué va a ser esta vez, doña Regina?», preguntó el veterinario, con frase que, a mi entender, era más propia de un peluquero.

«La polivalente, don Mariano, por si acaso».

Aquella fue la primera vez que escuché la palabreja, pero no la olvidaré mientras viva, pues tras ciertos preparativos y una vez sujeto como un paquete, me soltaron un banderillazo de tomo y lomo.

Ya en la calle, con la moral por los suelos, fuí conducido al «Coiffeur des chiens» a manos del cual iba a sufrir una nueva afrenta.

Monsieur Levalier, un hombrecito afectado, con andares de gorrión, haciendo gala de un acento francés más falso que un duro de plomo y llevándose un dedo al bigotillo recortado, me pareció tan inofensivo que, de momento, recobré un tanto el ánimo.

«¿Por donde cortamos, Madame?», dijo el coiffeur a doña Regina, mientras aparecía en su rostro una meliflua sonrisa.

Al oir semejante barbaridad, temí desmayarme, pues pensé se trataba de descuartizarme para embutidos. Intenté escapar, pero doña Regina estaba al quite y no se dejó sorprender.

Muy intranquilo asistí involuntariamente a un conciliábulo del que no entendí nada y, muy pronto, de las palabras pasaron a los hechos.

Fuí sometido a la tijera, el champú de huevo, la loción, el peine y el secador.

Finalmente, cuando ya en el portal, de un humor de todos los diablos, me vi ante otro perro, me arrojé contra él con todas mis fuerzas.

No soy un camorrista, pero mi sangre hervía y necesitaba vengarme hundiendo mis dientes en cualquier cosa.

Sin embargo, no llegué a tocarlo, pues estaba detrás de un cristal. Comencé a ladrar desafiante hasta que la realidad, la vergonzosa realidad se hizo paso hasta mi cerebro.

Aquella caricatura, aquel escuerzo, aquel ser estrafalario, a trozos oveja, y a trozos ratón, era lo que quedaba del Kaiser. Era yo. Con profundo desaliento recordé la frase pronunciada no hacía mucho tiempo por doña Regina: «MAÑANA ARREGLAREMOS ESTO», y pensé luego que si los humanos llamaban a lo que hicieron conmigo «arreglar», ¿qué resultados obtendrían cuando lo que se proponen es «estropear»?

Doña Regina trató de calmarme prodigando sus caricias y, al escuchar de sus labios mi nuevo nombre, Chuchín, comprendí que venía como anillo al dedo. Si, yo era un auténtico CHUCHÍN.

Cuando doña Regina, la viejecita incansable y terrible tiró de la correa, la seguí dócilmente. Mi espíritu de lucha se había esfumado. En aquellos momentos comprendía la razón del hara-kiri.

La última estación de aquella vía dolorosa tuvo lugar en un establecimiento especializado en artículos para perros.

Comenzaron probándome una especie de zamarra o abriguito que abrochaba bajo la barriga. A continuación, lacitos de seda con cascabeles. Por fin, eligió dos zamarritas, tipo escocés, una para los domingos y festivos, y otra, más de trote, para diario. También se llevó, además de los lacitos, unas latas de comida canina (que sabe a rayos), de oferta.

Cuando llegamos a casa, creo que hubiera accedido sin el menor gesto de rebeldía, a tomar el «five o´clock tea»,  o a limpiarme los dientes con cepillo y dentífrico.

Me encontraba totalmente demoralizado y a merced de cuantas peregrinas ideas acudieran a la mente de mi dueña.

No estaba, sin embargo, preparado para asistir a la espantosa tremolina que se organizó cuando fue descubierto que Pepito, el hijo menor de Ramona, la asistenta, se había comido uno de los infernales petisus o pitisus que habían sido reservados para mi postre.

El escándalo fue mayúsculo y entre los denuestos de doña Regina, los lloros de Pepito y los morros de Ramona, la confusión mental en que me vi llegó a ser de órdago.

Este mundo humano en que ahora vivo, está lleno de contradicciones y no alcanzo a comprender de qué manera compagina mi dueña la asistencia al Ropero de San Vicente y a la Novena de Santa Rita, con su actuación de ángel vengador o furia del Averno ante la infantil sustracción de un miserable pastel.

Desde aquellos primeros días en que fuí adoptado por esta incomprensible señora, han pasado dos años. Durante ese tiempo he adquirido una virtud cuya existencia desconocía: la resignación.

No soy feliz, ni desgraciado; ahora soy un animal (no me atrevo a decir perro), doméstico, burgués y conformista. He engordado y tengo las digestiones pesadas. Ni la farola de imitación que doña Regina hizo instalar en el WC de servicio, me hace tilín.

Dormito la mayor parte del tiempo y, sólo de tarde en tarde, recuerdo mi época de vagabundo ágil y despreocupado, los días pasados en absoluta libertad bajo la lluvia, el sol y las estrellas

He cambiado tanto que, incluso cuando doña Regina me dice «Ven Chuchín», acudo meneando el rabo.

Lo hago, sí, pero interiormente sólo siento indiferencia y una gran añoranza por algo perdido que jamás podré recuperar.

Pedro Martínez Rayón. Anacronismo para Usted, Oviedo, 1974

Más allá de los barrotes

A mis ojos aquellas gentes, enfundadas en telas de distintos colores, resultaban francamente ridículas. Especialmente, ciertos miembros del grupo que caminaban sobre canutos puntiagudos colocados bajo los pies, y otros que llevaban encasquetada en la cabeza una especie de medio coco con alero, me producían una risa incontenible.

¿Cómo podrían encontrarse cómodos llevando semejante indumentaria?

En una ocasión había podido ver cómo desenvolvían uno de sus cachorros para limpiarlo y experimenté una aguda sensación de disgusto. ¡Aquello era un asqueroso gusano blancuzco sin un solo pelo!

Debía tratarse de una especie de simio en extinción.

Pensar que a juzgar por su aspecto general -dos piernas, dos brazos, dos ojos sobre la nariz y una boca bajo este último apéndice- podríamos pertenecer a la misma familia, me llenaba de espanto.

¿Serían, por casualidad, descendientes de aquel lejano tatarabuelo que, entre los míos, tenía fama de degenerado? Pudiera ser porque, aunque muy parecida físicamente, aquella raza no tenía media bofetada.

Además, seguía reflexionando nuestro gorila… -Vaya, ahora que lo pienso, no les he presentado. Bueno, perdonen y háganse la cuenta de que el trámite ha sido realizado-…además, si físicamente son una birria, de la sesera no deben andar muy allá. Los síntomas son concluyentes y es suficiente que me fije en algunos para admitir el hecho de su irremediable endeblez mental.

Por ejemplo, cuando llueve, colocan sobre la cabeza, sosteniéndola con un palito, una variedad de seta que me resulta totalmente desconocida. Parece que disfrutan impidiendo que el agua caída del cielo les refresque.

Llueva o abrase el sol, son legión los machos y hembras que se colocan entre los labios un pequeño  cilindro encendido del que chupan ansiosamente para extraer el humo que luego devuelven al aire por boca y fosas nasales, en espesas bocanadas.

Otros pasean sin detenerse un instante y discuten con grandes voces, acaloradamente, sobre algo trascendental cuyo significado se me escapa, pero creo que se llama política.

Cierto número de ejemplares de esta extraña tribu, debe padecer insomnio pues, apenas amanecido el día, acuden en tropel y comienzan a correr de acá para allá adoptando posturas atléticas que no les van. No comprendo esta manía, cada vez más extendida, pues si no van a ningún sitio, ¿por qué se mueven? y si no tienen prisa, ¿por qué corren? Para hacer el hecho más misterioso e incomprensible, les oí decir algo así como: «No puedo con mi alma, voy a quitarme el mono».

¿Sería alguna alusión a nuestra común familia? Yo, por si no había mala intención, fingí que no me había enterado de nada.

He invertido mucho tiempo, inútilmente, debo confesarlo, en la tarea de desentrañar el secreto que se oculta tras la evidente contradicción de unos letrerito colocados profusamente en las orillas de los jardines en los que puede leerse: prohibido dar de comer a los animales. Sin embargo, ellos comen a dos carrillos. Una comida poco apetecible y de raro aspecto, pero comida al fin y al cabo. ¿Es que estos monos enclenques y esmirriados no son animales?

Es una lástima y me duele reconocerlo, pero he de aceptar que, aún siendo de la misma familia, no consigo penetrar en su chocante personalidad (¿o debo decir animalidad?).

Su peregrina idiosincrasia les lleva a cometer las acciones más reprobables y mostruosas. Hace poco tiempo, me encontraba contemplando, íntimamente complacido, cómo una hembra despiojaba amorosamente, con infinita pacienciia, a uno de sus cachorros cuando, de pronto, se armó un barullo monumental. Hembras y machos, pocas veces de acuerdo, se concertaron entonces para gritar a coro: «puerca, sucia gitana; vete a hacer porquerías a otro sitio».

Me quedé a sombrado. Lo de gitana, no lo entendí pero, por la forma de decirlo, debe tratarse de un insulto especialmente reservado para casos extremos. En cuanto a considerar puerco y sucio a un simio que despioja a otro, es una auténtica estupidez. En realidad supone una operación de limpieza, un acto dotado de elevada significación social y, además, una muestra de cortesía propia de seres civilizados.

Decididamente, no comprendo a mis primos. Son gente muy rara. Pero, a pesar de ello, por inconcebible que me resulte su forma de vivir, ellos no tienen ninguna culpa de ser diferentes. Creo que todo ser vivo tiene el inalienable derecho a vivir su propia vida como le plazca o pueda.

Y, por pensar así, siento una pena inmensa ante la tragedia de estos lamentables individuos de mi familia.

¡Qué horrible delito habrán cometido para haber sido condenados a pasar su existencia tras los barrotes de una enorme jaula!

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986