Archivos Mensuales: septiembre 2015

De calvos y peludos

¿Con qué producto se lava usted el pelo?

Bueno, da lo mismo. Cualquiera que utilice es exactamente igual a los demás.

Gel, champú, escamas, jabón, no importa.

¿No se ha fijado con qué frecuencia se anuncian los productos de limpieza anteponiendo la palabra  “nuevo”?

Yo nunca lo he creído. Si fuera cierto, en la Oficina de Patentes no darían abasto y con los nuevos empleos que ya hubieran tenido que crear para atender tanta demanda de registro podríamos alardear del índice de paro más bajo del mundo.

Además, ¿no nos han asegurado que “no hay nada nuevo bajo el sol”?

No obstante, le recomiendo que se lave el pelo. Con cualquier producto, pero hágalo. Si se abstiene totalmente, no sólo le olerá fatal, sino que cuando trate de peinarse tendrá que utilizar una trilladora.

Sea el que sea su comportamiento con las excrecencias pilosas de que le ha dotado la naturaleza, no tema. El pelo no desaparecerá. Se limitará a cambiar de alojamiento.

La materia ni se crea ni se destruye; se transforma. En el caso de la materia que llamamos cabello, pasa de la cabeza a otras zonas del cuerpo, generalmente el pecho, los hombros y las piernas.

Estoy refiriéndome, únicamente al sexo masculino. En la mujer, la cuestión es “peliaguda”, pues quién sería el inconsciente que se atrevería a preguntarle a una de ellas a qué zonas de su cuerpo van a parar los cabellos que iniciaron la desbandada de su adorable cabecita.

La respuesta más probable sería breve, expresiva y rotunda, pero nos quedaríamos “in albis”. Se limitaría a decir: ¡GUARRO!

Insisto, en el hombre, los cabellos realizan una mudanza para la que no precisan ayuda del capitoné.

Conozco a un individuo que posee un cráneo mondo y lirondo, sin un solo pelo. Sin embargo, por la razón que tan reiteradamente vengo exponiendo, cuando desea echar un vistazo al reloj, que lleva en la muñeca, debe servirse de un peine, tal es la maraña selvática que cubre sus extremidades.

En cuanto a la bárbara creencia de que a los calvos les crece el pelo hacia dentro, baste decir, para desacreditarla, que el hecho es imposible. Existen calvos que razonan genialmente y que ni podrían hacerlo si los cabellos se les enredasen en las ideas, como indefectiblemente sucedería si tan “descabellada” teoría fuera cierta.

Los calvos gozan de toda mi simpatía e incluso les envidio un poquito. ¡Qué suerte, cuando se colocan frente a un espejo, disponer de la oportunidad de conocer anticipadamente, qué aspecto tendrán al comenzar a ejercer de calaveras! Afortunados ellos que no van a experimentar un susto de muerte.

Y los hirsutos, ¿qué? Pues nada. Que tampoco paso por aquello de “hombre peludo, hombre fortudo”.

Sé de personas cuyas cabezas más se asemejan al Mato Grosso que a una razonable cabellera humana y, sin embargo, tienen que ayudarse de un juego de poleas para llevarse unos espárragos a la boca.

También rechazo, por inconsecuente, la presunción de acusada virilidad en quienes poseen pelo en abundancia. No hay nada que lo demuestre racionalmente.

Por contra, se sabe de buen número de calvos, imberbes y barbilampiños que, no sabiendo, no pudiendo, o no queriendo estarse quietos vienen contribuyendo incansablemente al crecimiento de población y poseen el bien ganado título de padres de familia numerosa.

Creo que he demostrado con suma facilidad y eficacia algunas creencias erróneas y dañinas, pero no podría conciliar el sueño esta noche si no adelantara para mis amigos calvos la noticia de algo que puede hacerles felices.

Para el creciente número de calvos que se ven obligados a abandonar el uso cotidiano de pelucas, peluquines, bisoñés y postizos a causa del intolerable calor que producen, los japoneses, ¿quienes habían de ser?, han inventado una peluca con ventilador incorporado (naturalmente minimizado) que, dicen, es una delicia.

Bien es verdad que, por diminutos que sean, los ventiladores aumentan un tanto el volumen de la cabeza pero, a cambio, prestan a la primera de las partes en que se divide el cuerpo humano un inequívoco aspecto de fábrica de ideas, de almacén de conocimientos, por lo que merece la pena realizar el desembolso de las 243.000 pesetas a que se eleva su costo.

Así que, amigos, cesemos de preocuparnos. El pelo, postizo o natural no hace otra cosa que cambiar de asiento.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Foz, 1986

Patada a seguir

En el año 1823, se jugaba un partido de fútbol en la escuela pública de Rugby, condado de Warwickshire, cuando, de pronto, William Webb Ellis, “en un elegante olvido de las reglas del juego, tomó el balón en sus manos y corrió con él”.

Era el primero que, aunque de forma inopinada, hacía semejante cosa, y por ello, puede ser considerado como el inventor de un nuevo deporte; el rugby.

Los ingleses, auténticos maestros en el arte de vaticinar el futuro, comprendieron las posibilidades que encerraba aquella alocada acción, e inmediatamente reglamentaron el juego recién nacido.

De su completísimo catálogo de reglas, voy a fijarme mi, espero que nuestra, atención en la que se refiere al lance llamado “patada a seguri”.

En esta jugada, el jugador, que tiene en su poder el apepinado balón, después de una carrerita, y antes de que el equipo contrario se le eche encima, propina una fuerte patada a la pelota impulsándola hacia la banda lateral, procurando llevarla lo más lejos posible de su propio campo y lo más cerca de la línea de fondo rival.

De esta manera ganará unos metros en su propósito de colocar el balón más allá de la citada línea de fondo, para obtener dos tantos.

Ignoro si el Sr. Ellis era consciente en el momento en que inventó el rugby, de que una de sus jugadas, la de patada a seguir, habría de convertirse con el paso del tiempo, en un socorrido y utilizado método de medro personal para seres mediocres desprovistos de dignidad.

¿No ha escuchado usted nunca frases como ésta? Fulanito es buena persona, trabajador, y fiel, pero…

Ese pero, es la patada a seguir. La patada al pobre  Fulanito que, ignorante de lo que se le avecina, continuará siendo fiel, trabajador y buena persona, pero incapaz de defenderse, pues él no oirá nada.

La cosa no ha hecho más que empezar. El partido acaba de iniciarse y Fulanito, no sólo no toma parte en el juego, sino que ni siquiera se encuentra en las gradas como espectador.

A lo largo del encuentro, que puede desarrollarse durante tanto tiempo como toda una vida profesional, a aquel primer y cauto “pero”, se irán sumando apéndices cada vez más atrevidos y ofensivos.

Especialmente, si los oídos destinatarios del pero inicial son receptivos y la baba de la insidia no encuentra una airada repulsa, el pateador se irá creciendo y con el cauteloso paso de la termita concluirá por reducir a polvo la reputación de su víctima, cosa que le permitirá situarse más cerca de su ansiada meta.

Cuando quien escucha no está dispuesto a hacerlo, aunque su disconformidad se manifieste muy levemente, el jugador de este particular rugby, que dispone de especiales antenas, recogerá velas de inmediato yéndose a verter el veneno en oídos más propicios.

El calumniador cuenta con una técnica depurada. Sus frases están construidas de acuerdo con una sintaxis maligna que no conoce el resquicio a la duda.

Jamás dice: el pobre Manolo es un auténtico asno, pero tan buena persona y tan trabajador, que…

No; de esta forma, sobre el aspecto negativo de Manolo, primarían las condiciones positivas y así no se produciría la patada a seguir. ¿Qué metros ganaría en la carrera hacia el triunfo personal?

Cuando sobre el infeliz Fulanito de turno se cierne la mala intención de un anhelante repartidor de patadas a seguir, lo único sensato que cabe hacer por la víctima es organizar un sencillo funeral en memoria de su agonizante ejecutoria profesional.

Sin embargo, toda la culpa no debe recaer sobre los sembradores de dudas, medias verdades y odiosas calumnias. Estas jugadas de la patada a seguir deberían ser anuladas, como todo juego sucio, por el árbitro.

¿Qué quién es ese importante personaje?

Pues está claro; todos somos árbitros y, por ello, comprometidos en el corte de cuanto huela, aún de lejos, a juego hediondo.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Oviedo,1986

Dos orillas para un sueño

INTRODUCCIÓN

Una noche, escuchando la radio, oí la noticia de que durante la jornada anterior había sido detenido un total de ochenta y seis inmigrantes ilegales, la mayoría procedentes de Marruecos. Los arrestos se habían producido en las costas de Cádiz y Almería.

A la mañana siguiente, soleada y con agradable temperatura, decidí dar un paseo por el parque. Un poco de ejercicio y aire puro no me vendrían mal.

A mediodía, cansado de deambular bajo los árboles, tomé asiento en uno de los bancos alejados del bullicio y fuera del alcance de los ruidosos e inquietos chavales. Poco después, cuando me encontraba a punto de sucumbir a la placentera somnolencia propiciada por el pacífico ambiente y la tibia brisa otoñal, se me aproximó un hombre de prominente nariz aquilina, pobladas cejas y piel renegrida. Alto y delgadísimo, vestía una amplia zamarra de color indefinido y unos pantalones cuyas estrechas perneras apenas alcanzaban a cubrirle las canillas.

En la cabeza, medio ocultando las orejas, llevaba un gorro de lana de varios colores. Calzaba unas playeras enormes, de un blanco deslumbrante, totalmente nuevas, que contrastaban poderosamente con el resto de su ajado atuendo.

Cuando estuvo ante mí se detuvo y, con un elocuente ademán, pidió permiso para sentarse.

Con una cabezada afirmativa accedí a lo que solicitaba pero, pareciéndome poco cortés mi gesto, amplié la autorización diciendo:

– Siéntese; hay bastante sitio para los dos.

El joven, la distancia que nos separaba en aquel momento me permitía calcularle una edad no superior a los veinticinco años, se sentó haciéndolo como si temiera romperse en trozos. Luego me miró y, con media sonrisa y un acento inconfundiblemente marroquí, dijo:

– En muchas ocasiones no es cuestión de sitio.

– No le entiendo -respondí a sabiendas de que mentía.

– Quiero decir que hay personas que no desean tener a su lado un “maldito moro” como yo.

– Es cierto, y esa actitud me parece una auténtica necedad.-Luego, tras una breve pausa, añadí- quizás me equivoque, pero tengo la impresión de que comprende usted mi lengua a la perfección.

– Es verdad. He tenido la suerte de que allá en mi país, Marruecos, siendo niño pude estudiarla. Mi madre estuvo en España varios años y a su vuelta -que se produjo de forma involuntaria- me enseñó el idioma. Ya sé que no lo empleo correctamente, pero me las arreglo para hacerme entender.

– Sí, sí. Se maneja usted muy bien. Ya quisiera yo hablar así el árabe. Y ¿cómo se las ingenia para salir adelante? Quiero decir ¿a qué se dedica usted? Espero que no tome a mal mis preguntas.

– No me molesta usted; y comprendo su curiosidad. Pues voy viviendo de milagro. Tan pronto vendo alfombras, como baratijas de cuero y alambre que yo mismo fabrico. Algunas veces vendo pañuelos de papel en los semáforos, otras descargo camiones. A primeros de mes suelen darme trabajo en un garaje; como lavacoches. Cualquier cosa es mejor que lo que hacía en mi tierra, en Tinerhir, al pie del Atlas. Allí cuidaba ovejas y cabras, hasta que me harté y me fui. Como mi padre y, antes, como mi abuelo. Es una historia, mejor dicho, son tres historias muy largas y aburridas que le dormirían de pie. Las tres están basadas en el deseo de prosperar, de huir de la miseria.

El marroquí permaneció en silencio unos instantes, luego, con la mirada perdida en el cielo azul en el que navegaban algunas nubecillas de un blanco algodonoso, volvió a tomar la palabra:

– Sí, a pesar de la inseguridad en que me encuentro, sin documentación, permiso de trabajo o residencia, prefiero esto. Cuando pienso que en cualquier momento pueden ponerme en la frontera…

– ¿Y no hay forma de regularizar su situación?

– Es posible que la haya, pero yo no la encuentro. He dado más vueltas que una noria y no consigo nada. He estado en un montón de organismos. En todos ellos me dan buenas palabras, pero sólo eso, palabras. Terminaré como mi abuelo y mi padre.

– ¿Qué les ha pasado?

– Lo peor. Un día les metieron en un barco, les hicieron cruzar el Estrecho y, de nuevo, a cuidar cabras. En fin, todo esto debe cansarle una barbaridad. Perdone que le haya dado la lata sin ninguna consideración.

– Está usted equivocado. Cuanto me está contando me interesa. Quisiera que siguiera relatándome cosas de su familia, de su vida allá en África y, de manera especial, de sus andanzas en España. Precisamente, desde hace algún tiempo, me ronda por el cerebro la idea de escribir algo sobre ustedes; algo que dé a conocer los motivos que les impulsan a abandonar su tierra, a lanzarse al mar en auténticos cascarones -las famosas pateras- y, en muchos casos, aunque no sea precisamente el suyo, venir a un país del que no conocen la lengua y donde, usted mismo lo ha confesado, se les acoge de mala manera y se les trata como apestados. No me está usted molestando lo más mínimo. Por el contrario, me gustaría mucho que continuase usted hablando.

– Pues por mi parte, no existe ningún inconveniente. Creo que en las historias de mi abuelo, mi padre y en la mía propia hay material no sólo para escribir un libro sino para varios.

– Entonces, si le parece bien, como sería imposible que me contase todos sus recuerdos en unas horas y será tarea para varios días, incluso semanas, podría venir a mi casa y allí, con calma, reanudar su relato. Si no tiene inconveniente, podría hacerlo ante una grabadora, sin prisa.

– Si lo que voy a contarle sirve para ayudar a alguno de mis compatriotas que vienen a ciegas, creyendo que van a encontrar el paraíso y una vida fácil y cómoda… Antes le he dicho que cualquier cosa es preferible a la existencia de privaciones que llevamos allá; aquí, sólo hay algo casi imposible de resistir: me refiero a la actitud despectiva con que nos tratan algunas personas. Hay que tener una pelleja muy dura para no padecer por ello. Y si únicamente fuese un sufrimiento mental… no, no quiero decir eso. Me refiero a que si el dolor se produjese sólo en el cerebro… Lo malo es que ese malestar en el espíritu, esa sensación de estar de más, de sobrar y estorbar, en ciertos casos va acompañado de dolor físico ya que no son raras las palizas y aún peor, las ejecuciones. Algunas veces la mayor o menor oscuridad de la piel puede representar la diferencia entre la condena o la absolución. Si insiste usted y quiere seguir adelante con el conocimiento de las peripecias de mi familia, verá como yo mismo he corrido aventuras para hartar al más atrevido.

– Es usted quien tiene que decidir si quiere continuar contándome su vida y la de su gente.

– Yo ya he resuelto hacerlo, así que no falta más que usted disponga cuándo y dónde empezamos.

– De acuerdo; entonces, dentro de veinticuatro horas en mi casa, ahora le daré una tarjeta. Si le va bien por la tarde, a partir de las seis. Tendré preparada la grabadora y un buen surtido de cintas.

– Me va muy bien esa hora. Mañana tengo un par de cosas que hacer a mediodía.

– Ah, antes de que lo olvide. Ya nos pondremos de acuerdo para fijar la cantidad que cobrará diariamente por su colaboración. No puedo consentir que trabaje usted gratis y encima que pierda la oportunidad de ganar algún dinero en otro sitio. Le vendrá bien. Sobre esto no admito discusiones.

– No habrá discusión. Mentiría si le dijera que no lo necesito. Así que encantado. Mañana no faltaré… a menos que me detengan antes.

El marroquí tomó la tarjeta de visita que le ofrecí, la guardó en uno de los numerosos bolsillos de la zamarra, dudó unos instantes y me alargó la mano que yo estreché. Luego se alejó con paso cansino. Entonces me di cuenta de un detalle que me había pasado inadvertido a su llegada. Cojeaba, casi imperceptiblemente, pero cojeaba. Al darme cuenta de aquella circunstancia, mi fantasía, casi siempre a punto de ebullición, se disparó. ¿Había quedado lisiado como consecuencia de alguna de aquellas aventuras por el momento sólo sugeridas? Entonces recordé que al día siguiente tendría a mi disposición un cúmulo de datos que me permitirían el lujo de dejar de lado suposiciones, hipótesis y conjeturas. Conocería de primera mano hechos reales, lo que eliminaba los riesgos que se corren cuando uno escribe sobre algo basado en meras sospechas.

Poco después de la marcha de mi banco de datos ambulante, yo también me fui. Ardía en deseos de preparar el escenario donde esperaba iniciar la labor que me posibilitaría la introducción en el mundo de aquellos seres desgraciados que no sólo se jugaban la vida atravesando el Estrecho sobre un inseguro montón de tablas, sino que, de conseguir tocar tierra en la costa española y eludir la vigilancia de las autoridades, comenzaban una existencia llena de sobresaltos, vacía de afectos, en un mundo nuevo y hostil, aislados por el desconocimiento del idioma y los injustos prejuicios.

Cuando llegué a casa, antes de almorzar, pasé revista al material que iba a utilizar. Todo estaba en orden. Luego, con calma, tomaría nota de un montón de preguntas que deseaba ir formulando. Ya que tenía la oportunidad de documentarme a fondo, no podía desaprovechar la ocasión olvidando alguna cuestión que, más tarde, podría tener una importancia fundamental.

Al día siguiente, a las seis de la tarde, sonó el timbre de la puerta y respiré aliviado. Hasta aquel momento la duda de que mi Scheherazade masculino hubiese olvidado la cita o, peor aún, que hubiese sido detenido y deportado, me había estado atormentando. En cambio, tan pronto como escuché el repiqueteo del llamador, tuve la certeza de que el marroquí, cuyo nombre todavía ignoraba, había llegado.

Abrí la puerta y, efectivamente, allí estaba. En el umbral de mi piso aún me pareció más alto y flaco que bajo los árboles del parque. Semejaba una reencarnación de don Quijote, más joven, sin barba y con playeras.

– Buenas tardes -dijo restregándose concienzudamente las suelas del calzado contra el felpudo.- ¿Es buena hora? -añadió.

– Excelente. Pase y sígame -respondí dirigiéndome a la habitación que en mi fuero interno, y a causa del extraordinario desorden reinante, denominaba “sala del rompecabezas”. Allí, además de un montón impresionante de libros -alrededor de cuatro mil- colocados de cualquier manera, sin orden ni concierto, en las estanterías que iban del suelo al techo, disponía de una mesa escritorio siempre rebosante de papeles, una silla, dos confortables sillones y una mesita auxiliar con una ociosa máquina de escribir que jamás utilizaba.

– Siéntese, pero antes quítese la zamarra; estará más cómodo.

– Si no le importa, la dejaré puesta. En España siempre tengo frío.

– Como usted quiera. Y ahora, antes de empezar, vamos a ver si está conforme con lo que he pensado con respecto a nuestro acuerdo económico. ¿Qué le parecen… pesetas?- aquí mencioné la cantidad diaria que estaba dispuesto a entregarle como compensación por sus molestias y el ejercicio de sus facultades memorísticas.

– Es usted muy generoso. Mi único temor es que mis recuerdos y lo que puedo contarle de mi familia no tengan tanto valor.

– No se preocupe por eso. En cuanto al método que vamos a seguir, será muy sencillo; simplemente comenzará a contarme la vida de su abuelo. Cuando haya agotado el tema, seguirá con la de su padre y, finalmente, con la de usted. Por cierto, ¿cuál es su nombre?

– Me llamo Hassan, mi padre Mohammed y mi abuelo Ibrahim.

– Muy bien. Entonces, empezaremos por la biografía de su abuelo Ibrahim. Voy a poner en marcha la grabadora pero usted hable como si el aparato no estuviera en esta habitación.

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Pedro Martínez Rayón. Novela Dos orillas para un sueño. Oviedo, 1995

La conquista del espacio

El día en que se firmó el convenio de ayuda mutua, amaneció radiante. Era como si los elementos desearan participar en tan fausto acontecimiento. En aquel acto, sencillo y solemne a la vez, se colocaba una simbólica primera piedra de lo que se esperaba había de ser una larga y amistosa relación que finalizase definitivamente con los diez años precedentes, plenos de sobresaltos, acaloradas disputas e, incluso, más de una agresión física.

Entre la concurrencia que representaba a ambas partes, se veían vistosos uniformes militares y no faltaban elegantes señoras que aprovechaban la oportunidad para lucir los modelos especialmente adquiridos con el fin de continuar la guerra por su cuenta.

Transcurrió el tiempo, que si en algunos casos todo lo cura, en otros todo lo enferma, y la situación comenzó nuevo a deteriorarse. Paulatinamente, las veladas alusiones fueron convirtiéndose en agrias quejas verbales y, sin tardar mucho, en notas de protesta que podrían ser acusadas de cualquier cosa, menos de diplomáticas.

Los motivos causantes de semejante tirantez eran, casi siempre, verdaderas naderías: el traspaso impremeditado de la línea fronteriza convenida en horas menos dramáticas o la falta de cortesía en el momento de solicitar disculpas por el involuntario olvido de una norma de etiqueta.

El levantamiento de mapas y croquis acotados quizás hubiera sido un excelente medio de aclarar la molesta pendencia, pero, con la irrazonable terquedad de las naciones pequeñas y de los individuos sin verdadera personalidad, ninguno de los pleiteantes admitía siquiera se mencionase tal posibilidad.

Aquel estado de cosas haría pensar a cualquier observador imparcial que, en el fondo, la agitación, la ira, la violencia que presagiaban el inminente estallido de una guerra sin cuartel, resultaban placenteras.

La inconsciencia humana no debe servir de pretexto para disculpar extravíos que puedan conducirnos a una auténtica hecatombe, frecuentemente nacida de hechos carentes de la menor importancia y significado.

Racionalmente hablamos y nos conducimos cuando generalizamos. Por el contrario, si se personaliza, la cosa cambia. Entonces no vemos más allá de nuestras narices y encontramos perfectamente natural que, a causa de nuestra conducta individual, la mismísima civilización occidental se desmorone.

En el caso que, con bolígrafo tembloroso, trato de registrar para el futuro, si optimistamente creemos que puede ofrecérsenos tal eventualidad, se daban las circunstancias que le conferían acentos de tragedia griega. Aquellos que, a no mediar milagro, iban a verse involucrados en una guerra estúpida e innecesaria, como todas las guerras, eran originarios de una misma nación -dividida en dos por exigencias políticas-, hablaban el mismo idioma y creían en el mismo dios.

Ante la magnitud de la cercana catástrofe, personas sensatas dotadas de la experiencia adquirida en lamentables sucesos del pasado, ofrecieron su valioso consejo y sus prudentes advertencias, sin lograr resultado alguno. Los embajadores fueron despachados airadamente.

Sin embargo, la semilla de la razón había sido sembrada y, en vez de una declaración de guerra con todas las de la ley, Eduardo y Laura decidieron vender su cama matrimonial y adquirir, a toda prisa, dos camas gemelas, individuales, en las que estaba garantizada su total independencia.

Desde entonces, cuando se tratara de cruzar la línea divisoria, sería con el consentimiento de ambas partes.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

La compañera juiciosa

Nuestra unión no había sido santificada o sancionada por ley alguna, ni divina ni humana y, sin embargo, resultó sólida y sin fisuras a lo largo de los años.

Durante mucho tiempo fuimos uña y carne, ejemplo vivo de dos seres nacidos el uno para el otro.

Ella encajó en mi existencia de manera tan espontánea que, ahora, después de una convivencia tan dilatada, he de admitir que pareció haberme sido predestinada.

Nuestra vida en común no precisaba de palabras para racionalizar la felicidad que gozábamos. Estábamos juntos y ello era suficiente.

Estoy absolutamente seguro de que su emoción era tan grande como la mía cuando, absortos y mudos, contemplábamos el mar embravecido, escuchábamos un nocturno de Chopin o éramos testigos de los primeros balbuceos de un niño.

En el aspecto físico, jamás me dirigió un reproche…

Reíamos las mismas cosas. Ambos detestábamos los chistes sin gracia, las bebidas heladas y las comidas demasiado calientes.

Nunca la dejé en casa e incluso me acompañaba en mis frecuentes viajes al extranjero.

Hoy que la he perdido, comprendo que jamás lograré encontrar otra como ella. ¡Era tan natural!

Han transcurrido únicamente dos semanas desde que me fue arrebatada y acepto con amargura que el vacío que ha dejado en mi existencia es algo que nada ni nadie podrá llenar.

Recuerdo con tristeza la primera mañana en que advertí que ya no estaba conmigo.

Ignoro la razón de que, aquel día, el laborioso procedimiento mediante el cual consigo habitualmente emerger de las brumas del sueño fuera más breve que en otras ocasiones.

Tan pronto como el despertador, con su estridente repiqueteo, señaló el inicio de una nueva jornada, comprendí que algo muy importante, algo sin remedio, había ocurrido.

Ella ya no formaba parte de mi vida, de mi mismo.

Recordé entonces que últimamente había comenzado a observar en ella algunas muestras de desazón.

Al principio creí que eran sólo fantasías provocadas en mi mente por el estado de excitación que me había producido un exceso de trabajo.

Pero no era así, porque, algunas fechas más tarde, brotaron las protestas mal encubiertas y, tras éstas, las punzadas y aguijonazos descarados.

Y, finalmente, se produjo lo que nunca supuse habría de ocurrir. ¡Me dejó!

No puede servirme de consuelo, pero algo alivia imaginar que el hombre que la arrancó de mi lado debe poseer unas dotes de persuasión nada comunes y, sobre todo, tenacidad.

Entristecido, me calzaba las zapatilla, sentado en el borde de la cama, cuando mi ayuda de cámara, después de golpear con los nudillos la puerta de mi dormitorio, pasó y dijo:

– Acaban de traer una carta para usted. Esperan respuesta.

– Ábrela y lee. – le dije.

Sebastián, pausado, como siempre, leyó lentamente para sí la misiiva y la resumió con esta sola frase:

– Por la extracción de una muela del juicio,______pts.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986