Su rostro era la representación de la inocencia. En la cara regordeta los ojos, grandes y muy abiertos, parecían buscar ansiosamente algo que, normalmente, se encontraba más allá del interés y la comprensión de los mayores. Tenía algo menos de seis años, era hijo único y el sobrino predilecto del notario de Foz.
Angelito vivía en Madrid. Su padre, abogado de prestigio, había aceptado la invitación de su hermano, don Fermín, el notario, para compartir durante el mes de agosto la casa de éste, cerca de la playa de la Rapadoira. El abogado y su esposa viajarían a Foz el día dos, pero Angelito iría por delante con don Fermín, que tenía que pasar a últimos de julio por la capital de España, de vuelta de Valencia a donde le habían requerido complicados asuntos profesionales.
Angelito llegó con su tío y se instaló como rey y señor en aquella casa en la que sus menores deseos eran obedecidos sin comentario alguno. Su tía y su prima Aurorina, estaban encantadas de tener con ellas un niño tan guapo y cariñoso, prometiéndoselas muy felices presumiendo con él ante sus amistades.
Sin embargo, Angelito no quería saber nada de visitas ni de encierros caseros. El, lo que quería era ir a la playa, jugar en la arena y estar todo el día a remojo. Naturalmente, su criterio fue el que prevaleció.
El primer día, la familia en pleno acompañó al huésped infantil a su presentación al medio marítimo. Cuando Angelito, que iba delante del grupo, casi corriendo, se vio frente al mar, se detuvo, miró a su tío y le cogió la mano que no soltó en un gran rato. Al llegar a una de las escaleras que facilitaban el acceso a la playa, el niño volvió a detenerse y, al escuchar a su prima Aurorina que le decía: «Anda, vamos a bajar. Dentro de un rato, nos bañamos, ¿eh?» respondió únicamente con un movimiento negativo de la cabeza.

De nada valió la insistencia ni los ruegos de tíos y prima. Angelito se cerró en banda y, a lo más que se avino fue a sentarse en un banco de piedra, sobre la playa, desde el que se divisaba parte de la ría, todo el arenal y un amplio espacio de aguas azul verdoso.
El chiquillo estaba como hipnotizado. Era la primera vez que contemplaba aquel espectáculo grandioso. No era la cantidad de gente lo que le anonadaba. En Madrid había visto rebaños humanos más numerosos y no le habían producido ni frío ni calor. Tenía que ser el mar.
Su tío le preguntó si la mar, el agua, le causaban miedo y Angelito se limitó a responder que no, sin separar su mirada de la lejanía. La tía Pura insistió diciendo, «¿Es que no te gusta?». El niño, lacónicamente, contestó, «Sí, mucho».»
Durante toda la semana fueron incapaces de arrancarlo de su puesto de observación y, al llegar la hora de la comida, hubieron de hacer uso de todas sus dotes de persuasión para decidirle a irse a casa. Tuvieron que prometerle que, después de almorzar y, al día siguiente, en fin, todos los días, volverían. La mar no se iba a marchar. Estaba allí desde el principio del mundo y nunca había faltado a la cita con quienes deseaban contemplarla.
En la comida, el niño, habitualmente bastante locuaz, apenas pronunció palabra. Comió poco, sin fijarse en lo que le ponían por delante y, cosa extraña, cuando fieles a la promesa hecha, le dijeron que ya podían volver a la playa, su invitado respondió que no quería ir. Prefería quedarse en casa o en el jardín.
Al día siguiente también se negó a salir; pero precisamente el viernes, cuando a media mañana llegarían sus padres, Angelito exigió una visita urgente a la playa. Fue inútil el argumento de la inminente presencia de sus progenitores, que desearían verle. Su respuesta no careció de lógica. Dijo únicamente: «Pues que vayan a verme allí.»
Así pues, sus tíos se quedaron esperando y Angelito se fue con Aurorina, una mujercita de trece años con suficiente sentido de la responsabilidad para confiarle la fácil tarea de custodiar a un niño tan pacífico.
A las once de la mañana ya se encontraban sentados en la dorada arena. Aurorina solo tuvo que quitarse el vestido que llevaba encima del bañador, pero Angelito no había querido ponérselo en casa, y tenía que hacerlo allí. La solícita prima le propuso ayudarle, pero él, con cara de pudor ofendido, rechazó su colaboración diciendo: «Yo lo haré, ya soy mayor», y con esto se introdujo en una caseta que alguien había dejado inadvertidamente abierta, saliendo a los pocos minutos con el traje de baño puesto.
Hacía un tiempo magnífico. Eran únicamente las once y media y el sol calentaba con fuerza. Al poco rato, Angelito que, aunque no había oído hablar de Azorín, se había aficionado últimamente al empleo de oraciones breves, dijo: «Tengo sed.»
Aurorina respondió: «Bueno, no te muevas de aquí. Voy a subir ahí mismo, a ese bar y te traeré un refresco.» Y repitió: «Quédate donde estás.»
Cuando regresó, no encontró ni rastro del chiquillo. Muy nerviosa, recorrió con la mirada las cercanías del lugar que ocupaba, entro en la caseta que había servido como vestidor al desobediente Angelito y, no sabiendo qué otra cosa podía hacer, se dirigió apresuradamente al puesto de socorro, afortunadamente muy cercano, para dar cuenta del extravío de su primo.
Angelito escuchó por los altavoces que se buscaba a un niño que respondía a su mismo nombre, que llevaba un traje de baño azul, como el suyo, que tenía su misma edad y que era rubio como él. Entonces comprendió que su «descubrimiento» era cuestión de minutos y, con una velocidad de reacción digna de un maestro de ajedrez, se endosó encima del que llevaba un bañador rojo que se encontraba en una silla. Le quedaba muy grande, tanto, que no se sabía muy bien si se había puesto unas bermudas o un pantalón corto demasiado largo. Luego, en un repentino rasgo de inspiración, se encasquetó una gorra visera enorme que no le cubría los ojos por impedírselo las orejas sobre las que descansaban los bordes inferiores de la misma pero que tenía la estupenda ventaja de ocultar totalmente sus cabellos rubios.
El hecho de que al coger la visera hubiera derribado la mesita sobre la que se hallaba, le obligó a batirse en veloz retirada.
En aquellos momentos, Angelito no era el mismo. Era un ser feliz, un desconocido que no tenía que dar cuenta a nadie de su conducta. Estaba hecho un verdadero adefesio, pero no sentía la menor preocupación estética.
Cuando encontró entre la arena un largo pedazo de cuerda, lo enrolló cuidadosa e inconscientemente, dispuesto a conservarlo a toda consta.
Caminando lentamente, muy lejos de donde había iniciado su escapatoria, se vio de pronto ante una mujer y un hombre que tomaban un aperitivo, sentados en cómodos sillones de lona y al resguardo de los rayos solares bajo una enorme sombrilla.
Se les quedó mirando fijamente un buen rato hasta que el hombre, molesto por la insistencia de la observación de que era objeto, dejó de leer el periódico que tenía abierto sobre la mesa y, con tono nada amistoso, preguntó: «¿Qué quieres, niño?»
Angelito, que no tenía inconveniente alguno en repetir jugada realizada anteriormente con éxito, contestó, «Tengo sed».
La señora, al escuchar aquellas palabras pronunciadas con tanta sencillez por el propietario de ojazos tan inocentes, le dijo: «Ven, siéntate aquí a mi lado (y señalaba otro sillón vacío). ¿Verdad que no te importa, Manolo, que nos acompañe un momentito este niño tan guapo? Vamos a darte un vaso de agua de la nevera. ¿Quieres?».
El sediento Angelito respondió: «Sí, señora; gracias.»
«Mira, mira Manolo -continuó la samaritana- qué educado es el chico.» Y, dejando sobre la mesa la labor de ganchillo que hacía mientras, de cuando en cuando, tomaba un sorbito de su vaso, sacó de la nevera y sirvió al disfrazado tránsfuga una generosa dosis de agua helada que éste bebió con evidente satisfacción.
Después de dar las gracias, iba a alejarse, cuando advirtió que bajo la mesa también se encontraba una cesta presumiblemente conteniendo vituallas. Tomó nota mentalmente y fingió irse, volviendo sobre sus pasos a los pocos metros. El hombre había regresado a su periódico y la mujer, tras colocar el sillón en posición horizontal y sacarlo de la sombre, se tumbó a la larga, cerró los ojos y se quedó inmóvil. Muy pronto, el hombre realizó la misma operación.
Angelito aguardó pacientemente y sólo cuando tuvo la certeza de que ambas personas se hallaban amodorradas, actuó. Arrastrándose sigilosamente, sin el menor ruido, abrió la cesta. No se comió nada. Muy al contrario, amplió su peso. Sazonó los emparedados con arena. Y pensando, no sin razón, que la materia prima era abundante y gratuita, vació medio tarro de mostaza, mezclando concienzudamente la mitad restante con la misma sustancia. Terminada su labor, se alejó cautelosamente. Los destinatarios de aquella mejora culinaria, en el mejor de los mundos, no se percataron de nada. Su enojoso enfrentamiento con la realidad se produciría algún tiempo más tarde.
Angelito continuó su camino. De pronto, se encontró con un espectáculo que no se esperaba. A pleno sol, con el sudor resbalando profusamente por la piel embadurnada pródigamente con algún producto aceitoso, tumbadas en sendos sillones, estaban las dos mujeres más gruesas que había visto en su vida, emitiendo sendos ronquidos. Permaneció unos momentos contemplando la insólita visión. Luego, se acordó de la cuerda y, sin pensarlo dos veces, con una suavidad propia de un cirujano, ató las piernas de las durmientes a sus respectivas tumbonas, éstas entre sí, y todo ello, a una mesa próxima sobre la que se veía un abundante surtido de platos y vasos.
Durante toda la operación, únicamente una de las mujeres, sin duda creyendo que una mosca la había aterrizado en la pantorrilla, hizo un perezoso movimiento con una mano para espantarla, inmovilizándose seguidamente.
Angelito no permaneció allí para comprobar el resultado de su obra. Por el momento, era un artista totalmente desinteresado en los frutos finales de su esfuerzo. Amaba su trabajo mientras lo realizaba e inmediatamente se olvidaba de él.
En los siguientes minutos pareció tomarse un respiro. Pacíficamente, se dedicó, como otros niños, al oficio de cavador. Con una energía impropia de su corta edad, hizo un hoyo de unos veinticinco centímetros de diámetro y el doble de hondura, dispersó diligentemente la arena procedente de su particular labor de ingeniería y revolvió en una papelera cercana hasta que encontró lo que buscaba afanosamente. Un periódico. De él eligió una hoja doble y volvió a colocar el resto junto a la basura de la que procedía. Angelito era un chico consciente y había leído, al bajar a la playa, un letrero en el cual el ayuntamiento solicitaba la colaboración ciudadana para mantener la limpieza.
Luego, cubrió la sima de juguete con el diario desplegado, sujetando los extremos con arena húmeda y esparció por encima una levísima capa seca. Permaneció unos instantes contemplando con mirada crítica el producto de su ajetreo y, encontrándolo satisfactorio, se alejó.
En dirección contraria caminaba un señor, de unos sesenta años. Con las gafas cabalgando en la punta de la nariz, andaba lentamente mientras leía un grueso tomo de poesía. Iba completamente ensimismado y, de cuando en cuando, se detenía, elevaba los ojos al cielo y mascullaba una línea recién leída.
Aquella descuidada forma de trasladarse tuvo un repentino y nada agradable final. Había parado a poca distancia de la fatídica trampa tendida por Angelito. Cuando se puso en movimiento y dio un nuevo paso, introdujo su pie izquierdo en el agujero. Al chasquido del hueso que se quiebra, acompañó simultáneamente una exclamación nada poética. Seguidamente, se produjo una conmoción general y la rápida intervención de una camilla de la Cruz Roja del Mar. Los camilleros condujeron al lesionado a la ambulancia situada estratégicamente al final de la escalera principal, y aquella partió, abriéndose paso entre la multitud que se había congregado, a golpe de sirena.
Angelito ya no se encontraba allí para comprobar las consecuencias de sus actividades mineras. Como atacado por súbita furia, había ascendido corriendo por la escalera más próxima a la cafetería; sin proponérselo, tropezó con un hombre que descendía, al que desequilibró. Este trastabilló hacia atrás, golpeando con la cabeza la bandeja llena de vasos y botellas que llevaba en una sola mano el camarero parado un escalón más arriba. Todo se vino al suelo con estrépito.
Aquel ciclón infantil continuó corriendo y no se detuvo hasta sentirse a salvo entre los automóviles aparcados en batería bajo los sombrajos, frente al mar. Fingiendo estar ocupado sacándose algo de las sandalias, deshinchó ocho ruedas de otros tantos vehículos y no dio por finalizada su campaña anti artefactos móviles hasta que dejó caer bruscamente, y sin previo aviso, el capó delantero de una camioneta sobre los hombros y cabeza del mecánico que, a medias metido en la caja del motor, y subido al parachoques, intentaba arreglar una avería. Las airadas protestas de aquel pobre hombre podían escucharse por encima de las estridentes notas del rock puesto a todo trapo en el enorme transistor de unos jovencitos sentados poco más allá.
Angelito se largó con viento fresco. Descendió por otra escalera, tan bruscamente que, al llegar al último peldaño, no pudo detener su impulso y se cayó de cabeza sobre un paravientos detrás del cual, una señora, en paños menores, trataba de ponerse el traje de baño.
Este breve episodio recordó al infatigable revoltoso que aquel mismo día llegaban sus padres. Quizás lo hubieran hecho ya y hasta pudiera ser que le estuvieran buscando. Entonces, sin pensarlo más, se despojó de los arreos de camuflaje, que tan buen servicio le habían prestado, dejándolos caer hechos una pelota en un recipiente para desperdicios. Seguidamente, sin apresurarse, volvió al lugar donde había iniciado sus aventuras.
Cuando llegó, no estaba su prima. No obstante, no hubo de aguantar mucho tiempo. Unos minutos después, se aproximaban Aurorina, sus padres y sus tíos.
Don Fermín, que parecía haberse encargado del interrogatorio, preguntó: «Pero, Angelito, ¿Dónde estabas metido? Llevamos mas de media hora buscándote.»
El interrogado, abriendo mucho los ojos y con cara de inocente, respondió señalando el espigón: «Pues estaba allí, viendo pescar.»
Los hombres, interrumpiéndose mutuamente, hablaron del peligro que había corrido, podía haberse caído al agua, etc, etc.
La tía terció para decir: «Bueno, ya pasó todo. Gracias a Dios, no ha ocurrido nada.»
Y la madre, dejándose caer de rodillas al lado de su hijo, abrazándole estrechamente, inquirió tiernamente: «Angelito, cielo, ¿te has aburrido mucho sin nosotros?»
Angelito, tras pensarlo un momento, tuvo la decencia de responder la verdad: «No, mamá; no me he aburrido nada.»
Pedro Martínez Rayón, Reflexiones sin partitura, 1987





