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Angelito en la playa

Su rostro era la representación de la inocencia. En la cara regordeta los ojos, grandes y muy abiertos, parecían buscar ansiosamente algo que, normalmente, se encontraba más allá del interés y la comprensión de los mayores. Tenía algo menos de seis años, era hijo único y el sobrino predilecto del notario de Foz.

Angelito vivía en Madrid. Su padre, abogado de prestigio, había aceptado la invitación de su hermano, don Fermín, el notario, para compartir durante el mes de agosto la casa de éste, cerca de la playa de la Rapadoira. El abogado y su esposa viajarían a Foz el día dos, pero Angelito iría por delante con don Fermín, que tenía que pasar a últimos de julio por la capital de España, de vuelta de Valencia a donde le habían requerido complicados asuntos profesionales.

Angelito llegó con su tío y se instaló como rey y señor en aquella casa en la que sus menores deseos eran obedecidos sin comentario alguno. Su tía y su prima Aurorina, estaban encantadas de tener con ellas un niño tan guapo y cariñoso, prometiéndoselas muy felices presumiendo con él ante sus amistades.

Sin embargo, Angelito no quería saber nada de visitas ni de encierros caseros. El, lo que quería era ir a la playa, jugar en la arena y estar todo el día a remojo. Naturalmente, su criterio fue el que prevaleció.

El primer día, la familia en pleno acompañó al huésped infantil a su presentación al medio marítimo. Cuando Angelito, que iba delante del grupo, casi corriendo, se vio frente al mar, se detuvo, miró a su tío y le cogió la mano que no soltó en un gran rato. Al llegar a una de las escaleras que facilitaban el acceso a la playa, el niño volvió a detenerse y, al escuchar a su prima Aurorina que le decía: «Anda, vamos a bajar. Dentro de un rato, nos bañamos, ¿eh?» respondió únicamente con un movimiento negativo de la cabeza.

Playa de Foz, Lugo
Playa de Foz (Lugo).

De nada valió la insistencia ni los ruegos de tíos y prima. Angelito se cerró en banda y, a lo más que se avino fue a sentarse en un banco de piedra, sobre la playa, desde el que se divisaba parte de la ría, todo el arenal y un amplio espacio de aguas azul verdoso.

El chiquillo estaba como hipnotizado. Era la primera vez que contemplaba aquel espectáculo grandioso. No era la cantidad de gente lo que le anonadaba. En Madrid había visto rebaños humanos más numerosos y no le habían producido ni frío ni calor. Tenía que ser el mar.

Su tío le preguntó si la mar, el agua, le causaban miedo y Angelito se limitó a responder que no, sin separar su mirada de la lejanía. La tía Pura insistió diciendo, «¿Es que no te gusta?». El niño, lacónicamente, contestó, «Sí, mucho».»

Durante toda la semana fueron incapaces de arrancarlo de su puesto de observación y, al llegar la hora de la comida, hubieron de hacer uso de todas sus dotes de persuasión para decidirle a irse a casa. Tuvieron que prometerle que, después de almorzar y, al día siguiente, en fin, todos los días, volverían. La mar no se iba a marchar. Estaba allí desde el principio del mundo y nunca había faltado a la cita con quienes deseaban contemplarla.

En la comida, el niño, habitualmente bastante locuaz, apenas pronunció palabra. Comió poco, sin fijarse en lo que le ponían por delante y, cosa extraña, cuando fieles a la promesa hecha, le dijeron que ya podían volver a la playa, su invitado respondió que no quería ir. Prefería quedarse en casa o en el jardín.

Al día siguiente también se negó a salir; pero precisamente el viernes, cuando a media mañana llegarían sus padres, Angelito exigió una visita urgente a la playa. Fue inútil el argumento de la inminente presencia de sus progenitores, que desearían verle. Su respuesta no careció de lógica. Dijo únicamente: «Pues que vayan a verme allí.»

Así pues, sus tíos se quedaron esperando y Angelito se fue con Aurorina, una mujercita de trece años con suficiente sentido de la responsabilidad para confiarle la fácil tarea de custodiar a un niño tan pacífico.

A las once de la mañana ya se encontraban sentados en la dorada arena. Aurorina solo tuvo que quitarse el vestido que llevaba encima del bañador, pero Angelito no había querido ponérselo en casa, y tenía que hacerlo allí. La solícita prima le propuso ayudarle, pero él, con cara de pudor ofendido, rechazó su colaboración diciendo: «Yo lo haré, ya soy mayor», y con esto se introdujo en una caseta que alguien había dejado inadvertidamente abierta, saliendo a los pocos minutos con el traje de baño puesto.

Hacía un tiempo magnífico. Eran únicamente las once y media y el sol calentaba con fuerza. Al poco rato, Angelito que, aunque no había oído hablar de Azorín, se había aficionado últimamente al empleo de oraciones breves, dijo: «Tengo sed.»

Aurorina respondió: «Bueno, no te muevas de aquí. Voy a subir ahí mismo, a ese bar y te traeré un refresco.» Y repitió: «Quédate donde estás.»

Cuando regresó, no encontró ni rastro del chiquillo. Muy nerviosa, recorrió con la mirada las cercanías del lugar que ocupaba, entro en la caseta que había servido como vestidor al desobediente Angelito y, no sabiendo qué otra cosa podía hacer, se dirigió apresuradamente al puesto de socorro, afortunadamente muy cercano, para dar cuenta del extravío de su primo.

Angelito escuchó por los altavoces que se buscaba a un niño que respondía a su mismo nombre, que llevaba un traje de baño azul, como el suyo, que tenía su misma edad y que era rubio como él. Entonces comprendió que su «descubrimiento» era cuestión de minutos y, con una velocidad de reacción digna de un maestro de ajedrez, se endosó encima del que llevaba un bañador rojo que se encontraba en una silla. Le quedaba muy grande, tanto, que no se sabía muy bien si se había puesto unas bermudas o un pantalón corto demasiado largo. Luego, en un repentino rasgo de inspiración, se encasquetó una gorra visera enorme que no le cubría los ojos por impedírselo las orejas sobre las que descansaban los bordes inferiores de la misma pero que tenía la estupenda ventaja de ocultar totalmente sus cabellos rubios.

El hecho de que al coger la visera hubiera derribado la mesita sobre la que se hallaba, le obligó a batirse en veloz retirada.

En aquellos momentos, Angelito no era el mismo. Era un ser feliz, un desconocido que no tenía que dar cuenta a nadie de su conducta. Estaba hecho un verdadero adefesio, pero no sentía la menor preocupación estética.

Cuando encontró entre la arena un largo pedazo de cuerda, lo enrolló cuidadosa e inconscientemente, dispuesto a conservarlo a toda consta.

Caminando lentamente, muy lejos de donde había iniciado su escapatoria, se vio de pronto ante una mujer y un hombre que tomaban un aperitivo, sentados en cómodos sillones de lona y al resguardo de los rayos solares bajo una enorme sombrilla.

Se les quedó mirando fijamente un buen rato hasta que el hombre, molesto por la insistencia de la observación de que era objeto, dejó de leer el periódico que tenía abierto sobre la mesa y, con tono nada amistoso, preguntó: «¿Qué quieres, niño?»

Angelito, que no tenía inconveniente alguno en repetir jugada realizada anteriormente con éxito, contestó, «Tengo sed».

La señora, al escuchar aquellas palabras pronunciadas con tanta sencillez por el propietario de ojazos tan inocentes, le dijo: «Ven, siéntate aquí a mi lado (y señalaba otro sillón vacío). ¿Verdad que no te importa, Manolo, que nos acompañe un momentito este niño tan guapo? Vamos a darte un vaso de agua de la nevera. ¿Quieres?».

El sediento Angelito respondió: «Sí, señora; gracias.»

«Mira, mira Manolo -continuó la samaritana- qué educado es el chico.» Y, dejando sobre la mesa la labor de ganchillo que hacía mientras, de cuando en cuando, tomaba un sorbito de su vaso, sacó de la nevera y sirvió al disfrazado tránsfuga una generosa dosis de agua helada que éste bebió con evidente satisfacción.

Después de dar las gracias, iba a alejarse, cuando advirtió que bajo la mesa también se encontraba una cesta presumiblemente conteniendo vituallas. Tomó nota mentalmente y fingió irse, volviendo sobre sus pasos a los pocos metros. El hombre había regresado a su periódico y la mujer, tras colocar el sillón en posición horizontal y sacarlo de la sombre, se tumbó a la larga, cerró los ojos y se quedó inmóvil. Muy pronto, el hombre realizó la misma operación.

Angelito aguardó pacientemente y sólo cuando tuvo la certeza de que ambas personas se hallaban amodorradas, actuó. Arrastrándose sigilosamente, sin el menor ruido, abrió la cesta. No se comió nada. Muy al contrario, amplió su peso. Sazonó los emparedados con arena. Y pensando, no sin razón, que la materia prima era abundante y gratuita, vació medio tarro de mostaza, mezclando concienzudamente la mitad restante con la misma sustancia. Terminada su labor, se alejó cautelosamente. Los destinatarios de aquella mejora culinaria, en el mejor de los mundos, no se percataron de nada. Su enojoso enfrentamiento con la realidad se produciría algún tiempo más tarde.

Angelito continuó su camino. De pronto, se encontró con un espectáculo que no se esperaba. A pleno sol, con el sudor resbalando profusamente por la piel embadurnada pródigamente con algún producto aceitoso, tumbadas en sendos sillones, estaban las dos mujeres más gruesas que había visto en su vida, emitiendo sendos ronquidos. Permaneció unos momentos contemplando la insólita visión. Luego, se acordó de la cuerda y, sin pensarlo dos veces, con una suavidad propia de un cirujano, ató las piernas de las durmientes a sus respectivas tumbonas, éstas entre sí, y todo ello, a una mesa próxima sobre la que se veía un abundante surtido de platos y vasos.

Durante toda la operación, únicamente una de las mujeres, sin duda creyendo que una mosca la había aterrizado en la pantorrilla, hizo un perezoso movimiento con una mano para espantarla, inmovilizándose seguidamente.

Angelito no permaneció allí para comprobar el resultado de su obra. Por el momento, era un artista totalmente desinteresado en los frutos finales de su esfuerzo. Amaba su trabajo mientras lo realizaba e inmediatamente se olvidaba de él.

En los siguientes minutos pareció tomarse un respiro. Pacíficamente, se dedicó, como otros niños, al oficio de cavador. Con una energía impropia de su corta edad, hizo un hoyo de unos veinticinco centímetros de diámetro y el doble de hondura, dispersó diligentemente la arena procedente de su particular labor de ingeniería y revolvió en una papelera cercana hasta que encontró lo que buscaba afanosamente. Un periódico. De él eligió una hoja doble y volvió a colocar el resto junto a la basura de la que procedía. Angelito era un chico consciente y había leído, al bajar a la playa, un letrero en el cual el ayuntamiento solicitaba la colaboración ciudadana para mantener la limpieza.

Luego, cubrió la sima de juguete con el diario desplegado, sujetando los extremos con arena húmeda y esparció por encima una levísima capa seca. Permaneció unos instantes contemplando con mirada crítica el producto de su ajetreo y, encontrándolo satisfactorio, se alejó.

En dirección contraria caminaba un señor, de unos sesenta años. Con las gafas cabalgando en la punta de la nariz, andaba lentamente mientras leía un grueso tomo de poesía. Iba completamente ensimismado y, de cuando en cuando, se detenía, elevaba los ojos al cielo y mascullaba una línea recién leída.

Aquella descuidada forma de trasladarse tuvo un repentino y nada agradable final. Había parado a poca distancia de la fatídica trampa tendida por Angelito. Cuando se puso en movimiento y dio un nuevo paso, introdujo su pie izquierdo en el agujero. Al chasquido del hueso que se quiebra, acompañó simultáneamente una exclamación nada poética. Seguidamente, se produjo una conmoción general y la rápida intervención de una camilla de la Cruz Roja del Mar. Los camilleros condujeron al lesionado a la ambulancia situada estratégicamente al final de la escalera principal, y aquella partió, abriéndose paso entre la multitud que se había congregado, a golpe de sirena.

Angelito ya no se encontraba allí para comprobar las consecuencias de sus actividades mineras. Como atacado por súbita furia, había ascendido corriendo por la escalera más próxima a la cafetería; sin proponérselo, tropezó con un hombre que descendía, al que desequilibró. Este trastabilló hacia atrás, golpeando con la cabeza la bandeja llena de vasos y botellas que llevaba en una sola mano el camarero parado un escalón más arriba. Todo se vino al suelo con estrépito.

Aquel ciclón infantil continuó corriendo y no se detuvo hasta sentirse a salvo entre los automóviles aparcados en batería bajo los sombrajos, frente al mar. Fingiendo estar ocupado sacándose algo de las sandalias, deshinchó ocho ruedas de otros tantos vehículos y no dio por finalizada su campaña anti artefactos móviles hasta que dejó caer bruscamente, y sin previo aviso, el capó delantero de una camioneta sobre los hombros y cabeza del mecánico que, a medias metido en la caja del motor, y subido al parachoques, intentaba arreglar una avería. Las airadas protestas de aquel pobre hombre podían escucharse por encima de las estridentes notas del rock puesto a todo trapo en el enorme transistor de unos jovencitos sentados poco más allá.

Angelito se largó con viento fresco. Descendió por otra escalera, tan bruscamente que, al llegar al último peldaño, no pudo detener su impulso y se cayó de cabeza sobre un paravientos detrás del cual, una señora, en paños menores, trataba de ponerse el traje de baño.

Este breve episodio recordó al infatigable revoltoso que aquel mismo día llegaban sus padres. Quizás lo hubieran hecho ya y hasta pudiera ser que le estuvieran buscando. Entonces, sin pensarlo más, se despojó de los arreos de camuflaje, que tan buen servicio le habían prestado, dejándolos caer hechos una pelota en un recipiente para desperdicios. Seguidamente, sin apresurarse, volvió al lugar donde había iniciado sus aventuras.

Cuando llegó, no estaba su prima. No obstante, no hubo de aguantar mucho tiempo. Unos minutos después, se aproximaban Aurorina, sus padres y sus tíos.

Don Fermín, que parecía haberse encargado del interrogatorio, preguntó: «Pero, Angelito, ¿Dónde estabas metido? Llevamos mas de media hora buscándote.»

El interrogado, abriendo mucho los ojos y con cara de inocente, respondió señalando el espigón: «Pues estaba allí, viendo pescar.»

Los hombres, interrumpiéndose mutuamente, hablaron del peligro que había corrido, podía haberse caído al agua, etc, etc.

La tía terció para decir: «Bueno, ya pasó todo. Gracias a Dios, no ha ocurrido nada.»

Y la madre, dejándose caer de rodillas al lado de su hijo, abrazándole estrechamente, inquirió tiernamente: «Angelito, cielo, ¿te has aburrido mucho sin nosotros?»

Angelito, tras pensarlo un momento, tuvo la decencia de responder la verdad: «No, mamá; no me he aburrido nada.»

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones sin partitura, 1987

Mañana te compraré un nicho

Contrariamente a lo que hacían suponer nombre, apellido y procedencia, Adolf-Lothar Roheit, Alemania del Norte, aquel hombre no era ni había sido nunca un bárbaro.

Cuando visitó por primera vez las verdes costas de Foz, en la provincia de Lugo, no lo hizo a bordo de un barco, ni siquiera utilizando el prosaico medio de locomoción automovilístico.

Arribó precedido de un ruido infernal, cabalgando sobre la poderosa motocicleta recibida como regalo de fin de carrera de la persona que ostentaba la doble condición de padre y principal accionista de Roheit Stahlwerke.

Conseguir el título de ingeniero industrial había sido un juego de niños para Adolf-Lothar, ya que había llegado a este mundo dotado de inteligencia y memoria poco frecuentes. El autor de sus días, complacido porque, al fin, iba a contar con una persona de confianza que le sucediera al frente de la gigantesca organización creada pacientemente merced al esfuerzo de cuatro generaciones, había accedido a satisfacer el capricho de su vástago.

El monstruo de dos ruedas y tres meses de vacaciones constituían la recompensa a los años de estudio, docilidad y obediencia que, desde niño, había sido la norma del chico llamado a jugar un importante papel en la industria alemana del acero.

El recién licenciado era plenamente consciente de que tan pronto transcurriera el plazo concedido, comenzaría una existencia en la que no habría lugar para frivolidades. Años atrás había escuchado, con cierto desasosiego, que el destino del delfín de la familia no resultaba, aparentemente, nada envidiable. Pero, a cambio de la entrega absoluta, cuántas satisfacciones de tipo moral ante el deber cumplido a rajatabla.

El lema de la casa, «trabajar sin desmayos», se le antojaba excesivamente cruel y el pensamiento de que cuando se convirtiera en un engranaje, muy importante pero engranaje al fin, de Roheit Stahlwerke únicamente tendría derecho a quince días de vacaciones anuales, hacía que los tres meses que tenía por delante le parecieran aún más apetecibles.

Deseaba conocer España, uno de los viejos criados de su casa era español y no cesaba de hablarle de las maravillas de su país y, además, se daba la circunstancia de que el castellano era uno de los tres idiomas que su padre se empeñó en que estudiara. Aún no dominaba la lengua pero se hacía entender sin dificultades.

Manolo Monteiro, el criado, abandonó su Santiago de Compostela natal en cuanto cumplió el servicio militar y, tras haber realizado distintos trabajos en diferentes lugares de Alemania, fue a parar a la mansión del señor Roheit donde se le tenía en gran estima. Llegó a ocupar el puesto de mayordomo en el que se encontraba muy a gusto. Percibía un buen sueldo que, como todo gallego que se respetara, ahorraba en su mayor parte.

Manolo había visto como Adolf-Lothar se convertía en un hombre pareciéndole que ello sucedió de la noche a la mañana. Tenía la impresión de que, cuando regresaba a casa en los periodos vacacionales, era el mismo chiquillo rubio y atlético que, sin inhibiciones, reía de todo y por todo.

De pronto, después de una estancia de seis meses en Estados Unidos, el Adolf-Lothar al que abrió la puerta y que hubo de inclinar la cabeza para no estamparse el cráneo contra el dintel, parecía otro. Se trataba de un ser desconocido, de dos metros de altura, con voz profunda y caminar pausado. Lo que continuaba siendo igual era la risa contagiosa y el cabello dorado.

– Me voy a España, Manolo. Dentro de dos días, lo tendré todo a punto y saldré para tu tierra. Atravesaré toda Alemania, Francia y luego, con calma, visitaré todo el norte de tu país. Prepárate que como no me agrade la catedral de Santiago, vas a escucharme.

-No pase cuidado, señorito. Le ha de gustar; y mucho. Pero no sólo la catedral; la gente, la comida, todo.

Exactamente tres semanas más tarde, el vástago del señor Roheit cruzaba el Puente de los Santos, que separa Asturias de Galicia y se adentraba en esta última.

Su paso por aquellas tierras, al igual que inmediatamente antes por las de Alemania y Francia, había sido realizado felizmente y sin incidentes de consideración.

Tenía minuciosamente planeado el viaje y, desde Ribadeo, primer pueblo importante que encontraba a su entrada en la comunidad galaica, llegaría en una etapa a Santiago de Compostela.

Llevaba recorridos unos veinticinco kilómetros cuando se apercibió de que ante sí se extendía una hermosísima playa de arenas blancas. A la derecha, un espigón la separaba de la ría con las aguas más transparentes que había visto en su vida.

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Foz

Detuvo la moto, la apoyó firmemente sobre su soporte y se apeó. Muy cerca, sentados en uno de los bancos de piedra situados a lo largo de la barandilla metálica que circundaba el perímetro arenoso, dos hombres contemplaban espectáculo en silencio.

Adolf-Lothar, tras despojarse del enorme casco protector que le confería aspecto de visitante de otra galaxia, tomó asiento a su lado.

-¿Cómo se llama este pueblo? -preguntó a los pocos segundos.

El pueblo se llama Foz y aquella hermosura de playa, La Rapadoira, fue la respuesta.

El alemán extrajo de uno de los bolsillos de la cazadora de cuero un mapa y, con ayuda de los hombres con quienes compartía el duro banco, localizó enseguida el lugar en que se encontraba. «Me he desviado ligeramente de la ruta marcada», pensó, «pero no siento disgusto alguno. Al contrario; el despiste me complace».

Tanto que allí, en Foz, transcurrieron las semanas que aún quedaban de sus vacaciones. Relegó al olvido la proyectada visita a Santiago y, merced a las gestiones de los dos primeros contactos establecidos en el pueblo, dos viejos pescadores jubilados, encontró alojamiento en casa de otro pescador.

Playa de Foz (Lugo).

Playa de Foz (Lugo).

Su nuevo hogar, muy modesto pero limpísimo, estaba situado sobre un promontorio encima de la playa. Desde la ventana de su cuarto veía al atardecer los barcos, verdaderos cascarones de nuez, que se hacían a la mar descendiendo la ría desde el puerto en busca del pescador que, al día siguiente, podría comer en cualquiera de los figones y tabernas del pueblo.

El tiempo transcurrió velozmente y, pronto, demasiado pronto, hubo de iniciar el viaje de regreso a su país. Dejaba atrás un montón de amigos que, encontrando aquello de Adolf-Lothar excesivamente complicado, lo llamaban con sencillez y cariño «el alemán».

Quedaba hecha la promesa de que, al año siguiente, volvería a ocupar su habitación. Ya no sería igual en lo que a la duración de su estancia se refería pero, por lo menos, durante quince días reanudaría la vida con sus compañeros, como uno más que salía acompañándolos algunas veces a la mar.

Durante cinco años cumplió la palabra empeñada y el pueblo de Foz, donde ya era una institución, sabía que cuando el calendario mostrase la hoja del día primero de agosto escucharían el estruendo de la moto del «alemán».

Playa de Foz (Lugo).

Playa de Foz (Lugo).

El sexto año, sin embargo, fue señalado por un hecho que llamó la atención de los habitantes del lugar. El día quince de mayo, fecha en que Foz se encuentra huérfana de veraneantes y visitantes y por esa razón nada fuera de lo corriente pasa desapercibido, hizo su aparición un lujoso automóvil extranjero que recorrió velozmente las calles como si realizase una obligada peregrinación, dirigiéndose luego a la casa del pescador que alojaba todos los años a Adolf-Lothar.

Menos de dos horas más tarde, todo el mundo conocía la noticia. El alemán había venido. Y esta vez, para quedarse.

Como se  supo poco después, el padre del recién llegado había fallecido y el hijo aprovechó la triste circunstancia para realizar algo que bullía en su mente, sin forma concreta pero con insistencia y que se transformó en una idea precisa en el momento en el que el señor Roheit abandonó este mundo. Huir de la vida de trabajo para la que fue preparado desde su nacimiento y trasladarse a Foz para llevar la existencia que le hacía feliz.

De nuevo se instaló en el hogar del pescador. Este y su esposa trataban al alemán como si fuera miembro de la familia y se llevaron un buen disgusto cuando supieron que Adolf los abandonaría cuando tuviera terminada la casa que iba a construir.

-Pero si vamos a ser vecinos. Nos seguiremos viendo todos los días, respondía el alemán a los afectuosos reproches de la pareja.

-Sí, pero ya no será lo mismo, contestaban.

-Claro que será lo mismo. Tú, María, te encargarás de mis cosas; de la limpieza de la casa y de mi ropa… a menos que no quieras encargarte de ello. Viviremos en casas distintas, pero todo seguirá siendo igual.

Ante estos argumentos, María hubo de inclinarse y, de mala gana, aceptar lo que le proponía Adolf.

Un año más tarde, a poca distancia de la casita en que había pasado sus vacaciones anuales, «el alemán» disponía de un magnífico chalet para cuya construcción no se había regateado dinero ni buen gusto.

Para él solo parecía demasiado grande. Contaba con planta baja y un piso. En el jardín, el agua de una pequeña piscina reflejaba el cielo azul y centelleaba como una joya.

En el pueblo se decía que sí, efectivamente la casa del alemán era enorme para una persona solitaria pero había que pensar que todavía era joven -apenas treinta años-, se casaría y vendrían los hijos. Así, las habitaciones vacías y silenciosa se poblarían de ruidos y gritos.

Desde la nueva casa, instalado cómodamente en una de sus terrazas, el propietario no se cansaba de contemplar la vista que se ofrecía a sus ojos.

A la izquierda, en un saliente de la costa y separada del punto ocupado por su residencia, con mucho mar por medio, se vislumbraba Burela. Los cristales de la fábrica de hielo situada en el puerto, refulgían al sol.

A la derecha, a sus pies, la playa de la Rapadoira, con sus grandes sombrillas fijas, de paja, y las más numerosas de lona que con sus tonos multicolores, prestaban al conjunto el aspecto de la paleta de un pintor. Más allá, como fijando el límite de la playa, el espigón en forma de ele, con un pequeño faro en el punto de unión de los dos brazos. Y del otro lado del malecón, la ría. Aquella cinta plácida y serena de color cambiante pero siempre transparente que había sido la causa primera del cambio producida en su forma de vida.

Ría de Foz (Lugo).

Ría de Foz (Lugo).

Separado de la ría, sobre un recodo del mar, San Cosme de Barreiros y varias concentraciones más de pequeños núcleos de casitas y chalets ocupados por veraneantes durante los meses de estío, vacíos y solitarios en los restantes meses del año.

Enfrente, siempre igual pero diferente en cada momento, el mar. Una extensión enorme de mar en el que la mirada se perdía para encontrar descanso y agudeza.

El alemán era feliz. No echaba de menos nada en absoluto. Cada día salía menos. ¿Para qué iba a hacerlo si a su alcance encontraba cuanto precisaba? En verano descendía a la plaza por las amplias escaleras que el municipio había construido muy cerca de su propiedad, y se daba un prolongado baño en las aguas límpidas de aquel mar que tanto amaba.

Por el invierno, cuando el viento del norte soplaba destempladamente silbando en el tejado de pizarra, encendía la calefacción y, acercando un confortable sillón al la chimenea en la que ardían gruesos troncos de pino, permanecía absorto en la contemplación de las llamas y el chisporroteo de la resinosa madera.

Entre los libros, de los que se había aprovisionado en grandes cantidades y continuaba recibiendo ininterrumpidamente, y los discos, que contaba por centenares, la compañía humana se convirtió en algo innecesario.

Los espacios de tiempo que transcurrían entre visita y visita a sus amigos los pescadores, se dilataban cada vez más. Ya casi no salía a comer fuera de casa. Había iniciado la práctica de tomar cualquier cosa, de lo que María le preparaba, cuando le apetecía, sin seguir horario alguno y olvidándose muchas veces de hacerlo.

De persona extremadamente sociable y comunicativa pasó a ser un individuo huraño y solitario que dejaba pasar semanas sin buscar ni admitir compañía. Su voluntario encierro causó extrañeza entre la gente del pueblo y, los mismos pescadores que lo habían bautizado afectuosamente con el apelativo de «el alemán», comenzaron a utilizar el remate de «loco».

Poco después ya era conocido sólo como «el loco».

Únicamente María y su esposo continuaban sintiendo por el curioso personaje en que se había convertido Adolf-Lothar el mismo cariño del pasado. En Foz, sólo ellos se negaban a admitir que su alemán había perdido el juicio.

Después de un tiempo sin que se advirtieran cambios en su comportamiento, sucedió algo que vino a modificar, en cierto modo, su conducta habitual.

Una mañana de primavera, en el amanecer glorioso de sol y luz, el espontáneo enclaustrado despertó de pronto con un terrible dolor de cuello. El sueño le había sorprendido sentado en la butaca y la postura en que permaneció durante la noche le ocasionó una intolerable tortícolis.

Se levantó torpemente y estiró dificultosamente los envarados músculos. Apartó los bastidores de la puerta-ventana por la que salía directamente al jardín. Apagó la luz aún encendida y luego se acercó de nuevo a la cristalera para abrirla y permitir la entrada de aire.

Entonces, al atraer hacia sí uno de los batientes, la vio. Estaba apoyada contra el marco. Era evidente que había tratado de protegerse de la incesante lluvia caída durante la noche, colocándose bajo el saliente de la terraza situada en el piso superior. Debía sentirse aterida; quizás enferma.

Embobado permaneció unos minutos contemplándola. Era hermosísima. Nunca había visto a nadie que pudiera comparársele. Producía tal sensación de fragilidad que, antes de asirla para introducirla en el interior de la casa, se miró las enormes manos preguntándose cómo emplearlas sin causarle daño.

Ella lo dejó hacer sin articular palabra, en un mutismo total y, cuando, con increíble ternura, fue tendida sobre el mullido diván situado cerca de la chimenea, siguió todos sus movimientos con la profunda mirada de los ojos negros e inexpresivos hasta la indiferencia.

El alemán encendió los leños que no tardaron en crepitar alegremente invadiendo la estancia de un agradable calorcillo. De todos modos, para contrarrestar los efectos de la noche pasada a la intemperie, tomó del armario una manta ligera y la cubrió con ella dejando únicamente al descubierto la cabeza.

Los ojos de su inesperada visitante, insondables como oscura sima, continuaban observándolo sin perder una sola de sus evoluciones. Seguía guardando el mismo silencio con que acogió las primeras palabras de Adolf. Este sentía crecer en su interior el desconcierto y, para combatirlo, no sabiendo que hacer, hablaba sin cesar.

Le preguntó su nombre, edad y el motivo de que se encontrara ante su puerta. No recibió respuesta alguna. Quiso saber si se encontraba mal. Tampoco hubo contestación.

Se le ocurrió entonces que, quizás, estuviese ante un caso de sordomudez. Aquel pensamiento le produjo tal acceso de dolor que, inconscientemente, se levantó del sillón que ocupaba y se lanzó a caminar de un lado a otro, cambiando de sitio las sillas, ocultando en los cajones del escritorio libros sacados el día anterior.

Mientras tanto, y aunque no ignoraba que nunca se había distinguido por su acierto a la hora de descifrar la edad de nadie, intentaba adivinar la que tendría su huésped. Hubo de renunciar. A lo más que podría llegar era a admitir su juventud. Saltaba a la vista que era jovencísima. Tampoco se precisaba demasiado intelecto ni sentido de la belleza para reconocer que allí, sobre el diván, reposaba un ser de excepcional hermosura, armonía de formas y proporción de líneas.

El alemán no pretendía pasar por entendido en arte. No obstante, poseía un gusto especial que le hacía admirar cuanto se saliera de lo vulgar. Y ella no tenía nada de común. Muy al contrario, aún ahora, tras la noche pasada al raso, bajo la lluvia y el frío, conservaba el aspecto que la haría distinguirse en medio de una musedumbre, que obligaría a palidecer a las mujeres que la vieran de cerca.

Cada vez que sus pasos se acercaban al sofá, se detenía brevemente y reanudaba el soliloquio suspendido momentos antes.

-Me recuerdas a alguien. No sé a quien. Puede que te haya visto en otra ocasión. Pero no, no es posible. Si te hubiera conocido no te habría olvidado. Eres demasiado bella.

Y no obteniendo respuesta, continuó:

-Hace un rato, cuando te encontré, me vino a la mente una palabra en mi idioma. Un nombre cuyo significado no recuerdo ahora. Tendré que mirar el diccionario. La palabra fue Spinne. Si no tienes inconveniente, te llamaré así, Spinne. Suena bien y aunque ignoro la razón, parece venirte como anillo al dedo.

Pasaron las horas y Spinne no pronunció palabra. Los únicos movimientos que hizo fueron los precisos para quitarse la manta de encima.

Un extraño pudor obligó al alemán a ocultar a María la presencia de Spinne. Permaneció a la escucha y cuando oyó el ruido producido por la llave que la asistenta introducía en a cerradura, acudió velozmente a la puerta, le arrebató de las manos la bandeja en la que traía su comida y, sin permitirle la entrada, la obligó a marcharse.

Spinne se mostró muy selectiva para comer y Adolf-Lothar, repentinamente dueño de una sensitiva percepción, le hizo tomar sólo aquello que realmente le apetecía. Para tratarse de alguien con aspecto tan delicado y endeble, estaba dotada de un apetito más que normal. Ni su juventud, ni la noche al sereno bastaban para disculpar lo que no podía tener otro calificativo que el de voracidad.

Al término de la comida, el alemán convertido en camarero-intendente, se sentía realmente exhausto. Había realizado un esfuerzo para el que no estaba entrenado. Spinne, por el contrario, estiró voluptuosamente los miembros, cerró los misteriosos ojos y se durmió apaciblemente.

Aquellas escenas, la de la alimentación y la del reparador sueño que tenía lugar a continuación, se repitieron muchas veces. Spinne parecía encontrarse satisfecha en su diván y en pocas ocasiones lo abandonaba. Únicamente un par de veces al día dejaba el cuarto y el dueño de la casa, discretamente, no la seguía. Por idéntica razón, tampoco hacía preguntas. Además sabía que no encontraría respuestas.

Así pasaron seis meses. Los dos vivían bajo el mismo techo, estaban prácticamente juntos todo el día y, aunque Adolf-Lothar ya no lograba disimular sus sentimientos, no se había tomado ni una sola libertad con su compañera de reclusión. Le había dicho que la amaba apasionadamente, recibiendo, como en todo momento, la callada por respuesta. Spinne, se limitaba a fijar en él la mirada indescifrable de sus ojos y a callar.

María no había sabido ocultar a su marida la sospecha de que en la casa, que ya no limpiaba porque le estaba prohibido, sucedía algo anormal. Suponía que el alemán había introducido una mujer en su hogar pero, ¿por qué razón lo sigilaba?

-En estos tiempos- le decía- eso ya no tiene importancia y aquí, en Foz, estamos tan adelantados como en Lugo y, si me apuras, como en Vigo. Pero, si tiene una mujer con él, ¿de qué demonios la alimenta? Estoy llevándole la misma cantidad de comida que antes.

Pronto, las sospechas de la buena María se convirtieron en certidumbre. Una tarde, al oscurecer, llegó a la casa por la parte de atrás, por el jardín. al acercarse,a través de la abierta puerta-ventana, pudo escuchar la voz del alemán que decía:

-Mira Spinne, por mucho que te hagas la tonta, sé perfectamente que has comprendido cuánto te quiero. Esto no puede seguir así.

La luz de la habitación estaba apagada y María no pudo ver a a destinataria de la queja.

No se quedó para oír la respuesta, que no habría de producirse, y se fue a paso rápido. Volvió por la parte delantera, entregó la bandeja con las provisiones y, sin comentario alguno, se marchó de nuevo.

El rumor de lo que ocurría en Villa Roheit se propagó como el fuego en un pajar. En aquella época del año, fuera de la estación veraniega, los temas ordinarios de conversación ya habían sido agotados y cualquier hecho desusado venía a romper la monotonía de la vida cotidiana. Pero la gente del lugar, lógicamente curiosa, era sumamente respetuosa con las rarezas del prójimo y nadie se atrevió a investigar.

Entretanto, en el chalet, las cosas continuaban como el día de la llegada de Spinne. Para entonces Adolf había renunciado a obtener respuestas a sus largas parrafadas. Estaba convencido de que su hermosa compañera era sorda como una tapia y muda como una tumba.

No había desistido, eso nunca, de amarla. La quería con locura, con pasión ciega y absorbente que impedía todo razonamiento sobre lo absurdo de la situación. Ni siquiera dedicaba un pensamiento al futuro. Estaba conforme con que aquello, tal como estaba, se prolongase indefinidamente.

Y, realmente, hacía bien. Nada existe que no tenga término.

Una mañana, como en tantas otras que la precedieron, el alemán entró en la biblioteca que la costumbre había convertido en dormitorio, comedor y sala de estar de Spinne, y la encontró muerta.

Adolf-Lothar experimentó un dolor inmenso; como si le atravesaran el corazón con un cuchillo de hielo. Luego, sobrevino la sensación de un vacío espantoso.

Permaneció horas arrodillado ante el diván convertido en lecho mortuorio.

Abstraído en la contemplación de aquella belleza que se había ido, sumiéndolo en la desesperación, no advertía el paso del tiempo.

Cuando, al amanecer, llegó María y no fue recibida en la puerta por el dueño de la casa, abrió con su llave y pasó adelante.

Reinaba un silencio impresionante. La esposa del pescador, curtida por las tormentas que deparaba la vida, entró decidida en la biblioteca donde suponía que podía hallarse Adolf.

La escena que se ofreció a sus ojos, resultaba desconcertante. El alemán, solo en la habitación, estaba hincado de rodillas delante del sofá. Cuando escuchó los pasos de María que se aproximaba, se puso de pie. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Con voz ronca, gritó más que dijo:

-Spinne ha muerto.

Y añadió con acento extrañamente triunfal, señalando el diván con mano temblorosa:

-Fíjate, aún está más hermosa que cuando vivía.

La estupefacta María obedeció la orden. Allí, en el sofá indicado por Adolf, sólo había una manta y, sí, ahora la veía, encima de ésta, una araña de las llamadas de jardín.

-¿Dónde está esa Spinne que dices se ha muerto? No la veo por ninguna parte.

-¿Te has quedado ciega? ¡Pobre María! Ahí está, acostada en el diván.

Luego, con el tono que los hombres emplean para hablar con los niños o con la mujer que aman, añadió dirigiéndose a Spinne:

-Mañana te compraré un nicho.

Pedro Martínez Rayón, ¡Atchis! y otros estornudos mentales

 

Tortilla y empanada

Hace ya bastantes años, cuando la posesión de un automóvil constituía un signo externo de riqueza y no había comenzado aún el boom de los autobuses, los dos únicos medios masivos de transporte eran el tren y, naturalmente, las dos piernas.

Un día, mi amigo Manolo y yo decidimos invitar a dos chicas, muy monas, por cierto, a acompañarnos a la playa de San Juan de Nieva. Como aquello quedaba un poco lejos, se imponía la Renfe.

Asturias. Playa de Salinas.

Asturias. Playa de Salinas.

Las dos chicas aceptaron, con la única condición de que el traslado corriese por nuestra cuenta, y la intendencia por la suya.

El domingo, a las 7,30, Manolo y yo nos encontrábamos en la estación formando parte de una nutrida cola de pacientes aspirantes a viajeros, que esperaban su turno para sacar los billetes. Tan pronto como llegaron nuestras invitadas, nos dirigimos a la vía muerta donde una larga fila de vagones de madera esperaba indiferente el incruento pero atropellado y violento abordaje de los excursionistas.

Después de la refriega y de una hora larga de espera, comenzó el viaje entre asmáticos jadeos de la máquina de vapor. Hasta Villabona, lugar en que debía producirse el trasbordo, no hubo más problemas que los normales, pero allí se produjo un nuevo pandemonium empeorado por los gritos desgarradores de madres que no encontraban a sus retoños, y de padres a quienes en la ruidosa confusión habían despojado de sus reservas bebestibles.

Por fin, tras dos horas y media de tormento ferroviario, la llegada a la playa. Entonces, entre jadeos y tacos, nuevas carreras para ocupar los espacios mejor situados.

Manolo y yo, conocedores del terreno, sin apresurarnos, fuimos al sitio que más nos convenía y, una vez despojados de pantalones y camisas, aunque la temperatura pedía a gritos el concurso de abrigos de piel, nos sentamos y, por decir algo, preguntamos:

«¿Bueno, y qué tenemos para comer?» La respuesta de nuestras acompañantes no fue muy tranquilizadora:

«Es una sorpresa», dijeron.

Yo, no puedo evitarlo, soy enemigo acérrimo de las sorpresas.

Manolo, en plan concursante, dijo: «¿por qué no nos dais una pista?»

«Os vamos a dar dos pistas», contestaron. «Pero no tenéis derecho más que a dos respuestas cada uno». Y añadieron: «uno de los platos principales empieza por T y el otro por E».

Manolo, rápido en sus deducciones, dijo: «Tomateros con guisantes y emparedados de jamón».

Las dos chicas se miraron un poco apuradas y dijeron a coro: «No».

Yo, más cauto y menos ambicioso que Manolo, dije: «Tomates con lechuga y escabeche».

El no simultáneo tuvo, en esta oportunidad, un tono de alivio.

A todo esto, el cielo se había ido cubriendo de nubes y soplaba un viento gemelo hermano del que agita las hojas de los abedules siberianos.

En el mástil de la Casa del Mar ondeaba la bandera roja y por los altavoces se repetía que a causa de la fuerte resaca el baño estaba formalmente prohibido.

En vista de la situación y de que ya eran cerca de las dos, se decidió unánimemente que, como los duelos con pan son menos, había llegado el momento de comer.

Las chicas sacaron las viandas y, entretanto, nosotros fuimos a buscar cerveza a un merendero cercano.

Cuando regresamos, la ¡¡comida sorpresa!! estaba servida.

La T era la inicial de tortilla, y la E, de empanada.

Entonces, comenzó una verdadera comedia en la cual Manolo y yo representábamos el papel de hambrientos que comían con agrado las abundantes raciones que les servían cuando, realmente, escondían entre la arena lo que podían sacar de la boca o del plato.

Desde luego, la tortilla era amarilla, redonda y tenía patata, además de una excesiva dosis de sal. Pero ahí termina todo parecido con una tortilla. La patata no quería trato alguno con el huevo y se había declarado francamente separatista, terminando la faena por no dejarse freír, prefiriendo seguir manteniendo su estado primitivo, es decir, el crudo.

En cuanto a la empanada, como no teníamos motivos para dudar de la buena fe de las cocineras, mentalmente admitimos que se trataba de una empanada y no de un ladrillo refractario.

Las distintas coloraciones de aquel engendro, negro carbón, negro humo, gris marengo, marrón, café con leche, marfil, blanco tiza, y blanco españa, hacían imposible adivinar si había permanecido en el horno cinco minutos a fuego vivo, o cinco días a fuego lento.

Con una previsión que honraba a sus fabricantes (empleo esta palabra conscientemente), la empanada ya venía troceada, con lo que se evitaban el transporte del cortafríos y el mazo, únicos instrumentos aparte de la cizalla, con que podría procederse a su ataque.

Terminado el refrigerio, que nos dejó varias piezas dentales en estado precario, y en vista de que comenzaba a llover insistentemente, optamos por trasladarnos con armas y bagajes al merendero. Allí comenzamos a jugar a la brisca. No conseguimos terminar la primera partida gracias a la espontánea colaboración de un niño que decía: «como no tengas cuidado, te van a comer el TREES», canturreando la frase y cargando el acento en la última e.

Aquello era digno remate de una jornada que habíamos imaginado bien distinta, en vista de lo cual decidimos trasladarnos a la estación dispuestos a soportar otras dos horas de espera, preferibles a la actuación del inoportuno rastreador de treses.

Con el tren en marcha ¡por fin!, conseguimos hacer triunfar nuestra interesada versión de que la comida había sido demasiado fuerte y todavía no podíamos pasar bocado.

Nuevo trasbordo en Villabona, cuarto asalto para ocupar asientos en el interior y no en los topes y, a Dios gracias, en Oviedo.

Alegando quehaceres académicos urgentes, despedida apresuradísima en el mismo andén de llegada y, muertos de hambre, poniendo en juego las últimas reservas energéticas conseguimos llegar a un bar cercano donde, con un hilo de voz, pedimos un par de bocadillos de jamón y dos vasos, grandes, de leche.

Como fieras, despachamos aquella reconocible y fiable delicia comestible, en absoluto silencio.

Después, saboreando lentamente, a traguitos, la leche, Manolo rompió su mutismo y comenzó a reír a carcajadas.

«Tienes un extraño sentido del humor», le dije. «¿De qué demonios te ríes? si se puede saber», añadí.

«Pues claro que puedes. Pensaba en la polémica que puede montarse si, algún día, un arqueólogo despistado decide realizar una excavación donde fingimos la comida y termina por encontrar los restos de la comida y la empanada. Puede decir, con razón, que no está seguro acerca de su origen. Quizás sean restos de una muralla fenicia, vestigios de un castro celta o fósiles del pleistoceno».

«Desde luego, cualquier cosa menos comida».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina, Oviedo, 1986