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La cuarta opción

I

Perdona que te contradiga, doctor. Ya sé que, haciéndolo, estoy invadiendo tu terreno profesional pero, aún admitiendo que es posible encontrar casos como los que has mencionado, opino que, no debe inferirse una regla general.

Tampoco sería científico afirmar, porque entre ciertos hermanos no nacidos en el mismo parto se dé idéntica unidad de pensamiento, intención y sensaciones -que tu atribuyes en exclusiva a los gemelos- que la hermandad produzca indefectiblemente los mismos efectos.

Para demostrar la veracidad de lo que sostengo, te contaré lo sucedido no hace mucho aquí mismo, en Gijón, a pocos kilómetros del Piles. Escucha, y luego me dirán si tengo o no razón al afirmar que en algunas parejas de gemelos la existencia se desarrolla de manera absolutamente independiente, y cada uno de los miembros del dúo actúa por libre, en plan solista.

II

Cuando Baltasar regresó de Argentina, realizó un rápido balance de la situación que le permitió conocer con exactitud cuál era su posición personal y económica, así como lo que, presuntamente, habría de depararle la vida a partir de entonces.

Poseía una inmensa fortuna, setenta años cumplidos y dos sobrinos gemelos a quienes ni siquiera conocía de vista. A pesar de ello, dos parientes -hijos de su único hermano fallecido tiempo atrás- aunque desconocidos, eran mejor que nada. Aquellos muchachos, para él lo eran pues aún no habían alcanzado la treintena, se ocuparían de aliviar la tristeza de su solitaria vejez.

El indiano adquirió una hermosa finca en las afueras de Gijón, en el lugar denominado La Providencia, desde cuyos amplios terrenos se divisaba parte de la concha, el paseo marítimo y, hasta donde alcanzaba la vista, una vasta extensión de mar.

Ordenó el derribo del ruinoso caserón y la inmediata construcción de una magnífica casa. A corta distancia del edificio principal, se levantaron el garaje y el establo que albergaría media docena de caballos, animales que constituían su única pasión.

Cuando todo estuvo preparado, localizó a los sobrinos y los invitó a vivir a su lado. El conocimiento de Melchor y Gaspar le deparó una gran sorpresa; ciertamente, tenían un acusado aire de familia, pero ninguna otra característica hacía sospechar que se trataba de gemelos. Con la semejanza física, terminaba todo parecido.

Melchor era canijo, enfermizo y de natural tímido. Gaspar, el reverso de la medalla, tenía una salud de hierro, personalidad extrovertida y la fuerza de dos hombres.

Hasta que se produjo su muerte, diez años más tarde, Baltasar no tuvo ocasión de lamentar la decisión de reunir bajo su techo a los sobrinos y, como recompensa a la compañía que le habían prestado, los nombró herederos de sus bienes, disponiendo que aquel de los dos que sobreviviera al otro, pasara automáticamente a tomar posesión, sin reserva alguna, de la totalidad del capital.

La quebrantada salud de Melchor, tras una serie de altibajos, fue deteriorándose de tal modo que, al llegar a los cuarenta, se había convertido en una ruina cuya única ocupación consistía en proferir quejas contra el destino que le condenó a aquel estado de incapacidad permanente. El corazón le había pasado dos serios avisos y el hígado no admitía bromas. Su existencia transcurría entre las periódicas administraciones de productos farmacéuticos bajo la forma de inyecciones, píldoras y gotas.

El humor de Gaspar, en los primeros años refractario a las lamentaciones de su hermano, fue agriándose paulatinamente hasta culminar en un grado de susceptibilidad tal que, la mínima alusión a las enfermedades de aquél, era motivo bastante para hacer nacer en su corazón un odio irracional, para que ante sus ojos se levantara una neblina rojiza que le impedía ver.

«Esto no es vivir» -pensaba con encono-. «Antes de la providencial aparición de mi tío, trabajé como una acémila para que Melchor no careciera de nada. El oficio de fontanero me permitió, bregando sin concederme un momento de descanso, que los días de mi hermano trascurrieran en perpetua vacación. Ahora, cuando dispongo de más dinero del que podría gastar, estoy atado a este ser incapaz de otra cosa que gimotear.»

Desde niño, había sentido el deseo de viajar, conocer otros países y otras gentes, moverse por ambientes distintos. Y allí estaba, soldado a su gemelo con una soldadura que solo la muerte rompería. Si Melchor abandonaba este mundo antes que él, aún tendría ocasión de ver tierras lejanas… pero si no era así… No sería el primer caso en que se iban los sanos y quedaban los enfermos, aferrándose con uñas y dientes a un sillón que apenas abandonaban.

De pronto advirtió, al principio con espanto y posteriormente con alivio, que había comenzado a imaginar la desaparición de su gemelo como un doble acto de misericordia. Melchor sufría; aquello era evidente. Por tanto, apartarlo de su existencia miserable se convertía en una necesaria obra de caridad. Él, Gaspar, vegetaba lejos de cuanto significaba alegría, movimiento y placer. A los dos convenía que el más fuerte, él mismo, tomara las riendas e hiciera lo que procedía.

El viaje realizado repentinamente por Melchor a Madrid, en compañía de Alfonso, el jardinero, duraría cinco días. El enfermo se negó obstinadamente a que Gaspar fuese de la partida. Alguien tiene que quedarse en casa -alegó con inusitada firmeza.

Durante las jornadas en que permaneció solo, el que estaba dispuesto a convertirse en el nuevo Caín, reflexionó profundamente. La decisión había sido tomada y únicamente faltaba elegir el procedimiento por el cual ambos hermanos alcanzarían la redención, dejando al autor de la misma limpio de toda sospecha y en condiciones de realizar sus largamente acariciados sueños.

Tres fórmulas se disputaban el honor de ser seleccionadas, después de rechazar otras muy sencillas pero sumamente arriesgadas desde el punto de vista de la seguridad personal del ejecutante. Pero las tres tenían sus pegas. La embolia gaseosa, infalible, limpia y rápida, sería detectada en una autopsia. La asfixia por inhalación de monóxido de carbono -achacable a un desgraciado accidente- era difícil de llevar a la práctica pues retener a Melchor en la cochera contra su voluntad, dejaría en el cuerpo algunas señales que demostrarían sin lugar a dudas la falsedad del pretendido accidente.

El tercer medio era, por supuesto, más sangriento y brutal; requería de una mayor dosis de serenidad pero tenía a su favor la posibilidad de un nuevo intento si la primera bala fallaba. Además, fingir un robo como pretexto para los disparos, era un juego de niños.

Disponía del arma apropiada, lista para ser usada que, antes del fallecimiento de su tío, había encontrado en el desván cuidadosamente envuelta en un lienzo aceitado, junto con dos cajas de munición.

¡El vetusto Colt 45, traído por Baltasar desde tan lejos, estaba a punto de servir como pasaporte para uno de sus sobrinos!

La jornada anterior a la del regreso de la futura víctima, Gaspar se levantó al amanecer y, lejos de la vivienda, oculto entre los eucaliptos, efectuó varios disparos para probar el instrumento de su liberación. Funcionaba estupendamente; utilizado a corta distancia, no fallaría.

Melchor se reintegró al hogar con peor aspecto que cuando lo abandonó. Se le veía desfondado. A las insistentes preguntas de su hermano, respondió con un rosario de evasivas del estilo de: «No hay nada definitivo; el mismo tratamiento…»

Interrogado Alfonso, no pudo o no quiso decir nada concreto. Habían visitado un modernísima clínica y Melchor había sido reconocido por un equipo de médicos de gran valía que, deseando contar con los medios adecuados para emitir un diagnóstico sin posibilidad de error, utilizaron el scanner. Era cuanto sabía.

Tres fechas más tarde, se celebraba la fiesta grande de la ciudad. Desde hacía años, la casa conmemoraba la ocasión -los hermanos habían respetado la costumbre- concediendo a cuantos trabajaban para ellos una gratificación especial y permiso para ausentarse por la mañana bien temprano hasta última hora de la noche. El autobús urbano, con parada a quinientos metros, en la carretera general, realizaba el transporte.

El día de Nuestra Señora de Begoña, la patrona, al filo del mediodía, los gemelos eran los únicos habitantes de la casa. Salvo el lejano rumor de la radio que funcionaba en el salón ocupado por Melchor, reinaba un absoluto silencio que a Gaspar, atareado en su dormitorio, se le antojaba pleno de significado.

Cargado el revólver, lo introdujo entre el pantalón y la camisa, oculto bajo la chaqueta. Inmediatamente, con paso que se hacía más resuelto a medida que se acercaba a su destino, se dirigió al lugar de donde provenía la música.

El enfermo se encontraba sentado en un confortable sillón, el que ocupaba habitualmente, colocado muy próximo al amplio ventanal a través del cual contemplaba el mar con mirada ausente. Parecía estar lejos de allí.

Cuando advirtió la entrada de Gaspar, Melchor volvió la cabeza y, sin pronunciar palabra, tornó a su melancólica observación. Luego, extrañado ante el mutismo de su visitante, preguntó con una voz en la que se traslucía una inequívoca indiferencia:

«¿Qué sucede, Gaspar? ¿Quieres algo?»

La respuesta se produjo veloz y contundente, aunque sin palabras. Extrajo el arma y, a dos pasos del blanco, en rápida sucesión, disparó tres tiros.

Al ver el revolver en manos de Gaspar, su gemelo había tratado de incorporarse, pero la fuerza de los impactos lo derribaron. Antes de abandonar este mundo, pugnó por decir algo y logró pronunciar, débilmente pero con absoluta nitidez, una breve frase que se hincó como un dardo en la mente del asesino.

«Gracias hermano.»

Sobreponiéndose a la sorpresa, Gaspar empezó a poner en práctica el plan tantas veces ensayado y ejecutado con la ayuda de la imaginación.

Derribó unas sillas, arrojó al suelo los cajones del escritorio y esparció su contenido, abrió de par en par la puertecilla de la caja fuerte empotrada en la pared y oculta bajo la copia de un famoso cuadro, y se embolsó el dinero guardado en aquella.

Trabajaba con la furia de un poseso, como si la realización de aquella tarea le fuera algo infinitamente más valioso que la vida.

Luego, deseando que la escena estuviera dotada de mayor verosimilitud, descolgó de los muros un par de fotografías enmarcadas y otros tres cuadros más arrojándolo todo al suelo.

Sudaba a mares y las manos le temblaban. Creía conveniente despojar al cadáver, pero carecía del valor necesario para hacerlo.

Había concluido. Sin embargo, antes de encaminarse al teléfono para llamar a la policía diciendo que encontrándose en los establos había oído disparos y al dirigirse a su casa tropezó con su hermano muerto, se detuvo y echó una última mirada al decorado. Toda precaución era poca.

Experimentaba una sed abrasadora. Esto le recordó que las botellas de ginebra y whisky, así como los frascos de las medicinas que se hallaban sobre la mesita baja también deberían ir al suelo. No sería lógico que sólo aquello permaneciera intacto en una habitación donde, supuestamente, había tenido lugar una riña.

Entonces alguien, quizás un hado maléfico, le sugirió la idea de ofrecer un brindis por Melchor. Obedeciendo al loco impulso, se sirvió dos dedos de ginebra y, elevando el vaso en dirección a la postrada figura de su hermano, exclamó:

«¡Por ti, querido, buen viaje!»

Después, con movimiento brusco, se echó al coleto el ardiente líquido. Su desagradable sabor le obligó a colmar el vaso con agua de la jarra que hacía compañía a las botellas. Bebió afanoso y, de un manotazo, dejó limpia la mesa.

A punto de irse, entrevió un sobre grande, color marrón. Estaba dirigido al señor juez y contenía varios papeles. Uno, firmado por Melchor, contenía el ruego de que no se culpara a nadie por su muerte. En Madrid le habían diagnosticado un cáncer de hígado, por el momento, dormido. No deseaba asistir a su despertar. Bebería el agua de la jarra en la que había vertido tres frascos de digitalina. Sabía que las náuseas, trastornos cardiacos y parálisis respiratoria y cardiaca resultantes de la ingestión del veneno, serían agradables cosquillas en comparación con los atroces sufrimientos causados por el cáncer. Terminaba pidiendo perdón a su hermano por irse sin decir adiós.

El texto de los papeles restantes pareció adquirir vida propia ante los ojos de Gaspar, y finalmente se difuminó por completo. Pronto no vio nada en absoluto. Lo mismo les sucede a todos los muertos.

III

El juez guardó silencio unos instantes y, como el comentario que esperaba no se producía, inquirió:

«¿No tienes nada que decir, doctor? ¿Aún no te he convencido?»

«Pues, lo lamento mucho, pero ahora, basándome precisamente en lo que acabas de contar creo, con mayor firmeza que antes, en que existe un lazo especial que une indisolublemente las existencias de los gemelos. Si no fuese así, ¿cómo se podría explicar el hecho de que Melchor y Gaspar, sin haberse puesto previamente de acuerdo, emprendieran el gran viaje el mismo día, casi a la misma hora? ¿A qué obedece la entrada en escena de la cuarta opción?»

¡Atchis!

El comisario Negreira no se había dado de bruces con un caso parecido en sus veinticinco años de profesión.

Por supuesto, desde el traslado a Santa Cruz de Tenerife, que lo apartó de su Galicia natal, hubo de intervenir en infinidad de robos, riñas y atracos, pero nunca en nada semejante.

Todo comenzó con la llamada telefónica del detective del Hotel las Magnolias de Puerto Cruz. Se trataba de un viejo amigo y el tono utilizado en la apresurada conversación ponía de manifiesto la inquietud que sentía el veterano investigador, el cual, por otra parte,no era persona dada a sobresaltos.

Los hechos, hasta donde alcanzaban sus conocimientos, eran los siguientes:
Entre los componentes de un grupo de viajeros, llegados al hotel tres días antes, figuraban dos matrimonios -las dos mujeres, hermanas- procedentes de la península. Aquel día, a la hora del almuerzo, las cuatro personas habían sido vistas ocupando una pequeña mesita situada entre dos columnas, al fondo del comedor.

De las declaraciones del camarero encargado de atender la zona se deducía que, como las jornadas anteriores, habían pedido dos botellas grandes de agua mineral -una con gas, y otra natural-; les fue servido el primer plato, consistente en tres ensaladas y un consomé, además de la bebida.

Estos datos fueron corroborados por las boletas en poder del maître y el jefe de cocina.
Cuando el camarero trató de retirar los platos vacíos para servir los segundos, observó absolutamente desconcertado que los cuatro comensales se habían evaporado. ¡Y, con ellos, la mesa número 114 y las cuatro sillas!

Inmediatamente, fueron informados el director y el detective del hotel que, en principio, no podían dar crédito a sus oídos.

Tenía que existir un error. Cuatro sillas, otras tantas personas y una mesita, por diminuta que fuera, no podían ser escamotearlas así como así de un comedor repleto de gente. Alguien debía haber observado hecho tan insólito. ¡Cuatro comensales levantándose a medio almuerzo y yéndose con los muebles a cuestas, era inaceptable!

Localizados los ocupantes de las mesas cercanas, cosa muy fácil utilizando las boletas del servicio, fueron repetidamente interrogados. Nadie había visto nada extraño. Cierto que dos de los asistentes al almuerzo, pertenecientes al mismo grupo excursionista, se habían fijado en que uno de los desaparecidos, el guía de su expedición, se encontraba en la mesita junto con su esposa y los cuñados. Hasta se habían saludado con un ademán de las manos. Luego, no los habían vuelto a ver.

En recepción, aseguraron que las llaves de las habitaciones 616 y 705 que correspondían a los desaparecidos, no se encontraban en los casilleros; esto, aparentemente, indicaba que los huéspedes no habían salido del hotel. Claro que podían haberse ido sin dejar las llaves.

Pero, si era así, ¿dónde habían ido a parar sillas y mesa? Hasta allí llegaban los conocimientos del comisario Negreira que, intrigado por el extraño suceso, había acudido inmediatamente al hotel.
El detective, al igual que el director, se encontraba totalmente desorientado. Hizo cuanto su experiencia en el oficio le aconsejaba y no se atrevía a dar nuevos pasos para evitar sembrar la alarma entre los numerosos residentes del establecimiento.

El director temía que, si el asunto no se resolvía de inmediato, la reputación del hotel sufriría un gravo quebranto que ninguna publicidad, podría paliar.

«Si alguien se va de la lengua y la prensa se entera de que en el Hotel las Magnolias los clientes desaparecen de la circulación sin dejar rastro, estamos frescos. Y, encima, la competencia se va a forrar», se decía el pobre hombre, que ya veía su empleo en el alero.

El comisario, concienzudo y meticuloso no se dio por satisfecho con lo que se le comunicaba. Deseaba empaparse del ambiente que reinaba en el hotel, conocer a los componentes del grupo que incluía a los eclipsados, saber quiénes y cómo eran.

Comenzó por utilizar el sistema de megafonía cuyos altavoces podían ser escuchados prácticamente en todas las instalaciones del edificio. Eran entonces las seis de la tarde. Por los micrófonos situados en recepción, solicitó encarecidamente la asistencia de cuantos pertenecían a la expedición a la reunión que se celebraría a las once de la noche en una de las salas privadas. La telefonista quedó encargada de repetir el mensaje cada cuarto de hora.

Entretanto, deseoso de no perder tiempo, pues la desaparición se había producido a las dos de la tarde, quiso revisar las habitaciones números 616 y 705. El propio director lo acompañó para facilitarle la entrada por medio de la llave maestra.

Los dos cuartos no presentaban señales que hicieran sospechar algo anormal. La ropa y el calzado ocupaban los lugares habituales y las maletas, cerradas, estaban a la vista.

En el cuarto de baño de la habitación número 616, unas medias secaban colgadas de la barra de la ducha. Sobre la cama, abierto por las páginas deportivas, un periódico local parecía aguardar el momento en que su dueño reanudaría la lectura.
En la habitación 705, cerca del cenicero con dos colillas apagadas, un paquete con dos pitillos solamente, sugería la idea de que alguien, probablemente un fumador empedernido, había considerado oportuno aumentar las disponibilidades con un nuevo paquete. «Sí -ratificó el comisario al encontrar un cartón de tabaco en el cajón de la mesilla de noche. El cartón había sido empezado recientemente y le faltaban dos paquetes».

Allí, no quedaba nada mas que hacer. Pero sí en la cocina y en el comedor.
En la primera dependencia, una inmensa sala azulejada hasta el techo en la que reinaba gran actividad ante el inminente servicio de la cena, el comisario Negreira habló con el jefe, pidió las boletas de servicio en las que aparecían los números correspondientes a los platos elegidos por los huéspedes acomodados en la mesa 114. También se hizo con la nota de pedido de la bebida. En los papeles podía verse, clara y legible, la firma del ocupante de la habitación 705.

Con objeto de no dejar ningún cabo suelto, solicitó la entrega de los boletos relativos a las cenas y almuerzos anteriores.

Era cierto; en todas ellas aparecía el número 705 e idéntica firma. No había necesidad de mezclar en el asunto a ningún perito calígrafo. La misma mano había firmado los siete boletos.

Indefectiblemente, cada quince minutos, los altavoces difundían el mensaje dictado por Negreira a su paso por recepción.

Después de abandonar la cocina, con gran alivio de cocineros y pinches que se encontraban apurados, pasó al comedor.

Era una estancia enorme con capacidad para quinientas personas, de acuerdo con la declaración del director. Cuatro puertas de batiente lo separaban de la cocina. Muy cerca da ellas, un empleado vestido con chaqueta roja y pantalón negro, se sentaba tras un mostrador. Era el encargado de recoger las notas de las bebidas y entregar las botellas a los camareros. Estos las trasladaban a las mesas. Otras dos amplias puertas daban acceso a la escalera y a los dos ascensores. El comedor se encontraba en el subsuelo, al que llegaba suficiente ventilación a través de grandes troneras de vidrio que se abrían a la calle permitiendo ver los tobillos de quienes pasaban.

De trecho en trecho, altas columnas cuadradas revestidas de espejos, rompían la monotonía del amplio espacio y reforzaban la solidez del vano que se extendía sobre las cabezas de los comensales. En la parte superior de las columnas, en el lugar donde se unían al techo, las rejillas del aire acondicionado estaban perfectamente disimuladas.

La perplejidad del comisario iba en aumento. Especialmente, cuando el maître confirmó que el comedor se hallaba completamente lleno cuando tuvo lugar el escamoteo de mesa, sillas y huéspedes, su capacidad de raciocinio sufrió un duro golpe.

«Esto no puede ser» -se dijo. «¿Cómo se van a desvanecer en el aire, sin que nadie observara nada anormal? Es materialmente imposible. Parece cosa de locos.»

Aunque el detective ya lo había hecho, en su presencia volvió a interrogar al jefe del comedor y al camarero que había atendido la mesa 114. Ninguno de ellos se contradijo de las declaraciones formuladas previamente,

– ¿Han comprobado si la plaquita con el número 114 se encuentra encima de otra mesa o, inadvertidamente, fue a parar a la cocina o a la basura? -inquirió el comisario.

– Ya lo hemos hecho tres veces, pero sin resultado alguno -respondió el maître.

Después de recorrer el comedor observándolo desde todos los ángulos, el director, el detective y Negreira, lo abandonaron a regañadientes. De momento no podía hacerse nada más.
A punto de irse, ya en la puerta, el último volvió a llamar al maître.

-¿Han contado las mesas y las sillas? -preguntó.

– Sí, señor. Las hemos contado y recontado. Faltan una y cuatro -fue la respuesta.

La reunión en el despacho de gerencia fue descorazonadora. El director no podía ocultar su preocupación y mal humor.

-Sólo llevo en este puesto mes y medio, pero antes he ocupado el mismo en otros hoteles. En total veinte años de profesión y nunca he visto ni oído nada igual. ¿Qué demonios vamos a hacer?. Si esto llega a saberse vamos a tener que cerrar.

– Lo que no podemos hacer es perder la calma. Eso sería fatal. Además, en realidad únicamente han pasado unas horas desde que no se les ve el pelo -dijo el comisario. Y pueden haber sucedido muchas cosas, y no forzosamente desagradables -añadió, al ver el gesto de duda del detective.

– Ya -insistió el director- y, ¿cómo se explica la huida de la mesa, las sillas, el mantel, las servilletas, cubiertos, platos, vasos? Supongo que no va a decirme que se fueron a dar una vuelta …

– Mire, por el momento no podemos hacer nada. No nos queda más remedio que esperar. A las once de la noche celebraremos la reunión de la que espero surja alguna luz, algún detalle que nos permita adelantar en la investigación.

– Pues, sí. Habrá que esperar. Y, pedir a Dios que esto se aclare. Si se entera la dirección de la cadena de hoteles, me consideraré afortunado si me permiten quedarme en calidad de friega platos.

La convocatoria para la reunión de la noche continuaba escuchándose cada cuarto de hora. Negreira había hablado varias veces con Comisaría para dar instrucciones acerca de distintos asuntos en marcha. No quería irse del hotel por si en su ausencia se producía alguna novedad. Cansado de permanecer en el despacho, pasó al gran salón dotado de cafetería y, sentándose en uno de los excesivamente mullidos divanes, pidió le sirvieran un café con leche.

Desde el lugar que ocupaba se dedicó a observar a los huéspedes. En algunos corrillos debía comentarse la desaparición que le traía de cabeza,pues se hablaba con evidente excitación.

A las nueve y media de la noche la presencia de viajeros en el salón, comenzó a hacerse más escasa. Mucha gente se dirigía al comedor. Eran los españoles, pues los pertenecientes a otras nacionalidades cenaban mucho más temprano.

El tiempo pasaba con lentitud exasperante y, para entretener la espera, el comisario pidió se le sirviera un sandwich y una cerveza.

Por fin, a las once menos cuarto, el director vino a buscarlo para acompañarle al salón en que se celebraría la asamblea.

Ya aguardaban el detective y algunos de los desconcertados componentes del grupo mermado de forma tan inesperada.

El comisario inició la conferencia rogando tuvieran paciencia otros diez minutos para dar ocasión de asistir a los rezagados. Transcurrido el plazo, se procedió al recuento de los presentes. Se encontraban allí cuarenta y cinco personas. Faltaban cinco. Las cuatro desvanecidas en el aire y una más.

Alguien aseguró que la quinta era una señora que tenía un hijo viviendo desde hacía años en Santa Cruz. Añadió que le constaba que se encontraba en casa de aquel.

– Bien; entonces, comenzaremos. Les supongo a todos enterados de lo que ha sucedido. Por el contrario, yo ignoro algunas cosas que deseo conocer. Cualquiera de ustedes que esté en condiciones de responder a las preguntas que iré formulando, que haga el favor de contestarlas.

– ¿Quién ha organizado su viaje?. ¿Han observado algún detalle extraño en el guía, en su esposa o en sus familiares? ¿Alguno de ustedes podría darme las descripciones de las cuatro personas o, mejor aún, tienen alguna fotografía de ellos?.

De las respuestas que, bastante ordenadamente, le fueron facilitadas, se desprendía que una institución financiera del norte de la península había organizado el viaje para aquellos jubilados que tuvieran domiciliado, en la misma la percepción de sus pensiones.

Alguien afirmó haber observado una cosa extraña en el guía y en su esposa. Cumplían a la perfección con sus obligaciones y eso no era frecuente en tiempos en que nadie …

– Claro, claro -concedió Negreira agregando a continuación que los detalles particulares a que se refería nada tenían que ver con aquel asunto.

Uno de los viajeros se levantó del sillón en que se encontraba arrellanado y le entregó la foto hecha con una máquina Polaroid. Había sido tomada el día anterior, con ocasión de la excursión al Teide. En ella aparecían las cuatro personas cuya desaparición había motivado la reunión. Estaban sentados alrededor de una mesa en la que podían verse los restos de su almuerzo. No tenían nada de particular y lo único que estaba claro era que lo pasaban bien. Todos sonreían.

– Mire, comisario -dijo el que había tomado la foto. Este era el guía.

– ¿Cómo que «era»? Esperemos que lo siga siendo. Aparecerán los cuatro sanos y salvos.

– He dicho era, porque siendo como era, una persona tan considerada con los demás, parece improbable que si no le ha ocurrido nada irremediable no haya comunicado al hotel el motivo de su ausencia.

– Hay ocasiones en que uno se ve imposibilitado de hacer lo que desea. Esta puede ser una de ellas. Me quedo con la foto. La necesitaré para publicarla en la prensa. Se la devolveré en el momento oportuno.

– ¿Cree usted, señor comisario, que han sido raptados? -preguntó una señora gruesa mirándole con mirada de ávida curiosidad.

– Señora, en este momento no puedo decir lo que creo, porque aún no he formado una opinión; por ahora, sé poco más o menos lo que ustedes. Y, pasemos a otra cosa. ¿Alguno conoce la dirección de la familia en la península?

Un silencio absoluto acogió la pregunta. «Habría que buscar por otro lado», pensó contrariado.»Sería más rápido ponerse en contacto telefónico directo con algún hijo para el caso improbable del regreso a casa. Pero aquello no era admisible si era cierta la personalidad del guía sobre la que coincidían todos los asistentes a la conferencia.»

– ¿A qué se dedican el guía y su cuñado?; ¿alguien lo sabe?

– Los dos son jubilados. El guía, de la propia empresa organizadora del viaje. El cuñado, de Ensidesa. Las mujeres, hermanas, amas de casa.

La respuesta venía a borrar de la mente del comisario la remota posibilidad de que se tratase de un secuestro. ¿Quién iba a ser el loco que secuestrase a cuatro personas a la vez? Y, para colmo, jubilados.

La eventualidad de la amnesia no hizo más que pasar fugazmente por su cerebro. Rápidamente, la rechazó por imposible. Jamás había oído hablar de cuatro amnésicos simultáneos.

No podía eliminar tan a la ligera la eventualidad de un accidente múltiple. Podían haber alquilado un automóvil sin conductor y sufrido un percance.

Negreira extrajo del bolsillo superior de la chaqueta una libretita y en la primera página en blanco anotó: hospitales, clínicas, sanatorios, S.S. y agencias de alquiler de automóviles. Después de unos instantes de vacilación, agregó una nueva línea: depósito de cadáveres.

– Señoras y señores, vamos a dar por terminada la reunión, caso de que ninguno de ustedes tenga algo de utilidad que añadir a lo ya dicho. Les doy las gracias por su cooperación y les ruego que hablen con el detective o el director del hotel si obtienen alguna noticia. Ellos estarán en contacto permanente conmigo. Ah, lo olvidaba; no se asusten cuando dentro de un rato comience el registro de las habitaciones del hotel. Vamos a revisarlas todas por si en alguna de ellas se
encuentran, voluntaria o involuntariamente recluidas, las personas que buscamos. Disculpen las molestias que vamos a ocasionarles. Comprendan que es un trámite necesario.

Los asistentes fueron dispersándose lentamente y el eco de sus excitados comentarios se apagó a lo largo del pasillo.

Cuando sé quedaron solos, el comisario dio la orden de marcha.

– Pero, ¿usted sabe la que se va a armar cuando comencemos a importunar a los huéspedes a estas horas?. El hotel está lleno de franceses, ingleses, alemanes e italianos. Todos ellos se acuestan con las gallinas. Hace mucho que están durmiendo. Me la voy a cargar. Corno director…

– Como director -cortó Negreira- está usted obligado a prestar la máxima colaboración a la policía. Además, yo me hago responsable.

El director tenía razón. A la llamada en cada puerta sucedía invariablemente una bronca monumental. Los impasibles británicos perdían su habitual flema tan pronto como se enteraban de que su habitación iba a ser objeto de registro. Los franceses olvidaban su «gentillesse», y los italianos proferían un interminable chorro de improperios que comenzaban con «mascalzoni» y terminaban por impecables cortes de manga. Los alemanes, más ecuánimes o más lentos en despertar, se limitaban a exclamar, elevando los ojos al cielo raso: «Gott im Himmel».

A las cuatro y media de la madrugada finalizó el registro. Fue una operación fatigosa, desagradable y completamente inútil.

Tul comisario se retiró a su casa completamente agotado, después de ordenar en recepción que si se producía alguna novedad, por mínima que fuese, lo llamaran por teléfono. A su domicilio o a la comisaría.

El día siguiente transcurrió sin noticias de los cuatro escurridizos viajeros. Parecían haberse volatilizado. Las gestiones realizadas en los lugares anotados en la libreta de tapas negras, no dieron resultado positivo. La familia, en Oviedo, había sido contactado por si la aparición se producía allí.

Otra angustiosa jornada se deslizó con lentitud agonizante. Nada aún. Se acercaba el día en que la expedición debería regresar a la península; con o sin guía. La marcha no podía retrasarse. El extraordinario eclipse de personas y muebles había tenido lugar el lunes hacia las dos de la tarde. El jueves a las nueve y media de la mañana, aún no se conocía su paradero.

A las diez y veintitrés, un equipo de personal del hotel constituido por cinco mujeres, se dirigió, como todos los jueves a aquella misma hora, al cuarto de la plancha. Allí llevarían a cabo la tarea de planchar la ropa de cama, manteles y servilletas. Se hacía todas las semanas. En otra habitación de tamaño mas reducido se procedía diariamente al planchado de la ropa de los huéspedes.

La encargada del equipo o gobernanta, eligió del grueso manojo la llave que daba acceso a la puerta del cuarto. Al tacto, tomó la que correspondía. No necesitaba mirar lo que hacía. Llevaba muchos años manejando las llaves del hotel.

Dio la vuelta al instrumento, encendió la luz situada en el exterior, avanzó un paso y entró en la habitación.

Lo que vio le hizo emitir un grito que aterrorizó a las chicas que venían detrás.

Dos hombres y dos mujeres parpadeaban deslumbrados bajo la fuerte luz. Estaban desgreñados y presentaban síntomas de encontrarse exhaustos. Los desaparecidos habían regresado al mundo de los vivos.

Después de que fueron satisfechas sus necesidades mas perentorias, tras consumir los alimentos y la bebida facilitada a toda prisa, pero con la lógica cautela, llegó la hora de las explicaciones.

En el despacho de gerencia el director, el detective y el comisario las escucharon en un silencio pleno de escepticismo. El guía percibió la palpable atmósfera de duda que se había adueñado del improvisado tribunal y pidió que se les acompañara al comedor.

– Una imagen vale más que mil palabras -dijo un tanto amoscado ante su evidente falta de credibilidad.

Descendieron, pues, al comedor. Allí, solicitó que se le permitiera colocar una mesita en el lugar exacto que ocupaba la 114 el día de la desaparición.

Las furibundas miradas del director no consiguieron alejar al personal de cocina y comedor, de manera que la sala se hallaba casi tan concurrida como en las horas punta.

– ¿Cree usted que la mesa está más o menos en el mismo sitio? -preguntó al camarero que les había atendido el día del eclipse.

– Sí, señor -respondió aquel.

– Así es -confirmó el maître.

– Vamos a sentarnos tal como lo habíamos hecho entonces. Vosotros -apuntó-estábais así, tu aquí y yo,aquí.
Verán ustedes -continuó el guía después de hacer una pausa. Para comprender el motivo que nos impulsó a actuar de la forma que lo hicimos, será preciso que antes sepan que mi mujer atrapa unos catarros imponentes en cuanto se pone en corriente y …

– Lamentable; pero, ¿qué tiene que ver una cosa con otra -interrumpió el comisario. No veo la relación. Además …

– Permítame que continúe y lo comprenderá. Aquella tarde, cuando nos dispusimos a comenzar el almuerzo, alguien puso en marcha el aire acondicionado. Por cierto, ahora no está funcionando. Hagan el favor de echarlo a andar.

La orden fue obedecida pues, instantes más tarde, en el expectante silencio del comedor, comenzó a escucharse el siseo característico del moderno sistema de ventilación.

– Quedamos en que íbamos a dar principio a la comida cuando Eufemia estornudó con potencia.

Entonces observé que, debido a que nos hallábamos situados entre dos columnas próximas, un chorro de aire fresco procedente de la rejilla de la izquierda rebotaba contra la columna de la derecha. Propuse el cambio de puesto, pero sin resultado. El aire más bien frío de la rejilla derecha golpeaba contra la columna izquierda. Si antes del cambio, mi mujer recibía la corriente en plena cara, después incidía en medio de la espalda….

-Pero, bueno; ¿es que no va a terminar nunca? -preguntó indignado el detective, incapaz de permanecer durante más tiempo oyendo majaderías.

– Tengan paciencia cinco minutos más, por favor, y todo quedará aclarado -rogó, ya un poco enfadado el guía.

En vista de que las variaciones de puesto no eliminaban el problema y los estornudos arreciaban -prosiguió- propuse poner en práctica una idea que se me ocurrió sobre la marcha (entonces me pareció algo genial). Le dije a Abel, sentado dándome cara, que levantara la mesa y la fuera trasladando hacia mí. Eufemia y Encarna debían mover sus sillas en la misma dirección. Mientras tanto, yo haría retroceder mi propia silla. Con aquel procedimiento, yo esperaba que los cuatro pudiéramos situarnos en la desenfilada (si me es dado utilizar un término de táctica militar).

Repetimos sincronizadamente los movimientos tan cautelosamente, que nadie advirtió el paulatino retroceso hacia la pared, revestida, como todas las del comedor, de paneles de espejo.

A los pocos momentos comprendí que el plan había sido excesivamente ambicioso. Si me hubiera conformado con detener la marcha a medio metro, a veinticinco centímetros, sólo a unos milímetros de la pared, nada hubiera sucedido.

Pero no fue así. Quise aprovechar demasiado el espacio. Coincidió un impulso desmedido y general con mi tropiezo contra el espejo, y una puerta de doble hoja se abrió repentinamente a retaguardia. Cuando logramos suspender la marcha nos encontrábamos fuera del comedor y dentro de una habitación repleta de ropa blanca (sábanas, toallas, y cortinajes), colocada en anaqueles dispuestos a lo largo de las paredes, No habíamos tenido tiempo para reponernos de la sorpresa cuando, de inmediato, la luz se apagó y la puerta se cerró automáticamente, sin hacer el menor ruido.

Intentamos abrirla, pero nos fue imposible. Tampoco logramos nada con otra puerta situada en el extremo opuesto.

Establecimos turnos para gritar pidiendo ayuda. Nadie parece habernos oído. Afortunadamente, la trampa en que caímos, estaba provista de servicios higiénicos, porque, de no ser así, la hubiéramos puesto perdida. No hemos pasado sed, pero sí un hambre considerable, Y esto ha sido todo.

Y, ahora, permítanme que les demuestre lo que acabo de decirles.

El guía se levantó de su silla y llevándola en la posición en que los domadores la utilizan para penetrar en la jaula de los leones, se acercó al espejo. Suavemente, apoyó el respaldo en la pulida superficie y, en medio de un ¡oh! de admiración, la puerta oculta se abrió. La silla fue retirada y, en cuestión de instantes, la puerta volvió a cerrarse silenciosamente.

– Todo está aclarado. Y, sin embargo, ¿cómo es posible que no se hayan escuchado sus gritos? -preguntó pensativo el comisario.

– Mi padre -dijo un pinche de cocina vestido de blanco de pies a cabeza- fue empleado del hotel hace años. Me contó que, al principio, o sea, cuando se inauguró esto, esa habitación estaba destinada a guardería. Las paredes deben estar acolchadas.

– Eso lo explica todo -dijo Negreira, cerrando la libreta con la que jugaba inconscientemente desde que había comenzado la demostración.

Pedro Martínez Rayón, ¡Atchis! y otros estornudos mentales

Symphorien y el paraguas locuaz

Symphorien y el paraguas locuaz fue galardonada con el IV Premio de Novela Corta «Villa de las Rozas». Pedro la presentó con el título de La sequía. El galardón le fue entregado por Rafael Alberti.

Pedro Martínez Rayón, galardonado con el premio

Enlace al pdf de la novela Symphorien y el paraguas locuaz

ZARABANDA

Cuando aquella noche, por detrás de los cristales, contemplé la calle, continuaba lloviendo. Era una lluvia menuda, persistente, que dejaba las aceras brillantes y relucientes como pasillos perfectamente encerados. De trecho en trecho, la luz pugnaba por abrirse paso entre las tinieblas poniendo de relieve el incesante goteo. Era una noche que no prometía nada bueno para el día que habría de seguirla.

Al despertar a la mañana siguiente, con el perfume del café recién hecho, por la puerta entreabierta de mí habitación llegaron hasta mí los ruidos que mi madre hacía con sus preparativos de marcha. Se iba a casa de mi hermana con la que pasaría unos días para acompañarla y ser testigo del nacimiento de su primer nieto.

Instantes más tarde, la viajera asomó la cabeza en el dormitorio y, sin pasar, dijo: “No te molestes en levantarte. Ya he pedido un taxi y solamente llevo una maleta pequeña. Como es para tan poco tiempo… Tú aprovecha hoy; mañana tienes que empezar a madrugar. Recuerda el despertador. Ah, y a ver lo que comes. No hagas como la última vez que estuve en casa de tu hermana. Si sales luego, llévate el paraguas. Hace un día horroroso.”

Seguramente hubiera continuado con sus recomendaciones pero, en aquel preciso momento ambos escuchamos las repetidas llamadas de un claxon que reclamaba su presencia. El taxi la esperaba.

Entró, entonces, apresuradamente, me besó cariñosamente y, prometiendo llamarme para cerciorarse de que no había novedades, se fue.

En el silencio producido por su marcha, roto únicamente por el siseo causado en el exterior por el agua desplazada por los automóviles, pensé en que aquel era mi último día de vacaciones, las primeras desde que había comenzado a trabajar como economista en un banco. Era cierto que el periodo de holganza me había venido bien para descansar, pero también era verdad que durante todo el mes apenas había visto el sol dos días completos. Septiembre no era un mes apropiado para hacer vida al aire libre.

No sabía cómo emplear las últimas horas de libertad. Con cierta desgana, me levanté. Eran las once y media. Antes de pasar al cuarto de baño, me dirigí a la cocina. Olía muy agradablemente. Una vez más me dije, sirviéndome una taza, que el café resultaba más atrayente por el olor que por el sabor. Bebí lentamente su contenido y, a punto de darle fin, encendí un cigarrillo. Era el primer acto de afirmación de independencia que me permitía en ausencia de mi madre. Ella no me lo habría consentido sin atiborrarme previamente de tostadas, mermelada y mantequilla.

Poco después, más animado, me aseé, vestí y salí de casa cerrando cuidadosamente con llave. Al llegar al portal, viendo la gente presurosa protegida con sus paraguas, observé que había olvidado el mío. De mala gana, volví a tomar el ascensor y subí a por él.

Ya en la calle, con aquel incómodo adminículo sobre la cabeza y sujetando fuertemente el puño de plata entre ambas manos, pues el viento arreciaba, fui discurriendo sobre las ventajas e inconvenientes de aquel chisme que, en mi fuero interno, denominaba “mal necesario”. Lo cierto era que se trataba de un trasto ridículo dotado de una increíble tendencia a extraviarse. Yo mismo, reconocí, perdía más veces el paraguas que la paciencia.

Y con aquel debía tener un especial cuidado. Era un artículo de lujo. De seda fina, impermeabilizada; sus varillas reforzadas, de acero inoxidable y muy ligeras. El puño, de plata -como ya he dicho-, representaba fielmente una cabeza de galgo. ¡Que Dios se apiadara de mí si la futura abuela llegaba a saber que aquel distinguido ejemplar -su obsequio de cumpleaños- siguiendo el comportamiento de múltiples antecesores, me abandonaba caprichosamente sin despedirse!

Tampoco saldría muy bien parado cuando se enterase de que el elegante pertrecho ya había mancillada con un diminuto desgarrón, muy cerca de la varilla próxima a la presilla de cierre. Era invisible cuando se encontraba plegado, pero a los ojos de zahorí de mi madre poco se ocultaba. Lo dicho; en guardia permanente o tendría un buen disgusto.

Haciéndome estas reflexiones, llegué ante la cafetería en la que me proponía aguardar la llegada de un par de amigos. Empujé la puerta con el hombro mientras cerraba el paraguas. Lo plegué cuidadosamente, realizando así el segundo acto de rebelión contra mi progenitora -que me tenía terminantemente prohibido hacerlo antes de que estuviese seco- y lo introduje en el paragüero en el que ya se encontraban otros cuatro o cinco.

Me acerqué a la barra y, sentándome en un alto taburete, pedí un whisky. Era lo mejor para entrar en calor y ahuyentar los efectos de la elevada humedad. (Tercera insubordinación hacia la autora de mis días, defensora acérrima de la teoría que afirma las propiedades perforadoras de “esa porquería, ¡uf, qué asco!”.

Llevaba el vaso a los labios para tomar el primer sorbo cuando Martín, uno de los amigos que esperaba, palmeó afectuosamente mi espalda haciendo que el ardiente licor pasara por un camino inadecuado.

“Vengo solamente a advertiros de que no contéis conmigo. He de irme a comer ahora mismo. Esta tarde nos visita el Inspector de Hacienda y tengo que estar en el comercio antes de las tres”, me dijo. Y, sin detenerse un momento, ya en marcha, añadió: “Os veré esta noche aquí, como siempre.”

Otra vez solo, me dediqué a la copa que tenía en la mano y a observar las idas y venidas de los clientes que entraban y salían incesantemente. Pero, durante todo el tiempo que permanecí allí, resuelto a no olvidar el paraguas, no perdí de vista por un momento el mueble, una especie de enorme papelera, en que lo había depositado a mi entrada. Ahora estaba bien acompañado. Compartía el lugar con otros seis o siete más y, por esa razón, cada vez que alguien se dirigía a aquel rincón, yo comprobaba atentamente los que se retiraban para que no se produjese algún error.

Cuando estaba a punto de dar fin a la consumición, oí que se voceaba mi nombre. Me llamaban al teléfono, instalado en la esquina de la barra opuesta a la que yo ocupaba. Uno de mis amigos comunicaba que ni él ni Luis podían venir.

Un tanto aburrido, decidí marcharme a casa y tomar algo allí; el plato rápido que, con evidente satisfacción, despachaba un hombre -que no se había despojado del sombrero ni del abrigo de pelo de camello color marrón- no presentaba un aspecto muy apetitoso. No obstante, comía con avidez. Debía sentir hambre, pues estaba rodeado de alimentos. Además de un par de huevos fritos, dos gruesas salchichas, un enorme filete de carne, y lo que me pareció un saco de patatas fritas, tenía a su alcance una respetable fuente con ensalada de lechuga y tomate. Junto a su codo aguardaba turno una descomunal ración de tarta. El camarero buscaba espacio para añadir a aquellas provisiones una jarra de cerveza, la segunda, y un gigantesco bol lleno hasta los bordes con Mouse de chocolate.

Observé todo esto al mismo tiempo que privaba de la compañía de mi paraguas a los que aún permanecían en el paragüero. El hombre del festín no levantó la mirada de las vituallas.

Cuando me había alejado unos treinta o cuarenta metros de la cafetería, comenzó a llover de nuevo. Apresuradamente, abrí el paraguas y, sorprendido, comprobé que no era el mío. Era exactamente igual, pero éste tenía, colgada de la parte más alta de una de las varillas, una tarjetita de aluminio en la que podía leerse: Ramón Gómez Rendir; seguía la dirección.

“¡Vaya -pensé-, D. Ramón es tan despistado como yo!”. Claro que la confusión es bien natural. Son dos paraguas gemelos. La cosa tiene fácil solución. Y pronta, pues el hombre vive en esta misma calle.”

Apreté el paso y enseguida me encontré ante el número 172. Subí al primer piso y oprimí el timbre. La doncella que abrió la puerta cogió la tarjeta de visita que le ofrecí y me dijo: “Voy a ver si está D. Ramón. Tenga la bondad de esperar un momento.”

Regresó minutos después, diciendo: “Sígame, por favor.”

El señor que me recibió era un hombre de unos setenta años. Su cabeza, calva como un huevo y con la forma de uno de ésos, reflejaba la luz de la lámpara bajo la cual leía el libro que depositó sobre una mesita baja, al tiempo que se levantaba de un confortable sillón frailuno para venir a mi encuentro con la mano extendida.

“Vd. dirá qué desea señor…, señor Alba”, murmuró echando una ojeada a mi tarjeta, que retiró del bolsillo superior del batín. “Perdone que le reciba así -añadió- pero…”

Por favor -le dije-, no se excuse. He venido a traer su paraguas, con la esperanza de que usted tenga el mío. En los locales públicos, como la cafetería Tívoli, deberían entregar números a cambio de paraguas, abrigos y otras prendas. Así, se evitarían confusiones.”

“Tiene usted razón -respondió. Pero, siéntese un momento mientras voy a buscar su paraguas que, efectivamente, he traído por error.”

Regresó, no antes de que yo hubiera tenido la oportunidad de ver una fotografía de un D. Ramón muchísimo más joven, vestido con la toga de los hombres de leyes. Traía, ciertamente, mi paraguas.

Cuando hicimos el intercambio no pude evitar una sonrisa y, para eludir una errónea interpretación, comenté: “Parecemos dos generales cambiando las espadas en una original ceremonia de relevo.”

El dueño de la casa rió con buen humor y asintió diciendo: “Pues, en realidad, sí. Los paraguas son las armas con las que nos defendemos de las inclemencias del tiempo. Es la húmeda guerra contra la lluvia.”

Al decirle que debía irme, pretexté un quehacer urgente, me escoltó a la puerta explicando que Rosario, su ama de llaves y única compañía en aquel piso enorme, había tenido que salir y estaba solo. Nos despedimos amistosamente y me fui a casa. Había cesado de llover así que, satisfecho por la impecable operación de rescate, llevada a cabo sin el menor fallo, caminé balanceando negligentemente, a modo de bastón, el dichoso artefacto.

Próximo a mi domicilio, el regatón se deslizó sobre una losa y se quedó prendido en la agarradera de un registro de aguas. Tiré del paraguas con cuidado pues no era cosa de romperlo después de aquella recuperación milagrosa. Volví a hacerlo, esta vez con más fuerza, pero en vano. Evidentemente, se trataba de una atracción muy fuerte que podía finalizar en unión verdadera. Entonces, delicadamente, inicié un giro de la empuñadura hacia la derecha acompañado de un enérgico tirón hacia arriba.

El resultado de mi desesperada maniobra fue sorprendente. El puño se me quedó en la mano mientras del extremo inferior de éste se desprendía un tubito de plástico. Afortunadamente, ninguno de los escasos transeúntes se había percatado del extraño suceso. Recogí ambas partes y, casi a la carreta, llegué a mi casa.

La introducción de la llave en la cerradura coincidió exactamente con el primer timbrazo del teléfono. Supuse que sería mi madre y, cerrando la puerta con el tacón del zapato apenas hube traspasado el umbral, levanté el aparato de su horquilla y pude escuchar una voz desconocida que me preguntaba: “¿Es el señor Alba?” y, sin darme tiempo para responder, añadió: “Soy el comisario de policía Yuste. No pierda ni un minuto. Salga de su piso inmediatamente, pero no descienda a la calle. Váyase a una vivienda contigua. Deje una ventana abierta; no se detenga y llame luego al número… preguntando por mí. Ah, y llévese el paraguas junto con su contenido.”

Trofeo IV Premio de Novela corta

Trofeo IV Premio de Novela corta «Villa de las Rozas» entregado por el poeta Rafael Alberti a Pedro Martínez Rayón por su novela Symphorien y el paraguas locuaz.

Recorteperiodicorozasabc

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