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Vida social en el Arca

A lo largo de los tiempos han sido muchas las ocasiones en que la casualidad ha ido abriendo puertas a los hechos científicos.

En esta oportunidad ha ocurrido lo mismo. El ojo financiero de un grupo de acaudalados hombres de negocios adquiriendo terrenos para construir y la curiosidad de uno de mis amigos, catedrático en la Universidad de Ankara, decidido a inspeccionar el desván de la casa en que nací, situada en las afueras de la ciudad y destinada -junto con otras de la zona- al derribo, permitió el hallazgo del cuaderno de bitácora de Noé.

Uno de mis bisabuelos había formado parte del equipo que escaló por primera vez, en el año 1840, las dos cumbres del monte Ararat, y de allí, como correctamente supuso el profesor, trajo aquel conjunto de roídos papiros que permanecieron ignorados hasta 1960 en el polvoriento desván, y que habrían desaparecido a no ser por el espíritu investigador de mi amigo.

Cuando, al escuchar el espeluznante grito proferido por Kusmet, acudí corriendo espantado por la visión de alguien que se había caído por la escalera fracturándose los huesos, le encontré sentado sobre un antiquísimo arcón, con las gafas en la punta de la nariz y el cuello retorcido para aprovechar la poca luz que se filtraba, entre abundantes telarañas, por una claraboya.

Reía como un poseso y con los talones golpeaba nerviosamente la parte inferior de su improvisado acomodo.

«Pero, ¿tú sabes lo que tienes aquí? -me preguntó- ¿Tú te das cuenta del valor científico que representa esto?». Y sin transición añadió: «Tú que vas a saber. Pues se trata, nada más y nada menos que ¡del diario de navegación de Noé!

«¡Y pensar que mi padre me decía que estudiara alemán y que me dejara de pasar el tiempo con el arameo!».

Después de ímprobos esfuerzos logré calmarlo lo suficiente para que accediera a descender a la planta baja donde, al menos, podía sentarse cómodamente y gozar de más luz. Pero, tan pronto como se vio libre de mi fastidiosa solicitud, comenzó a leer en voz alta, ordenándome, como si yo fuera una simple secretaria, tomar algunas notas.

En conjunto, la memoria resultaba un soberano tostón. Día tras día, y a partir de la «primera jornada», se repetían las mismas palabras: «Navegamos a la deriva.» «Ignoro a donde nos dirigimos.» «No se ve más que agua.» «Continúa lloviendo.»

Aquello era natural porque, realmente, Noé carecía de conocimientos naúticos, y aunque dispusiera de instrumentos de navegación -sextante, por ejemplo- no le valdrían de nada pues al no verse el sol, no podía tomar la altura del mismo. Por otra parte, si el arca estuviera dotada de remos, ¿quién sería capaz de mover, a fuerza de brazos, aquella mole de 160 metros de largo, 25 de ancho y 15 de alto? ¿Y de poder dirigirla? ¿Hacía qué lugar encaminarla si todo estaba anegado?

Así que Noé se fiaba de Dios y flotaba, que era mucho más de lo que podía hacer el resto del género humano y cuantos animales no habían tenido la fortuna de ser elegidos para pasar a bordo.

El viaje no era, ni mucho menos, un crucero de placer. Noé, sus familiares y los irracionales que les acompañaban se encontraban hacinados y sumamente incómodos.

Era inevitable que, tras los primeros días, comenzaran a producirse algunas muestras de descontento. Y aquí, al relatar éstas, fue donde Noé empezó a dar señales de que era capaz de escribir, aunque sólo fuera de forma medianamente interesante, un relato que no actuara como improvisado soporífero.

Estoy seguro de que, modernamente, un especialista en el estudio del comportamiento animal hubiera sacado más partido de la situación que el justo Noé. Además, el manuscrito, quizás por la acción del tiempo, de los roedores o de ambos agentes a la vez, presentaba algunos defectos que hacían prácticamente imposible su total traducción.

No obstante, lo que quedaba era suficiente para poner de relieve la revolución, sin sangre todavía, que se fue gestando en el seno del zoológico flotante.

Como en aquella época animales y hombres utilizaban la misma lengua, Noé tenía la oportunidad de entender sus conversaciones que él preservó en el diario para la posteridad.

En la anotación correspondiente a la jornada veintiuna, el insospechado cronista mencionó la primera protesta. La formulaba un elefante que, por razones obvias, se había visto obligado a permanecer apartado de su pareja. el ocupaba el lado de babor. Ella no podía moverse de estribor. Noé suponía, acertadamente, que colocar unos doce mil kilos -pero aproximado del citado dúo- en la misma banda, constituiría un experimento que arriesgaría innecesariamente la flotabilidad de la embarcación. No le agradaba tomar aquella desagradable medida, pero atendiendo ante todo a la seguridad, la puso en práctica.

De nada sirvió que Noé tratara de razonar con los elefantes. Estos aducían que se sentían discriminados y que, a su alrededor, veían a cada oveja con su pareja. Esto último, naturalmente, era un decir, pues ovejas sólo habían emparejado a dos; un macho y una hembra. Noé tuvo que terminar prometiendo que, tan pronto como fuese posible, sin atentar contra la integridad del arca y el pasaje, intentaría reunir ambos paquidermos. El macho dijo la última palabra observando amenazador: «No olvides que los elefantes tenemos una memoria prodigiosa».

Dos días más tarde, es decir, en la jornada veintitrés, las jirafas se quejaron de que la hojarasca que les servían de comida, depositada en el suelo, les quedaba muy fuera de su alcance y debían doblarse en exceso para conseguirla. La boca se abría a casi seis metros por encima de su alimento. Por si esto fuera poco, hojas y hierbas habían ido secando y tenían un insoportable sabor a rancio.

Para dar satisfacción a sus cuellilargos pasajeros, Noé, convertido una vez más en carpintero de ribera, dispuso un ingenioso pesebre abriendo dos agujeros en el techo, por el que las jirafas pasaban parte de sus cuellos y cabezas para tomar el sustento depositado en el suelo del piso superior. En cuanto a mejorar la calidad del general yantar -todos los animales eran vegetarianos-, imposible. Habrían de arreglarse con lo que se encontrara a su disposición. Y que no faltase, pues si aquella pertinaz lluvia duraba mucho tiempo, se decía Noé, no habría manera de repostar. Por falta de agua no debía preocuparse, pero sin sólidos, qué iba a ocurrir. En fin, Dios proveería.

Entretanto, la monotonía del paisaje era tal que los ánimos comenzaban a flaquear. Navegaban por un inmenso y solitario océano. No se vislumbraba una sola señal de vida. El incansable infinito de las aguas les cercaba por todas parte, convirtiéndoles en viajeros que no iban a ningún lugar.

Únicamente Noé, con una fe inquebrantable, se encontraba libre de dudas y temores. Pero debái hacer frente a una situación que se deterioraba por momentos. Los animales no se recataban para expresar en voz alta su desagrado. Deseaban, decían a quien quisiera escuchar, volver a vagar libremente bajo los árboles, tumbarse al sol y rascarse las picaduras de las pulgas. Ahora, en un encierro tan prolongado como el que les mantenía en el arca, ni siquiera podían dedicarse a tarea tan sencilla y entretenida, pues solamente figuraban en el rol una pareja de pulgas a las que le habían prohibido formal y expresamente ejercer su oficio.

«Esta situación es insoportable», afirmaban.

Entonces, los búhos, que a partir de aquel momento comenzaron a gozar de fama de sabios, propusieron celebrar una asamblea general en la que se decidiera tomar alguna iniciativa para dar fin a su estado de inocentes presos, ignorantes de la duración de la sentencia.

Ellos, los animales, al fin y al cabo, no tenían la culpa de las maldades cometidas por el hombre. Si el género humano debía desaparecer a causa de sus inicuos pecados, no era justo que los brutos, seres inferiores, pagaran el pato.

Al escuchar esta observación, las ciento quince especies de la familia de las anátidas gritaron: «eso, eso».

Para decidir si se realizaba o no el original congreso hubo de acordarse, antes, el método que habrían de utilizar para recoger el voto de las bestias que no podían moverse de los lugares que ocupaban, so pena de alterar el equilibrio de la embarcación. El sistema elegido fue también el que pusieron en práctica en la celebración de la propia asamblea.

El concurso de las aves fue fundamental en ambas operaciones. En un vuelo podrían reunir las manifestaciones de cuantos tuvieran derecho a voto, o lo que es lo mismo, de todos los animales que viajaban en el arca.

La jornada treinta y tres fue la elegida para el acontecimiento. Desde muy temprano, aquel día pudo escucharse el intercambio de los más variados proyectos y las más descabelladas proposiciones. La toma de una decisión prometía resultar laboriosa y complicada, pero como -en realidad- no tenían cosa mejor que hacer, el detalle no les preocupaba.

La pareja de búhos, como promotores de la idea aprobada posteriormente por unanimidad, era la encargada de actuar en calidad de moderadora.

Buho real

Iniciaron la sesión con la propuesta de un presidente que dispusiera de voto de calidad.

A la petición de presentación de candidatos siguió un silencio general, roto finalmente por la voz del león, afirmando: «Estoy seguro de que el puesto me corresponde por derecho. No en vano se me conoce como el rey de la selva.»

Esta manifestación fue acogida con tímidos murmullos de desaprobación. La pantera incluso se atrevió a decir: «Aquí, desgraciadamente, no estamos en la selva. ¡Qué más quisiéramos! En fin, no es que yo pretenda el cargo, pero creo que tú no eres el más indicado.»

El león, estirándose cuanto pudo, exclamó irónicamente: «A otro can con ese hueso.»

El perro, que hasta aquel momento se había limitado a asentir a todo como si la cosa no fuese con él, se sintió profundamente ofendido y pidió la palabra, según aseguró, por alusiones.

Pinto: Zasi, la gata y Nico, el dálmata.

Los búhos se la concedieron y el perro, haciendo visibles esfuerzos para ocultar la rabia que le consumía, aseveró: «Ignoro de quién ha partido la innoble calumnia de que mi especie siente una predilección irresistible por los huesos. Se trata de un infundio alevoso que, enérgicamente, rechazamos. No sé lo que sucederá en el futuro -si salimos de ésta-, pero hasta hoy y desde siempre, hemos sido tan herbívoros como vosotros.»

El león, con una elegancia de espíritu que, de momento, le granjeó las simpatías del concurso, sin pedir ni siquiera la palabra, se apresuró a decir: «Te ruego me perdones. He estado de lo más desafortunado con mi tonta expresión.»

En este momento, uno de los búhos, temiendo que, con tantos dimes y diretes, la asamblea se les fuera de las manos y deseando, al mismo tiempo proceder sin más tardanza al nombramiento del presidente, interrogó una vez más: «¿Desea algún otro presentar su candidatura?; además del león, naturalmente.»

Transcurrió un buen rato y nadie respondió. En vista de ello, el moderador añadió: «Como no contamos con ningún candidato de última hora, entiendo que el león puede ocupar el puesto. Deseo que en su gestión actúe con la mayor prudencia y sus decisiones cuando haya de tomarlas, se encuentren regidas por la sabiduría.»

El león, entonces, avanzó un poquito -los escasos centímetros que el reducido espacio le permitían- acompañado de la leona que anhelaba compartir con su pareja tan importante momento en sus vidas.

«Hermanos -comenzó diciendo el recién nombrado presidente-, nada más lejos de mi intención que pavonearme presumiendo…»

«Bien empezamos -interrumpió el pavo real-. ¿Es que otros, aunque no tengan plumas de colores, como nosotros, no presumen de lo que tienen… o creen tener?», terminó malévolamente.

© 2010 M.T. Bravo Asturias. Oviedo. Parque San Francisco

«Te aseguro, hermano pavo -siguió diciendo el león- que mis palabras no encerraban la menor censura para tí ni para tu especie, que constituye un alegre espectáculo para los ojos. Lo que, de verdad, quise decir era que me propongo desempeñar las tareas inherentes a mi cargo con una gran dosis de humildad y dispuesto a servir en todo momento los intereses de la comunidad que me ha elegido. No soportaría que, con razón, alguno de entre vosotros pudiera decirme: «Cría cuervos y te sacarán los ojos.»

Al escuchar el repentino rumor de alas y los crecientes murmullos que se empezaban a elevar en el sector ocupado por los córvidos, el orador farfulló atropelladamente: «Os ruego que no os deis por aludidos. He querido expresar el horror que me causaría el merecido calificativo de ingrato. La emoción me ha hecho volver a la edad del pavo en la que uno…»

«Y, ¿qué ocurre con la edad del pavo?», volvió a interrumpir soliviantado el mismo faisánido que tan mal había tomado las primeras palabras del presidencial orador. «Todos los pavos -continuó- tenemos la edad contado desde el día de nuestro nacimiento. como todo el mundo, como vosotros. Ignoro por qué se alude a nuestra edad en tono burlón y peyorativo. Quizás yo no esté enterado y tú, presidente, en vez de tener la edad del león, tengas la del buey o la de cualquier otro animal, en cuyo caso eres un fenómeno de feria.»

La hembra del nuevo presidente, que se las había prometido tan felices, susurró algo al oído de su consorte, pero éste, muy molesto por las faltas de tacto cometidas,  no estaba para sugerencias. Así que, con lo que pudo constituir el primer gesto machista del reino animal, le mostró los dientes y recomenzó su perorata.

«Como os iba diciendo, hermanos, trataré de ser un presidente abierto a cuantas ideas se me formulen. Además, podéis contar con que cuando me equivoque -como acabo de hacer al mencionar la edad del pavo- reconoceré mi error pues no deseo se me tenga en cuenta por ser tan terco como una mula y…»

El concertado conjunto de iracundas protestas procedentes de todos los equinos ahogó sus palabras. Cuando la barahúnda decreció en intensidad, la mula, que aún sabiéndose un híbrido se sentía ufana de su linaje, hizo oír su más enérgica protesta contra lo que calificó de abuso de poder e injustificadas alusiones a indemostrables características de su raza. Finalizó añadiendo que desde el momento en que comenzó a hacer uso de la palabra, el león se había limitado a calumniar despiadadamente, recurso muy utilizado por autócratas y tiranos de la más baja estofa. Lo que hacía preguntarse si no se encontrarían en manos de un fascista disfrazado.

Ante la marea de aprobación que la acusación de la mula levantó entre los reunidos, el león se sintió absolutamente abochornado. Desconocía de qué manera conseguiría remendar el desgarrón que aquel torpe proceder había causado en su propia imagen.

Esperó unos momentos y, cuando se hizo el silencio, resolvió reanudar la ajetreada alocución. Estaba decidido a huir de todo término comparativo, metáfora y alusión -más o menos velada- a las familias, hábitos y peculiaridades de sus camaradas de cautiverio náutico.

Al llegar a este punto, Kusmet, que llevaba un rato leyendo dificultosamente porque la oscuridad había ido adueñándose de la habitación en que nos encontrábamos, me pidió que encendiera la luz. Cuando lo hube hecho, el profesor prosiguió.

«Queridos hermanos -principió el melenudo conferenciante- he de reconocer que mis palabras no han sido afortunadas. En mi descargo he de decir que ninguna de ellas pretendía agraviaros. Yo no soy, de ninguna manera, lo que la mula de fácil verbo ha insinuado, pero admito que, por cuanto he dicho hasta el momento, podría confundírseme con un ser reprobable. Concededme, al menos, el beneficio de la duda. Nunca he sido un ratón de biblioteca y…»

Ya estaba. La había armado nuevamente, pues los roedores, a una, promovieron un gran escándalo y, a gritos, proponían se pronunciara una moción de censura contra el orador. Poco faltó para que los ofendidos consiguieran su propósito pero, en definitiva, no se tomó decisión alguna.

De todos modos, el búho, a instancias de un buen número de animales, se vio obligado a tomar la palabra para calmar los ánimos excesivamente enardecidos por la desmesurada cantidad de disparates contenidos en las breves parrafadas del león.

«Amigos, amigos. Silencio, por favor. Hagamos un esfuerzo generoso que nuestro deseo de cambiar la penosa situación que padecemos merece. Honestamente creo que el león no trata de ofender a nadie. Debe tratarse, sencillamente de una incoercible fijación psicológica…»

«¿Y eso, ¿qué es?», murmuró medrosamente el asno, consciente de sus limitaciones culturales, y deseoso de ampliar su acervo de erudición.

No queriendo perderse en abstrusas explicaciones, el búho recapituló contestando: «Pues, que habla así porque no puede evitarlo.» Y continuó, «propongo que se le otorgue una última oportunidad. Si nos agrada lo que tiene que decirnos podría tomar posesión de su cargo de presidente. Caso contrario, nombraremos una junta directiva.»

Como no se elevó protesta alguna, el recalcitrante león carraspeó con disimulo y se lanzó otra vez, en esta ocasión en tono tan elevado que llegó a los más apartados rincones del arca. Prescindiendo de los engorrosos preámbulos que tan mal resultado le habían proporcionado, gritó: «Cuando yo comience a gobernaros…»

No se le dejó proseguir. Una auténtica avalancha de reproches surgió al unísono, de tal modo que las cuadernas de la embarcación se estremecieron, y el mismo Noé, que lo escuchaba todo, experimentó el temor de que su arca se partiera en dos, hundiéndose en pocos minutos.

Cuando las aves, actuando como ujieres, consiguieron restablecer el orden, la pareja de búhos retiró, sobre la marcha, la candidatura del león y nombró el triunvirato -formado por un zorro, una serpiente y un jabalí- que comenzó a actuar inmediatamente.

Tras un breve conciliábulo, el zorro, como portavoz del equipo, propuso suspender la sesión pues, según dijo, «se había perdido mucho tiempo.» Sugirió la conveniencia de señalar un periodo de reflexión -durante el cual todos los asistentes debería madurar ideas que se presentarían a debate- que, a su juicio, convendría que tuviera una duración de siete días. Recomendó la mayor seriedad en el estudio de las propuestas que consiguieran poner fin a la agobiante e insostenible situación que estaban viviendo.

La presencia del trío directivo fue aprobada por mayoría absoluta y la asamblea fue disuelta, si bien esto último era una manera de hablar ya que cada animal debía permanecer en el lugar que ocupaba.

Noé no ignoraba que se encontraba en apuros. Era consciente de que sus pasajeros estaban a punto de realizar alguna animalada (nada más lógico teniendo en cuenta su naturaleza). Pero aún faltaban siete días y en ese tiempo podían suceder muchas cosas. Así que hizo lo único que podía. Esperó.


Al amanecer el día de la jornada cuarenta y una, después de aquella lluvia torrencial que no se detuvo durante cuarenta días y otras tantas noches, el cielo estaba sin una nube. Brillaba un sol radiante que, como por encanto, hacía desaparecer la odiosa humedad en que todo se encontraba sumido. Era la fecha señalada para celebrar la asamblea general en la que se decidiría un plan salvador.

Como los ánimos se hallaban excitados, la reunión se inició casi sin respetar los trámites de rigor. El zorro apenas tuvo tiempo de declarar abierta la sesión y un destemplado coro de voces se elevó, pero tan confuso que se hacía imposible entender nada. De nuevo, las aves se vieron obligadas a realizar su tarea de mensajeros. Cuando terminó ésta pudo comprobarse que, con a sola oposición de algunas aves, el resto de los animales deseaban para empezar, desembarazarse de Noé, arrojándolo al agua. Luego, sin el estorbo del causante de todos sus males, ya se vería. Estaban hartos de ver conculcados sus derechos.

«¡Qué barbaros!», exclamó Kusmet, sin poder contenerse, levantando la mirada de los papiros que sostenía con manos temblorosas. «El pobre Noé conocía bien a sus animales», añadió.

«Continúa, por favor; no te detengas ahora. Estoy sobre ascuas», le dije.

Tal y como había sido convenido, las decisiones de la asamblea cuando, como en este caso, fuesen aprobadas por mayoría, habían de ser llevadas a la práctica inmediatamente. Así pues, la muerte de Noé era cosa hecha.

Y así hubiera sucedido si, en aquel preciso instante el arca no hubiese encallado violentamente en algún invisible promontorio rocoso, con un tremendo golpe que la hizo estremecerse.

Cuando se acallaron los gritos de terror de los ocupantes de la enorme embarcación, Noé efectuó una rápida inspección y comprobó satisfecho que los daños no eran importantes. Por el momento no existía peligro de hundimiento.

Instantes después, pudieron observar asombrados cómo el nivel del agua descendía velozmente y ponía a descubierto las agujas rocosas de la montaña en la que se encontraban embarrancados.

Kusmet, que traducía rápidamente, exclamó al volver una hoja: «Aquí falta al menos un papiro»; y continuó casi sin pausa, «no sabremos nunca cómo consiguió Noé hacer descender aquella escarbada montaña a todos sus huéspedes.»

Y, volviendo a coger el hilo de la historia, prosiguió:

Los animales bajaron apresuradamente la falda del monte y nuevamente se repartieron por todo el mundo. Pero ya nada fue como antes. Observé que habían perdido el don de la palabra y cada especie emitía un sonido peculiar y distinto de los utilizados por los demás. Todos se miraban con recelo dando la sensación de experimentar un repentino e inexplicable temor.

Sin embargo, las aves, precisamente las pocas que se habían opuesto al general deseo de acabar con mi vida, aunque perdieron su facultad de hablar como los humanos, recibieron como premio a sus buenos sentimientos, otras voces mucho más hermosas que la nuestra. Así sucedió con el jilguero, ruiseñores, canarios, alondras, y otros.

Kusmet, con un suspiro, recogió los papiros y volvió a introducirlos cuidadosamente en el enorme cuerno de toro en que habían permanecido ocultos durante siglos en lo algo del monte Ararat y, con voz soñadora, dijo:

«Entonces, quizás lo que nosotros llamamos la época de la muda, en la que los pájaros cantores permanecen callados, no sea más que un recordatorio de lo que les ha ocurrido a otros animales más crueles.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987

¡Pobrecito Goliat!

Una vez más, la ciencia ha venido a poner las cosas en su sitio. Otra leyenda, hermosa pero improbable, se ha visto reducida a polvo.

Los alemanes, con su insaciable sed de investigar, escudriñando incansablemente la maraña del pasado, el caos de hoy y la oscuridad del futuro, han hecho cisco una epopeya nacida entre los años 1000 y 960 antes de Cristo.

Estas cosas, como la fabricación de armas mortíferas, debieran estar formal y totalmente prohibidas.

La sublime lección del diminuto y jovencísimo David derribando de certera pedrada a Goliat, gigantón de más de tres metros de altura, ha sido, según los germanos Von Blumencual y Hanna Hortsch – antropólogos de fama mundial – una filfa.

Desaparecido para siempre el aleccionador mito del triunfo de la habilidad y la intrepidez sobre la fuerza bruta, me pregunto entristecido qué sale ganando la humanidad.

David de Miguel Angel

¿Es que con el conocimiento de la verdad de los hechos vamos a ser más felices?

No, no creo que vayamos a lograr una más amplia ración de dicha; ni siquiera en el plano de las satisfacciones personales vamos a sentirnos más ufanos.

Entonces, ¿para qué revolver incesante en las brumas de lo remoto? Claro que Von Blumencual y la señora Hortsch, haciendo gala de su temperamento ávido de sensacionalismos, y en flagrante desacuerdo con mi teoría de que agua pasada no mueve molino, comenzaron a trabajar y no se detuvieron hasta dejar plenamente demostrado que Goliat no falleció de una pedrada.

¡Como si tuviera la menor importancia que un señor desaparecido hace casi 3000 años hubiera fenecido a causa de unas inoportunas paperas o del inopinado y violento encuentro con un trozo de roca!

Conocer la realidad de algo tan pasado de moda como esto, ¿va a proporcionarle a usted mejores posibilidades de ligue?

Si solicita aumento de sueldo a su jefe, ¿piensa usted que será un factor determinante que esté en el ajo de cómo murió Goliat?

Si cree ambas cosas, algo falla en su personalidad y es usted un ingenuo de tomo y lomo, perdone que se lo diga.

De todos modos, como el saber no ocupa lugar y, en último extremo, cuando esté al tanto de todo puede olvidarlo inmediatamente sin que suceda nada, voy a poner en su conocimiento el fruto de la laboriosidad de la sabia pareja alemana.

Hasta que los dos eruditos publicaron la monografía, por cuenta del Deutsch Anthropologish Anstalt naturalmente, la tradición aseguraba que Goliat era un gigante filisteo, bravucón y forzudo que tenía atemorizados a los ejércitos israelitas. Que en las sangrientas jaranas que se armaban por un quítame allá esas pajas, él solito despachaba una cohorte enemiga a guantazo limpio antes de darle tiempo a ponerse en guardia. Y, finalmente, utilizando con soltura un espadón descomunal – en consonancia con su estatura – segaba cabezas tan sencillamente como los campesinos alfalfa.

En cuanto a David, se creía que era el hijo menor de Isaí, tenía siete hermanos, tañía el arpa con singular maestría, pastoreaba ovejas y no había crecido en demasía.

Andando el tiempo, el Rey Saúl llamó a su corte a David para tener el placer de escuchar su música.

Al llegar aquí, la fábula no se resignaba a colocar el letrero de The End; ¡qué va! Aseguraba seriamente que en el transcurso de una de las acciones bélicas Goliat, con estentórea voz, desafió a todo el ejercito israelita mientras los filisteos (los filibusteros aún no habían hecho su aparición) se tronchaban de risa.

Los israelitas no osaban abrir la boca. Todos disimulaban como si la cosa no fuese con ellos. De pronto David, saliendo de las últimas filas avanzó y, plantándose ante todos, aceptó el desigual desafío.

El rey trató de disuadirle haciéndole ver que aquello era un suicidio y que Goliat lo iba a convertir en papilla.

David, terco como una mula y con una fe de las de antes, respondió que el Señor le concedería su protección. En el colmo de la confianza llegó hasta rechazar la armadura que el propio rey, soltó el arpa que, al caer, desgranó unas notas que sonaron algo así como: tin, tan, tin y, cogiendo del suelo cinco pedruscos, armó la honda con uno de ellos, salió a tierra de nadie y, enfrentándose al coloso que aún reía, le atizó tal pedrada en la frente que lo despenó.

Cuando se creía lo que acabo de recordad para los desmemoriados de turno, al llegar a este trágico pero adecuado final, era el momento de sacar a colación el aspecto moral de la cuestión.

La confianza en el Señor, el éxito del enclenque sobre la prepotencia, la maña triunfando y la fuerza derrotada, eran argumentos de los que un hábil conferenciante podía obtener razones para hablar durante dos o tres días.

En cambio, ¿qué nos han dejado ahora los autores del documentadísimo estudio monográfico?

No se moleste. Yo mismo contestaré. No nos han dejado absolutamente nada. Ningún charlista decente se atreverá hoy a sacar a relucir el tema David versus Goliat.

Y no me extraña nada, porque verá usted: David no era hijo de Isaí; no tenía ningún hermano. Era hijo natural de Saúl. Traía de cabeza a su real padre porque empinaba el odre con exceso y montaba unas francachelas de órdago. Varias veces trató de expulsarle de la corte sin el menor resultado. Tanto es así que, viendo Saúl que David no se prestaba voluntariamente al desigual combate, le propinó tal patada en la rabadilla que lo dejó solo ante Goliat para ver si de aquella forma se deshacía para siempre de su hijo indeseable.

Entre sollozos, David pidió la armadura citada en la leyenda pero su padre dijo que nones. David tampoco tocaba el arpa. Era como una especie de pianola con lo que destrozaba los tímpanos de quienes se encontraban a menos de dos leguas del infernal instrumento. Finalmente, el caballerete no apacentaba ovejas. Es cierto que conducía un rebaño, pero no de borregos, sino de mozas.

En cuanto a Goliat, el pobre e inofensivo Goliat era el tonto del pueblo filisteo. Su excesivo crecimiento se debía a un trastorno glandular. Si hubiera nacido en otra época su hipófisis hubiera sido tratada debidamente y no hubiese alcanzado aquella gigantesca estatura. Pero los galenos de entonces mataban por procedimientos más rudimentarios y desconocían hasta dónde llegarían los de hoy.

Goliat era incapaz de matar una mosca y su más ferviente deseo era pasar desapercibido. Pero, ¿cómo hacerlo midiendo tres metros? Era una imposibilidad física. Un hambre atroz roía los kilométricos tubos digestivos que, como la inmensa red de alcantarillas de Viena, ocupaban su vientre enorme.

Merodeaba incansablemente tratando de hallar algo comestible, aunque debe reconocerse que no se trataba precisamente de un gourmet. En su corpachón insaciable primaba la cantidad sobre la calidad.

Y si la muerte le sorprendió en el campo de batalla no se debió a su espíritu bélico. Era, ciertamente, tonto pero no ignoraba que un ejercito deja detrás tal desbarajuste que, lo más probable, sería toparse con algo digerible.

Cuando se encontró al frente del ejército filisteo, fue porque, desde un altozano próximo vio un caballo muerto. Aquello era lo que precisaba y, sin darle un ardite la ensalada que se iba a montar en unos instantes, se lanzó cuesta abajo hacia el equino. A unos pasos del mismo, cayó fulminado como por el cuchillo del matarife.

¿Qué había ocurrido? Algo muy sencillo. Al contemplar aquel montón de carne a su alcance, la boca se le hizo agua. Pero en tal cantidad, que se ahogó en ella.

David, maligno y astuto como era en realidad, observó que Goliat vacilaba y lanzó su piedra tan oportunamente que pareció golpear al inofensivo Goliat pero, en realidad, pasó silbando por encima de los circunstantes sin tocar a nadie.

Seguramente lo habría hecho mejor cualquier aldeano de Asturias, respondiendo a la popular pregunta de: ¿quién tiró la piedra?

Después de estos hechos, la leyenda se confunde con la historia y es cierto que los israelitas aclamaron a David, que, oportunamente, ascendió al trono, creó una dinastía, amplió el reino llevando sus límites hasta el Mediterráneo, el Eufrates, el Líbano y el Mar Rojo.

Pero, a pesar de lo que digan los doctos teutones en su libraco, personalmente, me gustaba más la primitiva leyenda. Tenía más garra.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987

Confiteor

Con el único objeto de obtener la ventaja de parecer sincero, adelantándome a quienes pertenecen al reducido grupo de familiares, allegados y amigos que tienen acceso involuntario a lo que escribo, confieso mi exhibicionismo.

Se trata de un exhibicionismo que no figura en los manuales de psiquiatría, pero la omisión no lo hace menos inmoral.

Es, como el otro, una irrefrenable tentación hacia el desnudo integral, aunque en mi caso y en el de cuantos escribimos consista en un streap-tease del alma y no del cuerpo.

El deseo de poner al descubierto lo que pienso y lo que me sugiere todo lo que veo y escucho es tan fuerte que no tengo suficiente con fijarlo, más o menos permanentemente, en una hoja de papel. Es necesario, además, que lo escrito sea leído.

Por si fuera poco, tampoco basta con que alguien lo lea. Es preciso que el lector me comunique la impresión recibida. Y, siguiendo en la línea de sinceridad que me he impuesto, he de añadir que pretendo que el producto de mi imaginación guste. Si no es así, y observo que causo tedio o indiferencia, un fuerte dolor de estómago me atenaza. Me siento fatal.

La situación es curiosísima porque, en el fondo, no me importa un bledo lo que el prójimo pueda pensar de mí, como persona. Pero la opinión ajena acerca de cómo escribe emborronador de cuartillas que utiliza mi cuerpo para andar por la vida, esa me preocupa mucho.

Entonces, diría alguien con talento, ¿por qué no te dejas de tonterías y te callas?

Dicho así, parece muy sencillo. Pero, ¡quiá! Lo que me sucede no tiene fácil arreglo. Viene a ser algo como una hernia mental para la que aún no ha sido ideado el braguero adecuado.

Cuando los humores encerrados en la hernia comienzan a pujar hacia el exterior, debe producirse cierta inhibición del intelecto que origina un fugaz apagón del raciocinio. Es como si los invisibles plomos del cerebro se fundieran. Para volver a la relativa normalidad con que actúo habitualmente no me queda otro remedio que escribir.

Tengo la certeza de que si la cosa se redujera simplemente a darle rienda suelta al bolígrafo y, una vez finalizada la racha creadora, me limitara a reducir el papel a trozos, como he hecho durante muchos años, mi pecado sería venial.

Sin embargo, desde hace algún tiempo necesito audiencia. Y esto me convierte en un ser hipócrita, vanidoso y cruel.

Soy un hipócrita redomado que, exteriormente aparenta indiferencia ante la falta de reacción positiva a mis escritos.

Cuando visito a un amigo y, como quien no quiere la cosa, dejo en sus manos un montón de cuartillas diciendo: «Toma estas naderías que escribí hace poco. Léelas sin prisa y ya me dirás que te parecen. Me gustaría conocer tu opinión. Sincera, ¿eh?».

Sin prisas, había dicho. Pero, ¡qué va! A los dos días justos, con una disculpa estúpida, vuelvo a casa de mi pobre amigo con el que hablo de asuntos sin importancia durante unos minutos.

Todo el rato, mientras charlo por los codos, las cuartillas no se apartan de mis pensamientos. He desarrollado una nueva potencia del alma.

La inocente víctima de mis ínfulas literarias me acompaña a la puerta. Nos despedimos y, a punto de marcharme, sin darle importancia y como si se me hubiera ocurrido en aquel instante, le pregunto: «¿Has leído aquello?»

«No; como me aseguraste que no corría prisa…», responde.

«Claro que no», confirmo cínicamente mientras pienso: mala puñalada te den, bandido.

La vanidad se ha apoderado de mí y ni siquiera tengo el consuelo de estar en condiciones de que la ocupación ha tenido lugar tras una resistencia épica. Al contrario; me he rendido sin disparar un solo tiro. Más aún; cuando llegó a mi lado, la esperaba con los brazos abiertos. No puedo negarlo; el recibimiento ha sido apoteósico.

Y es la mía una postura absolutamente lógica y, sobre todo, gratificante que actúa como un bálsamo sobre mi ego maltrecho y escocido.

¿Que no lee nadie lo que escribo? Peor para el público. El se lo pierde.

¿Que los pocos que tienen acceso al fruto de mi hernia mental, no caen en la cuenta de que han tenido la fortuna de tropezar con los chispazos de un genio oculto? Era de esperar. Pocos mortales han sido dotados de la inteligencia suficiente para comprender lo evidente.

¿Que una o dos personas se han hecho cargo de la brillantez de mis razonamientos, de la galanura de mi estilo y de la punzante ironía que encierran mis aparentes inocuas frases? Lástima que no existan más seres privilegiados como éstos. El mundo marcharía mejor si me hiciese caso, si se me atendiese y entendiese.

No me salga usted por peteneras. ¿Qué me va a decir? ¿Que soy un insoportable vanidoso? Eso no vale. No se moleste. Yo lo he dicho primero.

Además, me encuentro muy satisfecho y me soporto sin dificultad alguna. En realidad, es fácil llevarse bien conmigo. No hay que hacer otra cosa que estar pendiente de mí y reconocer que no hay otro como yo.

Lo de la crueldad con que trato a quienes se me ponen a tiro, es harina de otro costal. Es algo que, en el fondo, me desagrada.

Pero, ¿qué puedo hacer? Si no estoy en condiciones de hacer partícipe de mi talento a toda la humanidad, me parece justo que algunos, unos pocos, reciban ese beneficio aunque para ello estén abocados a experimentar ciertas molestias.

Admito que, en este caso, y sólo en éste, es válido aquello de que el fin justifica los medios.

Yo sé que resulta despiadado vigilar infatigablemente a quienes conviven, más o menos pacíficamente, bajo mi mismo techo. He pasado días enteros, sin desfallecer, esperando el momento adecuado para acorralar en un rincón a uno de mis deudos.

Entonces, cuando resignado a su sino, se apresta a tomar asiento en cualquier parte, mi barbarie alcanza su punto más innoble al exigirle que ocupe la otra silla, aquella que deja su rostro expuesto a la luz del sol de manera que no pueda ocultar sus menores reacciones ante lo que va a escuchar.

De cuando en cuando, interrumpo la lectura para preguntar: «¿Qué?»

Si el desgraciado oyente, masculino o femenino -pues soy, en esto, un ferviente defensor de la igualdad de sexos- ha estado pensando en sus cosas y como el error de inquirir a su vez «¿Qué de qué?», yo, bestialmente, vuelvo a releer el sutil párrafo tantas veces como sea necesario para conseguir que en aquella obtusa inteligencia se haga la luz y de sus labios brote un admirativo, «formidable».

De entre todos los miembros de mi familia, únicamente se ha librado de este tratamiento mi tía Pacita.

Se trata de una mujer adornada con el más notable talento natural que he visto en mi vida. De acuerdo con los cánones, no es persona instruida ni cultivada. En realidad, no ha pasado del segundo grado de enseñanza primaria. En la escuela nunca gozó de gran reputación como estudiante despierta y siempre ocupó el último banco, junto a la puerta.

A pesar de su carencia de cultura oficial, jamás he tenido que leerle dos veces mis relatos. Tampoco me he visto obligado a perseguirla por toda la casa para conseguir su atención. Al contrario. Cada vez que nos visita, ella misma me ruega le dé a conocer lo último que he escrito y sus entusiastas frases de elogio en las que incluye abundantemente, genial, fantástico, agudísimo, son la más clara demostración de su capacidad intelectual.

El reverso de la medalla, el polo opuesto de tan singular discernimiento se encuentra localizado en la persona de mi amigo de la infancia, Ernesto.

Cuando tenía siete años, mi condiscípulo Ernesto ganó un concurso infantil de redacción. Se trataba de un certamen de cuentos. Le concedieron el primer premio por su relato titulado: «¿Dónde están los brazos de la Venus?»

El hecho sería para sentirse verdaderamente orgulloso si no fuera porque el presidente del Jurado calificado, un Canónigo de la Catedral Basílica, era tío carnal del premiado.

Ernesto no volvió a escribir en su vida; ni una sola carta. Sin embargo, el galardón dejó una impronta indeleble en su carácter. A él que no le hablen de libros ni de autores. Parece conocerles a todos, por dentro y por fuera. Es como si, después de una intensa vida dedicada a las letras, se hubiera jubilado llevándose a su retiro todos los resortes y teclas que hacen funcionar la profesión.

¿Cómo puedo yo despertar un eco de entendimiento y comprensión en un tipo así? Es totalmente imposible.

No obstante, Ernesto, pérfidamente, imitaba a mi tía Pacita en lo que se refiere a solicitar la lectura de mis trabajos. Pero sólo en esto. Aquí termina todo parecido con la forma de ver las cosas de mi parienta.

La admiración de la hermana de mi madre se trueca, en el caso de Ernesto, en una hierática actitud tan expresiva como las más duras palabras de censura y desaprobación.

No será de extrañar, por tanto, que procure convencer al despiadado censor de mi escasa inspiración porque las musas me huyen como de la peste. Pero, en vano trato de escapar de su persecución y cuando, desfallecido ante su insistencia feroz, me rindo y accedo a leerle -solamente aquello que considero genial sin paliativos- lo hago con voz apagada y monótona que contribuye a menguar el brillo de mi estilo.

El, tumbado negligentemente en una butaca -de espaldas a la luz pues hasta en ese detalle me tiene comida la moral- escucha con aspecto aburrido y condescendiente. Su postura trata de darme a entender, y lo consigue, que está haciendo un sacrificio en nombre de la amistad.

Aunque no acierto a vislumbrarlos con nitidez, estoy seguro de que sus labios están fruncidos en una mueca despectiva y en sus ojos danza un destello sardónico.

¡Ojalá no advierta los indicios de los sentimientos asesinos que su actitud superior ha comenzado a despertar en mí!

Cuando termino de leer, no me atrevo a solicitar su opinión. No es necesario. Se incorpora en el sillón, sin ponerse en pie -todavía no- se frota el mentón con el dedo índice de la mano izquierda, fija la mirada en el techo y permanece mudo como una estatua.

Luego, lentamente, con la voz profunda y apenada de un juez que va a pronunciar una sentencia de muerte, dice dejando amplias pausas entre cada palabra: «Pues, …no sé…, el tema…, la sintaxis…, el desenlace…, puede que sí…, pero no…; definitivamente…, no sé… qué decir…»

Y, con esto, el ganador del concurso de redacción va desdoblándose con parsimonia, recobra la verticalidad y, en dos zancadas, se aleja dejándome hecho unos zorros hasta la próxima.

No ignoro que la opinión de semejante individuo, dueño del cerebro menos evolucionado de la humanidad, debería serme indiferente por completo, pero soy incapaz de tomarlo a broma.

Sus posturas parnasianas y sus palabras estudiadamente desdeñosas me sacan de quicio cuando, realmente, lo que debería preocuparme tendría que ser el beneplácito de aquel adoquín con piernas.

A pesar de todo, creo tan sinceramente en la calidad de lo que escribo, que no alcanzo a comprender cómo es posible que exista alguien lo suficientemente obtuso para no deleitarse con cuanto mi exhibicionismo pone de manifiesto para solaz y regocijo anímico de mis conciudadanos.

Seguiré escribiendo ya que dejar de hacerlo resultaría un inmerecido castigo para los amantes de la buena literatura. Además, aún tengo mucho que decir.

Continuaré exhibiendo mis sentimientos y si, algún día, insuficientemente estoico para soportar la estúpida contumacia de Ernesto, lo suprimo violentamente y doy con mis huesos en la cárcel, desde alguna oscura celda mis escritos proseguirán viendo la luz que a mi me será negada.

Lo que no estoy dispuesto a hacer es participar en concursos literarios. Existen demasiados canónigos y abundantes bienintencionados imitadores.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987

¿Dónde están los brazos de la Venus?

La acusada indefensión en que se encuentra la Venus de Milo, siempre me ha causado una enorme desazón. Siendo niño, la primera vez que tuve ante mis ojos asombrados e inocentes un grabado que la representaba, me pregunté cómo era posible se tolerase semejante falta de caridad. Mi desconcierto aumentó al escuchar la respuesta del abuelo a quien pregunté por qué no le colocaban brazos ortopédicos.

«No seas majadero, niño», se limitó a decirme, antes de irse con un portazo que pudo oirse en la calle.

Pasaron los años, pero no mi curiosidad acerca de la doblemente manca deidad marmórea. Y, aunque nadie volvió a tacharme de necio, sin duda por no haber repetido nunca la desdichada pregunta, el interés que la obra de arte y las circunstancias que la rodean despiertan en mí no ha decrecido. Por el contrario, ha aumentado de tal manera que he decidido hacer cuanto pueda para saciar mi sed de conocimiento sobre el tema.

Comencé a leer cuanto, relacionado con la Venus, caía en mis manos. Sin embargo, la notable parquedad de la información contenida en diccionarios y enciclopedias no hizo otra cosa que exacerbar la fisgona pasión que me aquejaba.

En mi mente se amontonaban de manera insistente y machacona -superponiéndose velozmente, como cabalgando en incesante carrusel- una serie de interrogantes para los que no encontraba respuesta.

¿Cómo se llamaba su artífice? ¿Existió un modelo de carne y hueso o fue producto de la imaginación incorpórea? La falta de brazos, ¿se debía a olvido involuntario? ¿El escultor quedó de pronto sin marmol suficiente para terminar su obra? ¿Por qué tan desigual tratamiento del brazo derecho y el izquierdo? (Al primero le falta del codo para abajo; en el otro comienza la carencia en el mismo hombro). ¿Será ésta una oscura alusión política? ¿Al autor no se le daba bien el esculpido de manos y pretendió ocultarlo?

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A estas y más preguntas que no formulo, contestan otros -no yo- con descabelladas hipótesis de las que, naturalmente, no me responsabilizo.

No falta quien asegura que la Venus estuvo completa pero, aburrida, comenzó a comerse las uñas y no supo detenerse a tiempo. Ridículo, ¿verdad?

Tan absurda como ésta resulta la versión que afirma que el genial escultor, contemplando su hermosísima labor, llegó a sentir por ella tan morbosa pasión que osó hacerle claras proposiciones deshonestas. La fría escultura, al escuchar aquellas impúdicas palabras, se calló pero cuando el del cincel se le aproximó, creyendo, equivocado, que quien calla otorga -práctica evidentemente desconocida entre los seres inanimados- le propinó dos tremendas bofetadas (una con cada mano), que lo derribaron al suelo privado de conocimiento. Cuando el enamorado recobró el sentido, en un rapto de furor, tomó un martillo y, frenético, dejó a su amada como la conocemos en la actualidad.

A mí, éstas explicaciones me parecían absolutamente ajenas a la realidad y, desesperado ya de encontrar una que -de veras- pudiera stisfacerme, resolví hacer lo único que me sacaría de dudas para siempre.

Tomé el primer avión con destino a París y, llegado a la capital de Francia, me encaminé al Louvre. Afortunadamente, a la hora en que me vi ante las puertas del Museo, éste estaba cerrado. ¡Menudo papelito hubiera hecho si, por no haber planificado cuidadosamente la operación, comienzo a dirigirle preguntas a la Venus con el público como testigo! Probablemente, se me hubiera encerrado como a un pobre loco, pues la incomprensión humana no conoce límites.

Así que encaminé nuevamente mis pasos al modesto hotel en que me alojaba, aplazando la entrevista hasta el día siguiente.

Pasé una noche bastante agitada, sobre un incómodo lecho que no parecía acogerme con más simpatía que la dispensada por sus compatriotas bípedos a cuanto despide el más leve tufillo hispano.

Y eso que, razonaba yo, la cama -por el simple hecho de tener cuatro patas- debería ser doblemente sensible y tolerante.

El caso fue que, al amanecer ya había encontrado el procedimiento, sencillo y factible, para lograr un tête a tête con la Venus sin la molesta presencia de espectadores. Entraría en el Museo a última hora, poco antes de que se fuera a producir su cierre, para ocultarme, seguidamente, en uno de los cuartitos en cuyas puertas se indica, «toilettes-hommes», en el que permanecería hasta la noche. Con un poco de suerte y si ninguno de los vigilantes parecía de incontinencia, podría hacer realidad mi sueño de hablar con la diosa de alabastro.

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Llegado el momento, cruce el umbral de la gran puerta que facilita el acceso a la pinacoteca. Ascendí la escalera echando una indiferente ojeada a la Victoria de Samocracia -aquella que, en otras ocasiones, me había producido una grata sensación estética- colocada entre las dos alas de la amplia escalinata, y, apresurando el paso, sin correr para no llamar la atención, llegué a mi destino.

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En cuanto comprobé que no estaba siendo observado, me introduje silenciosamente en uno de los servicios y esperé.

No tuve que aguardar mucho tiempo. Pronto puede escuchar la voz de uno de los vigilantes que con tono profundamente nasal, incluso para un galo, pregonaba: «Allons, mesieurs. On va fermer. Allons.» Debía padecer un catarro imponente.

Los amantes del arte, obedientes, comenzaron a retirarse. Se oyó el rumor causado por unos pocos rezagados. Después, nada. Sólo el silencio interrumpido por el fragor de las puertas que se cerraban. Finalmente, la sosegada calma que me anunciaba mi absoluta soledad. Aún dejé pasar un buen rato hasta que me atreví a salir de mi escondite. Temía darme de bruces con alguna mujer del servicio de limpieza que, al verme, pondría el grito en el cielo. Tras ciertas vacilaciones en el curso de las cuales me repetía: «Vamos, no seas cobarde; ¿has venido desde España para no atreverte a hacer lo que siempre has deseado?, salí de mi escondrijo y me encaminé con paso cauteloso a la sala en que se encontraba el objeto de mi obsesión.

La enorme habitación se hallaba a oscuras pero la plateada luz de la luna que se colaba a través de las amplias cristaleras permitía ver perfectamente el elevado estrado sobre el cual, sola, la Venus parecía dispuesta a conceder audiencia a quienes, como yo, acudían sumisos a su muda llamada.

Me acerqué tembloroso. La emoción nublaba mi cerebro y atenazaba mi garganta. Con enorme esfuerzo, conseguí musitar unas palabras que pretendí resultaran respetuosas e inteligentes. Lo único que logré articular fue: «Goog night». La estatua no dió muestras de haber oído.

Entonces, temiendo que no pudieramos comunicarnos por falta de un idioma común, fuí diciendo en rápida sucesión: «buenas noches», «buona notte», «guten aben», «spokoinoi nochi», «boas noites». Tampoco así obtuve respuesta alguna. Recurrí después al esperanto, hablando lentamente y pronunciando con toda claridad. «Bonan vesperon», le dije, sin que saliera de su mutismo.

Frenéticamente, rebusqué en la mente y creí encontrar la solución al recordar que el saludo incomprendido en los idiomas utilizados hasta el momento era, en su propia lengua, «Kalós nicta». No bien lo hube dicho, se me vino encima un alud, en griego, del que no entendí ni una sola palabra.

Cuánto lamenté  entonces el tiempo perdido durante el Bachillerato. En aquella lejana época, el griego figuraba en el plan de estudios, pero las cosas funcionaban de tal modo que poco más que el conocimiento era necesario para aprobar la asignatura.

¿Qué podía hacer? Súbitamente, sin duda por hallarme en eso que, en España llamamos «más allá del Bidasoa», comencé a hablar  en fránces y, ante mi asombro, la Venus me respondió en el mismo idioma.

«No te extrañe que conozco este bárbaro lenguaje -me dijo. Llevo mucho tiempo aquí y, como puedes suponer, es el que con mayor frecuencia escucho. Lo que más difícil me resulta es pronunciar la u. Ya sabes -añadió- que para hacerlo es preciso colocar los labios en forma de canuto y el material del que estoy hecha no es de los más dúctiles.»

«Pero bueno -prosiguió la diosa-, ¿Quién eres, de dónde vienes, y que deseas de mí?»

Cuando escuchó mi nombre y que procedía de España, preguntó, «¿Y por donde cae eso?»

Con ciertas dificultades, logre hacerle comprender el emplazamiento geográfico de mi patria. Luego quiso saber qué sistema político teníamos establecido. Le dije que España, en la actualidad -pues anteriormente no había sido lo mismo- contábamos con un régimen de monarquía parlamentaria, cámaras de diputados y senadores, que dictaban leyes poniéndolas antes a estudio y votación.

«Eso -me interrumpió nerviosamente- es la democracia, inventada por mi pueblo hace ya muchos siglos. ¿Y funciona bien?», quiso saber.

«Bastante bien», concedí. «En realidad, aún no se ha encontrado nada menos malo. Pero perdóname -corté, un poco groseramente. He viajado desde muy lejos buscando respuesta a las preguntas que vengo planteándome ya durante demasiado tiempo.»

«Tienes razón, dispensa y dime cuanto quieras -accedió graciosamente.»

Entonces, le conté apresuradamente todo lo que, años y años, había excitado mi curiosidad y privado mi reposo.

Ella no truncó mi relato ni una sola vez. Escuchaba atentamente, ahora iluminada lateralmente por la luz de la luna que había ido desplazándose lentamente. La escena tenía algo de irreal y fantasmal pero yo, dejando aparte un leve temor a ser sorprendido antes de dar fin a mi interrogatorio, me sentía radiante.

Cuando hube terminado, fue ella la que comenzó a hablarme con una voz tan dulce y afectuosa que me creí hechizado. Me contó que había perdido la cuenta de los años que se llevaba cautiva. Lo que habían hecho con ella no tenía otro nombre que secuestro. Nadie había contado con su opinión para sacarla, dentro de una incómoda caja de madera, de su tierra y traerla a ésta, tan lejana y distinta.

«Aún antes de ser descubierta en 1820 -continuó hablando- cuando me hallaba enterrada bajo más de tres metros de arena, en Milo, nunca había pasado frío. Claro que en Grecia se disfruta de un delicioso clima soleado. Por el contrario, aquí hace un frío insoportable. Cada vez que deja de funcionar el aire acondicionado, me constipo. Y ni siquiera me queda el consuelo de estornudar, porque, ¿cuando se ha visto hacer semejante cosa a una estatua?»

En un arranque de galantería, me despojé de la chaqueta y se la coloqué sobre los hombros. La Venus agradeció el gesto con afectuosas palabras, añadiendo «¡qué diferente eres al malnacido mozo de cuerda que me sacó del embalaje! Aquel hombrón, gordo y grasiento, con un bigote igual que un cepillo, rascándose el cogote con dedos como morcillas se atrevió a decirme: «Pues, ¡está buena la tía!»

«En cuanto a la razón de mi incompleta anatomía, nada tiene que ver con la serie de sandeces que se rumorean entre los muchos cabezas huecas y desocupados que pueblan el planeta. La única y triste verdad es que, en el momento de retirarme del lugar en que me encontraba oculta, tan fuerte y desmañadamente tiraron de mí, que me dejaron así.»

«Pero, no te aflijas -agregó rápidamente al ver mi gesto de espanto-, no me hicieron daño; ni siquiera sangré un poquito. El manazas que cometió el desaguisado, enterró profundamente mis miembros e hizo correr la voz de que me faltaban las extremidades superiores. Te aseguro, no obstante, que mis manos eran un dechado de perfeccción y por una sóla de mis caricias, cualquier mortal habría perdido su alma.»

«No puedo decirte el nombre de mi creador, pues nunca lo supe. Carecía de fama y era un chambón totalmente desconocido que no daba una a derechas. Obtuvo un pleno conmigo, pero ni antes ni después de mí hizo algo que valiera la pena.»

«Sin embargo -siguio, después de reflexionar unos instantes-, nada de cuanto te he revelad me produce tanta tristeza como el hecho de sentirme rebajada, año tras año, por las mujeres que vienen al Museo adornadas con sus mejores galas. Estamos en Francia, y Dior, Balmain, Saint Laurent, Cardin y otros compiten cada estación para que las parisinas parezcan siempre más jóvenes y elegantes. En cambio, yo siempre con el mismo trapo pétreo a punto de deslizarse caderas abajo. ¡Pensar que he de escuchar impávida cómo se quejan de no tener nada que ponerse!»

«En la esencia de lo femenino se encuentra profundamente implantado el deseo de la variación. Ser hoy rubia y mañana morena; llevar ahora el pelo muy corto y otro día larga la melena, debe ser un placer inigualable que me ha sido denegado. Mira mi peinado. He nacido con él y seguiré luciéndolo hasta el fin de mis días, sirviendo de chacota a quienes, sin el menor empacho, comentan en voz alta, y entre risas irónicas qu eme encuentro un poco pasada de moda.»

«Debiera consolarme con el pensamiento de que los gustos cambian. Es cierto que los cánones de la hermosura son tornadizos y, si hoy no estoy a la última, quizás dentro de trescientos años pueda considerárseme una vanguardistas, pero eso no me hace feliz.»

Al escuchar aquellas amargas quejas, todo mi ser se rebeló contra lo injusto de la situación soportada con admirable dignidad y sin protestas, hasta ahora, por la que siempre había sido mi ídolo y, deseando decir algo que aliviase, aunque sólo fuese mínimamente, su dolor, me atreví a decir:

«Después de lo que me has confiado, comprendo tu angustia. Para mí, toda mujer tiene mucho de diosa, cada estatua tiene algo de mujer, y las diosas tienen tanto de mujeres como de estatuas.»

«Te ha salido una frase muy bonita, aunque algo enrevesada pero, -me interrumpió- con ella has demostrado tu candidez. La diosa, la mujer y la estatua son proposiciones conceptuales intratables y, por ello, incomprensibles. Esto, consideradas separadamente. Pero, si las examinas como un terceto indivisible, de la forma en que debe hacerse en mi caso, entonces, te das de bruces con algo inaccesible al entendimiento humano.»

«De todos modos, -prosiguió- no creas que dejo de agradecer el esfuero que haces. Aprecio en cuanto valen tus sentimientos, pero me asalta el temor de que te atraigan la desgracia.»

Hacía rato que yo había advertido un cambio en el cielo visible más allá de la vidriera. El día había comenzado a despuntar y debía irme antes de que alguien me sorprendiese. La Venus, con una perspicacia digna de cuanto era, comprendió lo que sucedía y me dijo: «Ha llegado la hora. Vete. Pero antes de irte, bésame.»

Asombrado, obedecí. Me acerqué y, tímidamente, la besé en la mejilla.

«Te he dicho que me beses. Hazlo como si fuese sólo una mujer.»

Entonces, como empujado por una fuerza desconocida, hice realidad lo que tantas noches había soñado. La besé en los labios, larga y apasionadamemente.

Al principio sentí un frío espantoso. Luego, poco a poco, aquella sensación gélida fue tornándose en otra más cálida hasta convertirse en ardiente caricia. Durante breves instantes, noté unos inexistentes brazos rodeando mi cuello y unos larguísimos dedos acariciándome los cabellos.

Como en trance, me encaminé a la puerta y, cuando estaba a punto de salir por ella, escuché la voz de la Venus que me decía: «¡La chaqueta, llévate la chaqueta!»

Con la prenda en mi poder, salí apresuradamente de la sala y volví a ocultarme en el servicio.

Transcurrió el tiempo y, cuando ya me consideraba seguro de no ser descubierto, alguien entró, y algo sospechoso debío advertir pues, de muy malos modos, dijo, «¿Quién anda ahí? Salga inmediatamente.»

Como no podía hacer otra cosa, acaté la orden y me presenté ante el airado vigilante que, visiblemente desconcertado, preguntó: «¿Por dónde ha entrado usted? Todavía no hemos abierto las puertas.»

Satisfecho porque había conseguido realizar mi propósito y seguro de que nada malo podría sucederme, dije la verdad, o por lo menos, parte de ella: «He entrado por la puerta, pero lo he hecho ayer por la tarde. Pasé toda la noche en el Museo. Me he dormido en el servicio.»

Mirándome fijamente, me ordenó que le acompañase al despacho de su jefe. Le seguí en silencio. Allí me pidieron la documentación y, tras tomar nota de los datos que figuraban en el pasaporte, solicitaron mi conformidad para registrarme. Como no tenía nada que ocultar, les dije que sí. Lo hicieron concienzudamente y, después de una breve conversación en voz baja, me acompañaron a la puerta, que abrieron para mí, y me despidieron cortesmente.

Respirando a pleno pulmón el embriagador perfume delas avenidas parisinas, caminé al azar en aquella mañana de primavera. Cuando llegué a los Campos Elíseos, eran cerca de las doce. Las terrazas de bares y cafeterías eran un muestrario multicolor de razas y gentes distintas. Me senté en el exterior de un bistrot y, mientras tomaba lentamente el café y croisants que me sirvió un simpático camarero español, acudió a mi mente el recuerdo de una de las confidencias que hacía pocas horas había desgranado para mí la desgraciada Venus.

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Un turista, puede que uno de aquellos sentados cerca de mí, había entrado en su sala. Iba calzado con unas polvorientas sandalias, llevaba pantalón corto y una horrible camisa floreada. En su cabeza cabalgaba una absurda visera de base-balle. Masticaba chicle rítmicamente, sin darse instantes de reposo y repetía continuamente «O.K., O.K.». Cuando se detuvo ante ella, con fuerte acento americano, dijo al guía que le acompañaba: «Qué desencanto; si no es negra, ¿por qué la llaman la Venus del Nilo?»

¡Pobre diosa griega!; ¡a cuántas vejaciones se ha visto sometida!

Cuando me sentí cansado del incesante ajetreo y empecé a advertir que el olor a gasolina y aceite quemado iba ganando la partida a los efluvios primaverales, tomé un taxi, hice que me aguardara en la puerta del hotel mientras recogía la maleta y abonaba la cuenta, y me trasladé al aeropuerto.

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Dos horas más tarde, el avión que me devolvía a España sobrevolaba París. Contorsionándome un poco, podía ver la Plaza de la Concordia, Trocadero, el Sena, algunos puentes que cruzan el femenino río, el herrumbroso andamio del que tan orgullosos se sienten los frnceses, y muchos otros lugares que figuran en cualquier guía que se precie de serlo.

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Lo que no pude ver, aunque me disloqué el cuello en el intento, fue el Louvre. Ojalá fuese una advertencia de que la Venus había desaparecido de mi vida para siempre y nunca volvería a formar parte de mis sueños. Fueron demasiados años de obsesionantes inquietudes y ahora tenía derecho a descansar. Ya sabía cuanto podía saberse de tan penoso asunto y, desafortunadamente, nada podía hacer por mi desventurada diosa-mujer-estatua.

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París se desvaneció en la distancia y unas horas más tarde agotado por las emociones y por el viaje, reposaba en mi propia cama, en la que tantas veces me había visto acosado por el enigma de …

Pero, no; no podía consentirme volver a encaminar mi pensamiento por aquellos derroteros. Hice un esfuerzo y satisfecho al comprobar que mi voluntad respondía, me dormí profundamente.

Cuando desperté, sentía unas agujetas tremendas. De momento, no comprendí, pero, de pronto recordé. Había pasado la noche soñando que me encontraba en Milo. Estaba cavando un profundo hoyo. Manejaba la pala como si me fuera en ello la vida. Sudaba a chorros y tenía una sed espantosa, pero no quería detenerme. Tenía que recuperar los brazos de la Venus.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura,1987.

Recorte de prensa de 1987: 2º Premio en el VII Concurso de Cuentos de Carreño a Pedro Martínez Rayón por "Dónde están los brazos de Venus"

Recorte de prensa de 1987: 2º Premio en el VII Concurso de Cuentos de Carreño a Pedro Martínez Rayón por «Dónde están los brazos de Venus»

Carta de desajuste

Aún no se me ha olvidado la ocasión en que, por primera vez, como alumno de segundo curso de Ciencias de la Información, me enviaron a la calle, grabadora en ristre, a realizar una encuesta.

La pregunta clave, abierta de par en par, daba lugar a muchas otras partiendo de las eventuales respuestas. Se trataba, simplemente, de conocer la opinión que TVE merecía  a los viandantes masculinos. De las mujeres se encargarían otros más afortunados que yo.

No me dieron instrucciones concretas, limitándose a decirme: «Hala, a ver como te las arreglas! Luego escribirás un artículo basado en lo que escuches.»

Recuerdo que, un poquillo nervioso, me dirigí al Retiro pensando que quienes se encontraran allí no tendrían mucha prisa y responderían de mejor grado que los transeúntes que circulaban precipitadamente por las pobladas calles madrileñas.

Después de meditarlo un momento, y tras vacilar repetidas veces, opté por un señor de mediana edad que, sentado plácidamente en un banco, dejaba vagar perezosamente su mirada sin fijarla en ningún sitio en particular.

Me senté a su lado y luego de saludarlo con un tímido buenos días, le confesé lo que pretendía de él, añadiendo que era la primera oportunidad en que hacía aquello. Junto a él tenía un neófito con grandes deseos de lucirse. Inmediatamente, me tranquilizó, prometiendo responder a cuantas preguntas le formulase.

Entonces, tratando de aparentar mayor seguridad de la que realmente sentía, hice la consulta inicial de la que esperaba se convirtiera en una brillante carrera plena de aciertos y triunfos

«¿Qué opinión le merece TVE?», indagué con la boca seca por la emoción.

«Lo que más me agrada de T.V. son los anuncios. Me encantan», dijo con acento de sinceridad. «Pero -continuó mientras aspiraba hondamente el humo del cigarrillo recién encendido- los destrozan totalmente intercalando con machaconería trozos de películas, partidos de fútbol y otras zarandajas. La Dirección General del ente público parece no comprender que la publicidad es el motor de la economía. La industria, el comercio y las finanzas se irían al traste sin el concurso formidable de la voz y la imagen publicitarias que, echando las campanas al vuelo, cantan las excelencias de los diferentes productos y servicios. Las autoridades televisivas ignoran que el rancio refrán de el buen paño en el arca se vende, ha pasado a mejor vida. Actualmente, quien no se anuncia no se come una rosca. Por esa razón, no quisiera por nada del mundo ser uno de los responsables de la hecatombe económica que se avecina. Es de todo punto continuar así. Deben cesar de inmediato los programas estúpidos que nos empujan a la ruina. Terminemos con las memeces; publicidad desde que se inicia la programación hasta que finaliza. Si acaso, breves tele-filmes en los que se muestre con detalle la fabricación de artículos de consumo, los métodos de trabajo en cadena y cosas por el estilo.»

Como mi primer cliente parecía dispuesto a continuar por idénticos derroteros, me permití pulsar el stop del aparatito; cortésmente me despedí agradeciendo su inestimable -y, a buen seguro, poco frecuente- opinión y me fui.

Hacía unos instantes, el sol, que hasta entonces mantenía con las nubes una enconada lucha para adueñarse del firmamento, se ocultó.

Resultaba superfluo disponer del título de meteorólogo para pronosticar una pronta lluvia. Efectivamente, no llegué a disponer del tiempo necesario para abandonar el Retiro. Cuando me acercaba a una de sus salidas, allá arriba se abrieron las espitas y el agua inició su descenso. Se trataba de un chaparrón impresionante que puso en desordenada fuga a cientos de paseantes.

Era como, si de pronto, se hubiese dado la orden de salida para un alocado maratón con metas en lugares diferentes.

A toda velocidad crucé la puerta del inmenso parque, atravesé la calle General Álvarez y enfoqué la del Doctor Castelo. No muy lejos, en la acera derecha, un letrero luminos, apagado entonces, pero no menos visible por ello, me indicaba donde podía encontrar refugio. Decía Cayena Pub.

Arriesgándome a tumbar de espaldas a cualquier atrevido que, a pesar de aquella manera de llover, se dispusieron a abandonar el establecimiento, atravesé su umbral y pasé al interior.

La instalación era moderna, demasiado para mis gustos más bien tradicionales. Mucha luz indirecta y escayola. En las ventanas, visillos color rosa de aspecto polvoriento. Una barra diminuta, el pavimento cubierto con moqueta verde limón que desentonaba rabiosamente con la decoración. Veinte o treinta mesitas cuadradas coronadas por ridículos mantelillos de encaje de imitación completaban el cuadro.

Al entra, no había muchos clientes. Después, a medida que la incesante lluvia acosaba a la gente, las mesas vacías fueron siendo más escasas.

A mi  espalda, en la mesa inmediata, dos personas hablaban con entusiasmo de teatro y cine. Agotado, probablemente el tema, la emprendieron con la televisión.

Hasta entonces no había prestado atención y sus palabras venían a ser una especie de música de fondo a mis reflexiones. Pero, tan pronto como escuché el vocablo T.V. agucé el oído.

Lo primero que me llamó la atención fuel el tono de voz de las dos chicas. Por lo que decían supe que una se llamaba Puri y la otra Merche. No me atreví a volverme para echarles una ojeada.

En aquella época, con la inocencia de los periodistas en embrión, aún creía que la primera virtud de un informador debía ser la discreción. Más tarde comprendí lo equivocado que estaba.

De pronto me decidí. Si hablaban de televisión ¿qué mal podía existir en que las entrevistase? Nada, fuera temores, y a por ellas.

Me puse en pié, giré la cabeza y la sorpresa estuvo a punto de hacerme perder el equilibrio y la facultad de emitir sonido alguno.

Frente a mi se hallaban sentados dos seres de difícil definición. Iba a decir indescriptibles o inenarrables, pero recordé a tiempo que ambas palabras estaban proscritas del vocabulario particular de quien deseara escribir. «Si te consideras incapaz de describirlo todo, dedícate a otra cosa. Si puedes narrarlo todo, no utilices esas palabras», decía uno de nuestros profesores.

Así que, tratando valientemente de recobrarme de la impresión, me acerqué, confesé que involuntariamente había escuchado su conversación y les rogué que me confiaran su opinión sobres la dichosa T.V.

Aceptaron, aparentemente de buen grado, me invitaron a sentarme a su lado y, mientras expresaban su parecer, aproveché el tiempo para fijarme bien en mis acompañantes.

Por sus rasgos faciales, por el timbre de sus voces, el tamaño de sus manos, y el vello que adornaba el dorso de sus manos, eran dos hombres.

De caer en la trampa de sus nombres, del abundante maquillaje que cubría ambos rostros, del tinte que había convertido sus cabellos en una rara estopa platinada y de las palabras que utilizaban, debía admitir que me encontraba en compañía de dos mujeres.

Reflexionando más a fondo, hasta el punto de no enterarme de lo que decían, llegué a la conclusión de que estaba ante dos hermafroditas temperamentales, entes en contradicción consigo mismos, objetores de sus propias personalidades y en lucha continua contra sus anheladas antítesis.

¿Se darán cuenta de su triste situación o tendrán la fortuna de vivir su vida en la bendita inconsciencia de la ignorancia?, me pregunté.

Cuando terminaron de hablar, les di las gracias y me despedí aún sumido en pesimistas cavilaciones. Me acerqué a la puerta y comprobé aliviado que el sol volvía a lucir. Sentía curiosidad por escuchar las declaraciones de Merche y Puri, pero esperaría a llegar a casa donde podría poner en marcha la grabadora sin temor a interrupciones molestas.

Ensimismado todavía en lo que acababa de contemplar, caminaba calle adelante cuando me di un encontronazo con un hombre que marchaba en dirección contraria leyendo el periódico. Impedí que se fuera al suelo sujetándolo fuertemente por el brazo y le pedí excusas por mi torpeza.

No le dio importancia a lo sucedido y aún fue tan amable de aceptar mi petición de qué me confiara su parecer acerca de la televisión.

Quizás lo que le prestara su aire poco común fuese su blanca perilla, réplica exacta del cabello cortado a cepillo que coronaba su abultada cabeza. Me hizo pensar que si se pudiera al revés, es decir, boca abajo, la incómoda postura no aportaría gran diferencia a su aspecto facial.

Cuando se encontró dispuesto a hablar, comenzó diciendo que antes de emitir su veredicto era preciso me hiciera saber algunas particularidades de su existencia. Dijo que era ingeniero electrónico, especialista en sonido. Se había jubilado hacía algunos años. Acaso por deformación profesional, o Dios sabía por qué, nunca había sentido respeto por la televisión. Pero, cuando el invento se introdujo en España, adquirió un receptor y el día que se lo llevaron a casa tuvo la ocurrencia de sentarse ante el aparato y contemplar toda la emisión; desde la carta de ajuste hasta el cierre.

Se había sentido tan defraudado, tan harto de las ordinarieces que trasmitían, que muy pocas veces había vuelto a mirar a la pantalla.

Sin embargo, estaba convencido de que una postura pasiva no era suficiente y, haciendo uso de sus conocimientos profesionales diseñó un sistema -en su opinión muy sencillo, pero para mí, lego en la materia, sin pies ni cabeza-, según el cual, mediante la inclusión en el circuito de un sensor conectado a un ordenador que retenía las palabras como «nuevo»; «actual», «moderno», «champú», «joven», «espuma», «técnica», «desodorante», «blanco» y otras, el aparato se desconectaba automáticamente tan pronto como se iniciaba un bloque publicitario, volviendo a entrar en funcionamiento cuando terminaban los anuncios.

Amargamente, reconocí después que el proceso llevaba implícito un fallo en el que no pensó cuando lo ideó. El fracaso se producía a causa de que cualquier espacio no publicitario podía incluir -y, de hecho incluía- las palabras clave y el aparato, como si se hubiese vuelto loco, se encendía y apagaba continuamente.

El descontento propietario delas dos perillas, o los dos tupés -no puedo ser más preciso- terminó revelándome que sus aspiraciones iban ahora más allá. Lo que había conseguido hasta entonces sería juego de niños cuando diera fin a lo que se traía entre manos.

Con mucho misterio y negándose a que aquella parte de su declaración fuese grabada, me hizo partícipe de su gran secreto. Tenía muy avanzada la construcción de un aparato con el cual interferiría e impediría la transmisión de todo mensaje publicitario.

A nivel mundial, añadió con un brillo diabólico en los ojos ocultos tras las gafas de gruesos cristales. Piense usted en los satélites, dijo por último antes de alejarse.

Después de aquello, no me quedaban ánimos para volver a poner a prueba mi suerte. Así que, en cuanto localicé un boca de metro, acompañado por lo que me pareció medio Madrid, descendí las escaleras y conseguí no morir en el empeño de introducirme en un vagón a punto de reventar. Eran las ocho menos cuarto de la tarde. Hora punta.

Impaciente, ascendí los nueve pisos que separaban la calle de mi domicilio, echando una resignada ojeada al familiar letrero de «No funciona» que, estoy convencido, debe ser facilitado por la casa al instalarse en el momento de colocar el ascensor.

En cuanto estuve en mi habitación, cómodamente repantigado en una mecedora, hice retroceder la cinta hasta el momento en que iniciaba su respuesta Puri.

«Pues a mí -aseguraba éste/a con acento en que se adivinaba un mohín de coquetería- me chiflan los pases de modelos; cuanto más atrevidos mejor. Sobre todo, los de ropa interior. Esas prendas finísimas, de tenue seda tienen que ser una caricia para la piel, ¿verdad, tesoro?»

Debía dirigirse a Merche, pues éste/a, respondía con voz de sochante y sonsonete de frágil damisela: «Claro, cariño, ¡qué gozada! Pero, qué va. A esos patosos de Prado del Rey, sólo les excitan los combates de boxeo, partidos de fútbol, el torneo de las cinco naciones y ese horror de corridas de toros. Pobres animalitos de mi corazón. a ellos deberían torearlos. y puede que a más de uno habría que afeitar.»

Intervenía de nuevo Puri para afirmar que mucha democracia y muchas narices pero, en realidad, no se respetaban los derechos humanos. Cada persona debería ser libre para ejercitar su opción individual a vivir de acuerdo con las normas del sexo que prefiriese.

«Bravo, Puri, amor. Tienes un pico de oro. Estoy segura de que si te decidieses a crear un partido político, te forrabas de votos», tercio Merche.

Basta, basta ya, decidí apagando el aparato. Como mañana no se me dé mejor esto, estoy fresco. Buen artículo voy a escribir si no encuentro nada más interesante.

Mientras tanto, la noche había caído y, cosa absolutamente normal, no se rompió nada. La noche lleva millones de días cayendo y jamás se fracturó un tobillo. Claro que, cuenta con un entrenamiento envidiable.

A la mañana siguiente, fortalecido por ocho horas de sueño ininterrumpido, salí a la calle con renovados bríos. Fuera temores. La vida es de los audaces, me decía, guiñando los ojos a causa del sol, que me daba en la frente.

Con estas sandeces y otras aún mayores que no declaro por pudor, me trasladé una vez más al Retiro y, osadamente, le disparé a bocajarro mi pregunta a un viejecito de apariencia inofensiva y bonachona.

Su respuesta fue un modelo de síntesis: «No puedo contestarle, pues carezco de suficientes elementos de juicio. Si, poseo un aparato. No, no está estropeado. Me han cortado la corriente por falta de pago. Soy jubilado de la Renfe.»

Sin dejarme amilanar por semejante fracaso, me revolví como una alimaña y me encaré con mi próxima víctima, un hombre altísimo con cara de pocos amigos, pero, según dijo, dispuesto a hablar.

«Podría revelarle aspectos desconocidos acerca de la contemplación de imágenes en movimiento, pero soy individuo de pocas palabras. Sostengo firmemente que si la palabra es plata, el silencio es oro; en boca cerrada no entran moscas; por la boca muere el pez y la palabra más elocuente es la que no ha sido dicha.»

» De todos modos, ya que ha sido usted tan amable de solicitar mi opinión, haré una excepción, aunque sólo sea como mera devolución de su cortesía. Le responderé con toda brevedad, sencillez y veracidad. Verá usted.»

«Yo desciendo de familia modesta, no sobrada de recursos económicos, cosa que me obligó a abandonar los estudios tan pronto como supe leer y escribir. Por entonces, mi maestro de primeras letras había despertado en mi alma infantil una insaciable sed de saber…»

«Pero, pero, ¿qué tiene que ver…?», interrumpí desconcertado.

«Espere y verá, joven -respondió imperturbable. Pronto hallé la solución. Si no podía continuar estudiando de manera oficial, lo haría a mi aire y sin intervención de autoridades académicas. Por una módica suma mensual, podía acudir a la Biblioteca Pública y leer y releer…»

«Perdone, señor», corté impaciente. «Le he preguntado por su opinión sobre la televisión y no veo que esto tenga que ver con…»

«Todo se andará, jovencito», interpuso a su vez mi entrevistado sin descomponer la figura.

«…cuanto se encontraba archivado en aquel templo del saber. Leí incansablemente; cada minuto que el desagradable deber de procurarme la grosera pitanza me dejaba dueño de mis actos lo dedicaba a la gozosa adquisición de cultura. Mi figura llegó a hacerse tan familiar en la Biblioteca que ala mesa ante la que, indefectiblemente, me sentaba se la llegó a conocer por la mesa de la M, en exquisita alusión a mi saber enciclopédico, mi apellido Martínez y una clara referencia a la Real Academia de la Lengua…»

«Vuelvo a rogarle me disculpe si cerceno descortésmente su docta disertación, pero, o me responde con dos vocablos, o lo dejamos. A ver, ¿qué opinión le merece T.V.E.?»

«Abominable fiemo», contestó alejándose de pésimo humor aquel ambulante volumen en rústica.

Dos intentos y otros tantos fracasos, pensé con amargura. No obstante, encogí mentalmente los hombros (inténtelo y comprobará que puede hacerlo) y, resuelto a no marrar en el empeño, orienté el rumbo hacia la primera persona que se me puso a tiro.

Se trataba de una criatura del sexo masculino, de apariencia apocada que parecía caminar sin destino definido, dejando que los pies embutidos en zapatos cubiertos de polvo, lo llevaran a cualquier sitio.

«Dispense usted, señor -le dije repitiendo una vez más la pregunta que ya había logrado despertar en mi una inexplicable repulsión-: ¿qué le parece al televisión española?

«Pues, verá -respondió prontamente, deteniéndose en seco (recuerde que había cesado de llover y hacía un día imponente)-, me temo que no voy a serle de ninguna utilidad.»

«Ah, ya entiendo. No la ve usted.»

«La veo y no la veo. La veo de pasada, cuando entro en una cafetería, pero esa no es la manera. Suele haber tanto barullo y ruido que no puedo decirle si me gusta o no, si es buena, mala o regular. Y en casa…»

«En casa no la tiene», dije velozmente deseando cortar de raíz la posibilidad de encontrarme  con un encuestado tan insoportablemente locuaz como el anterior.

«Tampoco es eso. En casa tengo un receptor, pero no funciona. Lo he mandado a arreglar muchas veces sin resultado alguno. Me dicen que no tiene ninguna avería y, a pesar de todo, con capta sonido ni imagen. Verá usted, yo vivo solo y, por ello, cuando me marcho a la oficina dejo la llave del piso al portero que se la entrega al técnico. Luego éste  me llama por teléfono diciendo que el aparato marcha a la perfección y que le debo 1.500 pesetas de la salida. Por la noche, yo llego a casa y nada. Ya estoy más que harto.»

Con estas palabras se alejó lentamente, arrastrando los pies con tal aire de abatimiento que causaba lástima.

En cuanto se fue aquel frustrado televidente, se me acercó un chico joven, aproximadamente de mi edad, que me dijo: «He oído lo que le ha dicho ese señor. Yo soy el técnico que visita regularmente su domicilio. Su aparato no tiene ninguna avería. Estoy dispuesto a jurarlo ante Dios y ante los hombres. No se me ocurre otra cosa que pensar que se le olvida pulsar el interruptor de encendido. No me atrevo a decírselo.»

«Yo sí», atajé, corriendo ya hacia la figura de mi reciente entrevistado que estaba a punto de desaparecer tras una esquina, al fondo de la calle.

Tan pronto como le alcancé, disparé a bocajarro, sin preámbulos: «¿Le da usted al botón de encendido»»

Él, con ojos inocentes en los que se reflejaba todo un mundo de sorpresa y esperanza, respondió con otra pregunta: «Y, ¿qué botón es ese?

«Uno señalado con la palabra ON, osea, o, ene.»

Cuando comprendió, pareció trasformarse en otro hombre. Me dio calurosamente las gracias y se puso en marcha nuevamente hacia su solitario piso. Ahora caminaba con paso firme y hasta los zapatos parecían haber recuperado el brillo de otra época mejor, sin complicados botones misteriosos.

Una sensación de placidez me invadió. Era plenamente consciente de haber asistido al nacimiento de otro teleadicto. Incluso podía considerarme un poco como su padre.

En aquel momento de plenitud vi que se dirigía hacia mí un viejecito que andaba lentamente apoyándose en un nudoso bastón. Llevaba el cuello del abrigo levantado hasta las orejas y contaba con el refuerzo de una gruesa bufanda de lana, tejida quizás a mano, amorosamente, por una nieta que, a cambio sería probablemente abroncada por el uso de la minifalda y el abuso de los Ducados.

«Le ruego me disculpe, señor -le dije decidido. ¿Podría decirme qué, etc»

«¿Cómo dice?», inquirió con una voz cascada mientras me contemplaba con la misma benevolencia que si, de pronto, le hubiese colocado una víbora ante las narices.

«¿Qué si tiene la bondad de decirme qué opinión le merece Televisión Española?»

«Ah, creía que… pero, bueno. Si se trata de eso, le diré: Para mí, patriota donde los hay, la opción de que carece la aviación española, a pesar del programa Faca…»

«No, no señor. No le pregunté por la opción de que carece la aviación española, sino sobre…», dije elevando la voz un par de tonos con lo que conseguí que algunos transeúntes se volvieran a mirarme indignados ante tamaña falta de consideración hacia quien podía ser mi abuelo.

«Si se empeña en hablar en voz tan baja, no voy a poder entenderle», continuó el portador de la tremenda estaca, moviéndola impaciente. «Esto es un robo descarado -añadió golpeando la contera contra el pavimento. Compré las pilas hace cuatro días y ya deben de haberse agotado. Vamos, hable más alto y no me haga perder tiempo.»

«Si no tiene usted inconveniente -repetí a grito pelado- desearía que me diera a conocer…»

«Entendido jovencito. Pues le diré. Quiere usted saber qué sensación me ofrece la selección española. Pues lo siento, amigo, no soy aficionado al fútbol. Lo mío es el levantamiento de pesas y el judo. Ahora ya no, pero debería de haberme visto hace cincuenta años. En 1916, gané…»

Entonces hice algo de lo que me creía incapaz. Oprimí con fuerza el botón de stop de la grabadora y, a escape, desaparecí de escena sin despedirme.

Al día siguiente, devolví a la Facultad el trasto infernal que me había causado tantas molestias, sorpresas y sinsabores.

Estaba seguro de que, con mi decisión de abandonar los estudios de periodismo, iniciaba una guerra de familia, pero también tenía la certeza de que, cuando conociesen los motivos que me impulsaron a tomarla, se firmaría un armisticio duradero. Sin rencores.

De ninguna manera estaba dispuesto a escribir si entre mis futuros lectores se encontraban algunas cabezas como las conocidas hacía poco tiempo.

El público me comprendería más fácilmente si prestaba atención a sus pies.

Si, me haría pedicuro.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987