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A la luna de Valencia

Por favor, no me interprete mal. No voy a tratar de demostrar que el idioma español, nuestro querido y difícil idioma, carece de desmesurada abundancia de palabras, expresiones y riqueza de giros, es decir, de un vocabulario amplísimo.

Quizás se haya sonreído al leer lo de difícil. Pues si, señor. Es muy difícil. Dígale usted cualquier cosa a un chino (no me busque a uno que hable nuestra lengua) y verá cómo no entiende ni palabra.

Lo que, de verdad, deseo es poner de relieve que la superabundancia de vocablos que se dan cita en nuestra lengua, resulta más dañina que la propia escasez. Especialmente, a los extranjeros carentes todavía de un léxico bien nutrido les origina una total incapacidad a la hora de enterarse del significado de lo que se habla al alcance de su atento oído.

Ya sé que el mismo hecho se produce en el caso de otros idiomas, pero, verdaderamente, el español es para volver loco al más cuerdo.

Un inglés, hombre preparado y cultísimo, conocedor de nuestra lengua en medida más que suficiente para sostener sin vacilaciones una conversación normal, me dijo hace poco que, por fin, había tenido la suerte de oir hablar un dialecto. El vallisoletano.

Su información me dejó un tanto asombrado y, deseando conocer qué se ocultaba tras aquella intrigante noticia, le rogué me repitiera, si podía, alguna frase o palabra del, hasta entonces, oculto tesoro lingüístico.

No sólo podía, sino que me hizo escuchar buena parte de la conversación previsoramente grabada en una cinta magnetofónica.

Se me han olvidado muchas de las expresiones que oí, pero trataré de reproducir para ustedes las que recuerdo, pues debo hacerles partícipes del descubrimiento filológico de mi amigo. Ahí va:

«¿Cuánto apoquinó?»

«Cincuenta mil machacantes, uno encima de otro»

«Narices, está a dos velas»

«Dos años hace que tengo la mosca detrás de la oreja»

«El tío es un faldero»

«¡Qué va, que vá!»

«Su costilla está que brama»

«Y dale. Tú erre que erre»

«A mí me soplaron que es de la acera de enfrente»

«¡Y un jamón!»

«No me apea de la burra ni mi madre»

Al llegar a este punto, le dije al estudioso británico: Detén la cinta, y haz el favor de decirme qué «sacas en limpio», bueno, perdona, qué has entendido de cuanto llevamos escuchando.

El fiel súbdito de su Graciosa Majestad, sacó de una maltrecha y abultada cartera de piel, repleta de papeles, las notas en las que resumía las innumerables acotaciones y explicaciones obtenidas de la transcripción de la cinta y muy seguro de si mismo, con evidente entusiasmo científico ante los positivos resultados de su laboriasa investigación, leyó:

«Consecución de 50.000 martillos o machacantes para derribar, ¿una casa?, situada en la acera de enfrente en la que se encuentra la madre (de uno de los que habla) con su burra y un perro faldero llamado «Tío» que tiene una costilla que protesta (brama). Un hombre (no pude saber cual) va dos veces a soplar unas velas.»

Tengo que confesar, añadió elevando la mirada, que no comprendo la frase en que alguien dice tener una mosca detrás de la oreja desde hace dos años. ¿Cómo es posible que una mosca permanezca tanto tiempo inmóvil?

Tampoco logro encontrar el motivo de incluir en la conversación las palabras «narices, erre que erre, y un jamón».

En cuanto a lo de «qué va, qué va», me deja perplejo. Conozco la expresión «¿quién va?» que utilizan los centinelas, pero no creo que aquí…

Permaneció pensativo un buen rato y, finalmente agregó: ¿Tú que crees?

Estoy tan desorientado como tú, le dije con expresión seria. Y añadí: Creo que lo mejor sería, en vista de la dificultad que presenta el vallisoletano, que nos olvidásemos de él y nos dedicáramos al estudio del árabe.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Foz, Julio 1986

Ora et labora

Humildemente reconozco, tras cerca de cuarenta años trabajando, que no me gusta el trabajo. Soy un vago frustrado, carente de oportunidades para ejercer su vocación. Procuré, durante todo este tiempo, descubrir el medio que me permitiera despachar la corrida con el menor desgaste posible, y lo encontré. Se trata, sencillamente, de realizar la tarea de forma que el resultado sea mejor que aceptable.

El trabajo, resultante de la maldición divina, es algo mucho más desagradable de lo que en principio se nos impuso. En realidad, con el mandamiento de desahucio de nuestra paradisíaca residencia únicamente se nos dijo «Ganarás el pan con el sudor de tu frente». Lo que vino a continuación fue la consecuencia natural de la gula humana.  ¿Se figura usted lo que sería esta perra vida si nos hubiéramos conformado con el pan? Bastaría con el trabajo de dos horas diarias para satisfacer nuestras necesidades.

Pero no. Tras el pan vinieron la mantequilla, los abrigos de visón, el chorizo de Cantimpalos y el champán francés. Y así, no hay modo de descansar.

De todas maneras, el trabajo tiene sus compensaciones. No de tipo crematístico, como era de esperar, pero sí de otra naturaleza.

El trabajo ennoblece, se dice. Y debe ser cierto, pues el Almanaque Gotha está repleto de aristocráticos nombres que han obtenido, sin duda los nobilísimos títulos, merced al infatigable desempeño de sus afanes laborales.

Existe uno que debe la distinción al admirable esfuerzo de imaginación y poderío físico de haber llevado a cuestas, a través de un lodazal, a cierto monarca, para mantener impoluta la blancura de los regios escarpines.

En otro orden de cosas, el «Who´s who» y el libro récords de Guinnes dan a conocer la aristocracia del dinero, el talento, el ingenio, la resistencia, etc., etc. en todos los terrenos y aspectos de la existencia, puesto todo ello de manifiesto a través de la perseverancia en el trabajo.

La veracidad de «Arbeit macht frei» (el trabajo libera) la demostraron más de 15 millones de judíos que lograron su libertad en las cámaras de gas nazis, como premio a su infatigable labor en campos de concentración cuyas puerta, sólo de entrada, se adornaban  con la profética frase.

En esta ocasión, los alemanes hicieron honor a la palabra dada y no impidieron, como probablemente podrían haber hecho, si se tiene en cuenta lo avanzado de su técnica, que los espíritus de sus involuntarios huéspedes alcanzaran la liberación. Al fin y al cabo, el cuerpo no sólo es materia.

Bastará con que observemos el saludable color de la raza negra para conceder crédito al dicho «el trabajo es salud». Es innegable que los negros siempre han trabajado para los blancos. Y así estamos. Tan pálidos, tan enfermizos que nuestra piel ya ha adquirido el tinte de los gusanos que nos han de comer.

Señalando con el dedo, cosa poco refinada según aseguran, los ingleses presentan una tonalidad malsana, lívida. En definitiva, cadavérica.

¿Y cree usted que es una cuestión de melanina? Pues, no. Se trata simplemente del secular ocio en que han vivido, ya desde antes del invento de la Commonwealth, original convenio a la fuerza, de acuerdo al cual, a cambio de un pasaporte de orden inferior y un trabajo que los pone negros, los nacidos en ciertas naciones tienen derecho a contemplar en el British Museum de Londres, el fruto de sus respectivas y lejanas civilizaciones.

Y ¿dónde queda lo del «ora»? He dejado para el fina la primera palabra del latinajo que preside estas líneas por entender que lo último que se lee es lo que más tiempo perdura en la memoria. Es importante que oremos impetrando la gracia del trabajo, la desaparición del paro y la creación de innumerables puestos de trabajo (aunque no sean más de 799.999).

De no ser escuchados, entraremos de sopetón en el marasmo de un ocio colectivo y permanente que nos convertirá en descoloridos fantasmas de los sanos currantes que hemos sido.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina, Oviedo, 1986

Los aprensivos

Venancio, con mano insegura aún dominada por el sueño, oprimió el botón que silenciaba el estridente repiqueteo del despertador. Eran las seis y media de la mañana de un día, a juzgar por los ruidos que le llegaban de la calle -cuatro pisos más abajo-, lluvioso y desapacible.

Cuando en su ciudad el cielo abría las espitas, y lo hacía con harta frecuencia, el sonido producido por el agua al ser desplazada por las ruedas de los automóviles proporcionaba al oyente atento un parte metereológico más fiable que el de la TV. Sólo era cuestión de saber escuchar y Venancio sabía como hacerlo. Contaba con años de experiencia.

Primero su madre, excelente mujer que habíá alcanzado el estado de viudez a consecuencia de unas fiebres puerperales…

¿Cómo que no puede ser? No sea usted atropellado y déjeme terminar.

Decía, cuando, sin ninguna consideración, no ha dicho pero ha pensado que acababa de escribir una barbaridad, que Venancio se había convertido en huérfano de padre al fallecer éste en un precipitado descenso de las escaleras, olvidando la conveniencia de utilizar los peldaños y el pasamanos, es decir, que trató de imitar el vertiginoso picado de halcón sin disponer de sus  planos de sustentación. Hablando en cristiano, que se descrismó, haciendo de su esposa, atacada violentamente por las terribles fiebres puerperales, una viuda y recién estrenada madre.

Naturalmente, el padre de Venancio no tuvo oportunidad de ver refrendado por el médido su precoz diagnóstico pero, a cambio, resultó protagonista de un vistoso certificado de defunción que el mismo doctor, ya metido en harina, despachó negándose, generosamente, a percibir el importe de dos salidas. «En realidad -dijo- he matado dos pájaros de un tiro».

Pero bueno, comentaba líneas atrás que Venancio estaba habituado a escuchar las continuas advertencias de su madre recomendando el uso de la bufanda, los chanclos y el paraguas tan pronto como el termómetro descendía de los veinte grados; el consumo de un par de aspirinas cuando soltaba un estornudo; los chupetones de pastillas de mentol si carraspeaba; la ingestión de tisanas y hervidillos en cualquier momento y, para opropio final la utilización de una camiseta de felpa velluda desde el 1 de enero al 31 de diciembre (por supuesto, no siempre la misma).

Después, como su madre, cansada de desoir las repetidas llamadas que su difunto  consorte le  transmitía desde el otro mundo, decidió que ya era hora de responder y liar el petate como una buena esposa, Venacio, para entonces con treinta y un años a cuestas, pasó a depender de sus tías Anuncia y Pruden, pues no estaba bien que un joven sin experiencia viviera solo y sin amparo (con minúsculas, faltaría más).

Aquellas tías, lo digo con todo respeto y únicamente aludiendo al vínculo de parentesco que les unía, dejaban chica a la mamá en cuanto se refería al grado de proteccionismo, la superabundancia de consejos y las férreas imposiciones, eso sí, envueltas en arrumacos y dulces palabras.

En resumen, Venancio podía hacer alarde de un desconcierto mental descomunal y, peor aún, disfrutaba de una mala salud morrocotuda, pero no presumía de lo primero y trataba de ocultar la segunda.

Lo que no podía disimular, y era algo que se veía aún cuando sólo se mirase de reojo, eran sus escrúpulos, recelos y desconfianza.

A su alrededor, todo tenía que estar reluciente, limpio, lustroso, radiante. Sobremanera, cuanto se relacionara con comida, bebida y ropa interior no debería ofrecer la menor duda. Ultimamente, había estado estudiando con detenimiento folletos publicitarios que especificaban los más recientes adelantos en autoclaves. ¡Qué cosa tan segura para los calcetines! ¡Cuando adquiriese una de esas máquinas sus pies serían los más asépticos de la creación!

Aquella mañana, cuando por fin logró despejar totalmente las brumas del sueño, y se encontró a solas en el cuarto de baño, -el marcaje de sus tías no llegaba hasta aquel íntimo paralelo- Venancio revisó concienzuda y minuciosamente su cuerpo, como hacía siempre. Utilizando hábilmente el espejo del lavabo y el del armario situado enfrente, ni un centímetro de su piel escapó a su atento escrutinio.

Un diminuto grano, una pequeña mancha, la sospecha de una leve peca en formación, le hacían lanzarse a la elaboración de las más descabelladas teorías médicas. Digno hijo de su padre, aseguraba contar con un ojo clínico  infalible. Afortunadamente, no era así, pues en más de una ocasión sus meditados y catastrofistas autodiagnósticos se revelaron, al final, como espléndidos fracasos.

El repentino fallo de un pie, al andar, era señal de tuberculosis ósea, una punzada intercostal, síntoma de pulmonía doble o neumotórax espontáneo, un zumbido en los oídos, indicación de inevitable perforación del tímpano, un retorcijón de tripas, la primera manifestación de una inminente peritonitis, la tenue decoloración de la piel, insensible a la palpación, indicios ciertos de lepra.

La consecuencia lógica de su patológico temor a la enfermedad era una vida encogida y timorata, ajena a cuanto hacía agradable la existencia a hombres y mujeres de su misma edad.

En aquella oportunidad, ya a punto de concederse el «apto para todo servicio», localizó una microscópica mácula sobre el borde del músculo pectoral izquierdo. Alarmado súbitamente, tomó la esponja aún jabonosa y frotó enérgicamente aquel pequeñísimo puntito que, ante el tratamiento de choque, ópto por desaparecer. «¡Ah! -exclamó Venancio satisfecho-, con que te vas, ¿eh?» «Pues no te molestes en volver -añadió en tono de broma- que me disgusta la suciedad.»

Tranquilo ya, dió fin, apresuradamente a su aseo exterior y fortificándose interiormente para soportar la puntillosa revista que pasarían las dos tías, ambas más exigentes que el sargento Gómez, famoso martinete humano omnipresente en su servicio militar y, ocasionalmente, comparsa en alguna pesadilla actual, salío al pasillo diciendo «Ya estoy listo».

La revisión, que no voy a detallar, fue rápida pero cabal. Realizada con una economía de movimientos que proclamaba su elevada experiencia, dejó unicamente sin inspeccionar el carburador, quiero decir las partes pudendas, precisamente por la falta de pudor que representaría para dos señoritas solteras como Anuncia y Pruden el examen, al natural, de la intimidad más personal de su sobrino, al fin y al cabo, hombre.

Sólo de pensar que algún día, por descuido, pudieran cometer la ligereza de poner al descubierto lo que mejor estaba tapado, hacía que las dos hermanas se sonrojaran profusamente y evitaran mirarse a los ojos.

Después de los inacabables consejos, advertencias y admoniciones, «No te vayas a mojar», «cuidado con las corrientes», «mira bien antes de cruzar la Calle Mayor, que hay cada conductor…», «baja despacio la escalera, recuerda a tu pobre padre», etc., Venacio, con la sensación de ser un moderno Marco Polo, se fue al Ayuntamiento, del que era aparejador municipal, distante de casa unos 450 metros.

Su jornada laboral transcurrió, sin pena ni gloria, entre planos y croquis, solicitudes de licencia de construcción y otros divertidos papelotes. Una verdadera orgía humorística. La tarde, un calco de la mañana y de todos los días no festivos de los últimos años, finalizó. Se fue nuevamente a casa, leyó un rato, contempló la tele un par de horas, cenó, se acostó, durmió, hizo callar al despertador… Una vida pletórica de novedades y sorpresas; variedad suficiente para satisfacer al ser más aficionado a la aventura.

Pero, en realidad y aunque cuando se acostó aquella noche Venancio no podía sospecharlo, una mutación se perfilaba en el horizonte de su monótona existencia.

Al realizar la cotidiana revisión corporal, la diminuta manchita se encontraba otra vez en el mismo lugar. «El bolígrafo -pensó inmediatamente-. Esto tiene que ser el bolígrafo que habré colocado con la punta hacia arriba en el bolso de la americana». Verificó la suposición, pero no.

Como de seguir paso a paso la lucha encarnizada que, a partir de aquel momento, se entabló entre Venancio y su manchita, esta historia podría convertirse en algo excesivamente largo y tedioso, cortaré por lo sano y me limitaré a hacer constar que se trataba de la manchita más persistente conocida hasta la fecha.

Las tías tomaron cartas en el asunto y se ensayaron distintas clases de quitamanchas y como, en realidad enviar a la tintorería a su sobrino resultaba demasiado drástico, estaban las pobres hechas un lío.

Algunos días más tarde, la familia comprobó con alarma que la diminuta manchita podría considerarse vejada de persistir en la necia calificación de liliputiense. Había aumentado perceptiblemente y su crecimiento no llevaba trazas de detenerse. Ante aquel extraño fenómeno, y principalmente a causa de la insistencia de las tías, Venancio accedión a acudir al médico, pero no porque sintiese temor alguno. En  aquella ocasión, cosa extraña, no experimentaba el menor cuidado. Vaya usted a saber por qué. El doctor que intervino en caso tan extraño, no observó nada anormal pero, por tratarse del mismo galeno que había extendido los certificados de defunción de ambos progenitores de su consultante, decidió que Venancio fuese a ver a otro doctor. Este tampoco encontró motivos de alarma pero recomendó distintos análisis y una biopsia.

Venancio continuaba siendo optimista y con absoluto desprecio hacia la clase médica decía convencido: «Tanto estudiar, para nada; no saben una palabra. Esto está claro; se trata de una peca indecisa.»

Pero en aquella ocasión, como en otras, su ojo clínico también falló.

Cuando los resultados de la biopsia fueron conocidos, no ofrecían el menor resquicio para la duda. La recalcitrante manchita en su nacimiento, y adulto lamparón en la actualidad, era realmente un maligno brote de aburrimiento.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa, Oviedo 1986

Tortilla y empanada

Hace ya bastantes años, cuando la posesión de un automóvil constituía un signo externo de riqueza y no había comenzado aún el boom de los autobuses, los dos únicos medios masivos de transporte eran el tren y, naturalmente, las dos piernas.

Un día, mi amigo Manolo y yo decidimos invitar a dos chicas, muy monas, por cierto, a acompañarnos a la playa de San Juan de Nieva. Como aquello quedaba un poco lejos, se imponía la Renfe.

Asturias. Playa de Salinas.

Asturias. Playa de Salinas.

Las dos chicas aceptaron, con la única condición de que el traslado corriese por nuestra cuenta, y la intendencia por la suya.

El domingo, a las 7,30, Manolo y yo nos encontrábamos en la estación formando parte de una nutrida cola de pacientes aspirantes a viajeros, que esperaban su turno para sacar los billetes. Tan pronto como llegaron nuestras invitadas, nos dirigimos a la vía muerta donde una larga fila de vagones de madera esperaba indiferente el incruento pero atropellado y violento abordaje de los excursionistas.

Después de la refriega y de una hora larga de espera, comenzó el viaje entre asmáticos jadeos de la máquina de vapor. Hasta Villabona, lugar en que debía producirse el trasbordo, no hubo más problemas que los normales, pero allí se produjo un nuevo pandemonium empeorado por los gritos desgarradores de madres que no encontraban a sus retoños, y de padres a quienes en la ruidosa confusión habían despojado de sus reservas bebestibles.

Por fin, tras dos horas y media de tormento ferroviario, la llegada a la playa. Entonces, entre jadeos y tacos, nuevas carreras para ocupar los espacios mejor situados.

Manolo y yo, conocedores del terreno, sin apresurarnos, fuimos al sitio que más nos convenía y, una vez despojados de pantalones y camisas, aunque la temperatura pedía a gritos el concurso de abrigos de piel, nos sentamos y, por decir algo, preguntamos:

«¿Bueno, y qué tenemos para comer?» La respuesta de nuestras acompañantes no fue muy tranquilizadora:

«Es una sorpresa», dijeron.

Yo, no puedo evitarlo, soy enemigo acérrimo de las sorpresas.

Manolo, en plan concursante, dijo: «¿por qué no nos dais una pista?»

«Os vamos a dar dos pistas», contestaron. «Pero no tenéis derecho más que a dos respuestas cada uno». Y añadieron: «uno de los platos principales empieza por T y el otro por E».

Manolo, rápido en sus deducciones, dijo: «Tomateros con guisantes y emparedados de jamón».

Las dos chicas se miraron un poco apuradas y dijeron a coro: «No».

Yo, más cauto y menos ambicioso que Manolo, dije: «Tomates con lechuga y escabeche».

El no simultáneo tuvo, en esta oportunidad, un tono de alivio.

A todo esto, el cielo se había ido cubriendo de nubes y soplaba un viento gemelo hermano del que agita las hojas de los abedules siberianos.

En el mástil de la Casa del Mar ondeaba la bandera roja y por los altavoces se repetía que a causa de la fuerte resaca el baño estaba formalmente prohibido.

En vista de la situación y de que ya eran cerca de las dos, se decidió unánimemente que, como los duelos con pan son menos, había llegado el momento de comer.

Las chicas sacaron las viandas y, entretanto, nosotros fuimos a buscar cerveza a un merendero cercano.

Cuando regresamos, la ¡¡comida sorpresa!! estaba servida.

La T era la inicial de tortilla, y la E, de empanada.

Entonces, comenzó una verdadera comedia en la cual Manolo y yo representábamos el papel de hambrientos que comían con agrado las abundantes raciones que les servían cuando, realmente, escondían entre la arena lo que podían sacar de la boca o del plato.

Desde luego, la tortilla era amarilla, redonda y tenía patata, además de una excesiva dosis de sal. Pero ahí termina todo parecido con una tortilla. La patata no quería trato alguno con el huevo y se había declarado francamente separatista, terminando la faena por no dejarse freír, prefiriendo seguir manteniendo su estado primitivo, es decir, el crudo.

En cuanto a la empanada, como no teníamos motivos para dudar de la buena fe de las cocineras, mentalmente admitimos que se trataba de una empanada y no de un ladrillo refractario.

Las distintas coloraciones de aquel engendro, negro carbón, negro humo, gris marengo, marrón, café con leche, marfil, blanco tiza, y blanco españa, hacían imposible adivinar si había permanecido en el horno cinco minutos a fuego vivo, o cinco días a fuego lento.

Con una previsión que honraba a sus fabricantes (empleo esta palabra conscientemente), la empanada ya venía troceada, con lo que se evitaban el transporte del cortafríos y el mazo, únicos instrumentos aparte de la cizalla, con que podría procederse a su ataque.

Terminado el refrigerio, que nos dejó varias piezas dentales en estado precario, y en vista de que comenzaba a llover insistentemente, optamos por trasladarnos con armas y bagajes al merendero. Allí comenzamos a jugar a la brisca. No conseguimos terminar la primera partida gracias a la espontánea colaboración de un niño que decía: «como no tengas cuidado, te van a comer el TREES», canturreando la frase y cargando el acento en la última e.

Aquello era digno remate de una jornada que habíamos imaginado bien distinta, en vista de lo cual decidimos trasladarnos a la estación dispuestos a soportar otras dos horas de espera, preferibles a la actuación del inoportuno rastreador de treses.

Con el tren en marcha ¡por fin!, conseguimos hacer triunfar nuestra interesada versión de que la comida había sido demasiado fuerte y todavía no podíamos pasar bocado.

Nuevo trasbordo en Villabona, cuarto asalto para ocupar asientos en el interior y no en los topes y, a Dios gracias, en Oviedo.

Alegando quehaceres académicos urgentes, despedida apresuradísima en el mismo andén de llegada y, muertos de hambre, poniendo en juego las últimas reservas energéticas conseguimos llegar a un bar cercano donde, con un hilo de voz, pedimos un par de bocadillos de jamón y dos vasos, grandes, de leche.

Como fieras, despachamos aquella reconocible y fiable delicia comestible, en absoluto silencio.

Después, saboreando lentamente, a traguitos, la leche, Manolo rompió su mutismo y comenzó a reír a carcajadas.

«Tienes un extraño sentido del humor», le dije. «¿De qué demonios te ríes? si se puede saber», añadí.

«Pues claro que puedes. Pensaba en la polémica que puede montarse si, algún día, un arqueólogo despistado decide realizar una excavación donde fingimos la comida y termina por encontrar los restos de la comida y la empanada. Puede decir, con razón, que no está seguro acerca de su origen. Quizás sean restos de una muralla fenicia, vestigios de un castro celta o fósiles del pleistoceno».

«Desde luego, cualquier cosa menos comida».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina, Oviedo, 1986

Retroevolución

Si Chesterton escribió, «Soy demasiado escéptico como para no tomar en serio la leyenda», yo, no tan conocido como el autor inglés, pero con la inmensa ventaja de encontrarme, aunque sólo sea provisionalmente, entre los vivos, afirmo seriamente que soy excesivamente crédulo para admitir lo evidente.

Por supuesto, existen casos en que la repetición de los hechos, la naturaleza con que se producen y lo improbable de su misma probabilidad, me imponen su aceptación.

No me cabe la menor duda acerca de lo correcto de la teoría de Darwin. Basta con observar imparcialmente y sin prejuicios, algunos ejemplares humanos que circulan libremente por las calles, sin ser importunados por celadores del Zoo o laceros municipales, para comprender que el genial científico dió en el clavo.

Es cierto; el hombre desciende de otro animal. Y no estoy aludiendo al padre real, humano e inmediato, sino, literalmente, a otro irracional de distinta familia.

En ciertas ocasiones la progenie es innegable y, así, tenemos el privilegio de contemplar bípedos implumes con rostro de chimpancé, cara de besugo, fisonomía de bull-dog, semblante de zorro, rasgos de ardilla, figura de elefante.

En ocasiones, el linaje natural se hace patente en la forma de andar, resultanto divertido observar los saltitos nerviosos, como de canario, de una formidable matrona que daría en la báscula los cien kilos, o el paso receloso y precavido propio de un bambi puesto en fuga, de un gigantón con cara y melena de león, o el caminar bamboleante y perezoso, peculiar de un oso panda, de un hombrecillo cuya faz es el calco de una ardilla.

Hasta la voz delata nuestro origen animal. Que levante el dedo quien no haya escuchado nunca un rugido estremecedor demandando: «¿Cómo, aún está sin terminar lo que ya ordené hace veinte segundos?»

Hay quienes causan la sensación de emitir gruñidos, en vez de palabras y, en fin, otros cuya elocución más se asemeja a concurso de ladridos que a comunicación humana.

Incluso cuando éramos unos inofensivos animalitos, es decir, de niños, hemos sobresaltado al vecindario con nuestra tosferina.

Por contra, existe la voz amorosa, la que arrulla, también de procedencia animal, la de la paloma.

Cuando decimos que fulanita tiene mirada perruna, no estamos exagerando. Pero casi siempre que hacemos esta afirmación aludimos a una mirada triste, resignada y fiel.

Quizás para equilibrar la balanza, en ocasiones, el hombre avizora con ojos de can asilvestrado, de animal de presa dispuesto a liarse a dentelladas con su propia sombra. Se trata del revés de la mirada del cordero degollado.

En el transcurso del ineludible acto de alimentación, algunos humanos son incapaces de disimular la bestial avidez que les sojuzga. Como lobos, cebándose en su presa palpitante, observan de reojo a quienes se encuentran próximos y devoran codiciosamente la pitanza, temerosos de que se la arrebaten.

Efectivamente, la evolución es un hecho, pero, además de continuar manifestándose la que ya nos es familiar, ¿no se habrá iniciado una retroevolución?

Me formulo esta pregunta porque me encuentro profundamente desconcertado. Ignoro si los prototipos comentados son los últimos coletazos de la evolución que comenzó en el momento mismo en que apareció la vida o, por el contrario, se trata de las primeras criaturas que van a gozar del dudoso honor de iniciar la cadena de la retroevolución.

Me asalta la fundada sospecha de que la segunda hipótesis es la única aceptable.

El comportamiento colectivo es suficiente para confirmar la verosimilitud de la conjetura. El «modus operandi» que hoy aplica el hombre a sus semejantes es tan despiadado como, cuando en la infancia del mundo, únicamente se conocía la ley del más fuerte. Por supuesto, ahora, la cosa es mucho más grave ya que, desde la aparición del Código de Hammurabi (1730 años antes de Cristo), el catálogo legislativo no ha cesado de crecer.

Ya sé que Darwin es inocente, pero no es menos cierto que la evolución de las características físicas debería haber sido paralela a la mutación moral; pero ésta, si se ha producido, únicamente fue en detrimento de la ética primitiva.

Al menos, en defensa de nuestros cascarrabias predecesores puede decirse que los únicos alegatos legislativos que les sonaban eran los redactados a base de una descomunal cachiporra sobre los cráneos de los litigantes.

Sí, me inclino a creer que hemos alcanzado el punto más alto de la pirámide evolutiva y comenzamos a rodar por otra vertiente en cuyo fondo quizás nos aguarde el germen de otra humanidada menos bestia.

Los signos son transparentes y no dejan lugar a dudas. La vida tuvo su cuna en el mar, y si los seres humanos somos capaces de  prestar un oído tan sordo como una tapia a la ancestral llamada de nuestras raíces y continuamos acudiendo en tropel, como una enorme manada, por algo será.

Desde luego, no creo que por las tentadoras ofertas de las agencias de viaje.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina, Oviedo, 1986