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Diario de Emerenciana. Fragmentos

… Las mujeres de mi familia siempre se han casado pronto. A los diecisiete.

Cuando cumplí los quince años, mi madre tenía treinta y tres, mi abuela cincuenta y uno, mi bisabuela sesenta y nueve y mi tatarabuela ochenta y siete.

Ninguna de estas señoras tuvo la suficiente cachaza para aguardar tan importante evento sin calentarse los cascos y, desde un trienio antes, me importunaban incesantemente con aburridas charlas acerca de la capital misión de traer hijos al mundo.

Mucho me llamó la atención el hecho de que ninguna de ellas me diera la más ligera pista sobre la manera de llevar a cabo tan trascendental tarea.

Mi tatarabuela era, con mucho, la más pesada de todas. Me traía frita. A pesar de su avanzada edad y de verse obligada a utilizar un bastón como apoyo en sus vacilantes desplazamientos, me perseguía implacablemente recordándome con voz cascada que se acercaba el momento.

-Emerencianita, hija, (no sé por qué me llamaba hija sabiendo perfectamente que yo era su tataranieta), pronto serás una joven casadera  debes ir preparándote para hacer frente a tus obligaciones.

Yo no respondía palabra pero, en mi interior, se agitaba un torrente de rebeldía.

“Qué obligaciones ni qué ocho cuartos. No siento el menor deseo de casarme para tener que aguantar a algún mamarracho con bigotes”.

… Mi tatarabuela, q.e.p.d., el detalle de estar bautizada con el hermoso nombre de Marta no impidió que se fuera al otro barrio cuando le llegó su hora, poseía una voluntad de hierro y decidió, tan pronto como me desprendieron del cordón umbilical, que me llamaría Emerenciana. El resto de la familia, más por cubrir el expediente que por otra cosa, se opuso. Sabían perfectamente que estaban derrotados de antemano y que, si no me moría pronto, toda mi vida arrastraría aquel baldón.

Yo, entonces, era muy poquita cosa. Estaba inerme y, encima, no me enteré de nada hasta que fue demasiado tarde.

Poco a poco, fui haciéndome cargo de lo que significaba levantarse en el cole y, entre las risas crueles de mis condiscípulos, responder “presente” o “servidora” cuando al pasar lista se mencionaba el ridículo patronímico. Era algo espantoso que me dejaba hecha unos zorros todos los días.

Yo intentaba ser conocida únicamente por la última sílaba, es decir Ana, pero en vano. ¡Vaya usted a privar al prójimo del inefable placer de tomar el pero a un semejante indefenso!

A punto de reventar de indignación y pena, decidí exigir responsabilidades o, al menos, una explicación.

Mi madre, a la que me dirigí, entre respetuosa y descortés, en demanda de la aclaración pertinente, se sirvió de la tatarabuela como Pilatos de la pastilla de jabón (o lo que se usara entonces). Me dijo que había sido cosa de su bisabuela y, a guisa de disculpa, añadió que yo ya sabía como era ella.

Como por aquellas fechas mi tatarabuela Marta aún disfrutaba de permiso en este valle de lágrimas, fui a verla. La cosa no exigió ningún derroche de energías pues residía en el piso de abajo.

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