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Los intocables

En el año 1947 la república de la India decretó la abolición del sistema de castas.

Así, de un plumazo, se daba fin a un injusto estado de cosas que, desde hacía siglos, prohibía a todo miembro de una casta inferior el contacto con los pertenecientes a las superiores.

Aunque sólo fuese de una manera oficial, porque en la práctica, ¡vaya usted a saber!, los desgraciados intocables quedaban reintegrados en la sociedad.

En nuestro país, para tantas cosas el reino del revés, los intocables no están situados, como en la India, en el fondo, sino en la superficie; no se mueven humilde y silenciosamente tratando de pasar desapercibidos en la zona más negra de la sombra, sino que, por el contrario, marchan estirados y orgullosos como gallos de pelea, haciendo alarde de intocabilidad con irritantes quiquiriquís de desafío.

El presunto canto de tan molestos pajarracos viene traducido por frases que se escuchan frecuentemente y que dejan asombrados a quienes, dotados de sentido común, las oyen y prefieren hacerse los sordos a dejarse atrapar en discusiones absurdas.

Suelen ser expresiones como: «Usted no sabe con quien está hablando», «Usted ignora quien soy», «Me parece que usted no me conoce», y otras de estilo parecido.

Dejando aparte la evidente falta de modestia de que se encuentran aquejados los que sueltan semejantes chorradas -porque, vamos a ver, ¿existe alguna disposición oficial que obligue a los ciudadanos a conocer nombres y circunstancias de todos sus compatriotas?-, ¿qué demonios nos importa quiénes son las personas con las que nos codeamos en la escalera, en la calle, en el cine o en el campo de fútbol?

Si, de verdad, se hubiera promulgado ley tan disparatada y cruel que impusiera el conocimiento del prójimo, ¿cómo se iba a arreglar D. Mariano para llevar a Luisita a merendar a aquel restaurante de las afueras, sin que se enterase todo el censo de población?

Entre otras consecuencias que se derivarían de tan alocada acción legislativa, no sería de reducida importancia la desaparición de la expresión, amable y pícara a la vez, «de tapadillo».

EL anonimato, tan íntimamente reconfortante, que se experimenta cuando se deambula por las calles de una ciudad desconocida, se trocaría en una interminable letanía de saludos y adioses.

Además, con la entrada de nuestro país en la Comunidad Europea, la situación sería imposible de soportar. Nos pasaríamos la vida estudiando los nombres, características, ocupaciones y domicilios de más de 300 millones de comunitarios.

Y todo, ¿para qué? Pues únicamente para pasearnos por Brujas, Colonia, Turín, Oporto, etc., diciendo: «Adieu, Charles», «Guten Morgen, Adolf»; «Buon Giorno, Carlo»; «Até logo, Joao».

No quiero ni imaginarlo siquiera. Una auténtica pesadilla. Pero volviendo a los intocables, ¡cómo me agradaría poseer la facultad de introducirme, aunque sólo fuera un ratito, en sus extraños cerebros! Es probable que si, sinceramente, creen pertenecer a una casta superior y no actúan representando una comedia, es decir, fingiéndose superiores aunque no se sientan así, más que desprecio, merezcan conmiseración.

En cualquier caso, hacer uso de semejante situación para provocar el desconcertado apocamiento de quienes tienen la poca fortuna de encontrarse a su alcance, no es digno de otra respuesta que una carcajada homérica.

Como usted puede suponer, yo nunca oí reír a Homero pero, según se dice, sus carcajadas debían resultar tan sonoras, por lo menos, como media docena de grupos de rock duro.

Pes bien, no menos estúpido que adoptar esta majestuosa actitud, se manifiesta la de quienes se dejan influir por ella, la de aquellos que aceptan pasivamente ser utilizados como felpudo.

Quizás fuera conveniente -lo propongo únicamente en plan de prueba- ante un tonto quiquiriquí, poner en escena un pequeño guión como el que sigue:

La escena tiene lugar delante de la taquilla de un cine. Aguardan pacientemente cerca de doscientas personas.

Usted ocupa la «plaza» número ciento noventa y nueve.

Con aire disciplente se acerca un intocable y, con aspecto de hacerle un favor, se le coloca delante. Usted protesta y él responde.

Vd.: «Oiga, si no le importa, póngase detrás, no delante de mí».

El: «¿Habla usted conmigo?».

Vd.: «Naturalmente; no tengo la costumbre de hablar solo».

El: «Y, ¿qué decía?».

Vd.: «Que tenga la amabilidad de colocarse donde le corresponde».

El: «Ya lo he hecho».

Vd.: «No es cierto. Cuando usted llegó, yo ya me encontraba aquí. Por tanto, usted es el último».

El: (En tono compasivo). «Yo el último? Usted no sabe quién soy yo?»

Vd.: «Es eso tiene razón. Pero se produce un empate, porque usted también ignora quien soy yo «.

El: (Un tanto desconcertado). «Bueno, eso a mi no me va, ni me viene. No me interesa lo más mínimo quien es usted».

Vd.: «Otro empate».

El: «Pero, ¿qué dice?».

Vd.: «Que me importa un rábano quién diablos pueda ser usted. Que aunque se tratara del mismísimo Zar de todas las Rusias, o se coloca detrás de mí, o llamo al 092».

El: «Hágalo. Mi primo es el Jefe de la Guardia municipal».

Vd.: «Como si es Sherlock Homes».

El: «No, ese era el Jefe de la Policía Montada de Londres».

Vd.: «¡Menudo barullo geográfico-detectivesco! Pero, en fin. Como esto no nos lleva a ninguna parte, dígame quien es usted».

Los dos rivales dialécticos, movidos por una misma idea, hacen un ademán y sacan, simultáneamente, la ¿pistola?, no, la tarjeta de visita.

Mutuamente se las entregan y, tras unos instantes de silencioso estupor, dicen a coro: «No puede ser».

La duplicada sorpresa está ampliamente justificada. En la de la persona que venimos conociendo por El, puede leerse: Antón Hondo del Pozo y Marcos, mientras que en la tarjeta del que hasta ahora designábamos por Vd., dice: Marcos del Pozo Hondo y Antón.

Ambos Pozos guardan un minuto de silencio -porque los pozos, aunque sean de ciencia, no hablan-, y no en memoria de algún amigo fallecido; simplemente están cargando baterías, pero reanudan el «amistoso» coloquio así:

El: «Los Hondo del Pozo somos una familia antiquísima cuyos orígenes se remontan a la batalla de las Navas de Tolosa. Seguramente no puede usted decir otro tanto».

Vd.: «Mire, Antón. No me venga con monsergas. Yo…»

Aquí el indignado Antón interrumpe violentamente a Marcos y, dirigiéndose a un joven vestido con un buzo azul que, encaramado a mitad de una escalera de mano, pega un cartel anunciador de la inminente actuación de una compañía de zarzuela, le dice:

«Oiga, ¿tendrá por ahí un distinguidómetro?».

El operario, que lleva un buen rato escuchando aquel auténtico diálogo para besugos y que, habiendo sido nombrado recientemente enlace sindical por CCOO, no está dispuesto a ser oprimido por la bota capitalista, les mira furioso y, echando chispas por la boca, responde:

«Hombre, precisamente un eso que acaba de decir, no. Pero si quiere le fabrico, a medida, un loquímetro con ayuda de esta brocha y el caldero de engrudo».

Antes decía que una conversación como ésta puede proponerse únicamente en plan de prueba. Debe tenerse en cuenta que, de producirse en la realidad, podrían originarse estas situaciones:

  • El diálogo es susceptible de prolongarse «ad infinitum».
  • Los enzarzados discutidores no advierten que personas más sensatas y calladas han ido colándose al no encontrar oposición.

Y la más grave:

  • Al caminar el metro y medio que les separa de su objetivo, advierten un cartelito que anuncia: NO HAY ENTRADAS.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Zapatos de charol

Aunque decirlo de esta manera resulta de una vulgaridad atroz, lo más exacto, en una breve definición del carácter de Ladislao, sería afirmar que tenía más cara que espalda.

Otra de sus características personales, ésta celosamente oculta al conocimiento público, era una pierna artificial. Construida en madera de teca refractaria a polillas y termitas, con refuerzos de aluminio anodizado, estaba dotada del juego tibiotarsiano y del correspondiente de los dedos.

El artesano japonés autor de aquella maravilla, a la que sólo le faltaba presumir de padecer de callo para parecer real, había garantizado la indestructibilidad, incombustibilidad e indeformabilidad.

Ladislao estaba absolutamente seguro de que, a menos que se exhibiera en paños menores, nadie podría albergar la sospecha de que su anatomía se encontraba incompleta. Poco tiempo después de haberle sido entregada la prótesis, caminaba con los mismos andares, un poco petulantes, con que se desplazaba antes de la loca acometida de aquel tractor con ínfulas de cirujano que le cercenó limpiamente la pierna izquierda, de rodilla para abajo.

Entre las muchas virtudes de que el remendado cojo se hallaba adornado no figuraba, ni mucho menos, la timidez. Muy al contrario. Especialmente, en lo tocante a la ropa y calzado, sus gustos se inclinaban con descaro hacia la ostentación. En dos detalles era un auténtico maniático que rechazaba de plano la teoría gallega de que «la arruga es bella» y, así, la raya de su pantalón podía ser utilizada para cortar en trozos la más dura de las tabletas del turrón alicantino.

En cuanto a zapatos, podía decirse, sin temor a exagerar, que la contemplación de sus eternos reflejos sin la colaboración de gafas ahumadas constituía un acto de inconsciencia o de temeridad.

Con la cerrazón mental propia de un drogado, juzgaba a quienes andan por la vida, despreocupados de su aspecto externo, con los pantalones abombados o los zapatos llenos de polvo, no como seres felices y sin prejuicios sino como potenciales delincuentes cuyo inevitable fin sería un largo alojamiento, por cuenta del contribuyente, en una prisión de alta seguridad.

Solía decir a cuantos querían escucharle -y también a los que no deseaban hacerlo- que aquellas personas (y recalcaba mucho la pronunciación de esta palabra), indiferentes al qué dirán, se quedarían tan frescas al verse acusadas de la comisión de media docena de asesinatos con las agravantes de menosprecio al sexo, nocturnidad y escalo.

Ladislao, que, como todo el mundo razonaba muy bien sobre algunas cuestiones de la vida y fatalmente acerca de otras, era curiosamente irracional cuando pensaba en zapatos. Para él la forma, el color, el material con que había sido fabricado un zapato eran cuestiones mucho más importantes que la erradicación del hambre, el dolor, el terrorismo o la ignorancia.

A muchos codos por encima del boxcalf, el tafilete, el ante o cualquier otra piel, colocaba el charol, como un dios de todos los dioses. Y así, a fuerza de pensar en el charol, deslumbrado por su brillo cegador, concibió una genial idea que le permitiría disponer en todo momento de un par de flamantes zapatos de aquel fastuoso material.

El mismo «zorro del desierto» no hubiera planeado una operación con más lujo de detalles y astucia. Cuando consideró que no quedaba un sólo cabo por atar, decidió llevarla a cabo.

Escogió un calzado cualquiera, todavía en buen uso, se desprendió de la prótesis y, poniendo el zapato en el pie derecho -único que le quedaba de origen-, ayudándose de unas muletas, se lanzó a recorrer las calles enfangadas tras varios días de lluvia pertinaz, procurando pisar reiteradamente allí donde el suelo se encontraba en peores condiciones.

Después de un mes de este tratamiento, aquel zapato se hallaba en un estado lamentable. Parecía imposible que fuese hermano gemelo de aquel zurdo, permanentemente a resguardo de las inclemencias.

Ladislao comprendió que había llegado la hora de pasar a la fase dos. Se colocó, pues, la falsa pierna, calzó los dos pies y se fue a adquirir un billete de autobús con destino a una ciudad cercana en la que era totalmente desconocido.

El viaje, dejando aparte las miradas irónicas de tres jovencitas que tomaban por despiste involuntario tan distinto estado de conservación, no tuvo historia.

Llegado a la ciudad que pretendía hacer víctima de su depravado proyecto penetró con paso decidido en el comercio más lujoso que encontró y, tomando asiento en una cómoda butaquita, respondió al empleado que, solícitamente, le preguntó qué deseaba: «Quiero los mejores zapatos de charol que tengan ustedes».

Cuando le mostraron cuatro o cinco modelos diferentes, Ladislao dijo, muy serio: «He dicho los mejores. ¿Esto es todo lo que puede ofrecerme? Estos son de mala calidad; se ve enseguida:»

El dueño del establecimiento que se encontraba muy cerca, escuchó la última frase y tomándola por un insulto personal, se aproximó y con palabras corteses, pero de evidente mal humor, intervino en la conversación diciendo: «Perdone usted, señor; aquí no tenemos nada malo. Esos zapatos son de buenísima calidad. Si no los utiliza para jugar al fútbol le durarán varios años. Vamos, que se cansará de ellos.»

El posible comprador se apresuró a contestar diciendo en tono de disculpa: «Bueno, verá, no he querido ofenderle. El único culpable es mi pie derecho. Le parecerá extraño, pero la verdad es que este pie me trae por la calle de la amargura. Observe usted la diferencia que existe entre el zapato del pie izquierdo y el derecho; aquél prácticamente nuevo, y el otro, hecho una pena.»

«La cosa está clara -respondió el dueño del negocio, visiblemente calmado-. Lleva usted unos zapatos con un defecto de fábrica. la piel del derecho es como un trozo de cartón.»

«Perdone que le contradiga -terció Ladislao-. Si esto me hubiera ocurrido únicamente con este par de zapatos, no tendría inconveniente en concederle la razón. Lo malo es que me sucede con todos igual. Ya no sé que hacer.»

«Pues está claro -repitió el patrón-. Compre usted en comercios serios como éste, donde garantizamos la calidad de los artículos que vendemos. Le aseguro que, si en el plazo de un mes, sus dos zapatos presentan un aspecto tan distinto como los que lleva puestos, le entrego un nuevo par absolutamente gratis.»

Poco más precisó Ladislao para dejarse convencer. Probó, se calzó, abonó el elevado importe de la compra y se fue satisfecho, después de estrechar la mano de empresario y dependiente.

Cuando se encontró nuevamente en casa, a solas en su habitación, soltó el torrente de carcajadas que había estado reprimiendo desde hacía más de tres horas.

Al día siguiente comenzó a poner en práctica la operación «envejecimiento» ya descrita, procedimiento por el cual, antes de veinte días, se halló en condiciones de presentar la ansiada reclamación que repetiría en distintas villas y ciudades de las cercanías para disponer siempre de tres o cuatro pares de zapatos del mismo modelo, pero ilesos.

Por un acto de misericordia divina, los ojos del asombrado comerciante no se salieron totalmente de sus órbitas al contemplar el impecable zapato izquierdo y el repelente estado del derecho, pero la palabra era la palabra y, casi en coma, sin poder salir de su estupefacción, entregó al avispado cojo un nuevo par de zapatos.

Ladislao, sardónico, le dijo al encaminarse a la puerta: «Ya le había advertido de que mi pie derecho traía «mala pata».»

Y, efectivamente, su pie derecho trajo la mala pata; tan mala, que enredándose en el felpudo de la entrada, le precipitó de cabeza a la acera y, de allí, a la calle donde un automóvil le hizo fosfatina la pierna de carne y hueso.

Por el contrario, la prótesis resistió estoicamente la inopinada embestida motorizada y aunque, a causa del golpe, fue a parar encima del cochecito de un niño, desde allí, silenciosa e impasible, con el brillante zapato de charol en su sitio, pregonó la categoría de los fabricantes nipones.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

La conquista del espacio

El día en que se firmó el convenio de ayuda mutua, amaneció radiante. Era como si los elementos desearan participar en tan fausto acontecimiento. En aquel acto, sencillo y solemne a la vez, se colocaba una simbólica primera piedra de lo que se esperaba había de ser una larga y amistosa relación que finalizase definitivamente con los diez años precedentes, plenos de sobresaltos, acaloradas disputas e, incluso, más de una agresión física.

Entre la concurrencia que representaba a ambas partes, se veían vistosos uniformes militares y no faltaban elegantes señoras que aprovechaban la oportunidad para lucir los modelos especialmente adquiridos con el fin de continuar la guerra por su cuenta.

Transcurrió el tiempo, que si en algunos casos todo lo cura, en otros todo lo enferma, y la situación comenzó nuevo a deteriorarse. Paulatinamente, las veladas alusiones fueron convirtiéndose en agrias quejas verbales y, sin tardar mucho, en notas de protesta que podrían ser acusadas de cualquier cosa, menos de diplomáticas.

Los motivos causantes de semejante tirantez eran, casi siempre, verdaderas naderías: el traspaso impremeditado de la línea fronteriza convenida en horas menos dramáticas o la falta de cortesía en el momento de solicitar disculpas por el involuntario olvido de una norma de etiqueta.

El levantamiento de mapas y croquis acotados quizás hubiera sido un excelente medio de aclarar la molesta pendencia, pero, con la irrazonable terquedad de las naciones pequeñas y de los individuos sin verdadera personalidad, ninguno de los pleiteantes admitía siquiera se mencionase tal posibilidad.

Aquel estado de cosas haría pensar a cualquier observador imparcial que, en el fondo, la agitación, la ira, la violencia que presagiaban el inminente estallido de una guerra sin cuartel, resultaban placenteras.

La inconsciencia humana no debe servir de pretexto para disculpar extravíos que puedan conducirnos a una auténtica hecatombe, frecuentemente nacida de hechos carentes de la menor importancia y significado.

Racionalmente hablamos y nos conducimos cuando generalizamos. Por el contrario, si se personaliza, la cosa cambia. Entonces no vemos más allá de nuestras narices y encontramos perfectamente natural que, a causa de nuestra conducta individual, la mismísima civilización occidental se desmorone.

En el caso que, con bolígrafo tembloroso, trato de registrar para el futuro, si optimistamente creemos que puede ofrecérsenos tal eventualidad, se daban las circunstancias que le conferían acentos de tragedia griega. Aquellos que, a no mediar milagro, iban a verse involucrados en una guerra estúpida e innecesaria, como todas las guerras, eran originarios de una misma nación -dividida en dos por exigencias políticas-, hablaban el mismo idioma y creían en el mismo dios.

Ante la magnitud de la cercana catástrofe, personas sensatas dotadas de la experiencia adquirida en lamentables sucesos del pasado, ofrecieron su valioso consejo y sus prudentes advertencias, sin lograr resultado alguno. Los embajadores fueron despachados airadamente.

Sin embargo, la semilla de la razón había sido sembrada y, en vez de una declaración de guerra con todas las de la ley, Eduardo y Laura decidieron vender su cama matrimonial y adquirir, a toda prisa, dos camas gemelas, individuales, en las que estaba garantizada su total independencia.

Desde entonces, cuando se tratara de cruzar la línea divisoria, sería con el consentimiento de ambas partes.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

La compañera juiciosa

Nuestra unión no había sido santificada o sancionada por ley alguna, ni divina ni humana y, sin embargo, resultó sólida y sin fisuras a lo largo de los años.

Durante mucho tiempo fuimos uña y carne, ejemplo vivo de dos seres nacidos el uno para el otro.

Ella encajó en mi existencia de manera tan espontánea que, ahora, después de una convivencia tan dilatada, he de admitir que pareció haberme sido predestinada.

Nuestra vida en común no precisaba de palabras para racionalizar la felicidad que gozábamos. Estábamos juntos y ello era suficiente.

Estoy absolutamente seguro de que su emoción era tan grande como la mía cuando, absortos y mudos, contemplábamos el mar embravecido, escuchábamos un nocturno de Chopin o éramos testigos de los primeros balbuceos de un niño.

En el aspecto físico, jamás me dirigió un reproche…

Reíamos las mismas cosas. Ambos detestábamos los chistes sin gracia, las bebidas heladas y las comidas demasiado calientes.

Nunca la dejé en casa e incluso me acompañaba en mis frecuentes viajes al extranjero.

Hoy que la he perdido, comprendo que jamás lograré encontrar otra como ella. ¡Era tan natural!

Han transcurrido únicamente dos semanas desde que me fue arrebatada y acepto con amargura que el vacío que ha dejado en mi existencia es algo que nada ni nadie podrá llenar.

Recuerdo con tristeza la primera mañana en que advertí que ya no estaba conmigo.

Ignoro la razón de que, aquel día, el laborioso procedimiento mediante el cual consigo habitualmente emerger de las brumas del sueño fuera más breve que en otras ocasiones.

Tan pronto como el despertador, con su estridente repiqueteo, señaló el inicio de una nueva jornada, comprendí que algo muy importante, algo sin remedio, había ocurrido.

Ella ya no formaba parte de mi vida, de mi mismo.

Recordé entonces que últimamente había comenzado a observar en ella algunas muestras de desazón.

Al principio creí que eran sólo fantasías provocadas en mi mente por el estado de excitación que me había producido un exceso de trabajo.

Pero no era así, porque, algunas fechas más tarde, brotaron las protestas mal encubiertas y, tras éstas, las punzadas y aguijonazos descarados.

Y, finalmente, se produjo lo que nunca supuse habría de ocurrir. ¡Me dejó!

No puede servirme de consuelo, pero algo alivia imaginar que el hombre que la arrancó de mi lado debe poseer unas dotes de persuasión nada comunes y, sobre todo, tenacidad.

Entristecido, me calzaba las zapatilla, sentado en el borde de la cama, cuando mi ayuda de cámara, después de golpear con los nudillos la puerta de mi dormitorio, pasó y dijo:

– Acaban de traer una carta para usted. Esperan respuesta.

– Ábrela y lee. – le dije.

Sebastián, pausado, como siempre, leyó lentamente para sí la misiiva y la resumió con esta sola frase:

– Por la extracción de una muela del juicio,______pts.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986