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Retroevolución

Si Chesterton escribió, «Soy demasiado escéptico como para no tomar en serio la leyenda», yo, no tan conocido como el autor inglés, pero con la inmensa ventaja de encontrarme, aunque sólo sea provisionalmente, entre los vivos, afirmo seriamente que soy excesivamente crédulo para admitir lo evidente.

Por supuesto, existen casos en que la repetición de los hechos, la naturaleza con que se producen y lo improbable de su misma probabilidad, me imponen su aceptación.

No me cabe la menor duda acerca de lo correcto de la teoría de Darwin. Basta con observar imparcialmente y sin prejuicios, algunos ejemplares humanos que circulan libremente por las calles, sin ser importunados por celadores del Zoo o laceros municipales, para comprender que el genial científico dió en el clavo.

Es cierto; el hombre desciende de otro animal. Y no estoy aludiendo al padre real, humano e inmediato, sino, literalmente, a otro irracional de distinta familia.

En ciertas ocasiones la progenie es innegable y, así, tenemos el privilegio de contemplar bípedos implumes con rostro de chimpancé, cara de besugo, fisonomía de bull-dog, semblante de zorro, rasgos de ardilla, figura de elefante.

En ocasiones, el linaje natural se hace patente en la forma de andar, resultanto divertido observar los saltitos nerviosos, como de canario, de una formidable matrona que daría en la báscula los cien kilos, o el paso receloso y precavido propio de un bambi puesto en fuga, de un gigantón con cara y melena de león, o el caminar bamboleante y perezoso, peculiar de un oso panda, de un hombrecillo cuya faz es el calco de una ardilla.

Hasta la voz delata nuestro origen animal. Que levante el dedo quien no haya escuchado nunca un rugido estremecedor demandando: «¿Cómo, aún está sin terminar lo que ya ordené hace veinte segundos?»

Hay quienes causan la sensación de emitir gruñidos, en vez de palabras y, en fin, otros cuya elocución más se asemeja a concurso de ladridos que a comunicación humana.

Incluso cuando éramos unos inofensivos animalitos, es decir, de niños, hemos sobresaltado al vecindario con nuestra tosferina.

Por contra, existe la voz amorosa, la que arrulla, también de procedencia animal, la de la paloma.

Cuando decimos que fulanita tiene mirada perruna, no estamos exagerando. Pero casi siempre que hacemos esta afirmación aludimos a una mirada triste, resignada y fiel.

Quizás para equilibrar la balanza, en ocasiones, el hombre avizora con ojos de can asilvestrado, de animal de presa dispuesto a liarse a dentelladas con su propia sombra. Se trata del revés de la mirada del cordero degollado.

En el transcurso del ineludible acto de alimentación, algunos humanos son incapaces de disimular la bestial avidez que les sojuzga. Como lobos, cebándose en su presa palpitante, observan de reojo a quienes se encuentran próximos y devoran codiciosamente la pitanza, temerosos de que se la arrebaten.

Efectivamente, la evolución es un hecho, pero, además de continuar manifestándose la que ya nos es familiar, ¿no se habrá iniciado una retroevolución?

Me formulo esta pregunta porque me encuentro profundamente desconcertado. Ignoro si los prototipos comentados son los últimos coletazos de la evolución que comenzó en el momento mismo en que apareció la vida o, por el contrario, se trata de las primeras criaturas que van a gozar del dudoso honor de iniciar la cadena de la retroevolución.

Me asalta la fundada sospecha de que la segunda hipótesis es la única aceptable.

El comportamiento colectivo es suficiente para confirmar la verosimilitud de la conjetura. El «modus operandi» que hoy aplica el hombre a sus semejantes es tan despiadado como, cuando en la infancia del mundo, únicamente se conocía la ley del más fuerte. Por supuesto, ahora, la cosa es mucho más grave ya que, desde la aparición del Código de Hammurabi (1730 años antes de Cristo), el catálogo legislativo no ha cesado de crecer.

Ya sé que Darwin es inocente, pero no es menos cierto que la evolución de las características físicas debería haber sido paralela a la mutación moral; pero ésta, si se ha producido, únicamente fue en detrimento de la ética primitiva.

Al menos, en defensa de nuestros cascarrabias predecesores puede decirse que los únicos alegatos legislativos que les sonaban eran los redactados a base de una descomunal cachiporra sobre los cráneos de los litigantes.

Sí, me inclino a creer que hemos alcanzado el punto más alto de la pirámide evolutiva y comenzamos a rodar por otra vertiente en cuyo fondo quizás nos aguarde el germen de otra humanidada menos bestia.

Los signos son transparentes y no dejan lugar a dudas. La vida tuvo su cuna en el mar, y si los seres humanos somos capaces de  prestar un oído tan sordo como una tapia a la ancestral llamada de nuestras raíces y continuamos acudiendo en tropel, como una enorme manada, por algo será.

Desde luego, no creo que por las tentadoras ofertas de las agencias de viaje.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina, Oviedo, 1986

De ojos y ajos

Nuestro refranero pasa por ser un compendio de sabiduría al que puede recurrirse para encontrar explicación a todo lo bueno y lo malo que sucede en esta vida.

Sin embargo, en algunos casos, o el refranero ha perdido vigencia, o bien los términos con que se expresa ya no son los adecuados, por lo cual más que servirnos como una especie de Guía Michelín de los acontecimientos, nos confunde y desconcierta.

Aquél que asegura que «se ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio», constituye, además de una confesión de ignorancia de la resistencia humana, un absoluto desprecio a cuanto preconiza la oftalmología.

Admitir que alguien pueda andar por la calle con una viga clavada en un ojo es absurdo. Ignoro cuanto mide exactamente una viga, pero estimo que, por lo menos, cuatro metros. Caso contrario, sería un alevín de viga, es decir, una vigueta.

En cualquier caso, suponer que una persona en tan incómoda situación posea la suficiente dosis de curiosidad, y presencia de ánimo, para tratar de comprobar si cualquiera de sus prójimos tiene o no una paja en el globo ocular, resulta descabellado.

¿Recuerda cuando, viajando en aquellos inefables trenes de vapor, se le introducía debajo del párpado un diminuto cisto? ¿Se encontraba usted en condiciones de contemplar el paisaje?

Pues ahora realice, a ojo naturalmente, el cálculo de la diferencia de tamaño entre ambos inoportunos invasores de los órganos de la visión y confiese con sinceridad si el refrán aludido contiene algo que merezca el nombre de sabiduría.

Otro, que asegura con toda seriedad  que «quien se pica, ajos come», es un flagrante anacronismo, es desconocimiento total de la realidad social contemporánea, y una vil difamación.

Únicamente los retrasados mentales ignoran que quien se pica, se droga. No come ajos.

Por otra parte, si el aforismo matemático de que el orden de los factores no altera el producto es cierto, «quien come ajos, se pica».

Esta afirmación, que no se tiene en pie, es calumniosa para cuantos sentimos una predilección especial por la sopa de ajo, el besugo al ajo arriero y las gambas al ajillo, y no nos hemos drogado nunca.

Otro  que constituye un monumento a la estupidez humana es el de «el ojo del amo engorda el caballo».

Conozco  algunos ganaderos que estarían dispuestos a pagar un buen precio  a cambio de que sus caballos gocen de excelente salud, pero imagino que ninguno de ellos sacrificaría uno de sus ojos para conseguirlo.

Además, ¿quién asegura que el globo ocular es el alimento ideal para los equinos?

El refrán que trata de convencernos de que no nos dediquemos a la cría del cuervo pues nos sacarán los ojos, es el embuste más grande que he oído en mi vida.

No crean que escribo a humo de pajas. Para contar con argumentos irrefutables he escrito a la Asociación Internacional de Criadores de Cuervos, con domicilio social en Bruselas. Mi carta, para evitar errores de interpretación, iba en francés.

Sin duda por los mismos motivos, el Secretario General de la Asociación me respondió en español. Un español un tanto afrancesado pero lo suficientemente comprensible como para disipar cualquier duda.

Para tranquilidad de aquellos que, por temor a verse privados de los ojos, se resistan a la insistente llamada de su vocación a la crianza del cuervo, reproduzco seguidamente el texto íntegro de la contestación recibida de tan importante organización.

«Señor:

Su letra de vos, nos ha causado grande maravilla.

No jamás llegó a nuestras orejas la más petite nueva de desojamiento a pico de cuervo, volaille muy pacifique.

De todos nuestros miembros asociados (12.625) continúan a tener todos sus ojos. Excepción hacemos del sólo uno socio el quien perdió ojo a través tête a tête con Gestapo. Era él en aquella oportunidad Tresorier de la Resistence.

Estando ciertos de ya estar fallecidas sus dudas, enviamos para usted el testimonio de nuestra consideración más distinguida.

Sigue la firma del Secretario»

Después de esas muestras, y existen muchas más que no cito por falta de espacio, ¿será usted tan cándido como para conservar su irracional fe en el refranero?

Cualquier momento es válido para emprender el buen camino. Recuerde que «más vale tarde que nunca».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Foz, 1986

Va por ustedes

Desde hace años vengo sintiendo dudas acerca de la verdad que encierra la afirmación, repetida por algunos críticos y comentarístas taurinos, de que «el toro de lidia desea ser lidiado y se siente satisfecho de morir en el ruedo».

Esto me parece una falacia, pero, deseando conocer la verdad, decidí formular la pregunta clave al único que puede responder con conocimiento de causa.

Esta decisión, fácil de tomar y difícil de llevar a la práctica, me planteaba un serio problema que había que resolver, nunca mejor dicho, cogiendo el toro por los cuernos.

La primera dificultad surgía en el terreno (otro término taurino) de la comunicación. ¿En qué idioma hablar con un toro?n

Recordé, entonces, una Perla del Bachillerato (sí, hombre. Esas deliciosas respuestas recopiladas por un catedrático de Valladolid), que decía, «en Holanda, de cada cinco ciudadanos, dos son vacas».

Por asociación de ideas, visualicé «las vacas suizas», y vino a mi memoria, luego, que los suizos, democráticos desde hace muchos años, pueden derogar o promulgar una ley sólo con la aprobación / conformidad de cierto número de ciudadanos y, por esa razón, si allí no se libran de los comicios ni las vacan, deben disponer de una lengua común.

Heracles y el toro de Creta, escultura de Félix Magdalena

Heracles y el toro de Creta, escultura de Félix Magdalena

Tras ésto, pensé que en Suiza, un idioma más o menos no importa pues se hablan, que yo sepa, alemán, francés, italiano y romanche o rético. En este hermoso país nació Berlitz, fundador de una de las primeras academias de idiomas del mundo y, por tanto cabía la posibilidad de que pudieran orientarme.

Decidido, escribí a Ginebra comunicando mi problema y suplicando su ayuda.

Unas fechas más tarde recibí su respuesta, en la que decían que contaban con un curso con el cual, por el módico precio de 10.750 pesetas, vería satisfechos mis deseos. Añadían que el curso se titulaba «¿Quiere usted aprender vacuence en 10 días?»

Creí que habían sufrido un error y que su proposición se refería al vascuence. Les dije, por tanto, que el vascuence era la lengua de los vascos y que lo que verdaderamente precisaba era hablar con las vacas, no con las vascas.

A vuelta de correo recibí un folleto editado a seis tintas en el cual, entre otros 46 idiomas, figuraba el VACUENCE.

En vista de ello, remití su precio y, puntualmente recibí el curso completo que incluía dos discos de 33 revoluciones.

Naturalmente, en díez días no pude aprender el idioma pero al cabo de dos meses me encontraba en condiciones de mantener, mejor o peor, una conversación normal sobre cualquier tema corriente.

Debo decir, en honor de la verdad, que varios vecinos me denunciaron a la Policía Municipal sosteniendo que mi domicilio se había convertido en un establo, pues juraban que era imposible que una garganta humana emitiese tan variada gama de mugidos.

La denuncia no prosperó por falta de pruebas, aunque los dos guardias que efectuaron un minucioso registro domiciliario, provistos del correspondiente mandamiento judicial, estuvieron a punto de llevarme al manicomio.

Me costó mucho tiempo y paciencia convencerles de que todo lo que estaba haciendo era ponerme en condiciones de conocer toda la verdad y sólo la verdad.

Por fin, llegó el momento de realizar mis planes y la víspera de San Mateo, época en que se celebran corridas en Oviedo, fui a visitar al empresario con el fin de pedir su autorización para entrevistar, por lo menos, a uno de los toros que se lidiarían al día siguiente. Concedida la autorización, obvio es decirlo, sin revelar el contenido de mis preguntas, me dirigí a la Plaza de Toros y, tras mostrar mi permiso a mayoral, me situé en un burladero de chiqueros y comencé a hablar con los toros.

Al principio, el desconcierto de las reses fue evidente pero comprensible pues ¿quién de vosotros no se sorprendería si, de pronto, una vaca nos preguntará en un español correcto «¿qué piensa usted de los partidos de fútbol?»

Después, convencidos de que allí no había ni trampa ni cartón, accedieron a hablar, digo a mugir.

Incluiré aquí sólo las respuestas de interés general pues reproducir íntegramente la conversación que sostuvimos convertería este breve artículo en un auténtico libro.

Y allá van las preguntas y respuestas tal como fueron formuladas y contestadas sin quitar ni poner mugido, pudiendo cada lector sacar las conclusiones que considere oportuno:

Yo: ¿Es verdad que habéis nacido en Andalucía?

Toro: ¡Qué va!, nacimos en Salamanca, y a mucha honra.

Yo: ¿Es cierto que tenéis más de cinco años?

T: De eso ni hablar. Ninguno de nosotros tiene más de 3 años y medio.

Yo: ¿Quien te bautizó con ese nombre de Bravucón, que parece un insulto?

T: El hijo de… del ganadero, que es un guasón. Yo, realmente me llamo Pepín.

Yo: ¿Sabéis para qué os han traído aquí?

T: Naturalmente, somos toros no burros.

Yo: ¿Habéis hecho un desplazamiento cómodo desde la dehesa?

T: El único desplazamiento que conocemos es el de los costillares que tenemos hecho fosfatina a causa de los bandazos del camión en que nos trajeron.

Yo: Ahora tú, Cortijero

T: Bueno, voy a contestar, pero, ante todo, quiero aclarar que me llamo Luciano.

Yo: ¡Ah!, perdona. Si sabéis para qué os encierran, ¿por qué no os rebeláis y os negáis a colaborar?

T:  ¿Por qué no lo hacéis vosotros cuando os llevan a la guerra?

Yo: Bueno, de una guerra se puede salir ileso, pero de aquí…

T: No podemos hacer nada. Recuerdo el caso de uno de nuestros hermanos que se fugó y después de armar la marimorena en un pueblo charro donde aplastó dos perros, corneó a una anciana del Asilo, destrozó los escaparates de un comercio de loza fina y tres puestos de fruta en el mercado, fue muerto a tiros por la Guardia Civil.

Yo: ¿Qué suerte es la que, no se cómo decirlo, la que menos os «molesta»?

T: El simple hecho de llamar suerte a cada uno de los lances por los que hemos de pasar es un auténtico escarnio. Que siga hablanco Pascasio, que tiene más facilidad que yo.

Yo: ¿Qué puedes decirme tú, Pascasio?

T: Pues mira, para empezar, lo de los sacos de arena es una auténtica animalada.

Yo: ¿Qué es eso de los sacos?

T: Pues muy sencillo. Cuando estamos descuidados, nos sueltan encima de los riñones un saco lleno de arena húmeda que debe pesar unos 100 kg, que ya nos deja para el arrastre.

Yo: ¡Qué barbaridad! ¿Y luego?

T: Después, cuando sales del toril, donde reina una suave penumbra, y pasas al ruedo con la blanca arena deslumbrante del sol, con la muchedumbre vestida de colores distintos y chillones que grita como un sólo energúmeno de varias cabezas, te sientes aturdido; tanto, que embistes violentamente contra las tablas (¡qué acertado su nombre de burladeros!), con lo cual no sólo te duelen los riñones sino que la cabeza y la base de los cuernos es un puro dolor.

Yo: Verdaderamente, tienes razón. El hombre es un ser muy cruel.

T: ¡Si sólo fuera eso! Fíjate que luego, un hombre sobre un caballo, vergüenza debería de darle a este último pues, realmente también es un animal, comienza a hundirte en el lomo un palo grueso y largo terminado en un agudo pincho. Aprieta y barrena con toda su fuerza, haciendo un daño increíble.

Yo: ¿Y qué me dices de las banderillas? Debe de ser algo muy molesto.

T: Veo que no tienes ni idea de cómo utilizar nuestro idioma porque decir molesta es casi tan disparatado como usar la palabra «acariciador». Figúrate que sin que estuvieses enfermo te pusieran seis inyecciones por medio de una jeringuilla de medio metro con la aguja terminada en un arpón. ¿Encontrarías «molesta» la cura o tratarías de romperle la crisma al practicante?

Yo: Estoy completamente de acuerdo contigo. Se me están poniendo los pelos de punta.

T: Pues todo lo que te hemos contado no es nada. Después de ésto, al Presidente (mal rayo le parta), decide que estuvo bien de bromas y llegó la hora de la verdad o sea la última hora para nosotros. En algunas ocasiones, lo de la hora resulta literal y el primer espada te confunde con un acerico  cosiéndote a puñaladas con la idem.

Yo: Observo que os tomáis todo esto con una buena dosis de humor.

T: ¿Tú crees que si nos valiese de algo ponernos dramáticos, no lo haríamos? Algunos de nosotros hemos llegado hasta a hincarnos de rodillas pidiendo clemencia, pero los hombres son tan bestias que se hacen los tontos y dicen que estamos escasos de fuerzas o flojos de remos.

Yo: Todo lo que me habéis dicho es cierto, pero tampoco vosotros estáis totalmente libres de culpa. ¡No me negaréis que todos los años muere algún torero en los ruedos!

T: Claro que no lo negamos. Pero, creeme. Cuando un toro cornea al hombre que tienen enfrente lo hace a ciegas, medio borracho de tanto embestir a un trapo que no cesa de moverse, que tan pronto te lleva a un lado como a otro. Pero, de verdad, nunca deseamos devolver el mal que nos hacen.

Yo: Estoy tan avergonzado y me da tanta pena pensar en vuestro triste destino, que  prometo solemnemente no volver a pisar un tendido aunque me regalen la entrada. ¿Queréis añadir algo?

En ese momento, un toro cárdeno que estuvo todo el rato apartado, se acercó y, timidamente, me preguntó:

T: ¿Es cierto que la gente paga fuertes sumas de dinero por contemplar un espectáculo como éste?

Yo: Como supongo que deseas conocer la verdad, te la diré: Sí, es completamente cierto.

T: Pues yo te diré otra verdad:

Prefiero ser toro y morir como voy a hacerlo  a ser uno de los que van a disfrutar con mi muerte.

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Oviedo, 1986

No soy orador

Como pueblo, el nuestro manifiesta su necromanía a través de distintas expresiones públicas como funerales, entierros, y finales de Campeonatos de Copa, siempre muy concurridos.

Podemos incluir entre estos actos, las despedidas de soltero y los homenajes, cuando se producen traslados acompañados de ascenso.

En uno de estos últimos, D. Fabián, hasta hacía pocas fechas subdirector de un organismo estatal de provincias, era agasajado por sus amigos, conocidos y fuerzas vivas de la ciudad, que deseaban poner de relieve su adhesión y alegría por el ascenso aparejado a su nuevo empleo en Madrid.

Tres de sus colaboradores más cercanos hasta aquel momento habían organizado el acto y, con tiempo suficiente, solicitaron de quien correspondía la concesión de la Gran Cruz de…, con distintivo blanco.

La condecoración fue concedida y aquella noche, a los postres de la cena que reunía cerca de doscientos comensales, le sería impuesta.

Con la natural satisfacción de los organizadores, todo se realizó según había sido previsto en el programa y sin el menor fallo.

Después de los discursos de rigor, se imponía que el homenajeado diese las gracias y se despidiera. Este, tras escuchar los clásicos e insistentes gritos de «que hable, que hable», se levantó y se dispuso a hacerlo, no sin dirigir acuciantes miradas al reportero de «A grito pelado», periódico local en el que don Fabián tenía la esperanza de ver reproducidas sus palabras.

Carraspeó, tiró dos veces del chaleco que, inexplicablemente, se empeñaba en poner al descubierto su abultado estómago, volvió a dirigir una imperiosa mirada al periodista y, ya seguro de que éste se encontraba preparado para tomar buena nota de cuanto iba a decir, comenzó.

«Queridos amigos, quiero deciros, ante todo, que no esperéis escuchar un  brillante discurso pues no soy orador. Si he accedido a pronunciar unas palabras ha sido ante la insistencia de los organizadores de este acto a quienes no podía desairar».

«Reconozco humildemente que mis merecimientos son muy escasos para que se me tribute este homenaje y menos aún para se me haya concedido esta condecoración, la cual, pese a todo, ostentaré orgullosamente a partir de este momento en cuantos actos oficiales deba asistir en Madrid por razón de mi nuevo cargo, en el cual, por supuesto, seguiré avanzando por la senda de la más estricta justicia».

(Una estruendosa salva de aplausos interrumpe al pseudo-orador. Restablecido el silencio, continúa la perorata, después de interrogar con la mirada al representante de la prensa que le tranquiliza con una cabezada afirmativa).

«Tened la completa seguridad de que mi estancia entre vosotros me ha colmado de satisfacciones porque me ha permitido, con vuestra inestimable colaboración, cumplir con mi deber, cosa que ansío más que cualquier otra cosa.».

(Gritos de «bravo, bien, bien», y nuevos aplausos).

Os recordaré mientras viva y cuanto pueda hacer por vosotros desde el puestro que inmerecidamente voy a ocupar ahora, lo haré».

«Espero que conserveis tan buen recuerdo de mí, como yo me llevo de todos vosotros»

«De corazón, muchas gracias y hasta siempre».

Con una úlitma mirada al reportero, D. Fabián tomó nuevamente asiento.

Cuando finalizó el acto eran las dos y media de la mañana.

D. Fabián, en medio de abrazos y apretones de mano de la concurrencia, aún encontró modo de asir por el brazo al representante de «A grito pelado» para inquirir: «¿Qué, lo tomaste todo?»

«Si, respondió aquel. Aquí lo tiene, todo tomado en taquigrafía para no perder ripio».

Tranquilizado el recién condecorado, se despidió del periodista diciéndole, «Pues hala, rápido a la redacción para que tengan tiempo a componerlo».

No perdió tiempo el autor de la crónica y, llegado a su destino la entregó apresuradamente al Jefe de redacción que ya le esperaba.

Se disponía el gacetillero a marchar a casa cuando una voz destemplada le hizo detenerse en seco.

«¿Qué traes aquí , desgraciado? No te vayas que te voy a leer el próximo Pulitzer».

Con temeroso asombro, el atribuido autor escuchó ésto que parecía dictado por el genio de la sinceridad.

«¿Amigos? Cómo tratarás a los enemigos. Desde luego, no eres orador, si acaso un rollista. Tu fuiste quien dió la pelma a los organizadores para que te hicieran hablar. Conoces la humildad porque buscaste la palabra en el diccionario. ¿Qué demonios vas a reconocer tu falta de méritos, cuentista? Eso sí, no te quitarás la Gran Cruz ni para ir a la cama.

¡La senda de la más estricta justicia! No la reconocerías aunque fuese más ancha que una autopista de tres carriles.

Eso también es verdad aunque yo diría que de lo que te has colmado ha sido de dinero, algo que, desde luego, ansías más que cualquier otra cosa.

Claro que vas a ocupar otro puesto inmerecidamente. Puedes estar seguro.

Nos recordarás mientras vivas, pero no por lo que tú te crees. Ya me ocupé yo de que te sirvieran una langosta «especialmente» preparada para que te produzca una gastroenteritis inolvidable».

El joven periodista, lívido, no pronunció palabra. Sí lo hizo el Redactor Jefe, que debía su puesto a los buenos oficios de D. Fabían, para decirle:

«Eres un imbécil, pero ya no un imbécil en la nómina de «A grito pelado». Pasa por caja y que te hagan la liquidación»

Y añadió: «Ah, me quedo con tu obra de arte por si tratas de presentar una reclamación».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina. Foz, 1986

A la unanimidad por la discrepancia

Con la mente reposada y las ideas en ebullición, tras quince días haciendo solo cosas inútiles, es decir, con la mitad de las vacaciones aún en mi haber, comencé a meditar sobre algo que había atraído mi atención en más de una oportunidad.

Siempre que se reúnen tres españoles para la toma de decisión, generalmente, surgen tres opiniones, absolutamente dispares.

Y digo generalmente, porque se dan ocasiones en que, con el mismo número de ponentes, se ponen sobre la mesa cuatro o más mociones.

Esta versatilidad de la mente hispana, a buen seguro que habrá puesto en un aprieto a más de un responsable de la urgente aprobación o rechazo de un proyecto importante.

¿Qué neurona traviesa, que circunvolución cerebral es culpable de nuestra incapacidad para admitir lo que puede ser bueno, aunque no haya sido propuesto por nosotros mismos?

Desde aquí propongo a la desasistida investigación nacional decida un estudio incansable y tenaz hasta que se encuentre la solución a tan oculto misterio.

Por si nadie me escucha, cosa más que probable, me atrevo a brindar un sistema que cuenta con alguna posibilidad de éxito.

Puesto que el obstáculo principal, aparentemente, se encuentra en el deseo de llevar la contraria, sugiero a quienes deban presidir una reunión de cualquier tipo inviertan radicalmente los términos iniciales de su perorata.

Y deberán comenzar diciendo:

«Señores, esta reunión carece de la más mínima importancia. Se ha producido quorum, aunque maldita la falta que hacía. Si bien nos han reiterado varias veces que debemos tomar una decisión de la máxima urgencia; yo no lo considero necesario porque, realmente, nos importa un rábano los 23 km. que los vecinos se ven obligados a recorrer para disponer de agua a causa de la estúpida avería en la traída.»

«Añadiré que deseo fervientemente que ninguno de ustedes se adhiera a la propuesta que formularé enseguida. Es más, ruego encarecidamente que cada uno mantenga la suya a raya hasta llegar al insulto personal y a la agresión física.»

«Por último, ordeno, han oído bien, ordeno que sus mociones sean absolutamente diferentes de manera que no existan dos iguales y, por supuesto todas serán discrepantes de la mía, que consiste en «arreglo inmediato». »

Al escuchar este inesperado exordio, un tanto distinto a los que estan habituados, los asistentes permanecen perplejos durante cierto tiempo, se observan de reojo y nadie se decide a hablar.

El presidente, con cara inexpresiva, tampoco dice nada.

En los rostros de los reunidos puede advertirse una angustia atroz, reflejada sin duda por la lucha interior que están sosteniendo con sus principios.

Por fin, el de más edad, pregunta con voz entrecortada: Pero, ¿lo dice usted en serio?

El presidente se limita a responder «Si».

Trascurre un buen rato sin que nadie se mueva ni hable. Entonces, uno cualquiera propone que se realice la votación por escrito.

El presidente accede, se procede a votar en la forma apuntada y realizado el recuento y lectura de los votos, este es el resultado:

Asistentes: 15

A favor: 15

En contra: 0

Nulos: 0

Abstención: 0

Por falta de otros asuntos a tratar, se disuelve la sesión, previa aprobación, por mayoría, de la propuesta formulada por el Presidente.

A la salida, ya en el pasillo, seguro que se escucharán comentarios como el que sigue:

«Si este tío pensaba que íbamos a aceptar su propuesta y hacer lo que le diese la gana, menuda sorpresa se habrá llevado. Lo tiene bien merecido, por mandón».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones con sordina, Foz, 1986