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Los Juerguistas

La vida, en cualquier lugar, es un largo rosario de errores. Nos equivocamos con igual soltura que respiramos. Especialmente, en las ciudades pequeñas- quizás por la falta de contaminación- se cometen mayor número de desaciertos y estos, son de más apreciable bulto que en las grandes urbes.

Es posible que, algún día, los sociólogos españoles nos sorprendan con un documentado estudio del que podría deducirse la ley que, poco más o menos, afirme: «A núcleos de población más densamente habitados, menor número e importancia de los errores cometidos por los vecinos.»

Después de esto, un avispado sociólogo alemán resumirá diciendo: «El número e importancia de los errores cometidos por una comunidad humana, es inversamente proporcional a su censo de población.»

Lo que no nos aclarará el extranjero de turno será la causa de que los errores más frecuentes y con más graves consecuencias sean siempre los cometidos por personas aparentemente dotadas de caracteres extrovertidos, joviales e inofensivos.

La perversión del sentido del humor puede ser el determinante de que algunas bromas puestas en práctica por quienes gustan de ser considerados como divertidos juerguistas, se conviertan en tragedias no deseadas, en principio, por sus creadores.

Abel, Beltrán, Ciriaco, Dimas y Eufrasio, no eran malas personas. Todos ellos entre los veinticinco y los cuarenta años, eran conocidos por el remoquete de «el abecedario». Habían nacido en aquella villa donde residieron desde entonces y de la que, salvo catástrofe repentina, no se alejarían nunca. Para qué iban a hacerlo. Allí se divertían en grande. Todos los días y, en especial, los sábados, al atardecer, se reunían, celebraban consejo y decidían su actuación para la jornada nocturna. Las vísperas de domingo, se lo habían prometido hacía tiempo, deberían llevar a cabo algo especial, alguna cosa que diese que hablar a sus convecinos. Nada desagradable, por supuesto. Sólo travesuras sin mala intención.

Entre copa y copa, nunca las suficientes para causar su definitiva embriaguez, pero si lo bastantes para producir una agradable sensación de euforia, acordaban por mayoría en qué habría de consistir la juerga de aquella noche. Pocas veces confiaban en la inspiración del momento.

En algunas ocasiones, su sabatina juerga había tenido consecuencias desdichadas para otras personas. Desde luego, no porque ellos lo hubieran pretendido. Únicamente, por un error de juicio.

Como cuando, estando sentados en un parque, pensaron que tendría gracia apoyar contra la puerta de entrada de la casa de doña Blanquita media docena de bancos.

Aquella señora, dotada de un pelo blanquísimo que la identificaba desde muy lejos, llevaba más de ochenta años a cuestas, era maestra jubilada y gozaba de general cariño y respeto. En sus buenos tiempos había desasnado una caterva de hijos de aquel pueblo. Con algunos no había tenido éxito, como quedaba demostrado por los planes de los juerguistas que, al pie de sus ventanas le preparaban un bromazo indigno.

Sin esfuerzo alguno, pues para casos como aquél contaban con el poderío físico de Abel, arrancaron los ocho bancos de sus anclajes y, como había sido decidido, los colocaron en la posición descrita. Lo único que lamentaban era que doña Blanquita no saliera, como ellos, los sábados por la noche. De todas maneras, disfrutaban imaginando su sorpresa cuando, al día siguiente, pretendiese salir de casa para dirigirse a misa. ¡Cuánto darían por contemplar su gesto de asombro!

El domingo, a la hora del vermut, oyeron decir que la maestra estaba hospitalizada. Padecía conmoción cerebral y factura de fémur. Las lesiones se las había producido el súbito derrumbamiento de los bancos cuando abrió la puerta.

¿De quién era el error de juicio, de doña Blanquita o del grupo de juerguistas? Ellos no habían calculado que su broma podría terminar así, y no se consideraban responsables. Pues bueno estaría. Aquello no era frecuente y por una cosa así no iban a dejar de divertirse.

Continuaron, pues, con sus juergas, bromas y errores.

Ligera contrariedad les había causado la obstrucción intestinal producida a Fermín, el vecino menos espabilado de la comunidad y contornos, por la ingestión de ciertos canapés fabricados con atún, mayonesa y serrín, durante la celebración de la onomástica de Beltrán, acto en el que el bendito Fermín fue el invitado principal.

La broma que les había producido más grato alborozo tuvo sus fundamentos en la conjunción técnica/deporte. Por aquella época, las altas instancias del país decidieron emular al imperio romano, actuando como si, en vez de «panem et circenses» conviniese mejor a la mentalidad social este otro lema: «Boronas et globus pedis».

Es decir, para olvidar cuestiones de mayor trascendencia, fútbol a pasto. Un día sí y otro también, retrasmisiones televisadas de encuentros del siglo, de la máxima rivalidad, de… Aquel domingo, a las ocho y media de la tarde, TVE regalaba a los ávidos televidentes el partido entre España y Portugal. Todo el mundo hablaba del acontecimiento y apenas podía contener su impaciencia.

No estoy completamente seguro de si fue Ciriaco o Dimas quien lanzó la semilla, el germen de la idea. ¿No sería formidable impedir la llegada de la señal a los televisores de la villa? ¿Qué protestas se producirían? ¿Cuánta indignación? ¿De qué calibre serían los tacos?

Pues nada, no rechazándose el proyecto, solo sería cuestión de encontrar el medio adecuado.

Aquí terció Beltrán sugiriendo la inutilización temporal del repetidor de zona. Él mismo, propietario de una ferretería, se encargaría de conseguir la llave que les daría acceso a la caseta que, al pie de la torreta, encerraba los equipos electrónicos.

A las ocho y veinticinco de aquel aciago domingo, cuando la afición esperaba ansiosamente la conexión con el estadium de Lisboa, de pronto, las pantallas comenzaron a servir lo que parecían imágenes de una copiosa nevada acompañada de un prolongado zumbido.

La sencilla desconexión de unos fusibles había dejado sin partido a quienes lo aguardaban desde hacía tanto tiempo.

Cuando el defraudado público logró localizar al encargado del repetidor y el desperfecto fue reparado, el partido había finalizado hacía más de una hora.

Pero durante aquellos angustiosos momentos (para algunos), ¡qué diluvio de agudezas, cuántas sonrisas socarronas!

Sin embargo, esto no fue nada si se compara con el torrente de carcajadas que se prometieron cuando Eufrasio, el menos emprendedor de «el abecedario», concibió la trama para dar un susto a Zacarías y su novia Ubalda.

La oferta fue aceptada por unanimidad y acogida con estrepitosas risotadas. Después, Ciriaco, estratega del grupo, exigió un momento de seriedad y pasó a exponer su idea de cómo debería montarse su regocijante tomadura de pelo.

«El próximo sábado, a la salida de la última función de cine, los esperamos cerca del puente. Cuando se encuentren hacia la mitad -añadió- nos pondremos en marcha, partiendo el extremo más alejado del pueblo Llevaremos pasamontañas y nos fingiremos atracadores. Les quitaremos cuanto lleven de valor. Al día siguiente, se lo devolvemos todo.»

El plan de Ciriaco, también fue acogido sin oposición.

Fieles a su humorístico designio, «el abecedario» se encontraba al completo , a las doce y media de la noche, en el lugar que, en sus proyectos, habían pasado a denominar el campo de operaciones.

Era una noche fría y lluviosa. Allí, emboscados bajo los árboles que formaban un espeso bosque a partir de la misma ribera, resultaban invisibles para quienes pudieran pasar.

La vigilancia no se prolongó mucho tiempo. Cobijados bajo un inmenso paraguas, ignorantes de lo que se les venía encima, Zacarías y Ubalda caminaban hablando, quizás de lo mucho que les quedaba por hacer antes de su próxima boda.

Él había regresado al pueblo recientemente, licenciado del Cuerpo de Guerrilleros en el que había realizado el servicio militar. Era una persona reservada que no gustaba hablar de las experiencias, limitándose a contestar cuando se lo preguntaban, que todo había ido bien, aunque, claro, tenía grandes deseos de volver a casa.

De acuerdo con lo previsto, cuando la pareja alcanzó la mitad del puente, «el abecedario», se acercó , bien oculto tras los paraguas. Al llegar a su altura, procurando disfrazar sus voces, saludaron con un sofocado «Buenas noches» e, inmediatamente, los rodearon.

Abel y Beltrán, sujetaron fuertemente los brazos a Zacarías. Ciriaco y Dimás hicieron lo propio con Ubalda, y Eufrasio quedó en reserva. Este último, el más capacitado para disimular su verdadera voz, dijo: «Tranquilos, aquí no va a pasar nada. Dadnos todo lo que llevéis encima. Dinero, relojes, todo. No nos obliguéis a haceros daño. Sería muy triste tener que pegaros un tiro.»

Zacarías, muy sereno, por toda respuesta, le pidió a Ubalda que obedeciera, añadiendo. «Tengo el dinero en la cartera, en el bolso interior del lado izquierdo. No es mucho pero, cogedlo. No llevo reloj, ni nada que valga un duro.»

Una vez que hubieron despojado a sus víctimas y en el momento en que los asaltantes se iban a retirar, Eufrasio cometió su segundo error (el primero fue proponer aquella estúpida aventura).

Con la misma voz de falsete que había estado utilizando propuso: «Y ahora, antes de irnos, tú, niña, vas a ser buena chica, y nos vas a dar un besito a cada uno.»

Entonces, Zacarías, hasta aquel momento tan impávido y resignado, gritó algo que a todos llenó de asombro: «Descuide, mi capitán».

Los atacantes aún no habían tenido tiempo para recobrarse de su estupefacción cuando Zacarías, repentinamente, se convirtió en una verdadera máquina de propinar golpes.

Para empezar, asió ambos brazos de Abel, lo atrajo hacía si y dejándose caer de espaldas, lo arrojó, limpiamente, al río, por encima del pretil del puente, que rozó con el ruido de algo que se rasga.

Sin esfuerzo aparente, se levanto y lanzándose con las piernas por delante, propinó simultáneamente dos fuertes patadas, una a Beltrán y otra a Ciriaco, en pleno pecho que les envío rodando a estampar sus cabezas contra los laterales de aquel puente, convertido en útil aliado de Zacarías.

Después se dirigió a Eufrasio y Dimas, los agarró por el cuello e hizo chocar sus cabezas. Luego, como quien se deshace de un par de conejos, los envió a reunirse con su amigo Abel, al río.

Estas acciones fueron tan rápidas que, en realidad, parecía tratarse de una sola.

Ubalda, que en momentos de emoción como el que acababa de vivir, acortaba el nombre de su novio, musitó con voz trémula: «Pero Zac, ¿dónde aprendiste a hacer eso? ¿Qué quería decir lo de «Disculpe, mi capitán»?»

Y Zac, tratando de recomponer una manga de la chaqueta que se había descosido, respondió: «Mira, es muy largo de contar; ya lo haré en otra ocasión: Ahora bastará que te aclare que soy el campeón nacional militar de defensa personal, lucha libre y Judo. En cuanto a lo «Descuide, mi capitán», que tanto te intriga, era mi respuesta al instructor que, en los entrenamientos, me decía: «Cuidado, Zacarías, no vayas a hacer daño a alguien».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Timetable

No había hecho mas que sentarme cuando comenzó a sonar el teléfono. El invento de un diablo apellidado Bell, con su insidioso repiqueteo, exigía mi inmediata atención.

Reprimiendo un acuciante deseo de hacerme el sordo, descolgué el odiado aparato y escuché la conocida voz del director de la Agencia que me pedía pasara por su despacho.

¿Qué tripa se le habrá roto tan temprano?, me pregunté mientras caminaba hacia el sanctasanctórum. ¡Ojalá hoy sea uno de esos escasos días en que su úlcera duodenal hace fiesta!

Llevaba trabajando diez años en la Agencia Publicitaria Market y no recordaba ni una sola ocasión en que hubiese sido llamado a presencia del jefe sin verme convertido en víctima propiciatoria sacrificada en el altar de su malhumor.

«¿Terminó Vd. con el asunto Industrias Tona?», preguntó a quemarropa, casi sin darme tiempo a entrar.

«Mañana comenzaré con él», respondí. «Si no surgen problemas, mañana mismo a última hora de la tarde, le entregaré el calendario y los detalles de toda la operación…»

» Timetable y planning», cortó sin que yo finalizara lo que deseaba decirle.

El «headman» de la Agencia, como él mismo gustaba definirse, compensaba su desconocimiento de inglés utilizando «ad nauseam» la media docena de vocablos que había recogido de aquí y allá.

«A propósito -continuó impertérrito- nuestro cliente, ¿ha decidido si desea o no «direct mailing?»

«Ayer me han dicho que si», contesté cruzando una apuesta conmigo mismo sobre lo que vendría después.

«¿Ha llegado ya su O.K. por escrito?»

«Pues no. Todavía no». (Lo sabía, lo sabía).

» Y, ¿cree Vd. que tendremos tiempo de poner en marcha la operación «on time»? (¡Hombre, esto es nuevo!)

«Verá Vd. Hoy estamos a diez; como le dije, mañana, día once, le entregaré todo el material por escrito; la imprenta nos pasará las pruebas el veinte o veintiuno y la operación no se inicia hasta el día treinta del mes que viene. Hay tiempo sobrado.»

«Bien, bien, pues nada más. Si se me ocurre algo nuevo, ya hablaremos.»

Me dispuse a salir, sin darme mucha prisa, pues el instinto me decía que aún faltaba algo, cuando, con papal ademán de sus manos, aconsejó que me detuviera.

«Los brochures, full color, supongo…»

«Yes, sir; you can bet it.», (Si, señor; puede apostarlo), respondía harto de tanta majadería. Luego salí del despacho cerrando suavemente la puerta.

Volví a mi mesa de trabajo, tomé asiento y, para no caer en un lamentable olvido que podría acarrearme desagradables consecuencias, pasé la hoja del calendario de mesa y, bajo la fecha 11, escribí: «Asunto I. Tona, hoy, como sea, Kaput.»

Después, sacando una hoja de papel del cajón, bien provisto de material de escritorio, fui anotando con detalle todos los pasos (steps, diría mi britanizado jefe) de la campaña.

Finalizada aquella importante tarea, procedí a revisarla detenidamente, cambiando de lugar dos de los trabajos a llevar a cabo.

Satisfecho por no haber omitido nada, dejé de lado la hoja encabezada con un título, en letras gordísimas, que decía: «Industrias Tona, día 11».

Manteniendo a la vista el trascendental documento, dediqué el resto de la jornada a otros asuntos menos vitales.

Cuando llegué a casa aquella noche, mi mujer exclamó mirándome fijamente: «A ti te pasa algo.»

Su aseveración hubiera resultado más exacta si, cambiando el tiempo del verbo, hubiese vaticinado: «A ti te va a pasar algo.»

Pero por muy perspicaz que fuese mi esposa, y lo suyo en ocasiones supera lo penetrante para alcanzar niveles de clarividencia, era imposible que adivinase el extraño suceso de que sería juguete su desconcertado consorte.

Nos fuimos a la cama, tras una insípida sesión de TV, durante la cual yo, más despistado que de costumbre, no me enteré de nada. Comprobé el funcionamiento del despertador encargado de indicarme que había llegado el momento de dedicar mis esfuerzos a Industrias Tona como si fuera incapaz de hacer algo por sí misma.

Instantes más tarde, apagamos la luz y casi de inmediato caí en un profundo sopor. Aún conservo la sensación de haber soñado toda la noche, sin un momento de pausa. Si esta forma de dormir es descansar, yo, más que yo mismo, soy el Almirante Canaris (q.p.d.).

Comenzó el enigma en la oficina. Me encontraba de nuevo sentado ante la mesa y repasaba una vez más la hoja en que, por la mañana, había apuntado cuanto se relacionaba con la campaña encargada por nuestro más reciente cliente.

Enseguida, como si no tuviera tiempo que perder, utilizando un folio para cada uno de los apartados en que previamente había dividido el trabajo, fui desarrollándolos metódicamente. Hablé por teléfono con el responsable de I. Tona y con la imprenta para aclarar algunos extremos, hasta entonces sin definir del todo y, finalmente, di por terminado mi trabajo.

Con nitidez y lujo de pormenores que me obligaban a dudar de que estaba soñando, era consciente de cuanto me rodeaba; el mobiliario de la oficina, los ficheros metálicos pintados de un verde ciruela que nunca había sido de mi agrado, el teléfono que, cosa extraña, no sonó desde que comenzara a trabajar, todo parecía dotado de presencia física.

Sin embargo, faltaba algo. Echaba de menos alguna cosa. El escenario resultaba incompleto pero, por más que me esforzaba, no conseguía localizar en mi mente aquello que, como para embromarme, había sido escamoteado.

¿Es posible pensar cuando se sueña? Para hacerlo, sería forzoso mantener el cerebro, su posibilidad de razonar, en un plano distinto al que ocupa habitualmente. Pero la mudanza de un plano a otro, habría que llevarla a cabo de manera voluntaria y, ¿actuamos voluntariamente cuando soñamos?

¿Soñaba que soñaba o, después de realizar el trabajo, imaginé que soñaba haberlo ejecutado?

Fuera como fuere, me sentía intranquilo y soñé que pasaba revista una y otra vez a cuantos objetos formaban parte de mi entorno laboral.

Nada; era consciente de que allí no se encontraba una cosa que durante diez años permaneció ante mi vista y ahora había desaparecido.

Aquel molesto estado, la desazón que me atormentaba se esfumó merced al destemplado sonido del despertador. Era la primera ocasión en que el detestable chisme interrumpía mi sueño oportunamente.

Durante el corto trayecto a la oficina, no fui capaz de apartar de mi mente la sensación de moverme en un mundo diferente al de todos los días. Parecía como si una parte de mi ser pugnara todavía por abandonar el universo de lo irreal.

Al llegar a la Agencia, preparé mis cosas, eché un último vistazo al proyecto de la campaña, que indefectiblemente, tendría que dejar terminada aquel mismo día once y cuando, de igual modo que lo había soñado la noche inmediatamente anterior, me disponía a iniciar el trabajo, una llamada telefónica me convocó al despacho del Director que, tan pronto como entré, dijo:

«Me ha proporcionado Vd. una gratísima sorpresa. No sé cómo lo ha hecho pero lo cierto es que la campaña Industrias Tona resulta un modelo en su género. No falta ni sobra absolutamente nada. Enhorabuena. Tengo la seguridad de que si este asunto tuviera cobertura nacional, lograría el Oscar de Oro de la Comunicación.»

La sorpresa no me permitió otra cosa que musitar: «Entonces, ¿le ha gustado?»

«Pero hombre, qué cosas dice. ¿Cómo no me va a gustar? Además, lo ha hecho en un tiempo récord. Otra vez enhorabuena. Cuando llegué, al ver el expediente aquí encima, no lo creía.»

Abandoné el despacho como ebrio. No me daba cuenta de dónde ponía los pies. Ignoro cómo acerté a tomar asiento tras la mesa sobre la que destacaba burlonamente un folio en blanco, oculté la cara entre las manos y me tapé los ojos.

Debía presentar muy mal aspecto, pues uno de mis compañeros, solícitamente me preguntó si me encontraba enfermo.

«Nada, un pequeño mareo. Ya me está pasando. No te preocupes», respondí débilmente.

Pero no era cierto. Me sentía fatal. Aquello era imposible. Yo, estaba completamente seguro, no había redactado la campaña. Bueno, sí lo hice, pero en sueños. Entonces, ¿cómo diablos está terminado y en poder del Director?

Se me ocurrió entonces realizar una comprobación. Era estúpido, pero no tenía otro remedio. Me equivoqué dos veces pero, al fin, conseguí marcar el número de la imprenta y, con el teléfono en una mano temblorosa, solicité hablar con el encargado.

La respuesta que recibí, después de una corta espera, fue la esperada, pero no por ello menos inconcebible: «Ya había quedado convenido todo. ¿Es que va a haber un cambio de última hora?»

«No -le aseguré- Se trata solo de una confirmación rutinaria.»

Colgué el aparato tan avergonzado como si hubiese sido sorprendido realizando un acto punible. Pero luego, incapaz de resistir la tentación, llamé a I. Tona.

El jefe del área comercial me dio una contestación similar a la anterior. ¿Es qué se ha presentado algún problema?

Le tranquilicé lo mejor que supe y deposité suavemente el teléfono en su soporte.

Sumido en un profundo estupor, permanecí un buen rato con la mirada fija en la pared de enfrente. Tenía la visión desenfocada y no percibía claramente lo que se hallaba ante mis ojos.

De pronto, advertí que las imágenes se concretaban. Ante mí apareció el objeto que faltaba en el maldito sueño de la víspera. Era el calendario metálico. Señalaba año, mes, día de la semana y fecha.

Indicaba entonces miércoles, once. Lo mismo que en el despacho del jefe.

Esto no puede ser, me dije. Si ayer era diez y prometí finalizar la tarea para última hora del día once y hoy, once, ya se encuentra en el despacho del director, ¿cuándo lo hice? ¿Por qué no figuraba el calendario en mi sueño? ¿Habría trabajado el día diez hasta muy tarde? No. Recordaba que después de las siete y media de la tarde había estado jugando al billar con unos amigos. Uno de ellos era el compañero que se había interesado por mi saludo hacía un momento.

Corriendo el riesgo de parecer más estúpido de lo que ya me sentía, me levanté y fui a su mesa. Le pregunté si recordaba exactamente hasta qué hora habíamos estado juntos la noche anterior.

«Hasta las diez y cuarto en los billares. Después te acompañamos Adolfo y yo hasta tu casa, pues nos cogía de paso. Por cierto, nada te dijimos entonces, pero nos extrañó que nos preguntases tres o cuatro veces a qué fecha estábamos. ¿Te sucede algo?»

«Nada, nada. Pero, ¿qué me respondisteis?»

«Pues, la verdad; que estábamos a martes, diez. ¿No ves el calendario? Hoy miércoles, once. Como era de esperar.»

«No siempre sucede únicamente lo posible», rezongué entre dientes, encaminándome a mi sitio, bajo la mirada de asombro del boquiabierto colega.

Y aún se sintió más aturdido, cuando, retrocediendo a su lado, le pregunté: «¿Has oído mencionar alguna vez los días intercalados o fechas bis?»

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987