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Viaje para viejos. La gorgona

Mentiría como un bellaco si dijera que Laura era fea. La afirmación constituiría una innegable trasgresión de la veracidad.

Por otra parte, nuestra lengua tan rica en matices y términos para describir otros conceptos, falla lamentablemente a la hora de definir la fealdad. Al menos a la que me refiero.

Así pues, me limitaré a afirmar que Laura no era hermosa, ni siquiera bonita, ni tan sólo mona. Es preciso convenir en que carecía de encantos físicos en lo tocante al rostro, a pesar de lo cual, su faz llamaba poderosamente la atención y su cara venía a ser visión inolvidable y demasiado a menudo objeto de pesadillas de los desdichados que habían tenido el infortunio de verla de cerca o de lejos.

Más vale que, en vez de prodigar adjetivos peyorativos, me ciña al relato de alguna de las consecuencias derivadas de la contemplación de Laura.

Javier, el marido de la indefinible Laura, formaba parte de una de esas peñas gastronómicas a que tan aficionados son los vascos. Periódicamente se reunían para comer platos exquisitos previamente preparados con evidentes conocimientos culinarios y amorosos cuidados.

En uno de aquellos almuerzos en que la elección del menú había sido el causante de interminables controversias, llegaron a un acuerdo de compromiso. Tomarían ostras, crema de nécoras, bacalao a la vizcaína, solomillo a la plancha y, como postre, natillas a la gudari.

Antes de comenzar, los nueve comensales masculinos -en aquellas cuchipandas no tenían cabida las féminas- habían bebido abundantemente y puede que ésta fuese la única explicación del extraño suceso que se produjo.

Javier extrajo la cartera para buscar determinado papel y, de forma casual, cayó sobre la mesa, alrededor de la cual ya se encontraban sentados, una fotografía de Laura que uno de los alegres epicuros recogió para devolver a su propietario.

Nada hubiera sucedido si se hubiera limitado a entregarla sin echarle una ojeada. La curiosidad pudo más que la buena crianza y, en un acto irreflexivo, contempló el rostro que aparecían en la instantánea.

No bien lo hubo hecho cuando, sin un suspiro, se desplomó privado de conocimiento. Javier, antes de atender a su vecino de mesa, como las normales reglas de humanidad aconsejan, se apresuró a ocultar la foto de su esposa.

Nadie parecía haberse dado cuenta de lo que había ocurrido. El, sí. Era consciente de que la fugaz visión de su costilla era la culpable de aquel síncope.

Como suele suceder en casos similares, la comida fue suspendida, el enfermo ingresado en la sección de urgencias del centro sanitario más cercano y la reunión disuelta sin que los platos preparados tan meticulosamente fueran catados.

Esta última circunstancia resultó providencial porque, aunque todos lo ignorasen, tan pronto como el retrato de Laura surgió a la luz, las ostras comenzaron a exhalar un olor sospechoso, la crema de nécoras se agrió y las natillas se cortaron.

No era la primera vez -ni, a buen seguro, sería la última- que la inopinada aparición de Laura, en persona o en efigie, había estado a punto de causar una catástrofe.

Pocas fechas antes del frustrado almuerzo, Javier, frente al espejo del cuarto de baño, acababa de cubrirse el rostro con espuma de afeitar y se disponía a iniciar la delicada operación de rasurarse cuando la repentina aparición de la cara de su media naranja, detrás de la suya en el cristal azogado, le produjo tal sobresalto que no se degolló con la navaja de verdadero milagro.

Sería preciso poseer un temple de acero o ser subnormal profundo para soportar, impasible, sin un deterioro general del sistema nervioso, tal entrada en escena.

Si al menos, como en otras ocasiones, Laura hubiera tenido la delicadeza de avisar de su llegada, diciendo por ejemplo: “No te asustes, querido; ahí voy”, el amenazado tendría la oportunidad de fortalecerse mediante la inmediata ingestión de un doble de coñac o, mejor aún, de darse a la fuga descendiendo ágilmente a la calle por un canalón.

La ceremonia de la boda, ya muy lejana, estuvo en un tris de ser suspendida e incluso faltó poco para que se organizara una revuelta popular.

A la puerta del templo, esperaban la llegada de la novia Javier y el padrino. Elegantemente ataviados con el clásico chaqué, ambos estaban pasando un mal rato ante las miradas de los curiosos. Uno de ellos, señalando con el dedo las altas chisteras de quienes aguardaban impacientes, preguntó con voz estentórea: “¿Necesitáis un deshollinador?”.

A esta “ingeniosa” salida siguieron otras y el concurso de humor espontáneamente organizado al aire libre no cesó hasta la llegada de la novia.

Entonces, el certamen, en el que sólo participaban hombres, recibió el apoyo femenino. El sentir unánime del mal llamado sexo débil fue proclamado por una viejecita que, tras sujetarse a una columna del alumbrado y respirar hondo varias veces para recuperarse de la violenta impresión recibida al vislumbrar a Laura, exclamó con acento de triunfo: “Ah, ya di con ello. Están filmando otra versión de Tarzán y su compañera”.

El propio sacerdote, llegadas las solemnísimas palabras de : “Javier, ¿quieres a Laura por legítima esposa?”, fijó sus ojos cansados en los contrayentes, primero en el novio y un instante después en la novia, cometiendo la imprudencia de acercarse a esta última, sin duda no dando crédito a lo que veía.

Un cuarto de hora más tarde, el acto se reanudó con un oficiante totalmente repuesto pero resuelto a no volverse hacia Laura aunque hacerle hubiera representado la oferta de una nueva campana, el arreglo de las goteras de la iglesia y la adquisición de tres confesionarios que sustituyeran los quemados en 1936.

Cuando todo acabó, declinó, cortés pero firmemente y con la cara obstinadamente hacia un lado, las acuciantes invitaciones para que asistiese al almuerzo que tendría lugar seguidamente.

El infortunado cura recordó con íntima vergüenza cómo el monaguillo se había visto obligado a recordarle, con un susurro audible para toda la concurrencia, que se saltaba parte de la liturgia.

A lo largo del ejercicio de su carrera eclesiástica había unido infinidad de parejas. Durante cerca de cuarenta años casó novias de todos los pelajes, risueñas, llorosas, serenas hasta la indiferencia, resignadas, con aire de decirse: “Tan pronto como acabe esto, mi marido va a saber cómo las gasto”.

Las hubo hermosísimas y feísimas pasando por todas las gamas intermedias pero, como la de hoy -meditaba- ninguna.

La caridad cristiana le impedía, si llegara a encontrar palabras adecuadas, calificar acertadamente la que tanto desconcierto y turbación le produjo. No lograba hallar una categoría dónde incluirla.

Puede que, sin proponérselo, diera en el clavo cuando, en voz alta, remachó sus pensamientos diciendo: “Debiera haber llamado a un exorcista”.

El sacristán de la parroquia, aún presente recogiendo algunos ornamentos, suspendió la tarea y preguntó: “¿Decía algo, don Arturo?”.

Este, turbado por el hecho de ser sorprendido hablando solo, respondió: “Nada, hijo, nada. Gracias”.

A estas alturas es imposible que cualquiera -aún siendo corto de vista o tuerto- no se haya formulado la pregunta clave. Esta. Siendo Laura tan así, ¿por qué razón se casó con ella Javier?

No existe posibilidad de ofrecer una respuesta acertada.

Puede que el novio hubiera cometido años atrás un horrendo pecado, eligiendo seguidamente, en un rapto de arrepentimiento, tan original método de expiación.

Quizás el recién casado era víctima de extraña enfermedad, derivada de la avaricia, que le hizo asegurarse la posesión de algo único y, por tanto, valiosísimo.

En todo caso, estaban unidos y Javier podía contar con la absoluta seguridad de que su esposa jamás se estropearía. Si acaso, al contrario. La pátina del tiempo, que todo lo cubre, pudiera ser que la mejorara.

Por supuesto, era preciso admitir que los diarios ensayos de Laura para aliviar su aspecto estaban condenados al fracaso más estrepitoso. Aquello no tenía solución.

De todos modos, era admirable -incluso conmovedor- escucharla cuando, con más fe que los primeros cristianos, le decía a Javier: “Vete desayunando. Mientras tanto, yo me iré arreglando”.

Pues, a pesar de la insostenible situación estética, el marido estaba enamorado de su esposa. ¿Cómo, si no fuese así, iba a tolerar con resignación el trato que recibía de Laura?

Porque, además de su carencia absoluta de encantos físicos, contaba con un carácter abominable. No existen certificados médicos que lo prueben pero, a juzgar por su repugnancia a utilizar términos dulces, dulzones, azucarados o almibarados, debía padecer una diabetes descomunal.

En cambio, sus conversaciones estaban plagadas de expresiones cáusticas -en el mejor de los casos, despectivas- que solían terminar con el hiriente “Eres un inútil”, tolerado con mansedumbre por Javier.

Este que, años antes de su boda, había tenido un hijo con la criada de su propia familia, estaba absolutamente tranquilo. Mencionarle la inutilidad le dejaba tan fresco.

Con sumo tacto, trató varias veces de convencer a su cara mitad para que ambos acudieran a un médico. Sería muy fácil que su falta de descendencia se debiese a algún leve trastorno corregible sin dificultades.

Pero Laura, con esa invencible tozudez que tantas veces utilizamos los humanos para autodañarnos, se negó en redondo. El, convencido de que por aquel medio nada lograría, sugirió entonces la adopción de un niño. “De ninguna manera”, fue la respuesta.

Y ahora, bastantes años después de su boda, allí estaban. Habían venido a Mallorca como tantas parejas lo hacían en su viaje de novios.

Aquel no era, naturalmente, un desplazamiento especial preparado para disfrutar de la luna de miel -a lo que, en su día, no había accedido la diabética Laura- aparentemente huyendo de cuando pudiera relacionarse con lo dulce.

Era una salida, un escape de la rutinaria existencia vivida por las personas incluidas en la eufemísticamente llamada tercera edad y por quienes no tenían pelos en la lengua, un viaje para viejos.

Claro que, para la adusta Laura no representaba una tregua. Consigo trajo a las islas su notoria falta de tacto y, desde el primer momento, no perdió ocasión de hacer partícipes a las viajeras del lamentable error cometido otorgando su blanca mano al insignificante e inútil ser que Iglesia y Ley coincidían en ratificar como marido.

En privado, la rechifla era general y nadie dudaba en afirmar que si en aquella boda se había cometido un desatino, y estaba claro que sí existió, el engañado era el varón.

Sobre todo, para Aurorina, Luisa y Bety, la primera divorciada, todavía de buen ver, la segunda viuda ya mayor y la última, una monada de veinticuatro años, nieta de la anterior, la cosa era inconcebible.

Las tres descubrían en Javier un hombre sumamente atractivo, cuando no se encontraba en presencia de la gorgona con quien se había desposado. Era alto, corpulento sin ser grueso; de rasgos faciales armoniosos, conservaba todo el cabello, muy oscuro, en el que resaltaban las hebras plateadas junto a las sienes. Poseía una distinción natural, de la que no parecía consciente y una voz profunda, cálida, cautivadora.

No localizaban explicación lógica para la existencia de una pareja tan chocantemente dispar.

“¿Qué habrá visto en ella?”, se preguntaba Luisa, la de más edad. Y añadía: “Tendrá dinero, dinero a espuertas. Si no es por algo así, ¿por qué va a ser?”.

“A mí no me parece uno de ésos. No tiene pinta de caradura”, terciaba Aurorina. Y continuaba: “Pero, entonces, ¿cómo puede soportarla?. Porque, no sólo tendrá que cerrar los ojos para no verla. El pobre debería taparse los oídos para no escucharla”.

Y Bety, callada, sin intervenir hasta aquel momento, no puedo resistir más y cerró el debate diciendo, soñadora, como regresando de muy lejos: “Me recuerda muchísimo al pobre Rock Hudson. Si yo encontrara en Avilés uno como él, no me importaría la diferencia de edad. Y lo traería en palmitas. No como esa mala pécora que lo tiene frito. Qué tía. No lo deja ni hablar. Os fijasteis el otro día, cuando volvíamos de Valldemosa. El pobre empezó a decir algo sobre la música de Chopin y buena se armó. ´¡Qué sabes tú de música! Ni de Chopin , ni de nada, bocazas inútil´. Lo dijo, además, en un tono calculado para dar la sensación de que no quería que nadie más que él la oyese. pero la muy bruja sabía que casi todos estábamos escuchando. Algunos, ya lo llaman San Javier. Particularmente, creo que el nombre le viene corto”.

Durante la cena, alguien propuso la visita a la sala de fiestas instalada en las inmediaciones. Más que nada por conocer otro sitio nuevo, unos cuantos aceptaron la sugerencia. Faltaban unos minutos para medianoche cuando, quienes deseaban divertirse, se reunieron ante recepción.

Formaban parte del grupo Aurorina, Bety -Luisa se había negado a acompañarlas alegando cansancio-, Ramón, Juan, Paco, Álvaro y Flora y, aunque pareciera extraño, Javier y señora. Esta última quiso ser de la partida tan pronto supo que su marido no sentía el menor deseo de hacerlo.

Salieron del hotel todos juntos; hablando alegremente y, entre bromas, cruzaron la corta distancia que separaba aquél del paseo enlosado al borde el mar.

Hacía una noche perfecta, sin luna pero muy clara. Allí arriba asomaban las estrellas en pugna con algunas nubes que corrían velozmente hacia el horizonte. Estaban tan cerca del agua que, aún sin prestar mucha atención, podía escucharse el débil rumor que, como una tímida protesta, producían las olas de juguete al morir en la orilla.

Pronto llegaron a la boite. Se trataba de una sala enorme, atestada de un público bullicioso que daba inequívocas muestras de su irrefrenable deseo de divertirse y de un olímpico desprecio ante una posterior jaqueca.

No faltaba detalle para igualar aquella sala a los millares que pueden encontrarse en cualquier otro lugar del mundo. Disponía de aire acondicionado -que no funcionaba-, contaba con iluminación suficiente para alumbrar la noche de los tiempos y proveía a los asistentes de más decibelios por metro cúbico que la pista de pruebas de Le Mans.

La dirección del establecimiento, con una visión comercial que la honraba, se puso de acuerdo con el Colegio Oficial de Oftalmólogos y, seguidamente, instaló en la sala la más potente luz estroboscópica que pudo importar de Estados Unidos.

El permanente guirigay obligó a la empresa a tomar una atrevida decisión. Imprimieron unos llamativos talonarios, a cinco colores, en los que cada consumición figuraba precedida de un número. Que se deseaba un whisky, se marcaba con una cruz el siete y, en una columna, se indicaba la cantidad de unidades que se encargaban.

Así que el animado grupo procedente del vecino hotel, solicitó al diligente camarero que les atendió, tres refrescos, dos coñacs y cuatro whiskies, rellenando concienzudamente el obligado impreso.

Tres cuartos de hora después, un nuevo empleado preguntó qué deseaban tomar.

Quince minutos más tarde, otro mozo desconocido depositó sobre la mesa tres jarras de sangría y nueve vasos.

Silenciosamente, los sedientos, medio ciegos y ensordecidos expedicionarios, aceptaron lo que el azar les enviaba y, resignados, tuvieron la oportunidad única de probar la primera sangría con sabor a aguarrás de su vida.

Bety, con gran economía de palabras y acierto, resumió la opinión general exclamando: “¡Qué asco!”.

Como bailar era imposible, pues la reducida pista se encontraba atestada, y la conversación representaba un manifiesto atentado contra las cuerdas vocales, -en aquella barahúnda era necesario desgañitarse para hacerse entender- por señas, Aurorina y Bety dijeron que se marchaban. Laura y Javier también se levantaron para irse.

El resto, obedeciendo oscuros instintos masoquistas de los que, evidentemente, no tenían conciencia, permanecieron en sus puestos.

Cuando los sensatos desertores salían del ruidoso local, tras unos insistentes trompetazos que se esforzaban, con escaso éxito, en sobresalir por encima del general barullo, hizo su aparición sobre el reducido escenario situado en el fondo, una tropilla de mujeres sucintamente vestidas.

Otra mujer, ataviada con chistera y traje de etiqueta que lanzaba mil destellos al reflejar en sus lentejuelas los fogonazos de la infernal luz estroboscópica, portaba en sus manos un cartelón anunciando la actuación de las “Kanadian Girls”.

Que Canadian se escribiera con C y no con K, carecía de la menor importancia. Tampoco tenía trascendencia que quienes se disponían a deleitar con sus artísticas evoluciones al distinguido y cosmopolita público ya hubieran dejado atrás la dichosa época en que pudiera considerárselas, sin mentir, como girls.

En realidad, cualquier observador objetivo hubiera afirmado que se trataba de un grupo de señoras talludas.

Lo cierto fue que el rugido de aprobación con que el entendido concurso masculino saludó la comparecencia de las ajadas ninfas, nada tuvo que ver con sus respectivas partidas de nacimiento; ni siquiera con sus modernísimos peinados. Era la jubilosa aquiescencia a la desaparición del TOP -no la del Tribunal de Orden Público, deje en paz a la política- es decir, era la alegre bienvenida a las “Top less Old Girls”.

Mientras sucedía esto y estaban a punto de comenzar las picarescas y sugerentes evoluciones que iban a tener lugar en la sala de fiestas, los cuatro tránsfugas caminaban lentamente por el solitario paseo marítimo.

El rumor de sus pasos no despertó ecos de nada -porque aún no se habían dormido- pero puso sobre aviso a tres individuos que aguardaban la oportunidad de aumentar su peculio sin dar golpe, pero ejecutando un golpe.

Salieron de las sombras que les cobijaban y se interpusieron ante Aurorina, Bety, Laura y Javier. Amenazadoramente, exigieron les entregaran cuanto llevaran de valor, y silencio absoluto.

Dos de ellos esgrimían largas navajas. El otro empuñaba un feo pistolón. (Luego se demostró que se trababa de un arma de juguete pero, en aquellos momentos, sólo conocía esta circunstancia su portador).

Los asaltados permanecieron en silencio y totalmente inmóviles. Javier buscó con los ojos algo que había visto cuando se dirigían a la sala de fiestas. Se trataba de una cosa que, quizás pudiera sacarles del apuro en que su desprecio hacia el arte les había colocado.

Y allí estaba. A medio metro, al borde el paseo se encontraba una carretilla conteniendo una bolsa de cemento, una enorme regadera de metal y, lo mejor de todo, un azadón dotado del mango de madera más largo y grueso del mundo.

Javier no vaciló un instante. Saltó la distancia que le separaba del fortuito arsenal, cogió el azadón con ambas manos y, al grito de “Gora Euzkadi”, inició un furibundo vapuleo administrado con admirable ecuanimidad. En un momento acabó con la tímida resistencia de los sorprendidos salteadores.

Al de la enorme pistola le asestó tan tremendo golpe en los riñones que, sin duda, a partir de entonces quedaría incluido entre los más ardientes adictos a la diálisis.

Los de las navajas abandonaron los pertrechos en su prisa por alejarse del lugar de la refriega. Uno de ellos corría sosteniendo delicadamente con la mano izquierda el brazo derecho que pendía inerte, seguramente roto. El otro, con acento de asombro, gritó antes de desaparecer: “¡Qué bestia eres, tío!”.

Aurorina, en tono ce incredulidad y, dirigiéndose a Laura musitó: “¡Y a éste le tachabas de inútil!”.

Ya en el hotel, cuando iban a acostarse, después de relatar a su abuela los sucesos de la agitada noche, Luisa, con cara de inocencia exclamó: “Javier es un inocentón. Para ahuyentar a esos sinvergüenzas le hubiera bastado con enseñarles la cara de su mujercita”.

Viaje para viejos. Admisión, comprensión, explosión y escape

El viaje hasta Barcelona supuso un verdadero suplicio para Lucas. El propio Carlos, su amigo y confidente lo advirtió tan pronto como salieron de Oviedo.

Varias veces le había preguntado qué le sucedía pero, a pesar de la vieja amistad que les unía desde muchos años atrás, Lucas contestaba con evasivas o no respondía en absoluto.

Aquella actitud era extraña en un hombre como él que no tuvo secretos para su compañero de fatigas durante tanto tiempo. Su entrada en la mina se produjo casi simultáneamente, cuando los dos eran aún un par de críos.

Hijos de mineros, ambos conocían perfectamente el ambiente del negro agujero, las penalidades que allí abajo deberían soportar y el peligro constante en que su trabajo cotidiano iba a desarrollarse.

Como tantas otras, las dos familias mantenían una orgullosa tradición y todos sus miembros varones sabían, tan pronto como empezaban a darse cuenta de lo que les rodeaba, que su futuro estaba unido al carbón. Al igual que sus padres y abuelos se jugarían la vida en las profundidades, ejerciendo un oficio más propio de topos que de seres humanos.

Sin embargo, ninguno de los dos hubiera deseado ser otra cosa. Habían escuchado demasiados relatos sobre lo que ocurría en las entrañas de la tierra, acerca de la camaradería -que muchas veces llegaba a convertirse en heroísmo- para conformarse con una profesión distinta y más tranquila.

Desde que eran niños, al salir de la escuela, acudían a la boca de la mina para asistir al cambio de turno, con la excusa de esperar a sus padres. Pero, en realidad, lo que iban a hacer allí era contemplar la salida de aquellos hombres de ennegrecidos rostros en los que el blanco de los ojos y de las dentaduras refulgía como dotado de luz propia.

Causaban la impresión de pertenecer a una raza diferente, capaz de hacer honor al tácito pacto de inmolarse estoicamente cuando el humor de la sima lo exigiese.

Era como si la mina, dolida en su propio ser, señalara precio a los trozos que le arrancaran a golpe de pico y se cobrara poniendo fin a la vida de sus profanadores.

Ni Carlos ni Lucas habían olvidado nunca la sensación experimentada la primera vez que, a bordo de la gran jaula, descendieron al fondo de la sima. En realidad, la bajada no duraba más que unos pocos minutos. Sin embargo, se les hizo interminable. El rápido paso de la luz a las tinieblas representaba algo nuevo que sugería extraños pensamientos.

Ya abajo, cuando caminaban por la galería que habría de conducirles al tajo, los últimos del reducido grupo, un raro pudor les obligó a hablar en susurros, como si se hallasen en una catedral.

Dándose cuenta, los que les precedían volvieron la cabeza y, en broma, les gritaron: “Chavales, no tengáis miedo. Aquí no hay maestro que os mande callar.”

Tampoco en esta ocasión, pensó Carlos, ronda ningún maestro ordenando silencio. Y, a pesar de todo, sentado en la butaca contigua de aquel autobús que les llevaba tragando vorazmente kilómetros a Barcelona, no hablaba. O, al menos, no confesaba lo que le ocurría.

Carlos había observado que tan pronto como el vehículo se detenía, bien para reposar combustible o para que los viajeros repusieran fuerzas y estiraran las piernas, Lucas salía disparado hacia los servicios del establecimiento ante el que se hacía alto.

Esta conducta, repetida a lo largo de la jornada, le hizo suponer que su amigo no se encontraba bien. Algo tenía que sucederle. Cuando, al llegar a Logroño, donde se realizaba el almuerzo, el poco comunicativo Lucas, después de desaparecer siguiendo la pauta establecida hasta el momento, afirmó que no sentía el menor deseo de comer o beber, Carlos tuvo la certeza, ya no tuvo dudas.

Los dos estuvieron siempre dotados de un extraordinario apetito. En el capítulo de la bebida preferían la sidra, aunque lo cierto era que no hacían ascos a  nada que contuviese alcohol.

Deseando probar a su compañero, le recordó que en el compartimento de equipajes disponían de tres cajas de botellas de su “líquido predilecto”. ¿Quería que le trajese un par de botellas?. La oferta fue rechazada. “No, no quiero nada”, fue la breve respuesta.

Y así continuó el viaje, con idénticos y veloces eclipses de Lucas y la solícita preocupación de Carlos que ya comenzaba a experimentar verdadero temor por la salud del otro. Durante la travesía nocturna, apenas pudo conciliar el sueño. Se lo impedían los incesantes movimientos del ocupante de la litera cercana a la suya.

Una vez llegados a Palma y ya en el hotel, Lucas se negó sistemáticamente a dejarse visitar por el médico que, gratuitamente, pasaba consulta a quienes formaban parte del grupo excursionista. Había comenzado a perder kilos y, paulatinamente, fue adquiriendo un color ceniciento que no presagiaba nada bueno. Cada día comía menos.

La única respuesta que facilitaba a las bienintencionadas admoniciones de sus compañeros de viaje, que continuamente se interesaban por su estado de salud, era que “últimamente estaba excesivamente grueso. Le vendría bien bajar de peso”.

Por fin, un día, se confesó a su mejor amigo. “Mira, Carlos, lo único que me pasa es que padezco un estreñimiento de mil demonios”, le dijo. “Todas las mañanas me paso una hora en el cuarto de baño esperando; pero nada. Por las tardes, otra sesión y, por las noches, otra más, con el mismo resultado”, terminó apesadumbrado.

“Pero hombre -respondió Carlos bastante tranquilizado- eso se dice antes. La solución es bien sencilla. Toma un vaso de agua caliente en ayunas y luego, para desayunar, mucha mermelada de ciruela”.

Después, ya puesto en plan de médico de cabecera, añadió: “Ah, y nada de limón ni arroz”.

Su interlocutor, un tanto aliviado una vez hecha la difícil confesión, observó: “Pues, ya metido en gastos, vete preparando una receta contra las agujetas. Las tengo en las pantorrillas. Seguro que por culpa de la postura”.

“Bueno -contestó el doctor aficionado- déjate de bromas y hablemos de otra cosa. ¿Te fijaste en el marido de la sirena de alarma?. Alvaro, sí; ahí donde lo tienes, habla tres idiomas”.

“No me digas. Pues no tiene pinta de ser una persona muy instruida. ¿Y cuáles son? ¿Español, inglés y francés?”.

“Sólo acertaste uno. Español, sí. Los otros dos son el gallego y el marinero”.

“Paso por el gallego, pero del marinero, nada. Marinero es una profesión y no una lengua”.

“Es tan idioma como el chino. Y, si no, fíjate. La parte delantera de cualquier cosa, se dice proa y la de atrás, popa. Para decir izquierda hablan de babor. Si se refieren a la derecha, dicen estribor. Los objetos no tienen lados sino costados. Lo que se encuentra en las zonas laterales, lejanas o cercanas, se denominan bandas. Si avanzan hacia el frente comentan que van avante y cuando se refieren a las millas -nada de kilómetros- recorridas en una jornada de navegación, emplean el término singladura. Las paredes no existen; las sustituyeron por los mamparas. Dan el nombre de cubierta a un sitio que no tiene techo”.

“Para qué seguir; se me está apeteciendo, ahora que pegué la hebra con Alvaro, tirarle más de la lengua y recopilar lo que le saque en un diccionario Marinero-Español, Español-Marinero. ¿A ti qué te parece, Lucas?”.

“Pues me parece que estás mal de la cabeza y perdona. Creo que ahora es el momento. Voy al servicio”.

Un cuarto de hora más tarde, Lucas regresó y, contestando a la muda pregunta que Carlos formulaba con la mirada, respondió: “Falsa alarma”.

Mallorca en aquella época, contrariamente a lo que se les aseguró antes de abandonar la península, ofrecía un tiempo francamente malo. Hacía frío y llovía. Su esperanza de gozar de las templadas aguas del Mare Nostrum (Vaya usted a saber por qué el empeño de utilizar este nombre cuando, realmente, es más norteamericano y ruso que de nadie), se frustró.

De todas maneras, como el hotel contaba con una hermosa piscina olímpica cubierta y climatizada, quedaba el recurso de darse un buen chapuzón sin correr el riesgo de atrapar una pulmonía.

Carlos, haciendo uso de una elocuencia que él mismo ignoraba poseer, logró persuadir a Lucas de que si, por fin, aquello que esperaba impacientemente se producía, no existía impedimento alguno para realizar la deseada evacuación ya que la misma piscina disponía de excelentes servicios sanitarios. Además, si llegado el momento, se encontraba en bañador, la tarea sería más fácil.

Esta última frase zanjó la cuestión. Las dudas de Lucas se esfumaron y, poco después, ambos se zambullían alegremente en el agua.

El recinto estaba muy concurrido. Junto a varios componentes de su propia expedición, chapoteaban varios extranjeros de piel mantecosa, con abundantes pecas y ningún sentido del ridículo, que proferían agudos grititos de satisfacción y alborozo.

Dos o tres señoras, muestrarios vivientes de celulitis, flotaban con la misma gracia y naturalidad que otros tantos hipopótamos amaestrados.

Una de ellas, desvestida con un diminuto bikini que imitaba la piel del tigre, mostraba tal cantidad de carne fofa y temblona, que no era suficiente la primera mirada para registrar la magnitud del fenómeno. Era necesaria otra ojeada y aún otra más para admitir la improbable realidad.

Aunque pareciera increíble, aquella montaña de proteínas coqueteaba con cuantos se le ponían a tiro. Sus ojillos porcinos, enterrados casi al borde de los redondos carrillos, lanzaban inequívocos vistazos a su alrededor deteniéndose insistentemente en cuantos miembros del sexo opuesto tenían la mala fortuna de penetrar en su amplio radio de acción.

“Si viendo esto no solucionas tu problema -bromeó Carlos, dirigiéndose a Lucas- vas a tener que operarte”.

“Déjate de chuflas -respondió éste- y nada hacia el otro extremo”.

Habían transcurrido cinco días desde su llegada a Palma y Lucas, por temor a que su particular parto se iniciase en algún lugar sin facilidades adecuadas, se privó de integrarse en el grupo que visitó las cuevas del Drach.

Experimentaba la curiosa obsesión de que aquello vendría cuando estuviese en un lugar nada propicio y, consecuentemente, rechazaba categóricamente todo intento de alejarle de donde hubiera, por lo menos, tres o cuatro servicios prestos a acogerle. No le bastaba con uno, pues podía estar ocupado.

Carlos llegó a decirle que tenía complejo de retrete. Pero sin resultado. A lo que sí accedía era a visitar la piscina pero, inevitablemente, muy cerca de determinadas puertas.

En el comedor, donde realizaba una mera visita de cortesía, se situaba, como por casualidad, próximo a una de las salidas que, merced a su sola presencia, podría ser rebautizada como de emergencia.

La desdichada víctima de tan pertinaz sequía, llevaba una cuenta similar, en su aspecto principal, a las que se realizan en Cabo Cañaveral. La única diferencia con aquéllas residía en el hecho de que ésta se efectuaba hacia adelante. Vamos, que no era cuenta atrás.

Según los cálculos del paciente, el retraso llegaba ya a su séptima jornada. Menos mal que, a causa de la propia ansiedad, Lucas no estaba en condiciones de razonar con lógica.

Si hubiera podido discurrir desapasionadamente, comprendería lo terrible de su situación. En las plataformas de lanzamiento, los astronautas que esperan el momento de ser disparados al espacio, disponen de un término inmediato. Comienza el recitado diez, nueve, …, dos, uno , cero y listo.

En cambio, Lucas estaba inmerso en una cuenta lógica iniciada con el cero, que ya alcanzaba el siete y que podía no terminar nunca o acabar con su existencia en cualquier momento.

Afortunadamente, la inconstante suerte fatigada de hacer polvo a aquel inofensivo mortal, resolvió mudarse de parroquiano.

Era el noveno día después de la partida de Asturias y llevaban un rato disfrutando del baño en la pileta, cuando Lucas advirtió los síntomas precursores de su ansiada liberación.

Parecía una jornada como otra cualquiera. A través de las enormes y elevadas cristaleras, corridas para evitar la entrada de la fresca brisa, podía verse un cielo negruzco, de bajas y amenazadoras nubes.

Sin embargo, para Lucas, brillaban el sol, la luna y las estrellas, trinaban los pájaros y la monstruosa extranjera, ubicua como siempre, adquirió de pronto unas formas menos repulsivas.

“Ya está, Carlos -anunció gozoso-. Esta vez no fallo”. Y, sin más comentario, salió disparado del agua.

El destinatario de estas palabras, puede que de oscuro significado para los no iniciados, supuso que la ausencia de Lucas duraría, por lo menos, entre treinta y cuarenta y cinco minutos.

Tomó la determinación, por tanto, de aprovechar la marcha de su amigo para concederse el dudoso placer de un breve remojón en las aguas del mar. Disponía de tiempo suficiente. El baño tenía que ser corto pues la temperatura no aconsejaba otra cosa. Por otra parte, saliendo por uno de los accesos al jardín, cruzando éste y la carretera colindante, se encontraría pisando la arena de la playa en menos de cinco minutos.

Mientras Carlos se encaminaba hacia el mar, Lucas, sentado en la embarazosa posición que ponía dolorosamente de manifiesto la presencia de sus agujetas, se notaba alternativamente a punto de desvanecerse de felicidad e invadido por los más nefastos presagios. Sí, no, sí, no. Era como deshojar la margarita, sólo que sin margarita.

De pronto, el ansiado hecho se produjo y se sintió otro hombre. Era otro ser. Embargado por la alegría, agradecido a la providencia, adoptó una postura más relajada y, echándose hacia atrás, apoyó la espalda en la tapadera que, a su vez, descansaba contra la baja cisterna.

Su larga lucha contra la cruel jugarreta del destino que eligió época tan desacertada, había terminado. En medio del silencio que reinaba en los servicios, Lucas creyó escuchar un insistente tic-tac. Involuntariamente, con ese movimiento que acerca nuestro reloj al oído y que casi todos realizábamos cien veces al día, trató de comprobar si el repetitivo ruidito procedía de allí.

No llegó a finalizar la verificación porque, con la claridad producida en su mente como consecuencia de la anhelada pérdida de peso, recordó que su modernísima versión de la vieja clepsidra era de cuarzo, es decir, absolutamente silenciosa.

“Entonces, ¿de dónde viene este monótono sonido?”, se preguntó.

Volvió a inclinarse en el ahora glorioso trono, hasta entonces potro de tormento, y escuchó atentamente. Sí, la cosa no ofrecía la menor duda. El rumor provenía de la cisterna.

Pero no podía ser. Aquel reluciente receptáculo sanitario, de excelente marca, tenía que ser operado manualmente. Quedaba excluida, por tanto, la posibilidad de que contara con algún sistema automático y, por ello, de todo aparato de relojería.

Incapaz de resistir durante más tiempo la curiosidad que le dominaba, Lucas se puso en pie y, con precaución -no fuese a hacerse añicos contra el suelo-, retiró la tapa del depósito.

Ante sus ojos, incrédulos al principio, e inmediatamente horrorizados, apareció un objeto que no podía ser otra cosa que una bomba.

A medias sumergida en el agua, dejaba ver la parte superior cubierta de un material negro semejante al celofán. En su zona más alta destacaba incrustada una caja amarilla no mucho mayor que las usadas para las cerillas. A cada lado, un pequeño reloj.

El de la izquierda señalaba las doce y veintitrés minutos. La hora del momento, comprobó en el suyo. El de la derecha, por medio de una solitaria aguja roja, indicaba las doce y media.

Hasta su mente se abrieron paso las implicaciones que el hallazgo representaba. Era consciente de que debía retirar aquello de allí. Pero, como diría Alvaro, ¿y luego?.

Quedaban algo menos de siete minutos para que se produjese la explosión del artefacto que reduciría a escombros el hotel y, muchísimo peor, convertiría en un montón de sanguinolentas piltrafas a los inocentes huéspedes.

En aquel momento, la inspiración, tímidamente primero y a grito pelado después, le apuntó un curso de acción.

Si conseguía arrojar la bomba a la piscina, una vez desalojados los bañistas, el agua amortiguaría la deflagración y los daños serían de menor importancia.

No lo pensó más. Con manos de las que intentaba en vano eliminar el temblequeo, recogió el aparato destructor, despegando previamente la tira de cinta adhesiva que lo mantenía en posición.

Estaba a punto de salir corriendo de los servicios, cuando una duda le hizo detenerse en seco. ¿Habría más bombas o sería, la que había detectado, la única?.

Depositó cuidadosamente el engendro infernal en una papelera dispuesta en un rincón para recibir las toallas usadas y, enloquecido, a una velocidad vertiginosa, revisó las otras cinco cisternas.

Cuando dio fin al registro, Lucas había conseguido una abundante cosecha. Entre las toallas húmedas reposaban ahora seis bombas. Todas dispuestas para acabar con aquella parte de las islas Baleares a las doce y media.

Faltaban dos minutos, quizás algo menos, para el momento fatídica, cuando Lucas, surgiendo como un bólido, con los cabellos de punta y tan pálido como un muerto -no ignoro que el símil no es muy feliz ya que los coches de carreras carecen de pelo y no son susceptibles de palidecer– penetró anunciando a voz en cuello que el contenido de la papelera era un racimo de bombas que harían explosión de un momento a otro.

En unos instantes, la piscina y sus cercanías inmediatas fueron abandonadas. Nadie se quedó para comprobar si se trataba de una broma de mal gusto y ni uno solo de los numerosos extranjeros presentes amenazó con quejarse a su embajada.

La mayoría de los despavoridos bañistas se dejaron caer al suelo tan pronto alcanzaron el extremo más alejado del jardín, bajo los frondosos árboles.

En la playa, a unos doscientos metros del hotel, Carlos salía del agua. Estaba bastante fría y la brisa que soplaba invitaba a secarse sin dilación. Se inclinaba para tomar de la arena la toalla, cuando escuchó una fortísima explosión. Trozos de cristal de todos los tamaños ascendían al cielo descendiendo luego en una lluvia insuficiente para disipar la negra columna de humo.

Carlos, con los ojos húmedos fijos en aquel inesperado desastre, musitó: “Será posible que Lucas …, pero, no. Es imposible. Y, sin embargo …”

A la memoria del desconcertado y entristecido Carlos vino una frase que, como chanza, había estado a punto de decirle a su camarada: “Eres como un motor de cuatro tiempos. Has pasado por los dos primeros, admisión de la comida y compresión de ésta para reducir su volumen. Te faltan únicamente la explosión y el escape. Ojalá los hagas y salgas ileso”.

Ahora se alegraba de no haber pronunciado aquellas palabras. Hubieran resultado muy crueles si, de verdad, aquella explosión se hubiera producido sin tiempo para el escape.

Vuelta la calma, se comprobó que de la piscina y anejos sólo quedaba el recuerdo y un montón de cascotes. Por suerte no hubo víctimas.

Al día siguiente, el director del hotel, ausente por haber tenido que acompañar a su esposa que debía sufrir una delicada operación quirúrgica, regresó.

La explicación al desastre con que se encontró a su vuelta se hallaba encerrada en un sobre dirigido personal y confidencialmente a Don Jordi Poblet Coll: él mismo. En la carta que albergaba, fechada dos días antes, anunciaba el atentado y exigía que las islas fueran exclusivamente para los isleños y la inmediata expulsión de turistas y visigodos.

Firmaba la misiva un grupo desconocido hasta entonces, denominado “Els llibertadors, Secció d´acció directe”.

Había sido entregada en recepción por un niño que hacía sus primeros pinitos en la prometedora carrera del terrorismo. Chico listo que a su corta edad era sabedor de que entre los colocadores de bombas no existe el paro.

Viaje para viejos. Un soplo de aire fresco

Paco se notaba sofocado. Ignoraba si como consecuencia de las numerosas copas que, en compañía de sus inseparables Juan y Ramón, había trasegado o, simplemente, por su falta de costumbre de verse encerrado en espacios tan reducidos como el camarote en que hacía la corta travesía Barcelona-Palma.

Sabía que sólo se trataba de unas horas. Al día siguiente, alrededor de las ocho de la mañana, el barco estaría entrando en la bahía. El folleto a colores, leído varias veces con detenimiento hasta casi conocer su contenido como lección bien aprendida, era explícito. No obstante, el mar no era su elemento. Tenía que confesar cierto nerviosismo. Lo suyo era el río.

Aún no habían hablado de acostarse aunque las literas, con los embozos doblados hacia abajo, formulaban su muda invitación para ser ocupadas. Los tres parecían remisos a retirarse de la circulación a pesar de hallarse en pie desde muchas horas antes.

Sin excesiva confianza en que sus palabras consiguieran el resultado apetecido, Paco dejó caer la propuesta de subir a cubierta para desentumecer las piernas y, sobre todo, para respirar un poco de aire fresco.

La sugerencia fue acogida con evidente satisfacción por sus camaradas de cabina, cosa que le hizo concebir la sospecha de que también ellos experimentaban idénticas sensaciones.

Sin embargo, transcurrió más de un cuarto de hora antes de que pudieran hacer realidad sus deseos. Anduvieron perdidos por pasillos y escaleras sin fijarse en los iluminados letreros que indicaban el camino hacia cubierta.

En un momento determinado, Ramón comentó con desaliento: “Y luego decimos que Oviedo está mal de señalización”.

Finalmente, encontraron una salida a la cubierta de proa. No eran los únicos que habían tenido la misma idea antes de entregarse al sueño. Paseando lentamente o apoyados de codos en la barandilla, podían verse varios pasajeros. Uno de ellos hablaba con alguien que, a juzgar por los galones en la gorra de plato y las bocamangas, debía ser oficial de la tripulación.

Reinaba una temperatura agradabilísima y la suave brisa que soplaba intermitentemente arrastraba un vigorizante olor a yodo. La luna iluminaba claramente la escena y arrancaba destellos de las aguas casi inmóviles.

Podía pensarse que nadie se atreviese a hablar en voz alta por temor a romper un silencio que, únicamente, el monótono zumbido del motor del barco intentaba combatir.

¡Qué diferencia con los momentos de confusión y alboroto producidos al embarcar!. Aunque todo estaba previsto y tanto el personal de la agencia de viajes como el perteneciente a la compañía naviera contaba con abundante experiencia, cosa que había que admitir, puede que por ponerse a tono con el medio marino, hubo ciertos instantes comparables sólo a un abordaje realizado con toda verosimilitud por los viajeros deseosos de tomar al asalto sus camarotes.

La única diferencia radicaba en que este vergonzoso acto de piratería -hecho execrable siempre que sea practicado por individuos no británicos- tenía lugar en el punto de atraque del propio barco y no en alta mar, como dispusieron en su día el ilustre Sir Francis Drake y otros no menos preclaros y conocidos bucaneros.

Es cierto que entre los asaltantes no se veían garfios, patas de palo o negros parches de tela, pero también es verdad que su falta se vio compensada con creces por la osada acometida de algunas señoras que, con empuje arrollador y sin temor a nada, dejaban atrás esposos y equipaje en pos de los camarotes más de su gusto.

Los que, como Paco, Juan y Ramón, conocían el folleto informativo no tomaron parte en la embestida. Esperaron pacientemente a que la turbamulta fuese desalojada. Los impacientes invasores descendieron nuevamente la pasarela. Traían las caras de circunstancias propias de quienes eran conscientes de haberse puesto en ridículo.

Pero aquellos momentos de apuro habían sido olvidados y constituían una referencia para ser recordada cuando, ya de vuelta en sus hogares, relataran con pelos y señales sus experiencias. Naturalmente, ellos, los que contaban el asalto, no habían tomado parte en él. Se limitaron a contemplarlo con una sardónica mueca en los labios.

Ahora, de buen humor y con sonrisa fácil, se acercaron a la borda en la que se acodaron dispuestos a fumar el último pitillo de la jornada teniendo como testigos el plácido mar, la luna y las estrellas que simulaban hacerles burlones guiños.

Juan, el elemento pesimista del amistoso trío, precavidamente, recomendó a Paco que no se inclinase tanto hacia afuera, añadiendo que un repentino bandazo del ferry podía arrojarle al agua.

Paco, juguetonamente, y más que nada por mantener en vilo a sus compañeros, volvió a asomarse avanzando peligrosamente la cabeza. En el mismo momento uno de sus pies resbaló en el pulido piso. Ramón intentó impedir la zambullida con el único resultado práctico de contribuir a que aquélla fuera más rápida.

La petición de auxilio de Paco, el chapuzón de éste y el tradicional grito de “hombre al agua” proferido por el oficial presente en cubierta, sonaron casi al unísono.

Inmediatamente, el ruido del motor cambió de tono, el barco comenzó a navegar marcha atrás y, poco después, al alcanzar la posición en que se encontraba cuando se produjo el involuntario abandono del buque por parte del miembro más joven del trío, inició una serie de viradas en redondo con la esperanza de recuperar al náufrago.

Dos lanchas neumáticas con motor fuera-borda fueron botadas en un tiempo récord y en la superestructura se encendieron potentes reflectores móviles cuya cegadora luz recorría incesantemente la superficie de las aguas sin resultado alguno. De Paco, ni rastro. ¿Habría tenido la desgracia de golpearse la cabeza en el casco hundiéndose a continuación? Víctima de un rechazo inevitable, ¿habría sucumbido al ingerir un elemento que normalmente no figuraba en su dieta?.

Nada de eso. Paco era uno de esos seres afortunados que habían salido indemnes de peores trances y al volver a la superficie, tras el inesperado remojón, extendió los brazos por encima de la cabeza y tropezó con una cuerda que el destino, siempre tolerante con los inconscientes, había colocado allí para él.

Como es habitual en casos parecidos, no tuvo escrúpulos de conciencia. No se detuvo para preguntarse quién sería el propietario de tan providencial asidero y, con las fuerzas hercúleas que la desesperación presta sin exigir a cambio garantes ni intereses, se abrazó a él. Fue un ejemplo claro de amor a primera vista.

Pronto sus brazos iniciaron una tímida protesta, pero Paco estaba dispuesto a permanecer colgado en aquella incómoda posición hasta el fin de los siglos. Había eliminado la posibilidad de deslizarse al agua al recordar y poner en práctica -a costa de grandes esfuerzos y circenses contorsiones- el antiguo sistema utilizado para efectuar rappel.

El truco consiste en hacer pasar hacia atrás la cuerda que desciende de lo alto y ante el cuerpo del alpinista por debajo de la pierna derecha, aproximadamente a nivel del glúteo, cruzarla por la espalda en dirección al hombro izquierdo y echarla hacia abajo, nuevamente por delante del torso. Soltando o sujetando los dos cabos de la cuerda se desciende o se detiene la bajada.

De pronto Paco, suspendido precariamente a unos cuarenta centímetros de la superficie del mar, tuvo una visión estremecedora. A su mente turbada acudieron escenas de la película Tiburón. De nada sirvieron sus tentativas de razonar acerca de la remotísima posibilidad de que rondaran marrajos en aquellas aguas.

Los juegos de luz y sombra que el mismo barco producía en su lento avance, se convertían a sus espantados ojos en amenazadoras aletas triangulares que cortaban velozmente el líquido elemento con el nefasto designio de aproximar al propietario de los puntiagudos dientes a su indefensa presa, tan inerme como un jamón colgado del techo en una sala de curado.

Pues no; el hijo de su madre, se dijo Paco, no asistiría pasivamente a su propio sacrificio. Moriría, sí, pero no sin antes oponer la más encarnizada resistencia. No tenía madera de mártir. ¿De qué era su madera? Se sentía excesivamente confuso para recordar la clase de madera que tenía.

Entre las brumas de su desordenado cerebro comenzó a tomar cuerpo el germen de una idea. Sí, el rappel se utilizaba para realizar descensos pero, ¿por qué no había de servir también para lo contrario?. Sobremanera en situaciones tan especiales como aquélla. Todo consistiría en ejecutar los mismos movimientos en orden inverso. Además, ¿qué podía perder?. Y la burocracia, ¿qué?, se le ocurrió de pronto. ¿Qué ocurriría si el presidente de la Federación Nacional de Montañismo se llegaba a enterar del sacrilegio que estaba a punto de cometer?.

Sería capaz de dimitir ante semejante desprecio a las normas del reglamento y olvido de los estatutos.

“Bueno, pues que dimita; a mí me la trae floja”, musitó entre dientes.

No lo pensó más. Dándose ánimos, descansando de cuando en cuando, apoyando ambos pies en el casco del ferry y el resto del cuerpo formando ángulo recto con las extremidades inferiores, asió la cuerda descendente lo más alto que pudo y haciendo tracción, a pulso, fue ascendiendo, haciendo escurrir cada pocos centímetros el extremo que surgía sobre su hombro izquierdo.

Era una tarea extenuante que le obligaba a detenerse con excesiva frecuencia. Pero la certeza de que, salvo catástrofe, no volvería a parar al agua y de que los tiburones se quedarían en ayunas, le conferían una fuerza y un ánimo extraordinarios.

Dificultad complementaria la constituía la maldita oscuridad. El casco del barco se encargaba de ocultar la luna que ahora brillaría iluminando la otra borda.

Trepaba como una chorreante araña tentando cuidadosamente con los pies el lugar en que se iba a apoyar en cada movimiento de ascenso.

Repentinamente, sin previo aviso, su pie derecho -calculadamente separado del izquierdo para obtener mejor balance- no encontró sustento y se introdujo en el vacío. La sorpresa estuvo a punto de hacerle caer hacia atrás. Sacando fuerzas de flaqueza, se agarró desesperadamente a los dos cabos de la cuerda y con la pierna desaparecida exploró cauta y lentamente el desconocido lugar donde se había colado.

Tras un breve examen se dio cuenta de que se trataba de un agujero redondo, de bordes pulimentados y suaves que no cortaban ni le hacían el menor daño. Semejante a una circunferencia perfecta, estaba forrada de alguna sustancia blanda y elástica; quizá goma.

¿Cómo no lo había comprendido antes? Tenía que ser, era, sin duda, el ventanuco de un camarote. La fortuna condujo sus dificultosos pasos hacia lo que en términos marineros se denominaba un ojo de buey.

¡Estaba salvado! Ahora, doblando la pierna por la rodilla y colocando su parte inferior y el pie contra la pared interior de la cabina no habría huracán que lograra desalojarle de allí. Despreciaría olímpicamente a quien osara tratarle de lapa humana.

Cuando procedió a poner en práctica esta última idea, sucedieron tres cosas. Primero se escuchó el fortísimo ruido producido por el tacón del zapato al golpear contra la pared. Después, otro sonido más apagado, pero fácilmente audible y, casi simultáneamente, un terrorífico grito que parecía no terminar nunca.

Fuera, colgando de la cuerda salvadora, Paco sintió que los pelos se le ponían de punta. Aquel aullido no parecía provenir de garganta humana y tuvo la virtud de sembrar la duda en el agotado escalador. ¿Sería preferible perecer entre los sanguinarios tiburones o correr el riesgo de enfrentarse con un ser capaz de emitir tan estremecedor gemido?

Instantes después, se encendió una luz en el camarote y otro grito, por extraño que pudiera parecer más escalofriante y duradero que el anterior, vino a sumir a Paco, una vez más, en un abyecto estado de pánico.

Por suerte, cuando se extinguieron los ecos del espantoso lamento, llegaron a sus oídos unas palabras que le tranquilizaron. No estaba, gracias a Dios, en el barco del holandés errante o en un buque fantasma.

Una voz serena, con fuerte acento gallego, preguntaba calmosamente: “Y luego; ¿qué te pasa, Flora? ¿Por qué enciendes la luz?”.

La respuesta, que inequívocamente sugería el origen galaico de la mujer que la profería, fue inmediata. En su tono se advertía la amenaza de un inminente ataque de nervios: “Alvariño, ¿Estás sordo o qué? ¿No has oído dos golpes aquí dentro?”.

Y, sin dar tiempo a que el adormilado Álvaro contestase, la asustada Flora, que había saltado de la litera y, en camisón, con los escasos y teñidos cabellos recogidos en rulos componía un poco atractivo cuadro, articuló el tercer alarido de la noche, mientras señalaba  con dedo tembloroso el extraño objeto caído en medio de la cabina.

Tapándose los ojos con las manos, incapaz de resistir el repugnante aspecto que ofrecía aquello, Flora gritó: “Haz algo Álvaro; no te quedes ahí. Alguien ha entrado a robar y ha perdido un trozo de pierna. ¡Qué asco!”.

Álvaro, aún tumbado en la cama, no podía ver lo que Flora le señalaba y se limitó a decir: “No digas barbaridades, pobriña. Tuviste una pesadilla”. Pero, ante la insistencia de su esposa y deseando terminar cuanto antes con el problema que le impedía dormir como anhelaba, se levantó apresuradamente aproximándose a lo que Flora indicaba.

Inclinándose tomó en sus manos lo que efectivamente resultó ser un trozo de pierna -de madera- con pie, calcetín y zapato.

En aquel momento, Paco se jugó una vez más el tipo realizando una nueva contorsión, logró aproximar la cabeza al ojo de buey y con voz temblorosa aunque lo suficientemente clara para ser escuchado, dijo: “Ese pedazo de pierna y todo lo demás es mío. Me he caído de cabeza al agua y no sé cómo pude llegar hasta aquí. Avisen a alguien. Ya no aguanto más”.

Flora, oportuna, aprovechó la coyuntura para lanzar un mi sostenido que, a no ser por el pavor que despertaba entre sus desprevenidos oyentes, hubiera envidiado la mismísima María Callas.

Álvaro, más práctico, suplicó mentalmente a todos los santos de la corte celestial que accedieran a un trueque de alojamiento del reuma padecido por su esposa -desde las piernas a la garganta-, gritó en dirección a la ventanilla que aguantara un poquito más y salió corriendo a dar el correspondiente aviso.

Todo funcionó perfectamente y, en escasos minutos, Paco fue izado a bordo, devuelto a los brazos de sus amigos y ahuyentó el temor a un resfriado soplando, con expresión de alivio, un par de dobles de auténtico ron de Jamaica, obsequio del capitán.

Los botes neumáticos fueron recuperados y devueltos a sus lugares de almacenamiento, los focos, extinguidos y el barco, como si nada hubiera sucedido, volvió a poner rumbo a Palma.

A punto de apagarse la luz en el camarote ocupado por Paco y sus inseparables, éste se quejó de que se encontraba incompleto. Echaba de menos la prótesis olvidada en la cabina de los gallegos.

Juan se ofreció a reclamarla y se aprestaba a hacerlo cuando se produjo una tímida llamada en la puerta. Era Álvaro que, delicadamente envuelto en una toalla, devolvía el inofensivo adminículo cuya aparición tan sonoramente había denunciado Flora. Tuvo, incluso, la deferencia de explicar que si les molestaba a semejante hora se debía a que su mujer se negaba a permanecer un segundo más en compañía de aquel objeto, según ella, obsceno.

Medio dormido, Paco aún tuvo lucidez para responder desde su litera: “Pues dígale usted que eso que tanto le repugna es de caoba legítima, el juego del pie, de aluminio anodinado y  el zapato, de artesanía. Ah -añadió- y el calcetín está completamente limpio. Los pies de madera, apenas sudan”.

Viaje para viejos. El jefe de la expedición

Enlace a la novela integra Viaje para viejos en pdf

“Y usted, Pablo, deberá ser consciente en todo momento de que lo que confiamos a su cuidado es, dejémonos de eufemismos, un grupo de personas más aptas para el arrastre que para otra cosa”.

“Eso de la tercera edad es un término muy apropiado para las estadísticas, pero todos sabemos qué son las estadísticas. La cruel realidad es que se hace usted cargo de cuarenta seres ignorantes de que este viaje seguramente se convertirá en su último paseo antes de ir al desguace”.

“Mejor será, Pablo, que acepte usted lo innegable y ándese con cien ojos. No les consienta cometer excesos de ninguna clase. Cuídelos como si fueran sus hijos. Y, mucho ojo, no se le vaya a perder alguno.”

Ahora, cuando estaba acodado en la barandilla de la amplia terraza de la habitación 350 del hotel que, durante quince días, había sido cuartel general del grupo de jubilados de ambos sexos en su estancia en Palma de Mallorca, aquella conversación parecía formar parte de un mundo irreal, del reino de lo imposible.

La belleza del espectáculo que se ofrecía ante sus ojos -el sol ocultándose lentamente tras el horizonte marino- no lograba apartar de su mente las palabras del responsable superior de la entidad organizadora del viaje para viejos que tanto le había preocupado antes de su iniciación.

Tres días antes de la fecha de salida comenzó a sentirse asustado ante lo comprometido de su situación. Por las noches, el sueño se negaba a acudir y se veía obligado a escuchar las campanadas del reloj que, para su mente ofuscada, encerraban un eco fúnebre que no presagiaba nada bueno.

¿Por qué se habría metido en este berenjenal?, se preguntaba repasando mentalmente todo el catálogo de desgracias que podrían presentarse en un viaje tan largo como aquél.

El desplazamiento ya era, de por sí, demasiado extenso. De una tirada, Oviedo-Barcelona, parando únicamente para comer en Alfaro, en La Rioja. Luego, el mismo día, Barcelona-Palma. Primero en autobús y luego la travesía en barco.

¿Cuántos llegarían ilesos a su destino, el hotel de C´an Pastilla? Puede que tuviesen que ir deteniéndose por el camino para proceder al entierro de las bajas. Y si los fallecimientos se producen en el mar, ¿qué?

Pablo se figuraba en cubierta, luciendo una corbata que un camarero tendría que prestarle -pues él no llevaría ninguna en su equipaje- acompañado de la oficialidad y de aquellos expedicionarios confiados a su cuidado aún con vida, presidiendo el penoso acto de arrojar al agua los restos mortales del jubilado extinto.

Horrorizado veía, sobre una tabla apoyada en la obra muerta del barco -vaya léxico que se utiliza en la marina- el bulto inmóvil envuelto en una lona y lastrado con una pesada cadena para evitar que aquel ser, que jamás volvería a percibir su pensión, sintiera tentaciones de abandonar las profundidades del mar a las que estaba a punto de estar consignado.

Escuchaba con recogimiento las palabras que el capitán, con la gorra de plato elegantemente colocada bajo el brazo izquierdo y una Biblia abierta en la mano derecha, pronunciaría instantes antes de que se percibiese el chapoteo producido en el agua al recibir el cuerpo de aquel desgraciado miembro de la tercera edad a quien la mala suerte había negado el dudoso beneficio de reposar en el camposanto de su pueblo.

El jefe de expedición contemplaba, con la percepción mental que el insomnio presta a quienes ataca, la cabizbaja procesión formada por el resto de los excursionistas apenados por el acto de que acababan de ser testigos pero con evidentes indicios de sentirse muy aliviados por no haber sido ellos los protagonistas.

Por su mente calenturienta desfilaba la amenazadora serie de desastres que podían sobrevenir al desvalido cuerpo expedicionario. El autobús podía salirse de la carretera y rodar por un barranco, chocar con otro vehículo o estrellarse contra un árbol, incendiarse o equivocar el camino yendo a parar a un lugar lejos de su punto de destino. Y si llegaban sin novedad a Barcelona, a tiempo para tomar el barco, ¿estaría el mar tranquilo o se toparían con una marejada de fondo de las que, de vez en cuando, convierten el Mediterráneo en una caldera hirviente?

¿Serían suficientes las seis cajas de Biodramina, tamaño familiar, que había tenido la previsión de adquirir? ¿Qué ocurriría si todos sus pupilos se mareaban a la vez? Y, peor aún, ¿qué haría si el único que se marease fuera él?

Ahora Pablo, minutos antes de la hora en que un autobús vendría a recogerles para conducirles a la Estación Marítima de Palma, desde donde iniciarían el regreso, sentía unos incontenibles deseos de reír a carcajadas.

¡Con que los excursionistas estaban para el arrastre y eran sólo dignos del más innoble desguace!

Pues sí que estabas bien informado, pensó, sin pizca de respeto hacia su jefe superior.

Debería haber estado en su compañía cuando, de recepción, vinieron a avisarle de que uno de los componentes del grupo a su cuidado había sido sacado de la piscina cuando se encontraba a punto de ahogarse.

Recordaba cómo, con una descortesía vergonzosa, había interrumpido la conversación que mantenía con el director de una agencia de viajes empeñado en conseguir la presencia de sus patrocinados en la cena espectáculo “Es Fogueró”, y salió a la carrera en dirección a la piscina climatizada del hotel.

No olvidaría la impresión recibida cuando ya antes de llegar al amplio recinto rodeado de cristales vio a través de éstos la figura postrada de Samuel. A su lado, en pie, un joven alto, rubio y fuerte, con ademanes tranquilos y pausados de sus brazos, trataba de mantener alejados a los pocos testigos del drama. Arrodillado prácticamente sobre el rescatado del agua, otro bañista le hacía la respiración artificial por el sistema boca a boca.

Tras unos momentos de actividad en los que el tiempo parecía haberse detenido, Samuel estornudó débilmente como pidiendo permiso para reintegrarse al mundo de los vivos.

El arrodillado se levantó y, después de propinar un par de palmadas afectuosas en el hombre del caído, dijo dirigiéndose al mantenedor del orden:

“Es klappt alles jetzt. Gehen wir”. (Es decir: “Ahora no hay problema. Vámonos”).

Samuel, que ofrecía un aspecto lamentable, se puso en pie. Estaba pálido como un muerto y su escaso pelo, cortado de forma que peinado meticulosamente podía semiocultar el cráneo, le caía sobre los ojos. Se encontraba en calzoncillos.

Aquella prenda, que, a causa del remojón, no conseguía disimular lo que se ocultaba debajo, era una pieza de museo y bastaba, por sí sola, para proclamar las ideas ultraconservadoras de su propietario.

Poniéndole por encima de los hombros el albornoz que un alma caritativa les prestó, le acompañó a su habitación y, después de asegurarse de que el rescatado no necesitaba nada -ni siquiera la visita de un médico- le dejó que se aseara para bajar al comedor.

Más tarde, Samuel, con palabra reposada, le contó lo sucedido. El, que nunca se había bañado en una piscina, desconocía el traidor talud de que estaban dotadas y no sabía nadar, andaba curioseando y contemplaba atentamente los chapoteos de los escasos bañistas que en aquellos momentos se encontraban a remojo cuando, asustado, pudo ver que una chiquilla perdía el flotador de colorines y desaparecía bajo el agua.

No lo dudó un segundo. Rápidamente, se despojó de camisa y pantalones, zambulléndose en el líquido elemento. Al hacerlo, cayó de barriga y recibió un tremendo batacazo que le cortó el resuello. Inmediatamente, también él se fue al fondo.

Dos alemanes, los que enseguida le sacarían, habían observado la acción y, afortunadamente, supusieron que el estilo del improvisado salvavidas no vaticinaba nada bueno. Acertaron plenamente. A no ser por su rápida intervención, Samuel hubiera perecido víctima de su poco razonable generosidad.

Al día siguiente se supo que la chiquita cuyo rescate casi cuesta la vida al valiente Samuel era campeona de 1500 metros braza por la Federación de Baleares, había batido recientemente el récord nacional y estaba seleccionada para acudir a la próxima Olimpiada.

Todo esto, naturalmente, no rebajaba lo más mínimo la arrojada acción. Cuando la campeona, agradecida ante el gesto del desconocido le ofreció enseñarle a nadar allí mismo, en el escenario de su gesta, Samuel declinó prestamente la oferta y añadió que, a partir de aquel momento, sus contactos con el agua se realizarían con una esponja de por medio.

Pablo, poco a poco, fue conociendo las circunstancias personales de tan original individuo. Era natural de un pueblo diminuto situado entre Cangas de Narcea y Tineo. En el dilatado tiempo de setenta y cuatro años, su edad, sólo había salido tres veces de su rincón natal.

La primera, para ir al África cuando hizo el servicio militar. Resultaba curioso escuchar aquellos nombres en sus labios, Larache, Tetuán, Melilla y otros que aún recordaba pronunciándolos con fruición como si masticara algo con sabor especial y agradabilísimo aún no olvidado.

La segunda vez, para realizar un viaje en autobús que le llevó a lugares muy lejanos. Ante sus ojos pasaban nuevamente, en terrible mezcolanza, Francia, Italia, la Costa Azul, Grecia. El viaje había sido tan rápido que, confuso ante tanta novedad, ciudades, paisajes e idiomas distintos, no sabía muy bien si los canales de Venecia se encontraban en Italia o en Grecia.

La tercera salida, la última por ahora, como decía sonriendo, era el viaje a Mallorca. Era la que más le agradaba porque las cosas se hacían con más calma. Lo estaba pasando muy bien y todo el mundo era enormemente amable. Hasta aquellos alemanes que no le conocían de nada se habían portado formidablemente con él. Se hicieron muy amigos y, más que nada por señas, sostenían largas “conversaciones” durante las cuales bebían innumerables jarras de cerveza y se propinaban fuertes palmadas en la espalda.

El no precisaba hablar mucho. Su vida solitaria en el monte, cuidando vacas y cabras, le habían preparado para una existencia en que las palabras ocupaban escaso lugar. La acción era lo que contaba. A pesar de todo, estaba satisfechísimo con la gente del grupo. Se había convertido en un personaje popular entre los residentes del hotel e incluso ingleses, italianos y franceses que se encontraban en mayoría, lo saludaban con afecto.

“Y todo por una metedura de pata”, decía Samuel meneando la cabeza. “¡Anda, que si la llego a sacar!”, añadía con una mueca burlona en los labios.

Luego, poniendo cara de extrañeza, observaba: “¡Si hasta los camareros en el comedor están empeñados en hacerme comer dos postres!”.

La mayor parte de quienes acompañaban a Pablo en aquel viaje eran personajes dignos de un novelista. Debido a que, con una sola excepción, todos rebasaban los sesenta años y en tanto tiempo es difícil no contar con un cúmulo de experiencias, oírles hablar constituía una verdadera delicia.

Había un hombre, viudo, de unas setenta primaveras, alto, de pelo abundante y blanquísimo, procedente de Luarca, siempre tomavistas en ristre, cuya conversación resultaba amenísima.

En su juventud residió en Cuba. Conocía la isla palmo a palmo y contaba con una colección muy amplia de anécdotas, canciones y romances de aquella época. Había vuelto a La Habana hacía un par de años y sus vívidas comparaciones entre la vida de antaño y la actual no tenían desperdicio.

A lo largo de su dilatada existencia viajó a Japón, Rusia, Venezuela, Méjico; conocía perfectamente casi toda Europa y estaba dotado de una memoria prodigiosa.

Sentarse en un cómodo sillón a escuchar a Silverio era mejor que leer un libro de aventuras y, si bien, inicialmente, causaba la impresión de ser una persona parca en palabras y poco sociable, pronto comprendió todo el mundo que no había tal cosa.

El fue quien sugirió y puso en práctica el procedimiento que les permitió bajar de los pisos tercero y cuarto, en los que se encontraban las habitaciones ocupadas por el grupo, más de sesenta maletas, un montón de cajas de ensaimadas y otros recuerdos destinados a la península.

La operación se realizó en diez minutos y únicamente precisó la colaboración de tres hombres en cada piso.

Silverio confesó momentos más tarde, cuando se trasladaban a Palma en autobús, que dos o tres veces estuvo a punto de quedar colgado en el ascensor que descendía dando saltitos seguramente como protesta ante el excesivo peso que, en cada viaje, se veía obligado a transportar.

Pablo tampoco olvidaría fácilmente a Serafín y Otilia, matrimonio residente en Avilés, cuya afición a las cosas del campo les había animado a adquirir un terreno cerca de la playa de Santa María del Mar. Allí instalaron una casita prefabricada en el que pasaban largas temporadas, ella dedicada a las plantas y flores, él a la huerta, cuidada primorosamente, que producía hermosas lechugas, patatas, tomates, pimientos y unas alcachofas dignas de la mesa de un cardenal.

Cuando el grupo visitó las Cuevas del Drach, coincidieron con cientos de turistas extranjeros y nacionales que penetraban un tanto sobrecogidos en el gran recinto fantasmagórico. La iluminación indirecta  colocada sabiamente para conseguir juegos de luz y sombra ponía de relieve mil formas caprichosas que imitaban castillos, bosques, siluetas humanas y de fantásticos animales.

Llegados a la enorme explanada ante el lago subterráneo en la que una extraordinaria cantidad de bancos dispuestos en ordenadas filas esperaban a quienes iban a asistir al concierto con música de Chopin, las luces comenzaron a parpadear y, por los micrófonos, se escuchó en varios idiomas la petición de que el público tomara asiento, guardara silencio y se abstuviera de tomar fotografías.

Otilia, mujer sumamente disciplinada, obedeció la primera orden tan precipitadamente que resbaló sobre la superficie escurridiza del banco y cayó hacia atrás. Este hecho impidió cumplimentar los otros dos consejos pues ya cuando iba por el aire expresó su descontento con la frase emitida a toda potencia: “Caray con el asiento éste”, que resonó en la gigantesca estancia como si hubiese utilizada un megáfono.

En cuanto a lo de “no tomar fotografías” fue involuntariamente olvidado pero no se le tomó en cuenta ya que nada pudo hacer por evitar lo sucedido.

La mañana en que la firma de alta costura organizó un pase especial de modelos para el grupo, amaneció nublada. Luego, a medida que transcurría el tiempo, las nubes fueron desapareciendo y lucía un hermoso sol cuando, a las diez., pasaron por la dársena donde dos submarinos franceses hacían maniobra; uno atracaba y el otro se hacía a la mar; allí, tuvieron la oportunidad de contemplar a los marinos galos que, en traje de faena, en el que no faltaba el tradicional y ridículo gorro con pompón, se dedicaban a sus tareas.

La sala de exhibición, instalada con gusto exquisito, sirvió, como ocurre siempre en estos casos, para que media docena de jovencitas monísimas favorecidas por la suerte con tipos que oscilaban entre los de las sílfides y las sirenas sin cola pero con admirables miembros inferiores, despertaran la envidia de las señoras metiditas en carnes y en años que, más tarde, ya en las salas de prueba, no eran capaces de encontrar explicación válida al hecho de que los mismos modelos no les quedaran igualmente bien a ellas. ¡Aquello era increíble!.

Otilia probó un abrigo de piel de foca, que no había sido pasado en el desfile, y le quedaba imponente.

“Cómpralo, Otilia”, dijo Serafín tan pronto como la vio.

“Es muy caro; carísimo”, respondió Otilia con una expresión mezcla de pena y alegría.

“Lo mismo da. Te lo regalo yo”.

“Serafín, eres un ángel”.

“¿En qué quedamos? ¿Soy un ángel o un serafín?”.

“Las dos cosas, chato”, concluyó Otilia muy lejos del batacazo de las Cuevas del Drach.

Y cómo olvidar a Hernando y su esposa Zeni. Ellos, como Pablo, habían viajado mucho y esto era algo que les unía. Durante varios años residieron en Francia, Alemania y Bélgica, donde reunieron algún dinero. Más tarde, de vuelta en España, se afincaron en Torremolinos y tomaron el traspaso de un comercio de calzado.

Pasados cuatro años, hartos de soportar clientes exigentes y, especialmente, señoras que luego de hacerse mostrar todas las existencias se iban sin adquirir ni unos cordones, abandonaron aquello y volvieron a Gijón, que les tiraba mucho.

Últimamente, daban largos paseos por el Muro aspirando profundamente el aire yodado y recordando con cierta nostalgia lejanos paisajes y gentes distintas.

Pablo observó el reloj y comprobó con sorpresa que casi eran las diez de la noche y muy pronto vendrían a buscarles para llevarles a la Estación Marítima de Palma.

Suspendería la sesión ahora, pero aquella noche en el barco y mañana, en el largo viaje hasta Oviedo, seguiría contemplando en el recuerdo aquellas personas que durante una quincena habían sido su mundo y su familia.

Sopa de ajo

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Cada cuatro pasos, se detenía para recuperar el aliento. Avanzaba penosamente, haciendo visibles esfuerzos que le llevaban un poco más allá. Cuatro pasos, alto, y en marcha otra vez.

El hombre, a pesar de su falta de vigor, producía la impresión de estar dotado de voluntad indomable. Parecía moverse rodeado de una aureola de tenacidad refractaria a todo desánimo.

Una mugrienta boina encasquetada hasta las cejas ocultaba sus cabellos, y por debajo de los faldones de la sucia gabardina asomaban las deshilachadas perneras del pantalón, lo bastante altas para permitir la aparición de los tobillos ayunos de calcetines.

Trabajosamente, manteniendo en precario equilibrio sobre los huesudos hombros una enorme caja de cartón, se desplazaba haciendo frente al helado viento que, al formar remolinos en el cruce de ciertas calles, lo hacía trastabillar.

Los zapatos, por lo menos dos números más grandes del que debía calzar, no contribuían en nada a que su vía crucis resultara menos doloroso; a cada paso, se veía obligado a batallar para no dejarlos atrás.

Por fin, después de una larga caminata –tras el momentáneo alivio reportado por el bajo paredón que cerraba un parque y que le sirvió para apoyar la pesada caja durante unos instantes- llegó a su destino.

Se trataba de la antiquísima casa, en lamentable estado de conservación, en que vivía desde tiempo atrás.

Con deliberación, utilizando sus últimas energías, ascendió por la lóbrega escalera hasta la buhardilla situada cinco pisos sobre la calle.

Sin quitarse de encima la caja, logró extraer de uno de los bolsillos la descomunal llave –más apropiada para la reja de una mazmorra- y abrió la puerta de acceso a su refugio.

Todavía con el pesado embalaje a cuestas, encendió la mortecina luz que apenas consiguió disipar las tinieblas.

Luego, con un suspiro de alivio, dejó caer la caja encima de la mesa y se derrumbó sobre el astroso camastro. Allí permaneció jadeante hasta que su respiración se normalizó. Finalmente, se puso de pie y, despojándose de los zapatos, pues no era cosa de gastarlos innecesariamente, comenzó a colocar en la nevera los artículos alimenticios contenidos en la caja que tanto trabajo de había costado acarrear.

El frigorífico, enorme y reluciente electrodoméstico, constituía una auténtica rareza en medio de aquella miseria. Destacaba con igual nitidez que la sotana de un cura en un campo de nudistas.

Terminado el almacenamiento de vituallas, el extenuado Lucrecio ocultó el cajón debajo de la cama y tornó a tumbarse. Necesitaba recuperar el resuello. Su salud había comenzado a deteriorarse hacía años, pero jamás se sintió tan enfermo como entonces.

Tendido en la incómoda yacija, con la mirada clavada en el tragaluz a través del que penetraba la última claridad de la tarde que moría, evocó la época lejana en la que, como en un juego de niños, realizaba durísimas tareas propias del fogonero de una máquina de vapor.

Romper las briquetas de carbón, ranchear y escoriar, pasando alternativamente del ambiente gélido del tándem al infierno de la caldera, era labor fácil para su juventud y la fuerza de aquellos brazos incansables que parecían mantener un torneo contra la voracidad del fuego.

Cuántas veces le había dicho Luis, el maquinista con quien hacía pareja:

Basta, Lucrecio, basta. No eches tanto carbón, que vamos a reventar.

Era un trabajo para hombres. Los alfeñiques no tenían lugar en aquel oficio hecho a la medida de los bíceps de acero, antebrazos nervudos y manos callosas.

Cuando, a los cuarenta y siete años, pocos días después de realizar una revisión médica rutinaria, se le comunicó que no estaba en condiciones de continuar desempeñando su labor, pues había contraído tuberculosis, se negó a admitirlo. Se encontraba bien. No experimentaba dolor alguno. Debía tratarse de un error. Los médicos no son infalibles. Seguro que el enfermo era otro.

Cierto que se fatigaba más que hacía algunos meses y que, en su empeño contra la caldera, últimamente, era ella la que ganaba terreno. Luis lo había advertido y, en ciertos momentos, reclamó un aumento de presión.

Pero, de aquello a la tuberculosis, mediaba un abismo. El mismo maquinista, le aconsejó que acudiera a la consulta de otro doctor. Que lo hiciera particularmente. El diagnóstico del segundo médico coincidió plenamente con el de la empresa. Lo mismo sucedió con un tercero al que visitó, ya sumido en la desesperanza.

Le dieron la baja temporal y, luego, la de larga enfermedad. Después, se sucedió una extensa cadena de sanatorios, prolongados tratamientos y curas de reposo. Pasaron varios años y, aunque la dolencia no se agravó, nunca desapareció por completo.

Por último, como se arrincona un trasto que no sólo no sirve para nada, sino que, además, estorba, fue jubilado.

Los días que siguieron a aquel en que recibió el maldito documento que certificaba su definitiva inutilidad, fueron los más amargos de la vida de Lucrecio. Se revelaba, se negaba a resignarse al papel de herramienta averiada.

¿Qué diablos iba a hacer? ¿A qué podía dedicar su tiempo? Aunque durmiera diez horas diarias –y con seis o siete, tenía bastante- aún tendría que deshacerse de otras catorce.

Con el paso de los años, la desesperación experimentada en los primeros momentos fue haciéndose más llevadera, pero jamás dejó de estar presente, agazapada en el fondo de su conciencia, como una maligna enfermedad presta a ponerse de manifiesto en cualquier instante.

Fue envejeciendo y, cuando llegó a sus oídos la noticia de que Luis, junto con el fogonero que entonces lo acompañaba, había perdido la vida en un accidente, lamentó con toda sinceridad la mala suerte que le impidió realizar aquel último viaje para el que no era necesaria la presión de la caldera.

De todos modos, él era un muerto en vida, un despojo humano cuya única ocupación consistía en administrar tacañamente la escasa pensión que le habían concedido.

El gasto de cada peseta tenía que ser estudiado y sopesado como si en el acto de soltar una moneda le fuese la vida. Y, en realidad, así era. La menor alegría podía significar verse sin blanca previamente a la llegada del fin de mes.

Con la práctica, se había convertido en un verdadero experto que, antes de adquirir cualquier cosa, comprobaba pacientemente los precios comparando incansable las ventajas ofrecidas por cada supermercado.

Ni la más ahorradora ama de casa le llegaba a la suela de los zapatos. Si se llevaba algo, si un artículo alimenticio formaba parte del contenido de la caja de cartón que cada dos meses y medio subía a su buhardilla y, previsoramente, era depositada en la nevera, no sería exagerado afirmar que en toda la ciudad no podría encontrarse otro igual a menor precio.

Lo de la nevera, el incongruente frigorífico que ocupaba media habitación, era algo que tenía historia. El culpable del dispendio había sido un gato.

El minino, un bichejo medio pelón, esmirriado, escuálido y famélico apareció un día funesto en que, para ventilar el cuarto, había entreabierto la lucera, adquirió la costumbre de materializarse tan pronto como se disponía a preparar la comida.

Lucrecio no estaba para dispendios y no le hizo el menor caso. El morrongo, con evidente mala intención, inició un pertinente concierto de maullidos que le amargaron el magro almuerzo. De nada sirvió el apresurado cierre de la escotilla. A través de la tejavana, se colaban las angustiosas reclamaciones. Por si las sonoras llamadas fueran insuficientes, el felino visitante, inmóvil sobre los cuartos traseros, fijó la mirada de sus ojos amarillentos y, sin pestañear, fue testigo de los bocados ingeridos como si los estuviera contabilizando.

El molesto inquilino de la zahúrda que, hasta aquel momento, deglutía despaciosamente haciéndose la vana ilusión de que la morosidad contribuía al aumento del aporte calórico, con un par de bocados, terminó la exhibición y el menú del día.

El indiscreto animal soltó un bufido despectivo, que a Lucrecio le sonó a amenaza y, con el paso silencioso desapareció.

Aquella visita fue el prólogo de las que habían de seguir. Si el condenado bicho se hubiera limitado a imponer su presencia en el tejado, el visitado hubiese terminado por habituarse y los esfuerzos habrían llegado a resultarle tan indiferentes como la música de Wagner, pero el osado bruto llevó su atrevimiento a introducirse en la habitación cuando Lucrecio se encontraba ausente. ¡Y, encima, era un ladrón redomado!

La comida almacenada nunca había sido abundante, así que, advertir la desaparición de parte de ella –aunque se trabara de una ínfima porción- carecía de dificultad.

Cuando Lucrecio confirmó sus sospechas sintió nacer en su corazón un odio mortal acompañado de una inextinguible sed de venganza contra aquel engendro del infierno.

No obstante, nada pudo hacer para terminar con su enemigo. Estaba dotado de una astucia increíble que lo llevaba a eludir cuantas trampas le preparó. Es más, en una ocasión el pobre Lucrecio estuvo a punto de ser víctima de un pescado envenenado colocado, como quien no quiere la cosa, bajo el colchón. Poco faltó para que el frustrado y hambriento vengador lo consumiese confundiéndolo con uno en buen estado.

De aquella aventura sólo sacó en limpio el inútil gasto de tres duros que le cobraron en la pescadería. El farmacéutico, más generoso, no se conformó con regalar el veneno; él mismo procedió a rellenar las entrañas del pez con un surtido de matarratas, infalible –según dijo-, en el caso de que el gato “picara”.

Cuantas argucias puso en práctica el jubilado, no dieron el menor resultado. La comida continuaba desapareciendo y él ni siquiera conseguía saber por dónde entraba el cauteloso ladrón de cuatro patas.

Harto de tolerar el expolio, decidió cortar por lo sano y, como las neveras se venden sin licencia de armas, adquirió el hermoso frigorífico casi de tamaño industrial que ahora adornaba de modo tan inadecuado el desván que le servía de vivienda.

Claro que, antes de optar por el que al final le llevaron a casa, volvió loco al gremio de vendedores de electrodomésticos porque, como se decía con toda razón, “comprar una nevera no es lo mismo que adquirir un cuarto de kilo de fideos”.

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