Cosmos 1900

Tino, después de recoger del suelo los tres periódicos, levantó el cierre metálico y abrió la puerta de la cafetería.

La costumbre había convertido estas operaciones en una secuencia instintiva de la que ya no era plenamente consciente.

Dentro del local, desordenado, sucio y revuelto -la noche anterior Rogelio se había negado en redondo a proceder a su limpieza- puso en marcha la cafetera y, en tanto la máquina daba señales de actividad, inició la tarea de adecentar el establecimiento. Cuando su socio y amigo hiciese acto de presencia, el desbarajuste reinante sería menos evidente.

De cuando en cuando, suspendía la labor y echaba una ansiosa ojeada al moderno aparato cuyos niquelados resplandecientes, deslumbrantes, constituían su orgullo.

Por fin, la vigilancia dio el fruto apetecido y pudo prepararse el primer café del día. Una vez servido, realizó otro de los cotidianos rituales que efectuaba con aire ausente y precisión automática. Colocó la taza sobre la barra, para entonces despejada de estorbos y, a su lado, uno encima de otro, los tres diarios editados de la ciudad.

Luego, removiendo el brebaje con parsimonia, comenzó a empaparse de información.

Si Rogelio era una persona descuidada en cuanto se relacionaba con la lectura, él, Tino, podía ser considerado el anverso de la medalla. Leía todo lo que caía en sus manos; Lo hacía con verdadera fruición, saboreando cada letra, cada palabra, con tanta atención como si el recuerdo de lo que pasaba por su cerebro a través de sus ojos, constituyese algo de vital importancia. No perdonaba ni la fecha. «Miércoles, 28 de septiembre de 1988», leyó moviendo los labios.

Había adquirido el hábito de seleccionar los artículos -una vez vistos los titulares- dejando para el final aquellos que ofrecieran mayor interés.

Sin embargo, al llegar a la página veintitrés, fue incapaz de seguir adelante. La culpa la tuvo un reportaje situado entre breves sueltos que anunciaban la profanación de tumbas y el robo de calaveras en un cementerio de Palma de Mallorca, la incautación de treinta y cinco kilos de marihuana en el jardín de una casa mallorquina, el robo de cuatrocientas mil pesetas por el timo de «la estampita» en Madrid, cuatro incendios sin control en diversos puntos de Principado de Asturias, y algunos sucesos más.

El artículo en cuestión, que, a cuatro columnas, incluía un mapa de España, aseveraba en negritas: «Un satélite soviético pone en prealerta a Asturias». Dos subtitulares aclaraban respectivamente: «La caída del «Cosmos 1900″ a la Tierra está prevista para últimos de este mes», y «La delegación del Gobierno adopta diversas medidas ante una hipotética catástrofe».

Bajo el mapa decía: «El Cosmos está fuera de control desde mayo. El gráfico muestra la zona que podía verse afectada por su caída».

Una gruesa flecha de diminutos puntos marcaba los territorios sobre los que podía caer el terrorífico azote tecnológico, y comprendía Asturias, León, Zamora, Salamanca, Cáceres, Badajoz y Huelva.

-Seguimos dominando- dijo Tino, sin caer en la cuenta de que se encontraba completamente solo.

Después, metódicamente, sin perderse una coma, dio lectura a aquel aviso catastrófico, que, como casi siempre, cuando se trataba de posibilidades similares, contenía una serie de afirmaciones contradictorias ante las cuales el lector común suele quedarse más confuso y menos enterado que si no lo hubiera leído.

La caída -decía un sitio- se producirá, según los últimos datos, entre el 30 de septiembre y el 12 de octubre…», añadiendo en otro lugar: «… no obstante, las posibilidades de que sus restos puedan caer sobre España son bajas, dado que la malla que forman las trayectorias…, etc».

«El peligro de radiaciones como consecuencia de la caída del Cosmos no es muy elevado. Para producirse un verdadero riesgo de contaminación, una persona habría de acercarse a menos de diez metros de un fragmento radioactivo del aparato y tocarlo o permanecer cerca del mismo durante más de una hora», afirmaba con toda seriedad.

«Lo difícil -se dijo Tino tomando el primer sorbo de su café casi frío- sería que alguien se acercara al artefacto. Lo más probable, caso de que hubiese algo cierto en todo esto, sería que la contaminación se produjese si le cayera un fragmento encima».

«Por otra parte -continuó reflexionando- si el Cosmos está fuera de control, como se afirma, ¿de qué forma se pueden poner en funcionamiento los sistemas de seguridad?»

«Además, si el satélite se encuentra a una distancia de 197 kilómetros de la Tierra, según los últimos datos, ¿cómo aseguran que el reactor nuclear se desprendería a una altura de 800 kilómetros? No entiendo mucho de números, pero tengo la sensación de que algo no cuadra».

Tino permaneció inmóvil unos instantes. Estaba perplejo. Su confusión mental le obligó a adoptar la extraña postura de quien se dispusiera a brindar utilizando como inadecuado instrumento una taza de café. Si viviera Rodin, seguramente hubiera elevado su voz de protesta ante la improcedente -aunque original- copia de pensador con chaquetilla blanca.

En aquel preciso momento, hizo su entrada Rogelio cuyos pasos amortiguados por la gruesa moqueta no sacaron a Tino de su estado de ensimismamiento.

– Despierta, socio, que llegan refuerzos -gritó en tono penetrante.

El absorto lector, sorprendido por las inesperadas palabras dio un respingo, y depositando la taza en el plato se limitó a responder:

– Ya era hora, hombre.

– Sí, es un poco tarde y queda mucho por hacer; aunque, con esa forma de dormir en pie, no pareces muy animado. Seguro que has leído algo sobre hipnotismo o somníferos. A ver; déjame echar un vistazo.

Y, apoderándose del diario, leyó rápidamente el informe acerca del Cosmos 1900.

– ¡Atiza! -exclamó, tan pronto llegó al punto final-. De todos modos -agregó- si Presidencia de Gobierno, Ministerio de Defensa, Consejo de Seguridad Nuclear, Dirección General de Policía, Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial, Empresa Nacional de Residuos Radiactivos, bomberos, Cruz Roja y Guardia Civil han puesto en marcha un dispositivo de protección, no debemos ponernos nerviosos. Por otra parte, no te entiendo. ¿No eras tú el que no creía en estas cosas? Te oí decir cientos de veces que los viajes espaciales eran un camelo; llegaste a negar que el hombre ha estado en la luna. Y eso que lo has visto en a tele. ¿Qué ha pasado para que te preocupes por algo en lo que no crees?

– Y, quién demonios te ha dicho que estoy preocupado? Lo único que me aterra es que la prensa divulgue una noticia incurriendo en tantas paradojas. Con esa forma de actuar solo se consigue meter el miedo en el cuerpo a un montón de almas cándidas como tú, porque, dime la verdad, ¿tú no estás asustado?

– Hombre, yo…

– Vamos, sé sincero.

– Pues lo cierto es que la lectura de esa noticia no me ha hecho maldita gracia. Mira que si nos cae en la terraza un montón de chatarra nuclear, nos hecha a perder el negocio… con lo que nos ha costado, con los sudores que hemos pasado para amortizar el crédito… Eso, sin contar con que podríamos convertirnos en un par de torreznos. y dice que entre el 30 de septiembre y el 12 de octubre…, pues estamos frescos; como máximo faltan catorce días.

– Bueno, Rogelio, no seas cándido. Admito que en la facultad de Derecho no nos han enseñado absolutamente nada relacionado con la ciencia y la técnica, pero el hecho de que la falta de trabajo en lo nuestro nos haya obligado a colgar los títulos y disfrazarnos de camareros para servir aperitivos, no tiene que ver con la sustancia gris. La mía me dice a grito pelado que satélites, cohetes espaciales, lanzaderas, cápsulas y transbordadores, son la versión moderna de los viejos cuentos de hadas, brujas y gigantes. Lo del hombre poniendo un pie en Selene ha sido una engañifa a nivel mundial. La Unión Soviética y los Estados Unidos emprendieron una carrera para comprobar cual de los dos países conseguía demostrar más imaginación que Julio Verne. Parece mentira que tu, dueño del cerebro más analítico, lógico y brillante de la promoción del 82, creas semejantes paparruchas.

El destinatario de la reprimenda, un poco alicaído, se quedó callado unos instantes. Luego, con indignación, estalló dejando escapar las palabras a borbotones.

– ¡Coño!, ¿vas a decirme completamente en serio que no crees en nada de eso? Hasta ahora, he pensado que lo tuyo era solo pose; una postura desvergonzada y cínica, adoptada únicamente para hacer gala de originalidad. Pero, si de veras tu mente se niega a admitir lo evidente, es que padeces debilidad cerebral. Algo te falla en el cacumen.

– Te juro -afirmó Tino con el rostro serio- que soy incapaz de tragarme la píldora espacial. Las enormes salas repletas de pantallas, monitores de seguimiento, altavoces pregonando la cuenta atrás, y hombres sudorosos con caras preocupadas, forman parte de un maquiavélico complot cuyo único propósito radica en el sometimiento de las naciones menos emprendedoras y ricas. Ni el hombre ha visitado la luna, ni nadie a permanecido días y días en el espacio exterior. Todo forma parte de un montaje merced al cual los responsables del Kremlin y la Casa Blanca, los enterados, deben reír a mandíbula batiente. Y la gente, la pobre gente admite la descomunal tomadura de pelo y soporta gato por liebre. Y sabes, querido socio, que el hombre es el único ser que suspira a la espera de cualquier clase de prodigio.

– Bueno, dejémoslo estar. Esta conversación no nos lleva a ninguna parte; se hace tarde y aún queda mucho por hacer -cortó Rogelio.

A regañadientes, Tino aceptó el consejo y, prometiéndose resucitar la cuestión en momento más oportuno, colaboró activamente en la limpieza de la cafetería. Ocupaba ésta la azotea de un edificio levantado en el centro de la ciudad, en cuya construcción se había utilizado con largueza el cristal. La forma redondeada de la torre principal y el transparente material que formaba sus paredes, habían propiciado el remoquete de «la casa del termómetro».

Los dos amigos, hartos de tropezar con inconvenientes en sus intentos de poner a prueba sus conocimientos legales, habían renunciado a toga y birrete, adoptando la chaquetilla blanca, el pantalón negro y la pajarita como emblemas de su nueva profesión.

Hasta llegar a la situación actual, el camino no había sido precisamente de rosas. Primero, la toma de la inesperada decisión que los convirtió en industriales, luego la búsqueda y obtención de medios económicos que permitieran la puesta en práctica de su idea -el extraño proyecto de instalar una cafetería en un piso decimoquinto- les acarreó un sin fin de sinsabores.

A pesar de todo, había merecido la pena. Ahora, al cabo de cinco años, remontada la pendiente, quedaban atrás otros problemas. El futuro se presentaba despejado. La suerte les había sido propicia sonriéndoles desde el día de la inauguración y la pregunta formulada por parientes y amigos -¿quién diablos va a subir quince pisos para tomar una cerveza?- era contestada a diario por el tropel de clientes que acudía a tomar lo que fuese mientras gozaba con la contemplación de la ciudad extendida a sus pies.

Allá arriba el aperitivo adquiría un nuevo sabor y ambos socios estaban convencidos -si bien jamás hicieron la prueba- de que, si hubiesen servido lejía en vez de vermut, nadie se habría percatado del error.

Efectivamente, los fieles parroquianos observaban desde la acristalada terraza, olvidados los vasos en las ociosas manos, la mancha verde del Parque de San Francisco poblada de frondosos árboles y macizos de flores, el viejo edificio de la Diputación, la moderna plaza recientemente dotada de una fuente circular, cuyos coloreados chorros y surtidores cambiaban de tono y forma cada pocos segundos, la abigarrada circulación de vehículos y personas por la calle principal y, como telón de fondo, enfrente, las cumbres del Naranco y, a la izquierda, las del Aramo.

Los pensamientos y recuerdos de Tino, como el tema aeroespacial, tuvieron que ser relegados para otra oportunidad. El local se encontraba en perfecto estado de revista y era preciso atender a los primeros visitantes. Se acercaba el momento del aperitivo. Durante dos o tres horas, ni él ni Rogelio estarían para reminiscencias ni añoranzas. Trabajarían como esclavos dedicando toda su atención a los clientes.

Cuatro jornadas transcurrieron sin que ninguno de los dos togados-barman recordara la discusión suscitada por el eventual desplome del indómito «Cosmos 1900». Cuando en la mañana de la quinta, Rogelio lo trajo a colación, su primeras palabras fueron interrumpidas por la entrada del repartidor de cerveza -un joven adornado con la verborrea más imparable que habían conocido (Tino decía de él que padecía diarrea verbal)- y el satélite fue olvidado.

El diez de octubre, a dos días de la fecha señalada por el diario como tope para la caída, Rogelio, inadvertidamente, derribó la pila de periódicos atrasados que aguardaba en la cocina el momento de ser arrojada a la basura. El azar quiso que encima de uno de los montones en que se escindió el principal, quedase el correspondiente al 18 de septiembre, con el artículo sobre el Cosmos a la vista.

El hecho casual parecía una llamada de atención; era como si la información no se resignase a permanecer en el olvido.

Tino, testigo del peregrino incidente volvió a colocar la prensa como se encontraba antes de ir a parar al suelo. Pero, instintivamente, quizás contra su voluntad, situó el diario que se obstinaba en alcanzar la notoriedad el primero de todos, aún con la página veintitrés mostrando descaradamente, casi con obscenidad, su amenazador texto.

Los ojos de Tino, atraídos por una fuerza avasalladora, fueron a clavarse en la línea que pregonaba el 12 de octubre. Entonces, algo increíble le sucedió. Se sintió incapaz de apartar la mirada de aquella fecha. Después, lentamente al principio y rápidamente más tarde, las letras que formaban el reportaje fueron esfumándose hasta que solo se percibieron las que formaban las palabras 12 de octubre. Luego, la frase fue adquiriendo mayor tamaño y llegó a ocupar la totalidad de la página.

– ¿A cuántos estamos? -consiguió articular haciendo un esfuerzo.

– Todavía nos quedan dos días -respondió Rogelio, con una sonrisa sarcástica. Bueno -agregó, dirigiendo la vista hacia el diario-, dos días me quedan a mí, que creo en esas cosas. A ti, agnóstico en lo tocante a la ciencia y a la tecnología, es de suponer que te quedarán más.

Tino, encogiéndose de hombros, nada contestó a la chanza de su colega. Se limitó a tomar el ejemplar que le había jugado la mala pasada y lo introdujo entre los demás. Luego, pasó la jornada prácticamente sin despegar los labios.

Aquella noche durmió fatal. Despertó con frecuencia y, cada vez que lo hizo, tardó más tiempo en conciliar el sueño. Al amanecer, cansado y somnoliento, se levantó y vagó por el piso como un alma en pena. No recordaba lo que había soñado en los breves intervalos en que había dormido, pero tenía la seguridad de haberse debatido entre desagradables pesadillas.

Experimentaba la rara sensación de que se encontraba viviendo las vísperas de algún importante acontecimiento oculto tras el velo de lo inesperado.

Sentado en una incómoda silla de formica en la solitaria cocina de su casa, desgreñado y sin afeitar, sin ánimo para dirigirse al cuarto de baño a prepararse para un nuevo día de trabajo, comprendió repentinamente que sentía miedo. Estaba aterrorizado. Sacando fuerzas de flaqueza, consiguió llegar a la cafetería en la que, trabajando como un autómata, comprobó lo lentas que pueden ser las horas.

A la una de la mañana, ya iniciado el día 12, Rogelio y Tino estaban solos. Los últimos clientes se habían ido. Tras una somera limpieza, los frustrados letrados se sirvieron dos copas y salieron a la terraza. Ambos parecían reacios a abandonar el local.

Antes de sentarse, Rogelio se excusó diciendo:

– Enseguida vengo; voy a lavarme las manos.

Tino, encendiendo un cigarrillo, asintió con un gesto y se acercó lentamente a la balaustrada metálica, en la que se apoyó. Reinaba un silencio poco habitual para no ser más de las dos de la madrugada. En el cielo, despejado y sin nubes, sobre el Monte Naranco, la redonda luna parecía contemplarlo socarronamente…

Después de unos momentos, cuando Rogelio regresó, enjugándose con una toallita de papel, tomó asiento y alargó una mano con el propósito de asir la copa, Tino permanecía en la postura en que lo había dejado.

Sin embargo, el recién llegado no terminó el movimiento iniciado. Repentinamente, con un estruendo enorme, algo vino a estrellarse contra la techumbre acristalada precipitando al vacío fragmentos de vidrio, trozos de cemento y viguetas de aluminio.

Tino, despavorido, retrocedió hacia la mesa y, con voz trémula, articuló trabajosamente:

– Ahí tienes tu maldito «Cosmos 1900». Nos ha hecho polvo la instalación.

– ¡Ah, no! Por ahí no paso. No es mío ni lo ha sido nunca. Si buscas al responsable del desaguisado, lo encontrarás en la Unión Soviética -respondió airadamente Rogelio-

– Perdonad que me mezcle en vuestra conversación -terció una nueva voz proveniente del enorme boquete aparecido en el techo.

Sobresaltados, los propietarios de la cafetería dirigieron la vista hacia el agujero y, sin prestar crédito a sus ojos, vieron a dos figuritas anaranjadas de las que brotaba una luz fosforescente. Sentadas en el borde de lo que había sido hasta hace poco la grácil techumbre, balanceaban sus cortas piernecillas, pareciendo encontrarse completamente a sus anchas.

– Si, creo que estoy viendo lo mismo que tú; y también he oído idénticas palabras -se adelantó Rogelio a su amigo.

– Pues claro que veis y oís lo mismo. Si no fuese así serías más brutos que de costumbre -intervino el inesperado visitante que no había hablado hasta aquel momento.

Luego, sin que mediase entre ellos ninguna señal de advertencia, los dos extraños saltaron ágilmente al suelo. Lo hicieron simultáneamente y sin realizar esfuerzo alguno. Estaban allí encima y al segundo siguiente, se encontraban en pie y a su lado.

Entonces, Tino y Rogelio se pusieron a contemplarlos a satisfacción. Se trataba de dos seres cuya única anormalidad aparente, a juzgar por las pautas humanas, era el extraño color y el brillo reflectante que lo acompañaba. Su estatura no sobrepasaba la corriente en niños de diez o doce años adecuadamente desarrollados. Tenían manos y pies, iban enfundados en algo semejante a trajes de una sola pieza que los cubría de arriba a abajo, dejando al descubierto los rostros de rara perfección y expresión inteligente.

– Ya podéis perdonar nuestra torpeza -rogó uno de los hombrecitos-. Nuestra intención ha sido estrellar el pedazo de chatarra contra la fuente esa de ahí abajo, pero mi amigo estuvo un poquito pigre. Últimamente, anda un tanto despistado…

– No entiendo nada -interrumpió Tino. Quiero decir que no comprendo lo que quieres decir con eso de estrellar el trasto en la fuente. ¿Es que lo conducíais vosotros? ¿A dónde lo llevabais y para qué? Y, sobre todo, ¿quiénes sois?

– Aunque en este momento no venga a cuento porque, en realidad, el forastero soy yo, no puedo resistir la tentación de largaros la frase que soltaba el presidente de los EEUU en cada una de sus malísimas películas de vaqueros: «Haces demasiadas preguntas, forastero». Y, ahora que ya he lucido mi cultura cinematográfica, responderé a cuanto deseáis saber. Pero, antes, nos presentaremos. Como sería imposible que pronunciaseis correctamente nuestros auténticos nombres, podéis llamarnos, a mi, Pepe, y a mi camarada, Manolo.

– Perdona, pero, ¿cómo os distinguiremos? Sois los dos exactamente iguales.

– ¡Qué te crees tu eso! Lo que sucede es que tenéis una vista indecente. De todos modos, la cosa tiene fácil arreglo.

Diciendo esto, el que había hablado dibujó con el dedo una equis sobre el pecho, donde permaneció visible en dos trazos negros.

Ya sabéis; yo, el de la equis, soy Pepe. El otro será Manolo. Y sigo. Deseábamos hacer blanco en la fuente para no causar estropicios. Conducíamos los restos del Cosmos 1900 y no lo conducíamos. Los llevábamos a algún sitio donde hiciese el menor daño posible; por ejemplo, el mar, lugar en el que tenéis la abominable costumbre de arrojar desechos, residuos, basuras y otras porquerías. Con eso queda contestada tu pregunta de «para qué». En cuanto a lo de quienes somos, es bastante mas difícil de responder. No porque no sepa hacerlo, sino porque probablemente no lo entenderías. Así que bastará con que os diga que pertenecemos a un planeta muy lejano cuya gente, unos veinticinco mil millones de seres, es, como habéis tenido ocasión de comprobar, muy diferente a la del vuestro. No solo en apariencia.

– ¡Veinticinco mil millones! -dijo Tino, con voz en la que se adivinaba un atisbo de incredulidad. Entonces aquello será enorme, gigantesco.

– Veis como sois unos zotes -sentenció Manolo. Te equivocas de medio a medio. Nuestro planeta no es mucho mayor que este. Lo que pasa es que allí nunca ha estado de moda algo que aquí es un mal endémico. La guerra es algo desconocido en nuestro hogar.

Entonces, ¿cómo os arregláis para tener comida para tanta gente?

– Me dais lástima -confesó Pepe-. Allí no se necesita comer. Desde el principio, en vez de investigar para lograr armas cada vez más mortíferas, se buscó algo que nos permitiera «pasar», como se dice aquí y ahora, de semejante bobada. Pronto se encontró lo que se buscaba y, desde entonces, gracias a un proceso similar a la fotosíntesis en los vegetales, transformamos la energía de nuestro estrella en fuente de alimentación. – – – ¡Qué!, ¿entiendes algo?

– Sinceramente, no; aunque me parece formidable -confesó Rogelio. Y, hablando de otra cosa, si no os pareciera mal, me agradaría conocer la razón de que ambos habléis nuestro idioma con inconfundible acento gallego.

– Os lo diremos -concedió Pepe. En realidad, no es nada clasificado de top secret.

– ¡Arrea! -cortó sin poder contenerse Tino-, ¿también habláis inglés?

– En nuestro planeta se hablan mil cuatrocientas setenta y nueve idiomas; mejor dicho, se conocen, ya que hablamos nuestra propia lengua. Además, dominamos dos mil setecientos y pico dialectos.

– No tenía ni idea de que existieran tantos -admitió sin la mas mínima muestra de rubor el asombrado Tino.

– Tú, ¡qué vas a saber! -medió Manolo, que se había sentado en el borde de la mesa. Si no anduvierais perdiendo el tiempo tontamente, otro gallo os cantaría. De todos modos, los idiomas y dialectos a que me refiero, son los utilizados en los distintos planetas habitados.

– Pero, ¿es que existen otros mundos habitados además del nuestro… y del vuestro? -inquirió Rogelio con cara de duda.

– ¿Cómo podéis ser tan irracionalmente soberbios para creeros el ombligo del universo? ¿Qué es lo que os hace pensar que poseéis en exclusiva la patente de la existencia? En realidad, esa estúpida manía os convierte en el hazmerreir cósmico. Pues, claro que ni vosotros ni nosotros estamos solos. Somos únicamente una pequeña muestra en el amplísimo abanico de individuos, distintos en grado de evolución y en apariencia física pero iguales en su interior, que formamos la gran familia surgida del poder divino.

Después de estas palabras, se produjo una larga pausa que ninguno parecía ansioso de romper.

– Volviendo a lo del acento gallego -continuó Pepe, por fin- se debe a una casualidad. En cierta ocasión, hace ya un montón de vuestros ridículos años (menuda memez eso de medir el tiempo, que viene a ser como poner puertas al campo, cuando el más inocente de los niños sabe que el tiempo es eterno y no tiene principio ni fin), uno de nuestros antiquísimos vehículos aterrizó en Villagarcía de Arosa, o en Cangas de Morrazo no estoy completamente seguro, y en el viaje de vuelta, llevaba en su interior, oculto, un polizón. Cuando se le dijo por señas que se le iba a devolver a su país, se puso de rodillas rogando que no lo hicieran. Aquel hombre tenía auténtica madera de emigrante, así que, mis compatriotas se apiadaron de él y le permitieron continuar formando parte de la expedición, cosa que resultó comprometedora; el gallego estuvo a punto de morir varias veces, pues nuestros médicos se enfrentaban a una rara dolencia que el propio polizón había diagnosticado; decía que se trataba de una ataque de morriña. Finalmente consiguieron llevarlo sano y salvo, aunque muy desmejorado y ojeroso, a nuestro planeta. Y así fue como aprendimos español con el cantarín acento del que no hemos logrado desprendernos.

– Quisiera saber otra cosa -manifestó Rogelio.

– Sabíamos que eráis un pueblo extremadamente inquisitivo, pero, la verdad es que lo vuestro se las trae. Sin embargo, el hecho de que os hayáis quedado con medio tejado, os confiere el derecho a curiosear en lo que no debiera importaros un pepino. Conque, adelante con tu pregunta -concedió Manolo.

– Habéis hablado de viajes en vehículos. No obstante, no veo por ninguna parte el que os ha traído.

– Oyendo las bobadas que decís, ya no me choca nada el estado en que marchan vuestros asuntos. Hemos citado, es cierto, un vehículo, pero añadiendo el término «antiquísimo». Antes utilizábamos cápsulas espaciales; ahora hemos relegado aquel lento e incómodo medio de transporte sustituyéndolo por otro infinitamente más adecuado.

– Espera, por favor. Comienza a hacer frío. Si no os importa, vamos dentro -rogó Tino.

– Vale, tío -aprobó Pepe-, pero permíteme que os diga que sois unos alfeñiques. ¡Tan grandes y tan blandengues!

Los cuatro personajes pasaron al interior de la cafetería, acomodándose en torno a una de las mesas.

Manolo volvió a tomar la palabra. Con los codos apoyados sobre la pulimentada superficie de mármol semejaba un niño travieso listo para acudir a una fiesta de disfraces.

– Os decía que actualmente y desde quién sabe cuándo, utilizamos un nuevo método. ¿Habéis oído hablar de la teleproyección?

– Hombre, si. Eso ya es viejo. Hace años que TVE nos trae fritos con sus esperpentos.

– No das una; los tiros no van por ahí -rechazó airadamente Pepe, incapaz de permanecer en silencio.

Lo que os revelaremos -prosiguió el otro viajero- sí está claramente clasificado como top secret, pero dado que vuestros cerebros son absolutamente macizos y, por tanto, no pueden asimilar lo que escucháis, ahí va: nuestros cuerpos materiales no están aquí; lo que estáis viendo, lo que tenéis ante vuestras narices, es la proyección de nuestros auténticos seres físicos que se encuentran tan ricamente en casa, a millones de kilómetros.

– No puede ser -contradijo en tono belicoso Tino. Estáis intentando tomarnos el pelo. Será una broma de algún cliente borracho.

– De eso nada, monada -apostilló Pepe. Esto es tan cierto como que parte de vuestra techumbre se ha ido a hacer buñetas.

– Se dice puñetas -corrigió Manolo, puntillosamente.

– Es lo mismo; buñetas o puñetas, si comienza a llover se os va a inundar la casa. Pero a lo que iba. Utilizando el poder de la mente, los habitantes de mi planeta logramos proyectar una imagen visible de nuestro cuerpo tan lejos como nos dé la gana. Es un procedimiento cómodo, rápido, barato y seguro, aunque no dejo de reconocer que ruinoso para líneas aéreas, ferrocarriles y fabricantes de automóviles. Allí, toda esa gente no rascaría bola. Pero, basta de palabrería y vamos a los hechos. Tú, sí, tú; tócame. Apoya un dedo en mi pecho.

Rogelio, un tanto vacilante, hizo como se le pedía. Estupefacto, comprobó como su dedo atravesaba limpiamente el pecho de Pepe, en el lugar señalado con la equis, sin tocar materia sólida alguna. Cuando retiró la mano, la marca volvió a aparecer en el lugar que ocupaba.

– ¡Caramba! -logró articular a duras penas- pues es cierto.

– Claro que es verdad, cabeza de chorlito; ¿por qué habíamos de engañaros?

– ¿Puedo? -interrogó Tino, acercando el dedo índice al pecho de Manolo.

– Puedes -se limitó a contestar, indiferente, éste.

Tino repitió la prueba realizada instantes antes por su amigo y obtuvo idéntico resultado.

– No puedo negar lo evidente -añadió, tras un momento de reflexión-. Sin embargo, hay algunos puntos que no logro entender. Por ejemplo, si físicamente no estáis aquí, ¿cómo pudisteis dirigir o conducir los restos del Cosmos 1900?

– Lo mejor -respondió Pepe-, será que os hagamos otra demostración. Vamos a echar un pulso. ¿Cuál es el más fuerte de los dos?

– Es Rogelio, pero, ¿cómo vamos a echar un pulso sin no hay manera de cogeros?

– No te preocupes por esa minucia. A ver, Rogelio; sitúate en posición y sujeta lo que aparentemente es mi mano derecha. Así; muy bien. ¿Estás preparado? OK; pues ahora, esfuérzate en doblarme el brazo.

Aunque Rogelio hizo cuanto pudo hasta que su frente comenzó a cubrirse de gruesas gotas de sudor, no consiguió absolutamente nada. Parecía haberse agarrado a un poste telefónico. De pronto, su antebrazo describió un veloz arco y el dorso de la mano tocó con estrépito la mesa. Fue como si una poderosa máquina le hubiera empujado.

– Fuerza mental -se disculpó con modestia Pepe, mientras su rival se frotaba distraídamente los nudillos-. ¿te he hecho daño? -añadió con expresión apesadumbrada.

– No es nada; estoy bien. Aunque he de admitir que posees una fuerza mental de aúpa.

– Tengo la sensación -afirmó Manolo, de que Tino no ha terminado la encuesta.

– Es cierto -contesto el aludido- La voz.

– ¿Qué le pasa a nuestra voz? Hombre ya sabemos que no es digna de hacerse oír en el teatro de ahí abajo, especialmente en temporada de ópera. Pero no será tan desagradable.

– No quise decir eso. Soy un pobre ignorante que tiene la certeza de que la voz es el resultado de la vibración del aire en las cuerdas vocales. Por esta razón, no comprendo cómo, si no estáis físicamente aquí, lográis emitir sonidos -dejó caer triunfalmente.

– Bravo por Tino. Lo que acabas de aseverar es una verdad como un templo catedralicio. Lástima que hayas vuelto a olvidar la mente. La nuestra actúa en dos direcciones, de allá para acá y viceversa. De modo que la mente de mi cuerpo real ha dotado a la de mi físico aparente la capacidad de reflejar una voz que responde instantáneamente a las exigencias de la conversación. La operación se realiza a velocidad superior a la de la luz o el sonido, claro, pues más lentamente nos convertiría en tartamudos. Ya sé que todo esto es música celestial. Intentad comprender que el proceso mental es un fogonazo cuya duración es imposible de medir. El pensamiento de mi ente físico y el de mi cerebro ilusorio funcionan on line, en tiempo real. ¿Os suena esto?

– Tened en cuenta -se disculpó Tino- que los dos somos camareros-abogados o al revés…; de cualquier modo, parece ser algo basado en la informática o algo así.

– Exactamente, sólo que al revés -contradijo Pepe, deseoso de poner los puntos sobre las íes. Y ahora, si tenéis más preguntas que hacer, apresuraos; no vamos a quedarnos aquí hasta que amanezca.

– Amigo Pepe, acabas de contradecirte. Hace un rato expresaste tu disconformidad con la medida del tiempo, y ahora pareces tener prisa. ¿No sabes que la urgencia y la premura son hijas del tiempo? -inquirió Rogelio.

– Déjate de genealogías. Nosotros no tenemos prisa, pero otro pedazo de Cosmos no tardará en precipitarse justamente encima del Palacio Arzobispal. Cuando llegue el momento, acudiremos a desviarlo para evitar la catástrofe. Si no fueseis tan ignorantes, ya os habríais preguntado hace mucho por qué razón no se han producido un montón de desastres cuando el espacio sideral está lleno de artilugios procedentes de este planeta.

– ¿Quieres decir que vuestro pueblo se dedica a velar por nuestra integridad? -barbotó Tino.

– Quiero decirlo y lo digo. Si alguna vez nos cansamos de hacer de ángeles de la guarda, vais a saber lo que vale un peine. No acabáis de comprender que os encontráis en manos de cuatro chiflados que juegan con acabar con todo vestigio de vida en el planeta que llamáis Tierra. Sería una auténtica pena, no por sus habitantes, que no valéis dos perras gordas, si no por el propio planeta. ¿Qué os han dicho los astronautas? Ellos han tenido la oportunidad de contemplarlo desde muy lejos y han coincidido en que es, mejor dicho, era, de una increíble belleza. El verde de los bosques, el azul de los océanos, y los reflejos plateados de los ríos y lagos volviéndose de un funeral color negruzco. Es una verdadera vergüenza. ¿Es que aquí carecéis del sentido de la estética? Pronto no os merecerá la pena vivir en este mundo que se convierte estúpidamente en una maloliente cloaca. Y, vamos a ver, ¿en nombre de qué? ¿En nombre de una pseudocivilización que ignora dónde tiene la mano derecha o de una industrialización cegata que camina dando tumbos hacia el caos? Vuestros adelantos son una mentira para uso de inconscientes y papanatas que permanecen con la boca abierta ante la aparición de cada nueva máquina que viene a dejar sin trabajo a miles de hombres. Si, estáis asesinando al planeta y sus habitantes. Creedme, si pudiéramos llorar, lo haríamos. Aunque, la verdad, de nada serviría. Sois tan condenadamente torpes que no advertís que pronto, muy pronto, no encontraréis el modo de cultivar, pasear, beber, ni respirar. Todo estará muerto; la tierra, el agua y el aire estarán emponzoñados. Claro que, cuando llegue el final, algunos cientos o miles de personas -¡qué mas da!- se irán al otro barrio inmensamente ricas. ¡Lástima de planeta! Ahora lo estáis matando poco a poco y llegará el día en que nada de lo que hagáis servirá para devolverlo a su estado primitivo. ¡Qué burros, pero qué burros sois! Y, venga, más preguntas.

– Yo haré la próxima -ofreció Rogelio- ¿Sabéis lo que es el amor?

– Te responderé con otra pregunta, ¿por qué crees que andamos perdiendo el culo de la Ceca a la Meca desviando peligrosísimos artefactos metálicos? Si supones que lo hacemos para divertirnos, estás tan herrado -con h- como las caballerías.

– Ahora seré yo quien interrogue -dijo Tino- ¿Qué sistema empleáis para reproduciros?

– No coment -respondieron al unísono ambos visitantes.

Luego, Manolo, en tono apenado pronunció lentamente las que había de ser sus últimas palabras:

– Habéis perdido la ocasión de adquirir conocimientos que os hubiesen sido muy útiles. Ha sido una perfecta demostración de cerrazón intelectual. No tenéis remedio; creedme que lo lamento profundamente. Hasta nunca.

Pepe y Manolo, como obedeciendo a una señal, se pusieron en pie y fueron desvaneciéndose como una luz que se extingue.

Durante unos instantes, ante los ojos de Rogelio y Tino permaneció un reflejo anaranjado que, finalmente, se esfumó…

Después de unos momentos, cuando Rogelio regresó enjugándose con una toallita de papel, la terraza estaba vacía.

– Carajo con el tío impaciente- dijo en voz alta mientras recogía las dos copas todavía llenas. Seguramente estará esperándome abajo.

Al llegar al portal, aún antes de salir a la calle, pudo ver a través de la vidriera cómo media docena de personas rodeaban en silencio un bulto grotesco y retorcido, yacente sobre el borde de la acera.

– A éste, ha dejado de preocuparle el «Cosmos 1900» -musitó uno de los mirones dirigiendo la vista al oscuro cielo.

«Para Maite y Pedro, especialmente para el segundo, por su incondicional adhesión a cuando supone «adelanto, progreso, ciencia, técnica y otras zarandajas engañosas.»Para Maite y Pedro, especialmente para el segundo, por su incondicional adhesión a cuando supone «adelanto, progreso, ciencia, técnica y otras zarandajas engañosas.

Efectivamente, no es oro todo lo que reluce, aunque sí lo sea -y de 18 quilates, el cariño de vuestro padre.»

27 de marzo de 1989

Pedro Martínez Rayón